Cordero de Dios

autor: José Pool

autor: José Pool

Se llamaba Jesús Rey Salvador, lo cual no es muy sutil si afirmas ser el Hijo de Dios.

Nos llegó como una nota de prensa, una anécdota curiosa de un compañero que estaba cubriendo las últimas explosiones de violencia en Chiapas. Un tipo joven, un indígena, que se dedicaba a predicar por la selva, recogiendo a huérfanos y desplazados, y curando a heridos de ambos bandos. Incluso se decía que había hecho uno o dos milagros, y por supuesto tenía a sus doce apóstoles. La nota incluía poco más que eso, y una fotografía de archivo de Rey Salvador, un indígena bajito, de pómulos altos y rostro redondeado. Desde luego, no era la imagen que uno se hace de Cristo.

A pesar de todo, la historia me interesó. Me pareció que tenía potencial, y a mi editor también; y, ¿por qué no? El rostro de la esperanza en la revuelta indígena de Chiapas, un grupo de gente pobre y refugiados que se esfuerza por mejorar un poco las vidas de los desplazados por la violencia. Eso siempre vende. Y si además añadimos alguna insinuación de que se trata de una secta de fanáticos, lo que además nos permite mirar por encima del hombro a nuestros primos hispanoamericanos, la noticia está hecha. Íbamos a vender más que una churrería en Año Nuevo.

Las investigaciones preliminares arrojaron algunos resultados curiosos. Resulta que nuestro amigo Jesús Rey llevaba operando casi tres años, y ya se habían escrito algunos artículos sobre él, aunque en revistas de muy corta tirada. Básicamente, se habían ocupado del fenómeno los grupúsculos de izquierda que creían que aún vivíamos en 1973 (que se debatían entre denostarlo porque olía remotamente a religión, o estar de acuerdo con su labor social… aunque más de uno, como la hacía “el enemigo”, veían en ella un mecanismo para adoctrinar al pueblo) y los teólogos sin nada mejor que hacer (que no habían debatido mucho, porque todos estaban de acuerdo en que era blasfemia y punto, pero les parecía bien la labor social). Lo más interesante, sin embargo, fue el único teólogo que no se había rasgado las vestiduras ante las alegaciones de Rey. Era un sacerdote jesuita, Juan Álvarez de León, pero, según descubrí cuando intenté ponerme en contacto con él, había dejado la congregación hacía un par de años. Dar con él me costó una semana de suplicar a secretarios de obispados y casas de ejercicios espirituales, hurgar en listines telefónicos y dejar mensajes en el contestador, pero finalmente logré cruzar unas palabras con él por teléfono, y concertar una cita. Quería entrevistarlo, o al menos hablar con él, antes de empezar en serio con el artículo.

El antiguo sacerdote vivía en un piso casi igual de antiguo, en una zona no demasiado buena de la ciudad. No había ascensor. Ascendí trabajosamente la escalera, con sus peldaños de granito falso, descascarillados y agrietados por el uso, y su papel pintado con motivos florales que se desprendía como la carne de un leproso. Una bombilla pelada relucía pálidamente al final de un cable frente a la puerta del piso, presidida por una representación troquelada del Sagrado Corazón. Pulsé el timbre tres veces antes de que un breve destello de luz, y una sombra que lo eclipsaba, me revelaran que Juan Álvarez de León estaba al otro lado.

–          ¿Don Juan Álvarez? Soy Pablo Estévez, hablamos el jueves…

–          Por supuesto. Pase, le esperaba.

Al otro lado de la puerta aguardaba un anciano encorvado, de corto cabello canoso y rasgos duros, pero arrugados. Debía tener algo menos de setenta años, y vestía esas ropas anticuadas, ligeramente ajadas, que suelen llevar las personas mayores. Me guió hacia el interior del piso, que no era mucho más impresionante que la escalera: un estrecho salón comedor presidido por una mesa baja, algunos sillones apolillados, y diversas imágenes religiosas en las paredes.

–          ¿Un café? Está recién hecho.

–          Sí, gracias.

Me senté frente al televisor apagado mientras el anciano servía las tazas y, a su vez, tomaba asiento frente a mí. El salón estaba prácticamente a oscuras, iluminado solo por una mortecina bombilla que colgaba del techo, y encajonado entre las puertas que daban a la cocina, y a un corto pasillo. La única ventana quedaba eclipsada por gruesas cortinas. El antiguo sacerdote me sonrió tras dar un sorbo a su café.

–          Disculpe lo espartano del recibimiento, pero no puedo ofrecerle mucho más. Desde que dejé la orden me gano la vida dando clases, y usted comprenderá…

–          Claro, por supuesto. No se preocupe. Entonces, ¿le permiten dar clases de religión?

Álvarez rió suavemente, dejando la taza sobre la mesilla.

–          ¿Religión? No, no. Supongo que podría, pero no quiero problemas. Por ahora me conformo con dar clases particulares de literatura tres días por semana.

–          Entiendo. Verá, como le dije por teléfono, estoy investigando el caso de Jesús Rey Salvador. No quisiera ofenderle, pero, ¿está relacionado con su… salida de la orden jesuita?

–          ¿Me está preguntando si me expulsaron por hereje, señor Estévez?

Creo que enrojecí vivamente, porque el anciano se echó a reír y meneó la cabeza con paciencia.

–          Supongo que podríamos decirlo así. En realidad, lo arreglamos para que yo dejara voluntariamente la orden y la Iglesia, porque el obispo no quería armar revuelo. Imagínese los titulares. La Conferencia Episcopal se tiraría de los pelos.

–          Bueno, últimamente no hacen otra cosa- rezongué, antes de darme cuenta de con quién estaba hablando-. Oh, disculpe.

–          No se preocupe. Tiene razón, de modo que, ¿por qué no decirlo? La verdad os hará libres.

–          Así que, al margen del asunto de Rey Salvador, ¿no está usted de acuerdo con la política actual de la Iglesia?

–          Para empezar, amigo mío, la Iglesia no debería tener política. Ese es el problema. Y aunque usted no lo crea, esto está muy relacionado con el asunto de Jesús.

Me arrellané en el asiento, dejando a mi vez la taza sobre la mesilla. Ahora al parecer estábamos entrando en materia, y no quería perderme nada. Esto podía ser la base de mi artículo, y además, el anciano me caía cada vez más simpático. No era muy habitual encontrar a una persona mayor de treinta años con semejante visión de la Iglesia Católica, y mucho menos a un ex sacerdote. Aún así, me pregunté hasta qué punto no se trataría de rencor por su expulsión.

–          Así que usted cree, realmente, que es Cristo reencarnado.

–          No, no. Comprendo, si ha leído mis artículos, que a usted le haya sido difícil entender, porque no tiene formación teológica, pero no estamos hablando de reencarnación. Intentaré explicárselo de forma sencilla.

Esto me picó en mi amor propio, pero no dije nada. No me hacía especial gracia que me trataran como a un retrasado, o un niño pequeño.

–          Veamos. El mensaje de Cristo es universal, ¿verdad? Hechos, trece, cuarenta y siete: “te he puesto para luz de los gentiles, para que lleves la salvación a los confines de la Tierra”. Romanos, tres, veintinueve: “¿es Dios solamente Dios de los judíos? ¿no es también Dios de los gentiles? Ciertamente, también de los gentiles, porque Dios es uno.”

–          En eso se diferencian los cristianos de los judíos, ¿no? Los judíos creen que el mensaje y la ley de Dios son solo para ellos.

–          Pero Cristo vino a predicar a todos. Así que, ¿por qué aparecerse tan solo a los judíos? ¿por qué provocar los debates que hubo entre los primeros creyentes sobre la validez de predicar a los gentiles?

–          Bueno, “los caminos del Señor son inescrutables”, si no recuerdo mal mis clases de religión. Él sabrá.

El antiguo sacerdote se echó a reír de nuevo, pero ahora estaba visiblemente excitado. Era evidente que el tema se había convertido en su pasión, y se le reflejaba en los ojos. Se levantó, con crujir de huesos, y se aproximó a una estantería, donde empezó a hurgar entre varias gruesas carpetas y libros, que parecían amontonados siguiendo un orden que solo el propio Álvarez podía entender.

–          Eso es cierto, por supuesto. Pero si lo resolviéramos todo de esa manera, ¿qué haríamos los teólogos para ganarnos la vida? No, no. Mire: el mensaje de Cristo es universal, pero en principio solo se manifestó a los judíos. Hasta ahí estamos de acuerdo, ¿verdad?

–          Bueno- mi corazón de ateo se resistía a “estar de acuerdo” con un dogma de fe como ese-… sí, está bien.

–          Y Dios, por supuesto, es eterno y trascendente, y se encuentra fuera del tiempo tal y como lo concebimos nosotros. Y sin embargo, Cristo se encarnó en un momento muy concreto.

–          Eh… ajá, sí.

–          Y su labor, como cordero de Dios, era purificar a la humanidad del pecado original, sacrificarse, como el chivo expiatorio de los antiguos judíos, para el perdón de los pecados. Por eso en la Eucaristía participamos de su carne, como si fuera un sacrificio.

–          Entiendo…- empezaba a aburrirme, y no por la explicación, sino porque nos desviábamos del tema. No necesitaba una clase de teología, sino un artículo para el periódico. Pero el anciano pareció darse cuenta.

–          No se impaciente, amigo mío. Como sabe, la Biblia, o al menos gran parte del Antiguo Testamento, no es un texto literal. Hoy solo algunos grupos cerrados (casi todos protestantes, a pesar de lo que gusta hablar del fanatismo de los católicos) consideran que haya que interpretar textualmente cuanto dice. Pues bien, si el pecado original es simbólico, ¿Cómo van Cristo o el bautismo a lavarlo?

No respondí. El antiguo jesuita se había sentado de nuevo, llevando una gruesa carpeta de cartón en las manos. Apartó las tazas de café y lo que parecía una vieja fotografía familiar, y dejó la carpeta en el centro, reposando las manos sobre las tapas.

–          El pecado original no es un pecado concreto. El pecado original es la fuente de los demás: desobedecer a Dios, apartarse de Él, creer que se puede negociar con Él o engañarle. En ese sentido, el hombre no ha dejado de cometer el pecado original, el mismo y único pecado, una y otra vez a lo largo de toda su existencia, desde que el primer Australopithecus miró al cielo.

–          Lo siento, pero creo que no le sigo. Es decir, entiendo lo que dice, pero no veo qué relación…

–          Es muy sencillo – Álvarez abrió la carpeta con un chasquido de gomas; estaba llena de fotocopias y recortes de periódico-. Dios está fuera del tiempo, Cristo es el cordero que se inmola para expiar el pecado de todos, y todos continuamos pecando constantemente. Jesús Rey Salvador afirma ser Cristo. La conclusión pasa por lo que le voy a mostrar ahora.

–          ¿Y es…?

El ex sacerdote empezó a extender los papeles sobre la mesa. La mayoría eran artículos periodísticos, pero algunos parecían facsímiles o fotocopias de documentos antiguos, diarios o cartas personales.

–          Cristo está entre nosotros. Siempre lo ha estado. Para Él no existe el tiempo, y el espacio es solo un marco de referencia. Todos los pueblos pecan, y todos los pueblos deben ser salvados constantemente y lavados en la sangre del Cordero. Mire esto- me tendió un recorte de periódico-. Un joven peruano que afirmaba ser Cristo, asesinado a los treinta y tres años por Sendero Luminoso en 1970. En la Grecia de los coroneles, en 1971: un joven que hacía milagros y se ocupaba de los más pobres, detenido y ejecutado a los treinta y tres años.  En la Angola portuguesa, lo mismo en 1973, un año antes de la independencia. Se cree que fue detenido y ejecutado por el Ejército portugués.

–          ¿Un Cristo negro?- solté. No soy para nada racista, pero la idea me resultaba extraña, supongo que porque estaba acostumbrado a las representaciones tradicionales de las películas de Semana Santa, de un Cristo de metro ochenta, de pelo castaño tan claro que casi es rubio, y ojos azules.

–          ¿Le sorprende? Jesús Rey Salvador es cien por cien maya, y, ¿por qué no? Dios no es blanco ni negro ni judío, señor Estévez. Supongo, por su reacción, que esto le va a sorprender más aún.

–          ¿El qué?

Me tendía una de las fotocopias de documentos antiguos, un texto escrito en inglés, visiblemente a mano, con una letra enrevesada y difícil de leer.

–          ¿Qué es esto?

–          Esto es una carta del residente en Mysore, en la India británica, de 1903. Pregunta al gobernador general qué debe hacer con un joven hindú que va por ahí curando a los enfermos, predicando la paz, multiplicando el pan y ese tipo de cosas.

–          ¿Hindú?

–          Exactamente. Ni siquiera era cristiano. Y, por supuesto, acabó ejecutado a los treinta y tres años. Pero no se preocupe, hay más. Por aquí, en alguna parte, tengo un informe similar de un joven musulmán, fechado durante la ocupación francesa de Egipto.

–          ¡¿Un musulmán?!

–          ¿No me ha entendido? Para Dios, todos somos iguales. Sé que no le gusta que cite las Escrituras, pero es necesario. Mateo doce, seis: “Si supierais qué significa “misericordia quiero, y no sacrificios”, no condenaríais a los inocentes”. Y, por si quedaba alguna duda, “los que están sanos no tienen necesidad de médico, sino los enfermos. No he venido a llamar a justos, sino a pecadores al arrepentimiento”.

Examiné las fotocopias y recortes que tenía delante, dudando. Por supuesto, no podía creer nada de aquello: para empezar, yo era ateo. Aquellos papeles, aquellos testimonios, me parecían dignos de un programa de misterios de la televisión, o de una revista de enigmas y fantasmas. ¿Cristo resucitando, una y otra vez, para morir y perdonar los pecados? Era imposible, aparte de inabarcable. Sin embargo, había una objeción mucho más tangible que hacer.

–          Todo eso está muy bien, pero… ¿cómo es que nadie se ha dado cuenta? Hace dos mil años que Cristo vuelve una y otra vez como el protagonista de Viernes 13, ¿y nadie lo ha notado? Uno pensaría que la Iglesia tendría motivos para publicitarlo.

–          “Bienaventurados los ojos que ven lo que vosotros veis, pues os digo que muchos profetas y reyes desearon ver lo que vosotros veis, y no lo vieron; y oír lo que oís, y no lo oyeron”- el anciano sonreía ampliamente, mostrándome unos dientes ajados y manchados de nicotina; se encogió de hombros-. ¿Qué puedo decir? No lo sé. Quizá lo saben y no quieran revelarlo. Quizá Él no quiera que lo sepan. Además, ¿qué le hace suponer que Jesús de Nazareth fue el primero? Como le he dicho, para Dios el tiempo no existe.

–          Bueno, bueno, comprenderá que para mí todo esto sea difícil de comprender. Por ejemplo, si seguimos su cronología, resulta que puede haber dos o tres Cristos paseándose por el mundo al mismo tiempo. El peruano, el griego y el angoleño fueron prácticamente contemporáneos. ¿No se supone que Cristo es el hijo unigénito de Dios?

–          ¿Y no se supone que Dios está en todas partes y en todos los tiempos? Continúa usted pensando en términos de reencarnaciones, amigo mío. No se trata de eso, sino de manifestaciones de Dios.

–          ¿Y la Virgen María? ¿qué hacemos con ella?

–          Supongo que todas las madres de Cristo han sido elegidas del mismo modo. Aún así, tengo entendido que el mismo Jesús no aprueba demasiado la veneración de vírgenes y santos.

–          ¿No? ¿cómo es eso?

Pero el antiguo sacerdote se limitó a sonreírme de nuevo, cerrando la carpeta.

–          Ya lo verá usted cuando hable con él.

–          ¿Qué le hace pensar que voy a hablar con él?

–          En primer lugar, que esta entrevista no es suficiente para su artículo. Y en segundo lugar, que he despertado su curiosidad. Tiene demasiadas preguntas, y yo no puedo respondérselas. Además, usted quiere conocer al hombre que dice ser Cristo. Lo veo en sus ojos.

Lo cierto es que tenía razón. Cuanto más hablábamos del tema, mayor interés me suscitaba la extraña figura de aquel maya que se paseaba por la selva, exponiéndose a un disparo o un machetazo, para curar tanto a revolucionarios como a militares y predicar la paz y el amor al prójimo. Eso no significaba que me creyera remotamente las teorías de Álvarez, pero… aquella carpeta me atraía como un imán.

–          Si quiere, puede llevarse la carpeta y fotocopiarla, pero me tiene que prometer que me la devolverá antes de una semana. Es el fruto de muchos años de trabajo, y contiene notas que he tenido que copiar a mano de textos del siglo XV. Y algunas cartas del propio Jesús.

–          ¿Cartas suyas?

–          Así es. Me puse en contacto con él poco antes de salir de la orden, y hemos intercambiado algunas desde entonces. Comprenderá que las valore más que todo el resto de mis posesiones.

–          Claro, por supuesto… pero en ese caso, tal vez yo no debería…

–          No se preocupe. Lleve la carpeta, y cuide su contenido, pero tráigamelas antes de siete días.

–          Se lo agradezco mucho. No se preocupe, se la traeré lo antes posible, antes de la semana.

–          Muy bien- Álvarez se levantó-. Y ahora, si me disculpa, tengo una clase dentro de una hora y aún no la he preparado.

Salí de allí con la carpeta bajo el brazo y la cabeza hecha un caos de ideas confusas y revueltas. La clase magistral de teología herética de Álvarez, el dossier que sostenía contra mi pecho, las cartas del hombre que decía ser Cristo… y una necesidad cada vez más acuciante de conocerlo en persona, de mirar aquellos ojos rasgados y ver… ¿qué? Quizá es que la fe que había perdido hacía tanto que no lo recordaba estaba regresando a mí.

Dos semanas más tarde, estaba en un avión rumbo a México. Fue un viaje interminable, no sé cuántas horas con el síndrome de la clase turista pendiendo sobre mi cabeza, pero me dio tiempo para revisar y ordenar las notas que Álvarez me había dejado fotocopiar. En todos los casos el perfil era sorprendentemente similar: un joven de clase humilde, casi siempre en zonas conflictivas, en torno a los treinta años, que se dedicaba a predicar, a curar enfermos y, según sus seguidores, a hacer milagros. Formaban un pequeño movimiento a su alrededor, armaban algo de revuelo, y finalmente un bando o el otro (una dictadura, insurgentes de cualquier signo político, y al menos en una ocasión un gobierno legítimo y democrático) acababa ejecutándolo. En todos los casos sus seguidores afirmaban que había resucitado, aunque supongo que no son una fuente fiable. Había más de un centenar de casos, del siglo XV al XX, por todo el mundo.

Mientras el avión cruzaba el Atlántico, yo le daba vueltas a todo aquello. ¿Cuál era la probabilidad estadística de que aquellas mismas características se dieran, una y otra vez, en contextos tan opuestos, en culturas tan diferentes, a lo largo de un periodo tan dilatado de tiempo? La ciencia, la nueva religión, nos decía que todo tenía una explicación racional, incluso si no la encontrábamos. Pero en esos momentos, a pesar de ser yo un ateo convencido, eso me sonaba exactamente igual que el “los caminos del Señor son inescrutables” de los curas de mi niñez. Me debatía, supongo, en el eterno conflicto de los científicos: debemos basarnos en los datos empíricos, pero, ¿qué pasa cuando los datos empíricos contradicen todo lo que damos por hecho?

Jesús Rey Salvador vivía en una aldea en el centro de la selva, pero tenía amigos y seguidores en Tapachula, la segunda ciudad del estado de Chiapas, y pude ponerme en contacto con ellos gracias a las recomendaciones de Juan Álvarez de León y mis propias gestiones, con algo de ayuda de fondos y contactos de la agencia. Así, dos días después de mi llegada, me encontraba en la parte posterior de un todoterreno que se internaba en las carreteras apenas asfaltadas que llevaban hacia el norte, a las profundidades de la selva. Mi guía se hacía llamar Santiago. Era un maya puro, pasados los cuarenta años, de brazos como troncos y rostro curtido por el trabajo duro y las privaciones. A lo largo de las horas de viaje que pasamos juntos intenté entablar conversación con él, quizá sacarle algo sobre su misterioso Mesías, pero no me lo puso fácil. Me respondía con monosílabos, y parecía más concentrado en la carretera que en hacerme caso. En un momento dado debió darse cuenta, porque me dijo:

–          Disculpe usted que no le responda, pero esta zona es peligrosa. Hay que estar muy atentos.

–          ¿Tienen problemas con los zapatistas?

Se encogió de hombros.

–          Algunos, no muchos. Nos dejan en paz porque les conviene. Los militares igual. Pero, ¿qué hago, salgo gritando que soy de los de Jesús?

–          No, claro, supongo que no.

–          Además, por aquí pasan los de las maras llevando ilegales hacia el norte. Guatemala está a un tiro de piedra.

–          ¿Con esos no se llevan bien?

–          No, con esos no. Jesús dice que no solo hacen mal, como los soldados y los zapatistas, sino que ni siquiera creen que estén haciendo el bien. Solo engañan y roban. Y matan. A mi primo lo mataron.

–          Entonces, ¿Jesús se lleva bien con los zapatistas?

–          Come con ellos, pero también con los otros. A todos les dice que son hermanos y que no tienen que matarse. Los zapatistas porque matando soldados no van a conseguir nada, y los soldados, porque están matando inocentes, y solo empeoran las cosas. Pero ninguno le hace caso.

Manoseando la fotocopia de una de las cartas que Jesús había enviado al entonces padre Álvarez, se me ocurrió algo. Estábamos ya bien dentro de la selva, rodeados de vegetación densa y sudando a chorros. Hacía un calor espantoso, y el aire era húmedo y pesado. La carretera no era más que un sendero de tierra por el que el todoterreno traqueteaba trabajosamente.

–          ¿Qué me dice de Jesús? ¿fue a la escuela, nació en la ciudad…?

–          Nació en una aldea de por aquí, en la selva. Yo conocía a su madre porque trabajaba limpiando casas en el barrio donde yo tenía mi frutería. Hará de esto treinta años. Se llamaba María- me guiñó el ojo.

–          ¿Sigue ella con él?

–          No, murió hace tiempo. Más o menos cuando él empezó a predicar. De chico se ganaba la vida con el padre, de peón en el campo. Luego el padre murió. Que yo sepa, Jesús nunca fue a la escuela.

–          Y sin embargo, sabe escribir- dije yo, con la carta en la mano. Mi guía volvió a encogerse de hombros.

–          Para eso es Dios, ¿no? También cita la Biblia que da gusto oírlo, pero nunca he visto un libro en su casa.

–          ¿Así que usted cree que Jesús Rey Salvador es el Hijo de Dios?

Santiago me miró de reojo, creo que casi con desconfianza. Meneó la cabeza y chasqueó la lengua con disgusto.

–          ¿Usted no? ¿Y para qué ha venido de tan lejos?

No pude contestarle a eso, y minutos después, hacia medio día, llegamos a una diminuta aldea en las profundidades de la selva. Nuestro destino. En realidad, aquella escena podría haberse dado seiscientos años antes, de no ser por el todoterreno y las ropas modernas. Cuatro o cinco casas de paredes muy blancas, con tejados de hojas y paja, en torno a un espacio central de tierra, que no se podía llamar plaza. En un lado había un grupo de personas conversando, a la sombra de una ceiba. Santiago me señaló a un hombre bajito, que parecía estar contando un chiste.

–          Ese de ahí es.

El hombre, Jesús Rey Salvador, me miró desde donde estaba, terminó el chiste, y se encaminó hacia mí con pasos largos, elásticos. Iba descalzo, y llevaba un pantalón viejo y una camisa blanca, medio abierta. Me llegaba apenas por la barbilla, y tenía la piel casi del color de la madera, mezcla de sangre indígena, sol y trabajo en el campo. El pelo, negrísimo, lo llevaba corto y peinado hacia atrás, y tenía unos ojos oscuros, rasgados, que sonreían tanto como su boca. En cuanto llegó hasta mí, me dio un fuerte abrazo, como si fuéramos amigos de toda la vida.

–          Tomás, Tomás… sin verme no creíste. Ahora que me ves, ¿creerás?

–          Eh…- me aturullé, azorado-. Lo siento, me llamo Pablo.

–          Ya, ya lo sé- me palmeó el brazo-. Y me persigues, ¿no? Anda, ven… íbamos a comer ahora. ¡Pedro! Pon otro cubierto para Pablo.

Uno de los hombres que había junto a la ceiba se levantó, presuroso, y echó a correr hacia una de las casas, hacia donde también nos dirigíamos nosotros. Me había sorprendido en parte que Rey me reconociera tan fácilmente, aunque, pensándolo con frialdad, sabía que yo llegaría y que quería verlo, y si un desconocido con pinta de español se dejaba caer por su aldea, no hacía falta ser un genio para sacar conclusiones. Aún no sabía si tomarme lo de Tomás como una broma, una alusión simbólica, o una simple metedura de pata.

Me dio vergüenza compartir la exigua mesa de aquella gente, sobre todo porque a mí no se me había ocurrido traer nada, y ellos me estaban dando parte de lo poquísimo que tenían. Jesús se sentó en la cabecera de la mesa, con el tal Pedro a su lado, y a mí me sentó al lado izquierdo. Antes de comer bendijo la mesa, una escena que vería repetida interminablemente durante mi corta estancia en la aldea. Sus seguidores parecían atender a aquellas bendiciones con un fervor reverente, que yo no había visto ni en los más fanáticos sectarios evangélicos.

Pasé en la aldea una semana. Jesús seguía un horario bastante estable: se levantaba con el sol para rezar, acompañado de los suyos, y luego dedicaba algunas horas a hablar con sus seguidores y a predicar, que en él eran la misma cosa. Casi todas las tardes salía, en coche o a pie, a recorrer algunas de las otras aldeas de la selva, sobre todo una en la que había establecido algo parecido a un pequeño hospital. Lo vi varias veces consolar a moribundos, o rezar con heridos de bala, fueran zapatistas o tropas del gobierno. En una ocasión se quedó toda una noche al pie del lecho de una anciana enferma, sin familia, que se estaba muriendo de puro vieja, y nos pidió al resto que volviéramos a la aldea. Cuando me levanté a la mañana siguiente, Jesús llegaba.

Durante esa semana compartí con él varias conversaciones, la mayoría sobre lo que él era o decía ser, muchas sobre problemas actuales, la fe, o la Iglesia. Me dijo que no me iba a conceder una entrevista, porque él no era una estrella de cine, pero que hablaría conmigo. Lo que sigue es una reconstrucción, condensada, de muchas de esas conversaciones. Era muy sencillo para llamarse el Hijo de Dios; cuando intenté tratarlo de usted, me cortó inmediatamente.

–          Cuando rezas, ¿no dices “Padre nuestro, que estás en los cielos”? Si tratas de tú a mi padre, ¿por qué me vas a llamar a mí de usted? O a cualquier persona, para el caso.

Como se suele decir, hablamos de lo divino y lo humano, y me sorprendió notablemente el hecho de que, aparte de citar las Escrituras con más arte que el propio padre Álvarez, sus posiciones tenían bastante poco que ver con las que defendía… bueno, prácticamente cualquier movimiento religioso. Había algo que repetía constantemente, como un mantra:

–          “Amarás a Dios sobre todas las cosas, y al prójimo como a ti mismo”. ¿Es tan difícil de entender? A mí no me lo parece, y de ahí se deriva todo. ¿Es una obra de amor? Entonces es buena. ¿Es de rencor, o de odio, o de ira? Entonces no. Así de simple.

–          ¿Todo se reduce a eso? ¿y qué hay de ir los domingos a misa, los siete sacramentos, las penitencias y las procesiones?

–          Están muy bien, pero no son lo importante. Esta es de San Agustín “ama, y haz lo que quieras”. Y esta de San Pablo, tu tocayo: “el que ama al prójimo ha cumplido la Ley”, y, “el amor no hace mal al prójimo; así que el cumplimiento de la Ley es el amor”.

Decidí arriesgarme. No sabía si había llegado a México, pero en aquellos momentos, en España, el debate sobre la “familia tradicional” y el matrimonio homosexual estaba a la orden del día, y me pareció que sería interesante contar la opinión de quien se decía Jesucristo, habida cuenta, sobre todo, de que era el episcopado quien más, por usar la expresión del padre Álvarez, se tiraba de los pelos.

–          ¿Y los homosexuales? Ellos aman.

–          Aman, y por tanto, que hagan lo que quieran- sonrió él-. ¿Por qué no? ¿hacen mal al prójimo? No más que los demás, y serán juzgados por el mismo rasero que todos los demás: en el amor al prójimo.

–          Entonces, ¿el único pecado es perjudicar al prójimo?

–          Ese es el pecado original, del que se derivan todos los demás. Pero mejor que perjudicar deberías decir “no amar”. El que no ama, perjudica, y peca, aunque acuda a misa todos los días y done miles de pesos a la caridad. Si no dona con amor, ¿de qué sirve?

–          Entiendo. No es esa la visión de la Iglesia Católica… bueno, ni de la Ortodoxa, ni de los protestantes… ¿qué opinas sobre eso?

–          ¿Se hizo el hombre para el sábado, o el sábado para el hombre? La Iglesia se hizo para servir al hombre y llevarlo hacia Dios, no para que el hombre sirviera a la Iglesia.

–          Pero la Iglesia es una institución divina, ¿no? Sobre esta piedra la edificaré, y todo eso.

–          Lo es. Pero está compuesta por hombres, y por tanto, por pecadores. Es más, ¿quiénes son los cardenales? ¿quiénes son los papas y los patriarcas?

–          No entiendo.

Jesús sonrió ampliamente, y negó con la cabeza, como un padre que se sorprende ante las travesuras de un hijo díscolo, o se exaspera, no sin un punto de humor, porque éste parece incorregible. Estábamos sentados en sillas de madera y paja, junto a la ventana de su casa, y él levantó las patas delanteras, apoyando solo el respaldo en la pared. La luz del sol le daba de lleno en la cara.

–          Son personas mayores. La sociedad evoluciona, todo cambia, y siempre que sea dentro de la ley del amor, eso es bueno. Con el tiempo, se ha ido haciendo más tolerante, ¿no? Pero a las personas mayores les cuesta asumir esto. A nadie le extraña que su abuela de setenta años considere un disparate que se casen dos hombres, pero a todos les parece mal que no lo apruebe un cardenal de la misma edad. Si ambos fueran consecuentes, y amaran al prójimo como a sí mismos, no tendría que parecerles mal, pero, ¿no es comprensible que no se lo parezca? Lo que ocurre es que no se les debe dejar imponerlo a los demás.

–          Claro- respondí, reflexionando; lo cierto es que nunca lo había visto de este modo, y no podía decir que no tuviera cierta parte de razón. Entonces recordé algo que me había dicho el padre Álvarez-. ¿Y los santos, y las vírgenes?

A pesar de lo abrupto del cambio de tema, pareció entenderlo a la perfección.

–          Cuando quieres convencer a un amigo de algo, ¿no pides ayuda a otros, a amigos comunes? Y si logras convencer a tu amigo, y te hace el favor, ¿dices que te lo ha hecho tu amigo común? No, te lo ha hecho el otro. Agradéceselo a ambos, pero son cosas diferentes. El problema es que la gente se pierde en los detalles, y no ven lo esencial. Dios proveerá, pidan y se les dará. Los santos interceden, pero no otorgan. No son dioses, y la gente confunde veneración con adoración. Si no fuera así, me encantaría tener las iglesias llenas de ellos, pero visto lo visto, es mejor concentrarse en lo esencial.

Iba a cumplirse una semana de mi estancia en la aldea cuando, tras una de nuestras conversaciones, Jesús me dijo que esa tarde no iríamos a las aldeas. Al otro lado de la ventana, los discípulos estaban colocando una gran mesa de caballetes y cubriéndola con un mantel blanco. Al parecer, habían venido los doce, los mejores amigos de Jesús, y sus primeros seguidores, que no se habían reunido desde hacía bastante tiempo, porque siempre andaban poniendo en contacto a las comunidades o predicando por su cuenta. Mientras salíamos al sol de la tarde, Jesús me guiñó un ojo.

–          Se supone que en estos casos solo estamos los trece, pero… si tú no se lo dices a nadie, yo tampoco.

–          ¿Los trece…? Espera…- no podía creerlo, pero las fechas, ahora que lo pensaba, encajaban; ¿acaso se estaba preparando para escenificar su propia Última Cena?- ¿quieres decir que…?

Sin responderme, detuvo a uno de los discípulos y le preguntó por un apóstol. No recuerdo su nombre; era el tesorero. Le respondieron que no estaba en la aldea, había llegado, pero se había vuelto a ir. Se lo esperaba para la cena. Jesús sonrió tristemente, y se fue a ayudar en los preparativos.

Cenamos, y Jesús bendijo la comida como siempre, aunque con algo más de sentimiento. Esta vez se centró en el pan y el vino, como era de esperar. Yo sentía una profunda opresión en el pecho, y percibía que los apóstoles se encontraban en una situación similar, aunque se esforzaban por reír y bromear. Mi mente era un caos, pues, aún a mi pesar, después de veinte años de ateísmo, estaba empezando a creer que aquel maya bajito y simpático, que citaba la Biblia pero nunca había ido a la escuela, era realmente el Hijo de Dios. Antes de terminar la cena, el tesorero se levantó con una excusa y se fue con prisas. La cena, sin pena ni gloria, terminó poco después. Jesús se levantó, y dijo que iría a rezar a la selva, solo. Lo hacía mucho. Sentí que era la última vez que lo veía, y no pude resistirme a hacerle una última pregunta.

–          ¿Realmente… eres tú el Hijo de Dios?

–          Tú lo dices- sonrió. Y juro que me guiñó el ojo.

Ese amanecer llegó un niño de la aldea vecina, diciendo que había visto cómo se lo llevaban preso. No se explicó bien, y nunca supimos si lo habían detenido los zapatistas, los militares, o las maras, pero a nadie le cupo duda de que lo habían matado, o lo iban a matar. Algunos se derrumbaron. Muchos lo negaron, lo dejaron todo y se fueron. Algunos se unieron a los zapatistas, o se arrojaron en brazos de las maras. Pero muchos se quedaron. Sé, por investigaciones y referencias posteriores, que resistieron, y trataron de continuar con la obra de Jesús Rey Salvador, con su hospital improvisado para gente de todos los bandos, con su predicación y sus obras. Muchos de ellos acabaron muertos del mismo modo que él.

Yo regresé a España esa misma semana, confuso y aturdido. Escribí un artículo que mi editor me rechazó porque mostraba “demasiada implicación”. De hecho, me dijo que podía reescribirlo desde un punto de vista más neutral, o bien desde uno totalmente comprometido, y ligeramente condescendiente, pero no desde el que lo había presentado: apegado a los hechos, a aquello que yo había visto, y oído.

A día de hoy, aún no sé exactamente qué fue aquello que vi y oí. Ateo de toda la vida, a veces me encuentro rezando por las noches, y recordando aquella semana que viví en Chiapas. Aún no sé si creo que Jesús Rey Salvador era el Hijo de Dios.

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