El Amor de Su Vida

Madrid. 28 de Febrero de 2035. 2:15

Era la noche más feliz de su vida. Aún no podía creerlo. Por fin, por fin, después de tanto tiempo, de tanto esperar, de tantas noches de soledad, en las que ella era solo una imagen temblorosa en sus sueños. Ahora estaba allí, guiándolo, esperándolo. Por fin iban a ser uno solo. Esteban no se daba cuenta de que pisaba charcos de aguas inmundas que le manchaban el pantalón, ni de las callejuelas cada vez más oscuras y retorcidas por las que se internaban.

Silvia lo guiaba con una sonrisa, volviéndose cada pocos pasos para comprobar que él la seguía. ¿Cómo no iba a seguirla? A través de la sucia llovizna que goteaba de los aleros y del calor sofocante producto del cambio climático, esta noche Esteban seguiría aquella melena rojo neón, aquellas caderas enfundadas en una minifalda de vinilo a cualquier parte. Al infierno. Al paraíso. Esta noche, al paraíso. Ella le sonreía, con un resplandor hipnotizador en los ojos, y cuando aquellos dientes blancos destellaban sobre el hombro moreno de Silvia, Esteban no veía nada más, nada en absoluto. La seguía, como las ratas al flautista. Era el amor de su vida.

El ritual era un pretexto, un juego. Eso había dicho Silvia cuando se lo propuso: no es más que un juego, una tontería que me apetece hacer, y, ¿por qué no? Después tendrás tu premio, todo lo que siempre has deseado. Y Esteban sonreía y asentía, porque ella sonreía y asentía, y había aceptado, porque, cuando te ofrecen lo que más desea tu corazón, tu anhelo más secreto, ¿no estás dispuesto a pagar cualquier precio? Cualquier precio, aunque sea un ritual ridículo en un edificio abandonado de Malasaña, aquel desde cuyo umbral de madera carcomida y losetas agrietadas Silvia le hacía gestos invitadores, como una sirena. Y él la siguió sin pensar, porque ella esperaba en el interior.

Silvia recorría los pasillos y las escaleras del viejo edificio como si fuera su dueña, disfrutando del sonido de los tacones en los amplios espacios vacíos, en la más completa oscuridad. Él la seguía, podía oír su respiración jadeante, su andar desacompasado, casi ansioso. Sonreía para sí, sabiendo que él la seguiría a cualquier parte, que haría lo que le dijera, porque ella era el amor de su vida. Le había prometido una recompensa, una que sabía que Esteban llevaba deseando quince años, desde que coincidieran por primera vez en una clase de primaria. Lo que él no sabía es que la recompensa nunca llegaría, pues el ritual no era un capricho, ni una tontería. Era muy real, y él era imprescindible.

Podría haber sido otro cualquiera; solo hacía falta una víctima viva. Silvia tenía toda una lista de gente a la que le encantaría degollar, pero ninguno de ellos la habría seguido tan alegremente hasta allí, ninguno habría accedido a su “capricho”. Ninguno habría entrado sin pensar, como estaba haciendo Esteban, en la habitación con suelo de mármol ajedrezado, gris ya por los años, en la que Silvia había dispuesto el círculo trazado con su sangre menstrual, y las siete velas de grasa humana, robada de una clínica de liposucciones, cada una goteando sobre la botella de cerveza vacía que la mantenía erguida en el punto preciso. Solo Esteban.

Ella estaba allí, en el centro del círculo marrón oscuro, mirándolo, iluminada por las velas como una diosa en su altar. Silvia se había detenido con aquella sonrisa cruel que él conocía tan bien, la misma que había usado durante años con todos los compañeros de clase que no pertenecieran a su estrecho círculo de amistades. Le hacía gestos para que se acercara, con una mano apoyada en la bolsa de deporte que yacía sobre una tabla montada entre dos caballetes, en el centro del círculo. Ella asentía con la cabeza, invitadora, y Esteban obedeció, traspasó el círculo, entró en su órbita. Los ojos oscuros de Silvia relucían como carbones. Sintió sus dedos, finos como leznas, recorrerle la mandíbula, el cuello, las clavículas, y un escalofrío le recorrió la espalda. Las llamas de las velas titilaron al impulso de las corrientes de aire que se filtraban por una ventana rota.

Bajo los dedos de Silvia latían las venas de Esteban, palpitantes de sangre, de vida. Un solo sacrificio de sangre, y todo lo que siempre había deseado sería suyo. Eso es lo que decía el libro, y Silvia sabía muy bien que era cierto, pues ya había experimentado con los rituales más sencillos, los que solo requerían matar un gato, o mutilar a un mendigo que yaciera, borracho y drogado, en un portal. El libro, aquel viejo tomo rescatado de la basura, tenía verdadero poder, y ella había memorizado las invocaciones y los conjuros. Mata a Esteban, sacrifica una víctima para que fluya la sangre, y expón tu deseo, y tu deseo se cumplirá. Había formas más sencillas de alcanzar la fama y el estrellato, pero Silvia no tenía tanta paciencia, y siempre había sido de rodillas delicadas. Solo un deseo y el mundo temblaría ante ella. Y después, quizá, otro, ¿por qué no? Siempre habría idiotas dispuestos a desangrarse por una promesa que no pensaba cumplir.

Le arrancó la camisa a Esteban de un tirón; los botones repiquetearon contra el mármol, y él se estremeció en el súbito frío, pero la mirada de jade de ella lo tranquilizó, lo reconfortó. Todo saldría bien. Todo iría según estaba planeado, no tendría que haber ningún problema. Sonrió a su vez, a meros centímetros del delicado rostro de Silvia. Tantos años esperando este momento, tantos sueños, sueños en los que ella era poco más que una imagen intangible, y ahora estaba allí, casi rozándolo: el amor de su vida. Estaba a punto de lograrlo, de reunirse por fin con ella. Ahora nada se interponía entre ellos, nada en absoluto.

El top de Silvia siguió a su camisa, y los dedos de la mujer empezaron a recorrer un complicado circuito sobre los cuerpos de ambos, embadurnados en una pasta de olor acre, trazando sellos y glifos, símbolos arcanos en los hombros, los vientres, los pechos. Las llamas de las velas titilaban cada vez más, proyectando enormes sombras sobre las paredes grises y los ladrillos expuestos, y el viento aullaba en el exterior, arrojando salpicaduras de agua tibia de la indecisa lluvia de finales de febrero. Los ojos de Silvia brillaban de anticipación, dos cuentas negras y febriles mientras murmuraba por lo bajo, y Esteban se dejaba hacer, inmóvil, disfrutando de la anticipación, del momento que estaba por llegar.

Silvia lo besó, y un nuevo escalofrío le recorrió la espalda, un temblor que se le agarró a las tripas y se las retorció como una arcada. Ahora estaba pegada a él, rozándolo, murmurando a media voz sin separar del todo los labios de los suyos, moviendo la mano donde él no podía verla, hacia la bolsa de deporte. Su aliento ardiente le quemaba el rostro, hacía que su piel se estremeciera como si sostuviera un mechero encendido contra ella. Y súbitamente, Silvia dejó de cantar.

La hoja del cuchillo atrapó la luz de las velas como una mancha de aceite, transformándose en una lengua de fuego alzada en la mano de Silvia, que rodeó a Esteban con el brazo, emitiendo un sordo jadeo de esfuerzo, de puntillas, lista para atacar. La hoja descendió, cortando el aire como la cuchilla de la guillotina, demasiado rápido para el ojo, pero se detuvo a medio camino, en medio del forcejeo. Esteban agarraba a Silvia por el hombro y la muñeca, empujaba, se debatía con los dientes apretados. Él pesaba más, era más fuerte; la única ventaja de Silvia era la sorpresa y la había perdido. La hoja se balanceaba sobre sus cabezas como un péndulo enloquecido, entre gruñidos y resoplidos de esfuerzo.

Todo había ocurrido como ella había predicho. Todo estaba saliendo según el plan. Esteban se afirmó sobre los pies y empujó con las caderas, obligando a Silvia a doblar el brazo y la espalda, inclinándola hacia atrás, con un grito ahogado, y, retorciéndole la muñeca, le arrebató el cuchillo de un tirón. Sus ojos se encontraron por un momento, los oscuros de Silvia llenos de terror, los azules de él más febriles que nunca, más ansiosos, más enloquecidos. Sonreía, y un hilillo de baba le caía por la comisura de la boca mientras empujaba, agarrando a Silvia por el cuello, y bajaba el cuchillo bruscamente, como un carnicero. La sangre les salpicó la cara a los dos, goteó sobre el suelo de mármol y corrió por sus cuerpos, emborronando los sellos, y Esteban rió a carcajadas, porque ella estaba allí, al fin, detrás de Silvia, mirándolo con aquellos ojos de jade llenos de aprobación.

La hoja subió y bajó de nuevo, y la sangre fluyó, fluyó, como un río, embadurnando el suelo, y Esteban se arrodilló sobre el cadáver de Silvia para ungirse con ella las manos y la frente, entonando los cánticos que ella le había revelado en sus sueños, las palabras secretas que por fin lograrían, sobre la sangre caliente de un cuerpo vivo, que se reunieran. Después de tantos años, después de tantos sueños imposibles, de tantos susurros en la duermevela, ella por fin estaría con él, se unirían en cuerpo y alma, por encima del cadáver de aquella golfa arrogante de Silvia. Ella lo había esperado siempre, se había comunicado con él en sus sueños durante años, y por fin estaba allí, alzándose sobre el cadáver, cada vez más sólida y real a medida que Esteban entonaba las palabras, desnuda como un recién nacido, melena negra y ojos de jade.

Esteban se incorporó, empapado de sangre, ya desarmado, para mirarla a los ojos, sin dejar de repetir una y otra vez aquellas palabras secretas, y ella le miró a los ojos y le sonrió, y le tendió los brazos en el frío y la oscuridad de aquella casa abandonada, con las velas ya casi consumidas. Y él la abrazó a su vez, y por fin fueron uno, después de tanto tiempo.

Al fin y al cabo, ella, y no Silvia, era el amor de su vida.

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