Khao San Road

Bangkok. 1 de Marzo de 2035. 4:36

La chica estaba destrozada, reventada por completo. La habitación apestaba a sangre fresca y a excrementos, y el calor, por encima de veinticinco grados, no ayudaba. Las aspas del ventilador zumbaban como un moscardón borracho, erráticamente, moviendo el aire de un lado a otro sin refrescar. El único fluorescente, situado sobre la cabecera de plástico rosa de la cama, parpadeaba, haciendo que las esposas de acero barato que ceñían las finas muñecas de la chica relucieran como plata nueva. Jiang Min, sentado con las piernas cruzadas en una silla de tubos herrumbrosa, acomodó la caída del pantalón sobre el zapato, y suspiró.

– ¿C… Cómo me has encontrado?

Jiang negó con la cabeza. ¿Cómo no iba a encontrarlo? Solo había que mirar el cadáver de la cama, esposado, abierto en canal como una res, una inmensa mancha roja de carne expuesta desde la entrepierna hasta el diafragma. Las sábanas acartonadas, empapadas, los chorros de fluidos oscuros, difíciles de identificar, que manchaban el suelo. No había sido la primera. Tres como ella, y unladyboy que Jiang atribuía a un error. Cada vez eran más difíciles de distinguir.

La prensa había enloquecido, claro. Todos los blogs de noticias del mundo se peleaban por informar sobre el “Jack el Destripador Thailandés”, a pesar de que éste no extraía nada a sus víctimas. El informe del forense decía que más bien era como si las aplastara, como si introdujera algo y las machacara desde dentro antes de desgarrarlas. “Algo”. Además, como ahora podía comprobar Jiang, era un farang, no un thailandés. Seguramente californiano, a juzgar por el acento.

No era muy bueno escondiéndose, y Jiang Min trabajaba con gente poderosa, gente influyente que podía obtener información de la policía casi antes que la propia policía. De hecho, le sorprendía que el lugar no estuviera lleno de agentes de la Policía Real. Y una pensión barata para mochileros en un soi próximo a Khao San Road era casi un estereotipo; su Destripador de Bangkok no podía haber elegido peor, especialmente teniendo en cuenta que las otras cuatro víctimas habían aparecido en lugares similares.

– La pregunta es- respondió Jiang, con su inglés casi sin acento-, ¿qué vamos a hacer al respecto?

El farang parpadeó lentamente, confuso; le temblaba el labio inferior y tenía lágrimas en los ojos, como un niño pequeño reprendido por sus padres. Un Buda Esmeralda holográfico sujeto a la pared proyectaba resplandores verdes sobre sus rastas rubias, haciéndole parecer algún tipo de alienígena de película. Emitió un gorgoteo ronco antes de hablar con la voz quebrada.

– Yo… no quería, no sé cómo ha… Todo empezó con la maldición, la encontré en Internet, nunca creí que funcionaría, pero tuve un sueño, un sueño horrible, como si me desgarraran y me volvieran a montar, y luego sentí como si algo me obligase a pronunciarla…

Una maldición. Solía empezar así. Un libro encontrado en la basura, una maldición en una página de Internet, o una herencia familiar contaminada. La inmensa mayoría eran timos, supuestos conjuros inventados sobre la marcha sin más poder mágico que un calcetín viejo, pero otros, otros tenían verdadero poder. Y no había manera de distinguirlos hasta que era demasiado tarde.

– ¿Hiciste un sacrificio? – preguntó Jiang, seriamente, como un profesor severo.

– N… no, no, solo lo leí, no creí que funcionara, pero luego Thomas enfermó, y yo solo quería darle un escarmiento por lo que me había hecho en Singapur, pero…

– ¿Qué le ocurrió?

El farang, el Destripador thailandés, paseó la vista por la sala, frenéticamente, como una bestia acorralada, pero finalmente se vio obligado a enfrentarse a lo que había hecho. Tragó saliva ruidosamente, haciendo que la nuez se moviera en su garganta como una boya en un puerto. Jiang sintió una mezcla de disgusto y pena recorrerle. No debía tener más de veinte años.

– Él… bueno… cáncer.

– ¿Murió?

– No. Aún no.

Jiang tamborileó con los dedos sobre la rodilla, pensativo. El calor de la habitación era agobiante, sobre todo con su traje oscuro de ejecutivo, y el olor a sudor, sangre, tabaco, marihuana y mierda le asaltaba desde todos los rincones. Del ventanuco situado junto al Buda Esmeralda subía el olor punzante de un puesto callejero de comida tradicional, abierto veinticuatro horas para los juerguistas de Khao San Road, además del bullicio y el escándalo que reinaba solo a unas calles, incluso a esas horas de la noche.

– Y después empezaste a matar.

– Yo no quería… es, es como un ataque, algo que se apodera de mí, un impulso que no puedo controlar. Me siento flotar, como si alguien que no soy yo llevara las riendas, y las busco, les pago o las intimido, a veces incluso la secuestro… luego es como un ataque de rabia, no puedo controlarme, sencillamente tengo que… y al terminar me siento tan bien, tan lleno de… vida.

Parecía muy frágil sobre la cama, junto al cadáver, desnudo y vulnerable, cubierto de sangre e iluminado de verde holográfico y blanco fluorescente. Casi se le podría confundir con una víctima más, de no ser por el arma del crimen, allí, en su regazo, hinchada como un bate, armada de espolones óseos, espinas y rebordes manchados de sangre y trozos de carne arrancada. Jiang había logrado contener las náuseas simplemente evitando mirar, pero cada vez era más difícil.

– Te alimentas de su vida. La maldición no encontró sacrificio, así que saca sus energías de tu cuerpo para alimentar el cáncer de tu amigo, y tú la repones… con eso- señaló vagamente hacia su entrepierna.

El asesino hundió la cabeza entre las manos, sollozando. Los frágiles hombros, la escuálida espalda, que sin embargo habían sido capaces de desgarrar desde dentro a cuatro mujeres y un kathoey, se estremecían mientras emitía sordos gemidos de desesperación e histeria.

– A veces, cuando me voy de la habitación… paso varios días borracho, tratando de olvidarlo, pero siempre vuelve, siempre… anoche me encadené a la cama para no salir, pero de algún modo rompí las esposas y… – volvió a sollozar con fuerza; un chorro de moco cayó de su nariz a la barbilla y el pecho, como un enorme gusano translúcido.

– No puedes evitarlo. Tu cuerpo se vacía de energías y necesita reponerlas, y hará cualquier cosa, incluso contra tu voluntad, para conseguirlo. Ningún adicto a la heroína ha sufrido jamás un mono tan grande.

– Pero… ¿qué… qué puedo hacer? ¿Y quién eres tú…?

Jiang se levantó de la silla y cruzó la diminuta habitación en dos pasos, pisoteando las botellas de cerveza rotas y los pañuelos de papel manchados de sangre y otros fluidos que cubrían la cerámica. El farang casi se encogió de miedo cuando él se acercó y se detuvo junto a la diminuta mesa de noche, donde reposaban un tab, un paquete de cigarrillos kretek indonesios, y un vaso de whisky.

– Trabajo con un grupo de personas que saben lo que eres y cómo funciona tu condición. A veces intervenimos para controlar situaciones como esta.

– ¿Se puede, se puede controlar? Cómo, dime cómo lo haces…

El chino sacó de su chaqueta la pistola. Una Durandal P-24 Walther, elegante y estilizada, similar a las viejas pistolas que le daban nombre, y la colocó sobre la mesilla de noche, junto a los kreteks. Miró fijamente a los ojos, claros y enormemente abiertos, inyectados en sangre, del farang.

– Solo hay un modo. No te detendrás, nunca. Puedo hacerlo yo, o puedes hacerlo tú. Elige.

De nuevo el temblor en el labio, las lágrimas en los ojos enrojecidos, el estremecimiento de hombros, los mocos goteando barbilla abajo, en agudo contraste con aquella monstruosidad erizada de espinas, y con el cuerpo de la pobre chica destrozada a menos de medio metro de ellos. Los ojos claros del farang se encontraron con los oscuros de Jiang, solo durante un segundo. Luego, las rastas manchadas de sangre le cubrieron la cara y extendió la mano, más rápido de lo que el ojo podía seguirlo.

Una detonación retumbó en el soi.

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