Mascotas

Nota: Este relato fue mi propuesta para la antología Terra Nova vol. 2; me comentan que les ha gustado, pero no le ven encaje en la antología, así aquí lo tienen. 

 

El trueno de tacones de veinte centímetros sacudió la suite entera, resonando en los escalones como una descarga de artillería, a pesar de que quien los llevaba, la famosa Angela Carmini, no debía pesar cincuenta kilos. Un auténtico ejército de asistentes, técnicos, asesores y empleados se volvía hacia ella a medida que bajaba, como un campo de girasoles cuando sale el sol. Parada en el último escalón, elevada sobre los tacones como un pedestal, con el pelo negro, lustroso, que siempre parecía salido de un anuncio y aquel gesto elegante que le caracterizaba, la barbilla imperiosamente alta, se dirigió a sus adoradores:

–       ¡No tengo nada que ponerme! ¿¡Dónde están los de vestuario?! ¡Mi vestido! ¿Por qué no ha llegado! ¡Jean!

La voz de la celebridad internacional, famosa a los quince años por ser hija de un magnate financiero, a los dieciséis por un escándalo con un actor de Lagos, y aproximándose ya a la senectud de los veintidós, sonaba como cristal siendo destrozado en una batidora. Ante los gritos, todos los presentes agacharon la cabeza y trataron de volver a sus tareas sin cruzar la mirada con sus ojos oscuros, que podían condenarlos al destierro del paro por mero capricho. Solo uno, un joven rapado con la calva llena de tatuajes japoneses y camisa transparente, se acercó a la carrera con una tableta flexible entre las manos.

–       Aquí estoy, cariño, aquí estoy.

–       ¿Por qué no ha llegado mi vestido, Jean?- escupió Angela, asesinándolo con los ojos-. ¡La cena es esta noche!

Jean sonrió nerviosamente, tratando de no limpiarse la cara de la saliva con la que Angela lo había duchado; había visto a gente caer por eso. “Esta noche”, pensó para sí. La cena es en una hora, pero esta niñata es incapaz de recordar algo tan sencillo si no hay alguien con una agenda a su lado.

–       Bueno, nos acaban de llamar hace un momento. Arianna dice que no te enviará más vestidos.

–       ¿¡Qué?!- lo agarró por los hombros violentamente, clavándole las uñas de polímero sintético en la camisa y la piel, hasta hacer brotar la sangre-, ¿por qué no?

El asistente personal trató de mantener la compostura. Las uñas habían sido idea de un fan especialmente creativo, en la época en que Angela se enzarzaba casi semanalmente en peleas con Helena Lion en las que las dos acababan en comisaría. Se habían financiado a toda velocidad, y en la última pelea (algo sobre los favores de un modelo de ropa interior sudafricano) Helena había terminado con cicatrices que necesitaron cirugía. Por suerte para ella, sus fans eran de gatillo fácil con la tarjeta de crédito; por eso Angela la odiaba tanto.

–       Esta mañana el vídeo que subimos el jueves alcanzó el millón de visitas, y supongo que les habrá llegado.

Ella se lo quedó mirando como si le estuviese hablando en arameo antiguo. Aquellos ojos oscuros, casi siempre entrecerrados con odio, desprecio o malicia, estaban abiertos como faros, como los de un niño pequeño al que se le intenta explicar lo que es el bien y el mal.

–       ¿Y qué…?

Jean le pasó el brazo por los hombros desnudos y la hizo bajar de la escalera. Con los tacones, era casi tan alta como él, y había que reconocer que sabía moverse con ellos. Los técnicos y asistentes se apartaban a su paso, dejándoles vía libre hasta un enorme sofá neobarroco construido con fibra de carbono dorada y tapicería verde neón que repelía la suciedad. Jean la hizo sentar, casi tumbada, y ocupó su lugar habitual en el reposabrazos.

–       Cariño, Arianna es una marca con prestigio. Les gusta pensar que son elegantes y refinados. El vídeo…

–       ¿Qué pasa con él?

–       No les gusta que su última creación para fiestas elegantes termine empapado en vómito y mezcal y alrededor de tus caderas después de cuatro días de juerga. Vete a saber por qué.

Ella nunca entendía sus ironías. Todos estos famosos por ser famosos, una auténtica plaga que había terminado con los verdaderos profesionales hacía casi dos décadas, eran poco más que niños mal criados o mascotas a las que había que alimentar y cuidar. Ninguno tenía capacidad para pensar más allá de lo evidente.

–          ¡Pero me habían prometido un vestido! ¡No me pueden prohibir usar su ropa!

–          Dicen que puedes comprar cuanto quieras, pero no van a regalarte nada más, ni a promocionarte. Lo siento, amor.

–          ¡Pero ellos ya saben quién soy! ¡La gente me quiere, es publicidad gratis, es…!

–          ¡Jean!

Había llegado su salvadora, lista para interrumpir la rabieta. Silvia, otra de las asistentes, que trotaba hacia él, con la cola de caballo saltando sobre su espalda y el piercing de neón de la nariz pulsando en rosa y blanco cada vez que respiraba. Acercó una butaca del mismo estilo que el sillón y se sentó con la tableta sobre una rodilla.

–          Acabamos de cerrar el crowdfunding para el vestido de Villon. Siete mil euros, así que nos sobran mil para el conjunto de lencería a juego. ¿Apruebo la compra?

–          ¡Sí!- saltó Angela, resbalando en la superficie sin fricción del sofá-. ¿Cuándo puede estar aquí?

–          Nos envían las bobinas de tejido por mensajero, garantizan media hora. El patrón se descarga en cuanto autorice la compra, así que en cuanto empiece a trabajar la impresora… digamos otra hora y media.

Angela miró a Jean como un cachorrito confuso ante los sonidos extraños que salen de la boca del amo.

–          No da tiempo. La fiesta es en una hora. Autorízalo y lo usaremos para la de mañana como estaba planeado.

–          Pero yo lo quiero hoy… ¿qué me pondré hoy?

–          Silvia, ve a buscar a Sofía y que prepare dos alternativas – ordenó Jean-. Que combine patrones viejos para que parezca algo nuevo. Luego me haces una encuesta exprés, no más de media hora. Di que Angela publicará un vídeo personalizado para todos los que voten, así se darán prisa.

–          Y di que es porque en Arianna nos han dejado en la estacada en el último momento.

Silvia miró a Jean de reojo, pero este negó con la cabeza sutilmente. La mujer se levantó llevándose la mano al auricular y trotó de nuevo hacia el fondo de la sala.

–          ¿Sofía? Esto es urgente, deja lo que estés haciendo…

–          ¡Jean! ¡Tenemos un problema!

–            ¿Qué pasa ahora?- el asistente personal se levantó del sofá para encararse con un hombre joven que leía algo en una pantalla plegada para no ser más grande que la palma de su mano. Se sentó en la butaca que había dejado libre Silvia, con las rastas entreveradas de neón ondeando a su alrededor como la corona de una anémona.

–          Están llegando las encuestas sobre el nuevo novio de Angela.

–          ¿Y qué problema hay?

–          ¿Quién es, quién es?- intervino ella, inclinándose para mirar la pantalla-, ¿es Kalid?

–          Es Yoshiro, pero cuando me he puesto en contacto con su representante…

–          ¿Qué?- Angela frunció el ceño, descontenta no solo de que su público hubiese escogido a su segunda opción, sino de que además hubiera problemas.

–          Parece que sus encuestas van por otro camino, y además con bastante ventaja.

–          Suéltalo ya, Namond, ¿quieres? Tenemos muchas cosas que hacer.

Namond echó una mirada de reojo a su jefa, tumbada en el sofá y medio desnuda, cuestionando mentalmente las prisas de Jean, pero se mordió la lengua. Carraspeó.

–          Bien, resulta que los fans de Yoshiro prefieren que salga con… – tragó saliva, evitando mirar a Angela, cuya cara se agriaba por momentos, y que estaba empezando a arañar la tapicería con aquellas uñas afiladas-, con Kalid.

–          ¿¡Qué?! ¿Y qué tiene ese que no tenga yo? ¡¿Será hijo de…?!

–          Parece que los vieron juntos la otra noche en Veracruz, alguien empezó el rumor, una cosa llevó a la otra…

–          Pero, ¿a ellos les gustan los hombres? – preguntó Jean.

Angela seguía rabiando y despotricando, retorciéndose en el sofá como una serpiente que hubiese mordido un cable de alta tensión, pero ninguno de los dos le hacía el menor caso. Namond se encogió de hombros.

–          A ellos les gusta lo que diga su público, como a toda esta gente. Pero parece que Yoshiro se ha pillado un berrinche como… – señaló a Angela con la cabeza, haciendo saltar las rastas-. Dice Sadako que están negociando para “filtrar” un vídeo de los dos en un hotel de Veracruz.

–          Pues tendremos que buscarle otra pareja a Angela. Ponte en contacto con los representantes a ver quién está libre, o a quién le interesa una ruptura escandalosa.

–          Voy – Namond se detuvo un momento, sonriendo de medio lado-. ¿Puedo sugerir Helena Lion?

–          No- la expresión de Jean era severa, pero había diversión tras sus ojos- Sabes que se odian y lo haces solo porque quieres ver ese vídeo “filtrado”- le dio una palmada en el hombro-. Largo de aquí y a trabajar.

Namond se retiró riendo a carcajadas, perdiéndose entre la nube de técnicos y personal que atestaba la suite, mientras Angela seguía rabiando en su sofá. Ahora estaba llorando y mordiéndose los puños. Jean se sentó junto a ella y la abrazó para consolarla, como a un niño pequeño.

–          Vamos, vamos, cariño, ya pasó. Te encontraremos otro, no pasa nada. Podemos sacar provecho de esto.

Ella lo miró con los ojos enrojecidos y el labio temblando, aferrándole el brazo con las uñas. Jean apretó los dientes mientras trataba de sonreír. Iba a tener que tirar la camisa, que le había costado dos mil euros en Shanghái.

–          Voy a llamar a Sadako, creo que Yoshiro también está en Roma hoy. Haremos que vaya a la fiesta y que te diga lo de Kalid, tendréis una pelea, lo grabaremos y esta semana estarás la primera en las clasificaciones. ¿De acuerdo?

Angela rezongó, remolona, sorbiendo fuertemente por la nariz y apartando la vista.

–          Mírame. Tenemos que hacerlo hoy. ¿Estás lista? ¿Puedes hacerlo, Angela?

–          Sí… – se recompuso un poco, aunque seguía temblándole, hinchada, la vena de la frente- Sí, creo que sí. Se va a enterar ese…

–          Ssshhh, ahora no, amor. Guárdalo para cuando lo tengas delante, ¿vale? Ahora voy a llamar a Jing para que te ponga guapa para la fiesta, ¿de acuerdo?

Ella asintió con la cabeza, y Jean hizo un gesto a la maquilladora, que rondaba por allí desde hacía un rato con su equipo en las manos y mirando nerviosamente el reloj. Cuando se acercó, le puso la mano en el hueco del codo para susurrarle al oído:

–          Dale el cóctel de pastillas de siempre para que se tranquilice. Luego ya le daremos otras para ponerla en marcha.

Dejó a Angela allí, tirada lánguidamente en el sillón mientras Jing se sentaba a su lado, y cruzó la suite en dirección a una mesa de aerogel donde cuatro técnicos estaban sentados con ordenadores de verdad, portátiles con teclado y ratón en lugar de tabletas flexibles. Le escocían las heridas de los hombros y el brazo, así que se quitó la camisa y se la tiró a un asistente.

–          ¡Tráeme otra y tira esta!- cubrió los últimos tres pasos hacia la mesa-. ¿Qué tenemos?

Uno de los técnicos, una mujer rubia con lentillas rosa, levantó la vista de la pantalla al verlo llegar.

–          Están terminando las encuestas de apariencia personal. Quedan cinco minutos, pero está bastante claro la que va a ganar.

Jean se acercó una silla de despacho y se sentó junto a ella.

–          Cuéntame.

–          De momento va un 65% por el aumento de labios, y unos tres mil quinientos euros recaudados. Pero…

–          Siempre hay un pero – suspiró Jean.

–          Siempre- sonrió la mujer-. La mayoría de los votos por los labios son de donantes casuales. La segunda opción, extensiones de pelo hasta el culo, tiene un 30%, pero de ellos más de la mitad son inversores estables. Por cierto, casi nadie quiere que se tiña. El pelirrojo tiene un 1% de votos, y el rubio un cero.

–          ¿Cuánto tienen recaudadas las extensiones?

–          Lo mismo que el aumento de labios. Los donantes casuales son más, pero invierten menos. Los de toda la vida están poniendo hasta cien y doscientos euros por cabeza.

–          Perfecto. Cuando cierres, anuncia que nos quedamos con las dos cosas y vamos a hacer un desempate con tres opciones: labios y extensiones, solo labios y solo extensiones. ¡Louis!

–          ¿Sí?- otro de los que estaban con los portátiles levantó la cabeza.

–          Quiero fotos manipuladas mostrando las tres opciones para esta tarde. A ver qué opina la gente una vez vean cómo queda cada cosa.

–          ¿Pongo crowdfunding?- preguntó la mujer de los ojos rosa.

–          No, habría que justificarlo y no se me ocurre ninguna forma de que cuele. Además ya con los siete mil nos apañamos.

–          ¿Y no le preguntamos a Angela?- preguntó un tercer técnico, levantando la vista de su pantalla.

Se hizo un momento de silencio. Todos se lo quedaron mirando como si estuviera loco y luego, lentamente, sin abrir la boca, volvieron a su trabajo. Jean se volvió a la cuarta ocupante de la mesa, mientras le traían una camisa nueva, con un patrón de olas basado en Hokusai.

–          ¿Cómo están las clasificaciones esta semana?

–          No muy bien- la mujer torció el gesto-. Angela es del 2013, ¿no? Este año cumple veintidós.

–          Sí, en Noviembre. Ya estamos recaudando dinero para la fiesta.

–          No esperes recaudar demasiado. Mira, por lo que al público respecta, ya es casi una vieja bruja- giró la pantalla del portátil para mostrarle una gráfica que relacionaba edad y popularidad desde 2020-. ¿Ves ahí a alguien mayor de veinticinco?

–          Aún le quedan tres años – Jean se removió, nervioso, viendo peligrar su modo de vida-. Quizá más, si podemos…

–          Es complicado. Seamos francos, por muchas películas y vídeos musicales que haga, Angela no es ni actriz, ni cantante, ni modelo. Ni nada en particular. Hace décadas que no hay verdaderos profesionales, excepto en escenas independientes.

–          Ahórrame la clase de historia – gruñó el otro, de mal humor-. Ve al grano.

–          Hay dos formas de que continúe siendo famosa después de los veinticinco- unió las puntas de los dedos frente al rostro, pensativa-. O le descubrimos de pronto algún talento espectacular y la convertimos en una estrella de verdad, cosa que no va a pasar. O damos un cambio radical.

Jean se acomodó en la silla, interesado. Nadie iba a ser capaz de sacar una actuación decente o una canción de Angela, Helena Lion, Yoshiro, Kalid o ninguno de ellos, pero lo del cambio radical tenía posibilidades.

–          ¿Qué tipo de cambio?

–          Estadísticamente, se pueden arañar dos o tres años más de fama si… si tiene un hijo.

Jean hizo una mueca, como si hubiese olido comida en mal estado.

–          No le va a gustar. No le va a gustar nada. Además, ¿esperas que se ocupe de un niño? Una vez le regalaron un cactus y lo mató en tres días. Un cactus.

–          Haría falta un equipo para eso, claro. El mayor problema es el intervalo entre el momento en que el niño deje de ser mono y se convierta en un pequeño monstruo, digamos los cuatro o cinco años, y el momento en que haya crecido lo bastante para meterlo en el juego.

–          Son diez años de intervalo. Sin fama, sin crowdfunding, sin nada.

Ella asintió con la cabeza, gravemente.

–          Y si Angela se mantiene bien, podemos recuperarla como famosa de segunda o tercera fila, “la madre de”, ya sabes. Si es una hija mejor, así que habría que ir hablando con las clínicas de reproducción para escoger las características del feto.

A Jean le cruzó por la mente la imagen de un tipo que había conocido una vez, en un bar de Málaga. Criaba mascotas modificadas genéticamente, a gusto del consumidor, y tenía varios “modelos” preparados según las últimas tendencias. Perros con el pelo púrpura, gatos fosforescentes sin uñas, cosas así. No todos los vendía: algunos los llevaba a concursos donde el público votaba electrónicamente. El modo en que hablaba de la crianza y el cuidado de los animales, de modificar las crías antes de su nacimiento, y de lo que el público exigía le recordaba mucho a su trabajo actual.

–          Mantenerse bien diez años es caro, Paula. Y sin fama…

–          Es lo que hay- Paula se encogió de hombros-. Quizás si se reconcilia con el viejo y él le vuelve a abrir el grifo se pueda tirar para adelante un par de años.

–          Hablaré con el representante del señor Carmini. A lo mejor podemos hacer un gran espectáculo de eso cuando cumpla los veinticinco, estirar un poco más la fama y al final anunciar el embarazo.

–          Podría funcionar, sí. Pero te recomiendo que no lo hagas justo al cumplirlos, o se va a notar mucho. De hecho, mira esto.

Manipuló algo en el teclado, y una ventana ocupó la pantalla. Era una publicación demicroblogging, apenas cincuenta caracteres: “@AngelaC desesperada buscando vestido, se lo habrá negado @Arianna tras el vídeo de ayer?”. Jean se mordió el labio, furioso.

–          Se están haciendo cada vez más listos.

–          Mira, Jean- Paula se pasó la mano por el pelo, pensativa-. Nos gusta creer que gente tan superficial como para invertir dinero en la chorradas de nuestros clientes son igual de imbéciles que ellos, pero no es así. A su modo, en sus cosas, son tan inteligentes como tú y como yo, y no se dejan engañar tan fácilmente. Hay que tratarlos con cuidado, o todo este negocio se irá a la mierda y tú y yo acabaremos en la calle.

–          Ya lo veo. ¿Hay alguna manera de salir de esta?

–          Aparte de lo del hijo, solo se me ocurre una.

–          Te escucho.

–          Seguir la ruta de la gente de Dafne Coulson el año pasado. Cuando deje de ser un ídolo y se convierta en un hazmerreír, sacar todo lo que tenemos. Todos los vídeos caseros, los datos sórdidos, las rabietas, las cosas humillantes… más humillantes de lo que publicamos normalmente, quiero decir.

–          Coulson no duró mucho en el negocio después de eso.

Paula le clavó los ojos, negando con la cabeza como si estuviera hablando con un niño idiota.

–          Coulson ya estaba acabada. Pero su equipo se embolsó millones y ahora están viviendo muy bien en Acapulco y en Bali. Algunos incluso se las arreglaron para volver a ser contratados por otros famosos.

–          Lo pensaré. Aún no me has dicho quién está arriba en las clasificaciones de hoy.

Paula abrió otro programa y tecleó algo. La aplicación tardó menos de un segundo en compilar información de las principales redes sociales y sitios web, de las conversaciones semi-privadas por líneas inalámbricas y el número de visitas a vídeos y publicaciones; la estadística de las celebridades con más tirón del día apareció ocupando toda la pantalla.

–          Lacy Hong en cabeza, seguida de John Donegal.

–          ¿Hong? ¿Qué ha hecho para estar en cabeza?

Ella consultó algo y negó con la cabeza con disgusto.

–          Esta mañana subió un vídeo haciendo el payaso en el espejo del baño mientras meaba. Viral en cinco minutos, líder en media hora. Se especula que estaba colocada a más no poder.

–          ¿En qué posición está Angela?

–          Séptima. Vamos a tener que hacer algo fuerte esta noche si queremos que remonte.

–          Mierda. Tenía planeada una pelea con Yoshiro, pero no creo que sea suficiente.

–          Igual si se enrolla con alguien por despecho y se emite en directo…

–          Buena idea- levantándose, le dio una palmada en el hombro a Paula-. A ver qué puedo organizar.

En la puerta de la suite había una algarabía confusa, movimiento de gente, apartar de muebles, voces. Acababan de llegar las bobinas de tejido para el vestido de Villon que Angela iba a ponerse al día siguiente. Cuando Jean se dirigía hacia allí para poner orden y ocuparse de todo, algo volvió a interrumpir cuanto se hacía en la suite de hotel de seis estrellas que Angela Carmini ocupaba en Roma.

El trueno de los tacones de veinte centímetros, de nuevo sacudiendo la suite entera, la descarga de artillería que anunciaba el descenso de la señora de todo aquello (según ella; la mascota, según sus empleados) de su morada celestial. Los ejércitos asistentes, asesores y técnicos se volvieron hacia ella, contemplándola como una aparición divina, ahora que Jing la había maquillado y que Sofía y Silvia se habían ocupado de que los fans escogieran un vestido apropiado para la noche. Toda de blanco radiante, con minifalda y blusa transparente, el pelo negrísimo peinado en ondas que caían sobre los hombros, no se parecía en nada a la niñata caprichosa, gritona y estúpida que era en realidad.

Jean mismo quedó paralizado por un momento, hechizado por la belleza que había creado el trabajo colectivo de más de una decena de personas. Luego su cinismo natural comenzó a imponerse de nuevo, y no pudo contenerse cuando atisbó a Namond por el rabillo del ojo.

–          Tres años, Namond. Tres años de apariciones como éstas, de donaciones, de fiestas, de lujo… y luego todos al paro.

–          Bueno, es lo que hay. Y bueno, ¿has oído lo de Dafne Coulson?- sonrió, con los dientes blanquísimos contra la piel oscura-. Si se te muere la gallina de los huevos de oro, siempre puedes hacer un caldo.

 

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