Hucancha (1)

Caminar por la laurisilva era como estar en un túnel verde, de hojas húmedas que goteaban niebla y lluvia horizontal mientras se mecían al viento, rozando entre sí para producir un sonido que más bien recordaba al de las olas. Era como si el Atlántico hubiera abandonado las costas rocosas de Tenerife para trepar hasta allá arriba, a más de mil metros de altura. La luz del sol se filtraba a ráfagas entre las ramas de laurel, tilo y viñátigo, creando un contraste de sombras que se movían sobre el suelo húmedo de tierra oscura y rocas medio ahogadas por las raíces y el monte bajo. Aparte del rumor de las hojas, apenas se escuchaba nada aparte del chirriar de algún insecto, trinos aislados, y los sonidos del pequeño grupo de senderistas.

– La laurisilva es una reliquia – venía diciendo Antonio, señalando los árboles que les rodeaban -. Antes llegaba hasta Europa, pero con las glaciaciones se fue retirando, y solo queda aquí y en Azores y Madeira. Este monte tiene millones de años, y es el sitio de Europa con más especies endémicas.

– ¿Te puedes callar ya? – Yeray lo rebasó en el estrecho camino, golpeando su mochila con la de Antonio -. Qué tío más pesado, de verdad.

– Luego me preguntarás y no te pienso decir nada, enterado.

El pequeño grupo continuó riendo por el sendero, que iba elevándose cada vez más en una pendiente que, sin llegar a ser peligrosa, se iba volviendo escarpada y resbaladiza por el barro. Los troncos oscuros, vestidos de verde, se aproximaban, y sus frondas se entrelazaban sobre las cabezas de los senderistas, bloqueando casi por completo el sol. El aire húmedo hacía que se les pegara la ropa a la piel, y el esfuerzo de la caminata los tenía a los cuatro jadeando y respirando con dificultad. Llevaban más de tres horas subiendo sin descansar aquellos riscos del Macizo de Anaga cubiertos de selvas prehistóricas.

Finalmente, un recodo les llevó hasta una visión que los paralizó. Frente a ellos, un abismo cubierto de vegetación formaba una especie de caldera rodeada de montañas, cuyos picos se perdían en siluetas azuladas en la lejanía. Los riscos bajaban atropellándose durante cientos de metros en una carrera congelada, acompañados de jirones de nubes y niebla, mientras las copas de los árboles se cimbreaban sacudidas por el viento como las olas de un mar verde. El sol estaba abandonando ya el cenit, y bajaba hacia las cumbres como para refugiarse en sus cuevas.

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– ¡Qué bonito! Espera, espera, vamos a parar aquí.

Soltaron las mochilas en un espacio despejado que se abría en la ladera de la montaña, justo después del recodo, y se derrumbaron sobre la tierra húmeda mientras Iris se echaba la cámara de fotos a la cara y empezaba a disparar al abismo que se abría a sus pies. A través de la lente Nikon alcanzó a ver árboles retorcidos que brotaban sobre las rocas en poses dramáticas y casi humanas, profundas gargantas cortadas a cuchillo por el agua en las laderas, y aquí y allá los destellos rojos y amarillos de las flores entre el verde oscuro de las hojas.

El resto, mientras tanto, estaba sacando los bocadillos de las mochilas y repartiendo botellas de agua y golosinas. Yeray, recostado sobre una roca, cerró los ojos para dejar que el sol le acariciara la cara, mientras Antonio y Naira compartían un paquete de galletas Tirma. Miraran a donde miraran no se veía rastro alguno de civilización, solo una soledad interminable de árboles y montañas bajo un cielo azul brillante.

– No se ve ni una casa – comentó Iris, al sentarse con las piernas cruzadas entre Antonio y Yeray, la cámara colgando del cuello -. Ni siquiera abandonada, ni una pista de tierra, ni un coche…

Antonio se encogió de hombros mientras masticaba, y le pasó el paquete de galletas.

– Esto en el mapa no es nada – dijo mientras terminaba de tragar -, pero hay tantos recovecos, barrancos, cuevas… la gente va por los senderos establecidos y no se aparta de ellos, porque es muy fácil que te pierdas. Por donde estamos nosotros pasa gente todos los días. Por allí – señaló vagamente hacia el abismo -igual no ha estado nadie desde los guanches, o ni siquiera ellos.

Entreabriendo apenas los ojos, Yeray le tiró a la cabeza una bola de miga de pan, que estuvo a punto de darle a Naira.

-¡Ey! ¡Esa puntería!

– ¿Pero tú lo oyes? Que no ha pasado nadie, dice. Venga, hombre.

– ¿Va en serio? – preguntó Naira, rebuscando en la mochila -. ¿Hay sitios inexplorados en Tenerife?

– Hay sitios inexplorados en todos lados. Tampoco es ningún misterio, simplemente son sitios a los que nadie necesita ir, así que no va nunca.

– Que te calles- zumbó Yeray, con tono de guasa.

– No te digo yo que no pase de vez en cuando un cazador perdido, un guiri despistado o un santero a hacer sus cosas, pero, vamos, en general.

– El otro día vi algo de eso en el periódico – comentó Iris mientras desenvolvía el bocadillo -. Los vecinos de no sé dónde se quejaban de que aparecían animales muertos y cosas de santería.

Yeray asintió con la cabeza, pasándose una mano por el pelo, negro y muy corto, y dio un trago a la botella de agua mientras se incorporaba, inclinándose hacia el grupo.

– Pasa un montón. Tenía un colega policía nacional que decía que no nos enteramos ni de la mitad de las cosas raras que pasan aquí. A cada momento se encuentran restos de rituales de santería, y cosas de esas. Pollos muertos, velas… una vez una cabra.

– Que te calles – lo imitó Antonio, lanzándole el papel de plata del bocadillo hecho una bola -. ¿Quieres asustar a las chicas?

-Oye – saltó Naira, dándole un manotazo -. A ver si te va a asustar a ti, machito.

– Tiene toda la pinta – rio Yeray -. ¿Te dan miedo los santeros ahora? ¿Te van a embrujar?

– Por aquí hay leyendas de brujas también, ¿no? – interrumpió Iris, mientras revisaba las fotos en la pantalla de la cámara -. Dicen que el Bailadero se llama así porque es donde iban a bailar en los aquelarres.

– Todo eso son supersticiones – gruñó Antonio, picado -. La gente todavía se las cree, pero por suerte cada vez hay más cultura y se les va acabando el negocio a los curanderos.

– Porque tú lo digas – dijo Naira -. Mi tía todavía llevó a mis primos pequeños a que les rezaran cuando estaban malos, porque decía que les habían hecho mal de ojo.

– ¿Pero qué edad tienen tus primos?

– Catorce el más chico, y bien que le rezaron al pobre. Lo llevaba a una vieja que yo creo que no sabía ni leer.

– Bueno, todo eso se va acabando.

– Eh, ¿eso es un cernícalo? – intervino Iris, señalando al cielo mientras cogía de nuevo la cámara -. Fotón.

Sobre ellos, aislada en el cielo azul brillante como una mancha negra en forma de cruz, la rapaz trazaba amplios círculos al compás de las corrientes de aire caliente en busca de una presa, aunque por un breve instante a Yeray le dio la sensación de que la presa eran ellos, y de algún modo el ave los estaba observando.

– Demasiado grande. Será un busardo. Deberíamos ir tirando ya – dijo Antonio -. Luego se nos hace tarde y todavía nos quedan otras dos o tres horas.

Las vistas monumentales del cielo y las montañas pronto quedaron ocultas tras los troncos de los laureles, y el grupo continuó ascendiendo y descendiendo repechos entre el trinar de los pájaros y el crepitar de las hojas bajo los pies, o al paso de lagartos y roedores que se escabullían a ambos lados del sendero. A pesar de que aún era temprano, el sol estaba a punto de ocultarse tras las cumbres, y los rayos que los alcanzaban lo hacían atravesando la cubierta vegetal en diagonal, como lanzas doradas que se hincaban en el suelo para marcarles el camino.

Cruz del Carmen-172

Llevaban casi dos horas andando cuando Antonio se detuvo en seco, provocando que Iris, que iba atenta a la flora autóctona que los rodeaba, chocara con su mochila y estuviera a punto de caer.

– ¡Au! ¿Qué pasa?

– No reconozco esto.

– ¿Qué? ¿Cómo que no?

– Venga, Toni, vacilones ahora no, ¿eh? – intervino Naira, adelantándose hasta ellos -. ¿Por dónde vamos?

Delante del grupo se levantaba una roca casi vertical, redondeada por la erosión y entreverada de raíces esqueléticas sembradas de setas carnosas y amarillentas. El sendero se dividía en dos, un camino de tierra que ascendía hasta perderse entre los árboles, y otro más ancho, pero más rocoso y escarpado, que descendía bajo un arco de ramas grises.

– ¿Te perdiste? – rezongó Yeray, uniéndose al resto-. Tío, no se puede contar contigo pa nada. ¿No dices que conocías bien el sendero?

– Si lo he hecho treinta veces, por eso te digo. Esto no es parte del sendero, nos tenemos que haber desviado por algún lado.

– Pues qué bien – gruñó Iris-. A ver qué hacemos ahora.

– Tranquilidad, no pasa nada. Volvemos para atrás hasta que encontremos una marca del sendero y ya está.

– Sí, hombre – dijo Yeray -. Otras dos horas dando vueltas por el monte y se nos hace de noche aquí.

– Qué va, si no puede hacer mucho que nos desviamos. Diez minutos, máximo.

– Que no, tío. Mira, tenemos que llegar al barranco, ¿no?

– Sí, el sendero acaba en el barranco y de ahí bajamos a la playa.

– Pues el barranco está para abajo, y tenemos un sendero que sube y otro que baja. Ya está.

– De ya está nada – dijo Naira -, ¿tú eres tonto? Si no te partes la cabeza te pierdes y ahí no hay helicóptero que te recoja.

– Que te calles, si llevamos dos horas caminando, tenemos que estar al lado ya. Yo voy por aquí.

– A ver, a ver, calma – dijo Antonio -. Volvemos un fisco para atrás y ya está, si es que…

Yeray no le hizo caso. Agarrándose a una rama para mantener la estabilidad, se metió en el camino que bajaba y echó a andar, medio corriendo para no caer, cuesta abajo, hasta perderse tras una curva del abrupto sendero.

– ¡Yera! ¡Yera! ¡Me cago en…!

– Este niño es tonto – rezongó Naira -. ¡Espérate, que te matas!

– ¡Pero no vayas tú con él!

Iris le puso la mano en el hombro a Antonio, que intentaba agarrar la mochila de Naira para impedir que se metiera en el barranco detrás de su amigo.

– Vamos, anda, si es que no los vamos a poder parar.

El nuevo sendero era aún más oscuro que el que habían abandonado. En lugar de árboles, ahora se encontraban rodeados de paredes rocosas, cubiertas de tierra que oscilaba entre el gris, el negro y el marrón. Por encima de sus cabezas veían los rayos del sol atravesar los escasos huecos de las frondas, pero prácticamente ninguno llegaba allí abajo. Se movían tanteando, agarrándose a las raíces, que les cubrían las manos de sustancias pegajosas de origen desconocido, y a las piedras, cuyas superficies ásperas les hacían sangre. Aquí y allá caían chorros de agua que se derramaban formando peligrosos charcos, negros a la escasa luz, y brotaban por todas partes hongos bulbosos que olían a putrefacción y aparecían moteados de enfermizos grises, amarillos y rosados, como la carne de un leproso.

Descendieron durante lo que pareció una eternidad, aunque era prácticamente imposible calcular el paso del tiempo en aquella garganta que recorría el costado de la montaña sumida en la oscuridad. Habían tenido que tirar de las linternas para ver el camino bajo sus pies. Antonio no paraba de quejarse, y Yeray de quitarle hierro al asunto, aunque cada vez le temblaba más la voz y parecía menos seguro de sí mismo. El chirriar de los insectos se iba haciendo cada vez más intenso a medida que descendían, junto con el olor penetrante a tierra húmeda y a putrefacción que emanaba de las ramas caídas, cubiertas de hojas secas, y de los hongos leprosos que cada vez cubrían más y más superficie del barranco.

Cruz del Carmen-144

Tras lo que parecieron horas de descenso, el suelo empezó a nivelarse. Un pronunciado escalón y una curva cerrada los llevaron a una especie de anfiteatro natural, un hueco semicircular bajo una inmensa roca que se proyectaba como un techo, casi cerrando el barranco por arriba como si fuera un túnel. Los cuatro se detuvieron, cautelosos, tratando de adivinar si aquella roca estaba a punto de caerles encima.

-¿Qué es eso?- dijo Iris, acercándose a la base de la roca-¿Es un…?

Los demás la rodearon y se inclinaron para examinar su descubrimiento. Lo que a primera vista parecía un montón de hojas podridas sin más se reveló como un torpe intento de cubrir algo que había debajo. Naira las apartó con repugnancia para revelar varios cabos de vela consumidos metidos en vasos de cristal, alrededor de una piedra plana manchada de algo oscuro que se derramaba por los lados, llenando varias cazoletas y canales tallados en la roca. La piedra estaba colocada sobre un amontonamiento circular de lajas de un metro de alto, y sobre ella reposaban los restos medio roídos de varios animales, en una confusión de huesos y trozos de piel putrefacta que les lanzó a la cara una vaharada pestilente que les provocó arcadas.

– Qué asco, por favor – dijo Naira, y le dio un codazo en el costado a Yeray -. ¿No querías santería? Dos tazas.

– Vámonos – dijo este -. No se les ocurra tocar eso.

– Anda, al que no le daban miedo los santeros. Pero si esto no es na…

Una luz súbita, como un relámpago blanco, inundó el estrecho barranco, cegándolos temporalmente. Se quedaron parpadeando, con el campo visual inundado de motas de luz que danzaban en la oscuridad, aturdidos y sobresaltados.

– Perdón.

– Podías avisar, Iris, de verdad – gruñó Naira.

– Perdón, perdón.

– Pero que no le saques fotos a eso. Anda, vámonos.

– Es que mira, hay más cosas – Iris se acercó con la linterna a la base de la roca, enfocando el haz de luz más allá de los huesos -. Son como pictogramas.

Efectivamente, había símbolos trazados en la pared de roca, y resaltados con la misma sustancia pegajosa que cubría la piedra y las cazoletas, quizá sangre. Espirales, líneas quebradas que sugerían movimiento, triángulos apuntando al cielo, y algunos que casi parecían letras.

– Parece guanche – Yeray se había acercado también, pese a su aprensión -. Yo eso lo he visto en algún libro.

– ¿Cómo va a ser guanche, Yera? – dijo Naira -. Los huesos todavía tienen piel, no pueden llevar ahí mucho tiempo. Esto tiene que ser algo de santería.

– A lo mejor empezaron los guanches y han seguido después los otros, ¿yo qué sé? ¿Nos vamos ya? Toni, ¿tú no tenías tanta prisa?

– Espera – dijo Iris, que seguía explorando con la linterna-. Aquí hay algo más.

– ¿Qué es?- preguntó Antonio, acercándose-, ¿más símbolos?

– No, no, aquí debajo. Aguanta – le tendió la linterna para tener ambas manos libres y se tumbó en el suelo, metiéndose entre la piedra plana y la roca vertical -. Aquí hay algo encajado. Está lleno de mierda…

Tiró y forcejeó, manchándose los brazos hasta los codos de tierra húmeda y restos de putrefacción, hasta arrancar a la roca un objeto pequeño que levantó con triunfo entre las manos. Lo dejó en el suelo, bajo la luz de las linternas: era una figura de barro, de unos quince centímetros de largo, negra y lustrosa, con la forma vaga de un animal cuadrúpedo con una boca enorme. Esta vez avisó antes de hacerle fotos con el flash, pero cuando cesaron los ecos del restallido de la cámara pareció como si un silencio denso descendiera sobre ellos. No se oía ni uno solo de los habituales sonidos de la laurisilva. Ni un pájaro, ni el chirriar de un insecto.

– ¿Qué es esto? – dijo Antonio -. Es como un ídolo…

– Déjalo en su sitio, Iris – intervino Yeray-. Ponlo donde estaba y vámonos.

– ¿Crees que será aborigen?- preguntó esta-. No parece moderno.

– Ni idea, yo soy de ciencias – Antonio se encogió de hombros.

– ¿Nos lo llevamos?

– ¡Ni se te ocurra!

– Venga, ya está – dijo Naira-. Vamos a dejar la tontería ya y vámonos de aquí, que se nos va a hacer de noche de verdad.

Cruz del Carmen-134

Los otros se levantaron, sacudiéndose la tierra de los pantalones, y Antonio se puso de nuevo en cabeza, alumbrando con la linterna el camino, que volvía a ascender ligeramente unos metros más allá. A medida que se alejaban del extraño altar iban desapareciendo aquellos hongos asquerosos y el olor a podrido era sustituido por el de la vegetación húmeda, más limpio y fresco. Podían ver ya el final de la quebrada, que iba a dar a un nuevo barranco que descendía en una pendiente suave, con un fondo lo bastante amplio como para que llegaran los rayos del sol. Ya se oían de nuevo los sonidos del monte.

– Esto lo reconozco – dijo Antonio -. Ya estamos en el barranco, casi al final. En veinte minutos estamos en la playa.

– Te lo dije.

Se detuvieron en la confluencia de los dos barrancos, con la sensación de que iban a atravesar algún tipo de umbral. En el momento preciso en que Antonio iba a dar el primer paso para incorporarse a la ruta habitual, algo les sobresaltó.

– ¿Qué fue eso? – dijo Yeray, aprensivo.

– Sonaba como un perro – comentó Naira, girándose para mirar la ruta por la que habían llegado.

El sonido se repitió, un retumbar bajo, constante, como el de un inmenso motor viejo, pero gorgoteante, húmedo, y provisto de una extraña cualidad animal, salvaje y atávica, que hacía temblar las ramas y reverberar las rocas. Era un rugido primordial, que parecía salir de todas partes, como si el propio bosque de laurisilva, la propia tierra volcánica, ardiera en deseos de abalanzarse sobre ellos y despedazarlos. Aunque ninguno quiso admitirlo, sintieron como les temblaban las piernas.

– Eso no es un perro – dijo Iris.

– Puede ser cualquier cosa. Una galería de agua, o un desprendimiento. Hasta un trueno aislado.

– Vamos, vamos, venga – apremió Yeray. Esta vez nadie le discutió.

Media hora más tarde, tumbados sobre las toallas en la arena negra de la playa, con las olas rompiendo entre las rocas, algo llamó la atención de Antonio. El cielo estaba limpio, tan azul y brillante como lo habían visto desde el sendero, aunque ya se iba oscureciendo a medida que se acercaba el atardecer y los rayos del sol se ocultaban por completo detrás de las montañas. Despejado y límpido excepto por una única nube, una forma oscura, como de tormenta, gigantesca e hinchada, que flotaba por encima del horizonte que se enrojecía, desplazándose lentamente de norte a sur, empujada por el viento, como si los estuviera acechando.

Por un momento le pasó por la mente aquel extraño sonido que habían oído. Podía ser una galería de agua, sí, o rocas cayendo, incluso un perro asilvestrado, que no eran raros en el monte, aunque en la laurisilva era menos frecuente que en el pinar. Pero había algo extraño en aquel ruido, algo que no había oído nunca ni podía identificar, pero que, aunque no quisiera admitirlo, le daba pánico. Agradeció haber dejado el coche en un pueblo cercano, a solo unos minutos de marcha por la playa, en lugar de hacer la ruta circular. No creía que ninguno de ellos estuviera dispuesto a pisar aquel sendero en mucho tiempo.

Cuando lo tuvieron todo recogido y se disponían a partir, Antonio dio un último vistazo alrededor, por si acaso se les olvidara algo. No había nada sobre la arena negra, pero a lo lejos, en lo alto de los farallones que rodeaban la playa, le pareció ver algo que se movía, una mancha más oscura recortada contra la oscuridad del atardecer.

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