Hucancha (3)

Al anochecer, las luces de los cruceros atracados en el puerto de Santa Cruz se reflejaban en el agua, aunque desde donde ellos estaban, sentados en una terraza de la avenida de Anaga, no podían ver más que el resplandor naranja asomando detrás de los árboles que la bordeaban en la acera opuesta. Hacia el fondo, encima de las montañas por las que habían estado caminando solo dos días antes, una enorme cruz luminosa parecía querer cristianizar aquel macizo pagano, donde aún quedaban secretos ocultos en las degolladas y entre las raíces.

– Era muy raro, de verdad – decía Iris, tras llevarse la Kopparberg a la boca-. Tremenda escandalera.

– ¿Al final se supo qué había pasado? – preguntó Naira.

– Qué va. Algo que habrán olido, o se habrán picado dos a ladrar y el resto se habrá unido. Yo qué sé.

– ¿Anoche otra vez? – dijo Antonio.

– Sí. No tanto como el primer día, pero anoche volvió a haber concierto.

– Qué raro. No es normal – hizo un gesto al camarero, que pasaba junto a su mesa -. Tráeme una Tierra de Perros cuando puedas.

– ¿No es normal, de verdad? – Se burló Naira-. Menos mal que lo dices, si no…

Antonio se encogió de hombros. Durante un momento nadie dijo nada; se limitaron a beber y a contemplar a la gente que pasaba y a las nubes que se acumulaban sobre el horizonte, al otro lado de las copas de los árboles. De nuevo había una, negra y amenazadora, compacta, que a Antonio le recordó la de aquella tarde en la playa.

– Mi abuela decía que si ladran los perros es que se va a morir alguien.

Todos se quedaron mirando a Yeray, que lo había dicho como sin darse cuenta, mirando hacia aquella nube negra que el viento no arrastraba. Les sacó de su estupor la cerveza de Antonio, que el camarero dejó sobre la mesa metálica con un golpe seco.

-¿Qué?

– Eso decía.

– No me dirás que te lo crees- dijo Naira.

– No. Pero lo decía.

– Gracias, Yera – soltó Iris -. Menos mal que no soy supersticiosa.

– Eso que encontramos tenía forma de perro, ¿no? Más o menos.

– Era un animal, sin más. Podía ser cualquier cosa, un cerdo, una cabra.

– Era un perro.

– Pues vale, Yera. Pa ti la perra gorda.

– Nunca mejor dicho – dijo Antonio. Hubo risas nerviosas en torno a la mesa.

– No, pero en serio – Naira se giró hacia Iris-. Habla con los vecinos a ver, igual alguno tiene un gato y se le escapa por las noches, o yo qué sé.

– Sí, hombre, voy a estar yo hablando vecino por vecino.

– Pues algo habrá que hacer, no puedes estar así toda la vida.

– Ya se callarán, yo qué sé.

Dos horas después, Antonio subía con el coche por la carretera que llevaba a la casa de sus padres, en Las Mercedes. En aquella zona había muy poca iluminación, solo una farola cada varios cientos de metros, proyectando conos de luz que apenas servían para puntear la oscuridad. Estaba al lado de La Laguna, pero ya casi en el campo. Los faros del coche iluminaban las fachadas de las casas terreras que se alineaban a ambos lados de la carretera, tras sus muros de bloques pintados de ocre, naranja y rojizo que apenas se veían en la oscuridad. Las ramas de los árboles que crecían en las huertas se proyectaban por encima, como si quisieran escapar.

La casa de los padres de Antonio se encontraba al final de un camino empinado, algo alejado de la carretera principal, y rodeado de tapias. La entrada estaba a la izquierda, y justo delante había un amplio solar, un descampado sembrado de salvia, ortigas y malas hierbas que solían usar de aparcamiento. Más allá, en el punto donde crecían algunos árboles, el terreno ascendía en una serie de lomas cubiertas de arbustos y vegetación que rodeaban un matadero de pollos. Todo eso no era ahora más que una vaga sombra, perfilada por las luces del coche y de la única farola, que se encontraba más abajo, junto a la tapia del vecino. Antonio introdujo el coche en el descampado y lo arrimó a un extremo, dándole aún vueltas a la cabeza a lo que había dicho Yeray. Su mente racional rechazaba toda superstición, pero había algo dentro de él que no podía dejar de hacer la conexión entre la “profanación” de aquel santuario que habían encontrado por casualidad y los ladridos de los perros de Iris.

Al bajar del coche se dio cuenta de algo: extinguido el runrún del motor, no se oía absolutamente nada. Ni el chirriar de los grillos, ni el rumor de las hojas, ni un ave nocturna, ni el maullido de un gato asilvestrado, ni toda la variedad de sonidos imposibles de identificar de la noche en el campo. Nada. Como si alguien hubiera quitado el sonido de una película.

Como cuando Iris había tocado el ídolo en el monte.

Intranquilo, miró a un lado y a otro, buscando no sabía qué. La única luz era el cono anaranjado de la farola, que empezó a temblar mientras la miraba, vacilando como la llama de una vela, atenuándose como si unos dedos invisibles fueran a extinguirla. Sintió un escalofrío, pero trató de componerse, racionalizarlo. El ayuntamiento no trataba bien a zonas como aquella. Seguro que hacía falta mantenimiento. Era un fallo eléctrico, nada más.

La farola se apagó.

Fue algo súbito. No parpadeó, no emitió un zumbido ni estalló, ni siquiera perdió potencia gradualmente hasta extinguirse. Simplemente pasó de un resplandor atenuado a la oscuridad más absoluta. Antonio dio un respingo al encontrarse cegado de pronto, sin ningún punto de referencia a su alrededor: ni siquiera veía el coche, a menos de un metro de distancia. La noche era como una piscina de alquitrán que le rodeaba por todos lados y, cuando alzó la cabeza en busca del fulgor de las estrellas, se encontró con un velo de nubes negras.

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Fuente: MissSomething en Flickr

Era peligroso caminar así, sin ver absolutamente nada, pero no podía quedarse esperando a que volviera la luz de la farola o amaneciera. Intentó dar un paso adelante, pero las piernas se negaron a obedecerle. Le asaltaron la cabeza toda clase de pensamientos irracionales, estúpidos. Que podía haber algo acechando en las sombras. Que algo iba a devorarlo si salía del solar y ponía pie en el asfalto. Que más allá de sus pies se abría un abismo interminable en el que caería para siempre. Despejó las dudas sacudiendo la cabeza, como si emergiera de entre las olas, y dio un paso adelante. Luego otro.

En ese momento empezó a oírlo. El silencio sepulcral se vio roto por un sonido bajo y ronco, que sonaba muy lejano, pero le hacía vibrar los huesos y bajar un sudor frío por la espalda. Todos sus instintos le decían que corriera, que echara a correr como alma que lleva el diablo, pero se contuvo haciendo un esfuerzo enorme de voluntad. Si corría lo más seguro era que tropezara y se partiera los dientes, o una pierna. Pero aquel gruñido bajo continuaba, cada vez más profundo, a veces justo por debajo del umbral de la audición, siempre con una urgencia feroz, como si algo estuviera deseando abalanzarse sobre él, pero no pudiera.

De nuevo el impulso de correr, de huir, de refugiarse en una madriguera como un animal asustado. Se dio cuenta de que temblaba tanto que podía oír castañetear los dientes y tenía todos los músculos en tensión. Se obligó a respirar hondo, una vez, dos veces, llenándose los pulmones del olor de la salvia y el romero, pero también algo más, un olor húmedo, metálico, a barro y sangre y tierra removida, que le dio arcadas. Se giró lentamente en busca de la fuente del sonido, pero ni vio nada, ni podría haberlo visto sin luz.

Dio un paso vacilante hacia la casa de sus padres, hacia atrás, sintiendo irracionalmente que si le daba la espalda al solar algo se abalanzaría sobre él. El gruñido ganó volumen e intensidad, y a lo lejos, muy lejos, un perro empezó a ladrar. Luego otro. A su espalda oyó el gañido lastimero de Bruno, el yorkshire de su madre, que siempre le esperaba en el patio. Los ladridos sonaban alarmados, tal y como los había descrito Iris, y se iban extendiendo por todas las fincas de los alrededores.

Sin mirar atrás, sin dar la espalda al solar, Antonio fue retrocediendo, guiado por los aullidos de pánico de Bruno, hasta la verja del patio. Ahora todos los perros de la zona estaban ladrando a la vez, tan confusos y aterrados como él. Una a una, fueron encendiéndose las luces de las casas, pero el gruñido que estremecía los huesos de Antonio no cesaba, aunque le pareció que perdía intensidad. El resplandor lejano perfiló por fin el coche, el solar y el camino, pero había aún un parche de sombras impenetrables bajo las palmeras y los árboles, en la base de la loma. Cuando su mano rozó la verja y se giró para empujarla y entrar, le pareció haber visto fugazmente, por el rabillo del ojo, dos brasas gemelas, como fuegos fatuos, que lo observaban desde la oscuridad.

Bruno no salió a recibirlo cuando cerró la verja a su espalda. Estaba sentado sobre los cuartos traseros junto a la puerta, con las orejas gachas y el rabo entre las piernas, temblando y gimiendo aterrorizado. Al acercarse Antonio con la llave en la mano se levantó para pegarse a sus pantorrillas sin dejar de emitir aquel quejido lastimero. Los perros de los vecinos seguían ladrando, ahora más esporádicamente, mientras aquel gruñido ronco se hacía cada vez más lejano y débil, como si se alejara sin dejar de amenazar.

Cuando cerró la puerta de la entrada a su espalda, con Bruno entre sus pies, sentía como si el corazón fuera a salírsele del pecho.

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