Hucancha (4)

OLYMPUS DIGITAL CAMERA

Fuente: santacruzdetenerife.es

El ligero golpe de la bolsa de deportes contra la espalda de Naira era satisfactorio, como una palmada de felicitación después de una dura sesión de entrenamiento. Salió del vestuario con la bolsa colgada al hombro, suspendida de las correas que apretaba en el puño, despidiéndose de los compañeros que aún estaban estirando o calentando. Cruzó las puertas acristaladas del gimnasio para sumergirse en las calles estrechas del Toscal, entre casas abandonadas cuyos vanos condenados con bloques cubiertos de pintadas parecían a punto de derrumbarse, persianas metálicas de negocios cerrados y decadentes, y algunas nuevas edificaciones que, aunque destacaban en medio de la desolación, ya empezaban a mostrar signos de corrosión si uno sabía dónde mirar.

Aún le quedaba un buen trecho para coger la guagua, pero le gustaba el paseo después de entrenar. El aire fresco de la tarde noche le devolvía la vida después de la ducha de agua apenas tibia del gimnasio. Le servía para relajarse y a modo de descompresión, para pasar lentamente del tatami a la vida normal, asimilar lo aprendido y dejar atrás todas las tensiones. Antes de entrar se le agolpaban en la cabeza pensamientos de todo tipo: la universidad, el trabajo de fin de grado, planes para el fin de semana, dramas y cotilleos de amistades y familiares… pero al salir, como ahora, llevaba la mente en blanco, en un estado de relajación total y paz interior.

Casi ni se daba cuenta de la degradación del barrio a su alrededor. Desde hacía unos años las condiciones habían empeorado cada vez más. Corría el rumor de que el ayuntamiento quería demoler el barrio para reconstruirlo, así que no se daban permisos de obra y todo estaba cayéndose a pedazos. Cada vez se veía más basura en las calles, más mendigos y vagabundos sentados en los portales y durmiendo en los bancos, más perros callejeros revolviendo en los contenedores y durmiendo en los solares.

1544769935138k

Fuente: /eldia.es

Se detuvo en un paso de peatones en la calle de La Marina, contemplando como el horizonte oriental se oscurecía a través de la rendija entre dos edificios. Había un mendigo revolviendo en la basura, en el contenedor gris de orgánicos, al otro lado del cruce. Un hombre bajito, escuálido bajo las capas de ropa sucia, con una densa barba gris y ojos rodeados de patas de gallo, que se clavaron en los de Naira cuando el hombre levantó la cabeza del contenedor. Ella quiso apartar la vista, pero no pudo. Aquella mirada penetrante, dura, ni de lejos la habitual mirada perdida de los vagabundos, la tenía clavada en el sitio.

Dejaron de pasar coches. Podía cruzar, pero no le dio tiempo. De dos zancadas, con una energía sorprendente, el hombre se plantó ante ella. No la tocó, pero estaba cerca, demasiado cerca. Abrió la boca para decirle que no tenía nada que darle, pero él se le adelantó, con una voz rasposa, producto del tabaco, el alcohol y años de infecciones mal curadas.

– Te huele – el aliento del hombre le llegó con una vaharada de olor repugnante.

– ¿Qué?

– Te huele. Estás marcada.

Naira dio un paso atrás, luego otro. El hombre la siguió, extendiendo una mano sucia como para tocarla, y ella soltó un chillido y echó a correr calle La Marina abajo. A su espalda podía oír al hombre tambaleándose tras ella.

– Te huele, te acecha, va detrás de ti. ¡Estás marcada!

Pronto lo dejó atrás, aunque seguía oyendo los gritos destemplados a su espalda. Te huele. Te acecha. Marcada. Corrió por la estrecha calle, encajonada entre portales y coches aparcados, con la bolsa de deportes golpeándole la espalda. El ruido que hacía al rebotar se le asemejaba al de unos pasos que la perseguían. Tenía la sensación de que algo estaba justo detrás de ella, algo enorme que devoraba cientos de metros a cada paso, un depredador voraz que en cualquier momento se abalanzaría sobre ella o le mordería las piernas para derribarla y destrozarla, indefensa, en el suelo. Los transeúntes se apartaban como podían al paso de Naira, tratando de esquivarla en la angosta acera, pero ella no les prestaba atención. Aún le parecía que aquella cosa le respiraba en la nuca, que iba a abalanzarse sobre ella.

El corazón le martilleaba en el pecho, y la respiración se le hizo insoportablemente agitada, hasta el punto de dolerle los pulmones y las piernas. Tuvo que detenerse a la altura de la alameda, jadeando, apoyada contra los azulejos marrones de una farmacia. Arriesgó una mirada atrás: nada. El vagabundo no la había seguido, o al menos se había quedado muy atrás. Pero a lo lejos, al fondo de la calle, donde la vista apenas alcanzaba, le pareció ver un movimiento extraño, una sombra, demasiado grande para ser una persona, pero no tanto para ser un coche, que se desplazaba de un lado a otro de la calle. Pestañeó, irritada consigo misma. Ya estaba viendo cosas como una histérica, ella que se preciaba de no tenerle miedo a nada.

Durante el resto del trayecto hasta el Intercambiador tuvo la misma sensación opresiva en el pecho. Algo la seguía, algo la acechaba, como había dicho el mendigo. De vez en cuando le pareció percibir aquella sombra enorme que se movía por el rabillo del ojo, siempre pendiente de sus movimientos, como un perro pastor controlando al ganado, demasiado fugaz como para verla claramente. Recordó lo que les había contado Toni: una sombra que lo acechaba a lo lejos, y un gruñido profundo, antes de que todos los perros de la zona empezaran a aullar. Como en el barrio de Iris.

800px-Intercambiador,_Santa_Cruz_de_Tenerife,_España,_2012-12-15,_DD_01.jpg

Fuente: wikipedia.org

Cuando subió a la guagua y escaneó el código QR con el móvil pudo verlo una vez más, justo en el límite de su visión periférica, una masa indistinta y oscura entre dos guaguas. Giró la cabeza para mirar fijamente a aquella cosa, pero ya se había esfumado; reapareció al otro lado, detrás de un banco, e inmediatamente un coro de gañidos y gruñidos nerviosos llenó la estación. El caniche gris que una señora llevaba en un trasportín empezó a ladrar histéricamente, el hocico apenas asomando entre las rejas. El labrador de un invidente se tumbó en el suelo con el rabo entre las piernas, gañendo con aire lastimero, y empezó a aullar. A lo lejos, en las calles que rodeaban el Intercambiador, se oía la respuesta a aquel coro de ladridos mientras una inmensa bandada de palomas, tal vez cientos, levantaba el vuelo, alarmada.

Naira y la conductora de la guagua se miraron, estupefactas. Los dueños de los animales no sabían qué hacer para callarlos, y aquella sombra seguía siempre ahí, en la visión periférica de Naira. Se sentó al fondo de la guagua notando como empezaban a temblarle las manos. No podía ser. ¿Qué estaba pasando? ¿Sería algo que se habían traído del monte, un olor que no se iba, algo relacionado con aquel altar asqueroso? Los perros ladraban como locos, como le había pasado a Iris, como le había pasado a Toni. Y el mendigo le había dicho que algo la acechaba.

Cuando llegó a casa y soltó la bolsa de deporte sobre la cama que había dejado sin hacer, mientras oía a sus compañeras de piso trastear en la cocina, echó una mirada a través de la ventana de su habitación, y el corazón estuvo a punto de salírsele del pecho. De nuevo aquella sombra, ocultándose entre las retamas y las piedras del parque del otro lado de la calle.

A lo lejos, ladridos de perros atemorizados.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s