Hucancha (5)

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Fuente: pinterest

Yeray se retorcía en la cama, presa de un sueño agitado, con las sábanas enredadas entre las piernas y el pecho subiendo y bajando, respirando con dificultad. El viento que entraba por la ventana abierta hacía ondear las cortinas como enormes medusas abisales en la oscuridad. La única luz, aparte del lejano resplandor anaranjado de las farolas, eran los números rojos del despertador, reflejándose en el techo pintado de blanco.

No se oía nada. A aquellas horas apenas había tráfico, no pasaban guaguas, ni siquiera el camión de la basura. Solo el crujir del somier bajo el peso de su cuerpo, que no dejaba de rebullir al compás de las pesadillas. Y de pronto, en el silencio, un gemido largo, bajo, angustiado, que se resolvió en un aullido lastimero y solitario que pareció llenar el cielo nocturno.

Yeray abrió los ojos. Las cortinas flotaban frente a su rostro, translúcidas a la luz de las farolas. Trató de girarse, pero el cuerpo no le obedecía. Sintió gotas de sudor bajarle por la frente por el esfuerzo de contraer los músculos, tensar los tendones, obligar a sus extremidades a moverse. Sin éxito. Solo podía mover los ojos y notar como su respiración se iba haciendo más agitada, más próxima a un ataque de pánico. Aquel aullido lastimero que le había despertado continuaba, pero de pronto fue como si se atenuara, como si alguien le hubiera llenado las orejas de algodón. Incluso la luz de la calle se ofuscó. Todo parecía irreal, como un sueño.

Pero no todo cayó en la oscuridad y el silencio. El resplandor de las farolas se apagó de súbito, pero era como si todo irradiara una luz gris muy tenue, como la de la luna o las estrellas, que perfilaba las sombras más que iluminar. Sintió los pelos ponérsele de punta y una oleada de frío calarle los huesos. Y el aullido… en su lugar podía escuchar una respiración lenta, pesada, jadeante, como la de un animal enorme, que venía de la puerta de la habitación, a su espalda. Un jadeo húmedo, bronco, que terminaba en un gruñido bajo.

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Fuente: Pinterest

Podía sentir su presencia en la puerta, aunque no podía verlo, fuera lo que fuera. Como si su masa dominara la habitación y le aplastara contra la cama. Era algo grande, enorme, y muy vivo. Algo que le miraba con atención, que le acechaba desde la puerta dispuesto a abalanzarse sobre él. Percibió, medio en vela y medio en sueños, una intención, una mente calculadora tras aquella presencia, y sobre todo un hambre voraz y ansiosa que se dejaba ver en aquel jadeo errático. Esperaba. Acechaba.

Quería darse la vuelta en la cama, moverse, sentir de nuevo que controlaba su propio cuerpo, pero al mismo tiempo le aterraba la idea de encontrarse frente a frente con aquello, fuera lo que fuera. Sentía el corazón latir a toda velocidad en su pecho, retumbar en sus oídos de aquella forma extrañamente amortiguada, la adrenalina saturando su sangre, pero al mismo tiempo era incapaz de moverse, y el nudo de pánico y terror en su pecho se hacía cada vez más tirante y amenazaba con ahogarle. Podía sentir las lágrimas corriendo por sus mejillas.

El jadeo se interrumpió, pero lo que lo sustituyó no era mejor. Estaba olfateando. Aquella cosa, fuera lo que fuera, estaba olfateándolo, venteando como un perro de presa. Podía sentir como se movía por la habitación, oír su respiración pesada y el sonido de su hocico junto a la puerta, el armario, la mesa del ordenador. La mesilla de noche. Estaba junto a él. El corazón se le iba a salir a Yeray del pecho. Estaba allí. Lo oía. Lo sentía. Junto a él. A su alcance.

Un peso enorme se instaló sobre la cama, hundiendo el colchón y casi haciendo caer el cuerpo inerte de Yeray. Sintió una vaharada de aliento, a la vez gélido como el hielo y tan ardiente que le quemaba la piel. Aquella respiración pesada, húmeda, estaba directamente sobre su nunca y su espalda. Y entonces la masa de aquella cosa le cubrió por entero y sintió como si fuera a aplastarle todos los huesos del cuerpo. Inmóvil, atrapado, la osamenta crujiendo bajo aquella cosa, fuera lo que fuera. Lentamente, muy lentamente, entró en su campo visual.

Las cortinas, la ventana, el techo con la hora (las 3:33) reflejada en un rojo apagado, fueron sustituidas lentamente por… algo. No había palabras para describirlo ni definirlo. Era oscuridad, una sombra, pero tenía sustancia y masa. Era imposible verla con claridad, pero percibía formas en ella, más insinuadas que vistas, ninguna lo bastante duradera como para distinguirla con detalle. En el fondo de aquella oscuridad brillaban dos estrellas frías, fijas y duras, resplandecientes como hojas de acero o como esquirlas de hielo que se le clavaran hasta el fondo del cerebro. Escuchó de nuevo aquel repugnante sonido de olfateo justo antes de que la impresión de unas fauces enormes llenara su campo visual, bañándolo en aquel aliento de nieve y fuego.

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Fuente: pinterest

Saltó, sacudido como por una descarga eléctrica, con fuerza suficiente como para abandonar la cama y derrumbarse en el suelo frío de la habitación, arrastrando las sábanas y las mantas. Chilló angustiado, cubriéndose el rostro con las manos, rodando por el suelo en posición fetal. Estaba solo. Aquella cosa, fuera lo que fuera, había desaparecido. Volvía a ver con claridad, volvía a oír sin impedimentos, esta vez el coro de ladridos y gañidos que llegaba por la ventana, a través de la que brillaban de nuevo las farolas.

Podía oír los pasos de sus padres saliendo de la habitación al otro lado del piso. Debía haberlos despertado. Se incorporó como pudo, con el corazón martilleándole en el pecho como si fuera a romperle las costillas, jadeando como si hubiera corrido una maratón y envuelto en sudor frío, y se sentó en el suelo, apoyando la espalda contra la cama. Le temblaban los brazos y las piernas por la tensión y notaba la cara llena de lágrimas que le bajaban hasta la barbilla. Tosió. Aún le parecía sentir aquellas fauces enormes cerrándose sobre su cara y ver aquellos ojos fríos, hambrientos, que le taladraban el cráneo. Le temblaba todo el cuerpo.

¿Qué había sido aquello? Los perros seguían ladrando en la calle. Como en casa de Naira, de Toni, de Iris. ¿Qué estaba pasando?

El altar. El ídolo en forma de perro, o lo que fuese.

¿Qué habían hecho?

Sus padres lo encontraron llorando.

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