Hucancha (6)

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Fuente: eldiario.es

– Parálisis del sueño.

– Que no. Estaba ahí.

La cafetería del campus central de la Universidad de La Laguna estaba medio vacía a aquella hora. El rumor de las conversaciones permanecía bajo, punteado a veces por el flujo y reflujo de la gente que recorría los pasillos del antiguo edificio, al otro lado de la puerta abierta de par en par. El aire olía a café y a la plancha caliente que estaba preparando un bocadillo.

– Es normal que al afectado le parezca real, pero es solo un sueño – insistió Toni.

– Y una mierda – Yeray negaba con la cabeza, obstinado-. Lo vi, lo oí, ¡se me subió encima!

– ¿Y dónde está ahora? – intervino Iris-. Si estaba encima de ti, ¿por qué desapareció?

– No sé, no lo sé – se agarró la cabeza con ambas manos, los codos en el tablero rayado de la mesa -. Pero estaba ahí, de verdad. Están pasando cosas muy raras.

– No digas tonterías – dijo Toni, removiendo su cortado natural-. Todo tiene una explicación.

– Ah, ¿sí?- saltó el otro, dando una palmada en la mesa-. ¿Qué explicación? Cada vez que pasa algo todos los perros de la zona se ponen a ladrar como locos. Tú viste algo en tu casa, no lo niegues ahora.

– Puede ser cualquier cosa. Un perro suelto, un presa…

– ¿Y tú, Naira? Aquella cosa que te seguía.

Naira se había mantenido al margen de la conversación, sin intervenir en ningún momento. Parecía absorta, pero al ser interpelada se encogió de hombros, dubitativa.

– No sé. No sé qué era, pero no lo he visto más.

– Yo si lo sé. Miren – Yeray echó mano a la mochila y sacó una Tablet, en la que empezó a mostrar a los demás páginas web y archivos pdf descargados -. Hay montones de casos de apariciones de este tipo. Montones.

-¿Apariciones? – el tono de Iris destilaba ironía -. Venga ya.

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Fuente: pinterest

– Que sí. Yo tampoco me lo creía hasta anoche. Mira. Los guanches los llamaban tibicenas en Gran Canaria, aquí hucanchas o gucanchas. Los cronistas los mencionan: apariciones en forma de perros lanudos enormes y negros con ojos rojos. Torriani, Abreu Galindo, Gómez Escudero.

– No tengo ni idea de quiénes son – dijo Toni-. Torriani me suena.

– Calla. Escucha. Hay apariciones modernas también. En Buzanada, en los cincuenta. En Samara lo vio una turista peninsular, no puedes decir que es una superstición de magos de aquí. Aquí en La Laguna, en una zona donde hay cazoletas guanches, como lo que vimos en el altar del monte, hay otro caso. En Arona hay por lo menos cuatro casos, dos a la misma persona, cerca del mar. ¿Quieres más?

-Todo eso no significa nada – dijo Iris-. Cualquiera puede inventar cualquier cosa en una web, no hay datos fiables, ni nombres, ni fechas concretas…

– Hay más. En 1922 en la Cruz de Tagoro, en Valle Guerra. En el cincuenta y seis en Los Sauces, en La Palma. En el sesenta y ocho en Agüimes, y en los cincuenta en Arucas, lo vieron dos guardias civiles, que no van a ir por ahí contando cuentos.

– Pero, ¿tú has visto el informe de la Guardia Civil, Yera? – dijo Iris.

– ¡Hay uno en el 97! En la playa de Melenara, nada menos. ¿Quieres más? ¡Hay muchos más! – Yeray estaba como fuera de sí.

– Yera, calma – decía Toni -. Habrá las leyendas que haya, pero eso no quiere decir…

– ¿Cómo que no? ¿Entonces de dónde lo saca toda esa gente que no se conoce? Mira, incluso hay historias fuera de aquí – pasaba las páginas del Tablet furiosamente -. En Inglaterra…

Iris le quitó la Tablet de las manos suavemente y la dejó boca abajo sobre la mesa.

– En el noventa y siete, Yera. ¿Te das cuenta de que no hay nada desde que todo el mundo tiene móvil con cámara?

– Algo habrá – porfió el otro, apretando la mandíbula -. Es imposible que haya tantos casos iguales, que encajen tanto en lo que nosotros…

– Nosotros no hemos visto ningún perro, Yera – sentenció Antonio.

– Tú mismo dijiste que lo que había por fuera de tu casa podría ser un perro. Naira, ¿tú qué viste?

– No lo sé – Naira jugueteaba con la cucharilla de su barraquito, ya terminado -. No pude verlo bien, era como un bulto, una sombra…

– Ajá – Yeray volvió a echar mano a la Tablet y buscó algo -. Aquí está. El testimonio de Valle Guerra: “por las noches aparecían en la Cruz de Tagoro unas sombras y unos bultos que se paseaban de un lado a otro del camino”. Las mismas palabras exactas.

– ¿Pero es un perro o una sombra? ¿No ves que no es consistente? – dijo Iris.

– Primero un bulto, luego se aparece el perro. Lo que yo vi tampoco tenía forma, pero tenía hocico y me olfateaba…

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Fuente: MissSomething en Flickr

Iris resopló, burlona.

– Te tengo dicho que cenes más ligero.

– Vete a la mierda – soltó Yeray, dolido, mirándola de reojo-. Te vas a reír de…

– Vale, Yera, ya – Naira le puso la mano en el hombro -. Déjalo.

– ¿Verdad que tú me crees?

– Yo no sé nada. Pero vamos a dejar el tema ya, ¿eh?

– Que no. Que algo tenemos que hacer – insistió el otro -. Algo pasa, admítanlo. Iris, tú vas de científica ahora, pero bien que quitaste las fotos del altar de tu Insta.

La aludida tamborileó con las uñas sobre la gastada superficie de la mesa, intranquila.

– Tú qué sabes.

– ¿Las quitaste o no las quitaste? ¿Te lo busco?

– Es que a ver. Me contactó una tía.

Se hizo el silencio en torno a la mesa. Los otros tres la miraron, expectantes. Esto era nuevo, y por primera vez había una noticia sobre el tema que no estaba envuelta en incertidumbre y terror.

– ¿Cómo que una tía? – dijo Naira al fin.

– De Patrimonio del Gobierno de Canarias. No sé qué Samarín se llama, me suena el apellido pero no caigo.

– ¿Del Gobierno? – saltó Yeray, excitado -, ¿y te mandó a quitarlas?

– Bueno, bueno – dijo Toni -. No empecemos con las teorías de la conspiración.

– Qué me va a mandar a mi nada – bufó Iris-. Quiere saber dónde es y me pidió que las quitara porque van a hacer un estudio arqueológico y no quieren que la gente se meta a expoliar, que hay mucho loco suelto. Me voy a reunir esta tarde con ella.

– No me gusta – dijo Yeray-. Esa quiere algo.

– Que te calles.

 

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