Hucancha (7)

 

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Fuente: foursquare.com

Lo más raro del asunto era que la tal Samarín, Andrea Samarín, no la había citado en ningún despacho de la Dirección General de Patrimonio Cultural, sino en una cafetería de La Laguna. Iris la esperaba tomándose un té, rodeada de muebles antiguos y libros de segunda mano, en la segunda planta forrada de madera del local. La luz anaranjada de las lámparas art decò se reflejaba en las superficies pulidas, dando la impresión de que se encontraba en el estudio de un noble victoriano y no en una cafetería, rodeada de gente que conocía de vista de la universidad.

No tuvo que esperar demasiado. Andrea Samarín subió la escalera exactamente tres minutos después de la hora convenida, buscando a Iris con la mirada. Vestía bien, con americana oscura y blusa azul claro, aunque las botas con tacón le daban un aire más moderno; no debía tener más de treinta y largos. Cuando se acercó, sonriendo, a Iris le llamó la atención ver asomar por el cuello de la camisa varios colgantes de barro y una bolsita de cuero, que asociaba más con una estética hippie. Aunque teniendo en cuenta que trabajaba conservando el patrimonio aborigen de las islas, tampoco era raro.

         – Eres Iris, ¿verdad? Soy Andrea, encantada.

Se saludaron con dos besos y la funcionaria se sentó en uno de los sillones tapizados de rojo oscuro. Cogió la carta, en forma de tríptico plastificado, pero no le prestó mucha atención. Después de las frases hechas de costumbre y de darle su tarjeta con el logo del Gobierno de Canarias, dos números de teléfono y un e-mail, la técnica entró directamente en materia.

         – Te cuento. Supongo que te extraña que te dijera de reunirnos aquí. Es que esto todavía es muy preliminar, así que prefiero que hablemos informalmente y luego ya lo que tengamos que hacer oficial lo hacemos en la oficina. ¿Te parece?

         – Supongo. Tú me dirás.

     – Mira, como te dije en el e-mail, en el servicio vimos tus fotos y creemos que encontraste algo de origen guanche. No te voy a aburrir con la ley, pero seguro que sabes que es patrimonio y está protegido.

         –  Sí, claro. Pero aquello no era aborigen, ¿eh? Tenía velas en vasos de cristal y los restos de lo que fuera eran recientes.

         – Por eso tenemos que ir con cuidado. Hay que hacer entrevistas en la zona, descubrir qué pasa allí y quién está manipulando ese objeto. A lo mejor hacemos un descubrimiento antropológico y vienen de la universidad, imagínate.

A Iris la antropología no le podía dar más igual, pero sí que sintió un poco de orgullo al pensar que eran ella y sus amigos quienes habían encontrado aquello. Un camarero vino a atenderlas; a Iris le quedaba té, pero Andrea pidió una infusión. Cuando el camarero se retiró, Iris se volvió hacia la técnica.

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Fuente: foursquare.com

         – Bueno, entonces, ¿qué puedo hacer yo? Ya quité las fotos.

       – Y te lo agradezco, eso es muy importante. No sabes la de veces que hemos localizado un yacimiento, la gente sube las fotos a Facebook o Instagram y cuando llegamos ya está expoliado. Ahora lo que necesito son varias cosas. Primero, las fotos, para poder estudiar bien el contexto. ¿Las tienes?

     – Aquí están – Dejó el pendrive, uno verde semitransparente que tenía rodando por casa desde hacía años, sobre la mesa de madera pulida-. Metí también los RAW de la cámara, por si acaso.

         La técnica sonrió, guardándose el pendrive en el bolso.

         – Perfecto. Ahora necesito que me cuentes exactamente todo lo que pasó aquél día, cómo encontraron los restos… todo lo que recuerdes. Lo voy a grabar, si no te importa.

Iris se encogió de hombros. Andrea sacó el móvil del bolso, lo manipuló rápidamente, y lo dejó sobre la mesa con la aplicación de grabación encendida.

         – Son las siete y media de la tarde del nueve de mayo de 2018, en La Laguna. Testimonio de Iris López Fernández, tomado por la técnica Andrea Samarín Castillo de Lara.

Apellido compuesto, y además de renombre. Ya el primero le sonaba a Iris no sabía de qué, pero el segundo era uno de esos que se oyen una y otra vez en conversaciones de política, sociales, de gente de dinero y poder, aunque nadie puede precisar exactamente a qué se dedican ni exactamente acusarlos de copar altos cargos. Vaya con la técnica de patrimonio.

         – Por favor, cuente para la grabación exactamente lo que ocurrió el sábado, día cuatro de mayo, cuando encontró los restos en cuestión.

         – Eh… – dudó un momento, ¿cómo se dirige uno a una grabadora?- Estábamos haciendo una ruta de senderismo. Antonio decía que se la sabía perfectamente, pero al final nos perdimos.

         – ¿Solo iban usted y la persona que acaba de mencionar?

         – Ah, no, no. Éramos cuatro.

         – ¿Puede identificar a los demás integrantes del grupo? Nombre y dos apellidos, por favor.

         – Pero no me han autorizado…

         – La grabación es confidencial. Necesitamos identificarlos por si acaso tenemos que entrevistarlos también a ellos.

         – Bueno… íbamos Antonio González Rojas, Naira Fariña Rodríguez, Yeray Hernández Falcón, y yo.

         – Gracias. Continúe, por favor – en ese momento subió el camarero, dejó la infusión sobre la mesa y se retiró silenciosamente. Andrea dio un sorbo sin quitarle la vista de encima a Iris.

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Fuente: comunidadalcampo.es

         – Bueno, nos paramos a descansar, retomamos el sendero, y al par de horas Antonio se para y dice que está perdido. Habíamos llegado como a un desvío, había un camino de cabras que subía y otro más ancho que bajaba y Yeray dijo que si íbamos a la playa lo lógico era bajar, así que bajamos todos. Aquello daba asco, estaba lleno como de hongos amarillos y casi no llegaba el sol y al final llegamos a la roca de las fotos.

La luz difusa de la lámpara proyectaba sombras de perfil anaranjado en los rasgos de Andrea. De pronto parecía más vieja y más dura, un rostro pétreo flotando entre las sombras de la cafetería, juzgándola. La simpatía y la cercanía se habían esfumado. Iris se achantó un poco ante aquella máscara de seriedad; le pareció incluso que en las profundidades de sus pupilas destellaba fugazmente un resplandor frío.La ausencia de tuteo tampoco ayudaba.

         –     Continúe, por favor.

–     Sí, esto… al principio pensamos que era basura, pero luego apartamos las hojas y vimos los vasos con las velas y los huesos y…

–     ¿Las fotos representan fielmente el estado en que encontraron los restos? ¿Los manipularon de algún modo?

–     Eh, no… bueno, quitamos las hojas, lo único. Puede que algún hueso se rodara, no sé.

–     ¿Y el ídolo?

Iris se removió en la silla de madera, inquieta. No le gustaba aquel interrogatorio, ni la forma seca que tenía la técnico de efectuarlo. Más allá del halo teñido de colores de la lámpara había grupos de amigos, gente conversando, tomando café y cerveza, y ella parecía que estaba con la Santa Inquisición.

–     El ídolo lo encontré debajo de la piedra. Estaba mirando los pictogramas con la linterna y vi algo asomar, tiramos y salió.

–     ¿Quién lo manipuló?

–     ¿Y eso qué más da? Lo encontramos y…

Algo de calidez pareció volver al rostro de Andrea Samarín, aunque la forma tan rápida que tenía de ir y venir sugería que era de todo menos sincera. Rodeó la taza con las manos como para darse calor.

–     Necesitamos identificar a quién pueda haberlo tocado para los análisis, por si ha habido contaminación.

–     Pero… bueno, da igual. Creo que solo yo. Le hice un par de fotos y nos fuimos.

–     ¿Volvieron a colocarlo donde lo encontraron?

Iris tragó saliva. En el momento, entre las prisas por salir de allí antes de oscurecer, el asco del macabro descubrimiento y el nerviosismo de Yeray ni se le había pasado por la cabeza colocarlo de nuevo donde estaba. ¿Habría cometido un delito? Alteración del patrimonio o algo así, alguna de esas cosas por las que te ponen una multa y te arruinan para toda la vida. Sus uñas repiquetearon sobre la madera pulida de la mesa como si estuviera escribiendo a máquina.

–     Esto… no lo recuerdo. No sé. Creo que… puede ser.

–     Solo necesitamos saberlo para asegurarnos de que nadie más ha manipulado los restos – la miró como si le leyera la mente -. Nadie te va a multar.

–     Creo que lo dejé donde sale en la última foto.

–     Bien – Andrea Samarín se echó atrás en el asiento y llevó la mano hacia el móvil, aunque sin llegar a tocarlo aún -. Muchas gracias por su colaboración, eso es todo.

–     ¿Ya está?

Solo entonces rozó la pantalla con la punta de los dedos para desactivar la grabadora, antes de guardarse el móvil y volverse una vez más hacia Iris.

–     Una cosa más – de nuevo aquella mirada fija y aquella especie de resplandor lejano-. ¿Alguno de ustedes ha experimentado algún fenómeno inusual desde que encontraron los restos?

A Iris se le abrieron los ojos como platos.

–     ¿Cómo que fenómeno inusual?

–     Es importante que esto que te voy a decir no salga de aquí – Andrea se inclinó hacia ella con aire de conspiración, bajando la voz -. Ninguno de ustedes corre ningún peligro, ¿de acuerdo? Pero necesito saberlo.

–     ¿Pero a qué te refieres?

–     Visiones, alucinaciones vívidas, problemas de sueño, fiebre alta…

–     Bueno…

Fue como un relámpago tras sus pupilas. Durante un momento pareció que todo se atenuaba excepto el rostro de la técnica, que posó una mano sobre el tablero de la mesa con vehemencia.

–     ¿Qué es? Cuéntamelo.

–     Todos… todos hemos creído ver cosas. Ruidos, como sombras… Yera tuvo una parálisis del sueño anoche. No sabemos qué es, buscamos una explicación lógica, pero…

–     La hay. Es algo que ya hemos visto otras veces, no es nada de lo que preocuparse.

–     ¿Pero qué es…?

Andrea volvió a recostarse en la silla, aparentemente más calmada.

–     Creemos que los restos pueden contener un hongo que a veces se encuentra en los yacimientos. Al manipularlos expulsan esporas que el viento arrastra una corta distancia. Si son inhaladas pueden provocar algunos efectos como estos, pero no es nada grave. Desaparecerán en poco tiempo.

–     Pero, pero… ¿vamos al hospital o algo? Habrá algún tratamiento, una pastilla, yo qué sé. ¿Estamos envenenados con hongos?

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Fuente: theguardian.com

–     No, no. No son tóxicos, solo es un efecto secundario. Y no es peligroso, pero entenderás que no queremos que se entere la gente porque luego viene la histeria.

La palma de Iris golpeó la mesa, haciendo que varias cabezas se giraran hacia ellas.

–     ¡Es que es para ponerse histérica!

–     Calma, por favor. De verdad, no es nada peligroso. No es necesario tomar ninguna medicación, bastará con beber mucha agua. Pero, sobre todo, hay que mantener la calma y no dejarse llevar por el pánico. Los efectos empeoran y duran más en condiciones de agitación.

–     Es que pretenderás que no esté agitada. A ver, ¿qué les digo yo a estos…?

La técnica del Gobierno posó una mano en la mesa, a cada lado de su taza, y miró fijamente a los ojos a Iris. Se le dilataron las aletas de la nariz, como si aspirara los aromas de la infusión, y le pareció que mascullaba algo.

–     ¿Qué? No entiendo…

–     Cálmate – De pronto a Iris le pesaban los hombros; sintió como si le frotaran una toalla húmeda y caliente espalda abajo, y notó cómo se le entrecerraban los ojos y bajaban las pulsaciones -. No hay nada que temer, ¿de acuerdo? El efecto de las esporas pasará en unos días. Di a tus amigos que está todo en manos de la Dirección General de Patrimonio y que no hay nada de lo que preocuparse. No intenten volver al lugar donde encontraron los restos ni hacer nada más. Olviden este asunto.

Claro, claro. No era nada importante. Iris se encontró asintiendo con la cabeza para sí, con las palabras de Andrea flotando en su mente, hundiéndose en su cerebro como piedras entre las olas. No había nada de lo que preocuparse. Era mejor dejarlo en manos de profesionales. Todo volvería a la normalidad en unos días.

La técnica se incorporó tras apurar su infusión y se echó el bolso al hombro, con una media sonrisa muy particular. Iris seguía sentada, con la cabeza entre las manos y la respiración pesada; le daba la sensación de que tenía la cabeza llena de algodón.

–     Gracias por reunirte conmigo, Iris, y por tu colaboración. Todo va a salir bien. Y del té no te preocupes, está pago.

Y con esto desapareció taconeando escaleras abajo.

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