Hucancha (8)

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Fuente: thepocketmagazine.com

El botellín golpeó la superficie negra y rayada de la mesita. Estaban los cuatro encaramados a taburetes, junto al ventanal que dominaba las escaleras que salvaban el desnivel de aquella galería comercial que conectaba dos calles de La Laguna. A su espalda, las puertas de un antiguo cine reconvertido, donde acababa de terminar la actuación del grupo de unos amigos de Naira. La música seguía reverberando en las paredes y las luces coloreadas teñían las pieles de la gente que bailaba entre la barra y los sillones acolchados del interior.

– Pero qué esporas ni qué esporas. Eso es imposible.

– Es lo que me dijo.

– Pues se rió en tu cara, Iris, qué quieres que te diga.

– Bueno, pero a lo mejor es algo que no conocemos… – dijo Iris, manoseando su caña. Antonio seguía negando con la cabeza.

– Que no. Es que no tiene sentido. ¿Una intoxicación por hongos que solo produce alucinaciones? ¿Sabes lo que es el ergot? – Sacó el móvil y empezó a pulsar la pantalla.

– No, pero nos lo vas a explicar – suspiró Yeray.

– También se llama cornezuelo, en Tenerife es bastante común. Es un hongo parásito del centeno, hay quien dice que los casos de brujería documentados se deben a alucinaciones provocadas por consumirlo.

– ¡Es que me estás dando la razón!

– Espérate. La cosa es que no solo da alucinaciones. La intoxicación por cornezuelo produce… – alzó la pantalla para que todos lo vieran – a ver, alucinaciones, bien… convulsiones, gangrena y dolores abdominales. ¿Alguien ha tenido convulsiones? ¿No?

Antonio se irguió en la silla, encantado de no obtener respuesta. Los miró uno a uno a los ojos, esperando respuesta.

– ¿Pero no puede ser otro hongo? – dijo Naira.

– No. Mira – dos o tres clics en la pantalla-. Amanita muscaria, la más típica: náuseas, euforia, irritabilidad, convulsiones y coma. Otros hongos también provocan efectos físicos además de las alucinaciones, y nosotros no hemos tenido nada de eso. No sé por qué, pero la tía esa te contó un cuento, Iris.

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Fuente: thepocketmagazine

Se hizo un silencio momentáneo, que rompió Yeray con tono acusador. Una de las luces empotradas en el techo, directamente sobre su mesita, tembló como si se fuera a apagar, pero se mantuvo firme.

– Bueno, y si no son hongos, y no es una aparición como yo digo, ¿qué es, Toni? Ilumínanos, venga.

El otro lo miró de reojo, bebió de su botellín, se limpió las manos en los vaqueros antes de guardarse el móvil en el bolsillo. Cualquier cosa para evitar responder.

– Eso – dijo Iris-, ¿qué es, según tú, que eres tan listo?

Antonio se giró hacia ellos, apoyando las manos en la superficie circular de la mesa. Antes de darse cuenta estaba apretando los puños. La luz que los iluminaba parpadeó un segundo, seguida de otra un poco más allá.

– No sé, ¿vale? No lo sé, no tengo ni idea.

– ¿Entonces?

– ¿Entonces qué? – elevó la voz lo suficiente para que algunas cabezas se giraran hacia ellos -. Que no lo sé, no sé. Solo sé lo que no es.

– Es que a lo mejor – intervino Naira, con los hombros tensos – vas de listo y no te das cuenta de que te estás contradiciendo.

– ¿Cómo que contradiciendo, qué dices?

– Dices que hay explicación racional, te dan una y no la quieres – dijo Iris.

– Porque es una mierda. Porque te tomaron el pelo.

Iris dio una palmada en la mesa, apuntando con el dedo índice de la otra mano al rostro de Antonio. Ahora la luz del techo parpadeaba a intervalos regulares, sumiéndolos en la oscuridad durante una fracción de segundo y luego pintando sus rostros tensos con claroscuros.

– Respetito, ¿eh? A ver si ahora vas a saber más que la de Patrimonio.

 

– ¡De biología sí! Lo de los hongos es un cuento chino. Me da igual que sea una explicación racional si no tiene sentido.

Estaban demasiado envueltos en la discusión para darse cuenta, pero no eran los únicos. En torno a ellos, en las mesillas de la galería, junto a las puertas del viejo cine y en el interior, las voces se alzaban, las manos gesticulaban, y de los labios salían palabras de las que alguien se arrepentiría pronto. Entre el parpadear de las luces, que lo cubrían todo de sombras, parecía como si de repente todo el mundo estuviera dando rienda suelta a rabias y rencores contenidos durante años.

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Fuente: thepocketmagazine.com

Antonio e Iris seguían discutiendo, con intervenciones cada vez más agitadas de Yeray, que insistía en que había seguido investigando por su cuenta y no dejaba de encontrar casos similares. Naira, con las manos apretadas sobre la falda vaquera, los nudillos blancos y los dientes apretados, estaba mirando por el ventanal hacia la galería comercial justo en el momento en el que la luz se apagó.

Pasó un segundo eterno, el latido de un corazón. Todo era oscuridad; incluso las discusiones cesaron al darse cuenta de que no era un mero parpadeo. La luz había muerto. Se oyeron susurros, rumores de cuerpos moverse. Alguien empezó a hablar en voz alta.

La luz volvió.

Naira saltó de su taburete.

Había algo allí. En medio del pasillo mal iluminado, un bulto, una sombra, algo enorme, que daba la sensación de estar a cuatro patas pese a su tamaño. Sintió el hielo de dos ojos encendidos atravesar los suyos y fue como si unas fauces enormes se cerraran en torno a su pecho. Emitió un gemido ahogado, sintiendo cómo se le cortaba el aire.

Los demás la estaban mirando, momentáneamente olvidada la discusión, aunque sus rostros seguían contraídos de rabia, rencor y obstinación. Se volvió a sentar temblando, sin atreverse a mirar de nuevo al exterior, donde aquella cosa sin forma estaba plantada en medio de la galería, esperando, mirándola a los ojos.

– ¿Qué? – dijo Toni, casi agresivamente.

– Nada, nada. Me sobresalté. No pasa nada.

La luz volvió a parpadear, y de nuevo aquella sensación de rabia le subió por la garganta, como si alguien echara leña al fuego. Yeray había vuelto a abrir la boca para defender su teoría de la maldición, Antonio se estaba riendo de él con una crueldad a la que no los tenía acostumbrados, e Iris atacaba a ambos bandos como forma de defenderse. De pronto esta última dio una palmada en la mesa que hizo temblar los botellines.

– Se acabó. A la mierda, me voy a mi casa.

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