Hucancha (9)

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Fuente: commons.wikimedia.org

La Laguna de madrugada era una ciudad fantasma. A solo unos pasos de los bares y cafeterías uno se encontraba con anchas calles peatonales pavimentadas de adoquines, flanqueadas por casas de una o dos plantas, la mayoría del siglo XVII o XVIII, cuyas ventanas de guillotina reflejaban la luz de las farolas. Hacía frío, siempre hacía frío, y una humedad que se colaba bajo la ropa y calaba en los huesos. Iris caminaba en solitario por aquellas calles vacías, arrebujada en la chaqueta demasiado ligera que se había traído. No se oía nada, ni una voz, ni un eco, ni siquiera el de los tacones de las botas en los adoquines.

Trazada casi con tiralíneas, la calle Herradores se prolongaba delante de ella prácticamente hasta su final en la plaza de la Concepción. Ni un alma en la calle, ni delante de ella ni a su espalda, donde la calle se prolongaba hasta la esquina de la avenida de la Trinidad. Estaba completamente sola en medio de la noche. Tampoco le parecía mal: seguía de mal humor, pese a que el aire frío de la madrugada la había despejado un poco. La discusión con sus amigos la había dejado tocada, y aún repasaba en su mente, en la soledad de La Laguna, respuestas que no había dado y frases hirientes a las que no sabía sabido replicar. Todos estaban enfadados. La tensión de lo que estaba pasando, las alucinaciones, o lo que fueran, la intervención de Patrimonio… estaba haciéndoles efecto, y sabía que no pasaría mucho tiempo hasta que empezaran a volar las acusaciones y a buscar culpables.

Se detuvo un instante frente a la casa San Martín, cuya pesada portada de piedra del siglo XVI, cerrada a cal y canto, contrastaba con las tiendas de ropa y bisutería que la rodeaban. Al otro lado de la calle, la luz de una farola creaba profundas sombras en las cuencas vacías de dos maniquíes en un escaparate. Llegó a meter la mano en el bolso en busca del móvil, aunque no sabía qué iba a decirles a los demás. ¿Que lo sentía? No lo sentía, porque no había hecho nada. Si les escribía estaba segura de que acabaría diciendo algo de lo que de verdad se arrepentiría. No, no era el momento.

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Fuente: .minube.com.mx editado con befunky.com

La luz de la farola empezó a parpadear. ¿Qué pasaba aquella noche? ¿Estaba fallando el servicio eléctrico de toda La Laguna a la vez? Echó a andar de nuevo, sintiendo cómo la invadía un frío inusual, mucho más intenso de lo común incluso para aquella hora. Le salía vaho al respirar y empezó a sentir cómo se le entumecían los dedos dentro de los bolsillos. Pasaba por una bocacalle entre dos tiendas de ropa justo cuando la luz parpadeó; al encenderse de nuevo algo la sobresaltó, una sombra entrevista por el rabillo del ojo. Un nuevo parpadeo de la luz. Allí no había nada.

Continuó su camino. Todas las farolas de la calle, fijadas alternativamente en fachadas a izquierda y derecha, parpadeaban ahora al unísono, como un gigantesco ojo somnoliento. Luz. Oscuridad. Luz. Oscuridad. Como el latido de un corazón. El frío era cada vez más intenso, hasta el punto de que sintió cómo le castañeteaban los dientes. Pasó los paraguas plegados y las sillas sobre las mesas de la terraza de una cafetería, y, en ese momento, oyó algo a su espalda.

Al principio pensó que era el rugir de una moto, alguien que se había metido por el centro de La Laguna, pese a ser peatonal, aprovechando que a esas horas no había nadie. Pero no, no había luces, ni moto. Solo aquel gruñido bajo, reverberante, que hacía vibrar los cristales de escaparates y ventanas, y el flujo y reflujo de las sombras al compás de las farolas parpadeantes. Le recordaba a lo que habían oído al salir de aquel maldito barranco, y un escalofrío le recorrió la espalda de arriba abajo. Entonces lo vio.

Una sombra, como había dicho Naira. Algo enorme y cuadrúpedo que ocupaba toda la calle, con aquellos ojos de fuego gélido que la miraban. Cada vez que se apagaban las farolas parecía crecer como una mancha de tinta que le llenaba todo el campo visual, y luego, al volver la luz, volver a retroceder como las olas cuando arañan la costa. El gruñido le llenó los oídos, empezó a reverberar en sus huesos.

Dio un paso atrás. La cosa no se movía. Un pánico cerval le atenazó el cuello y le cortó la respiración. Quería seguir retrocediendo, irse corriendo, pero no podía, estaba inmóvil, paralizada.

La cosa se irguió. Bípeda, como un hombre, demasiado grande, alta como una torre, mirándola desde arriba como se mira a un insecto. Empezó a distinguir rasgos, brazos, piernas, un hocico bestial bajo las estrellas gemelas de los ojos, y sintió que se le iba a parar el corazón. La cosa dio un paso hacia ella.

Iris emitió un chillido ahogado y se movió como sacudida por una descarga eléctrica. Se giró sintiendo lágrimas de terror bajar por sus mejillas y echó a correr calle Herradores arriba, los tacones repiqueteando en el empedrado.

A su espalda, un gruñido ronco, casi un ladrido exultante que llenó el cielo y le saturó los tímpanos. Y el chasquido de garras sobre las losas.

Todas las luces de la calle se extinguieron a la vez. Definitivamente.

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