Hucancha (10)

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Pateos de fin de semana

Iris, Naira, Yera, tú

 

1:35 Iris, ¿llegaste bien a casa?

2:40 Llegaste?

Naira

2:43 Estará acostada ya

2:43 No le daba tiempo de llegar a la una y media

2:44 Iris, estas enfadada?

2:44 Oye, perdona por las cosas que te dije, no sé qué me pasó. Estamos todos nerviosos

2:45 Pero tu sabes q no va en serio

2:46 Despues de tu irte seguimos hablando y arreglamos un poco las cosas nosotros.

Yera

2:46 Tío, déjalo ya, que son las tres de la mañana y hay clase

2:46 Ya lo hablamos mañana cuando lo vea

 

HOY

 

6:04 Iris en serio, estás cabreada?

 

Antonio dejó el móvil en la mesilla de noche y se recostó de nuevo en la cama, tratando de mantener los ojos abiertos. Tres horas de sueño hasta que el pitido del despertador le había perforado los tímpanos, y ahora le estaba costando enormemente mantenerse despierto y obligarse a empezar el día. Había tenido sueños perturbadores, de nubes negras, humo y truenos, raíces alzándose al cielo, alas y huesos rotos y sangre sobre la nieve y la piedra. Se despertó con mal cuerpo, que atribuyó a la discusión y a la falta de respuesta de Iris, pero había algo más, una sensación de malestar que se le revolvía en el pecho, como si le hubieran dado una noticia terrible mientras dormía, de la que no recordaba ningún detalle.

Se incorporó, sentándose en la cama y buscando con los ojos la camiseta que había dejado sobre una silla la noche anterior. Cuando salió de la ducha seguía sin haber mensaje de Iris. Bajó a desayunar bostezando, esperando a Bruno, que solía salir de la cocina a recibirlo moviendo el muñón del rabo. Nada. Estaba todo inusualmente silencioso, más de lo habitual a las seis de la mañana de un viernes, aunque se oía trajín en la cocina.

Cuando entró su madre estaba haciéndose el sándwich que se llevaba para comer a media mañana en el trabajo, delante del fregadero que había bajo la ventana. Al otro lado de las cortinas color crema, el cielo nocturno aparecía cubierto de nubes bajas que reflejaban luces anaranjadas y azules que giraban hipnóticamente. Era lo único que iluminaba el paisaje, perfilando las lomas y los tejados; todas las farolas de la calle, que no eran muchas, seguían apagadas, como cuando había llegado de madrugada.

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Fuente: Robert Kuykendall en Flickr

– Buenos días. ¿Qué es eso?

– No sé, lleva así desde que nos levantamos. Habrá pasado algo, anoche antes de que llegaras los perros estuvieron otra vez llorando y aullando.

Otra vez. Toni se tensó involuntariamente al oírlo. Sabía que no debía ser nada del otro mundo, había miles de explicaciones racionales para todo lo que estaba pasando, pero no podía evitar ponerse nervioso. Se acercó a la placa para preparar café mientras su madre terminaba de envolver el sándwich.

– Por cierto, no encuentro a Bruno y no me da tiempo de sacarlo. Mira a ver si le puedes dar una vuelta tú antes de irte.

– Vale. Se habrá puesto nervioso con el ruido y se habrá escondido o algo. Ahora echo un ojo.

– Pues me voy ya, que se me hace tarde. Hasta después.

– Hasta luego.

Escuchó la puerta cerrarse mientras preparaba el desayuno. ¿Dónde podía haberse metido el perro? La casa no era grande, aunque tenía recovecos en los que un yorkshire pequeño podía meterse. Aún así, un perro no es un gato, y menos uno con las patas tan cortas: encima de una estantería no iba a estar. Seguramente se habría arrastrado debajo de algún mueble y se habría quedado frito. Desayunó tranquilamente, esperando oír las uñas del perro sobre el suelo en cualquier momento y que viniera a pedirle comida con aquellos enormes ojos marrones y una oreja doblada sobre la cara como un flequillo, pero nada.

Al otro lado de la ventana, las luces seguían girando contra las nubes que se iban aclarando poco a poco con el amanecer.

Dio una vuelta por la casa llamando al perro, sin recibir respuesta. ¿Estaría fuera? Era improbable que se hubiera escapado, pero a lo mejor estaba en alguna madriguera en la huerta o escondido detrás de algo en el patio. Tenía que haberse asustado mucho para esconderse de esa manera y seguir escondido por mucho que lo llamaran. La preocupación empezó a mezclarse con algo de irritación. Lo menos que le apetecía a estas horas de la mañana, antes de ir a clase, era ponerse a buscar al perro que jugaba al escondite.

Salió al patio delantero en el momento en que un vecino venía bajando por un camino que desembocaba en el que pasaba por delante de su casa, desde la dirección del matadero. Venía caminando con cuidado en la semioscuridad, y a la luz gris del amanecer la brasa del cigarrillo parecía un fuego fatuo. Fumaba con caladas rápidas, con cierto nerviosismo.

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Fuente: pinterest 

– Buenos días, don Vicente.

– ¿Qué pasó, mi niño? Buenos días.

– ¿Sabe qué pasa en el matadero? Lleva la guardia civil desde anoche, ¿no?

El anciano se acercó al muro del patio, con las cejas canosas convergiendo sobre la nariz y el cigarro en la boca. Apoyó el codo en la parte superior de la puerta, inclinándose hacia Antonio como si fuera a conspirar.

– Desde la madrugada están ahí. El Seprona, la local, protección civil, la ambulancia, de todo hay.

– ¿Y eso?

Don Vicente suspiró dramáticamente antes de dar una calada larga al cigarro.

– Eso que por lo visto el de seguridad llegó esta mañana y se encontró a todos los pollos muertos en las jaulas. No quedó ni uno.

– ¿Pero de una enfermedad o qué?

– No se sabe. Bueno, no me dijeron. Dice doña Luisa, que la hija trabaja en la limpieza y no la dejaron pasar de la puerta, que no, que era como si los hubiera matado un animal, pero las jaulas estaban todas cerradas. Pero no puede ser, será que no lo vio bien.

Un animal… las historias de Yeray resonaban en los oídos de Toni, pero intentó mantenerse dentro de la racionalidad. Todo aquello no podía ser.

– ¿Y no hay seguridad por la noche?

– Sí, dicen que se encontraron al tipo desmayado, por eso vino la ambulancia. Luisa dice que cuando se despertó desvariaba, no sé qué le habrá pasado.

– Habrá sido una fuga de algo o una intoxicación, ¿no?

El anciano se encogió de hombros y apagó el cigarrillo en el muro.

– A saber. Es todo muy raro. Luisa dice que le recuerda a lo de Taco, pero eso son cosas de viejas.

– ¿Qué de Taco?

– Ah, tú no habías nacido. Bueno, es que tus padres serían chicos, fue en el setenta y nueve. Empezaron a aparecer animales muertos, dos perros en Taco, un cochino en Guamasa. Luego conejos, gatos, y un montón de cabras, en Arafo, en Icod, en el Puerto… Dicen que sin sangre, y que les faltaban órganos, la prensa empezó a hablar de vampiros y del chupacabras. Había gente que decía que también un chiquillo, pero nunca se supo seguro.

Antonio, apoyado en la verja, negó con la cabeza. Cuentos de viejas.

– La gente no sabe qué inventar ya, y los periódicos, en vez de dejar las cosas claras, lo empeoran todo.

– Sí, hijo. Se volvieron locos, que si ovnis, que si sectas satánicas… Bueno, en aquella época hasta dijeron que unos niños del colegio de Taco habían visto “un bicho peludo” y que era el chupacabras.

Un bicho peludo. De nuevo, Yeray y sus historias de perros fantasmales y apariciones. Notó cómo se le cerraba el estómago y el desayuno empezaba a removerse. Más allá de la cabeza canosa de don Vicente, el cielo gris empezaba a ponerse anaranjado y las luces que rodeaban el matadero se iban apagando poco a poco.

– La gente está loca.

– Loca, sí. Bueno, mi niño, me voy tirando para casa. Hasta luego.

– Hasta luego, don Vicente, buen día.

El anciano se despidió con un gesto y continuó renqueando carretera abajo y Antonio se apartó de la puerta para seguir buscando al perro. Era raro que no hubiera salido ya al oír voces, y que llevara tanto tiempo escondido. Como casi todos los yorkshire, era un animal nervioso, y no solía estarse quieto y callado mucho tiempo.

Una mirada rápida al móvil le confirmó que no había noticias de Iris. Echó un vistazo en el patio de la entrada, detrás de las jardineras y de las macetas, entró y se agachó debajo de todos los muebles y los recovecos donde podría haberse metido, subió a las habitaciones, probó el cuarto de baño, el rincón donde tenía su cama y sus juguetes, el comedero… nada. La puerta de atrás le llevó a la huerta, donde había mucho más sitio para esconderse entre las plantas que cultivaba su padre por afición.

A aquellas horas, con el sol apenas despuntando, y en un día tan nublado como aquel, la huerta podía llegar a dar miedo. Su padre últimamente la tenía descuidada, y toda clase de ramas, raíces y hojas crecían y se entremezclaban sin control proyectando sombras que no dejaban pasar la escasa luz del amanecer hacia la tierra oscura y húmeda. Por el rabillo del ojo podía ver a los insectos y a los lagartos moviéndose en todas direcciones.

Apartó ramas y tallos, rodó maceteros, se metió por recovecos por los que apenas cabía, pero no encontró nada, hasta que algo llamó su atención. Un bulto inesperado, difícil de identificar por el rabillo del ojo, oculto entre las matas. Se acercó corriendo, las apartó sin preocuparse de romperlas y cayó de rodillas en el barro, manchándose los vaqueros y ahogando un grito.

Era el cuerpo destrozado de Bruno.

 

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