Hucancha (11)

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Fuente: eldiario.es

Hay algo deprimente en los edificios oficiales, monstruos brutalistas de hormigón y azulejo marrón oscuro, que parecen diseñados para refugiar a las sombras durante el día y extraer la esperanza y la alegría como un exprimidor. La sala de espera olía a desinfectante barato y a lejía, y uno de los fluorescentes parpadeaba erráticamente con un zumbido ronco que se metía en los oídos. En un corcho de dos metros de largo, fijado a la pared, aleteaban con las corrientes de aire hojas impresas con tinta medio desvaída y pósteres de campañas oficiales de brillantes colores, todos ellos atravesados por chinchetas de cabeza metálica.

Yeray se paseaba a zancadas de un lado a otro, como si quisiera medir en pasos la longitud de la sala, mientras Naira, sentada en una desvencijada silla de plástico fijada a un banco metálico, trasteaba con el móvil para distraerse, sin ver realmente las fotos y comentarios que desfilaban ante sus ojos. De vez en cuando ambos levantaban la cabeza cuando sonaba un portazo, pero no era más que un agente de la Policía Nacional que iba de un lado a otro, a veces con prisa, cargados de expedientes, otras como paseando, en dirección a alguna cafetería. Y el reloj situado sobre el corcho avanzaba lentamente.

– No sé por qué tarda tanto. Con nosotros no tardaron tanto.

– Yo qué sé, Yera. Ya saldrá.

– Es que no sé qué tanto le tienen que preguntar. Sabe lo mismo que nosotros.

– O no. Ahora eso da igual. Lo que importa es que aparezca.

Yeray resopló y volvió a su deambular, de un lado a otro, deteniéndose en el corcho para leer algunos de los carteles, o asomándose a la ventana atravesada por las láminas verticales de una persiana. Al otro lado, la luz del sol se derramaba sobre árboles, palmeras, coches y balcones de hierro forjado de la calle Robayna. Un nuevo portazo en la lejanía, ecos de voces y risas, y el tiempo seguía pasando como a cámara lenta.

– Oye, Naira.

Estaba de nuevo junto a ella, de pie, tenso. Naira levantó la cabeza del móvil para mirarlo, mordiéndose la lengua. Con toda aquella situación lo último que le apetecía ahora era aguantar la histeria de Yeray y su manía de darle vueltas a todo veinte veces. No podían hacer nada. No podían hacer nada más que esperar, y por mucho que lo hablaran y elucubraran no iban a sacar nada en limpio.

– ¿Qué pasa?

– Mira, antes de que salga Toni de declarar. Yo no puedo más con esto. Esto no es normal.

– Claro que no es normal, Yera. ¿A ti te había desaparecido alguna amiga antes? ¿Te quieres callar ya? – golpe seco con el móvil en el plástico de la silla vacía a su lado, que retumbó en el alto techo de la comisaría como una campanada.

– No. Ni se me habían aparecido cosas mientras duermo. Ni me habían seguido por la calle como a ti. ¿Y el perro de Toni? ¿Y todo lo demás?

– ¿Qué es todo lo demás, Yera? – Ahora le tembló la voz a Naira, porque recordaba “lo demás”, lo que él no sabía: la cosa que había visto en el pasillo del Aguere, mirándolos, justo cuando empezaban a discutir, ellos y todos los que les rodeaban -. No hay nada más. Son coincidencias. Ilusiones ópticas, yo qué sé.

El otro se dejó caer en una de las sillas, junto a ella, y se llevó las manos a la cabeza, negando enfáticamente.

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Fuente: yelp.es

– No, no. ¿Ahora son ilusiones ópticas? Ayer era un hongo inventado, y esa es otra, Naira, esa es otra. ¿Por qué va a inventarse esa mierda la de Patrimonio? Aquí hay algo más, algo raro que no sabemos. El Gobierno está metido, seguro. A lo mejor la policía también.

– ¿Pero qué dices del Gobierno? ¿Tú te oyes? Esto no es una serie, Yera, déjalo ya. Ahora que se ocupe la policía de encontrar a Iris, que es lo más importante.

– No la van a encontrar. No la van ni  a buscar. Están metidos en esto.

Ahora fue el turno de Naira de levantarse y alejarse a zancadas hacia la ventana, tratando de escapar de las elucubraciones de su amigo. Este se levantó para seguirla.

– Mira, estuve buscando en internet…

– ¡Y dale!

–  Ya viste lo que encontré. Hay gente que se dedica a investigar estas cosas, especialistas, y hay uno en La Laguna.

Naira se revolvió como un gato acorralado, haciendo aspavientos con las manos.

– ¡¿Me quieres dejar en paz?!

– ¡No, no quiero! Haz el favor de escucharme – Yeray blandió el móvil -. Contacté con el nota y le hablé un poco del caso este y quiere reunirse conmigo. A Toni ni se lo digo porque se va a poner como una fiera y no va a venir, pero estaría bien que alguien me acompañara. ¿Quieres venir conmigo?

Naira se apoyó en la pared, negando con la cabeza, los ojos cerrados, los puños apretados. Estaba empezando a hartarse mucho de todo aquello, pero, al mismo tiempo, algo rascaba las compuertas del fondo de su mente, tras las que había escondido sus dudas y sus miedos. Algo la miraba desde allí con ojos como estrellas moribundas, algo que la había seguido, olfateando, a través de la calle de La Marina y que la había observado en el Aguere con una curiosidad cruel, casi inteligente. Y el mendigo había dicho que estaba marcada. Marcada…

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– No voy contigo, Yera. No voy a ir a hablar con un charlatán, un vidente o lo que sea ese tío para que me eche las cartas y me mande a tomar un mejunje o me haga un exorcismo. Y tú tampoco deberías. Te va a cobrar un pastón, te va a engañar, y no te va a solucionar nada. Que ya tenemos una edad para estar con tonterías, de verdad.

Yeray retrocedió como si le hubiera cruzado la cara. Durante un momento pareció que iba a decir algo, abrió la boca, se mordió los labios, miró a Naira a los ojos, casi suplicando, pero luego se giró y se volvió a los asientos de plástico.

– Te voy a mandar el contacto del tipo y la ubicación. Voy a ir esta tarde a las ocho, espero que te lo pienses y me acompañes.

Naira no contestó. Se giró hacia la ventana y se apoyó con los codos en el borde, mirando hacia los coches que pasaban en aquella mañana de viernes de mayo, bajo los rayos del sol, lejos de la deprimente arquitectura de la comisaría central, lejos de fenómenos extraños y conspiraciones absurdas y videntes. Yeray se dejó caer en la silla y, segundos después, el móvil de Naira, abandonado junto a él, vibró, desplazándose sobre el plástico.

Sonó otra puerta. Antonio cruzó el umbral con aspecto de venir de la guerra. Parecía cansado, agotado, con profundas ojeras y la cara larga, mustia. Incluso la ropa la tenía arrugada y mal puesta, reflejo de las preocupaciones por la desaparición de Iris y la muerte de Bruno. Habló con un hilo de voz, casi sin levantar la vista.

– Vamos.

 

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