Hucancha (12)

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Fuente: teatenerife.es

Domingo en el TEA. Naira se había pasado el sábado encerrada en casa, estudiando para no pensar en que Iris seguía desaparecida ni en el plan disparatado de Yeray para ir a ver a no sé qué charlatán para que le hiciera un rezado, como el que le hacían a sus primos de pequeños, y le estafara un dineral. Hoy una de sus compañeras de piso iba a reunirse con varios compañeros de clase para hacer un trabajo en grupo, así que Naira había tenido que emigrar en busca de paz y tranquilidad para su propio trabajo final de grado.

Tampoco es que pudiera concentrarse mucho. En medio del mar de blanco inmaculado de la biblioteca municipal, prácticamente vacía excepto por grupitos de otros estudiantes y algún usuario que paseaba entre las estanterías bajo las lámparas colgantes en forma de lágrima, la mente de Naira se apartaba de las gráficas y las tablas que le pasaban por delante de los ojos en la pantalla del portátil y volvía una y otra vez a Iris. ¿Qué había pasado aquella noche? ¿Dónde estaba? Eran ya tres días sin noticias de ella, cuatro contando el propio jueves. ¿A dónde habría ido? La culpa le roía el alma al pensar que, quizá, durante la discusión le habían dicho algo que le había hecho daño de verdad, algo que le había afectado tanto como para tener un accidente.

Pero aún así, una y otra vez, aunque no quería admitirlo, recordaba aquella figura que había visto entre parpadeos de las luces, acechándolos desde el pasillo. Recordaba cómo todos se habían ido poniendo más agresivos sin motivo aparente, cómo se habían dicho cosas que no pensaban, encontrando un placer perverso en herir y hacer daño, en humillar. Recordaba las voces que se alzaban del resto de las mesas, cómo todo el local parecía haber enloquecido al mismo tiempo, el sonido de discusiones y peleas reverberando en las paredes al son de las luces parpadeantes.

Las luces que se encendían y apagaban erráticamente, como cuando Antonio se había encontrado con aquella cosa, perro o lo que fuera, a la entrada de su casa. Como las que se habían apagado de súbito en la calle cuando Yeray tuvo su episodio de parálisis del sueño.

Siempre lo mismo. Luces que se apagan o parpadean, figuras sombrías y agresivas, y hechos difíciles de explicar. Como aquella cosa que la había seguido por toda la calle de La Marina y más allá, hasta la estación de guaguas. ¿Qué era? ¿Qué estaba pasando?

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Fuente: blogs.imf-formacion.com

Minimizó la ventana del trabajo, incapaz de seguir prestándole atención, y dejó descansar la frente en las manos, con los rizos negros cayéndole por las muñecas. ¿A qué se enfrentaban, si es que se enfrentaban a algo? Puede que no fuera todo más que una serie de coincidencias, un montón de acontecimientos al azar que ellos estaban enhebrando en un patrón sin ningún motivo. Pero no, era imposible. Tenía que estar relacionado, estaba todo demasiado claro, eran demasiadas coincidencias. Había una respuesta muy clara, pero no le gustaba, no podía aceptarla, porque no creía que fuera posible.

Y sin embargo, era. Todo había empezado en el monte, con aquel extraño altar. Luego las apariciones, la parálisis de Yeray… y ahora la muerte del perro de la madre de Antonio. Había una progresión clara, como si algo estuviera cercándolos, acechándolos, acercándose cada vez más, llevándolos a donde quería. Una progresión… se le cerró el estómago al pensar lo que eso podría significar, teniendo en cuenta la desaparición de Iris.

Iris. ¿Qué pasaba con la funcionaria con la que se había entrevistado? Les había dado una respuesta obviamente falsa, y no había vuelto a aparecer, aunque había dicho que posiblemente tendría que reunirse también con los demás. ¿Sabría que Iris había desaparecido? Un escalofrío recorrió la espalda de Naira, ¿tendría algo que ver?

No, no, imposible. Una cosa es mentir para ocultar quién sabe qué y otra cosa es tener algo que ver en la desaparición de una persona. Estamos en Canarias, aquí no pasan esas cosas, en el mundo real no hay conspiraciones como en las series con secuestros y asesinatos para ocultar la verdad. Y sin embargo… sin embargo, la funcionaria había mentido, Iris estaba desaparecida, y Canarias era una de las comunidades en las que más desapariciones se registraban cada año, y de las que menos se resolvían. Lo había leído hacía poco en el periódico.

¿Qué estaba pasando? Le llenaba de terror y de angustia que aquello pudiera ser real. Desapariciones, movimientos extraños por parte de funcionarios del Gobierno, apariciones y hechos imposibles de explicar, animales muertos. Necesitaba hablar con Yeray y con Antonio, saber qué opinaban. Por encima de todo, necesitaba que la convencieran de que todo aquello no era posible, de que había una explicación lógica y racional, aunque aún no supieran cuál podía ser. Iba a necesitar a Toni para eso. Yeray seguía convencido de que los estaba atacando algún tipo de espíritu maligno en forma de perro, y lo que más molestaba a Naira era que todo apuntaba a que podía tener razón.

Yeray. No sabía nada de él desde el viernes. En realidad no había querido; estudiar se había convertido en su refugio en aquel fin de semana, para no pensar en Iris y en desapariciones. Pero Yera le había dicho que iba a hablar con el santero, o lo que fuera, el viernes por la noche, y desde entonces no había habido ningún contacto. Como mínimo lo normal era que le contara qué había pasado, qué tal la entrevista, al menos a ella, ya que no quería que Antonio se enterara. Pero nada. Nada.

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Fuente: 20minutos.es

Dejó el ordenador en la pantalla de cambiar de usuario, bajó la pantalla y se levantó, sacudiéndose nerviosamente la ropa como si quisiera sacudirse con ella el miedo y la incertidumbre. Necesitaba cafeína y necesitaba centrarse, y si no se movía para despejarse un poco la cabeza se iba a pasar la tarde allí metida, dándole vueltas a la cabeza. Con el móvil en la mano echó a andar hacia la cafetería de la biblioteca, con su barra negra, sus camareros uniformados y sus muebles de diseño. Pidió un barraquito acodada en la barra mientras escribía un mensaje a Yeray. ¿Qué pasaba? ¿Cómo había ido la entrevista?

Una sola marca. Mensaje enviado, pero no recibido. Estaría sin cobertura. Ya llegaría. Paciencia. No había por qué ponerse nerviosa.

Se llevó el barraquito a una de las mesas, lo revolvió tratando de no mirar el mensaje que no llegaba, y volvió a sumergirse involuntariamente en pensamientos negros sobre aquella situación. Necesitaba distraerse. Cogió el móvil de nuevo, buscó las aplicaciones, abrió Facebook, cualquier cosa con tal de no pensar, y justo en ese momento la pantalla se volvió negra y el aparato empezó a vibrar entre sus manos. Un aspa roja y una señal de verificación verde, el círculo en el centro esperando su decisión, y un número desconocido parpadeando en la parte alta.

Descolgó sin pensar.

– ¿Diga?

– Buenas tardes. ¿Hablo con Naira Fariña?

Muy formal. Se le encogió el corazón. ¿Iris?

– Soy yo.

– Mi nombre es Augusto Galván. Me dio su número Yeray Herández.

– Ajá- el santero, seguro-. ¿Qué ocurre?

– Está desaparecido.

 

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