Hucancha (13)

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Fuente: Saltaconmigo.com

Conducir por Anaga era como viajar en el tiempo, introducirse en aquellos bosques cretácicos de los que les hablaba Antonio cuando hicieron el fatídico sendero durante el que encontraron el altar. Yeray ascendió en el coche de sus padres desde San Andrés, tomando curvas cerradas entre montañas peladas y barrancos escarpados, dejando atrás las casas blancas de El Suculum antes de subir por la cresta de la montaña, entre riscos y bancales y, tras un laberinto de curvas y meandros cada vez más altos, con la roca a un lado y el abismo al otro, alcanzó el Bailadero, donde las brujas celebraban sus aquelarres, según Iris. Al otro lado, ya en las cumbres, comenzaba la laurisilva, pero a Yeray aún le quedaba recorrido.

La carretera, estrecha y mal asfaltada, estaba ahora rodeada de vegetación por ambos lados, excepto cuando un claro permitía ver la caída interminable hacia el fondo de los barrancos y, a lo lejos, el mar oscuro e indiferente. Entre árboles esqueléticos, como dedos desnutridos cubiertos de hojas de un verde intenso, pasó la entrada a La Ensillada, la zona de acampada que llamaban “el bosque encantado”, y continuó, más arriba, cada vez más lejos, internándose más profundamente en aquel túnel del tiempo que le llevaba al a época de los dinosaurios, de las cosas oscuras y hambrientas que acechaban entre las sombras y en las copas de los árboles, contemplando con ansia a los mamíferos de sangre caliente que se atrevían a invadir sus dominios.

A medida que se internaba en la laurisilva le iba invadiendo una sensación de agobio que se manifestaba en tensión en hombros y cuello, la mandíbula apretada, los ojos inquietos, moviéndose siempre de una sombra a otra, en busca de un enemigo o una aparición. No había vuelto a ocurrir nada desde la noche de la desaparición de Iris y la muerte del perro de Antonio, y ahora él se introducía en los dominios de la bestia, el lugar en el que la habían encontrado. Tenía armas, sabía a lo que se enfrentaba, estaba preparado, o eso creía. Pero ni toda la confianza del mundo podía vencer a un miedo atávico que estaba ligado a aquella tierra, a su sangre y hasta a su nombre, que había estado oculto en el fondo de su mente desde antes de que naciera.

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Fuente: ahorrayviaja.com

Los árboles se encontraban sobre la carretera formando una bóveda verde y negra que ya no atravesaba la luz del sol de aquel domingo por la mañana. Llegó finalmente al cruce que era la última referencia clara que tenía; Galván le había indicado lo que tenía que hacer, aunque le había insistido en que era demasiado pronto y tenía que esperar, pero una cosa es tener las direcciones de palabra, y otra estar allí. Google maps no le había ayudado: más allá de este punto no había nada, ni rutas, ni fotos, ni indicaciones. Solo sabía que en este cruce debía tomar el ramal de la derecha, que volvía a descender hacia la zona más árida de los montes de Anaga, y abandonar por un momento la laurisilva. Recordó el fatídico cruce durante el sendero, cuando había decidido ir hacia abajo en lugar de continuar la ruta como decía Antonio. Había sido culpa suya, y todo lo que había ocurrido después era su responsabilidad. Iris. Iris seguía desaparecida, y Yeray no tenía ninguna esperanza de que fuera a aparecer con vida. Su amiga había muerto por su culpa, y era su responsabilidad poner fin a todo aquello, aunque notara unas fauces de hielo cerrarse sobre su garganta y atenazarla de terror.

Continuó, abandonando la laurisilva hasta que la carretera dio paso a una pista de tierra que hacía gemir la suspensión del coche con sus rocas y socavones, y llegó un momento en el que tuvo que parar, porque el camino era demasiado estrecho, demasiado empinado y en demasiado mal estado. Pero estaba preparado; Galván lo había puesto sobre aviso. Aparcó, sacó la pesada mochila de senderismo y, aunque le temblaban las piernas, continuó, ahora ascendiendo de nuevo por aquel camino de cabras.

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Fuente: wikipedia 

El caserío se llamaba Las Casillas, y era el último punto de su ruta que aparecía en los mapas. Encaramado en la cresta de la montaña, con el barranco de Igueste de San Andrés a un lado y el de Ijuana al otro, no era más que las ruinas de varios edificios abandonados, en los que nunca llegaron a vivir más de veinte personas. La imagen era desoladora: paredes que se alzaban poco más de un metro del suelo, rotas como si las hubieran arrancado de un mordisco, escombros cubiertos de vegetación que había crecido durante décadas, envolviéndolos y usándolos como soporte, tejas rotas medio hundidas en la tierra, vanos de puertas y ventanas vacíos y oscuros como ojos de calaveras, y alrededor las cumbres cubiertas de bosques prehistóricos de la laurisilva y los barrancos áridos que descendían hacia la costa escarpada, allá a lo lejos. Apenas unos kilómetros en el mapa, pero en la realidad mundos enteros recogidos sobre sí mismos como serpientes, espirales infinitas que desafiaban las concepciones normales del espacio y el tiempo.

Espirales. A medida que atravesaba el pueblo fantasma le parecía notar algo extraño, algo inquietante que no encajaba, pero no sabía qué. Entonces se dio cuenta. Había símbolos grabados en algunas de las piedras, casi desvaídos por la lluvia y el viento, algunos ligeramente teñidos de un rojizo oscuro, aunque el pigmento casi se había desprendido. Se acercó para verlos de cerca con el corazón en un puño. Había espirales, sí, muchas. Figuras en forma de rombos, con los extremos de las líneas sobresaliendo del punto de contacto para volverse a curvar o cerrar, y también cruces y aspas. Había leído algo sobre aquello: símbolos de protección, amuletos contra el mal de ojo. Otros símbolos le recordaban a los que habían encontrado en torno al altar, grabados en la roca que lo protegía. Pero lo que más le impresionó fueron los hongos: aquellas cosas hinchadas, pálidas y leprosas que brotaban por todas partes en el barranco y aquí volvían a aparecer trepando por las paredes de las casas e infectando los troncos de los pocos árboles que se agarraban a las rocas. Se estremeció mientras pasaba de largo a paso rápido. Era señal de que estaba en el buen camino, pero eso no le tranquilizaba. En todo caso, Las Casillas era solo un lugar de paso. Su destino estaba más lejos.

Más allá de este punto Google maps no mostraba nada. Ni caminos, ni poblaciones, ni fotos, ni señalización. Solo una mancha verde recorrida por las finas líneas azules de los barrancos o, en la vista de satélite, las formas severas de la orografía, con sus riscos implacables y sus barrancos cortados a pico por la erosión. A partir de ahora iba completamente a ciegas. Descendió de nuevo aquellos caminos de cabras hasta que pudo volver a ascender, ya en el otro lado del barranco de Ijuana, hacia las cumbres verde oscuro que le llamaban como sirenas, meciéndose al compás del viento. Sabía que este camino era más directo que el que había hecho con sus amigos, mucho más corto, pero desde luego no era más sencillo, ni más seguro. Se estaba metiendo en las profundidades de aquel bosque ancestral, solo, sin que nadie supiera exactamente dónde estaba excepto, quizás, Galván, y a su alrededor el único signo de presencia humana era el hecho de que la vegetación no hubiera devorado completamente aquel sendero. Los laureles y los viñatigos pronto se cerraron sobre él mientras las hojas de los helechos le cubrían los pies. Había girones de niebla enganchados a las ramas altas, y notaba las gotas de agua deslizarse por el cuello de su camiseta y bajar, gélidas, empapándole la espalda. O puede que fuera miedo.

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Fuente: Saltaconmigo.com

El camino le llevó varias horas, durante las que siguió viendo hongos amarillentos y carnosos brotar en los troncos de los árboles, en las rocas y en el mismo suelo, y también algunos símbolos grabados a cuchillo en la corteza o la piedra. Tuvo que pararse a descansar, a comer algo, allí sentado sobre una roca cubierta de musgo, solo en la oscuridad a la que no llegaba la luz del sol, rodeado de troncos retorcidos, hongos putrefactos y niebla que cada vez bajaba más y más, amenazando con cubrirlo todo y hacer que se perdiera y se matara al caer por algún barranco. Solo por curiosidad, intentó consultar el móvil: nada. No había cobertura ni internet. Estaba incomunicado, tan incomunicado como si estuviera solo en medio del Amazonas o del Sáhara, e igual de inaccesible o más, porque hasta allí solo podrían venir a rescatarlo a pie. Se obligó a levantarse y a continuar, aunque solo fuera porque ya no había vuelta atrás. Había llegado demasiado lejos como para volver, pese al miedo que le atenazaba y pese al frío y la humedad que se le metían en los huesos, cada vez más intensos a pesar de que el mediodía se aproximaba.

La última cuesta trazaba una curva cerrada, en la que el camino se iba ensanchando, como si fuera más transitado, una señal tímida de algo remotamente parecido a la civilización. Al otro lado, apenas cuatro casas de piedra y un local o almacén de hormigón pintado de verde, ocultos entre lomas cubiertas de vegetación. Debía haber otra forma de llegar, más accesible, porque había un furgón y un coche desvencijados aparcados tras el almacén, pero Yeray no veía ningún otro camino. Había llegado a su destino: Timabisen. Galván le había dicho que el nombre era aborigen, pero no supo o no quiso darle la traducción. También el asentamiento lo era. De una forma u otra, allí, en medio del macizo de Anaga, lejos de todo, llevaba viviendo gente desde antes de la conquista, guardando algo que él se disponía a profanar.

Se adentró en el caserío: no se veía ni un alma, como si estuviera tan abandonado como Las Casillas. Solo vegetación salvaje creciendo en el suelo sin asfaltar, hongos trepando por las paredes y casi devorando algunos de los tejados, y de nuevo aquellos símbolos pintados o grabados en las piedras. Cuando pasó por delante del local le pareció ver movimiento al otro lado de la puerta metálica entreabierta, pero no se detuvo. Al otro lado, rodeada de laureles, se veía una ermita desvencijada, casi devorada por las raíces, las enredaderas y los hongos, a cuya puerta dormitaban dos enormes perros negros cuya visión hizo que el corazón de Yeray diera un salto. Pero los animales no hicieron más que levantar la cabeza, olisquear y seguir durmiendo. Seguía solo.

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Fuente: bswalesphotography.co.uk

Oyó pasos a su espalda, pero no se volvió. Continuó su camino, rodeando la iglesia para encontrar lo que buscaba: un sendero estrecho, escarpado, rocoso y cubierto de musgo y hongos, que descendía casi a pico la ladera en dirección al barranco. Aquel era el barranco que ellos habían descendido hasta la playa y, remontándolo desde ese punto, podría encontrar de nuevo el altar fatídico. Le convenció de que estaba en lo cierto lo que vio a ambos lados del sendero: más símbolos grabados en las rocas, y vasos de cristal en los que ardían velas, los churretones de cera desbordando los recipientes para pegarse a la piedra y la tierra.

– Oiga, joven – una voz ronca, profunda, a su espalda.

No respondió. Armándose de valor, empezó a descender el sendero, pasando entre las llamas que marcaban el umbral.

– Joven, ¿qué hace? ¿A dónde va?

Se adentró en la oscuridad.

 

 

 

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