Hucancha (14)

Antonio seguía sin estar convencido. Aparcaron el coche en San Benito y, mientras recorrían las calles de La Laguna en dirección a la plaza de la Junta Suprema, Naira iba dándole argumentos que cada vez le parecían más peregrinos. Aquel domingo por la tarde se veía poca gente paseando bajo los soportales de la calle Núñez de la Peña, seguramente en dirección a Herradores o la Trinidad. Las calles peatonales que eran el corazón de La Laguna estaban adormecidas, apenas transitadas, con las terrazas prácticamente vacías bajo un cielo encapotado y un viento frío que sacudía a ráfagas las esquinas. Pasaron frente a la mole gris y blanca de la catedral, con sus verjas de metal, sus torres y sus cúpulas, y subieron la calle San Agustín pasando junto a los muros vacíos de la iglesia del mismo nombre, que seguía sin ser restaurada más de cincuenta años después del incendio que la destruyera.

– Mira, yo tampoco me lo creo – venía diciendo Naira -. Tú sabes que yo no soy supersticiosa, pero alguna explicación tiene que haber. Está pasando algo raro, y no es cosa de nuestra imaginación. Iris desaparecida, y ahora Yera.

– Algo está pasando, pero no tiene por qué ser nada sobrenatural. Seguro que hay alguna explicación lógica.

– ¿Para lo de los pollos también? ¿Lo de Bruno? Mira, ¿has visto Instagram hoy? – Naira blandió el móvil frente a su cara.

– ¿Eso a qué viene ahora?

– Mira – lo manipuló, le acercó la pantalla y comenzó a enseñarle vídeos -. Está en las historias de todo el mundo. Por toda la isla, desde el miércoles o el jueves para acá.

Antonio alzó la mano y apartó el móvil mientras avanzaba, sin echarle más que un vistazo de reojo.

– Quítame eso de la cara, qué necesidad.

– Animales muertos, Toni. Gatos, perros, cabras. Hasta un caballo. Igual que en tu casa. Igual que…

El otro hizo un aspaviento, adelantándose unos pasos hacia la sombra de la araucaria que presidía la plaza de la Junta Suprema. Naira trotó tras él, guardándose el móvil.

– No lo puedes ignorar.

– Se habrá escapado un león del Loro Parque o yo qué sé.

– El león más rápido del mundo, ¿no? ¿Tiene coche el león para atacar en Arico y en Anaga el mismo día?

– Yo qué sé.

Se detuvieron en la esquina de la avenida de San Diego, flanqueada de muros bajos, árboles y chalets.

– ¿Es por aquí?

– Si, todo recto – echaron a andar por las estrechas aceras, casi indistinguibles del asfalto -. Entonces, no sabes, se te dan soluciones, y no te gustan, ¿qué quieres?

– Soluciones racionales, mira. Además, ya vine, ¿no? ¿Qué más quieres?

– Hombre, estaría bueno. Aunque no creamos lo que nos tiene que decir este tío, y yo tampoco estoy muy convencida, por lo menos tenemos que saber qué pasa con Yera.

– Sigo diciendo que tendríamos que haber llamado a la policía.

– Vamos a llamar. Pero primero tendremos que saber qué decirles, ¿no?

Siguieron un buen rato avanzando en silencio por la avenida, que no era en realidad más que una calle angosta, aunque muy larga, más allá de cuyos muros solo se veían las huertas, árboles y palmeras que rodeaban casas a las que ninguno de ellos iba a tener acceso nunca. A ratos, el sol salía de detrás de las nubes y lograba atravesar las ramas para calentarles apenas el rostro.

– ¿Seguro que vamos bien?

– Que sí. Mira, es allí.

La casa de Augusto Galván estaba rodeada de un muro de piedra seca, algo más alto que el resto de los de la calle: tanto que apenas veían al otro lado, excepto las ramas crecidas de los setos, aparentemente sin podar, y por encima de ellos el piso superior de la casa, que no era un chalet moderno como la mayoría, sino una antigua casa señorial lagunera, con su frontón barroco de piedra volcánica azul, sus tejas, y su balcón con celosías. Si de verdad era una casa antigua, debía haber estado totalmente aislada cuando se construyó, muy lejos del centro de la villa. La puerta del jardín era de madera claveteada, sin ninguna decoración, casi como la de un castillo. Se miraron por un momento, sin saber qué hacer, hasta que Naira pulsó el botón del portero automático que se había añadido sin mucho cuidado a una de las jambas. Nadie respondió: la puerta se abrió por sí sola con un zumbido y les dio acceso.

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Fuente: pinterest

El jardín estaba tan descuidado como parecía: un auténtico bosque de setos de ramas enmarañadas, muchos de ellos con espinas largas como dedos y raíces nudosas que salían de entre la tierra para invadir la pista de losas que llevaba a la puerta principal, no en línea recta, sino trazando una extraña figura a través del jardín. Aquí y allá, entre las ramas, aparecían los rostros de ojos vacíos y rasgos curiosamente deformes de varias estatuas, que parecían distribuidas al azar en aquel laberinto de verde y piedra. Se oían movimientos entre las hojas, como de algo que se arrastraba en paralelo al camino, acechándolos, pero era imposible ver de qué se trataba. Cuando llegaron a la puerta, con dos escalones de piedra, Galván les esperaba en el umbral.

No era alto, pero parecía elevarse hacia el cielo que ya se iba oscureciendo. Delgado, de mejillas hundidas y ojos oscuros que los observaban desde lo más profundo de unas cuencas  de calavera. Vestía como un profesor universitario, con suéter gris de cuello de pico por el que asomaba una camisa y pantalones de pinzas. Quizá se debía a la hora, o al viento, pero al acercarse notaron un descenso apreciable de la temperatura que les erizó la piel de los brazos. Galván no se movió hasta que estuvieron prácticamente en los escalones, y aún entonces fue solo para apartarse con un ademán rígido y pausado.

– Bienvenidos. Pasen, por favor.

Atravesaron el zaguán, decorado con azulejos de extrañas formas geométricas y una figura en una hornacina, que tomaron por un santo o una virgen, a pesar de que la forma que se entreveía al otro lado de la celosía que la cubría no parecía remotamente humana. Una escalera de piedra, adosada a la pared del patio interior, les llevó al piso alto, a una sala inmensa, iluminada solo por un farol que colgaba de las vigas. El suelo de listones de madera crujía bajo sus pies, y el olor a piedra helada, a cera y a madera antigua se les metía en la nariz. Las sombras se arremolinaban en los recovecos, perfilando figuras apenas entrevistas de vitrinas, estanterías y muebles, siempre más allá del estrecho círculo de luz y calor del farol. Los artesonados del techo eran una sucesión de aquellas mismas figuras geométricas que vieran en el zaguán.

Galván los guio hacia unas butacas tapizadas situadas junto a una alta ventana de guillotina con banco, a través de la que se veía la maraña selvática del jardín. Entre las butacas había una mesa baja, y sobre ella una bandeja con varias jarras y cafeteras metálicas que parecían de artesanía marroquí y reflejaban la luz del farol.

– Tomen asiento, por favor. ¿Desean tomar algo? ¿Café, té?

Naira y Antonio se miraron, intimidados por aquel ambiente sombrío. Seguía haciendo frío en el interior, y podían oír las corrientes de aire silbando en las profundidades de la casa. Aceptaron un cortado por compromiso y se sentaron mientras su anfitrión lo preparaba en la mesa de centro. Ninguno dijo nada hasta que Galván le hubo tendido a cada uno una taza de latón repujado y se hubo servido a sí mismo una infusión.

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Fuente: auction.catawiki.com

– Bien. Como le dije a la señorita Fariña por teléfono, estamos aquí porque no sé nada de su amigo Yeray desde el viernes por la noche, y me temo lo peor.

– Antes de nada – intervino Naira -, ¿quién es usted, exactamente, y qué tiene que ver con Yeray?

Galván asintió con la cabeza brevemente, como concediendo el punto. Bebió de su infusión antes de responder, y cuando lo hizo a Naira le dio la impresión de que sus ojos brillaban también como fuegos fatuos, como los de aquella cosa que había visto en el Aguere.

– Mi nombre ya lo conocen. Desde hace mucho tiempo dedico mi atención a estudiar una cara del mundo oculta a la mayoría de las personas, una que solo algunos, más por desgracia que por suerte, podemos penetrar. Digo por desgracia porque mirar al otro lado de ese velo te cambia para siempre, y nadie que haya visto lo que hay al otro lado puede olvidarlo ni alejarse por completo de ello.

– Todo eso está muy bien – dijo Antonio -, pero queremos saber qué pasa con Yeray.

– Me puse en contacto con su amigo al detectar sus investigaciones en internet. No tengo perfil público, desde luego, pero observo determinados dominios en los que, a veces, aparecen pequeños rastros de la verdad. Comprendí que su amigo tenía un problema y le envié un e-mail, luego lo invité a venir y a contarme su problema.

– Bueno – gruñó Antonio -, su interpretación del problema, en todo caso…

Galván rió suavemente, aunque por algún efecto que les puso los pelos de punta, su risa hizo un eco, ronco y áspero, en el otro extremo de la casa, como si algo enorme le hubiera coreado entre las sombras.

– ¿Qué fue eso? – saltó Naira. Galván la ignoró.

– Así que sigue usted sin creer – se encogió de hombros -. Entonces no puedo hacer nada por usted. Pero está aquí, así que al menos está dispuesto a contemplar la posibilidad.

– Quiero saber dónde está mi amigo.

– Yo también, señor González. Pero para eso voy a necesitar su ayuda.

– Nosotros veníamos a que usted nos ayudara – dijo Naira.

– Ayudémonos mutuamente. Pero antes necesito que comprendan, que comprendan de verdad, a qué nos enfrentamos.

Antonio se recostó en la butaca cruzándose de brazos.

– ¿Y a qué nos enfrentamos?

Galván dejó su taza sobre la mesilla y se retrepó a su vez en el asiento, mirándolos con aquellos ojos cuyo resplandor no parecía un reflejo del farol, sino una luz interna, pálida y lejana, como si un filamento de luz de estrellas hubiera quedado atrapado en sus pupilas.

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Fuente: pinterest

– Nuestra lucha no es contra carne y sangre, sino contra principados, contra potestades, contra los poderes de este mundo de tinieblas, contra las fuerzas espirituales de maldad en las regiones celestiales – se los quedó mirando un momento, como esperando una reacción; luego se encogió de hombros -. Veo que no conocen la carta de Pablo a los Efesios. Da igual, y no se preocupen, nada más lejos de mi intención que sermonearles con la Biblia.

– ¿Entonces? – dijo Antonio, malhumorado -. ¿Por qué perder el tiempo? ¿Y qué es eso de principados y espíritus?

Galván asintió con la cabeza, apoyando las manos, largas y con dedos finos como patas de araña, en los reposabrazos de la butaca. Echó la cabeza hacia atrás y entrecerró los ojos.

– Iré al grano, pues. Hay cosas antiguas, más antiguas que los conquistadores y los guanches, cosas de hambre y de rabia que ya estaban aquí, acechando, cuando los primeros seres humanos llegaron a las islas, como quiera que lo hicieran. Solo se las puede percibir del todo en el otro lado, donde tienen más poder, pero a veces pueden manifestarse aquí cuando algo las atrae, como tiburones al olor de la sangre.

Sentían presencias a su alrededor, como si algo se moviera entre las sombras que rodeaban el charco de luz del farol, como ojos que los observaban, hambrientos, antiguos, poseídos de una paciencia infinita y abismal. Naira se removió en el asiento, incómoda.

– ¿Qué son?

Galván se encogió de hombros.

– Simplemente son. Existían antes que el lenguaje y que los nombres, incluso que el pensamiento racional, y es inútil tratar de definirlos o limitarlos. Son un terror atávico, el pánico espontáneo que nos asalta a veces cuando estamos solos en lo más profundo de la naturaleza, donde todas las herramientas y la ciencia de la humanidad no valen de nada. Hay muchos tipos, si es que realmente se los puede clasificar; ni siquiera es correcto decir, como san Pablo, que sean “potencias malignas”, porque están tan por encima del bien  y del mal como las bestias del campo, aunque no por ello dejan de poseer inteligencia, a su propio modo. Podemos llamarlos demonios, ángeles, genios, espíritus… eso da igual.

Hizo una pausa. El viento continuaba silbando en las profundidades de la casa y en el jardín, haciendo frotarse entre sí a las ramas de los arbustos y los árboles. Casi parecía que aquellos susurros llevaban consigo palabras articuladas, un lenguaje incomprensible pero que resonaba en los oídos y en el fondo de la mente, a un paso de tener significado, pero siempre inasible. Galván continuó con aquella voz baja y susurrante.

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Fuente: pinterest

– Y sin embargo siempre hemos intentado ponerles nombre. Creo que Yeray les enseñó algunos, porque se les conoce en todas las culturas. Black Shuck o barghest, en el norte de Inglaterra, el Viejo Ojos Rojos en Flandes, el huerco en Asturias, dip en Cataluña, cadejo en Centroamérica, amarok en Groenlandia. Los aborígenes de La Palma lo llamaban iruene, y los de La Gomera irguan; en bereber es argu, cuyo plural es precisamente irguan. Lo mismo en Gran Canaria, tibicena, equivalente al tiwigzen bereber. Por cierto, del irguan de La Gomera se dice que aparecía como un animal lanudo que caminaba sobre dos patas, y lo mismo del Viejo Ojos Rojos Flamenco. Aquí, en Tenerife, se le llama hucancha, que literalmente significa “hombre perro”…

– Perdone, pero no nos interesa la clase de mitología – interrumpió Antonio -. ¿Qué pasa con Yeray?

– Paciencia. Es necesario entender esto para comprender lo que ocurre con su amigo – Galván volvió a llevarse la taza a los labios y tomó un sorbo-. Lo importante es que estos seres de oscuridad y de hambre han sido expulsados poco a poco de sus dominios, se han ido retirando a medida que avanzaba la civilización, pero nunca han desaparecido del todo. Yacen eternamente, pero no están muertos. Aún existen altares dedicados a su culto, o más bien a su propiciación, en los barrancos y las cumbres, donde ciertas familias les hacen sacrificios, generación tras generación, para mantenerlos dormidos y aplacados. Ya en el Testamento de Fray Arnau, escrito en 1400 por un fraile mallorquín que pasó más de cuarenta años en las islas, antes incluso de la llegada de los normandos, se menciona esta práctica. Ustedes encontraron uno de esos altares.

– Eso ya lo sabemos. Iris habló con una mujer de Patrimonio… – dijo Naira.

– Ah, sí – Augusto rió por lo bajo, y de nuevo resonó aquel eco ronco, aunque esta vez procedía de una dirección distinta -. Samarín y Castillo de Lara. Si ustedes supieran lo que significan esos apellidos… pero no hay tiempo ahora para eso. Lo importante es que al perturbar el altar despertaron a la bestia, al hucancha, y quedaron marcados. Como un sabueso cuando huele una presa, no descansará hasta haberlos cazado a todos, y quién sabe si aún entonces. Se alimenta de muerte y dolor, pero también de miedo, de angustia, de rabia y de desesperación, y siembra para cosechar. Cada vez que inflige terror se vuelve más fuerte, más capaz de actuar en este lado, y aunque descanse unas horas o unos días, su apetito se incrementa cada vez más, en proporción a su fuerza.

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Fuente: pinterest

– Marcados… – Naira cerró la mano sobre el antebrazo de Antonio, clavándole las uñas-. Eso fue lo que dijo el mendigo, el día que la cosa me persiguió por Santa Cruz. Que estaba marcada y que podía olerme.

– Más adelante tendremos que hablar de ese mendigo. Ahora no importa. Lo importante es, ¿están dispuestos a hacer lo que sea necesario para expulsar a esa bestia antigua al lugar del que vino?

– ¿Qué hay que hacer?

– Pero, ¿qué pasa con Yeray? – insistió Antonio.

– Yeray, señor González, vino a mí como vinieron ustedes, y le conté esto mismo. Le expliqué los pasos que debía dar, pero es un proceso lento y arduo, y Yeray era impulsivo y tenía mucha prisa, igual que usted. Creo que intentó apaciguar al hucancha por sí solo, sin estar preparado, y temo que no haya sobrevivido.

Un escalofrío de hielo recorrió las espinas dorsales de Naira y Antonio. Se miraron, con los pelos de punta, en aquella mansión centenaria llena de corrientes de aire que hablaban lenguas incomprensibles, en un océano de sombras, con aquel personaje estrafalario que les hablaba de monstruos y demonios como de lo más normal del mundo e insinuaba secretos aún más profundos, y les decía, como si tal cosa, que Yeray estaba muerto, que seguramente Iris lo estaba también. Tragaron saliva.

– Díganos qué hay que hacer. Lo haremos.

Augusto Galván asintió lentamente con la cabeza, uniendo las puntas de los dedos frente al rostro, escrutándolos con aquellos ojos que parecían despedir una luz propia y trémula.

– Espero que estén a la altura. Por su propio bien y el de todos.

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