Hucancha (15)

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Yeray corría lo mejor que podía por el cauce del barranco. La pesada mochila amenazaba con hacerlo caer de bruces, las piedras y la tierra se movían bajo sus pies, y más de una vez tropezó, yéndose de cara contra raíces húmedas o masas de hongos carnosos de olor repugnante, que se mezclaba con el del barro y un persistente hedor que no sabía de dónde procedía. A su espalda oía los gritos de sus perseguidores y el ruido que hacían las piedras al rodar barranco abajo a su paso, pero, incluso con la mochila, él era más rápido, más ágil y más joven, y llevaba mejor calzado. Tenía que llegar al altar, detener de una vez aquello y librarse, él y sus amigos, de aquella cosa que los perseguía.

Respiraba con agitación, sintiendo el pulso latirle en las sienes y el corazón en la garganta. El cauce serpenteante del barranco parecía no terminar nunca y retorcerse sobre sí mismo, como un laberinto encajado entre las montañas, o una espiral que no terminaba nunca. Espirales como las que decoraban las piedras y las casas, como las que se encontraba a veces a unos centímetros de la cara cuando tropezaba y se iba contra las paredes del barranco. Le ardían las piernas y la base de la espalda de correr, y los ruidos a su espalda, pese a todo, cada vez estaban más cerca. No podía desfallecer, no podía detenerse, pero cada vez le costaba más y más seguir. Sabía que el altar no debía estar muy lejos, pero a cada paso le pesaban las piernas como si llevara pesas de plomo en los tobillos.

Llegó a un cruce y se detuvo un instante a recobrar el aliento. Allí confluían el barranco principal que llevaba hasta la playa, el ramal por el que él venía, y el afluente donde habían encontrado el altar. Era el punto exacto en el que se habían detenido en aquella maldita caminata, el punto en el que habían oído el rugido extraño que habían atribuido a cualquier cosa menos a lo que realmente era: el despertar de aquel ser primitivo que ahora los acechaba. Tuvo que pasar bajo una cortina de helechos, raíces y hojas para salir a la encrucijada; normal que en su primera visita no hubiesen visto aquella entrada. Alzó la vista, más allá de las paredes escarpadas que ocultaban aquellos caminos cortados a hachazos en las montañas, y se le heló la sangre al ver cómo el cielo azul de Anaga se iba cubriendo lentamente de una nube negra, ominosa, idéntica a la que habían visto en la playa el día fatídico, y que se movía contra el viento. Las sombras crecieron a su alrededor, trepando por las rocas como olas cuando sube la marea, y la temperatura descendió de golpe, hasta el punto de que empezó a emitir un vaho tembloroso al respirar.

Estaba allí. Lo había visto.

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Fuente: pinterest

Echó a correr por el ramal, como lo había hecho aquella vez, pero en sentido contrario: desde abajo hacia arriba, desde el principio al final, para expulsar a la bestia en lugar de para despertarla, con conciencia y propósito en lugar de despreocupación e ignorancia, pensando en sus amigos en lugar de con egoísmo.

Ahora podía oírlo a su alrededor. Gruñía desde las grietas de las piedras, aullaba con el viento que empezó a soplar en la estrecha degollada, y el mismo suelo vibraba como sacudido por sus pasos. Todo estaba en sombras, casi no podía ver por dónde caminaba, pero lentamente descubrió un resplandor tenue, luz de estrellas que le daba todo una sensación de irrealidad, como cuando la cosa se había aparecido en su habitación. Estuvo a punto de derrumbarse, atacado por el recuerdo, pero fue capaz de aguantar, se apoyó en la piedra y se impulsó hacia adelante.

Ya no oía las voces de los habitantes del caserío a sus espaldas, solo aquel ronquido feroz, que llegaba de todas partes, un retumbar bronco que se confundía con el del trueno en aquella oscuridad interminable perfilada apenas de luz de luna, a pesar de que era pleno día.

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Jadeaba, desesperado, tratando de recordar cuánto faltaba, cuando giró un recodo y alcanzó a ver, allá arriba, la roca y el altar. Le inundó las fosas nasales un olor a sangre derramada que estuvo a punto de hacerle vomitar, pero sacó fuerzas de flaqueza para acelerar su carrera, siguiendo el resplandor tembloroso de las velas que alguien había encendido en torno a la piedra como si fueran faros. Casi había llegado. Aún le quedaba mucho por hacer, y no sabía si tendría tiempo, pero tenía que intentarlo. Por Iris, por Naira, por Antonio, por él mismo, y por cualquiera que fuera a ser la siguiente víctima de aquella cosa. No podía rendirse.

Lo sentía a su espalda, muy cerca, y de nuevo, como en su habitación, de un modo inexplicable, pudo sentir su mente. No entenderla: era tan incomprensible como la de un alienígena o un dios. Pero la sentía en su propia mente y en sus huesos. Sentía el hambre abrasadora y voraz como un vacío en el fondo de su estómago que amenazaba con devorarlo todo como un agujero negro. Sentía la rabia negra y ciega como una opresión en el pecho y en la garganta, la misma sensación que había tenido en el Aguere cuando se había peleado con sus amigos. Sentía el perverso placer de la caza, la astucia calculadora del depredador al acecho, la euforia de la persecución y la crueldad de dejar creer a la víctima que podía escapar.

Dejarle creer que podía escapar.

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Fuente: pinterest

Se derrumbó frente al altar, a un paso de las velas que ardían en sus vasos de cristal. Un peso gigantesco se posó en su espalda, mil veces mayor que aquella noche en su habitación, más sólido, más real, mucho más terrible. El gruñido de la bestia le llenó los oídos como un trueno encadenado, interminable, una tormenta que amenazaba con consumir el mundo, y la luz de la vela se extinguió lentamente ante sus ojos hasta que todo lo que pudo ver fue oscuridad. No podía moverse, solo sentir cómo sus huesos crujían y se lamentaban bajo aquella masa que le oprimía; trató sin éxito de retorcerse como un gusano bajo la bestia, y casi le pareció que el gruñido se transformaba en una risa ronca.

Sintió de nuevo aquel aliento, fétido, helado y ardiente a la vez, cerrándose sobre su nuca.

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