Hucancha (17)

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El trayecto a través de Anaga, en dirección al caserío que Galván les había indicado, Timabisen, no fue especialmente placentero. Toni conducía con los nudillos blancos y la vista al frente, apretando los dientes tan fuerte que a veces le chirriaba la mandíbula. De vez en cuando, mirándolo de reojo, Naira alcanzaba a ver lágrimas en sus ojos. Por las mentes de ambos pasaban una y otra vez Iris y Yeray, desaparecidos y seguramente muertos, devorados o lo que fuera por aquella cosa en la que no querían creer, pero no les quedaba más remedio. Aquella cosa cuyo poder era más grande en el lugar al que se dirigían, donde los amuletos de Galván no podrían protegerles.

Intercambiaron solo algunas palabras mientras estuvieron en el coche. Naira no tenía ganas de hablar, y Toni apenas respondía con gruñidos. Cuando pasaron Las Casillas y empezó el camino a pie, entre aquellos hongos carnosos y pútridos que parecían multiplicarse a su alrededor y las tallas cada vez más presentes de espirales y otros glifos, la actitud de Antonio se fue haciendo cada vez más preocupante. Miraba atrás constantemente, y cualquier rudo le hacía saltar. Los dos estaban nerviosos, pero lo de él parecía algo más, algo insano. Se detenía a veces a observar los jeroglíficos que había tallados en los árboles y las piedras, algunos medio cubiertos de musgo y líquenes, y Naira tenía que tirar de él para que siguiera. Apenas habló hasta que se detuvieron a descansar, soltando las pesadas mochilas donde llevaban todo lo necesario para el rito.

– No me lo quito de la cabeza.

– ¿El qué? – preguntó Naira, rebuscando en la mochila hasta que encontró una botella de agua.

– Lo que nos enseñó Galván. Esa cosa que nos caza. Si es todo verdad…

– ¿Todavía no te lo crees?

Él asintió con la cabeza, pesadamente, como si le costara mucho.

– Sí, sí. Me lo creo. No me queda más remedio. Ese es el problema.

– ¿El problema por qué?

Antonio soltó una carcajada amarga.

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– ¿Qué por qué? Esto lo cambia todo. Todo lo que sabíamos… existen espíritus, o demonios, o como los quieras llamar, entidades que no son biológicas, energías que la ciencia no conoce y no puede medir, y vamos a hacer un ritual en medio de un barranco, ¿y no ves el problema?

– Me da igual – Naira se encogió de hombros cuando él la miró horrorizado-. No importa lo que yo piense, las cosas son como son y hay que aceptarlas. Si esto es lo que hay que hacer para acabar con todo esto, vamos a quitárnoslo de encima ya.

Antonio bebió de su botella de agua sin levantar la vista del suelo, negando lentamente con la cabeza.

– Claro que importa. Claro que importa – murmuró -. Todo lo que creíamos que sabíamos… no sirve nada, la ciencia, nada… todo a la mierda.

Naira se levantó de la piedra en la que estaba sentada, sacudiéndose la tierra de los pantalones.

– Vamos. Se nos va a hacer tarde.

Él la obedeció sin hacer más comentarios, aunque durante el resto del trayecto continuaba extrañamente fascinado por las tallas, y en más de una ocasión se acercó a los hongos para estudiarlos detenidamente.

– No son hongos normales… tienen algo que ver con esto, seguro. Si pudiéramos estudiarlos… a lo mejor las esporas que dijo la de Patrimonio…

– ¿Ahora sí crees en lo de las esporas? Anda, vamos.

Naira, desde luego, no estaba tan segura como parecía, pero sabía que lo mejor que podía hacer era aparentarlo. No podían permitirse que los dos cayeran en un estado de agitación y empezaran a cuestionarse la vida y el universo. Ahora no. Ya habría tiempo más tarde, cuando todo hubiera terminado. Ahora había que tirar para adelante y no mirar atrás ni pararse por cada perro que ladrara. Tenían otro perro, mucho mayor, del que ocuparse. Le inquietaba que Toni pareciera no tener la misma resolución que ella; parecía siempre tan asertivo y seguro de sí mismo que verlo así, mascullando y cuestionándoselo todo, era profundamente perturbador.

A ella, más que las implicaciones para la ciencia, le preocupaba lo que significaba para su futuro, para su vida. Sin pretenderlo habían entrado en un mundo del que hasta ese momento eran ignorantes, y en este caso la ignorancia era una bendición. Ahora que sabían que estas cosas estaban ahí fuera, que habían leído los libros de Galván y sabían lo que eso significaba, aunque solo podían entender una millonésima parte de todo lo que había pasado por delante de sus ojos… ¿cómo iban a seguir ignorándolo? ¿Se lo permitirían si quiera las cosas que habitaban ese otro mundo? Si el simple hecho de tocar el ídolo había desencadenado todo esto, ¿qué pasaría una vez hubieran hecho magia de verdad?

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Llegaron al caserío, apenas cuatro casas en torno a un edificio más grande que podía ser a la vez venta, bar, centro comunitario, almacén y quién sabe qué más. Al otro lado asomaba una ermita destartalada entre los árboles, y por todas partes dormitaban perros enormes. Cuando ya casi habían atravesado Timabisen y buscaban la boca del barranco, alguien se interpuso en su camino. Era un señor mayor, aunque aún erguido y de espaldas anchas, con su chaqueta de pana contra el frío y la humedad de Anaga y su camisa blanca. Tenía los ojos hundidos, rodeados de venillas rojas, y Naira se fijó en que en ellos también brillaba aquella peculiar luz pálida, aunque mucho más tenue que la de Galván.

– Buenos días.

No les quedó más remedio que detenerse. Toni, que normalmente tomaba el liderazgo en estos casos, se quedó un paso atrás, así que fue Naira quien se enfrentó al hombre.

– Buenas.

– ¿Qué hacen aquí?

Ella se encogió de hombros. El anciano frunció el ceño e insistió.

– ¿A dónde van?

– Estamos de senderismo.

– Por aquí no hay sendero ninguno – dio un paso más, interponiéndose entre ellos y la boca del barranco -. Se van a perder.

– No se preocupe – respondió Naira, rodeándolo -. Conocemos el camino.

– Que no hay camino ninguno – restalló el viejo con su voz cascada, volviendo a adelantarse-. Váyanse, por favor.

– Mire – Naira se le enfrentó con las manos en las caderas -. Sabemos lo que está haciendo, pero no nos va a impedir hacerlo. Estamos todos en el mismo lado. Ustedes llevan conteniéndolo ni se sabe cuánto, y nosotros queremos que vuelva a estar controlado. Déjenos pasar.

– No sé de qué me habla, joven – el viejo echó una mirada fugaz al barranco, pero cerró con obstinación sus manos surcadas de venas azules -. Si van por ahí se van a acabar matando. No va a terminar bien.

Cruz del Carmen-144

Naira no contestó. En su lugar, se echó las manos a las asas de la mochila, le dio un codazo a Antonio, y echó a andar. No había dado dos pasos antes de que la mano del viejo se cerrara sobre su brazo como un cepo. Estaba frío, más de lo que debería a pesar de la humedad del aire, y le hizo daño. Era como un grillete de hierro cerrado sobre su bíceps. Naira tardó una fracción de segundo en reaccionar, pero el entrenamiento entró en juego casi por reflejo. Pivotando sobre el pie derecho, descargó el puño sobre la oreja del viejo con todo su peso; el cepo de su brazo se abrió con un grito, al que siguió otro cuando un segundo golpe derribó a su atacante sobre la tierra fría y húmeda.

– ¡Corre!

Corrieron los dos, bajando a trompicones la pendiente que llevaba al barranco, casi sin prestar atención a las velas encendidas en sus vasos a ambos lados. Cuando pasó junto a Toni, Naira tuvo que empujarlo también, casi arrastrarlo, porque en su aturdimiento no había tenido tiempo de reaccionar a todo lo que estaba ocurriendo. A su espalda se oían los gritos del anciano, y otras voces que les respondían.

Llegaron al fondo, giraron en dirección a la cumbre, al lugar del que venía el barranco, más allá de cuyos recovecos se encontraba el altar fatídico dedicado a la cosa que les perseguía. El peso de las mochilas les dificultaba la marcha, pero no podían dejarlas atrás ni prescindir de nada de lo que cargaban. El ritual tenía que llevarse a cabo con la máxima exactitud si no querían acabar como Yeray. En lo alto del barranco, las voces, cada vez más airadas, empezaban a descender también la pendiente.

– ¡Corre, corre, corre!

Sobre ellos, una inmensa nube negra empezaba a cubrir el cielo encapotado, y un rugido profundo, como un trueno, llenó los estrechos confines del barranco.

Había llegado.

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