Los Que Roen (2)

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Fuente: pixabay

El aire del amanecer era frío y la luz gris. Una brisa errática sacudía las ramas secas de los árboles que habían quedado en pie en el cementerio, al otro lado de la tapia, y arrastraba torbellinos de hojarasca. La figura espigada del padre Martel, envuelta en su sotana negra, parecía uno más de los cipreses que rodeaban el camposanto.

– Ni hablar. Esto es terreno sagrado.

El viento agitó el capote de Dimitri como unas alas oscuras. Aunque el sacerdote le sacaba una cabeza, parecían un reflejo el uno del otro, dos figuras magras y negras, opuestas, envueltas en ropajes flotantes. Pero el padre Martel estaba solo, y detrás de Dimitri estaba Iosif, el guardaespaldas de las dos viajeras, y los cuatro jornaleros errantes, todos armados y arrebujados en sus capas. A su espalda, una densa nube de humo negro ascendía entre los tejados: la pira funeraria de la criatura que había atacado la posada de Alois Gros pocas horas antes.

– No lo era tanto cuando usted mandó profanar los cuerpos de todos los muertos del pueblo. Déjenos pasar, por favor.

– ¡Yo no he profanado nada! – graznó el sacerdote -. Los cuerpos mostraban signos de la maldición. Los purificamos y liberamos sus almas, que ahora están con el Altísimo en…

– Lo que usted diga, padre – Dimitri estaba cansado; apenas había dormido, y las heridas le dolían pese a las vendas y los ungüentos, y no tenía fuerzas para discutir -. Pero no es suficiente. Anoche un gul atacó la posada del señor Gros.

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El sacerdote torció la boca bajo la prominente nariz, como si hubiera mordido algo amargo.

– Suponiendo que eso sea cierto, ya lo han matado, ¿no es así? No necesitan entrar al camposanto. Ahora, largo de aquí.

– Los gules son gregarios, padre. Nunca están solos. Tienen un nido en su cementerio y necesito entrar para…

– ¡No pienso dejar entrar en el camposanto a un hechicero pagano!

Dimitri iba a replicar, pero la mano de Iosif en su hombro le hizo apartarse a un lado. El guardaespaldas se adelantó hasta quedar frente al sacerdote; ya no podía el padre Martel mirar a su oponente desde su altura superior. Iosif apartó a un lado la pesada capa de viaje para dejar al descubierto la túnica de lana, los pantalones anchos metidos en las botas, y el cinturón claveteado con la enorme hebilla de plata, del que colgaban un sable, varias dagas y dos pistolas. Los labios apretados del sacerdote temblaron al ver las armas, pero no se movió. El otro se pasó una mano por la cabeza, rapada en los lados y la nuca, con cierta exasperación.

– Mire, padre – tenía un acento cerrado, del este-. Seguro que a un fiel devoto sí lo deja pasar, ¿eh?

– Bueno, claro…

– Yo le garantizo que el hechicero pagano no va a profanar nada, pero tenemos que entrar.

– No pienso…

El guardaespaldas suspiró por debajo del poblado bigote y plantó una pesada mano en los hombros estrechos del cura.

– Ahora vamos a entrar. Gracias, padre.

– Pero…

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Fuente: pixabay

Iosif lo empujó suavemente a un lado, pese a las protestas del sacerdote, y con la mano libre abrió de par en par la verja entornada, dejando pasar a Dimitri y los demás mientras él contenía al padre Martel con una presión leve, pero suficiente como para dejarle claro que no era inteligente tratar de impedírselo. Cuando hubo pasado el último lo soltó y le besó la mano con cierta ironía.

– Gracias, padre. Espérenos aquí.

– ¡Blasfemos, infieles! – tronó el sacerdote, al verse libre -. ¡Ayuda! ¡Están profanando el cementerio! – pero Iosif y los demás ya se alejaban, y del pueblo no llegó más ayuda que algún rostro medio dormido atisbando tras los postigos.

Dimitri se había detenido en una encrucijada y se había arrodillado, con los jornaleros de pie a su alrededor, mirando nerviosamente a un lado y a otro. Iosif se acercó a zancadas, dejando atrás los bramidos del sacerdote, que sin embargo no se atrevía a cruzar la verja.

– ¿Qué haces?

– Encontrarlos. Solo llevará un momento.

Sacó algo de la bolsa que llevaba en bandolera: un trozo de cordel y algo pequeño envuelto en un trapo, que depositó en la tierra frente a sí. Trazó un círculo a su alrededor con un polvo blanco que sacó de otro saquito, y recitó unas frases sobre el conjunto antes de cortarse en la yema del pulgar con una cuchilla diminuta y dejar caer una gota de sangre sobre el trapo.

– ¿Qué es eso?

– Shhh.

Sin levantarlo del suelo, desenvolvió el paquete: era un colmillo, amarillento y mellado, con las raíces aún ensangrentadas, recientemente arrancado de la cabeza del gul que los había atacado. Enrolló el cordel en torno a la base y lo sostuvo verticalmente, como un péndulo. El colmillo permaneció inmóvil, antinaturalmente inmóvil, puesto que al menos la brisa debía haberlo agitado. Pasó un segundo hasta que empezó a moverse lentamente, en dirección opuesta al viento, trazando un círculo amplio y perezoso.

– Esto nos mostrará el camino – dijo Dimitri, poniéndose de pie -. Pero antes, algo más.

Se llevó la mano al cuello, donde entre sus múltiples amuletos pescó algo: el cráneo diminuto de un ave. Se lo llevó a los labios y le respondió un graznido ronco, que sobresaltó incluso a Iosif. Había una urraca posada en una lápida, a unos metros de ellos, mirándolos con curiosidad con ojos extrañamente inteligentes.

– Vigila – dijo Dimitri. El ave graznó de nuevo y remontó el vuelo en una nube de plumas blancas y negras -. Vamos. El nido está en esa dirección.

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Fuente: pixabay

Le siguieron a través del cementerio devastado, entre tierra removida, entre la que emergían las raíces de los árboles y los setos de boj como huesos a medio exhumar y lápidas ladeadas. La niebla del amanecer se arrastraba entre sus tobillos, enredándose en las capas. Dimitri sostenía el péndulo cerca del pecho y observaba detenidamente sus movimientos. Cuando llegaba a una encrucijada probaba una dirección; si el péndulo se detenía o hacía sus círculos más amplios volvía atrás hasta que una oscilación rápida y cerrada le indicaba que estaba en el buen camino. Pasaron junto a los restos ennegrecidos de la pira donde habían ardido hasta las cenizas los cadáveres de los vecinos solo unas horas antes, y continuaron adentrándose cada vez más profundamente en el cementerio. En lo alto, la urraca planeaba en círculos en el aire frío del amanecer.

Finalmente el péndulo los llevó casi hasta la tapia posterior del cementerio, donde una hilera de árboles retorcidos plantados ante un muro bajo ocultaba con sus ramas lo que parecía un mausoleo. Tuvieron que romper a martillazos la cerradura de la verja, oxidada y obstruida por la suciedad; al otro lado les esperaba un edificio gótico, cuyos arcos ojivales y agujas caladas se elevaban hacia las nubes en una profusión de gárgolas y ángeles plañideros. Las puertas eran de hierro y parecían cerradas a cal y canto; sobre ellas, en letras de bronce, una sola palabra: Moriève.

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Fuente: pixabay

– Es aquí.

– La verja estaba cerrada – dijo uno de los jornaleros, de nombre Karl -, ¿cómo pueden haber salido?

– Por allí – indicó Iósif, señalando un agujero en la tierra que pasaba por debajo del muro, como el que puede hacer un perro grande -. Pasaban por debajo de la tierra.

– Pero el mausoleo está cerrado – dijo otro, Martin -. ¿Dónde está el nido?

Dimitri se acercó a la tumba sin decir nada y ascendió los escalones que llevaban a la puerta. Aferró el cerrojo y lo deslizó sin ningún problema, abriendo las puertas de par en par.

– No solo está abierto. Está engrasado, y recientemente.

– ¿Cómo? – Iósif se acercó a verlo, incrédulo.

– Los gules pueden usar herramientas sencillas, pero no se les ocurriría engrasar una cerradura.

Se miraron bajo las arquivoltas trabajadas con complejos altorrelieves de almas pasando del infierno al purgatorio y al paraíso, rodeadas de demonios, ángeles y santos. Un olor fétido comenzaba a elevarse de la oscuridad al otro lado de la puerta entreabierta, y la urraca se posó graznando en una gárgola deforme.

– Alguien los está utilizando.

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