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En mis blogs encontrarás relatos de fantasía, ciencia ficción y terror, juegos de rol, y ambientaciones completas, en español y en inglés. You can find in my blogs science fiction, fantasy and horror stories, role playing games and whole settings in Spanish and English.

Mascotas

Nota: Este relato fue mi propuesta para la antología Terra Nova vol. 2; me comentan que les ha gustado, pero no le ven encaje en la antología, así aquí lo tienen. 

 

El trueno de tacones de veinte centímetros sacudió la suite entera, resonando en los escalones como una descarga de artillería, a pesar de que quien los llevaba, la famosa Angela Carmini, no debía pesar cincuenta kilos. Un auténtico ejército de asistentes, técnicos, asesores y empleados se volvía hacia ella a medida que bajaba, como un campo de girasoles cuando sale el sol. Parada en el último escalón, elevada sobre los tacones como un pedestal, con el pelo negro, lustroso, que siempre parecía salido de un anuncio y aquel gesto elegante que le caracterizaba, la barbilla imperiosamente alta, se dirigió a sus adoradores:

–       ¡No tengo nada que ponerme! ¿¡Dónde están los de vestuario?! ¡Mi vestido! ¿Por qué no ha llegado! ¡Jean!

La voz de la celebridad internacional, famosa a los quince años por ser hija de un magnate financiero, a los dieciséis por un escándalo con un actor de Lagos, y aproximándose ya a la senectud de los veintidós, sonaba como cristal siendo destrozado en una batidora. Ante los gritos, todos los presentes agacharon la cabeza y trataron de volver a sus tareas sin cruzar la mirada con sus ojos oscuros, que podían condenarlos al destierro del paro por mero capricho. Solo uno, un joven rapado con la calva llena de tatuajes japoneses y camisa transparente, se acercó a la carrera con una tableta flexible entre las manos.

–       Aquí estoy, cariño, aquí estoy.

–       ¿Por qué no ha llegado mi vestido, Jean?- escupió Angela, asesinándolo con los ojos-. ¡La cena es esta noche!

Jean sonrió nerviosamente, tratando de no limpiarse la cara de la saliva con la que Angela lo había duchado; había visto a gente caer por eso. “Esta noche”, pensó para sí. La cena es en una hora, pero esta niñata es incapaz de recordar algo tan sencillo si no hay alguien con una agenda a su lado.

–       Bueno, nos acaban de llamar hace un momento. Arianna dice que no te enviará más vestidos.

–       ¿¡Qué?!- lo agarró por los hombros violentamente, clavándole las uñas de polímero sintético en la camisa y la piel, hasta hacer brotar la sangre-, ¿por qué no?

El asistente personal trató de mantener la compostura. Las uñas habían sido idea de un fan especialmente creativo, en la época en que Angela se enzarzaba casi semanalmente en peleas con Helena Lion en las que las dos acababan en comisaría. Se habían financiado a toda velocidad, y en la última pelea (algo sobre los favores de un modelo de ropa interior sudafricano) Helena había terminado con cicatrices que necesitaron cirugía. Por suerte para ella, sus fans eran de gatillo fácil con la tarjeta de crédito; por eso Angela la odiaba tanto.

–       Esta mañana el vídeo que subimos el jueves alcanzó el millón de visitas, y supongo que les habrá llegado.

Ella se lo quedó mirando como si le estuviese hablando en arameo antiguo. Aquellos ojos oscuros, casi siempre entrecerrados con odio, desprecio o malicia, estaban abiertos como faros, como los de un niño pequeño al que se le intenta explicar lo que es el bien y el mal.

–       ¿Y qué…?

Jean le pasó el brazo por los hombros desnudos y la hizo bajar de la escalera. Con los tacones, era casi tan alta como él, y había que reconocer que sabía moverse con ellos. Los técnicos y asistentes se apartaban a su paso, dejándoles vía libre hasta un enorme sofá neobarroco construido con fibra de carbono dorada y tapicería verde neón que repelía la suciedad. Jean la hizo sentar, casi tumbada, y ocupó su lugar habitual en el reposabrazos.

–       Cariño, Arianna es una marca con prestigio. Les gusta pensar que son elegantes y refinados. El vídeo…

–       ¿Qué pasa con él?

–       No les gusta que su última creación para fiestas elegantes termine empapado en vómito y mezcal y alrededor de tus caderas después de cuatro días de juerga. Vete a saber por qué.

Ella nunca entendía sus ironías. Todos estos famosos por ser famosos, una auténtica plaga que había terminado con los verdaderos profesionales hacía casi dos décadas, eran poco más que niños mal criados o mascotas a las que había que alimentar y cuidar. Ninguno tenía capacidad para pensar más allá de lo evidente.

–          ¡Pero me habían prometido un vestido! ¡No me pueden prohibir usar su ropa!

–          Dicen que puedes comprar cuanto quieras, pero no van a regalarte nada más, ni a promocionarte. Lo siento, amor.

–          ¡Pero ellos ya saben quién soy! ¡La gente me quiere, es publicidad gratis, es…!

–          ¡Jean!

Había llegado su salvadora, lista para interrumpir la rabieta. Silvia, otra de las asistentes, que trotaba hacia él, con la cola de caballo saltando sobre su espalda y el piercing de neón de la nariz pulsando en rosa y blanco cada vez que respiraba. Acercó una butaca del mismo estilo que el sillón y se sentó con la tableta sobre una rodilla.

–          Acabamos de cerrar el crowdfunding para el vestido de Villon. Siete mil euros, así que nos sobran mil para el conjunto de lencería a juego. ¿Apruebo la compra?

–          ¡Sí!- saltó Angela, resbalando en la superficie sin fricción del sofá-. ¿Cuándo puede estar aquí?

–          Nos envían las bobinas de tejido por mensajero, garantizan media hora. El patrón se descarga en cuanto autorice la compra, así que en cuanto empiece a trabajar la impresora… digamos otra hora y media.

Angela miró a Jean como un cachorrito confuso ante los sonidos extraños que salen de la boca del amo.

–          No da tiempo. La fiesta es en una hora. Autorízalo y lo usaremos para la de mañana como estaba planeado.

–          Pero yo lo quiero hoy… ¿qué me pondré hoy?

–          Silvia, ve a buscar a Sofía y que prepare dos alternativas – ordenó Jean-. Que combine patrones viejos para que parezca algo nuevo. Luego me haces una encuesta exprés, no más de media hora. Di que Angela publicará un vídeo personalizado para todos los que voten, así se darán prisa.

–          Y di que es porque en Arianna nos han dejado en la estacada en el último momento.

Silvia miró a Jean de reojo, pero este negó con la cabeza sutilmente. La mujer se levantó llevándose la mano al auricular y trotó de nuevo hacia el fondo de la sala.

–          ¿Sofía? Esto es urgente, deja lo que estés haciendo…

–          ¡Jean! ¡Tenemos un problema!

–            ¿Qué pasa ahora?- el asistente personal se levantó del sofá para encararse con un hombre joven que leía algo en una pantalla plegada para no ser más grande que la palma de su mano. Se sentó en la butaca que había dejado libre Silvia, con las rastas entreveradas de neón ondeando a su alrededor como la corona de una anémona.

–          Están llegando las encuestas sobre el nuevo novio de Angela.

–          ¿Y qué problema hay?

–          ¿Quién es, quién es?- intervino ella, inclinándose para mirar la pantalla-, ¿es Kalid?

–          Es Yoshiro, pero cuando me he puesto en contacto con su representante…

–          ¿Qué?- Angela frunció el ceño, descontenta no solo de que su público hubiese escogido a su segunda opción, sino de que además hubiera problemas.

–          Parece que sus encuestas van por otro camino, y además con bastante ventaja.

–          Suéltalo ya, Namond, ¿quieres? Tenemos muchas cosas que hacer.

Namond echó una mirada de reojo a su jefa, tumbada en el sofá y medio desnuda, cuestionando mentalmente las prisas de Jean, pero se mordió la lengua. Carraspeó.

–          Bien, resulta que los fans de Yoshiro prefieren que salga con… – tragó saliva, evitando mirar a Angela, cuya cara se agriaba por momentos, y que estaba empezando a arañar la tapicería con aquellas uñas afiladas-, con Kalid.

–          ¿¡Qué?! ¿Y qué tiene ese que no tenga yo? ¡¿Será hijo de…?!

–          Parece que los vieron juntos la otra noche en Veracruz, alguien empezó el rumor, una cosa llevó a la otra…

–          Pero, ¿a ellos les gustan los hombres? – preguntó Jean.

Angela seguía rabiando y despotricando, retorciéndose en el sofá como una serpiente que hubiese mordido un cable de alta tensión, pero ninguno de los dos le hacía el menor caso. Namond se encogió de hombros.

–          A ellos les gusta lo que diga su público, como a toda esta gente. Pero parece que Yoshiro se ha pillado un berrinche como… – señaló a Angela con la cabeza, haciendo saltar las rastas-. Dice Sadako que están negociando para “filtrar” un vídeo de los dos en un hotel de Veracruz.

–          Pues tendremos que buscarle otra pareja a Angela. Ponte en contacto con los representantes a ver quién está libre, o a quién le interesa una ruptura escandalosa.

–          Voy – Namond se detuvo un momento, sonriendo de medio lado-. ¿Puedo sugerir Helena Lion?

–          No- la expresión de Jean era severa, pero había diversión tras sus ojos- Sabes que se odian y lo haces solo porque quieres ver ese vídeo “filtrado”- le dio una palmada en el hombro-. Largo de aquí y a trabajar.

Namond se retiró riendo a carcajadas, perdiéndose entre la nube de técnicos y personal que atestaba la suite, mientras Angela seguía rabiando en su sofá. Ahora estaba llorando y mordiéndose los puños. Jean se sentó junto a ella y la abrazó para consolarla, como a un niño pequeño.

–          Vamos, vamos, cariño, ya pasó. Te encontraremos otro, no pasa nada. Podemos sacar provecho de esto.

Ella lo miró con los ojos enrojecidos y el labio temblando, aferrándole el brazo con las uñas. Jean apretó los dientes mientras trataba de sonreír. Iba a tener que tirar la camisa, que le había costado dos mil euros en Shanghái.

–          Voy a llamar a Sadako, creo que Yoshiro también está en Roma hoy. Haremos que vaya a la fiesta y que te diga lo de Kalid, tendréis una pelea, lo grabaremos y esta semana estarás la primera en las clasificaciones. ¿De acuerdo?

Angela rezongó, remolona, sorbiendo fuertemente por la nariz y apartando la vista.

–          Mírame. Tenemos que hacerlo hoy. ¿Estás lista? ¿Puedes hacerlo, Angela?

–          Sí… – se recompuso un poco, aunque seguía temblándole, hinchada, la vena de la frente- Sí, creo que sí. Se va a enterar ese…

–          Ssshhh, ahora no, amor. Guárdalo para cuando lo tengas delante, ¿vale? Ahora voy a llamar a Jing para que te ponga guapa para la fiesta, ¿de acuerdo?

Ella asintió con la cabeza, y Jean hizo un gesto a la maquilladora, que rondaba por allí desde hacía un rato con su equipo en las manos y mirando nerviosamente el reloj. Cuando se acercó, le puso la mano en el hueco del codo para susurrarle al oído:

–          Dale el cóctel de pastillas de siempre para que se tranquilice. Luego ya le daremos otras para ponerla en marcha.

Dejó a Angela allí, tirada lánguidamente en el sillón mientras Jing se sentaba a su lado, y cruzó la suite en dirección a una mesa de aerogel donde cuatro técnicos estaban sentados con ordenadores de verdad, portátiles con teclado y ratón en lugar de tabletas flexibles. Le escocían las heridas de los hombros y el brazo, así que se quitó la camisa y se la tiró a un asistente.

–          ¡Tráeme otra y tira esta!- cubrió los últimos tres pasos hacia la mesa-. ¿Qué tenemos?

Uno de los técnicos, una mujer rubia con lentillas rosa, levantó la vista de la pantalla al verlo llegar.

–          Están terminando las encuestas de apariencia personal. Quedan cinco minutos, pero está bastante claro la que va a ganar.

Jean se acercó una silla de despacho y se sentó junto a ella.

–          Cuéntame.

–          De momento va un 65% por el aumento de labios, y unos tres mil quinientos euros recaudados. Pero…

–          Siempre hay un pero – suspiró Jean.

–          Siempre- sonrió la mujer-. La mayoría de los votos por los labios son de donantes casuales. La segunda opción, extensiones de pelo hasta el culo, tiene un 30%, pero de ellos más de la mitad son inversores estables. Por cierto, casi nadie quiere que se tiña. El pelirrojo tiene un 1% de votos, y el rubio un cero.

–          ¿Cuánto tienen recaudadas las extensiones?

–          Lo mismo que el aumento de labios. Los donantes casuales son más, pero invierten menos. Los de toda la vida están poniendo hasta cien y doscientos euros por cabeza.

–          Perfecto. Cuando cierres, anuncia que nos quedamos con las dos cosas y vamos a hacer un desempate con tres opciones: labios y extensiones, solo labios y solo extensiones. ¡Louis!

–          ¿Sí?- otro de los que estaban con los portátiles levantó la cabeza.

–          Quiero fotos manipuladas mostrando las tres opciones para esta tarde. A ver qué opina la gente una vez vean cómo queda cada cosa.

–          ¿Pongo crowdfunding?- preguntó la mujer de los ojos rosa.

–          No, habría que justificarlo y no se me ocurre ninguna forma de que cuele. Además ya con los siete mil nos apañamos.

–          ¿Y no le preguntamos a Angela?- preguntó un tercer técnico, levantando la vista de su pantalla.

Se hizo un momento de silencio. Todos se lo quedaron mirando como si estuviera loco y luego, lentamente, sin abrir la boca, volvieron a su trabajo. Jean se volvió a la cuarta ocupante de la mesa, mientras le traían una camisa nueva, con un patrón de olas basado en Hokusai.

–          ¿Cómo están las clasificaciones esta semana?

–          No muy bien- la mujer torció el gesto-. Angela es del 2013, ¿no? Este año cumple veintidós.

–          Sí, en Noviembre. Ya estamos recaudando dinero para la fiesta.

–          No esperes recaudar demasiado. Mira, por lo que al público respecta, ya es casi una vieja bruja- giró la pantalla del portátil para mostrarle una gráfica que relacionaba edad y popularidad desde 2020-. ¿Ves ahí a alguien mayor de veinticinco?

–          Aún le quedan tres años – Jean se removió, nervioso, viendo peligrar su modo de vida-. Quizá más, si podemos…

–          Es complicado. Seamos francos, por muchas películas y vídeos musicales que haga, Angela no es ni actriz, ni cantante, ni modelo. Ni nada en particular. Hace décadas que no hay verdaderos profesionales, excepto en escenas independientes.

–          Ahórrame la clase de historia – gruñó el otro, de mal humor-. Ve al grano.

–          Hay dos formas de que continúe siendo famosa después de los veinticinco- unió las puntas de los dedos frente al rostro, pensativa-. O le descubrimos de pronto algún talento espectacular y la convertimos en una estrella de verdad, cosa que no va a pasar. O damos un cambio radical.

Jean se acomodó en la silla, interesado. Nadie iba a ser capaz de sacar una actuación decente o una canción de Angela, Helena Lion, Yoshiro, Kalid o ninguno de ellos, pero lo del cambio radical tenía posibilidades.

–          ¿Qué tipo de cambio?

–          Estadísticamente, se pueden arañar dos o tres años más de fama si… si tiene un hijo.

Jean hizo una mueca, como si hubiese olido comida en mal estado.

–          No le va a gustar. No le va a gustar nada. Además, ¿esperas que se ocupe de un niño? Una vez le regalaron un cactus y lo mató en tres días. Un cactus.

–          Haría falta un equipo para eso, claro. El mayor problema es el intervalo entre el momento en que el niño deje de ser mono y se convierta en un pequeño monstruo, digamos los cuatro o cinco años, y el momento en que haya crecido lo bastante para meterlo en el juego.

–          Son diez años de intervalo. Sin fama, sin crowdfunding, sin nada.

Ella asintió con la cabeza, gravemente.

–          Y si Angela se mantiene bien, podemos recuperarla como famosa de segunda o tercera fila, “la madre de”, ya sabes. Si es una hija mejor, así que habría que ir hablando con las clínicas de reproducción para escoger las características del feto.

A Jean le cruzó por la mente la imagen de un tipo que había conocido una vez, en un bar de Málaga. Criaba mascotas modificadas genéticamente, a gusto del consumidor, y tenía varios “modelos” preparados según las últimas tendencias. Perros con el pelo púrpura, gatos fosforescentes sin uñas, cosas así. No todos los vendía: algunos los llevaba a concursos donde el público votaba electrónicamente. El modo en que hablaba de la crianza y el cuidado de los animales, de modificar las crías antes de su nacimiento, y de lo que el público exigía le recordaba mucho a su trabajo actual.

–          Mantenerse bien diez años es caro, Paula. Y sin fama…

–          Es lo que hay- Paula se encogió de hombros-. Quizás si se reconcilia con el viejo y él le vuelve a abrir el grifo se pueda tirar para adelante un par de años.

–          Hablaré con el representante del señor Carmini. A lo mejor podemos hacer un gran espectáculo de eso cuando cumpla los veinticinco, estirar un poco más la fama y al final anunciar el embarazo.

–          Podría funcionar, sí. Pero te recomiendo que no lo hagas justo al cumplirlos, o se va a notar mucho. De hecho, mira esto.

Manipuló algo en el teclado, y una ventana ocupó la pantalla. Era una publicación demicroblogging, apenas cincuenta caracteres: “@AngelaC desesperada buscando vestido, se lo habrá negado @Arianna tras el vídeo de ayer?”. Jean se mordió el labio, furioso.

–          Se están haciendo cada vez más listos.

–          Mira, Jean- Paula se pasó la mano por el pelo, pensativa-. Nos gusta creer que gente tan superficial como para invertir dinero en la chorradas de nuestros clientes son igual de imbéciles que ellos, pero no es así. A su modo, en sus cosas, son tan inteligentes como tú y como yo, y no se dejan engañar tan fácilmente. Hay que tratarlos con cuidado, o todo este negocio se irá a la mierda y tú y yo acabaremos en la calle.

–          Ya lo veo. ¿Hay alguna manera de salir de esta?

–          Aparte de lo del hijo, solo se me ocurre una.

–          Te escucho.

–          Seguir la ruta de la gente de Dafne Coulson el año pasado. Cuando deje de ser un ídolo y se convierta en un hazmerreír, sacar todo lo que tenemos. Todos los vídeos caseros, los datos sórdidos, las rabietas, las cosas humillantes… más humillantes de lo que publicamos normalmente, quiero decir.

–          Coulson no duró mucho en el negocio después de eso.

Paula le clavó los ojos, negando con la cabeza como si estuviera hablando con un niño idiota.

–          Coulson ya estaba acabada. Pero su equipo se embolsó millones y ahora están viviendo muy bien en Acapulco y en Bali. Algunos incluso se las arreglaron para volver a ser contratados por otros famosos.

–          Lo pensaré. Aún no me has dicho quién está arriba en las clasificaciones de hoy.

Paula abrió otro programa y tecleó algo. La aplicación tardó menos de un segundo en compilar información de las principales redes sociales y sitios web, de las conversaciones semi-privadas por líneas inalámbricas y el número de visitas a vídeos y publicaciones; la estadística de las celebridades con más tirón del día apareció ocupando toda la pantalla.

–          Lacy Hong en cabeza, seguida de John Donegal.

–          ¿Hong? ¿Qué ha hecho para estar en cabeza?

Ella consultó algo y negó con la cabeza con disgusto.

–          Esta mañana subió un vídeo haciendo el payaso en el espejo del baño mientras meaba. Viral en cinco minutos, líder en media hora. Se especula que estaba colocada a más no poder.

–          ¿En qué posición está Angela?

–          Séptima. Vamos a tener que hacer algo fuerte esta noche si queremos que remonte.

–          Mierda. Tenía planeada una pelea con Yoshiro, pero no creo que sea suficiente.

–          Igual si se enrolla con alguien por despecho y se emite en directo…

–          Buena idea- levantándose, le dio una palmada en el hombro a Paula-. A ver qué puedo organizar.

En la puerta de la suite había una algarabía confusa, movimiento de gente, apartar de muebles, voces. Acababan de llegar las bobinas de tejido para el vestido de Villon que Angela iba a ponerse al día siguiente. Cuando Jean se dirigía hacia allí para poner orden y ocuparse de todo, algo volvió a interrumpir cuanto se hacía en la suite de hotel de seis estrellas que Angela Carmini ocupaba en Roma.

El trueno de los tacones de veinte centímetros, de nuevo sacudiendo la suite entera, la descarga de artillería que anunciaba el descenso de la señora de todo aquello (según ella; la mascota, según sus empleados) de su morada celestial. Los ejércitos asistentes, asesores y técnicos se volvieron hacia ella, contemplándola como una aparición divina, ahora que Jing la había maquillado y que Sofía y Silvia se habían ocupado de que los fans escogieran un vestido apropiado para la noche. Toda de blanco radiante, con minifalda y blusa transparente, el pelo negrísimo peinado en ondas que caían sobre los hombros, no se parecía en nada a la niñata caprichosa, gritona y estúpida que era en realidad.

Jean mismo quedó paralizado por un momento, hechizado por la belleza que había creado el trabajo colectivo de más de una decena de personas. Luego su cinismo natural comenzó a imponerse de nuevo, y no pudo contenerse cuando atisbó a Namond por el rabillo del ojo.

–          Tres años, Namond. Tres años de apariciones como éstas, de donaciones, de fiestas, de lujo… y luego todos al paro.

–          Bueno, es lo que hay. Y bueno, ¿has oído lo de Dafne Coulson?- sonrió, con los dientes blanquísimos contra la piel oscura-. Si se te muere la gallina de los huevos de oro, siempre puedes hacer un caldo.

 

Khao San Road

Bangkok. 1 de Marzo de 2035. 4:36

La chica estaba destrozada, reventada por completo. La habitación apestaba a sangre fresca y a excrementos, y el calor, por encima de veinticinco grados, no ayudaba. Las aspas del ventilador zumbaban como un moscardón borracho, erráticamente, moviendo el aire de un lado a otro sin refrescar. El único fluorescente, situado sobre la cabecera de plástico rosa de la cama, parpadeaba, haciendo que las esposas de acero barato que ceñían las finas muñecas de la chica relucieran como plata nueva. Jiang Min, sentado con las piernas cruzadas en una silla de tubos herrumbrosa, acomodó la caída del pantalón sobre el zapato, y suspiró.

– ¿C… Cómo me has encontrado?

Jiang negó con la cabeza. ¿Cómo no iba a encontrarlo? Solo había que mirar el cadáver de la cama, esposado, abierto en canal como una res, una inmensa mancha roja de carne expuesta desde la entrepierna hasta el diafragma. Las sábanas acartonadas, empapadas, los chorros de fluidos oscuros, difíciles de identificar, que manchaban el suelo. No había sido la primera. Tres como ella, y unladyboy que Jiang atribuía a un error. Cada vez eran más difíciles de distinguir.

La prensa había enloquecido, claro. Todos los blogs de noticias del mundo se peleaban por informar sobre el “Jack el Destripador Thailandés”, a pesar de que éste no extraía nada a sus víctimas. El informe del forense decía que más bien era como si las aplastara, como si introdujera algo y las machacara desde dentro antes de desgarrarlas. “Algo”. Además, como ahora podía comprobar Jiang, era un farang, no un thailandés. Seguramente californiano, a juzgar por el acento.

No era muy bueno escondiéndose, y Jiang Min trabajaba con gente poderosa, gente influyente que podía obtener información de la policía casi antes que la propia policía. De hecho, le sorprendía que el lugar no estuviera lleno de agentes de la Policía Real. Y una pensión barata para mochileros en un soi próximo a Khao San Road era casi un estereotipo; su Destripador de Bangkok no podía haber elegido peor, especialmente teniendo en cuenta que las otras cuatro víctimas habían aparecido en lugares similares.

– La pregunta es- respondió Jiang, con su inglés casi sin acento-, ¿qué vamos a hacer al respecto?

El farang parpadeó lentamente, confuso; le temblaba el labio inferior y tenía lágrimas en los ojos, como un niño pequeño reprendido por sus padres. Un Buda Esmeralda holográfico sujeto a la pared proyectaba resplandores verdes sobre sus rastas rubias, haciéndole parecer algún tipo de alienígena de película. Emitió un gorgoteo ronco antes de hablar con la voz quebrada.

– Yo… no quería, no sé cómo ha… Todo empezó con la maldición, la encontré en Internet, nunca creí que funcionaría, pero tuve un sueño, un sueño horrible, como si me desgarraran y me volvieran a montar, y luego sentí como si algo me obligase a pronunciarla…

Una maldición. Solía empezar así. Un libro encontrado en la basura, una maldición en una página de Internet, o una herencia familiar contaminada. La inmensa mayoría eran timos, supuestos conjuros inventados sobre la marcha sin más poder mágico que un calcetín viejo, pero otros, otros tenían verdadero poder. Y no había manera de distinguirlos hasta que era demasiado tarde.

– ¿Hiciste un sacrificio? – preguntó Jiang, seriamente, como un profesor severo.

– N… no, no, solo lo leí, no creí que funcionara, pero luego Thomas enfermó, y yo solo quería darle un escarmiento por lo que me había hecho en Singapur, pero…

– ¿Qué le ocurrió?

El farang, el Destripador thailandés, paseó la vista por la sala, frenéticamente, como una bestia acorralada, pero finalmente se vio obligado a enfrentarse a lo que había hecho. Tragó saliva ruidosamente, haciendo que la nuez se moviera en su garganta como una boya en un puerto. Jiang sintió una mezcla de disgusto y pena recorrerle. No debía tener más de veinte años.

– Él… bueno… cáncer.

– ¿Murió?

– No. Aún no.

Jiang tamborileó con los dedos sobre la rodilla, pensativo. El calor de la habitación era agobiante, sobre todo con su traje oscuro de ejecutivo, y el olor a sudor, sangre, tabaco, marihuana y mierda le asaltaba desde todos los rincones. Del ventanuco situado junto al Buda Esmeralda subía el olor punzante de un puesto callejero de comida tradicional, abierto veinticuatro horas para los juerguistas de Khao San Road, además del bullicio y el escándalo que reinaba solo a unas calles, incluso a esas horas de la noche.

– Y después empezaste a matar.

– Yo no quería… es, es como un ataque, algo que se apodera de mí, un impulso que no puedo controlar. Me siento flotar, como si alguien que no soy yo llevara las riendas, y las busco, les pago o las intimido, a veces incluso la secuestro… luego es como un ataque de rabia, no puedo controlarme, sencillamente tengo que… y al terminar me siento tan bien, tan lleno de… vida.

Parecía muy frágil sobre la cama, junto al cadáver, desnudo y vulnerable, cubierto de sangre e iluminado de verde holográfico y blanco fluorescente. Casi se le podría confundir con una víctima más, de no ser por el arma del crimen, allí, en su regazo, hinchada como un bate, armada de espolones óseos, espinas y rebordes manchados de sangre y trozos de carne arrancada. Jiang había logrado contener las náuseas simplemente evitando mirar, pero cada vez era más difícil.

– Te alimentas de su vida. La maldición no encontró sacrificio, así que saca sus energías de tu cuerpo para alimentar el cáncer de tu amigo, y tú la repones… con eso- señaló vagamente hacia su entrepierna.

El asesino hundió la cabeza entre las manos, sollozando. Los frágiles hombros, la escuálida espalda, que sin embargo habían sido capaces de desgarrar desde dentro a cuatro mujeres y un kathoey, se estremecían mientras emitía sordos gemidos de desesperación e histeria.

– A veces, cuando me voy de la habitación… paso varios días borracho, tratando de olvidarlo, pero siempre vuelve, siempre… anoche me encadené a la cama para no salir, pero de algún modo rompí las esposas y… – volvió a sollozar con fuerza; un chorro de moco cayó de su nariz a la barbilla y el pecho, como un enorme gusano translúcido.

– No puedes evitarlo. Tu cuerpo se vacía de energías y necesita reponerlas, y hará cualquier cosa, incluso contra tu voluntad, para conseguirlo. Ningún adicto a la heroína ha sufrido jamás un mono tan grande.

– Pero… ¿qué… qué puedo hacer? ¿Y quién eres tú…?

Jiang se levantó de la silla y cruzó la diminuta habitación en dos pasos, pisoteando las botellas de cerveza rotas y los pañuelos de papel manchados de sangre y otros fluidos que cubrían la cerámica. El farang casi se encogió de miedo cuando él se acercó y se detuvo junto a la diminuta mesa de noche, donde reposaban un tab, un paquete de cigarrillos kretek indonesios, y un vaso de whisky.

– Trabajo con un grupo de personas que saben lo que eres y cómo funciona tu condición. A veces intervenimos para controlar situaciones como esta.

– ¿Se puede, se puede controlar? Cómo, dime cómo lo haces…

El chino sacó de su chaqueta la pistola. Una Durandal P-24 Walther, elegante y estilizada, similar a las viejas pistolas que le daban nombre, y la colocó sobre la mesilla de noche, junto a los kreteks. Miró fijamente a los ojos, claros y enormemente abiertos, inyectados en sangre, del farang.

– Solo hay un modo. No te detendrás, nunca. Puedo hacerlo yo, o puedes hacerlo tú. Elige.

De nuevo el temblor en el labio, las lágrimas en los ojos enrojecidos, el estremecimiento de hombros, los mocos goteando barbilla abajo, en agudo contraste con aquella monstruosidad erizada de espinas, y con el cuerpo de la pobre chica destrozada a menos de medio metro de ellos. Los ojos claros del farang se encontraron con los oscuros de Jiang, solo durante un segundo. Luego, las rastas manchadas de sangre le cubrieron la cara y extendió la mano, más rápido de lo que el ojo podía seguirlo.

Una detonación retumbó en el soi.

El Amor de Su Vida

Madrid. 28 de Febrero de 2035. 2:15

Era la noche más feliz de su vida. Aún no podía creerlo. Por fin, por fin, después de tanto tiempo, de tanto esperar, de tantas noches de soledad, en las que ella era solo una imagen temblorosa en sus sueños. Ahora estaba allí, guiándolo, esperándolo. Por fin iban a ser uno solo. Esteban no se daba cuenta de que pisaba charcos de aguas inmundas que le manchaban el pantalón, ni de las callejuelas cada vez más oscuras y retorcidas por las que se internaban.

Silvia lo guiaba con una sonrisa, volviéndose cada pocos pasos para comprobar que él la seguía. ¿Cómo no iba a seguirla? A través de la sucia llovizna que goteaba de los aleros y del calor sofocante producto del cambio climático, esta noche Esteban seguiría aquella melena rojo neón, aquellas caderas enfundadas en una minifalda de vinilo a cualquier parte. Al infierno. Al paraíso. Esta noche, al paraíso. Ella le sonreía, con un resplandor hipnotizador en los ojos, y cuando aquellos dientes blancos destellaban sobre el hombro moreno de Silvia, Esteban no veía nada más, nada en absoluto. La seguía, como las ratas al flautista. Era el amor de su vida.

El ritual era un pretexto, un juego. Eso había dicho Silvia cuando se lo propuso: no es más que un juego, una tontería que me apetece hacer, y, ¿por qué no? Después tendrás tu premio, todo lo que siempre has deseado. Y Esteban sonreía y asentía, porque ella sonreía y asentía, y había aceptado, porque, cuando te ofrecen lo que más desea tu corazón, tu anhelo más secreto, ¿no estás dispuesto a pagar cualquier precio? Cualquier precio, aunque sea un ritual ridículo en un edificio abandonado de Malasaña, aquel desde cuyo umbral de madera carcomida y losetas agrietadas Silvia le hacía gestos invitadores, como una sirena. Y él la siguió sin pensar, porque ella esperaba en el interior.

Silvia recorría los pasillos y las escaleras del viejo edificio como si fuera su dueña, disfrutando del sonido de los tacones en los amplios espacios vacíos, en la más completa oscuridad. Él la seguía, podía oír su respiración jadeante, su andar desacompasado, casi ansioso. Sonreía para sí, sabiendo que él la seguiría a cualquier parte, que haría lo que le dijera, porque ella era el amor de su vida. Le había prometido una recompensa, una que sabía que Esteban llevaba deseando quince años, desde que coincidieran por primera vez en una clase de primaria. Lo que él no sabía es que la recompensa nunca llegaría, pues el ritual no era un capricho, ni una tontería. Era muy real, y él era imprescindible.

Podría haber sido otro cualquiera; solo hacía falta una víctima viva. Silvia tenía toda una lista de gente a la que le encantaría degollar, pero ninguno de ellos la habría seguido tan alegremente hasta allí, ninguno habría accedido a su “capricho”. Ninguno habría entrado sin pensar, como estaba haciendo Esteban, en la habitación con suelo de mármol ajedrezado, gris ya por los años, en la que Silvia había dispuesto el círculo trazado con su sangre menstrual, y las siete velas de grasa humana, robada de una clínica de liposucciones, cada una goteando sobre la botella de cerveza vacía que la mantenía erguida en el punto preciso. Solo Esteban.

Ella estaba allí, en el centro del círculo marrón oscuro, mirándolo, iluminada por las velas como una diosa en su altar. Silvia se había detenido con aquella sonrisa cruel que él conocía tan bien, la misma que había usado durante años con todos los compañeros de clase que no pertenecieran a su estrecho círculo de amistades. Le hacía gestos para que se acercara, con una mano apoyada en la bolsa de deporte que yacía sobre una tabla montada entre dos caballetes, en el centro del círculo. Ella asentía con la cabeza, invitadora, y Esteban obedeció, traspasó el círculo, entró en su órbita. Los ojos oscuros de Silvia relucían como carbones. Sintió sus dedos, finos como leznas, recorrerle la mandíbula, el cuello, las clavículas, y un escalofrío le recorrió la espalda. Las llamas de las velas titilaron al impulso de las corrientes de aire que se filtraban por una ventana rota.

Bajo los dedos de Silvia latían las venas de Esteban, palpitantes de sangre, de vida. Un solo sacrificio de sangre, y todo lo que siempre había deseado sería suyo. Eso es lo que decía el libro, y Silvia sabía muy bien que era cierto, pues ya había experimentado con los rituales más sencillos, los que solo requerían matar un gato, o mutilar a un mendigo que yaciera, borracho y drogado, en un portal. El libro, aquel viejo tomo rescatado de la basura, tenía verdadero poder, y ella había memorizado las invocaciones y los conjuros. Mata a Esteban, sacrifica una víctima para que fluya la sangre, y expón tu deseo, y tu deseo se cumplirá. Había formas más sencillas de alcanzar la fama y el estrellato, pero Silvia no tenía tanta paciencia, y siempre había sido de rodillas delicadas. Solo un deseo y el mundo temblaría ante ella. Y después, quizá, otro, ¿por qué no? Siempre habría idiotas dispuestos a desangrarse por una promesa que no pensaba cumplir.

Le arrancó la camisa a Esteban de un tirón; los botones repiquetearon contra el mármol, y él se estremeció en el súbito frío, pero la mirada de jade de ella lo tranquilizó, lo reconfortó. Todo saldría bien. Todo iría según estaba planeado, no tendría que haber ningún problema. Sonrió a su vez, a meros centímetros del delicado rostro de Silvia. Tantos años esperando este momento, tantos sueños, sueños en los que ella era poco más que una imagen intangible, y ahora estaba allí, casi rozándolo: el amor de su vida. Estaba a punto de lograrlo, de reunirse por fin con ella. Ahora nada se interponía entre ellos, nada en absoluto.

El top de Silvia siguió a su camisa, y los dedos de la mujer empezaron a recorrer un complicado circuito sobre los cuerpos de ambos, embadurnados en una pasta de olor acre, trazando sellos y glifos, símbolos arcanos en los hombros, los vientres, los pechos. Las llamas de las velas titilaban cada vez más, proyectando enormes sombras sobre las paredes grises y los ladrillos expuestos, y el viento aullaba en el exterior, arrojando salpicaduras de agua tibia de la indecisa lluvia de finales de febrero. Los ojos de Silvia brillaban de anticipación, dos cuentas negras y febriles mientras murmuraba por lo bajo, y Esteban se dejaba hacer, inmóvil, disfrutando de la anticipación, del momento que estaba por llegar.

Silvia lo besó, y un nuevo escalofrío le recorrió la espalda, un temblor que se le agarró a las tripas y se las retorció como una arcada. Ahora estaba pegada a él, rozándolo, murmurando a media voz sin separar del todo los labios de los suyos, moviendo la mano donde él no podía verla, hacia la bolsa de deporte. Su aliento ardiente le quemaba el rostro, hacía que su piel se estremeciera como si sostuviera un mechero encendido contra ella. Y súbitamente, Silvia dejó de cantar.

La hoja del cuchillo atrapó la luz de las velas como una mancha de aceite, transformándose en una lengua de fuego alzada en la mano de Silvia, que rodeó a Esteban con el brazo, emitiendo un sordo jadeo de esfuerzo, de puntillas, lista para atacar. La hoja descendió, cortando el aire como la cuchilla de la guillotina, demasiado rápido para el ojo, pero se detuvo a medio camino, en medio del forcejeo. Esteban agarraba a Silvia por el hombro y la muñeca, empujaba, se debatía con los dientes apretados. Él pesaba más, era más fuerte; la única ventaja de Silvia era la sorpresa y la había perdido. La hoja se balanceaba sobre sus cabezas como un péndulo enloquecido, entre gruñidos y resoplidos de esfuerzo.

Todo había ocurrido como ella había predicho. Todo estaba saliendo según el plan. Esteban se afirmó sobre los pies y empujó con las caderas, obligando a Silvia a doblar el brazo y la espalda, inclinándola hacia atrás, con un grito ahogado, y, retorciéndole la muñeca, le arrebató el cuchillo de un tirón. Sus ojos se encontraron por un momento, los oscuros de Silvia llenos de terror, los azules de él más febriles que nunca, más ansiosos, más enloquecidos. Sonreía, y un hilillo de baba le caía por la comisura de la boca mientras empujaba, agarrando a Silvia por el cuello, y bajaba el cuchillo bruscamente, como un carnicero. La sangre les salpicó la cara a los dos, goteó sobre el suelo de mármol y corrió por sus cuerpos, emborronando los sellos, y Esteban rió a carcajadas, porque ella estaba allí, al fin, detrás de Silvia, mirándolo con aquellos ojos de jade llenos de aprobación.

La hoja subió y bajó de nuevo, y la sangre fluyó, fluyó, como un río, embadurnando el suelo, y Esteban se arrodilló sobre el cadáver de Silvia para ungirse con ella las manos y la frente, entonando los cánticos que ella le había revelado en sus sueños, las palabras secretas que por fin lograrían, sobre la sangre caliente de un cuerpo vivo, que se reunieran. Después de tantos años, después de tantos sueños imposibles, de tantos susurros en la duermevela, ella por fin estaría con él, se unirían en cuerpo y alma, por encima del cadáver de aquella golfa arrogante de Silvia. Ella lo había esperado siempre, se había comunicado con él en sus sueños durante años, y por fin estaba allí, alzándose sobre el cadáver, cada vez más sólida y real a medida que Esteban entonaba las palabras, desnuda como un recién nacido, melena negra y ojos de jade.

Esteban se incorporó, empapado de sangre, ya desarmado, para mirarla a los ojos, sin dejar de repetir una y otra vez aquellas palabras secretas, y ella le miró a los ojos y le sonrió, y le tendió los brazos en el frío y la oscuridad de aquella casa abandonada, con las velas ya casi consumidas. Y él la abrazó a su vez, y por fin fueron uno, después de tanto tiempo.

Al fin y al cabo, ella, y no Silvia, era el amor de su vida.

Libertad

Nota: Enviado al concurso de microrrelatos cyberpunk del programa Castillos en el Aire en Radio21. No ganó, pero fue mencionado.

via inforwars.com

La imagen se pixela en los márgenes, pero es de altísima calidad. Sobre el campo de visión se superponen las etiquetas de realidad aumentada de los comercios que atestan el callejón de Nairobi y los iconos del interfaz. Altitud, velocidad y dirección del viento, temperatura, estado del sistema. Alerta: alguien ha llamado a la policía. El aire huele a lluvia ácida y metal caliente, a pólvora y al regusto cobrizo de la sangre que empapa la tierra sin pavimentar, reflejando los neones. Los sensores le permiten olerlo incluso desde su futón en un piso abandonado de Helsinki, conectada al vehículo no tripulado tan íntimamente que es como si su cuerpo fuera de fibra de vidrio, sus ojos las microcámaras HD, sus manos, las ametralladoras que acaban de fusilar al líder regional del principal clan de traficantes de oro, uranio y coltán de África Oriental.

Se eleva hacia las nubes, enviando señales codificadas en todas direcciones en busca del camión nodriza. Una vez allí basta cerrar sesión; la contraseña de acceso cambia y la empresa estará lista para alquilarlo a otro ejecutor. No les interesa para qué lo quieran, solo el dinero. Como a ella. No sabe quién la ha contratado, y no le importa; podría ser un gobierno, la policía, la ONU, o el segundo clan de traficantes de África Oriental.  En columna, en la parte derecha de su campo visual, se alinean nuevos iconos, nuevas solicitudes, nuevos trabajos. Asesinatos en África, robos de datos en el Sudeste Asiático, sabotajes en Centroamérica, espionaje en Asia Central. Hoy es un drone en Nairobi, mañana un servidor en Bangkok o el sistema de control de una esclusa en Panamá. Es una sensación indescriptible, una libertad absoluta, más que humana. Puede estar en cualquier lugar, en cualquier momento. A veces se olvida de su frágil cuerpo físico sentado en posición del loto en Helsinki; ni siquiera sabe qué hacer con la paga, aparte de encargar alimentos y bajar actualizaciones.

Hace un mes que no ve el sol con sus propios ojos. No recuerda la última vez que respondió a su nombre de pila.

Trinidad

1

Luces azules reflejadas en la fachada de cal agrisada, luces anaranjadas refractadas por los charcos, y el ulular chirriante de las sirenas en la noche madrileña. Todo aparecía bañado en un resplandor ambarino, que teñía los rostros de los paramédicos, los policías y los curiosos como el reflejo de un holocausto. Aún no habían llegado los periodistas, pero no tardarían mucho. Ya se veían móviles grabando la escena y tuiteando, a pesar de que eran las cinco y media de la madrugada.

Cuando el coche de Blanco se detuvo junto al precinto, ya lo estaba esperando un policía uniformado, el primero en llegar tras el aviso de la policía local. Debía tener unos cuarenta años, con el rostro curtido y canas en las sienes, pero pese a la experiencia estaba pálido y parecía nervioso. Blanco cerró el coche de un portazo antes de volverse a él.

–          ¿Qué hay? Inspector Blanco- le dio la mano al hombre, que apenas respondió-. ¿Qué tenemos? ¿Robo, profanación?

–          Eh…- el policía dudó, tragó saliva y evitó la mirada de Blanco-, no exactamente.

–          ¿Cómo que no exactamente?

Blanco traspasó el precinto y echó a caminar entre las ambulancias amarillas y los paramédicos que tomaban café sentados en un banco de la pequeña plaza. La iglesia se alzaba ominosa, con el chapitel quebrado como por un rayo y densas capas de hollín en las ventanas, cuyos cristales aparecían destrozados. Un coche de bomberos estaba aparcado en una calle lateral, dentro del precinto.

–          ¿Por qué hay tantas ambulancias? ¿Qué demonios ha pasado aquí?

–          Sinceramente, no estamos seguros. Bueno, no tenemos ni idea.

El inspector se detuvo en el centro de la plaza y fulminó con la mirada al policía, que tosió nerviosamente, evitando mirarle a los ojos.

–          ¿Me quiere explicar de una vez lo que pasa?

–          Es que… sabemos lo que ha pasado, claro, pero… es que no… no entendemos.

–          A la mierda.

Blanco echó a andar como una tromba y cruzó las fauces de la iglesia, negras de humo. Al otro lado se detuvo en seco. La imagen era… dantesca. Rojo y negro y sábanas blancas, olor a cenizas, a amoníaco y a cobre y a algo más, algo penetrante, dulzón y desagradable, como almizcle viejo y corrupción asentada. A través de aquel paisaje infernal se le acercaban dos figuras, una mujer de rostro cansado y un hombre calvo con guantes de látex. La jueza y el forense, supuso. Paseó la mirada a su alrededor, sintiendo como se le revolvía el estómago ante el chapotear pegajoso de los zapatos de los otros dos. A su espalda, el policía uniformado parecía que trataba de hablar, pero se le atragantaban las palabras en la garganta. No era de extrañar.

2

El café estaba frío en su taza. La única luz en el piso de Blanco era la del monitor del portátil. Normalmente entraría también, a través de la cortina, la luz parpadeante de la farola que le habían instalado justo enfrente, pero no esta vez. Esta noche no había luz alguna en la calle. No sabía qué hora era. Sentado incómodamente en el sillón, con una pierna debajo del cuerpo, llevaba leyendo aquello toda la noche. No recordaba haber cenado. Solo se oía el zumbar del ventilador interno y, de vez en cuando, el ligero chirriar de la rueda del ratón.

Habían encontrado el pendrive en el bolsillo del pantalón del Padre Felipe, debajo de la casulla. Los técnicos decían que les había costado una barbaridad acceder al contenido, porque la tapa estaba pegada al resto bajo una capa de sangre seca y otros fluidos. Y da gracias, le habían dicho, que es de los de tapa. Si llega a ser el modelo que tiene el conector al aire y se pliega, no habría habido forma de recuperar nada. Así que Blanco se había encontrado en su ordenador aquella misma mañana con la confesión del sacerdote, del responsable último de la macabra escena de la iglesia. Pensando en leerlo con calma, se había hecho una copia para llevárselo a casa, y aquí estaba ahora, leyendo… pero no con calma. No se podía leer aquello con calma.

Eran los desvaríos de un loco, una confesión completa escrita de un tirón, sin orden ni concierto, un non sequitur y un sobreentendido tras otro. El sacerdote había escupido su alma en el ordenador, vomitado todo el veneno que le corroía por dentro y que le había llevado a corromper a su feligresía, a intoxicarlos poco a poco de sus ideas perversas, y a arrastrarlos finalmente a aquel horror sangriento y repugnante que Blanco había visto en la iglesia, aquella pesadilla que le acosaba desde entonces, tres días con sus noches sin poder conciliar el sueño, porque cada vez que cerraba los ojos lo veía, lo olía, lo sentía y lo saboreaba, como una miasma que lo hubiera impregnado para siempre, una sábana pegajosa que lo hubiese cubierto y de la que jamás podría desprenderse, como la tela de una araña venenosa que lo hubiera atrapado.

Tres días con sus noches.

Se levantó, renqueando con el pie dormido, y se asomó a la ventana. La más absoluta y completa oscuridad. Madrid estaba en sombras. Un apagón brutal, como nunca se había visto, cubría la capital de España y sus aledaños. No solo la ciudad, sino todos los municipios circundantes, toda la conurbación. Desde el satélite, la zona más brillantemente iluminada de España era ahora una mancha negra en el mapa, como Corea del Norte o el Amazonas. La radio de pilas de Blanco había dicho que no se sabía qué ocurría ni cuándo estaría arreglado. No parecía ser un fallo mecánico.

Miró al cielo. Nubes negras. No se veían ni siquiera las estrellas.

Tres días con sus noches.

Lenta, deliberadamente, Blanco entró en la habitación. Se sentó en la cama, respiró hondo. Oscuridad completa. El disparo sonó como un trueno.

3

via wikimedia commons

Extracto de la confesión del Padre Felipe Corvo:

En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.

Cuántas veces he pronunciado esa frase, sin saber quién era el Padre, quién el Hijo, y quién el Espíritu Santo. Fui un buen sacerdote, un buen chico. Creí lo que me dijeron e hice lo que me dijeron, hasta que empecé a hacerme preguntas. ¿Por qué el canon, por qué cuatro Evangelios y no cinco, o seis, o diez? ¿Por qué el Cantar de los Cantares y no el Libro de Enoch? ¿Por qué el Deuteronomio y no los Siete Libros de Moisés? Así que leí, leí y comprendí, y quise leer más, y pronto tuve en mis manos ese terrible Evangelio de Yemen que tradujo Wormius y se publicó en Salamanca, y un ejemplar de la obra prohibida de d´Erlette, y de la de Ludwig Prinn. Vi. Leí. Creí. Supe. En las profundidades de la Biblioteca Nacional encontré una copia de la obra de Felipe de Navarra, donde se habla de la Segunda Venida y de la ruina que está por llegar. Y en las especulaciones insinuadas de Von Juntz y en el Evangelio de Derinkuyu encontré la verdad que nunca nadie ha querido admitir.

En el nombre del Padre. El centro del infinito, el origen de todo, cuyo nombre no puede ser pronunciado, rodeado de un coro de sirvientes que lo alaban. Un coro, sí, de flautas enloquecedoras y ululantes. Un dios ocioso, omnipotente pero inmóvil. ¿Un nombre que no puede pronunciarse? Los labios humanos no se hicieron para ello, pero yo lo he leído, y lo he pronunciado en la oscuridad. El nombre de Azatoth.

En el nombre del Hijo. Dios en forma humana enviado a nosotros para revelarnos la auténtica naturaleza del cosmos. Llegado de Egipto para predicar a las naciones, taumaturgo, profeta. Llegado no para traer paz, sino espada. Mensajero, alma y mente de su Padre, cuya inefable voluntad cumple en la Tierra con aún más inefables propósitos. N´gai, n´gha´ghaa, Shoggog, Y´hah, Nyarlathotep! Iä!

En el nombre del Espíritu Santo. Omnipresente, aquel que lo sabe y lo ve todo. El uno en todos y todos en uno, la llave y la puerta y el guardián de la puerta. La esencia última del universo, capaz de alzar a los muertos por la sola mención de su nombre. Y´ai´ng´ngah, Yog-Sothot! Hée-l´geb! F´ai Trhodog!

Y hay otros, otras verdades ocultas a los no iniciados. ¿Qué decir de la Magna Mater, la Virgen Negra adorada en bosques y montañas desde el Paleolítico y que hoy ocultamos castamente bajo un velo de mentiras? Iä! Shub-Niggurath!

La congregación está conmigo. Esta noche lo haremos, traeremos de vuelta al Hijo como está profetizado, aunque nos costará la vida. Otros ya tienen este documento y continuarán nuestra labor. Como en los Evangelios, seguirán tres días con sus noches de completa oscuridad, y Él se alzará de nuevo de los Abismos, esta vez para terminar de una vez con todo y salvar a los que merezcan ser salvados.

En cuatro noches, el mundo llegará a su fin. Iä! Azatoth! Iä! Nyarlathotep! Yog-Sothot!

Ella Me Maldijo

Porque donde unas cuencas vacías amanezcan

Ella pondrá dos piedras de futura mirada,

Y hará que nuevos brazos y nuevas piernas crezcan

En la carne talada.

Miguel Hernández, Para la Libertad.

Fue hace mucho tiempo. Tú no habías nacido. Tus abuelos tampoco, supongo. No creo que casi nadie que esté vivo hoy hubiera nacido. Solo un puñado, pero ya hablaré de eso.

La verdad es que yo mismo no recuerdo el cuándo, ni el dónde, ni el cómo. Recuerdo una batalla, el sabor salado de la sangre en la boca, el hedor de las tripas desparramadas mezcladas con la mierda de caballo pisoteada. Recuerdo una muralla desmoronándose y banderas agitándose al viento, y a veces me despierto por las noches porque aunque no recuerdo nada más, aún me asaltan las imágenes de rostros aullando, algunos rojos y desencajados de ira, otros pálidos, con los ojos abiertos como platos, preparándose para el frío de la muerte.

Yo fui de esos últimos. Pálido y exangüe, desangrándome junto a una zanja maloliente. Recuerdo el mordisco del acero. Si no te han clavado nunca una hoja en las costillas no sabes lo que se siente. El acero muerde como un perro, se hinca en la carne buscando tu corazón, como si te odiara. Los vikingos lo llamaban gusano de sangre o víbora de las heridas, y es cierto. Puedes sentir como te roe la carne.

¿Que si era un vikingo? No lo sé. No me acuerdo. No recuerdo nada antes de ese día, ni siquiera mi nombre. No sé dónde ocurrió, ni en qué año, ni por qué luchaba. ¿Recuerdas tú lo que hiciste cada día en el parvulario?

Solo recuerdo esa sensación, ese mordisco helado. Me estaba muriendo y solo veía el cielo cubierto por nubes de humo de los incendios, con brasas y cenizas danzando en las corrientes de aire. No me dolía nada, pero sabía que me estaba muriendo. No sentía los brazos ni las piernas, ni nada por debajo del cuello, excepto los borbotones de sangre que me brotaban de las heridas con cada latido del corazón. Jadeaba, y sentía la lengua como un trozo de esparto seco colgándome de la boca. La vista se me nublaba cada vez que intentaba tomar aire.

Entonces la vi.

Se paseaba entre los muertos y los moribundos como si estuviera en un prado florido. Llevaba un vestido blanco hasta los pies, quizá un sudario, pero estaba manchado de sangre. Creo que iba descalza, y llevaba el pelo suelto y desgreñado, hasta casi la cintura. A veces, en mis sueños, es rubia; otras veces es morena, casi con tintes azules, y alguna vez tiene el pelo rojo, rojo como la sangre derramada. Sonreía, no enigmáticamente, ni con sarcasmo, sino con genuina alegría, como una niña que jugara en el campo. A veces la recuerdo como una niña, otras veces como una mujer. Fue hace mucho tiempo.

Se acercó a mí entre los muertos y los moribundos, sin dejar de sonreír. Creo que me llamó por mi nombre, aunque no estoy seguro. Sé que se arrodilló y me tocó la frente febril con una mano fría, gélida como un trozo de hielo pese al calor sofocante de los incendios, y sé que me habló. Recuerdo aquellos labios rojos como dos trozos de carne cruda, pero no sé qué me dijo. Cuando sueño, la imagino cantándome una canción de cuna que oí alguna vez, pero a veces me da consejos, o me recrimina algo que he hecho mal. Supongo que trato de llenar el hueco que me ha dejado olvidar las frases más importantes que oí en mi vida.

Desperté solo, bajo las estrellas y una luna creciente. No te sé decir si estaba aún en el campo de batalla. Imagino que sí, pero no recuerdo cadáveres ni devastación a mí alrededor. Solo el cielo estrellado. Me levanté sin pensar, y solo después me di cuenta de que mis heridas habían sanado. No me dolía nada. Podía mover brazos y piernas, respirar, ver. Me sentía como tras un largo sueño reparador. Creo que eché a andar en busca de alguien, de un lugar donde pasar el resto de la noche y quizá reflexionar sobre lo que había ocurrido, si había sido real o una mera visión, cómo había sanado y dónde estaban mis compañeros.

Si llegué a alguna conclusión, mi mente lo ha olvidado bajo el peso de los siglos. Sé que intenté hacer vida normal por un tiempo, pero pronto descubrí que no había simplemente sanado. Mi mujer envejeció y murió, mis hijos se agostaron y se convirtieron en polvo, y también mis nietos, pero yo no. Yo continué viviendo, viéndolos deteriorarse y pudrirse ante mis ojos. Me fui de la aldea cuando empezaban a sospechar de mí, cuando las viejas murmuraban en la plaza que yo estaba igual cuando ellas eran niñas, que no había envejecido ni un día. Una vez me llamaron vampiro, pero juro que no he probado jamás la sangre de nadie.

Así empezó mi vida errante. No sé cuánto tiempo duró. No sé en qué año estamos, ni cuándo empecé a vagabundear, así que no importa. Creo que he recorrido todos los continentes, y casi todos los países varias veces. Sé lo que estás pensando. Tiempo infinito para ver mundo, para conocer gente, para hacer lo que quieras. Crees que estoy bendito, pero no. Estoy maldito. Ella me maldijo.

¿Sabes lo que es no tener seres queridos, ni siquiera un amigo? ¿Cómo podría apegarme a nadie? Morirán, y yo no recordaré sus caras ni sus nombres, ni el sonido de sus voces. Mi vida no ha sido la de un trotamundos, sino la de un fugitivo que no puede quedarse demasiado tiempo en el mismo lugar, no solo por la persecución, sino por el dolor. Una vez pasé cien años en una ciudad de Europa, y apenas pude soportar ver cómo cambiaba, como incluso los edificios se derrumbaban o eran arrasados para hacer sitio a otros nuevos mientras yo seguía allí, invariable, ocupando un lugar fijo en el universo, como un quiste.

Ah, el cuerpo no envejece ni se cansa, pero la mente sí. Soy más viejo que cualquier persona que conozcas, y estoy exhausto. No soy capaz de conectar con el mundo moderno, porque no me importa, y cambia demasiado rápido para mí. No sé de qué habla la juventud en las calles, no entiendo la jerga. Mi vocabulario no avanza con el de la sociedad, así que vaya donde vaya me miran raro, como un fantasma salido de una obra de teatro antigua. Cuando empiezo a acostumbrarme al cine mudo descubro que existe el sonoro; cuando me acostumbro a la radio, todo el mundo tiene televisión y eso que hacen ahora con una máquina de escribir con pantalla. No tengo fuerzas para mantenerme al día. Me aburre.

He encontrado a algunos como yo, con los años. Todos la han visto, pero ninguno la describe exactamente igual. Una joven descalza, sí. Con un vestido o un sudario blanco manchado de sangre, y el pelo suelto. Pero ahí terminan las similitudes. Para cada uno es diferente, como un ideal o un sueño. Y sin embargo, todos coincidimos en algo: estamos malditos.

Pensarás que esos otros son la solución a mis problemas, ¿verdad? Compañía para los siglos, gente que me comprende. Pero no es así. Cada uno de nosotros es un solitario, lleva demasiado tiempo solo. Olvidamos nuestro pasado, olvidamos lo que hacemos a lo largo de los siglos, así que nuestra propia identidad pende de un hilo. Nos limitamos a sentarnos y vegetar, lamentándonos de lo que hemos perdido. Y si hay algo peor que tener un ser querido y perderlo, es una relación que no acaba nunca. Créeme, lo he probado. Década tras década, más de un siglo con una misma persona. Has visto matrimonios que solo siguen juntos por la costumbre, ¿Verdad? No has visto nada. No has visto la amargura de un siglo de malentendidos y rencores mezquinos, ni el hartazgo de ver el mismo rostro, inalterable, durante ochenta años, de oír las mismas historias, la misma voz y las mismas quejas.

No. Estamos condenados a la soledad, por exceso o por defecto.

Nadie puede imaginar la desesperación de una eternidad en soledad. No una década, ni una vida. Una eternidad. Por lo que sé, no moriré nunca. Tampoco tengo claro cuánto he vivido exactamente, pero es más que suficiente. El mundo me aburre, me cansa, no puedo soportarlo, pero no tengo forma de poner fin a todo esto. Lo he intentado, claro. Todos lo intentamos alguna vez, o muchas veces. Hasta ahora, nada a dado resultado, ni cuando lo he intentado yo, ni cuando la gente normal ha descubierto lo que soy y ha reaccionado con miedo y cólera.

Oh, sí. Me han matado, o me he suicidado, muchas veces. No sé cuántas. Pero nunca dura. Me he ahogado y ahorcado. Me he o me han atravesado con espadas y lanzas, pero lo que no me mató la primera vez no lo hará ahora. Me han fusilado y electrocutado, aplicado garrote vil y envenenado. Me han atropellado y descoyuntado, me han quemado vivo varias veces, y una vez me decapitaron. No funciona. Nunca funciona. No sé cómo ni por qué, pero siempre despierto sano e intacto y salgo caminando de la morgue. Ni siquiera me duele ya.

Así que aquí estoy, después de tantos siglos. Escogí este retiro porque me gusta escuchar el mar lamiendo los acantilados. Es lo único que me sosiega cuando duermo. Y me gusta el paisaje de roca volcánica, de fuego solidificado y petrificado, como lo estoy yo, inmóvil e inalterable. Aunque al menos la roca cambia, es erosionada, se rompe, erupciona de nuevo. Yo no puedo hacer nada más que dormir doce horas al día y contemplar las olas romper en la playa de arena negra.

Por eso estás tú aquí. Estas reuniones, una vez al año, son lo único que me mantiene activo, lo único que me hace esperar algo distinto, un día que no sea exactamente igual a todos los demás del último siglo y del siglo que vendrá. Ya has visto las cuentas bancarias y las propiedades. Es tu premio. Si lo logras, todo será tuyo. Pero no espero que lo hagas. No creo que lo consigas, y ojalá me equivoque. Tienes un año para intentarlo, a partir de hoy. Los métodos son cosa tuya, no me importa. Mátame. Puedes empezar cuando quieras.

Veni, Veni, Venias

via Wikimedia Commons

Saturno y Júpiter estaban en la conjunción correcta. Aldebarán y Sirio se habían elevado en sus lugares, y las Híades resplandecían sobre el horizonte tal y como estaba prescrito. Tenía que ser esta noche. Había llegado el momento del ritual.

Angstrom trabajaba solo, frenéticamente, disponiéndolo todo para la ceremonia. El lugar no era el más adecuado: un viejo matadero abandonado, poco más que una nave de cuyo elevado techo de uralita aún colgaban cadenas, ganchos y grúas. Pero tendría que servir. Él mismo, tras comprar el edificio, había sellado las ventanas soldando planchas de hierro en las estrechas troneras que se abrían en la parte superior de los muros, y había contratado a una empresa para que reparara e impermeabilizara el techo. Según el ritual, no podía entrar un solo rayo de luz en el templo durante todo el proceso.

Llevaba cuarenta días purificando el lugar con sal y azufre, asperjando agua consagrada en los rincones, ayunando y meditando desnudo sobre el suelo de cemento. Durante los últimos tres días no había probado más que agua y pan ázimo, y se había estado flagelando diariamente. Ahora se movía por la inmensa nave, jadeando cada vez que el cilicio se hundía en la carne de su muslo, trazando los complicados diagramas geométricos que describía el texto con ayuda de una cuerda, una barra vertical y un trozo de tiza. No eran los típicos círculos y triángulos de los textos herméticos, sino símbolos complejos, ángulos extraños que se rompían y reunían, fractales que daban paso a líneas curvas y espirales matemáticamente precisas. Y los símbolos. No era ninguna escritura conocida, nada que Angstrom hubiera visto en sus cuarenta años de experiencia. Ni hebreo, ni cuneiforme, ni sánscrito, ni chino. Ni siquiera lineal-A. Eran signos arcanos, vagamente orgánicos en su forma, que parecían retorcerse bajo la mirada, y querer escapar de la tiza cuando los inscribía en los diagramas.

Sería fácil y cliché decir que sus compañeros lo tomaban por loco. También sería cierto. Angstrom llevaba la mayor parte de su vida estudiando lo sobrenatural, el horror y lo grotesco. Muchos de los investigadores que conocía se habían lanzado a la tarea queriendo creer, deseando fervientemente encontrar un críptido, un alienígena, un demonio, y jamás lo habían hecho. Incluso si publicaban artículos sensacionalistas y sembraban preguntas aparentemente sin respuesta, ellos mismos reconocían en privado que todo lo que habían visto no era más que superchería fácilmente desmontable.

No era el caso de Angstrom. Él comenzó a investigar desde el escepticismo, deseando desenmascarar farsantes y demostrar que vivimos en un universo racional y ordenado. No encontró lo que buscaba. Desde luego, había estafadores y crédulos por todas partes, pero también había semillas de verdad. Semillas que a lo largo de cuatro décadas dieron frutos grotescos y obligaron a Angstrom a comer de ellos como de la manzana del Edén.

Él había visto las cosas deformes que viven en las catacumbas bajo Calcuta, que la imaginación popular trata de ocultar bajo la forma, piadosa pese a su poder destructivo, de Kali. Había contemplado la transformación de un sacerdote tribal en lo más profundo de las selvas de Uganda, rugiendo como un demonio tras un festín de carne humana. Había sido testigo de los ritos secretos que tienen lugar en las montañas peladas de los Cárpatos y los Apalaches, y había cenado con familias de Italia y Albania que aún consideraban a Roma una advenediza usurpadora cuyas legiones les habían obligado a ocultar secretos más antiguos que la humanidad.

No le quedó más remedio que creer. Y cuando publicó sus descubrimientos, se le acusó de mentir. Se le expulsó de las asociaciones de parapsicología y las revistas dejaron de aceptar sus artículos. En la televisión no lo querían ni ver. Tuvo que recurrir a un blog personal y un twitter, que no tardaron en llenarse de una mezcla casi a partes iguales de colgados con ideas aún más disparatadas que la realidad, y de escépticos que se divertían insultándolo, aunque pocos llegaban a rebatir sus argumentos más allá de afirmar que las fotos y los vídeos eran falsificaciones de Photoshop. Poco a poco, Angstrom fue quedándose aislado, pero la verdad, los terribles secretos que sólo él conocía, continuaban devorándole la mente y royéndole los sueños.

–          Tu problema- le dijo una vez Matos, el único amigo que le quedaba- es que afirmas en lugar de sugerir. A la gente no le gusta que le descubras cómo funciona el universo. Para eso ya tienen a los científicos.

Estaban en un café de Oslo, sentados en la terraza en un verano inusualmente cálido, viendo pasear por la avenida a turistas y familias de vacaciones. Angstrom sintió la bebida caliente revolverse en su estómago y subirle como un acceso de bilis. Su compañero, que tenía un programa de televisión y varias revistas de éxito en España, sonreía con suficiencia mientras revolvía la suya.

–          ¿A los científicos? ¿Y qué somos nosotros, Matos? ¿No somos investigadores, aunque no haya título universitario para lo nuestro?

El otro se echó a reír a carcajadas, soltando la cucharilla con un tintineo de acero y porcelana.

–          Venga, hombre, conmigo puedes evitar ese rollo. Eso es para la prensa. Somos gente del espectáculo y lo sabes perfectamente. Lo que tienes que hacer es cambiar tu estrategia de marketing.

–          ¿¡Mi qué?!- rugió Angstrom.

–          Tu estrategia. El público no quiere certezas, quiere dudas. La posibilidad de que haya misterio, algo más allá del aburrimiento del día a día, y la seguridad que les da poder decirse que es todo un juego, un cuento que nos contamos unos a otros.

–          ¡Es que no es un cuento!- barbotó Angstrom. Algunos transeúntes se pararon a mirarlo, alarmados.

–          Claro que es un cuento. Y si les dices “esto es así”, los estás amenazando. Los asustas. Di “¿quién sabe?”, o “es un misterio”, o “quizá”, y nunca dejarán de escucharte.

Matos se terminó el café, sonriendo orgulloso de su lección, mientras Angstrom lo miraba incapaz de articular una respuesta coherente. ¿Público? ¿Marketing? ¿Espectáculo? ¿A eso había llegado la profesión, en lugar de tratar de descubrir los secretos del mundo? Angstrom descubrió asombrado que, pese a sus casi setenta años, la adrenalina aún le tensaba los músculos y le atenazaba el pecho con impulsos violentos. Sentía un hormigueo en los brazos y los puños, dispuestos a liberar su frustración en el rostro cínico de Matos. En su lugar, se agarró al borde de la mesa hasta que se le pusieron los nudillos blancos.

–          Muy bien- logró gruñir-. Tú tampoco me crees. De acuerdo. Buenas tardes.

Sacó la cartera para pagar, con los dientes apretados, bajo la expresión estupefacta de Matos, que lo miraba con los ojos como platos y la boca abierta, de pez.

–          Espera, espera, ¿tú te lo crees? ¿Después de tantos años, todavía crees en todo esto…?

Sin responder, Angstrom se dio la vuelta, colocó la silla en su lugar de un golpe que hizo estremecerse y tintinear los cubiertos, y echó a andar calle abajo, ignorando los gritos de Matos, que le pedía que volviera entre asombrado y levemente ofendido.

No volvió, ni respondió a ninguna nueva llamada o e-mail de Matos. Ahora sí que estaba totalmente solo. Y en ese momento comenzó su búsqueda, la nueva obra de su vida. Ya había descubierto la verdad, se la había mostrado al mundo, y el mundo no la había creído. Ahora tenía que convencer, que demostrar en lugar de limitarse a mostrar. No se podía confiar en que la humanidad creyera lo que se le ponía delante de las narices: tenía que ser obligada a ello. Y Angstrom pensaba obligarla.

No iba a ser fácil. Los alienígenas no conceden entrevistas, los chamanes caníbales no aparecen voluntariamente en televisión ni se someten al polígrafo, y no se puede invocar a un demonio en un laboratorio del CERN o en un plató de televisión. Pero la idea siguió dando vueltas en el interior de su cerebro, rebotando de sinapsis en sinapsis, y finalmente, se le apareció en un sueño, una pesadilla a la vez terrorífica y gloriosa, al término de la cual se reconocían sus méritos y el trabajo de toda su vida. Cuando despertó, se puso manos a la obra sin dedicarle un segundo pensamiento.

Tardó casi dos años en encontrar lo que buscaba. Un cuadernillo de papel de trapos, ocho páginas arrancadas a un tomo del siglo XVII, en un español arcaico con una letra de escribano casi ininteligible y los bordes desgarrados, parte de una colección recopilada a principios del XX que compró a un librero de viejo de Kingsport, Massachusetts. Le costó otros seis meses, con ayuda de un paleógrafo de la Universidad Complutense y un filólogo de la de Santiago, descifrar el contenido y reconstruirlo en un documento de texto en su ordenador. Pero allí estaba, la solución a sus problemas, la prueba definitiva de la realidad de todo cuanto había dicho durante años, al alcance de su mano.

Era un ritual, un antiguo hechizo que prometía convocar a un ser de más allá de los abismos del espacio, una criatura extradimensional de mente insondable y orígenes desconocidos, y obligarla a servir al hechicero. Podía hacer que se apareciera sobre las principales ciudades del mundo, a presidentes del gobierno, a científicos. Demostraría sin lugar a dudas que todo lo que había contado era cierto.

Sabía que funcionaba, porque reconocía los signos, aunque no pudiera leerlos. Formas que desafiaban la cordura y que en nada se parecían a los ordenados y geométricos sellos de la magia hermética occidental. Había visto símbolos así en aquella piedra negra de Timisoara, en Rumanía, en los petroglifos de Mali y Senegal, y en los cenotes de Yucatán. Los símbolos arcanos de la verdadera tradición oculta que ha recorrido siempre la historia de la humanidad, infectándola como un veneno, abriéndole puertas a dominios que el hombre no está preparado para conocer. Y Angstrom pensaba abrir esa puerta de par en par para toda la humanidad.

¿Quién sabía qué posibilidades se abrirían para la civilización? Se confirmaría la existencia de entidades inteligentes y no humanas. Se abriría la posibilidad de viajar a cualquier rincón del universo en un instante, quizá incluso en el tiempo. Todos los deseos concebibles podrían cumplirse solo con un conocimiento suficiente de la magia, volviendo obsoleta gran parte de la tecnología, y con ella el monopolio de las grandes corporaciones. Quizá podría acabarse incluso con la escasez. Con científicos consagrados al estudio de lo sobrenatural y financiación pública, no había límite a los descubrimientos que podían hacerse. Una nueva era dorada se abriría para la humanidad, y Angstrom sería el responsable de su advenimiento.

Trabajó obsesivamente durante meses. Estudió astronomía y astrología para calcular las conjunciones estelares. Como el texto incluía invocaciones en latín y griego, tomó clases de ambos idiomas para asegurarse una pronunciación correcta. Se gastó todo su dinero, y aun un crédito que justificó con mentiras, en adquirir y reacondicionar el matadero y conseguir las herramientas necesarias. Buscó en mercados legales e ilegales los componentes de los inciensos y perfumes que debía quemar durante el ritual, y de los aceites y líquidos que debían estar presentes. Llegó a abrir personalmente el vientre de una cabra preñada para arrancarle el corazón a su cría, pues era imprescindible para uno de los pasos del rito.

Fue entonces, con el delantal de goma y los guantes empapados de sangre, cuando se dio cuenta de algo que había pasado por alto. Algo que su mente había evitado pensar, eludiendo reflexionar cada vez que aparecía alguna referencia en el texto, diciéndose que ya encontraría una solución en su momento, que ya vería cómo cruzaba ese puente cuando llegara al río. Pero el río había llegado y era un río rojo, espeso y con sabor metálico. Y Angstrom se iba a sumergir en él hasta la cintura.

El ritual requería una víctima humana.

Perdió el sueño y el apetito. Cuando lograba dormir lo asediaban las pesadillas. Pero el día se acercaba, y debía decidirse o la oportunidad pasaría, quizá para no repetirse en siglos. La presión se fue haciendo cada vez más intensa, hasta llegar a ser insoportable. Había perdido peso durante sus años de aislamiento y obsesión, pero ahora se quedó realmente esquelético. El pelo se le caía a puñados y le temblaban las manos, y no solo por la edad. Se pasaba horas reflexionando, sopesando las consecuencias de tomar una vida, y terminaba siempre llorando, o borracho. Y la fecha límite se acercaba, día tras día, hora tras hora. Segundo a segundo.

De un lado, la ética: tomar una vida humana. Matar. Asesinar. Del otro, las posibilidades. Cambiar el mundo. Abrir vías nunca antes imaginadas por la ciencia. Mejorar la vida de miles de millones de seres humanos. Demostrar que él tenía razón y todos los demás se equivocaban. Sin quererlo, se encontró meditando morbosamente en la logística del sacrificio. No podía ser un varón adulto. Él ya no era joven y estaba frágil por el estrés y las privaciones. Las mujeres tampoco son una presa más fácil, se dijo, reprendiéndose por su machismo. Quizá podría drogar a la víctima, para secuestrarla, pero no se atrevía a tenerla drogada durante el rito… ¿Y si eso alteraba el efecto de algún modo? ¿Y si mataba a alguien para nada? Tendría que ser alguien a quien pudiera dominar físicamente, al menos durante el ritual propiamente dicho.

Se decidió solo diez días antes de la fecha límite, cuando ya llevaba un mes de ayuno y ascetismo. Lo hizo en un parque, en el otro extremo de la ciudad respecto a su casa para no levantar sospechas. Los nervios le daban desagradables calambres en el estómago mientras esperaba, emboscado, con una bolsa negra para la cabeza y un pañuelo empapado en cloroformo. Sin duda, en los diez días en que iba a tener al sacrificio ayunando y encerrado tendría tiempo de purgar una pequeña cantidad.

Esperó, sintiendo el sudor frío bajarle por la espalda, hasta que el sacrificio estuvo solo, recorriendo los caminos del parque sin compañía alguna, sin nadie que pudiera oír el forcejeo. El sacrificio. No le gustaba usar términos como “la víctima”, o “esa persona”, o “él”. Mejor el sacrificio. Era más aséptico, y además era verdad: un mal necesario, algo de lo que se iba a desprender sin quererlo, y que le iba a costar mucho. Se podía incluso decir que le iba a doler a él más que a la víctima. Eso es, se dijo, tensándose ante la aproximación del sacrificio. Esto me duele más a mí que a ti.

Fue todo muy rápido, pero sorprendentemente difícil. El sacrificio estuvo a punto de librarse del abrazo nervudo del anciano, aún con el saco encajado hasta los hombros. Solo el cloroformo salvó a Armstrong del fracaso, y potencialmente de la cárcel. Cuando la víctima estuvo flácida en sus manos, la arrastró hasta la furgoneta, donde la inmovilizó cuidadosamente con cuerdas de nailon, esposas y correas de cuero. No podía arriesgarse a que escapara o se liberara durante la próxima semana y media, así que tenía que ser muy cuidadoso. Pero los nervios le traicionaban. Le temblaban las manos violentamente mientras ceñía las correas y tensaba los nudos, y le castañeteaban los dientes. Se sentía casi febril, empapado en sudor frío, y cuando terminó se vio obligado a vomitar, con la bilis subiéndole por la garganta como una inundación. Afortunadamente, tuvo la presencia de ánimo suficiente para hacerlo dentro de la furgoneta y no en el suelo del parque. Lo último que necesitaba eran pruebas de ADN que lo relacionaran con el lugar de un secuestro.

El sacrificio era un chico de unos diez años. Se pasó los siguientes diez días atado en uno de los corrales del matadero, donde Armstrong solo le daba de comer algunas galletas y agua cada anochecer. El rito exigía que el sacrificio ayunara también, y, una vez decidido a llegar hasta el final, Armstrong no pensaba saltarse ni uno solo de los pasos, por pequeño que fuera. Si iba a matar a un ser humano, no pensaba arriesgarse lo más mínimo a que no valiera la pena. La vida de aquel niño, como le susurró una noche tras la puerta metálica del corral después de volver a atarlo, iba a comprar una edad de oro para la humanidad, un futuro de progreso y esperanza. Deberías alegrarte, le dijo. Esto me duele más a mí que a ti.

Y por fin, Saturno, Júpiter, Sirio, Aldebarán y las Híades ocuparon sus posiciones. La oscuridad en el interior del matadero era total, rota solo por las pálidas llamas de vela que Armstrong iba encendiendo una por una en el perímetro del diagrama trazado con tiza en el suelo. Los ganchos y cadenas que colgaban del techo reflejaban la luz por entre la herrumbre, amenazantes. Armstrong se encontraba en medio de una negrura casi absoluta, como la del vacío del espacio, con estrellas lejanas y titilantes. Tampoco se oía una mosca, ni el bullicio de la calle y los coches, ni el chirriar de los insectos. Armstrong se había ocupado de insonorizar perfectamente el edificio con el dinero del crédito.

Desnudo, se había cubierto el cuerpo escuálido y tembloroso con marcas y símbolos, tal y como describía el ritual, de un pigmento azul pastoso, de ligera fosforescencia y olor nauseabundo, que había tenido que elaborar personalmente en el cuarto de baño de su casa. En la mano derecha, un folio de impresora con las invocaciones escritas fonéticamente. En la otra, un cuchillo de hueso y obsidiana que había tenido que encargar a un artesano maya de Guatemala. A sus pies, atado y amordazado, el sacrificio. Era medianoche; Armstrong llevaba meses practicando las técnicas que le permitirían calcular mentalmente el paso del tiempo con precisión para comenzar el rito en el momento exacto, ya que no podía llevar reloj. Se llenó los pulmones de aire y comenzó, con un temblor en la voz.

–          ¡Kyriê metakosmikê, agenitos, athanatos, asarkikos, apneumatos, apsikykos, theos agnôtos, agnômôn, akharikôn, aeleisôn, akhroniôn, iao, iao, iao!

La hoja de obsidiana trazó la forma de una de las marcas sobre su pecho, dejando escurrir la sangre sobre la cara de la víctima, que lloraba inmovilizada. Solo se oía la voz de Armstrong resonando como truenos en las paredes de hormigón del matadero.

–          Numen arcanum et dirus, sive deus, sive dea, de profundiis ego uos evoco, hoc hostibus eximia, veni, veni, veni, venias!

Un nuevo corte y más sangre de Armstrong goteando sobre el rostro sollozante de la víctima. Y entonces se alzó el cuchillo, el cristal volcánico resplandeciente a la luz de las llamas, y el anciano comenzó la parte final del ritual:

–          Veni, veni, veni, venias! Iao, iao, iao! Iä! Iä! Ngha! Nghaii! Ra-shdraga ghak khagha mnargh gerrj in! Iä! Iä! IÄ!

Con el último grito, exhalando todo el aire de los pulmones, bajó el cuchillo, hundiéndolo profundamente en la garganta del sacrificio, justo sobre las clavículas. Un rugido profundo y ronco le llenó los oídos, pero no sabía si era parte del ritual, o la sangre bullendo en sus venas. Se sintió rugir como un animal salvaje, levantando la hoja de obsidiana para hincarla de nuevo en el cuello del niño, salpicándose de sangre, que manchaba también el suelo de hormigón y las marcas de tiza.

–          Iä!Iä!Iä!- cada grito una puñalada- Iä!Iä!Iä!

Pese al calor de la sangre que lo empapaba, un frío mortal le atenazaba los huesos y la piel expuesta. El trueno de sus oídos no disminuía, sino que aumentaba cada vez más. Ahora vibraban las paredes y oscilaban las llamas de las velas, y su caja torácica resonaba como el parche de un tambor. Una presión brutal le asaltó las sienes, como si alguien estuviera aplastándole la cabeza con unas tenazas de hierro.

–          Iä! Iä! Iä!

El aire del interior del matadero vibraba como una colmena enfurecida. Las velas se apagaron todas de pronto, sumiendo la sala en la oscuridad y el frío. El trueno se fue convirtiendo gradualmente en un aullido agudo y salvaje, un chillido que perforaba los tímpanos y roía los nervios. Armstrong se vio sacudido por un temblor incontrolable, a medida que una presencia inundaba el matadero, invisible pero indudablemente dominante, extendiéndose de pared a pared como una marea incontenible. Un olor nauseabundo, a carroña y a cerrado, a muerte, podredumbre y fermentación, llenó el aire.

El anciano cayó de rodillas junto al cadáver del niño. Temblaba y sudaba, echando espuma por la boca como un perro rabioso, y su boca se movía por sí sola, emitiendo gruñidos perversamente articulados, palabras arcanas que él desconocía, pero que pronunciaba de todos modos bajo la mirada invisible de aquella cosa que había invocado.

–          Ghaa, greerhg-shkaa, shaghra megr, nghurk, nghakaah ghnyeee, Iä!

Mientras su carne se disolvía junto con la de la víctima, sintió la mente del ser tocar la suya, no conscientemente, sino por su misma magnitud, que desbordaba sus límites e inundaba su cráneo con la indiferencia de un tsunami. Sintió la abismal antigüedad y la insondable otredad de aquellos pensamientos, la ironía sádica y la malevolencia infinita de un ser para el que él, Armstrong, no era más que una mosca atrapada en la miel, un bicho sin más valor que su entretenimiento. ¿Cómo iba nadie a tener poder sobre una cosa así? ¿Cómo iba hechizo alguno a vincular u obligar a nada a un ser como aquel, que había contemplado el Big Bang con ojos indiferentes? Aquello no era una invocación. Era un anzuelo, y el pescador venía a ver qué había picado.

Cielo Vacío

Dios ha huido y el cielo está vacío.

Vacío no. Ocupado. Como Irak o como Afganistán. Cuando rezamos, quien recibe las oraciones en el cielo ya no es un ángel, ni Dios, sino un demonio que se ríe y se limpia el culo con ellas. Los ángeles están aquí, en la Tierra, haciendo lo que pueden por salvarnos. Como los guerrilleros vietnamitas o colombianos. No lo están haciendo muy bien, pero es que lo tienen todo en contra. Satán está a punto de ganar, y solo nosotros podemos ayudar a los ángeles a salvarnos. Ayudarnos a nosotros mismos.

Cuando yo era pequeña todos los niños de la calle de Miami lo sabían. Nos contábamos las historias en los albergues y en los refugios o, cuando la cosa estaba muy mal, en corro debajo de los puentes o en los parques. No se podía dejar que los adultos lo supieran, porque muchos son peones del diablo, aunque no lo sepan. Solo nosotros podíamos salvar a la humanidad, y eso nos mantenía fuertes y unidos. Una vez me contaron que no éramos los únicos. En Seattle y en Milwaukee también se contaban las historias, se transmitía el nombre secreto de la Dama Azul y la forma de protegerse de Bloody Mary, y de reconocer a los demonios de incógnito. Algún día seríamos lo bastante fuertes para echarlos de la Tierra y, quizá, recuperar el cielo.

Pero eso se acabó. Ya tengo dieciséis años, y todos los demás han olvidado. La mayoría de los chicos ahora van con International Posse o The Murda Grove Boys; las chicas hacen la calle. Ya no recuerdan el nombre secreto ni que no hay que dejar que Bloody Mary te vea la cara. Ya no luchan por los ángeles, sino que se han vendido a las bandas controladas por Satán. Si los niños más pequeños recuerdan, no me dicen nada. Por lo que yo sé, estoy sola.

Bueno, sola del todo no. Tony está conmigo. Tony es mi enlace con los ángeles. Dice que tienen un campamento secreto en los pantanos, protegido por cocodrilos albinos como los que cuentan que hay en las alcantarillas de Nueva York. Él me trae las noticias del frente y a veces me hace encargos, pequeñas cosas que puedo hacer para ayudar a los combatientes, porque ellos no pueden mezclarse libremente con la gente. Los demonios sí. Los he visto disfrazados, hablando con políticos y gente rica y jefes de bandas. Pero los ángeles no se disfrazan a no ser que no quede más remedio. No sé por qué.

Hace poco estaba sentada en un banco del parque Juan Pablo Duarte, con un perrito caliente que había comprado en un puesto callejero con la limosna de la mañana. La mostaza me caía por la barbilla y me manchaba la camiseta, pero me daba igual. Una mancha más no se iba a notar. De pronto, Tony estaba sentado a mi lado, con las piernas cruzadas como uno de esos sabios indios. Los de la india, no los nuestros.

–          ¿Tienes que aparecerte así? ¿No puedes venir caminando como las personas normales?

Él se encogió de hombros, suspirando como si soportarme fuera una gran carga.

–          En algún sitio me tendré que aparecer. Y no soy una persona normal.

–          Desde que te mataron, lo que eres es imbécil.

Tony está muerto, no lo había dicho. Es un fantasma. Los fantasmas de la gente buena, de alguna, ayudan a los ángeles a luchar contra los demonios y recuperar el cielo. Yo había conocido a Tony cuando estaba vivo, solía quedarse en el mismo albergue que mi madre y yo, y se ocupaba de mi cuando ella estaba borracha o colocada. Calculo que cuando le pegaron el tiro debía tener veintipocos años. Yo tenía siete, y estaba delante cuando ocurrió, pero eso es otra historia.

–          ¿Qué tal te va, Rosa?

–          Bien –mentí, encogiéndome de hombros y masticando lo que quedaba del perrito-. Me las arreglo. Hay un señor cerca de Omni que me deja quedarme en su casa un par de veces a la semana.

–          ¿En su casa o…?

Me encogí de hombros, sin contestar. Tony ponía esa cara, con la frente arrugada y la boca torcida, como si fuera mi padre. Supongo que los padres pondrán esa cara,  no sé. Una vieja que paseaba a un niño muy rubio se me quedó mirando como si estuviera loca. Claro, ella no veía a Tony. Para ella era una mendiga colocada hablando sola. Le saqué la lengua y echó a correr como si le hubiera enseñado una pipa.

–          ¿Qué tal va la guerra?

–          Como siempre. Por cada paso que damos, retrocedemos otro. Por suerte la cosa no está tan mal como cuando tú eras pequeña, con la explosión de bandas de los noventa, pero podría irnos mejor.

Me limpié las manos de mostaza en los vaqueros rotos y asentí con la cabeza. Siempre la misma historia. Si los ángeles se las arreglaban para que un barrio mejorase y se controlaran los problemas de drogas y violencia, los demonios se ocupaban de convertir otros dos en agujeros de miseria y crimen. Los ángeles solo me tenían a mí, y puede que a los niños, mientras que Satán tenía en el bolsillo a los ricos, las bandas, los policías y los políticos. ¿Cómo íbamos a ganar?

–          Escucha, me han dado un encargo para ti. ¿Lo harás?

–          No sé, mis carteras de inversión y los cuatro másters que estoy estudiando no me dejan mucho tiempo libre…

–          ¿Me vas a decir ahora que solo haces esto porque no tienes nada mejor de lo que ocuparte? ¿Después de diez años?

–          No sé si te he dicho ya que te has vuelto un imbécil desde que te pegaron el tiro. ¿No sabes lo que es una broma?

Me levanté del banco, tiré el papel del perrito en un cubo de basura y eché a caminar, tratando de hacerme una coleta con el pelo grasiento y enmarañado. Llevaba más de dos semanas sin lavármelo, porque el señor de Omni apenas me deja usar la ducha. Tony me siguió un momento sin decir nada, hasta que llegamos al paso de peatones que hay entre la Avenida 17 Noroeste y la calle 28. Allí, mientras esperábamos a que aflojara el tráfico, volvió a preguntarme.

–          ¿Quieres saber el encargo o no?

–          Dime.

–          Hay un tipo. Se llama Fernando Ramírez, y es un testigo importante en un caso contra los Murda Grove Boys.

–          ¿Qué pasa con él?- empecé a cruzar la calle, para recorrer la calle 28. En realidad no iba a ningún sitio, pero no me gusta estarme quieta mucho tiempo. Los demonios te pueden localizar si no te mueves.

–          Quieren matarlo. Los demonios se han reunido esta mañana y han decidido cargárselo para que no pueda testificar. Queremos que le ayudes.

–          ¿Cómo? No sé si te has dado cuenta, pero soy una vagabunda huérfana de dieciséis años. ¿Qué esperas que haga?

Tony me miró desaprobador de nuevo. Mientras pasábamos delante de los edificios grises de una o dos plantas, con sus techos de metal recalentado por el sol de Florida, la gente se apartaba a nuestro paso como si le fuéramos a pegar algo. La mayoría me miraba como si estuviera loca.

–          Encontrarás una cartera con dinero y la llave de un motel en el tercer sillón de la izquierda según entras del comedor  del McDonald´s de la Séptima Noroeste. Llévatelo allí y mantenlo a salvo hasta el jueves. El viernes por la mañana tiene que declarar.

–          ¿En la Séptima? ¿No había algo más cerca, no sé, Londres?

–          No te quejes. Tampoco es que las carteras de inversión te quiten mucho tiempo.

–          Imbécil.

No me contestó. La verdad es que no era tan lejos, pero no tenía más dinero y no me apetecía ir hasta allá andando. No es lo mismo pasear tranquilamente que ir a un sitio determinado. Lo que tiene una que hacer por liberar el cielo.

–          ¿Cómo encuentro al tipo?

–          Lo van a matar en su casa, esta noche a las doce. Vive en la Tercera Suroeste, la cuarta casa si vienes desde la 37 Suroeste. Una pequeña.

–          Estás decidido a hacerme caminar, ¿eh?

–          Está casi al lado del McDonald´s, no seas quejica. ¿Vas a hacerlo o no?

–          Sí. ¿Cómo me voy a negar?

Así que esa misma tarde me encontré deslizándome en el aparcamiento del McDonald´s, pasando por debajo del enorme cartel de plástico de Central Shopping Plaza, con sus anuncios de Kmart, Winn Dixie  y Walgreens, y el último de abajo, que no es más que unos tubos de neón fundidos porque alguien lo arrancó hace un montón de tiempo y no lo han arreglado. Siempre me ha hecho gracia que el cartel de Blockbuster esté aparte, como si se les hubiese ocurrido luego.

Estuve merodeando un rato por los alrededores del edificio color rojo ladrillo del McDonald´s, sin decidirme a entrar. Un guardia de seguridad del aparcamiento me gritó que me fuera un par de veces, así que cuando lo vi dispuesto a venir a meterse conmigo entré en el comedor. Sobre el mostrador había un cartel amarillo que nos invitaba a probar la nueva limonada de fresa helada. ¿Cómo puede ser de fresa una limonada? Remoloneé otro poco fingiendo que miraba el menú, aunque en realidad estaba buscando el asiento que me había dicho Tony. Allí estaba, justo de donde un tipo gordo de cuarenta y pico se acababa de levantar para meterse en el baño.

Sabía que si alguien me veía coger la cartera iban a creer que era una ladrona. No iba a servir de nada que les dijera que la habían puesto ahí para mí los ángeles, y que un amigo muerto hacía nueve años me había dicho que la cogiera para cumplir una misión en la guerra contra los demonios. Me habrían tomado por loca.

Así que fingí que se me caía el folleto con el menú al lado del asiento, me agaché para recogerlo y rápidamente me metí la cartera en el bolsillo de la chaqueta. Salí del McDonalds sin mirar atrás, como si fuera lo más normal del mundo, y justo cuando llegaba a la puerta, escuché cerrarse de golpe la del cuarto de baño. Si el tipo creía que la cartera era suya y sumaba dos y dos, se podía armar un escándalo. Miré a ambos lados. Ni rastro del guardia de seguridad.

Me metí en el jardín a la izquierda de la puerta y eché a correr medio agachada por entre las palmeras, pasando por debajo de la misma ventana de las cocinas. Si alguien se asomaba me podría ver, pero desde el aparcamiento me ocultaba a la vista el cartel de tela que habían puesto en la valla del jardín, anunciando la dichosa limonada de fresa. Por suerte, nadie se asomó. Salté por el otro lado, me metí en la gasolinera Chevron y crucé la 37 para sentarme a la sombra de un árbol, en el suelo, a un par de metros del Burger King. Ya era bastante difícil que nadie fuera a relacionarme con el robo del McDonald´s. Que no era un robo.

Me quité la chaqueta y la dejé en el suelo junto a mí, sobre la hierba. Da un calor horroroso durante el día, pero por la noche es lo único que tengo para dormir, y a veces refresca bastante. Saqué la cartera del bolsillo donde la había escondido: dentro estaba la llave y un buen fajo de billetes. Al menos la habitación era en el Residence Inn del aeropuerto, que no estaba muy lejos. Conociendo a Tony, me podía haber mandado al puñetero Jacksonville.

Decidí usar la habitación de campamento base mientras pensaba el resto del plan. Además, tenía unas horas. Vale, admito que quería echar una cabezada y lavarme un poco. ¿Quién sabe cuándo volveré a tener una cama de verdad y agua caliente? Gratis, por lo menos. También quería asegurarme. Me rondaba por la cabeza que el tipo gordo podía perfectamente ser el dueño de la cartera. Tony me había dicho que la encontraría allí, sin más, pero a saber si algún ángel había hecho que se le cayera del bolsillo al gordo. Ellos pueden hacer ese tipo de cosas, creo. Total, que igual cuando volviera esa noche con el tal Ramírez estaba la reserva cancelada, y nos paraba la poli en la puerta. Si eso pasaba (y qué mal quedaría Ramírez, presentándose en un motel con una chica de mi edad…) quería al menos tener la habitación un ratito. Una chica puede soñar.

Así que me duché, dormí un rato, cené un taco de otro puesto callejero con lo que había en la cartera (podía haber ido a un sitio mejor, pero no quería gastarlo todo) y me presenté en la Tercera Suroeste a las doce menos cinco. La verdad es que quería haber llegado antes, pero dormí más de la cuenta. ¿Quién puede culparme? Llevaba años sin tener una cama limpia para mí sola.

La casa era bastante pequeña, la verdad, aunque tenía un buen jardín, con setos y palmeras tras los que ocultarme. Estaba pensando en qué decirle a Ramírez para que viniera conmigo sin sonar como una yonqui loca, tratando de decidir si llamar al timbre o entrar por una ventana, cuando la vibración de unos bajos hizo temblar hasta las mismas hojas de las palmeras. Sonaba reggaetón a todo volumen, a lo lejos, y se acercaba. Los Murda Grove Boys. Mierda.

Tiré una piedra por la ventana de atrás y entré arrastrándome. Me desgarré los pantalones y me raspé la piel, pero por suerte no me hice sangre. Estaba en un salón. Cuando conseguí ponerme de pie, había un tipo joven, con el pelo negro y cara de asustado, en pijama. Tenía un bate de béisbol en la mano, y los nudillos blancos. Dio un paso hacia mí, entre amenazante y asustado.

–          ¿Eres Fernando Ramírez?- chillé en español. Eso lo detuvo, pero no lo tranquilizó. El reggaetón empezaba a oírse ya desde el interior de la casa. Bajó un poco el bate, confundido.

–          ¿Quién eres tú?

–          ¡Vienen los Murda Grove! ¡Ven conmigo!

–          ¿¡Pero qué?!

–          ¡Que vengas! – lo agarré de la camiseta y tiré de él hacia la ventana, desesperada. Si los Boys nos encontraban nos iban a matar a los dos, y los demonios habrían ganado otra batalla. Otra más.

Ramírez forcejeó, pero por suerte no se le ocurrió usar el bate contra mí. Todavía no sé qué le convenció, si fui yo, mi cara de desesperación, o el derrapar de los coches de los Murda Grove, que ya estaban quemando rueda en la esquina de la Tercera con la Treinta y Siete. Echamos a correr, salimos por la ventana que yo había roto, y cruzamos el barrio a ciegas, intentando sencillamente poner tierra de por medio entre la casa y nosotros. Mientras corríamos oímos los primeros gritos en espanglish y los primeros tiros al aire. Desde luego, no tenían pensado hacer esto discretamente. Querían que todo el mundo se enterara de qué les pasaba a los que declararan contra los Murda Grove Boys.

Nos detuvimos, jadeando, en el aparcamiento de camiones de la Cuarta noroeste. No era muy lejos ni era seguro, pero Ramírez estaba histérico, y yo estaba muy cansada. Desde donde estábamos oíamos los gritos y los tiros. Me imagino que ya se habrían dado cuenta de que Ramírez no estaba en casa. Con la lengua fuera, volví a tirarle de la camiseta del pijama.

–          Vamos. Van a encontrar la ventana rota y buscarnos, no son idiotas.

–          ¿Se puede saber quién eres? ¿Por qué estás…?

–          No te lo creerías. Tú hazme caso, te llevo a un lugar seguro.

–          ¿Cómo sé que no…?

–          ¿Qué no estoy con ellos? Porque no les he dejado pegarte un tiro en la puerta de tu casa, hombre. ¡Vamos!

Corrimos un poco más, hasta que me acordé de la cartera que aún llevaba en la chaqueta. Paramos tres taxis, pero ninguno quiso llevarnos, al ver las pintas que llevábamos, y sobre todo el bate. Le dije a Ramírez que lo tirara, pero no quiso. Al final, el cuarto taxi aceptó llevarnos si lo metíamos en el maletero. El tipo tenía una separación de cristal entre su asiento y el del pasajero, micrófono, cámaras y de todo, aparte de una estampa de la Virgen de Guadalupe en el salpicadero. Aquello era un tanque.

Le di la dirección del Residence Inn y nos miró con mala cara, pero no dijo nada. Media hora después estaba sentada en el suelo, con Ramírez en la cama mirándome con incredulidad. Habíamos tenido que dejar el bate escondido entre los setos, en el jardín que hay junto a la puerta del hostal.

–          ¿Me estás diciendo que los Murda Grove se han enterado de que voy a testificar? Pero si solo lo sabe la policía… ¡Tengo que llamarlos!

–          ¿Es que no me escuchas?- me enfadé-. Satán los avisó. Las bandas están controladas por los demonios. La poli también.

–          No me vengas con esas. Además, ¿cómo te has enterado tú?

–          ¡Ya te lo he dicho!

–          ¿Ángeles y fantasmas y demonios? ¡Tú eres una loca!

Le clavé los ojos, cabreada, poniéndome de pie. No le llegaba ni a la barbilla, porque era bastante alto para ser hispano, pero estando sentado yo quedaba por encima, y se echó atrás en la cama. Estuve a punto de darle una bofetada.

–          Soy una loca que te ha salvado la vida y te ha traído aquí para que no te maten, así que respétame, ¿está claro?

Se tragó lo que quiera que fuera a responderme y refunfuñó por lo bajo, así que pasé de él y me fui al baño. Mientras estaba sentada, viéndome las ojeras y la cara de cansancio en el espejo, me vino una idea a la mente. Me puse pálida de repente, sentí un nudo formarse en el estómago y un sudor frío bajarme por la espalda. Apreté los dientes para evitar que me temblara la barbilla. ¡Bloody Mary! ¿Cómo podía haberme olvidado de Bloody Mary?

Estuve a punto de decirlo en alto, y me mordí la lengua tan fuerte que estuve a punto de hacerme sangre. No se puede decir su nombre delante de un espejo, porque si lo dices tres veces viene para matarte. Me subí los vaqueros y salí del baño casi histérica.

–          ¡Ramírez! ¡Levanta!

Él se había quedado adormilado en la cama, y me miró confundido, incorporándose sobre un codo. Le tiré una de sus propias zapatillas para obligarlo a levantarse.

–          ¡Tienes que ayudarme!

–          ¿Qué pasa? ¿Más fantasmas?

–          Ayúdame a quitar los espejos de la habitación.

–          ¿Qué dices?

–          ¡Ayúdame!- le grité, subiéndome a la cama y casi pisoteándolo para llegar al pequeño espejo redondo que había sobre la cabecera.

–          ¿A qué viene eso? ¿Qué haces?

Descolgué el espejo y lo puse boca abajo en la mesilla de noche, luego le tiré de la manga para que me ayudara con el del baño. Como con todo lo demás, me ayudó sin hacer más que rezongar un poco; bastaba presionarlo para que obedeciera. No me extrañaba que se hubiera mezclado con bandas.

–          Tenemos que llevar los espejos abajo y tirarlos. Romperlos dentro del contenedor de basura.

–          ¿Pero me quieres decir por qué?

–          No se puede decir su nombre delante del espejo. Es la aliada de los demonios. Llora sangre y recorre la ciudad por la noche buscando niños que matar.

–          ¿Ahora nos va a atacar La Llorona? ¡Venga, hombre!

–          ¡Ni se te ocurra soltar el espejo! ¡Y no la nombres!

Bajamos el espejo del baño por la escalera de incendios, rezando para que nadie nos viera. Lo dejamos en el contenedor, en vertical, y obligué a Ramírez a envolverse la mano con mi chaqueta y darle un par de puñetazos para romperlo sin hacer mucho ruido. Hubiera preferido tirarlo al suelo o golpearlo contra el borde del contenedor, pero no podíamos arriesgarnos a que nos pillara el personal del Residence Inn. Hicimos lo mismo con el espejo pequeño de encima de la cama, y con uno de mano que encontré en la mesilla de noche. Cuando volvíamos arriba, me quedé un rato parada delante del que había en el pasillo.

–          ¿Qué haces?

–          Deberíamos romper este también.

–          ¿Qué dices?

–          Y si hay uno en el ascensor también.

–          Ni se te ocurra. Bastante he aguantado tus locuras ya, pero no pienso…

Le clavé una mirada de las mías y se tuvo que callar. Me picaban las puntas de los dedos de ganas de destrozar todos los espejos del edificio para evitar que ella entrara, pero Ramírez tenía razón. Si lo hacíamos armaríamos un escándalo, vendría la poli, y no habría forma de que él declarara, ni de permanecer escondidos en el hostal. Me dije que estaba siendo paranoica. Bloody Mary te atacaba cuando estabas delante de un espejo, nunca se alejaba mucho de ellos. No iba a cruzar todo el pasillo para matar a Ramírez. Lo único que teníamos que hacer era salir por la escalera de incendios el viernes por la mañana.

–          ¿Me quieres explicar de qué va todo esto?- me dijo él una vez volvimos a la habitación y me hube asegurado otra vez que no había un solo espejo.

–          Es…- bajé la voz, como si pudiera oírme- Bloody Mary. Se mueve a través de los espejos. Si dices su nombre tres veces delante del espejo viene y te mata.

–          ¡Eso es una leyenda urbana, un cuento de miedo! Ni siquiera los niños pequeños se lo creen.

–          Es verdad. Yo he visto los cristales rotos cerca de donde han muerto los que la han llamado. A veces puede venir también aunque no lo hayas hecho, si alguien se lo pide. Como los Murda Grove no te han pillado, Satán podría haberla llamado a ella.

Ramírez se levantó de la cama donde se había vuelto a sentar y se llevó las manos a la cabeza, exasperado. Sacudía la cabeza como si le estuviera contando alguna locura sin sentido.

–          ¿Pero qué tiene que ver Satán con Bloody Mary?

–          Son aliados. Ella fue la que le ayudó a entrar en el cielo para conquistarlo cuando Dios huyó. No pudo soportar ver todo el mal que hay en el mundo.

–          ¿De qué demonios hablas?

–          Tú no conoces las historias- le dije con desprecio-. Eras un niño rico, ¿verdad? Tenías casa propia, no ibas de albergue en albergue. Seguro que hasta fuiste al colegio. Nadie te contó cómo protegerte, ni te dijo el nombre secreto de la Dama Azul.

Él se dejó caer en la única silla de la habitación, con la cabeza entre las manos. Se la apretaba como si sintiera que le iba a estallar en cualquier momento.

–          Todo esto es una locura. No entiendo nada… hace hora y media me iban a matar por testificar y ahora me estás hablando de guerras mitológicas, de la Llorona y de una mujer de azul.

–          Ella es la única que puede salvarte de Bloody Mary – le dije, sentándome a mi vez en la cama-. Si la llamas por su nombre secreto cuando estás en peligro viene para salvarte. Si Bloody Mary ve tu cara puede encontrarte estés donde estés, así que es la única oportunidad que tienes de salir vivo.

Ramírez hundió los hombros, derrotado. Creo que seguía sin creerse nada, pero los nervios estaban pudiendo con él y estaba dispuesto a rendirse y aceptar cualquier cosa con tal de que lo dejara en paz.

–          De acuerdo, ¿cuál es el nombre?

–          No se puede revelar a los adultos.

–          ¡Tú lo sabes!

–          Cuando me lo dijeron era una niña. Bueno, y legalmente todavía lo soy.

–          ¡Vete a la mierda!

–          De nada por salvarte la vida, imbécil.

–          Me acabas de decir que la puñetera Bloody Mary me va a matar de todas formas porque no me quieres decir el nombre secreto de otro maldito personaje de cuento.

–          No he dicho que te vaya a matar- respondí, satisfecha de mí misma-. Hay otras formas de protegerse, y te las puedo enseñar.

–          ¿Ah, sí? ¿Cuáles? A ver con qué me sales ahora.

Le dije lo que tenía que hacer, cómo fabricar las protecciones y cómo situarlas para que Bloody Mary no lo pudiera atacar, ni siquiera si había visto su cara. No las puedo poner aquí porque dicen que si se escriben pierden su poder. No sé si es verdad. Quiero decir, ¿cómo haces la prueba? Igual alguien lo hizo con una sola de las protecciones y por eso dejó de funcionar y ya no se enseña. Da igual. Le enseñé a Ramírez las que sabía.

–          Vamos a estar aquí una semana. Tú no puedes salir, porque si alguien te ve y avisa a los demonios, te matarán igualmente y no habremos avanzado nada. No pienso permitir que los ángeles pierdan la batalla por mi culpa.

–          Ah, ¿ahora hay ángeles también?

–          Cállate y escúchame. Yo saldré a comprar comida y esas cosas, tengo algo de dinero. No preguntes, escucha. Cada vez que yo cierre esa puerta pondrás las protecciones tal y como te he enseñado, sin olvidarte absolutamente nada. Si te olvidas de algo estás muerto. ¿Entendido?

–          Sí, sí.

–          Y aléjate de los espejos. No quiero que salgas ni siquiera al pasillo. Todas las protecciones del mundo no sirven de nada si pasas delante de un espejo y Bloody Mary te está buscando.

–          Vale, vale – me dijo, encogiéndose de hombros-. Lo que tú digas.

–          ¿No me crees?

–          Eh, sí, de verdad.

No me creía. Lo agarré por los hombros y pegué mi cara a la suya, mirándole a los ojos. Torció el gesto. Supongo que no me huele el aliento a rosas.

–          Me da igual que no me creas siempre que me obedezcas. Esto es una guerra, y tú eres un soldado aunque no quieras. Supongo que eso me convierte a mí en sargento. Ahora repíteme todas las instrucciones que te he dado.

Me maldijo durante un rato, pero al final se rindió y obedeció. Le hice repetirlo tres veces más antes de dejarlo ir a dormir, casi a las cuatro de la mañana.

Durante la semana se portó bastante bien. Yo salía a comprar raciones de supervivencia, que calentamos en un hornillo que compré en una tienda de artículos de monte, aunque la cajera me mirara con mala cara. No le dejé llamar a nadie ni salir de la habitación, y por la mayor parte obedeció, aunque un par de veces rezongaba que lo había secuestrado. Cada vez que volvía tenía las protecciones perfectamente colocadas, aunque yo las revisaba solo por si acaso. El martes, al volver, lo pillé en el pasillo, aunque lejos del espejo, y le eché una bronca impresionante, como las de mi madre cuando estaba borracha y yo era pequeña. Luego estuvimos discutiendo toda la noche.

Tuvimos otra discusión el miércoles, porque Tony vino a ver qué tal iba la operación y Ramírez se empeñó en que ahí no había nadie y yo estaba hablando sola. No entendía que obviamente no podía verlo porque es un puñetero fantasma. Solo se me aparece a mí. ¿A santo de qué se le va a aparecer a otro?

En fin, lo peor vino el jueves por la noche, cuando ya solo quedaban unas horas. Yo intentaba no ir dos veces a la misma tienda a comprar la comida, para que no pudieran fijarse en mí e identificarme si la poli o las bandas venían preguntando, así que a veces tardaba bastante en volver al hostal. El jueves pasé por delante de un mural pintado a graffitti en una pared, que representaba a la Dama Azul, con su rostro ovalado y los ojos enormes, piadosos, sonriendo mientras salvaba a un niño, acurrucado entre unos contenedores, de unos pandilleros con cuernos y garras. La Dama llevaba una pistola en cada mano y estaba disparando sobre los pandilleros. La imagen me reconfortó. Si todo salía mal, siempre podíamos contar con ella. Ya solo quedaba pasar la noche.

Entré a través de la escalera de incendios, como siempre, pero en cuanto llegué al pasillo toda mi confianza se fue al infierno de cabeza. Me paré en seco y sentí erizárseme todos los pelos del cuerpo. Empecé a temblar como si tuviera fiebre, de los puros nervios, y dejé caer todas las bolsas. El espejo del pasillo estaba roto, hecho añicos que cubrían la moqueta hasta la pared opuesta. Como si algo lo hubiera atravesado desde dentro.

–          ¡Ramírez! – chillé.

Dejando las bolsas, eché a correr hacia la puerta de la habitación. Estaba forzada, y se abrió de un empujón. Automáticamente busqué las protecciones. No estaban. ¡No estaban! La puerta del baño estaba abierta, así que me precipité hacia allí, pero apenas llegué retrocedí gritando, histérica, resbalando mientras reculaba hacia la puerta del pasillo. Estuve a punto de caer al suelo, me medio incorporé a cuatro patas y salí corriendo pasillo abajo, hacia las escaleras. Me caí, rodé, me levanté sangrando por la nariz, seguí corriendo, crucé el vestíbulo, me tiré contra las puertas de cristal y huí del Residence Inn sin mirar atrás, con la cara convertida en una máscara de sangre, lágrimas y mocos.

Ramírez estaba muerto en el suelo, cosido a cuchilladas. Y por encima de él una figura de espaldas, una mujer alta con una túnica blanca y un velo que le caía por la espalda, manchados de sangre. Bloody Mary. Pero eso no es lo peor. Eso  no es lo peor.

Estoy escribiendo esto escondida. No voy a decir donde por si alguien lo encuentra. No quiero que me encuentren. No sé qué voy a hacer. No sé qué hacer. Trato de llamarla, pero no puedo. No puedo, no puedo, no puedo. No recuerdo el nombre. No recuerdo el nombre secreto de la Dama Azul, la única que puede salvarte de Bloody Mary. No recuerdo el nombre y eso significa que voy a morir.

Porque cuando llegué a la puerta del baño, Bloody Mary se volvió y me vio la cara.

Teniente: Hemos encontrado esto en los bolsillos de Rosa Martínez, 16, la vagabunda que apareció muerta en el cuarto de baño del Taco Bell de la Segunda Avenida Noroeste, escrito a lápiz en hojas arrancadas de un cuaderno escolar. El cuerpo apareció apuñalado y rodeado de cristales rotos del espejo del baño. Creemos que lo rompió ella misma. Hemos comprobado su historia: es verdad que Ramírez iba a declarar, y que desapareció la semana pasada cuando los Murda Grove Boys atacaron su casa. Apareció muerto en el Residence Inn el viernes por la mañana. La habitación estaba a nombre de la Iglesia Evangélica Pentecostal del Reverendo Jones, de Dallas, reservada por dos semanas. La Iglesia niega todo conocimiento. 

Shoka Dhazga

Las dos lunas se alzaban en el cielo nocturno, y los tambores resonaban a la luz de las antorchas. Dos docenas de bailarinas, cubiertas solo de joyas y plumas, danzaban en el estruendo, los pendientes de oro y los cinturones de turquesas reflejando la luz de las llamas. Los cánticos guturales del Shoka Dhazga, la gran fiesta lustral de Ghaneru, ponían contrapunto al golpear de los pies sobre el suelo de tierra batida y el entrechocar de los crótalos. El calor se elevaba de la jungla, sacudido por las mismas vibraciones de los tambores, y Largh Dheka, príncipe de la Ghaneru, hijo de los dioses y señor de la vida y la muerte contemplaba la danza con rostro impávido, como una estatua tallada en granito, las piernas cruzadas sobre el estrado de marfil y caoba, cubierto por una piel de pantera, que era el trono sagrado de su estirpe.

A su derecha, de brazos cruzados, estaba Khera Khesh, el hechicero de la corte, con el sudor brillando en su cráneo rapado y un collar de huesos de niños al cuello. Sonreía, porque esta noche era la noche de su triunfo. La noche en la que su poder sería confirmado, en la que nadie podría oponerse a su influencia sobre Largh Dheka y su posición como mano derecha del príncipe. Porque en la noche del Shoka Dhazga, según la antigua tradición pasada de generación en generación durante más tiempo del que nadie podía recordar, el príncipe tenía una obligación, y solo una. Cualquiera que esta noche acudiese ante él e hiciese una petición, cualquiera que esta fuese, sería satisfecho, siempre que ello no fuera contra las costumbres o la integridad del reino. Cada cinco años, los pobres desfilaban ante el príncipe pidiendo dinero, los que tenían algún agravio, justicia, y los delincuentes, el perdón. Los favores otorgados en el Shoka Dhazga a los cortesanos solían bastar para dar forma a las relaciones de poder en Ghaneru durante los siguientes cinco años.

Y Khera Khesh iba a hacer su movimiento hoy, por fin. Tras un lustro de maquinaciones e intrigas, de asesinatos y bajezas, le iba a bastar tan solo con formular su petición al príncipe: la mano de su hermana, Largh Mokha, en matrimonio. Khesh no tenía el más mínimo interés en la joven, naturalmente. Él era veinte años más viejo, y tenía un harén de trescientas concubinas traídas de todos los rincones del mundo, algunas de las cuales ahora le abanicaban con plumas de avestruz o le traían copas de cerveza helada. Pero Largh Mokha era la hermana gemela del príncipe, y en el reino de la magia, los lazos de sangre son los más fuertes de todos. Cuando Mokha fuese suya, Khera Khesh podría hacer con ella cuanto quisiera, según la antigua ley. Sería su verdadera esposa, no una simple concubina desnuda destinada a su servicio, sino la madre de sus hijos. Sería llevada a su torre de piedra, en el límite de la selva y el pantano, para vivir el resto de sus días en una jaula dorada de la que nadie la vería salir jamás, donde solo la visitarían sus esclavos.

Allí, oculta a ojos de todos, ¿cómo iba a quejarse de cualquier ritual, hechizo o vejación a la que su marido fuera a someterla? ¿Cómo iba a hablar al príncipe de la magia negra que tenía lugar tras aquellos muros? Incluso si lo intentaba, la ley antigua no daba ningún valor al testimonio de una mujer, y la pena por abandonar el harén sin permiso era la muerte. Una vez tuviese a Largh Mokha, no se escaparía, y a través de ella, Khera Khesh podría urdir cuantas brujerías quisiera sobre su hermano. El príncipe sería un esclavo de su voluntad, exactamente igual que Mokha, se inclinaría ante los más nimios deseos del brujo. Él reinaría verdaderamente, aunque otro se sentara en el estrado. Una sonrisa cruel le deformó los rasgos de buitre.

Las danzarinas continuaban evolucionando sobre el escenario, dando volteretas y palmadas, contoneando las caderas a la luz de las llamas, retorciéndose como serpientes en el centro del ruedo, coreando los rítmicos cantos de la fiesta y soltando de vez en cuando un aullido espontáneo, un sonido inarticulado de pura exultación. Los tambores batían cada vez más y más rápido a medida que la danza se acercaba al clímax, y Khera Khesh sonreía, al recordar otros aullidos, gritos menos alegres que había escuchado solo unos meses atrás. Los chillidos de angustia y dolor de los habitantes de la aldea de Muzhaga, arrasada hasta los cimientos por orden suya, las chozas quemadas, los niños degollados, los adultos empalados o crucificados en los árboles de la selva cercana, los ídolos de la aldea pisoteados y rotos a golpes de barra de hierro antes de arder hasta las cenizas.

Había tenido que hacerlo, aunque no usaba el “deber” como justificación. Había tenido que hacerlo y además le había gustado. Era una muestra del poder que ya tenía, y prefiguraba el que pensaba obtener esta noche: el poder de vida y muerte, de decidir con su capricho el destino de cientos o miles, de gobernar sin preocuparse de la moral o las tradiciones, solo de su propio placer. Aunque esta vez no había sido capricho: sus agentes le habían informado de que Largh Mokha, que ahora se sentaba al lado izquierdo de su hermano, evitando mirar hacia Khesh mientras sus esclavos le llevaban dátiles a la boca, tenía un amante en Muzhaga, un joven guerrero que, se decía, había sido designado como el próximo Portador de la Lanza de su tribu y por ende, un dignatario que no solo se llevaría a Mokha, sino que además podría amenazar el poder de Khera Khesh. No podía permitirlo, ni tampoco hacerlo asesinar, porque habría sido demasiado obvio, así que acusó a la aldea de practicar la magia negra y adorar a ídolos prohibidos. Solo su palabra bastaba, pero hizo a un esclavo colocar en el santuario de la aldea uno de los ídolos a los que el propio Khesh adoraba para dar verosimilitud a la escena. El esclavo fue asesinado junto con todos los demás, por supuesto, para que no hablase.

El trueno de los tambores arreció una última vez, y por fin cesó. Los heraldos, con pieles de gacela y bastones rematados por cuernos y plumas de vivos colores, ocuparon el ruedo para representar la antigua pantomima, el ritual por el que convocan a los súbditos del príncipe al Shoka Dhazga, a arrodillarse ante su soberano y solicitar humildemente las gracias que el ojo vigilante de las dos lunas, en esta conjunción que solo se produce una vez cada lustro, le obliga a otorgarles. Y entre el sonido de los cuernos de carnero y los crótalos, salieron de la selva, uno tras otro, para comunicar su petición a los heraldos enmascarados, en tenues susurros que nadie más tiene permitido oír. Solo si el heraldo asiente con la cabeza, confirmando que la petición es legítima, se permite al peticionario arrodillarse ante el soberano. Alrededor del escenario de tierra batida, las puntas de hierro de las lanzas brillaban a la luz de las llamas, en manos de los soldados que Ghora Fakha, Primer Portador de la Lanza, primo del príncipe y enemigo jurado de Khera Khesh, había apostado para mantener el orden.

Los peticionarios pasaban uno tras otro, con hipnótica regularidad, a medida que las lunas se desplazaban en el cielo. Uno quería cinco medidas de semillas de sorgo para sus campos, pues los cuervos se habían comido las suyas. Otro una dote para su hija núbil. Un tercero permiso para vender sus sedas en el gran mercado que se reúne cada luna frente al palacio. Uno tras otro, con sus estúpidos caprichos y sus peticiones anodinas. Khera Khesh se juró que, cuando controlara al príncipe, pondría fin a esta estúpida costumbre, o la restringiría a la nobleza. O mejor, se dijo, se la prohibiría a la nobleza. No hay peligro político en cinco medidas de sorgo, pero sí en la mano de una princesa.

Mientras se regodeaba pensando en el poder que iba a adquirir esa misma noche, algo llamó su atención. Junto al heraldo enmascarado, que escuchaba atentamente,  había una figura muy distinta de los campesinos barrigones y calvos que habían pasado ante el príncipe durante la última hora. Una figura alta, fornida, ataviada con la piel de pantera de los dignatarios, aunque era una piel sucia, desgarrada y ensangrentada. Llevaba una cimitarra a la cintura, y, sujeta a la cadera, lo que parecía el asta rota de una lanza, cuyo penacho heráldico, que colgaba del extremo inferior, era imposible distinguir correctamente a la luz de las antorchas. El heraldo miró hacia el príncipe mientras el hombre hablaba, luego de nuevo al peticionario y finalmente a Khera Khesh. Éste se tensó al percibir la mirada, y, pudo notarlo, también el resto de los dignatarios que rodeaban al príncipe. Se habían dado cuenta. Ghora Fakha emitió un resoplido semejante a una carcajada despectiva. Todos sabían que la próxima petición tendría algo que ver con él.

El suplicante se acercó al centro del ruedo, acompañado por los dos heraldos, que luego se retiraron con una reverencia. Clavó los ojos en Khesh, luego en el príncipe, y finalmente, largamente, en Largh Mokha, la princesa. Ésta emitió un gemido corto, ahogado por el abanico de plumas con el que se cubrió el rostro. El suplicante se arrodilló ceremoniosamente, hasta tocar la frente con el suelo como marca la tradición. Solo entonces habló, y su voz resonó en la selva como el rugido de un león.

–          Soy Muzhaga Razha, que fue Portador de la Lanza de la Tribu. Aunque mi pueblo ha sido maldito y proscrito, el heraldo me ha dado permiso para presentar mi petición, y el príncipe está obligado a oírme.

Una conmoción recorrió la plataforma de los dignatarios al oír el apellido. Muzhaga, la tribu maldita, la tribu que el propio Khera Khesh había condenado falsamente por practicar la magia negra. La tribu del amante de Largh Mokha, cuyo nombre, que había huido de la mente del brujo hasta ese mismo instante, resonaba ahora alto y claro en el ruedo. Muzhaga Razha.

–          Te escucho- respondió Largh Dheka, imperturbable pese a encontrarse ante un supuesto traidor y adorador de demonios.

–          Mi pueblo fue acusado de brujería por Khera Khesh y pasado a cuchillo. Los gritos de los niños me despiertan aún cada noche, oh, príncipe. Solo yo escapé por el río. Khera Khesh nos acusó en falso, como tú bien sabes, pues nos conocemos desde hace mucho. Por qué se lo has permitido no es asunto de mi incumbencia, pues el príncipe es sagrado e inviolable, y su palabra es la ley. Pero la ley también me da derecho a hacerte esta petición.

Así que el príncipe sabía que era todo mentira. De nuevo, Khesh sonrió, porque eso solo podía significar que su influencia sobre el monarca era mayor de lo que él mismo creía. Ni siquiera habría sido necesaria la elaborada mentira de la brujería.

–          Di cuál es, Muzhaga Razha, y si verdaderamente es legítima, como afirma el heraldo, te será concedida.

–          Mi petición no es más que esta: que me permitas invocar el derecho de todo hombre libre a retar a otro a duelo. Que me permitas retar a Khera Khesh y, si los dioses están conmigo, vengar a mi pueblo con su sangre.

Un escalofrío recorrió la espalda del brujo, que se estremeció violentamente en su puesto junto al príncipe. Descubrió que le sudaban las palmas de las manos y las sienes, un sudor frío y desagradable, y que le temblaban las rodillas. ¿Un duelo, él? ¿Él, que no había luchado con nadie que no estuviese firmemente atado o mortalmente herido en más de treinta años? La voz le salió como un chillido agudo, débil:

–          ¿Un duelo? Mi señor, yo…

Ghora Fakha estalló en carcajadas, cruzado de brazos junto a su primo y la princesa, que ahora lloraba en silencio en su abanico. Los brazaletes de oro que ceñían sus gruesos bíceps relucían, y el collar de cuentas de hueso de guerreros que había muerto en combate traqueteaba sobre su ancho pecho desnudo. Clavó una mirada penetrante y burlona en el brujo, sonriendo de oreja a oreja.

–          ¿Tienes miedo, brujo? ¿No te atreves a enfrentarte a un hombre como lo hacen los hombres?

–          Mi señor- chilló Khesh, ignorándolo, dirigiéndose a la figura hierática del príncipe-, no soy un guerrero. Si le permites hacerlo, me estarás condenando a muerte. ¿No te he servido bien? ¿No he sido tu mejor esclavo?

–          La petición es legítima- respondió el príncipe, sin atisbo de emoción.

–          Mi señor, no lo permitas- desesperado, Khera Khesh apoyó la mano en el hombro sagrado de su soberano-. Sería un asesinato. Mi señor…

El príncipe clavó la mirada, una mirada oscura y dura como el acero, en la mano transgresora del brujo. No dijo nada. No le miró al rostro. Simplemente clavó los ojos en la mano nudosa y llena de venas de Khera Khesh, que la retiró bruscamente, como si le hubieran aplicado un hierro al rojo.

–          Mi señor, no tengo espada.

–          Puedes usar la mía, brujo- Fakha estaba disfrutando con la escena, como un niño en una fiesta de marionetas; le tendió su cimitarra a Khesh con el puño por delante, y éste retrocedió acobardado, sin atreverse a tocarla.

–          ¿Me concederás mi petición, oh, príncipe?

–          Sea.

Eso fue todo. Largh Dheka no dijo nada más, ni movió un músculo del rostro tras condenar a muerte a su más fiel vasallo, al hombre que lo había criado y educado, que había guiado sus pasos durante veinte años, que había sido su mentor y su mejor aliado. Khesh balbuceó, trató de apelar a él, pero fue imposible. Los soldados de Fakha lo agarraron por los hombros y lo empujaron al ruedo, poniéndole la cimitarra en la mano a la fuerza, obligándolo a cerrar los dedos sobre el puño forrado de piel de cocodrilo. Ante él, Muzhaga Razha se alzaba como una estatua de hierro, con la piel de pantera en torno a las caderas y los ojos encendidos de un loco, el sudor brillando bajo las llamas en sus brazos y espalda. Khesh temblaba como una hoja en pleno monzón.

–          Khera Khesh, te reto a duelo, como es el derecho de los hombres libres, para que respondas por tus crímenes. Si tus negros dioses tienen un mínimo de piedad, que acojan ellos tu alma, porque los antepasados no mancharán sus salones con tu espíritu.

Escupió en el suelo, levantó una nube de polvo con el pie como dictaba la tradición, y avanzó tres pasos, alzando la cimitarra. Todo ello eran frases y gestos rituales, mera pantomima como la representación de los heraldos, que ahora recorrían el borde del ruedo para servir de árbitros. El duelo aún no había comenzado realmente, y no lo haría hasta que Khera Khesh respondiera de algún modo. Pero la lengua se había convertido en un peso muerto en su boca, y su mente, de ordinario tan ágil, se había quedado en blanco. Iba a morir. Iba a morir y su príncipe, al que creía tener dominado, a quien creía su esclavo, lo había entregado a la muerte sin apenas pensarlo, sin mostrar la más mínima emoción. ¿Qué se escondía tras aquellos ojos negros? ¿Era de verdad un mero pelele, una marioneta en sus manos, o había más sabiduría de la que pensaba tras el rostro hierático del príncipe?

Razha se acercaba, espada en mano, esperando su respuesta, rodeándolo como un león dispuesto a abatir a la gacela. Esperaba y esperaba, pero Khesh no respondía. No podía responder. Entonces un movimiento le llamó la atención por el rabillo del ojo: el heraldo le había dado permiso para comenzar, alzando su bastón coronado de plumas y cuernos. La falta de respuesta de Khesh no era una tabla de salvación: su tiempo se había agotado, y el duelo comenzaba de todos modos.

Retrocedió, aterrado, pero los soldados lo empujaron de nuevo al ruedo en cuanto su espalda rozó los escudos de piel de búfalo. Trató de huir, pero Razha era veinte años más joven, mucho más fuerte y ágil, y un verdadero guerrero. Los mandobles del Portador de la Lanza pasaban rozando la cabeza calva del brujo, que los esquivaba apenas por pura suerte, si es que Razha no estaba jugando con él, si es que no se divertía a su costa antes de matarlo como el gato con el ratón. El brujo fintaba y retrocedía, trataba de escapar por cualquier medio, pero era inútil. Recorrían el escenario de un lado a otro, y aunque Khesh jadeaba y sudaba, Muzhaga Razha parecía tan fresco como si acabara de levantarse.

Solo entonces se dio cuenta Khera Khesh de lo que ocurría. Solo entonces percibió la estrategia del guerrero, porque había una. Lo que él creía que era el patrón errático de su propia huida no era más que un camino cuidadosamente diseñado, un sendero por el que Razha lo había ido guiando con acero, a golpes de cimitarra y fintas que, asustándolo, lo hacían girar cuando él lo deseaba, dar un paso atrás aquí o moverse a la izquierda allí. Ahora se encontraban a los pies mismos del estrado, directamente debajo de Largh Dheka. Cuando miró a los ojos a Razha, Khesh percibió la verdad. No llegó a alzar la espada. La cimitarra de Razha le hendió la cabeza como un melón maduro, pero no se detuvo ahí. Para cuando las lanzas de los soldados atravesaron el cuerpo de Muzhaga Razha tres docenas de veces, su cimitarra ya estaba profundamente hundida en el corazón de Largh Dheka, príncipe de Ghaneru, que había permitido la masacre de su pueblo.

La Cena

El trozo de carne estaba hablando. Él asentía, con expresión seria y concentrada, clavándole los ojos en las pupilas como si quisiera mirar dentro de su alma, como si todo el universo se hubiera detenido y solo importase lo que ella estaba diciendo. Pero la verdad es que el vampiro sería incapaz de repetir la última frase de la chica, o decir sobre qué tema estaba parloteando esta vez. Después de ciento cincuenta años, la conversación de los mortales se le hacía estéril y vacía, repetitiva, como un gramófono en el que suena, una y otra vez, la misma melodía. ¿Qué le importaban a él los padres del trozo de carne, o lo envidiosas que eran las otras niñas?

Porque era una niña. ¿Qué edad tendría? ¿Dieciséis, veinte? Le costaba distinguirlo. En sus tiempos, ya eran mujeres con dieciséis; hoy las de veinticinco seguían siendo niñas, pero se vestían como adultas (adultas desvergonzadas) desde los doce. Un mundo de locos. El vampiro se sentía viejo, cansado, y por encima de todo aburrido. Y el trozo de carne seguía parloteando, a pesar de que él apenas respondía con monosílabos, o con frases hechas que apenas tenía que pensar. Su boca las entonaba por sí sola, acostumbrada a lidiar con las presas, de manera casi refleja. Tenía un buen repertorio que le permitía fingir que participaba en la conversación sin molestarse en prestar atención, y sin intervenir demasiado. La chica probablemente pensaba que él era misterioso, oscuro y taciturno, que guardaba unos pensamientos profundos y meditabundos tras sus ojos que apenas parpadeaban y su rostro pálido y austero. En realidad, tenía hambre.

Aún era solo hambre, no Hambre. Aún podía asentir de vez en cuando y fingir que le interesaba la conversación mientras examinaba, desde la atalaya que le proporcionaba el ventanal del restaurante, las obras del palacete del siglo XVIII que había justo enfrente. Había escogido el lugar de la cita expresamente por las vistas. Quería asegurarse de que no hicieran algún destrozo en la fachada, bajo la que él mismo había paseado, charlado y hablado de amor ciento cincuenta años antes. Por ahora, bajo el brillo anaranjado de las farolas y el cielo nocturno, parecía que estaban respetando la decoración original, pero el vampiro no se fiaba de los mortales. Ya había visto desaparecer (o mejor dicho, se había encontrado, al despertar, reducidos a un montón de escombros) demasiados recuerdos de su vida humana, como para permanecer impasible mientras aquél también era destrozado.

La presa le estaba tocando el brazo. Se obligó a sonreír levemente, preguntándose cómo es que ella nunca retrocedía al notar la frialdad de su piel. No la frialdad romántica, de noche de invierno en París, que describían los autores de novelas de vampiros, sino la verdadera gelidez de cadáver que emanaba, un tacto como de pescado congelado, ligeramente pastoso y húmedo. Nunca les asqueaba, y él, tras ciento cincuenta años, aún no sabía por qué. Quizás ejercía un efecto hipnótico sobre ellas. Quizás ellas mismas se sugestionaban, y sus mentes les escondían aquello que no podían reconciliar con los ojos: que el joven moreno, atractivo aunque algo soso, que tenían delante tenía el tacto de un muerto, y que su expresión no era de concentrada intensidad, sino de absoluto desinterés, y que sus comentarios no eran certeros flechazos en sus almas, sino simples frases hechas.

Ella le había preguntado algo. Sus labios respondieron sin ayuda, pero hubo un momento de vacilación. Su nombre, su nombre. Aquella frase hecha en concreto requería el nombre del trozo de carne, y él era incapaz de recordarlo. Tampoco era una novedad: nunca se acordaba de los nombres. ¿Para qué? En él mejor de los casos, ella viviría aún unas décadas, mientras que él tenía toda la eternidad por delante. En realidad, era probable que la presa no llegara a los treinta: tarde o temprano él se terminaría de aburrir, o el aburrimiento dejaría paso a la exasperación, y todo habría terminado. Ninguna de ellas, en ciento cincuenta años, había sido lo bastante interesante como para que él recordara su nombre estando vivas, mucho menos después de muertas. Pasado un tiempo todas se confundían en un borrón, una “presa” impersonal e intemporal que iba siendo interpretada sucesivamente por distintas actrices. Y en realidad, ¿qué más daba? ¿Acaso recordaba la cosecha de cada botella de vino que había tomado estando vivo, o preguntaba por el nombre de cada ternera cuyos filetes le habían puesto delante? Aunque, al menos, a las terneras no hacía falta sacarlas a cenar, o hacer que se sintieran importantes.

Solucionó lo del nombre con un quiebro rápido, casi inconsciente. Cariño, quizá, o amor mío. Alguna tontería por el estilo. Tampoco se daban cuenta nunca de que jamás pronunciaba un nombre propio, o de que en las cenas pedía ensaladas que apenas tocaba. Su mente volvió, ociosa, a la fachada del palacete. Un nombre que valía la pena descubrir, y recordar, era el del responsable de la restauración. Por su bien y el de sus hijos y familia, más valía que hiciese un buen trabajo. Los arcos de la entrada, cuando el vampiro era joven, estaban delicadamente tallados con escenas de la vida cotidiana en la ciudad, pero las tallas se habían ido erosionando con los siglos hasta casi desaparecer. Si eran sustituidas por alguna aberración moderna, alguien lo pagaría muy caro. Y las ventanas. Las ventanas de guillotina tradicionales, con sus paneles rectangulares del tamaño de un puño. En otros edificios las habían sustituido por cristales que ocupaban todo el marco de la ventana, con feas pegatinas amarillas del servicio de seguridad. Decidió que si lo hacían aquí también, las rompería todas arrojando a su través a los hijos del restaurador. Suponiendo que tuviese. Si no, ya pensaría en algo.

La presa ahora quería salir a pasear. Él asintió con la cabeza sin hacerle mucho caso y se levantó para pagar la cuenta mientras ella iba al cuarto de baño a retocarse. Por un segundo contempló la posibilidad de entrar detrás de ella, empujarla a uno de los cubículos y dejarla seca para terminar de una vez, pero ya los habían visto juntos. No valía la pena buscarse problemas sin motivo alguno, de modo que esperó casi quince minutos, apoyado en la jamba del restaurante, contemplando el palacete, hasta que ella lo distrajo introduciendo una mano bajo su brazo desde atrás, por sorpresa. Qué irritante. Se resignó a caminar a lo largo de la avenida con el trozo de carne colgado del brazo, abandonando la contemplación de su querido palacete para sumirse en aquella pesadilla moderna de asfalto y edificios de hormigón, acero y cristal, y coches ruidosos y farolas anaranjadas. Echaba de menos las estrellas. Ya nunca se veían en la ciudad.

¿Por qué hacía esto? ¿Por qué no limitarse a acechar en los callejones y arrastrar hacia las sombras a alguna víctima desprevenida, para luego tirar el cuerpo en un vertedero? ¿Por qué soportar la charla interminable, las carantoñas repulsivas y los paseos que le distraían de sus verdaderos intereses? La vida sería mucho más sencilla, mucho más placentera. Un simple tirón, un mordisco, y luego todos sus problemas se reducirían a disponer del cadáver. Tendría toda la noche, todas las noches, para él solo. Ni siquiera tendría que hablar con nadie si no quería, ni tratar de recordar nombres, ni pagar cenas con el dinero que robaba a los cadáveres de sus presas.

Pero ese era el camino de la locura, y él lo sabía muy bien. Había visto a otros hacerlo. Primero te niegas a descender al nivel de las presas, te niegas a fingir que te interesa su conversación banal y estúpida, y te limitas a engañar a algún pobre diablo, lo atraes a tu guarida y lo devoras. Luego te resulta tedioso molestarte en hablar con ellos, siquiera para engañarlos, así que empiezas a secuestrarlos. Una noche te das cuenta de que hace semanas que no hablas con nadie. Cuando te apetece, sales a la calle, matas a una persona y te bebes su sangre en el mismo sitio. Sacias el hambre y continúas con tus asuntos, sí. Pero el hambre, sin autocontrol, crece. Si puedes tener alimento cada vez que te apetezca, ¿por qué vas a esperar? Así que la presa de cada dos semanas se convierte en la semanal. Luego cada tres días.

Al final, la caza te ocupa cada vez más tiempo, y los humanos empiezan a notarlo. Dado que el Hambre ruge en tu interior a todas horas, no tienes tiempo para nada más. No hay lectura de los clásicos, ni arte, ni reflexiones filosóficas, ni música. Solo merodeas por las calles como un vagabundo, como un drogadicto buscando la próxima dosis, con los ojos enloquecidos, acechando como un lobo hambriento. Cualquier persona solitaria es tu presa, cualquier callejón oscuro tu terreno de caza. Matas, bebes, pero no te sacias. Vuelves a salir. No hay tiempo para nada más.

No hablas con nadie. No haces nada excepto cazar y matar. ¿En qué te diferencia eso de un animal? ¿Te crees mejor que los humanos, pero no eres capaz siquiera de pensar en otra cosa que no sea ceder a tus instintos más primarios? Te han elegido, te han dado un don, y tú lo has tirado por la borda porque los humanos te aburren y te agobian. Podías haber sido un ángel, un dios, y te has convertido en un monstruo, en un perro rabioso. Al final, las más de las veces, no son los humanos los que te matan, sino los tuyos. Un cazador cazado, una estaca por la espalda y una cabeza cortada, y los periódicos pueden dejar de hablar del asesino en serie, del desangrador. Así es mejor para todos. Mejor para los demás, porque no los pones en peligro. Y mejor para ti mismo, porque te liberan de la miseria de una existencia vacía que tú mismo te has buscado.

No. El único modo de mantener la mente despierta, de conservar la propia identidad, es este. Esta indignidad, porque no tiene otro nombre: soportar que una niña a la que septuplicas la edad te agarre del brazo y te llame amor, fingir que te interesan sus cotilleos de instituto, seducirla fingiendo que la desidia, la apatía y el aburrimiento son misterio, profundidad y elegancia. Y finalmente, tarde o temprano, cuando el tedio llegue a su máximo, la gota colmará el vaso y serán los colmillos, la sangre, y habrá que buscar otra, otra mascota, otra actriz que represente el papel durante algunas noches, para al menos tener algo que hacer aparte de quedarte en casa, leyendo o escuchando música. Pero eso puede ocurrir esta misma noche, o dentro de diez años, ¿quién sabe? Y el trozo de carne sigue hablando.

–          No entiendo por qué tienen que restaurar todos esos edificios viejos. Si se están cayendo, que los tiren. Que construyan algo nuevo, algo útil, no un caserón cerrado.

Esta noche. Será esta noche.