Hucancha (18 y final)

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Ascender el angosto barranco que llevaba al altar fue una tarea ardua, casi un sacrificio. Corrían cuesta arriba, arrojando piedras y pegotes de tierra húmeda hacia el fondo, tropezando con raíces y oyendo cómo los insectos chirriaban a su paso. Jadeaban como perros de caza, respirando de forma superficial, cubiertos de sudor y humedad en el frío de aquellas montañas de Anaga en las que los mismos árboles y las hojas goteaban como si lloraran. Las mochilas les pesaban y les parecía que se les iban a partir las piernas y las rodillas por el esfuerzo, pero no podían parar, no podían parar. Naira, que era más ligera, encabezaba la marcha, y en más de una ocasión tuvo que detenerse para esperar a Antonio, que la seguía a trompicones, se retrasaba, y a menudo tropezaba. Seguía como aturdido, mascullando a veces para sí, y ocasionalmente se distraía con la forma grotesca de un hongo pálido y putrefacto o con el chirrido extrañamente articulado de un insecto.

Sonaban voces y ladridos a sus espaldas, cada vez más cerca. Los habitantes de Timabisen los perseguían barranco arriba, decididos a impedir que tocaran el altar de su dios, prisionero, o lo que fuera. Habían conseguido llegar al barranco principal con ventaja y comenzar la ascensión hacia el altar, pero esa ventaja se reducía cada vez más en el empinado barranco donde había comenzado todo. Y arriba, en el cielo, más allá de las ramas y las hojas chorreantes, la oscuridad iba cubriéndolo todo poco a poco, hasta el punto de que resultaba casi imposible ver el camino bajo los pies, y a Naira se le erizó la piel de los brazos al percibir un susurro bestial en el roce de los helechos y los laureles y el sonido de un hocico monstruoso en el viento que los agitaba. La misma piedra a su alrededor parecía vibrar de anticipación, como un depredador dispuesto a saltar sobre su presa.

Oyó ruido a su espalda, un grito ahogado, una voz más potente, triunfal, un ladrido. Se volvió para ver a dos de sus perseguidores abalanzándose sobre Antonio, que parecía haberse detenido, quién sabe si exhausto o para examinar uno de aquellos hongos infernales. Ninguno de los atacantes era ya joven, pero ambos eran sin duda más fuertes que cualquiera de ellos, y había una expresión salvaje en sus ojos, de locura fanática. Maldiciendo, Naira bajó de nuevo la cuesta, abalanzándose sobre el grupo. Antonio estaba en el suelo, apoyado en manos y rodillas, mientras uno de los perseguidores, casi encima de él, trataba de levantarlo por las correas de la mochila. El otro, acompañado de un presa canario, se dirigió directamente hacia Naira. Tenía una escopeta de caza en las manos, y la levantó para darle un culatazo.

No le dio tiempo. Pese a la incomodidad de la mochila, logró deslizarse bajo su guardia y conectar dos puñetazos, uno en el plexo y otro en la garganta. El hombre gorgoteó y trastabilló hacia atrás, a punto de caer, pero se mantuvo firme; Naira no tuvo tanta suerte. El presa se abalanzó sobre ella y la derribó; por un segundo todo lo que alcanzó a ver fueron dientes, babas y pelo atigrado entre negro y gris verdoso. Sintió las uñas del perro rasgarle los brazos desnudos y la sangre correr por ellos; pudo agarrarle la cabeza, jugándose un dedo para evitar que se le cerraran sobre el cuello aquellas mandíbulas enormes, pero el animal debía pesar más de cincuenta kilos y a ella la mochila no le daba libertad de movimientos. Pero no podía perderla. No podía perderla.

Pateó, se revolvió, tiró, empujó y golpeó, sabiendo que si las mandíbulas del presa se cerraban sobre su brazo o su cuello estaba perdida, porque no la soltaría hasta matarla o hasta que el dueño lo ordenara. No podía ver a éste, porque el perro ocupaba todo su campo de visión, pero oía gritos y gruñidos de dolor que solo podían proceder de Toni. Las babas del perro le cubrían la cara y el cuello, y el aliento fétido del animal le llenaba las fosas nasales. Tenía la boca abierta directamente frente a su rostro, bajando lentamente, sin que ella pudiera hacer más que retrasarlo, doblándole los brazos paulatinamente. Ya no oía nada más que el gruñir ronco del presa. Los músculos de los brazos le ardían como si estuvieran en llamas, y la mezcla de sangre y sudor le picaba y le empapaba la ropa. Atrapada entre el animal y la mochila, apenas podía moverse, estaba agotada y no le quedaba mucho por hacer más que rendirse. Centímetro a centímetro, los belfos babeantes se iban acercando cada vez más a su garganta y su resistencia se iba debilitando.

Pero no podía acabar así. No podía rendirse. Qué triste, después de semanas acosada por un demonio prehispánico sobrenatural, que la fuera a matar un vulgar perro de presa en el monte. Y si lo hacía, ¿qué? Aquella cosa quedaría libre, seguiría matando animales y personas, y nadie podría hacer nada. Aquella gente sabía cómo mantener al monstruo apaciguado, pero no sabían contenerlo. No lo harían, porque ni siquiera entendían lo que estaba pasando, solo sabían que alguien quería manipular el altar que habían atendido durante generaciones. Si ellos fracasaban, si Antonio y Naira morían allí, toda la isla quedaría a merced de aquella cosa.

Con un último esfuerzo, jugándosela, soltó la mano derecha del cuello del animal y, cerrando el puño, lo estrelló contra su ojo una vez, dos, tres, mientras pataleaba y trataba de golpearle el vientre. El perro aulló de dolor, rodó hacia un lado, gañendo, y rodó por la tierra húmeda del barranco. Naira se levantó sin perder tiempo, tambaleándose, cubierta de sangre y tierra, y se abalanzó inmediatamente sobre el de la escopeta, que apenas tuvo tiempo de darse la vuelta al oír aullar a su perro.

Sostenida solo por la adrenalina, Naira cerró los brazos en torno al cuello del hombre desde atrás, en la clásica postura del mataleón. El hombre, sorprendido, emitió un sonido ahogado, pero Naira no era lo bastante fuerte como para asfixiarlo sin más. La escopeta cayó al suelo. Cerró sus manos de acero sobre las de ella, que sintió como si se le fueran a romper las muñecas, y dobló la espalda para quitársela de encima. Naira aguantó, flexionando las rodillas para bajar su centro de gravedad, y barrió la pierna del hombre con la suya, haciéndolo caer de rodillas. Ahora sí: Naira echó todo su peso sobre el agarre, presionando la tráquea del hombre como si fuera una tabla de salvación. Las sacudidas se fueron haciendo más lentas, la presión en las muñecas de Naira disminuyó, los gruñidos cesaron, y finalmente el hombre se derrumbó boca abajo, inconsciente. El perro, que ya se había recuperado, ignoró a Naira para venir a olfatear y tratar de despertar a su amo, gimiendo lastimeramente.

Quedaba uno. Antonio no había sido capaz de defenderse; estaba boca arriba en el suelo, cubriéndose el rostro con las manos y el torso con codos y rodillas, mientras el segundo atacante le daba patadas. El hombre solo levantó la vista cuando oyó el martillo de la escopeta de caza.

– ¿Qué haces, niña? Suelta eso.

Naira le apuntaba entre los ojos. No había usado una de esas en su vida, pero eso él no tenía por qué saberlo.

– Déjalo.

– No sabes lo que estás haciendo. No sabes dónde te metes. ¿Crees que lo importante es el altar? El altar no es nada. Es la roca, el barranco… es un lugar sagrado, más antiguo que nosotros, que los guanches, que la Atlántida y que la humanidad. Está aquí y en el madai, donde no puedes tocarlo, pero él puede tocarte a ti. Solo acercarse es peligroso. Si no te mata, te cambia… a ti ya te ha tocado. Puedo verlo, estás marcada. Pero nosotros podemos ayudarte. Suelta la escopeta, vuelve conmigo, vamos a hablarlo. Nosotros sabemos cómo contenerlo…

– Yo sé lo que hay que hacer. Deja a mi amigo, coge al tuyo y lárgate.

– Te vas a hacer daño con eso – el hombre dio un paso a un lado, apartándose de Toni, que se arrastró como pudo, tosiendo, para alejarse de su atacante -. Si subes hasta el altar morirás, o algo peor. No se debe jugar con el Hucancha. Déjalo. Vete.

Naira avanzó un paso más, sin dejar de apuntarle con la escopeta. El cañón temblaba al mismo ritmo que sus brazos de músculos doloridos. Puso lentamente el dedo sobre el gatillo, de manera que el hombre lo viera. Sintió un fortísimo impulso de disparar, una rabia sorda en el pecho que le quemaba subiendo por la garganta. Les habían perseguido con perros, amenazado, pegado… se merecía un tiro entre ceja y ceja. Se merecía que lo matara allí mismo y lo dejara para que los perros se comieran el cadáver y lamieran la sangre. Una descarga eléctrica le recorrió la espalda y estuvo a punto de hacerlo. Notaba la cabeza embotada y la rabia ardiendo como una llama en su pecho. Igual que aquella noche en el Aguere, pero mil veces peor. Apretó los dientes, tratando de contenerse.

– Que te largues. Fuera de aquí, ¡fuera!

El hombre se encogió de hombros y empezó a caminar hacia su acompañante, que seguía inconsciente. Naira lo siguió con el arma, sin dejar de apuntarle. Susurró unas palabras al perro, que se sentó para dejar que levantara al caído y se lo echara al hombro. Miró una vez más a Naira con lo que pareció conmiseración.

– Allá tú, niña.

Esperó hasta que se perdieron tras un recodo del barranco para bajar el arma y dirigirse a Toni, que seguía en el suelo en posición fetal. Lo levantó tirando de las asas de la mochila, aunque le ardieron los cortes del brazo al hacerlo. Él seguía aturdido y sollozando, y en un principio trató de resistirse.

– Soy yo, Toni. Tranquilo. Ya está. ¿Estás bien?

Asintió con la cabeza. Un nuevo relámpago de ira en el corazón de Naira, que se veía obligada a hacerlo todo por sí misma, a rescatarlo a él, a empujarlo hacia adelante y evitar que se distrajera. Este era el que los guiaba por los senderos, el asertivo, el científico. Le daban ganas de abofetearlo.

– ¿Te duele algo? ¿No? ¿Seguro? ¿Nada roto? Pues vamos.

No había tiempo siquiera para lavarse las heridas. Los del caserío se habían ido, pero quién sabía si volverían, y de todas formas no eran su preocupación principal. Había cosas peores allí, cosas que incluso ahora se infiltraban en su mente para incitarla a matar. El cielo seguía cubierto de nubes negras, tan densas que se hacía difícil ver el camino. A medida que avanzaban notaban cómo bajaba la temperatura y, poco a poco, el mundo cambiaba a su alrededor. Todo parecía atenuado, como visto a través de una nube de humo o una niebla fina, a oscuras, pero extrañamente perfilado por una pálida luz de estrellas. Los sonidos (sus jadeos, el repicar de las mochilas y la escopeta, las piedras que desplazaban al caminar) habían quedado amortiguados, excepto por el sonido del viento en las hojas, que se asemejaba cada vez más a un aullido, y aquel gruñido que oyeran la primera vez, cada vez más profundo y ronco, como si la misma roca estuviera a punto de temblar y rasgarse bajo sus pies. Les invadió las fosas nasales el hedor a sangre, putrefacción y tierra removida que había descrito Antonio en su primer encuentro con la cosa. Un poco más adelante la degollada trazaba una curva cerrada, tras la que se encontraba el altar. Ya estaban cerca… al alzar la vista hacia el recodo, Naira se detuvo en seco, haciendo que Toni chocara contra su mochila.

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Había algo allí. Una sombra más oscura detenida en medio de la curva, negro sobre negro, inmensa, amenazadora, con aquellas pupilas de luz moribunda. Fue solo un instante, casi demasiado rápido como para que el ojo lo registrara, pero allí estaba. Esperándoles.

– Vamos.

Se le pusieron los pelos de punta al llegar al recodo, pero allí no había nada. Ante ellos, a pocos metros, la roca y el altar. Seguía como lo habían dejado, cubierto de hojas secas y putrefactas bajo las que se entreveían restos de huesos de animales y manchas de sangre oscura, todo ello rodeado de las velas metidas en vasos, esta vez encendidas. Sobre todo ello, la figura de la bestia presidía orgullosa. No había rastro de Yeray por ningún lado, aunque Naira se preguntó si alguno de aquellos huesos no era demasiado largo para ser de cabra.

Recorrieron los últimos metros casi a la carrera pese al cansancio y al dolor. Toni iba rezongando algo a la espalda de Naira, entre dientes, de manera que no podía entender lo que decía. Soltaron las mochilas en el suelo, aliviados de librarse de su peso, y tras descalzarse comenzaron inmediatamente los preparativos. Se quitaron la ropa para lavarse la tierra y la sangre con agua que habían traído en varias botellas, antes de proceder a las abluciones siguiendo el estricto ritual que les había indicado Galván: manos, cara, cabeza, pies. Se vistieron con ropa blanca de lino, que tenían en el fondo del armario desde que habían ido a los Indianos unos años antes y habían tenido que volver a lavar con agua consagrada y sal.

– Haz tú el círculo, toma – Naira le tendió a Toni una jarra de cristal llena de una mezcla de sal marina y resina de pino -. Yo iré haciendo la limpieza.

– Esto no va a funcionar – era la primera vez que hablaba claro en un largo rato-. Estas supersticiones…

– ¿Otra vez, Toni? ¿Después de todo esto, otra vez? – de nuevo sintió ganas de pegarle, de aplastarle la cabeza con una piedra, de quitárselo de encima -. Haz el favor de empezar.

Aún así, rezongó mientras trazaban un círculo interrumpido por la piedra del altar. Él lo iba delimitando con la sal, mientras Naira avanzaba justo detrás asperjando agua con un hisopo de helecho.

– Venimos a este círculo purificados. Hemos pasado por las aguas y las aguas nos han purificado. No tardaremos, no nos echaremos atrás. Conjuramos por los fuegos de la Tierra y por la luz del cielo a los espíritus que moran en este círculo para que sean expulsados, para que huyan a los abismos del mar. Ningún demonio, ni macho ni hembra, puede entrar en este santuario. Las dos puertas de la tierra están cerradas.

Ya estaba hecho. No podían salir, ni nada podría entrar. Aunque los amuletos de Galván habían perdido su poder, ahora estaban a salvo… al menos por un tiempo. En cuanto hubo asperjado la última gota de agua, un gruñido profundo retumbó en el barranco, haciendo estremecer las paredes. La oscuridad descendió sobre ellos, tan profunda que apenas veían nada más allá de los confines del círculo.

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– Está funcionando.

Antonio rezongó, sin más, mientras dejaba el tarro de nuevo en la mochila. Naira le indicó que preparara el siguiente paso mientras ella se situaba en el centro del círculo, de cara al altar, con los brazos en alto.

– Las dos puertas de la tierra están cerradas, las dos puertas del cielo se abren. El sello está roto. Hemos abierto las dos puertas para que se nos permita pasar. Las dos puertas del cielo están abiertas y las huestes del cielo relucen. La luz del cielo se eleva en su caverna. Sus ojos iluminan la noche y la asamblea se inclina ante ella, que está en lo ardiente.

Toni había colocado frente a ella varios cuencos de barro. Uno lo llenó de agua destilada, otro de agua del mar, y en el tercero introdujo una mezcla de resina de cedro y de pino e incienso, que regó con aceite de oliva. Cuando Naira se lo indicó con un gesto, le prendió fuego con una cerilla. Una nube de humo gris azulado se alzó frente al rostro de Naira, casi ocultando el altar y enroscándose como una serpiente hacia el cielo. Ella se inclinó para coger uno el cuenco de agua marina y de nuevo asperjó con el hisopo, esta vez en las cuatro direcciones.

– En el principio solo existían las aguas del abismo, de las que todas las cosas se alzaron y al que todas las cosas volverán. De las aguas del mar surgió la vida y al abismo del océano ha de regresar. Rodeado por el abismo, este círculo es el universo.

Dejó el cuenco en el suelo y prendió una ramita que le tendió Toni en las llamas. A la luz del fuego pudo ver, más allá del círculo, aquella mancha negra de oscuridad sobre oscuridad que lo rodeaba, paseando como un león enjaulado, buscando un resquicio, un lugar por el que poder entrar. Podía sentir su mente hambrienta y furiosa arañando las puertas de su cerebro, tratando de entrar y devorarla, sumergirla en una erupción de terror y rabia. Tenía que aguantar.

– El fuego de las profundidades agitó las aguas del abismo para hacer surgir la tierra. El fuego del cielo y el fuego de la tierra mueven a todas las cosas y les dan la vida y todo lo destruyen y lo aniquilan. Entre el fuego del abismo y el fuego del cielo, este círculo es el universo.

Dejó caer la rama encendida en el cuenco y, con los brazos extendidos giró sobre sí misma:

– Esta es la montaña sagrada cuyo pico toca el cielo y cuyas raíces están en el abismo. Este es el centro del mundo, el pilar de los cielos, el sustentador del cielo y la tierra.

No importaba dónde mirara, la cosa estaba allí. Sus ojos brillaban como cristales rotos en medio de la oscuridad, y su forma se desplazaba al mismo tiempo que ella, siempre al otro lado del círculo, acechando. Toni estaba inquieto y se removía, sin saber qué hacer mientras ella realizaba el ritual. Cada vez que atisbaba a la cosa que los perseguía daba un respingo y se movía, como tratando de huir, pero él también estaba atrapado, incapaz de salir del círculo.

Naira le indicó que le trajera el siguiente elemento del ritual: un cuchillo de obsidiana, tallado al estilo de los aborígenes, vidrio volcánico que resplandecía cruelmente a la luz del fuego. Con él en la mano, se acercó hasta el altar y, aunque se le cortaba la respiración y se le erizaba la piel, aunque todos sus nervios tiraban en dirección contraria y le suplicaban a gritos que no lo hiciera, agarró el ídolo. Era como agarrar un trozo de hielo, tan frío que le quemaba las manos. Cuando intentó moverlo resultó más pesado que el perro que se había quitado de encima minutos antes, más que la mochila, más que cualquier peso que hubiera levantado en su vida. Era como tratar de levantar una montaña, pero perseveró, sabiendo que no había otra opción. La mente se le inundó de pánico y de miedo, como si la estatua fuera una serpiente dispuesta a morderla o un carbón encendido. Apretó los dientes. Era buena señal: el Hucancha estaba tan asustado como ella. Iban por buen camino.

Finalmente, de un tirón que casi la hizo caer de espaldas, arrancó el ídolo del altar, y con él en la mano volvió al centro del círculo, donde Toni ya había trazado una cruz de brazos iguales con la sal y la resina, como un gigantesco punto de mira. Dejó el ídolo en el suelo y se arrodilló. Esta era la peor parte, pero no había otra opción. Sosteniendo la mano izquierda sobre la boca de la imagen, deslizó la hoja sobre la palma, haciéndose un profundo corte. El filo cristalino penetró la carne como si no existiera, rasgando la piel en una línea recta de la que brotó un borbotón de sangre que llovió sobre el ídolo, manchándole la boca y la cabeza.

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– Por esta sangre que hueles y quieres derramar te conjuro, perro maldito, para que vengas aquí, a este círculo, a esta figura que te representa y la habites y la animes. Seas dios o diosa, espíritu o demonio, macho o hembra, del mar o del cielo o de la tierra, Hucancha, Yrguan, Tibicena o por cualquier nombre al que respondas, si tienes nombre, yo te conjuro y te ordeno que vengas a esta imagen por las virtudes y potencias del cielo, del abismo y de la tierra, por las dominaciones y los principados y las huestes resplandecientes y oscuras.

Tendió la mano a Toni para que se acercara, pero él estaba al borde del círculo, mirando hacia afuera, temblando como presa de la fiebre y musitando por lo bajo. Al otro lado Naira pudo ver la forma oscura de la criatura: estaba de pie, erguida, como un hombre, mirando fijamente a Toni con aquellos ojos pálidos y fríos, y era más alta que él. Hucancha. Hombre perro. No se enfrentaban a un mero animal.

– Esto no va a funcionar.

– ¿Qué dices? Ven aquí, tenemos que acabar con esto.

– No va a funcionar. Todo es culpa tuya, todo es culpa tuya, Naira, ¡culpa tuya!

– Ahora no hay tiempo, ven aquí.

Se volvió hacia ella con el rostro congestionado, distorsionado por una expresión de furia ciega. Avanzó dos pasos dentro del círculo, alzando la mano como si fuera a pegarle.

– Si no hubieras ido detrás de Yera, si no hubiéramos venido hasta aquí todo esto no habría pasado. Todo es culpa tuya.

– Vale, lo que tú quieras, pero ven aquí, tenemos que terminar el ritual.

– ¡El ritual es una machangada, y estamos aquí jugándonos la vida, haciendo el idiota, y Yera e Iris están muertos, y Bruno, y todo es culpa tuya!

Naira se levantó y se acercó a él para apaciguarlo, con las manos en alto. No se había dado cuenta de que en una de ellas llevaba aún la tabona. Al verla Toni dio un salto,  con la cara retorcida de miedo y de rabia.

– ¿Me vas a sacrificar a mi también?

– ¿Pero qué…?

No le dio tiempo a terminar. Toni se abalanzó sobre ella, echando espumarajos por la boca, tratando de quitarle el cuchillo de la mano. Forcejearon, tropezando con las mochilas, con la escopeta de caza, con el ídolo, y a punto estuvieron de volcar los cuencos de agua y fuego. Naira sabía luchar, pero Toni era más grande, más pesado, y parecía poseído de una cólera bestial, tan enloquecido que ni acusaba los golpes ni le importaba que Naira lo desequilibrara o barriera, porque se limitaba a lanzarle todo su peso encima como un saco. La tenía agarrada por la muñeca con las dos manos y lentamente, lentamente, iba doblándosela, llevando el cuchillo peligrosamente cerca de su cara.

– Todo es culpa tuya, culpa tuya, culpa tuya…

La hoja de obsidiana rozó la piel de Naira bajo el ojo derecho, derramando una lágrima de sangre que corrió por su mejilla. Con el peso de Antonio detrás se hundió en la carne, amenazando con enterrarse bajo el globo ocular. Ella se vio sacudida por un ataque de pánico. El ojo no, el ojo no. Sin pensar, pateó, empujó, mordió, olvidada ya toda la técnica, poseída solo por el terror y por la furia de verse atacada por su amigo, amenazada, culpada después de todo lo que había hecho, de todo lo que había pasado.

No supo cómo, pero en un segundo Toni trastabilló hacia atrás, ya separados ambos, tropezó, y, con una expresión de pánico que Naira recordaría toda la vida, cayó fuera del círculo. A merced de la bestia. Cada fotograma de su caída pasó por el cerebro de su amiga como una secuencia de diapositivas. La furia, la sorpresa, el miedo, el arrepentimiento, la expresión de desamparo, suplicante, rogándole que lo ayudara, que saliera ella también del círculo, que lo salvara de aquella cosa que ahora estaba allí, con él.

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Por primera vez pudo Naira ver bien a la criatura, allí, en el otro lado, fuera del tiempo y del espacio, que el habitante de Timabisen había llamado madai. Lo vio y no lo vio. Ya no era una sombra oscura, sino una figura resplandeciente, de un blanco espectral que le quemaba los ojos. No vio formas, sino sensaciones. Vio un hambre famélica y angulosa, una cólera afilada y babeante, un frío glacial de los abismos submarinos y un calor infernal de la profundidad de los volcanes. Vio un rostro de bestia y de hombre, una inteligencia mucho más vasta que la suya, lastrada por una bestialidad atávica, abismal y primordial. Aquellos ojos de estrellas frías la traspasaron, más afilados que el cuchillo de obsidiana, como dardos de hielo, y ella chilló, derrumbándose de rodillas dentro del círculo, de miedo y de dolor. El cuerpo de Toni se revolvía bajo las patas de aquella cosa fantasmal, y el chillido que emitió, alto y claro como un cristal, se le metió en los oídos, aunque no fue tan terrible como el silencio absoluto que siguió cuando se cortó de cuajo.

Llorando, se arrastró de nuevo hasta el ídolo, dejó que las lágrimas que arrastraban la sangre de la herida de su mejilla gotearan sobre su boca, y volvió a cortarse la mano, murmurando el hechizo con voz embotada. Ahora solo necesitaba su propia sangre: la única que la bestia no se había cobrado ya. Esto lo hacía ahora para salvarse a sí misma y a al resto del mundo, pero sus amigos ya no tenían salvación… y la culpa, como había dicho Toni, era suya. Ella había seguido a Yeray, y no lo había querido acompañar a ver a Galván, y ahora había empujado a Toni fuera del círculo, a la muerte.

– … por las dominaciones y principados y las huestes resplandecientes y oscuras. Ven aquí, a este ídolo, habítalo y anímalo y comparte su destino.

Una ráfaga de viento agitó las llamas y dispersó la nube de incienso. El aire en el interior del círculo se oscureció, como si lo hubiera cubierto una nube de alquitrán o de tinta de calamar. Durante un segundo no vio nada, pero, cuando se le aclaró la visión, supo que había funcionado. El ídolo emitía pulsaciones de hambre, de odio, de rabia, de pánico y de crueldad. Nada había cambiado en apariencia, pero podía sentirlo, podía sentir la luz pálida que temblaba en el fondo de los ojos de la estatua.

Aunque abrumada por las sensaciones, no perdió el tiempo. Con un cordón de cuero trenzado, teñido de rojo, ató las cuatro patas y las fauces de la estatua con múltiples vueltas y nudos, mientras recitaba con voz rota y ahogada.

– Así como amarro a esta imagen te amarro a tí, Hucancha, Yrguan, Tibicena, o por cualquier nombre al que respondas, si tienes nombre. Así como ella no puede andar, ni caminar, ni correr, ni levantarse, ni hablar, ni morder, que tú no puedas andar, ni caminar, ni correr, ni levantarte, ni hablar, ni morder.

Sacó de la mochila varios clavos, con los que atravesó los ojos, las patas y la boca de la figura, golpeándolos con una piedra plana llena de símbolos que Galván les había dado. El último, de casi treinta centímetros, lo clavó atravesando la figura en el punto exacto en el que se intersectaban los brazos de la cruz de sal.

– Si en la cruz te mato, con la cruz me das vida. Como clavo a esta figura para que no pueda ver, ni hablar, ni morder, ni andar, ni correr, ni levantarse, te clavo a ti para que no puedas ver, ni hablar, ni morder, ni andar, ni correr, ni levantarte – la asperjó con agua consagrada -. Cruz, perro maldito. No te corto con cuchillo ni con hierro martillado, sino con palabras ciertas y verdaderas. Te corto los tendones y la espalda, la lengua y los ojos, para que quedes inmóvil e inerte y no puedas hacer daño ni atacarme a mí ni a nadie.

El ídolo se estremecía en sus manos como una criatura viva que tratara de escapar. Aún la recorrían oleadas de pánico y miedo y accesos de cólera injustificada, contra todo y contra todos. Contra los habitantes de Timabisen, contra Galván, contra la funcionaria que había mentido a Iris y la policía que no la había encontrado, contra los padres de Yeray que habían tardado dos días en denunciar la desaparición. El cuerpo le pedía soltar la imagen, volver a Santa Cruz y acabar con todos ellos. Pero no podía, no podía. Tenía que resistir y terminar el rito o nada habría valido la pena.

Lo colocó de nuevo en el altar y esparció en el cuenco que ardía hojas de laurel, tomillo, torvisco y ruda y cabezas de ajo. Levantando el cuenco, con cuidado de no quemarse, sopló el humo sobre el ídolo; tras dejarlo en su lugar, tomó el de agua del mar y sumergió en él la imagen.

– Como esta imagen sumerjo en el mar, así tú, perro maldito, Hucancha, Yrguan, Tibicena, por cualquier nombre al que respondas, si tienes nombre, que seas tirado al fondo del mar, al abismo más profundo, donde no crezcas ni permanezcas, ni a criatura alguna le hagas ningún mal.

Estuvo a punto de derramar el cuenco: el ídolo se movía realmente en sus manos, debatiéndose contra las cuerdas, los clavos y el agua, y casi sintió aquellas fauces de hielo cerrarse en su corazón e inundarlo de odio y de rabia. Pero también sintió miedo; no solo las oleadas de pánico acostumbradas, que le hacían temblar las piernas y llorar los ojos, sino verdadero terror procedente de la bestia que estaba atrapada en la estatua. El ser le tenía miedo. Eso le dio fuerzas. Y cuando dejó el ídolo en el altar y repitió por última vez “cruz, perro maldito, huye a la profundidad de los abismos a reventar”, sintió como de pronto todas aquellas sensaciones desaparecían. El ídolo era un trozo de madera inerte; el viento ya no susurraba. La nube negra había desaparecido y la luz del sol bañaba las plantas y las rocas a su alrededor. De Toni no había ni rastro.

Lo había logrado. El monstruo estaba preso, inerme, no muerto, pero soñando, como había dicho Galván. Lo había hecho. Estaba a salvo.

Lloró de alegría y felicidad, de tensión y de alivio, aunque sabía que aún no podía abandonar el círculo. Levantándose, derramó parte del agua del mar sobre el ídolo y el resto alrededor del círculo.

– Esta agua consagrada del abismo abre las puertas de la tierra y cierra las puertas del cielo. Que ella purifique las miasmas y los males y arrastre la corrupción y el dolor. Todo está completado.

Abandonó el círculo, casi temiendo que el Hucancha se abalanzara de nuevo sobre ella. Pero no, permanecía allí, inerte, atrapado en su imagen. Los de Timabisen sabrían qué hacer con él cuando volvieran al altar, seguramente ese mismo día. Ahora ella tenía que volver, conduciendo el coche de Toni, cuyas llaves estaban en la mochila, y pensar en cómo iba a explicarle todo eso a su familia.

Recogió con lágrimas en los ojos al pensar en sus amigos, pero también en ella. Porque había visto cosas que poca gente es capaz de ver, y había sobrevivido. Galván les había dicho que, una vez uno mira más allá del velo, ya no hay vuelta atrás, y tenía razón.

Aún no sabía cómo, pero su vida había cambiado para siempre.

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Hucancha (17)

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El trayecto a través de Anaga, en dirección al caserío que Galván les había indicado, Timabisen, no fue especialmente placentero. Toni conducía con los nudillos blancos y la vista al frente, apretando los dientes tan fuerte que a veces le chirriaba la mandíbula. De vez en cuando, mirándolo de reojo, Naira alcanzaba a ver lágrimas en sus ojos. Por las mentes de ambos pasaban una y otra vez Iris y Yeray, desaparecidos y seguramente muertos, devorados o lo que fuera por aquella cosa en la que no querían creer, pero no les quedaba más remedio. Aquella cosa cuyo poder era más grande en el lugar al que se dirigían, donde los amuletos de Galván no podrían protegerles.

Intercambiaron solo algunas palabras mientras estuvieron en el coche. Naira no tenía ganas de hablar, y Toni apenas respondía con gruñidos. Cuando pasaron Las Casillas y empezó el camino a pie, entre aquellos hongos carnosos y pútridos que parecían multiplicarse a su alrededor y las tallas cada vez más presentes de espirales y otros glifos, la actitud de Antonio se fue haciendo cada vez más preocupante. Miraba atrás constantemente, y cualquier rudo le hacía saltar. Los dos estaban nerviosos, pero lo de él parecía algo más, algo insano. Se detenía a veces a observar los jeroglíficos que había tallados en los árboles y las piedras, algunos medio cubiertos de musgo y líquenes, y Naira tenía que tirar de él para que siguiera. Apenas habló hasta que se detuvieron a descansar, soltando las pesadas mochilas donde llevaban todo lo necesario para el rito.

– No me lo quito de la cabeza.

– ¿El qué? – preguntó Naira, rebuscando en la mochila hasta que encontró una botella de agua.

– Lo que nos enseñó Galván. Esa cosa que nos caza. Si es todo verdad…

– ¿Todavía no te lo crees?

Él asintió con la cabeza, pesadamente, como si le costara mucho.

– Sí, sí. Me lo creo. No me queda más remedio. Ese es el problema.

– ¿El problema por qué?

Antonio soltó una carcajada amarga.

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– ¿Qué por qué? Esto lo cambia todo. Todo lo que sabíamos… existen espíritus, o demonios, o como los quieras llamar, entidades que no son biológicas, energías que la ciencia no conoce y no puede medir, y vamos a hacer un ritual en medio de un barranco, ¿y no ves el problema?

– Me da igual – Naira se encogió de hombros cuando él la miró horrorizado-. No importa lo que yo piense, las cosas son como son y hay que aceptarlas. Si esto es lo que hay que hacer para acabar con todo esto, vamos a quitárnoslo de encima ya.

Antonio bebió de su botella de agua sin levantar la vista del suelo, negando lentamente con la cabeza.

– Claro que importa. Claro que importa – murmuró -. Todo lo que creíamos que sabíamos… no sirve nada, la ciencia, nada… todo a la mierda.

Naira se levantó de la piedra en la que estaba sentada, sacudiéndose la tierra de los pantalones.

– Vamos. Se nos va a hacer tarde.

Él la obedeció sin hacer más comentarios, aunque durante el resto del trayecto continuaba extrañamente fascinado por las tallas, y en más de una ocasión se acercó a los hongos para estudiarlos detenidamente.

– No son hongos normales… tienen algo que ver con esto, seguro. Si pudiéramos estudiarlos… a lo mejor las esporas que dijo la de Patrimonio…

– ¿Ahora sí crees en lo de las esporas? Anda, vamos.

Naira, desde luego, no estaba tan segura como parecía, pero sabía que lo mejor que podía hacer era aparentarlo. No podían permitirse que los dos cayeran en un estado de agitación y empezaran a cuestionarse la vida y el universo. Ahora no. Ya habría tiempo más tarde, cuando todo hubiera terminado. Ahora había que tirar para adelante y no mirar atrás ni pararse por cada perro que ladrara. Tenían otro perro, mucho mayor, del que ocuparse. Le inquietaba que Toni pareciera no tener la misma resolución que ella; parecía siempre tan asertivo y seguro de sí mismo que verlo así, mascullando y cuestionándoselo todo, era profundamente perturbador.

A ella, más que las implicaciones para la ciencia, le preocupaba lo que significaba para su futuro, para su vida. Sin pretenderlo habían entrado en un mundo del que hasta ese momento eran ignorantes, y en este caso la ignorancia era una bendición. Ahora que sabían que estas cosas estaban ahí fuera, que habían leído los libros de Galván y sabían lo que eso significaba, aunque solo podían entender una millonésima parte de todo lo que había pasado por delante de sus ojos… ¿cómo iban a seguir ignorándolo? ¿Se lo permitirían si quiera las cosas que habitaban ese otro mundo? Si el simple hecho de tocar el ídolo había desencadenado todo esto, ¿qué pasaría una vez hubieran hecho magia de verdad?

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Llegaron al caserío, apenas cuatro casas en torno a un edificio más grande que podía ser a la vez venta, bar, centro comunitario, almacén y quién sabe qué más. Al otro lado asomaba una ermita destartalada entre los árboles, y por todas partes dormitaban perros enormes. Cuando ya casi habían atravesado Timabisen y buscaban la boca del barranco, alguien se interpuso en su camino. Era un señor mayor, aunque aún erguido y de espaldas anchas, con su chaqueta de pana contra el frío y la humedad de Anaga y su camisa blanca. Tenía los ojos hundidos, rodeados de venillas rojas, y Naira se fijó en que en ellos también brillaba aquella peculiar luz pálida, aunque mucho más tenue que la de Galván.

– Buenos días.

No les quedó más remedio que detenerse. Toni, que normalmente tomaba el liderazgo en estos casos, se quedó un paso atrás, así que fue Naira quien se enfrentó al hombre.

– Buenas.

– ¿Qué hacen aquí?

Ella se encogió de hombros. El anciano frunció el ceño e insistió.

– ¿A dónde van?

– Estamos de senderismo.

– Por aquí no hay sendero ninguno – dio un paso más, interponiéndose entre ellos y la boca del barranco -. Se van a perder.

– No se preocupe – respondió Naira, rodeándolo -. Conocemos el camino.

– Que no hay camino ninguno – restalló el viejo con su voz cascada, volviendo a adelantarse-. Váyanse, por favor.

– Mire – Naira se le enfrentó con las manos en las caderas -. Sabemos lo que está haciendo, pero no nos va a impedir hacerlo. Estamos todos en el mismo lado. Ustedes llevan conteniéndolo ni se sabe cuánto, y nosotros queremos que vuelva a estar controlado. Déjenos pasar.

– No sé de qué me habla, joven – el viejo echó una mirada fugaz al barranco, pero cerró con obstinación sus manos surcadas de venas azules -. Si van por ahí se van a acabar matando. No va a terminar bien.

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Naira no contestó. En su lugar, se echó las manos a las asas de la mochila, le dio un codazo a Antonio, y echó a andar. No había dado dos pasos antes de que la mano del viejo se cerrara sobre su brazo como un cepo. Estaba frío, más de lo que debería a pesar de la humedad del aire, y le hizo daño. Era como un grillete de hierro cerrado sobre su bíceps. Naira tardó una fracción de segundo en reaccionar, pero el entrenamiento entró en juego casi por reflejo. Pivotando sobre el pie derecho, descargó el puño sobre la oreja del viejo con todo su peso; el cepo de su brazo se abrió con un grito, al que siguió otro cuando un segundo golpe derribó a su atacante sobre la tierra fría y húmeda.

– ¡Corre!

Corrieron los dos, bajando a trompicones la pendiente que llevaba al barranco, casi sin prestar atención a las velas encendidas en sus vasos a ambos lados. Cuando pasó junto a Toni, Naira tuvo que empujarlo también, casi arrastrarlo, porque en su aturdimiento no había tenido tiempo de reaccionar a todo lo que estaba ocurriendo. A su espalda se oían los gritos del anciano, y otras voces que les respondían.

Llegaron al fondo, giraron en dirección a la cumbre, al lugar del que venía el barranco, más allá de cuyos recovecos se encontraba el altar fatídico dedicado a la cosa que les perseguía. El peso de las mochilas les dificultaba la marcha, pero no podían dejarlas atrás ni prescindir de nada de lo que cargaban. El ritual tenía que llevarse a cabo con la máxima exactitud si no querían acabar como Yeray. En lo alto del barranco, las voces, cada vez más airadas, empezaban a descender también la pendiente.

– ¡Corre, corre, corre!

Sobre ellos, una inmensa nube negra empezaba a cubrir el cielo encapotado, y un rugido profundo, como un trueno, llenó los estrechos confines del barranco.

Había llegado.

Hucancha (16)

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La semana que siguió a la entrevista con Galván fue una de las más extrañas y duras de la vida de Naira y Antonio. Para empezar, los padres de Yeray habían denunciado su desaparición, y la policía no se creía que fuera casualidad que un amigo de Iris al que habían tomado declaración un par de días antes se desvaneciera súbitamente. Se barajaban todo tipo de hipótesis, que nadie les contó a ellos mientras los hacían prestar declaración una y otra vez, no solo ante la policía sino también ante el juez de instrucción. Les preguntaron insistentemente por sus actividades durante la última semana, por la pelea en el Aguere, si se habían vuelto a ver, qué habían hablado, incluso les pidieron los móviles para ver los mensajes. Naira mencionó a la técnica de Patrimonio que había hablado con Iris, igual que la había mencionado anteriormente, pero los agentes no parecieron darle importancia. Las palabras de Galván sobre “lo que significan esos apellidos” no se apartaban de su cabeza al ver la desidia de los policías.

Cuando no estaban declarando estaban en casa de Augusto Galván. Ambos dejaron prácticamente de ir a la universidad, a pesar de que se acercaban fechas de entrega de trabajos y exámenes. Daban cualquier excusa a familia y amigos, prácticamente no respondían a los mensajes, y se encerraban en la cavernosa mansión de aquel hombre misterioso que pretendía entrenarlos para acabar con la cosa sobrenatural que los perseguía.

Durante la semana siguió habiendo ataques por toda la isla. Saltaron de las historias de Instagram a los periódicos: animales muertos, destrozados como por unas fauces descomunales, muchos de ellos en la carretera o en el campo, pero otros dentro de patios cerrados o incluso en jaulas, en lugares a los que era prácticamente imposible que un perro u otro animal asilvestrado pudiera entrar sin ayuda, mucho menos salir sin dejar rastro. Y, sin embargo, allí estaban. Pollos, conejos, perros y gatos sobre todo, muchas cabras, algún caballo. La especulación se desató en los medios y en los comentarios de internet. Perros asilvestrados, un animal salvaje escapado del Loro Parque, que lo negaba rotundamente, un psicópata suelto, una secta, rituales satánicos o de santería, que eran la primera opción de mucha gente siempre que pasaba algo extraño, incluso ovnis. La Guardia Civil emitía comunicado tras comunicado, informando a la población de que estaban investigando el asunto, pero nunca parecía haber resultados.

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Antonio y Naira siguieron experimentando visitas de aquel ser, suficientes para que incluso Antonio se convenciera, pero, aunque el pánico y la angustia de sentir una presencia alienígena, hambrienta y feroz acosarles en cualquier lugar seguía presente, la cosa parecía incapaz de atacarles, o siquiera de acercarse mucho. Ambos llevaban en todo momento al cuello unos preparados que les había entregado Galván, en bolsas de cuero, exigiéndoles que no las abrieran. Les había asegurado que les mantendría a salvo de la criatura temporalmente, pero advirtiéndoles de que perderían su efecto en pocos días, y no tendrían ningún poder una vez llegaran al altar. Y aún así, cada vez que las luces se atenuaban a su alrededor, cada vez que veían aquel fulgor de estrellas lejanas clavándose en su interior, cada vez que oían el profundo gruñido que sonaba como un trueno y olían a tierra removida y sangre, volvían a experimentar el terror atávico de la presa que se encuentra frente a frente con el depredador.

Galván los sometió a un régimen estricto de instrucción, aunque según él eran solo unas nociones, suficientes para ejecutar lo que tenían que hacer y poco más. En aquella casa antigua y llena de sombras y sonidos extraños que se arrastraban por los rincones les mostró fragmentos traducidos de obras de las que nunca habían oído hablar: los Cultos sin Nombre de Von Juntz,  el Testamento de Fray Arnau, el Ars Magna et Ultima de Ramón Llul, las Observaciones sobre varios lugares de África, de sir Wade Jermyn, el Testamento de Salomón, el Picatrix, el Libro de las Sombras de Honorio, el Dogma y Ritual de la Alta Magia de Eliphas Levi, o el Misterios del Atlas de Carignan. Otros que vieron en la biblioteca no se los dejó siquiera tocar: el Cultes des Ghoules, en francés, el Liber Ivonis, otro en latín encuadernado en metal, De Vermiis Mysteriis, y por encima de todo un pequeño librito, casi del tamaño de un misal, encuadernado en tela amarilla, que se apresuró a guardar bajo llave en cuanto vio que había llamado la atención de Antonio.

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Fuente: parapedia.fandom.com

Les enseñó la estructura básica del ritual, qué debían hacer y cómo, y sobre todo, para que no creyeran que podían tomar atajos, el por qué era importante cada paso y cada sílaba. Les hizo aprenderse de memoria fragmentos, no solo de los libros, sino de testimonios orales que tenía manuscritos en varias carpetas, algunas de las cuales parecían tener siglos de antigüedad. Les dio instrucciones precisas sobre cómo debían prepararse antes del rito, qué debían hacer y qué debían editar, pero, sobre todo, los sometió a un régimen estricto de entrenamiento.

Naira había hecho mindfulness alguna vez, en el gimnasio, e incluso Antonio había probado, pero eso se parecía a lo que hacían con Galván como construir un castillo de arena en la playa a dirigir las obras de una catedral. Pasaban horas cada día vaciando la mente, focalizando la atención en un solo punto hasta que les dolía incluso pensar, apartando cualquier distracción y cualquier pensamiento errante para concentrarse únicamente en la tarea que tenían a mano. Galván se paseaba tras ellos armado con una vara, como en los templos budistas, para tocarles ligeramente el hombro o la cara si veía que se distraían.

– La parte más importante de la operación es la concentración. Los hechiceros tailandeses lo llaman samatti, que deriva de samadhi, la unión con el universo. En Japón es zanshin, la mente absolutamente concentrada y consciente, que puede usarse como una espada; ya los sacerdotes egipcios afirmaban que se transformaban en cuchillos cuando iban a operar un ritual. La operación mágica es como agarrar a un tigre por la cola. Si falla la concentración un solo segundo, el tigre escapa y devora al hechicero. Tengan esto muy presente.

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Nunca habían estudiado tanto, entrenado tanto, ni se habían esforzado tanto. Cada noche volvían a casa ojerosos, exhaustos y saturados, incapaces de hacer nada más que cenar y acostarse, y a la mañana siguiente regresaban a casa de Galván para continuar. Las condiciones del ritual, que les imponía una estricta abstinencia y unas condiciones de ayuno que se iban a agravar considerablemente en los tres últimos días, no hacían que estuvieran precisamente en la mejor forma. Pero continuaban delante. Se lo debían a sus amigos, que seguramente estaban muertos, sí, se lo debían a toda la gente de la isla, pues Galván les había advertido que si no detenían a la criatura pronto empezaría a atacar a seres humanos, pero, sobre todo, era una cuestión de supervivencia propia.

El jueves, una noticia dio la alarma en toda la isla. Un niño pequeño había desaparecido en Tacoronte y se creía que su desaparición podía estar relacionada con los ataques a animales, si bien la Guardia Civil y la Policía Nacional pedían calma y no sucumbir a la histeria. Esa misma noche Galván les informó de que, a partir del día siguiente, no podían consumir ningún producto animal ni beber más que agua, y solo podrían hacer una comida al día. La fase final había comenzado.

El domingo por la mañana, Antonio recogió a Naira en su casa.

– ¿Lo tienes todo?

– Sí.

– Vamos allá.

Hucancha (15)

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Yeray corría lo mejor que podía por el cauce del barranco. La pesada mochila amenazaba con hacerlo caer de bruces, las piedras y la tierra se movían bajo sus pies, y más de una vez tropezó, yéndose de cara contra raíces húmedas o masas de hongos carnosos de olor repugnante, que se mezclaba con el del barro y un persistente hedor que no sabía de dónde procedía. A su espalda oía los gritos de sus perseguidores y el ruido que hacían las piedras al rodar barranco abajo a su paso, pero, incluso con la mochila, él era más rápido, más ágil y más joven, y llevaba mejor calzado. Tenía que llegar al altar, detener de una vez aquello y librarse, él y sus amigos, de aquella cosa que los perseguía.

Respiraba con agitación, sintiendo el pulso latirle en las sienes y el corazón en la garganta. El cauce serpenteante del barranco parecía no terminar nunca y retorcerse sobre sí mismo, como un laberinto encajado entre las montañas, o una espiral que no terminaba nunca. Espirales como las que decoraban las piedras y las casas, como las que se encontraba a veces a unos centímetros de la cara cuando tropezaba y se iba contra las paredes del barranco. Le ardían las piernas y la base de la espalda de correr, y los ruidos a su espalda, pese a todo, cada vez estaban más cerca. No podía desfallecer, no podía detenerse, pero cada vez le costaba más y más seguir. Sabía que el altar no debía estar muy lejos, pero a cada paso le pesaban las piernas como si llevara pesas de plomo en los tobillos.

Llegó a un cruce y se detuvo un instante a recobrar el aliento. Allí confluían el barranco principal que llevaba hasta la playa, el ramal por el que él venía, y el afluente donde habían encontrado el altar. Era el punto exacto en el que se habían detenido en aquella maldita caminata, el punto en el que habían oído el rugido extraño que habían atribuido a cualquier cosa menos a lo que realmente era: el despertar de aquel ser primitivo que ahora los acechaba. Tuvo que pasar bajo una cortina de helechos, raíces y hojas para salir a la encrucijada; normal que en su primera visita no hubiesen visto aquella entrada. Alzó la vista, más allá de las paredes escarpadas que ocultaban aquellos caminos cortados a hachazos en las montañas, y se le heló la sangre al ver cómo el cielo azul de Anaga se iba cubriendo lentamente de una nube negra, ominosa, idéntica a la que habían visto en la playa el día fatídico, y que se movía contra el viento. Las sombras crecieron a su alrededor, trepando por las rocas como olas cuando sube la marea, y la temperatura descendió de golpe, hasta el punto de que empezó a emitir un vaho tembloroso al respirar.

Estaba allí. Lo había visto.

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Fuente: pinterest

Echó a correr por el ramal, como lo había hecho aquella vez, pero en sentido contrario: desde abajo hacia arriba, desde el principio al final, para expulsar a la bestia en lugar de para despertarla, con conciencia y propósito en lugar de despreocupación e ignorancia, pensando en sus amigos en lugar de con egoísmo.

Ahora podía oírlo a su alrededor. Gruñía desde las grietas de las piedras, aullaba con el viento que empezó a soplar en la estrecha degollada, y el mismo suelo vibraba como sacudido por sus pasos. Todo estaba en sombras, casi no podía ver por dónde caminaba, pero lentamente descubrió un resplandor tenue, luz de estrellas que le daba todo una sensación de irrealidad, como cuando la cosa se había aparecido en su habitación. Estuvo a punto de derrumbarse, atacado por el recuerdo, pero fue capaz de aguantar, se apoyó en la piedra y se impulsó hacia adelante.

Ya no oía las voces de los habitantes del caserío a sus espaldas, solo aquel ronquido feroz, que llegaba de todas partes, un retumbar bronco que se confundía con el del trueno en aquella oscuridad interminable perfilada apenas de luz de luna, a pesar de que era pleno día.

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Jadeaba, desesperado, tratando de recordar cuánto faltaba, cuando giró un recodo y alcanzó a ver, allá arriba, la roca y el altar. Le inundó las fosas nasales un olor a sangre derramada que estuvo a punto de hacerle vomitar, pero sacó fuerzas de flaqueza para acelerar su carrera, siguiendo el resplandor tembloroso de las velas que alguien había encendido en torno a la piedra como si fueran faros. Casi había llegado. Aún le quedaba mucho por hacer, y no sabía si tendría tiempo, pero tenía que intentarlo. Por Iris, por Naira, por Antonio, por él mismo, y por cualquiera que fuera a ser la siguiente víctima de aquella cosa. No podía rendirse.

Lo sentía a su espalda, muy cerca, y de nuevo, como en su habitación, de un modo inexplicable, pudo sentir su mente. No entenderla: era tan incomprensible como la de un alienígena o un dios. Pero la sentía en su propia mente y en sus huesos. Sentía el hambre abrasadora y voraz como un vacío en el fondo de su estómago que amenazaba con devorarlo todo como un agujero negro. Sentía la rabia negra y ciega como una opresión en el pecho y en la garganta, la misma sensación que había tenido en el Aguere cuando se había peleado con sus amigos. Sentía el perverso placer de la caza, la astucia calculadora del depredador al acecho, la euforia de la persecución y la crueldad de dejar creer a la víctima que podía escapar.

Dejarle creer que podía escapar.

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Fuente: pinterest

Se derrumbó frente al altar, a un paso de las velas que ardían en sus vasos de cristal. Un peso gigantesco se posó en su espalda, mil veces mayor que aquella noche en su habitación, más sólido, más real, mucho más terrible. El gruñido de la bestia le llenó los oídos como un trueno encadenado, interminable, una tormenta que amenazaba con consumir el mundo, y la luz de la vela se extinguió lentamente ante sus ojos hasta que todo lo que pudo ver fue oscuridad. No podía moverse, solo sentir cómo sus huesos crujían y se lamentaban bajo aquella masa que le oprimía; trató sin éxito de retorcerse como un gusano bajo la bestia, y casi le pareció que el gruñido se transformaba en una risa ronca.

Sintió de nuevo aquel aliento, fétido, helado y ardiente a la vez, cerrándose sobre su nuca.

Hucancha (14)

Antonio seguía sin estar convencido. Aparcaron el coche en San Benito y, mientras recorrían las calles de La Laguna en dirección a la plaza de la Junta Suprema, Naira iba dándole argumentos que cada vez le parecían más peregrinos. Aquel domingo por la tarde se veía poca gente paseando bajo los soportales de la calle Núñez de la Peña, seguramente en dirección a Herradores o la Trinidad. Las calles peatonales que eran el corazón de La Laguna estaban adormecidas, apenas transitadas, con las terrazas prácticamente vacías bajo un cielo encapotado y un viento frío que sacudía a ráfagas las esquinas. Pasaron frente a la mole gris y blanca de la catedral, con sus verjas de metal, sus torres y sus cúpulas, y subieron la calle San Agustín pasando junto a los muros vacíos de la iglesia del mismo nombre, que seguía sin ser restaurada más de cincuenta años después del incendio que la destruyera.

– Mira, yo tampoco me lo creo – venía diciendo Naira -. Tú sabes que yo no soy supersticiosa, pero alguna explicación tiene que haber. Está pasando algo raro, y no es cosa de nuestra imaginación. Iris desaparecida, y ahora Yera.

– Algo está pasando, pero no tiene por qué ser nada sobrenatural. Seguro que hay alguna explicación lógica.

– ¿Para lo de los pollos también? ¿Lo de Bruno? Mira, ¿has visto Instagram hoy? – Naira blandió el móvil frente a su cara.

– ¿Eso a qué viene ahora?

– Mira – lo manipuló, le acercó la pantalla y comenzó a enseñarle vídeos -. Está en las historias de todo el mundo. Por toda la isla, desde el miércoles o el jueves para acá.

Antonio alzó la mano y apartó el móvil mientras avanzaba, sin echarle más que un vistazo de reojo.

– Quítame eso de la cara, qué necesidad.

– Animales muertos, Toni. Gatos, perros, cabras. Hasta un caballo. Igual que en tu casa. Igual que…

El otro hizo un aspaviento, adelantándose unos pasos hacia la sombra de la araucaria que presidía la plaza de la Junta Suprema. Naira trotó tras él, guardándose el móvil.

– No lo puedes ignorar.

– Se habrá escapado un león del Loro Parque o yo qué sé.

– El león más rápido del mundo, ¿no? ¿Tiene coche el león para atacar en Arico y en Anaga el mismo día?

– Yo qué sé.

Se detuvieron en la esquina de la avenida de San Diego, flanqueada de muros bajos, árboles y chalets.

– ¿Es por aquí?

– Si, todo recto – echaron a andar por las estrechas aceras, casi indistinguibles del asfalto -. Entonces, no sabes, se te dan soluciones, y no te gustan, ¿qué quieres?

– Soluciones racionales, mira. Además, ya vine, ¿no? ¿Qué más quieres?

– Hombre, estaría bueno. Aunque no creamos lo que nos tiene que decir este tío, y yo tampoco estoy muy convencida, por lo menos tenemos que saber qué pasa con Yera.

– Sigo diciendo que tendríamos que haber llamado a la policía.

– Vamos a llamar. Pero primero tendremos que saber qué decirles, ¿no?

Siguieron un buen rato avanzando en silencio por la avenida, que no era en realidad más que una calle angosta, aunque muy larga, más allá de cuyos muros solo se veían las huertas, árboles y palmeras que rodeaban casas a las que ninguno de ellos iba a tener acceso nunca. A ratos, el sol salía de detrás de las nubes y lograba atravesar las ramas para calentarles apenas el rostro.

– ¿Seguro que vamos bien?

– Que sí. Mira, es allí.

La casa de Augusto Galván estaba rodeada de un muro de piedra seca, algo más alto que el resto de los de la calle: tanto que apenas veían al otro lado, excepto las ramas crecidas de los setos, aparentemente sin podar, y por encima de ellos el piso superior de la casa, que no era un chalet moderno como la mayoría, sino una antigua casa señorial lagunera, con su frontón barroco de piedra volcánica azul, sus tejas, y su balcón con celosías. Si de verdad era una casa antigua, debía haber estado totalmente aislada cuando se construyó, muy lejos del centro de la villa. La puerta del jardín era de madera claveteada, sin ninguna decoración, casi como la de un castillo. Se miraron por un momento, sin saber qué hacer, hasta que Naira pulsó el botón del portero automático que se había añadido sin mucho cuidado a una de las jambas. Nadie respondió: la puerta se abrió por sí sola con un zumbido y les dio acceso.

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Fuente: pinterest

El jardín estaba tan descuidado como parecía: un auténtico bosque de setos de ramas enmarañadas, muchos de ellos con espinas largas como dedos y raíces nudosas que salían de entre la tierra para invadir la pista de losas que llevaba a la puerta principal, no en línea recta, sino trazando una extraña figura a través del jardín. Aquí y allá, entre las ramas, aparecían los rostros de ojos vacíos y rasgos curiosamente deformes de varias estatuas, que parecían distribuidas al azar en aquel laberinto de verde y piedra. Se oían movimientos entre las hojas, como de algo que se arrastraba en paralelo al camino, acechándolos, pero era imposible ver de qué se trataba. Cuando llegaron a la puerta, con dos escalones de piedra, Galván les esperaba en el umbral.

No era alto, pero parecía elevarse hacia el cielo que ya se iba oscureciendo. Delgado, de mejillas hundidas y ojos oscuros que los observaban desde lo más profundo de unas cuencas  de calavera. Vestía como un profesor universitario, con suéter gris de cuello de pico por el que asomaba una camisa y pantalones de pinzas. Quizá se debía a la hora, o al viento, pero al acercarse notaron un descenso apreciable de la temperatura que les erizó la piel de los brazos. Galván no se movió hasta que estuvieron prácticamente en los escalones, y aún entonces fue solo para apartarse con un ademán rígido y pausado.

– Bienvenidos. Pasen, por favor.

Atravesaron el zaguán, decorado con azulejos de extrañas formas geométricas y una figura en una hornacina, que tomaron por un santo o una virgen, a pesar de que la forma que se entreveía al otro lado de la celosía que la cubría no parecía remotamente humana. Una escalera de piedra, adosada a la pared del patio interior, les llevó al piso alto, a una sala inmensa, iluminada solo por un farol que colgaba de las vigas. El suelo de listones de madera crujía bajo sus pies, y el olor a piedra helada, a cera y a madera antigua se les metía en la nariz. Las sombras se arremolinaban en los recovecos, perfilando figuras apenas entrevistas de vitrinas, estanterías y muebles, siempre más allá del estrecho círculo de luz y calor del farol. Los artesonados del techo eran una sucesión de aquellas mismas figuras geométricas que vieran en el zaguán.

Galván los guio hacia unas butacas tapizadas situadas junto a una alta ventana de guillotina con banco, a través de la que se veía la maraña selvática del jardín. Entre las butacas había una mesa baja, y sobre ella una bandeja con varias jarras y cafeteras metálicas que parecían de artesanía marroquí y reflejaban la luz del farol.

– Tomen asiento, por favor. ¿Desean tomar algo? ¿Café, té?

Naira y Antonio se miraron, intimidados por aquel ambiente sombrío. Seguía haciendo frío en el interior, y podían oír las corrientes de aire silbando en las profundidades de la casa. Aceptaron un cortado por compromiso y se sentaron mientras su anfitrión lo preparaba en la mesa de centro. Ninguno dijo nada hasta que Galván le hubo tendido a cada uno una taza de latón repujado y se hubo servido a sí mismo una infusión.

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Fuente: auction.catawiki.com

– Bien. Como le dije a la señorita Fariña por teléfono, estamos aquí porque no sé nada de su amigo Yeray desde el viernes por la noche, y me temo lo peor.

– Antes de nada – intervino Naira -, ¿quién es usted, exactamente, y qué tiene que ver con Yeray?

Galván asintió con la cabeza brevemente, como concediendo el punto. Bebió de su infusión antes de responder, y cuando lo hizo a Naira le dio la impresión de que sus ojos brillaban también como fuegos fatuos, como los de aquella cosa que había visto en el Aguere.

– Mi nombre ya lo conocen. Desde hace mucho tiempo dedico mi atención a estudiar una cara del mundo oculta a la mayoría de las personas, una que solo algunos, más por desgracia que por suerte, podemos penetrar. Digo por desgracia porque mirar al otro lado de ese velo te cambia para siempre, y nadie que haya visto lo que hay al otro lado puede olvidarlo ni alejarse por completo de ello.

– Todo eso está muy bien – dijo Antonio -, pero queremos saber qué pasa con Yeray.

– Me puse en contacto con su amigo al detectar sus investigaciones en internet. No tengo perfil público, desde luego, pero observo determinados dominios en los que, a veces, aparecen pequeños rastros de la verdad. Comprendí que su amigo tenía un problema y le envié un e-mail, luego lo invité a venir y a contarme su problema.

– Bueno – gruñó Antonio -, su interpretación del problema, en todo caso…

Galván rió suavemente, aunque por algún efecto que les puso los pelos de punta, su risa hizo un eco, ronco y áspero, en el otro extremo de la casa, como si algo enorme le hubiera coreado entre las sombras.

– ¿Qué fue eso? – saltó Naira. Galván la ignoró.

– Así que sigue usted sin creer – se encogió de hombros -. Entonces no puedo hacer nada por usted. Pero está aquí, así que al menos está dispuesto a contemplar la posibilidad.

– Quiero saber dónde está mi amigo.

– Yo también, señor González. Pero para eso voy a necesitar su ayuda.

– Nosotros veníamos a que usted nos ayudara – dijo Naira.

– Ayudémonos mutuamente. Pero antes necesito que comprendan, que comprendan de verdad, a qué nos enfrentamos.

Antonio se recostó en la butaca cruzándose de brazos.

– ¿Y a qué nos enfrentamos?

Galván dejó su taza sobre la mesilla y se retrepó a su vez en el asiento, mirándolos con aquellos ojos cuyo resplandor no parecía un reflejo del farol, sino una luz interna, pálida y lejana, como si un filamento de luz de estrellas hubiera quedado atrapado en sus pupilas.

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Fuente: pinterest

– Nuestra lucha no es contra carne y sangre, sino contra principados, contra potestades, contra los poderes de este mundo de tinieblas, contra las fuerzas espirituales de maldad en las regiones celestiales – se los quedó mirando un momento, como esperando una reacción; luego se encogió de hombros -. Veo que no conocen la carta de Pablo a los Efesios. Da igual, y no se preocupen, nada más lejos de mi intención que sermonearles con la Biblia.

– ¿Entonces? – dijo Antonio, malhumorado -. ¿Por qué perder el tiempo? ¿Y qué es eso de principados y espíritus?

Galván asintió con la cabeza, apoyando las manos, largas y con dedos finos como patas de araña, en los reposabrazos de la butaca. Echó la cabeza hacia atrás y entrecerró los ojos.

– Iré al grano, pues. Hay cosas antiguas, más antiguas que los conquistadores y los guanches, cosas de hambre y de rabia que ya estaban aquí, acechando, cuando los primeros seres humanos llegaron a las islas, como quiera que lo hicieran. Solo se las puede percibir del todo en el otro lado, donde tienen más poder, pero a veces pueden manifestarse aquí cuando algo las atrae, como tiburones al olor de la sangre.

Sentían presencias a su alrededor, como si algo se moviera entre las sombras que rodeaban el charco de luz del farol, como ojos que los observaban, hambrientos, antiguos, poseídos de una paciencia infinita y abismal. Naira se removió en el asiento, incómoda.

– ¿Qué son?

Galván se encogió de hombros.

– Simplemente son. Existían antes que el lenguaje y que los nombres, incluso que el pensamiento racional, y es inútil tratar de definirlos o limitarlos. Son un terror atávico, el pánico espontáneo que nos asalta a veces cuando estamos solos en lo más profundo de la naturaleza, donde todas las herramientas y la ciencia de la humanidad no valen de nada. Hay muchos tipos, si es que realmente se los puede clasificar; ni siquiera es correcto decir, como san Pablo, que sean “potencias malignas”, porque están tan por encima del bien  y del mal como las bestias del campo, aunque no por ello dejan de poseer inteligencia, a su propio modo. Podemos llamarlos demonios, ángeles, genios, espíritus… eso da igual.

Hizo una pausa. El viento continuaba silbando en las profundidades de la casa y en el jardín, haciendo frotarse entre sí a las ramas de los arbustos y los árboles. Casi parecía que aquellos susurros llevaban consigo palabras articuladas, un lenguaje incomprensible pero que resonaba en los oídos y en el fondo de la mente, a un paso de tener significado, pero siempre inasible. Galván continuó con aquella voz baja y susurrante.

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Fuente: pinterest

– Y sin embargo siempre hemos intentado ponerles nombre. Creo que Yeray les enseñó algunos, porque se les conoce en todas las culturas. Black Shuck o barghest, en el norte de Inglaterra, el Viejo Ojos Rojos en Flandes, el huerco en Asturias, dip en Cataluña, cadejo en Centroamérica, amarok en Groenlandia. Los aborígenes de La Palma lo llamaban iruene, y los de La Gomera irguan; en bereber es argu, cuyo plural es precisamente irguan. Lo mismo en Gran Canaria, tibicena, equivalente al tiwigzen bereber. Por cierto, del irguan de La Gomera se dice que aparecía como un animal lanudo que caminaba sobre dos patas, y lo mismo del Viejo Ojos Rojos Flamenco. Aquí, en Tenerife, se le llama hucancha, que literalmente significa “hombre perro”…

– Perdone, pero no nos interesa la clase de mitología – interrumpió Antonio -. ¿Qué pasa con Yeray?

– Paciencia. Es necesario entender esto para comprender lo que ocurre con su amigo – Galván volvió a llevarse la taza a los labios y tomó un sorbo-. Lo importante es que estos seres de oscuridad y de hambre han sido expulsados poco a poco de sus dominios, se han ido retirando a medida que avanzaba la civilización, pero nunca han desaparecido del todo. Yacen eternamente, pero no están muertos. Aún existen altares dedicados a su culto, o más bien a su propiciación, en los barrancos y las cumbres, donde ciertas familias les hacen sacrificios, generación tras generación, para mantenerlos dormidos y aplacados. Ya en el Testamento de Fray Arnau, escrito en 1400 por un fraile mallorquín que pasó más de cuarenta años en las islas, antes incluso de la llegada de los normandos, se menciona esta práctica. Ustedes encontraron uno de esos altares.

– Eso ya lo sabemos. Iris habló con una mujer de Patrimonio… – dijo Naira.

– Ah, sí – Augusto rió por lo bajo, y de nuevo resonó aquel eco ronco, aunque esta vez procedía de una dirección distinta -. Samarín y Castillo de Lara. Si ustedes supieran lo que significan esos apellidos… pero no hay tiempo ahora para eso. Lo importante es que al perturbar el altar despertaron a la bestia, al hucancha, y quedaron marcados. Como un sabueso cuando huele una presa, no descansará hasta haberlos cazado a todos, y quién sabe si aún entonces. Se alimenta de muerte y dolor, pero también de miedo, de angustia, de rabia y de desesperación, y siembra para cosechar. Cada vez que inflige terror se vuelve más fuerte, más capaz de actuar en este lado, y aunque descanse unas horas o unos días, su apetito se incrementa cada vez más, en proporción a su fuerza.

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Fuente: pinterest

– Marcados… – Naira cerró la mano sobre el antebrazo de Antonio, clavándole las uñas-. Eso fue lo que dijo el mendigo, el día que la cosa me persiguió por Santa Cruz. Que estaba marcada y que podía olerme.

– Más adelante tendremos que hablar de ese mendigo. Ahora no importa. Lo importante es, ¿están dispuestos a hacer lo que sea necesario para expulsar a esa bestia antigua al lugar del que vino?

– ¿Qué hay que hacer?

– Pero, ¿qué pasa con Yeray? – insistió Antonio.

– Yeray, señor González, vino a mí como vinieron ustedes, y le conté esto mismo. Le expliqué los pasos que debía dar, pero es un proceso lento y arduo, y Yeray era impulsivo y tenía mucha prisa, igual que usted. Creo que intentó apaciguar al hucancha por sí solo, sin estar preparado, y temo que no haya sobrevivido.

Un escalofrío de hielo recorrió las espinas dorsales de Naira y Antonio. Se miraron, con los pelos de punta, en aquella mansión centenaria llena de corrientes de aire que hablaban lenguas incomprensibles, en un océano de sombras, con aquel personaje estrafalario que les hablaba de monstruos y demonios como de lo más normal del mundo e insinuaba secretos aún más profundos, y les decía, como si tal cosa, que Yeray estaba muerto, que seguramente Iris lo estaba también. Tragaron saliva.

– Díganos qué hay que hacer. Lo haremos.

Augusto Galván asintió lentamente con la cabeza, uniendo las puntas de los dedos frente al rostro, escrutándolos con aquellos ojos que parecían despedir una luz propia y trémula.

– Espero que estén a la altura. Por su propio bien y el de todos.

Hucancha (13)

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Fuente: Saltaconmigo.com

Conducir por Anaga era como viajar en el tiempo, introducirse en aquellos bosques cretácicos de los que les hablaba Antonio cuando hicieron el fatídico sendero durante el que encontraron el altar. Yeray ascendió en el coche de sus padres desde San Andrés, tomando curvas cerradas entre montañas peladas y barrancos escarpados, dejando atrás las casas blancas de El Suculum antes de subir por la cresta de la montaña, entre riscos y bancales y, tras un laberinto de curvas y meandros cada vez más altos, con la roca a un lado y el abismo al otro, alcanzó el Bailadero, donde las brujas celebraban sus aquelarres, según Iris. Al otro lado, ya en las cumbres, comenzaba la laurisilva, pero a Yeray aún le quedaba recorrido.

La carretera, estrecha y mal asfaltada, estaba ahora rodeada de vegetación por ambos lados, excepto cuando un claro permitía ver la caída interminable hacia el fondo de los barrancos y, a lo lejos, el mar oscuro e indiferente. Entre árboles esqueléticos, como dedos desnutridos cubiertos de hojas de un verde intenso, pasó la entrada a La Ensillada, la zona de acampada que llamaban “el bosque encantado”, y continuó, más arriba, cada vez más lejos, internándose más profundamente en aquel túnel del tiempo que le llevaba al a época de los dinosaurios, de las cosas oscuras y hambrientas que acechaban entre las sombras y en las copas de los árboles, contemplando con ansia a los mamíferos de sangre caliente que se atrevían a invadir sus dominios.

A medida que se internaba en la laurisilva le iba invadiendo una sensación de agobio que se manifestaba en tensión en hombros y cuello, la mandíbula apretada, los ojos inquietos, moviéndose siempre de una sombra a otra, en busca de un enemigo o una aparición. No había vuelto a ocurrir nada desde la noche de la desaparición de Iris y la muerte del perro de Antonio, y ahora él se introducía en los dominios de la bestia, el lugar en el que la habían encontrado. Tenía armas, sabía a lo que se enfrentaba, estaba preparado, o eso creía. Pero ni toda la confianza del mundo podía vencer a un miedo atávico que estaba ligado a aquella tierra, a su sangre y hasta a su nombre, que había estado oculto en el fondo de su mente desde antes de que naciera.

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Fuente: ahorrayviaja.com

Los árboles se encontraban sobre la carretera formando una bóveda verde y negra que ya no atravesaba la luz del sol de aquel domingo por la mañana. Llegó finalmente al cruce que era la última referencia clara que tenía; Galván le había indicado lo que tenía que hacer, aunque le había insistido en que era demasiado pronto y tenía que esperar, pero una cosa es tener las direcciones de palabra, y otra estar allí. Google maps no le había ayudado: más allá de este punto no había nada, ni rutas, ni fotos, ni indicaciones. Solo sabía que en este cruce debía tomar el ramal de la derecha, que volvía a descender hacia la zona más árida de los montes de Anaga, y abandonar por un momento la laurisilva. Recordó el fatídico cruce durante el sendero, cuando había decidido ir hacia abajo en lugar de continuar la ruta como decía Antonio. Había sido culpa suya, y todo lo que había ocurrido después era su responsabilidad. Iris. Iris seguía desaparecida, y Yeray no tenía ninguna esperanza de que fuera a aparecer con vida. Su amiga había muerto por su culpa, y era su responsabilidad poner fin a todo aquello, aunque notara unas fauces de hielo cerrarse sobre su garganta y atenazarla de terror.

Continuó, abandonando la laurisilva hasta que la carretera dio paso a una pista de tierra que hacía gemir la suspensión del coche con sus rocas y socavones, y llegó un momento en el que tuvo que parar, porque el camino era demasiado estrecho, demasiado empinado y en demasiado mal estado. Pero estaba preparado; Galván lo había puesto sobre aviso. Aparcó, sacó la pesada mochila de senderismo y, aunque le temblaban las piernas, continuó, ahora ascendiendo de nuevo por aquel camino de cabras.

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Fuente: wikipedia 

El caserío se llamaba Las Casillas, y era el último punto de su ruta que aparecía en los mapas. Encaramado en la cresta de la montaña, con el barranco de Igueste de San Andrés a un lado y el de Ijuana al otro, no era más que las ruinas de varios edificios abandonados, en los que nunca llegaron a vivir más de veinte personas. La imagen era desoladora: paredes que se alzaban poco más de un metro del suelo, rotas como si las hubieran arrancado de un mordisco, escombros cubiertos de vegetación que había crecido durante décadas, envolviéndolos y usándolos como soporte, tejas rotas medio hundidas en la tierra, vanos de puertas y ventanas vacíos y oscuros como ojos de calaveras, y alrededor las cumbres cubiertas de bosques prehistóricos de la laurisilva y los barrancos áridos que descendían hacia la costa escarpada, allá a lo lejos. Apenas unos kilómetros en el mapa, pero en la realidad mundos enteros recogidos sobre sí mismos como serpientes, espirales infinitas que desafiaban las concepciones normales del espacio y el tiempo.

Espirales. A medida que atravesaba el pueblo fantasma le parecía notar algo extraño, algo inquietante que no encajaba, pero no sabía qué. Entonces se dio cuenta. Había símbolos grabados en algunas de las piedras, casi desvaídos por la lluvia y el viento, algunos ligeramente teñidos de un rojizo oscuro, aunque el pigmento casi se había desprendido. Se acercó para verlos de cerca con el corazón en un puño. Había espirales, sí, muchas. Figuras en forma de rombos, con los extremos de las líneas sobresaliendo del punto de contacto para volverse a curvar o cerrar, y también cruces y aspas. Había leído algo sobre aquello: símbolos de protección, amuletos contra el mal de ojo. Otros símbolos le recordaban a los que habían encontrado en torno al altar, grabados en la roca que lo protegía. Pero lo que más le impresionó fueron los hongos: aquellas cosas hinchadas, pálidas y leprosas que brotaban por todas partes en el barranco y aquí volvían a aparecer trepando por las paredes de las casas e infectando los troncos de los pocos árboles que se agarraban a las rocas. Se estremeció mientras pasaba de largo a paso rápido. Era señal de que estaba en el buen camino, pero eso no le tranquilizaba. En todo caso, Las Casillas era solo un lugar de paso. Su destino estaba más lejos.

Más allá de este punto Google maps no mostraba nada. Ni caminos, ni poblaciones, ni fotos, ni señalización. Solo una mancha verde recorrida por las finas líneas azules de los barrancos o, en la vista de satélite, las formas severas de la orografía, con sus riscos implacables y sus barrancos cortados a pico por la erosión. A partir de ahora iba completamente a ciegas. Descendió de nuevo aquellos caminos de cabras hasta que pudo volver a ascender, ya en el otro lado del barranco de Ijuana, hacia las cumbres verde oscuro que le llamaban como sirenas, meciéndose al compás del viento. Sabía que este camino era más directo que el que había hecho con sus amigos, mucho más corto, pero desde luego no era más sencillo, ni más seguro. Se estaba metiendo en las profundidades de aquel bosque ancestral, solo, sin que nadie supiera exactamente dónde estaba excepto, quizás, Galván, y a su alrededor el único signo de presencia humana era el hecho de que la vegetación no hubiera devorado completamente aquel sendero. Los laureles y los viñatigos pronto se cerraron sobre él mientras las hojas de los helechos le cubrían los pies. Había girones de niebla enganchados a las ramas altas, y notaba las gotas de agua deslizarse por el cuello de su camiseta y bajar, gélidas, empapándole la espalda. O puede que fuera miedo.

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Fuente: Saltaconmigo.com

El camino le llevó varias horas, durante las que siguió viendo hongos amarillentos y carnosos brotar en los troncos de los árboles, en las rocas y en el mismo suelo, y también algunos símbolos grabados a cuchillo en la corteza o la piedra. Tuvo que pararse a descansar, a comer algo, allí sentado sobre una roca cubierta de musgo, solo en la oscuridad a la que no llegaba la luz del sol, rodeado de troncos retorcidos, hongos putrefactos y niebla que cada vez bajaba más y más, amenazando con cubrirlo todo y hacer que se perdiera y se matara al caer por algún barranco. Solo por curiosidad, intentó consultar el móvil: nada. No había cobertura ni internet. Estaba incomunicado, tan incomunicado como si estuviera solo en medio del Amazonas o del Sáhara, e igual de inaccesible o más, porque hasta allí solo podrían venir a rescatarlo a pie. Se obligó a levantarse y a continuar, aunque solo fuera porque ya no había vuelta atrás. Había llegado demasiado lejos como para volver, pese al miedo que le atenazaba y pese al frío y la humedad que se le metían en los huesos, cada vez más intensos a pesar de que el mediodía se aproximaba.

La última cuesta trazaba una curva cerrada, en la que el camino se iba ensanchando, como si fuera más transitado, una señal tímida de algo remotamente parecido a la civilización. Al otro lado, apenas cuatro casas de piedra y un local o almacén de hormigón pintado de verde, ocultos entre lomas cubiertas de vegetación. Debía haber otra forma de llegar, más accesible, porque había un furgón y un coche desvencijados aparcados tras el almacén, pero Yeray no veía ningún otro camino. Había llegado a su destino: Timabisen. Galván le había dicho que el nombre era aborigen, pero no supo o no quiso darle la traducción. También el asentamiento lo era. De una forma u otra, allí, en medio del macizo de Anaga, lejos de todo, llevaba viviendo gente desde antes de la conquista, guardando algo que él se disponía a profanar.

Se adentró en el caserío: no se veía ni un alma, como si estuviera tan abandonado como Las Casillas. Solo vegetación salvaje creciendo en el suelo sin asfaltar, hongos trepando por las paredes y casi devorando algunos de los tejados, y de nuevo aquellos símbolos pintados o grabados en las piedras. Cuando pasó por delante del local le pareció ver movimiento al otro lado de la puerta metálica entreabierta, pero no se detuvo. Al otro lado, rodeada de laureles, se veía una ermita desvencijada, casi devorada por las raíces, las enredaderas y los hongos, a cuya puerta dormitaban dos enormes perros negros cuya visión hizo que el corazón de Yeray diera un salto. Pero los animales no hicieron más que levantar la cabeza, olisquear y seguir durmiendo. Seguía solo.

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Fuente: bswalesphotography.co.uk

Oyó pasos a su espalda, pero no se volvió. Continuó su camino, rodeando la iglesia para encontrar lo que buscaba: un sendero estrecho, escarpado, rocoso y cubierto de musgo y hongos, que descendía casi a pico la ladera en dirección al barranco. Aquel era el barranco que ellos habían descendido hasta la playa y, remontándolo desde ese punto, podría encontrar de nuevo el altar fatídico. Le convenció de que estaba en lo cierto lo que vio a ambos lados del sendero: más símbolos grabados en las rocas, y vasos de cristal en los que ardían velas, los churretones de cera desbordando los recipientes para pegarse a la piedra y la tierra.

– Oiga, joven – una voz ronca, profunda, a su espalda.

No respondió. Armándose de valor, empezó a descender el sendero, pasando entre las llamas que marcaban el umbral.

– Joven, ¿qué hace? ¿A dónde va?

Se adentró en la oscuridad.

 

 

 

Hucancha (12)

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Fuente: teatenerife.es

Domingo en el TEA. Naira se había pasado el sábado encerrada en casa, estudiando para no pensar en que Iris seguía desaparecida ni en el plan disparatado de Yeray para ir a ver a no sé qué charlatán para que le hiciera un rezado, como el que le hacían a sus primos de pequeños, y le estafara un dineral. Hoy una de sus compañeras de piso iba a reunirse con varios compañeros de clase para hacer un trabajo en grupo, así que Naira había tenido que emigrar en busca de paz y tranquilidad para su propio trabajo final de grado.

Tampoco es que pudiera concentrarse mucho. En medio del mar de blanco inmaculado de la biblioteca municipal, prácticamente vacía excepto por grupitos de otros estudiantes y algún usuario que paseaba entre las estanterías bajo las lámparas colgantes en forma de lágrima, la mente de Naira se apartaba de las gráficas y las tablas que le pasaban por delante de los ojos en la pantalla del portátil y volvía una y otra vez a Iris. ¿Qué había pasado aquella noche? ¿Dónde estaba? Eran ya tres días sin noticias de ella, cuatro contando el propio jueves. ¿A dónde habría ido? La culpa le roía el alma al pensar que, quizá, durante la discusión le habían dicho algo que le había hecho daño de verdad, algo que le había afectado tanto como para tener un accidente.

Pero aún así, una y otra vez, aunque no quería admitirlo, recordaba aquella figura que había visto entre parpadeos de las luces, acechándolos desde el pasillo. Recordaba cómo todos se habían ido poniendo más agresivos sin motivo aparente, cómo se habían dicho cosas que no pensaban, encontrando un placer perverso en herir y hacer daño, en humillar. Recordaba las voces que se alzaban del resto de las mesas, cómo todo el local parecía haber enloquecido al mismo tiempo, el sonido de discusiones y peleas reverberando en las paredes al son de las luces parpadeantes.

Las luces que se encendían y apagaban erráticamente, como cuando Antonio se había encontrado con aquella cosa, perro o lo que fuera, a la entrada de su casa. Como las que se habían apagado de súbito en la calle cuando Yeray tuvo su episodio de parálisis del sueño.

Siempre lo mismo. Luces que se apagan o parpadean, figuras sombrías y agresivas, y hechos difíciles de explicar. Como aquella cosa que la había seguido por toda la calle de La Marina y más allá, hasta la estación de guaguas. ¿Qué era? ¿Qué estaba pasando?

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Fuente: blogs.imf-formacion.com

Minimizó la ventana del trabajo, incapaz de seguir prestándole atención, y dejó descansar la frente en las manos, con los rizos negros cayéndole por las muñecas. ¿A qué se enfrentaban, si es que se enfrentaban a algo? Puede que no fuera todo más que una serie de coincidencias, un montón de acontecimientos al azar que ellos estaban enhebrando en un patrón sin ningún motivo. Pero no, era imposible. Tenía que estar relacionado, estaba todo demasiado claro, eran demasiadas coincidencias. Había una respuesta muy clara, pero no le gustaba, no podía aceptarla, porque no creía que fuera posible.

Y sin embargo, era. Todo había empezado en el monte, con aquel extraño altar. Luego las apariciones, la parálisis de Yeray… y ahora la muerte del perro de la madre de Antonio. Había una progresión clara, como si algo estuviera cercándolos, acechándolos, acercándose cada vez más, llevándolos a donde quería. Una progresión… se le cerró el estómago al pensar lo que eso podría significar, teniendo en cuenta la desaparición de Iris.

Iris. ¿Qué pasaba con la funcionaria con la que se había entrevistado? Les había dado una respuesta obviamente falsa, y no había vuelto a aparecer, aunque había dicho que posiblemente tendría que reunirse también con los demás. ¿Sabría que Iris había desaparecido? Un escalofrío recorrió la espalda de Naira, ¿tendría algo que ver?

No, no, imposible. Una cosa es mentir para ocultar quién sabe qué y otra cosa es tener algo que ver en la desaparición de una persona. Estamos en Canarias, aquí no pasan esas cosas, en el mundo real no hay conspiraciones como en las series con secuestros y asesinatos para ocultar la verdad. Y sin embargo… sin embargo, la funcionaria había mentido, Iris estaba desaparecida, y Canarias era una de las comunidades en las que más desapariciones se registraban cada año, y de las que menos se resolvían. Lo había leído hacía poco en el periódico.

¿Qué estaba pasando? Le llenaba de terror y de angustia que aquello pudiera ser real. Desapariciones, movimientos extraños por parte de funcionarios del Gobierno, apariciones y hechos imposibles de explicar, animales muertos. Necesitaba hablar con Yeray y con Antonio, saber qué opinaban. Por encima de todo, necesitaba que la convencieran de que todo aquello no era posible, de que había una explicación lógica y racional, aunque aún no supieran cuál podía ser. Iba a necesitar a Toni para eso. Yeray seguía convencido de que los estaba atacando algún tipo de espíritu maligno en forma de perro, y lo que más molestaba a Naira era que todo apuntaba a que podía tener razón.

Yeray. No sabía nada de él desde el viernes. En realidad no había querido; estudiar se había convertido en su refugio en aquel fin de semana, para no pensar en Iris y en desapariciones. Pero Yera le había dicho que iba a hablar con el santero, o lo que fuera, el viernes por la noche, y desde entonces no había habido ningún contacto. Como mínimo lo normal era que le contara qué había pasado, qué tal la entrevista, al menos a ella, ya que no quería que Antonio se enterara. Pero nada. Nada.

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Fuente: 20minutos.es

Dejó el ordenador en la pantalla de cambiar de usuario, bajó la pantalla y se levantó, sacudiéndose nerviosamente la ropa como si quisiera sacudirse con ella el miedo y la incertidumbre. Necesitaba cafeína y necesitaba centrarse, y si no se movía para despejarse un poco la cabeza se iba a pasar la tarde allí metida, dándole vueltas a la cabeza. Con el móvil en la mano echó a andar hacia la cafetería de la biblioteca, con su barra negra, sus camareros uniformados y sus muebles de diseño. Pidió un barraquito acodada en la barra mientras escribía un mensaje a Yeray. ¿Qué pasaba? ¿Cómo había ido la entrevista?

Una sola marca. Mensaje enviado, pero no recibido. Estaría sin cobertura. Ya llegaría. Paciencia. No había por qué ponerse nerviosa.

Se llevó el barraquito a una de las mesas, lo revolvió tratando de no mirar el mensaje que no llegaba, y volvió a sumergirse involuntariamente en pensamientos negros sobre aquella situación. Necesitaba distraerse. Cogió el móvil de nuevo, buscó las aplicaciones, abrió Facebook, cualquier cosa con tal de no pensar, y justo en ese momento la pantalla se volvió negra y el aparato empezó a vibrar entre sus manos. Un aspa roja y una señal de verificación verde, el círculo en el centro esperando su decisión, y un número desconocido parpadeando en la parte alta.

Descolgó sin pensar.

– ¿Diga?

– Buenas tardes. ¿Hablo con Naira Fariña?

Muy formal. Se le encogió el corazón. ¿Iris?

– Soy yo.

– Mi nombre es Augusto Galván. Me dio su número Yeray Herández.

– Ajá- el santero, seguro-. ¿Qué ocurre?

– Está desaparecido.

 

Hucancha (11)

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Fuente: eldiario.es

Hay algo deprimente en los edificios oficiales, monstruos brutalistas de hormigón y azulejo marrón oscuro, que parecen diseñados para refugiar a las sombras durante el día y extraer la esperanza y la alegría como un exprimidor. La sala de espera olía a desinfectante barato y a lejía, y uno de los fluorescentes parpadeaba erráticamente con un zumbido ronco que se metía en los oídos. En un corcho de dos metros de largo, fijado a la pared, aleteaban con las corrientes de aire hojas impresas con tinta medio desvaída y pósteres de campañas oficiales de brillantes colores, todos ellos atravesados por chinchetas de cabeza metálica.

Yeray se paseaba a zancadas de un lado a otro, como si quisiera medir en pasos la longitud de la sala, mientras Naira, sentada en una desvencijada silla de plástico fijada a un banco metálico, trasteaba con el móvil para distraerse, sin ver realmente las fotos y comentarios que desfilaban ante sus ojos. De vez en cuando ambos levantaban la cabeza cuando sonaba un portazo, pero no era más que un agente de la Policía Nacional que iba de un lado a otro, a veces con prisa, cargados de expedientes, otras como paseando, en dirección a alguna cafetería. Y el reloj situado sobre el corcho avanzaba lentamente.

– No sé por qué tarda tanto. Con nosotros no tardaron tanto.

– Yo qué sé, Yera. Ya saldrá.

– Es que no sé qué tanto le tienen que preguntar. Sabe lo mismo que nosotros.

– O no. Ahora eso da igual. Lo que importa es que aparezca.

Yeray resopló y volvió a su deambular, de un lado a otro, deteniéndose en el corcho para leer algunos de los carteles, o asomándose a la ventana atravesada por las láminas verticales de una persiana. Al otro lado, la luz del sol se derramaba sobre árboles, palmeras, coches y balcones de hierro forjado de la calle Robayna. Un nuevo portazo en la lejanía, ecos de voces y risas, y el tiempo seguía pasando como a cámara lenta.

– Oye, Naira.

Estaba de nuevo junto a ella, de pie, tenso. Naira levantó la cabeza del móvil para mirarlo, mordiéndose la lengua. Con toda aquella situación lo último que le apetecía ahora era aguantar la histeria de Yeray y su manía de darle vueltas a todo veinte veces. No podían hacer nada. No podían hacer nada más que esperar, y por mucho que lo hablaran y elucubraran no iban a sacar nada en limpio.

– ¿Qué pasa?

– Mira, antes de que salga Toni de declarar. Yo no puedo más con esto. Esto no es normal.

– Claro que no es normal, Yera. ¿A ti te había desaparecido alguna amiga antes? ¿Te quieres callar ya? – golpe seco con el móvil en el plástico de la silla vacía a su lado, que retumbó en el alto techo de la comisaría como una campanada.

– No. Ni se me habían aparecido cosas mientras duermo. Ni me habían seguido por la calle como a ti. ¿Y el perro de Toni? ¿Y todo lo demás?

– ¿Qué es todo lo demás, Yera? – Ahora le tembló la voz a Naira, porque recordaba “lo demás”, lo que él no sabía: la cosa que había visto en el pasillo del Aguere, mirándolos, justo cuando empezaban a discutir, ellos y todos los que les rodeaban -. No hay nada más. Son coincidencias. Ilusiones ópticas, yo qué sé.

El otro se dejó caer en una de las sillas, junto a ella, y se llevó las manos a la cabeza, negando enfáticamente.

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Fuente: yelp.es

– No, no. ¿Ahora son ilusiones ópticas? Ayer era un hongo inventado, y esa es otra, Naira, esa es otra. ¿Por qué va a inventarse esa mierda la de Patrimonio? Aquí hay algo más, algo raro que no sabemos. El Gobierno está metido, seguro. A lo mejor la policía también.

– ¿Pero qué dices del Gobierno? ¿Tú te oyes? Esto no es una serie, Yera, déjalo ya. Ahora que se ocupe la policía de encontrar a Iris, que es lo más importante.

– No la van a encontrar. No la van ni  a buscar. Están metidos en esto.

Ahora fue el turno de Naira de levantarse y alejarse a zancadas hacia la ventana, tratando de escapar de las elucubraciones de su amigo. Este se levantó para seguirla.

– Mira, estuve buscando en internet…

– ¡Y dale!

–  Ya viste lo que encontré. Hay gente que se dedica a investigar estas cosas, especialistas, y hay uno en La Laguna.

Naira se revolvió como un gato acorralado, haciendo aspavientos con las manos.

– ¡¿Me quieres dejar en paz?!

– ¡No, no quiero! Haz el favor de escucharme – Yeray blandió el móvil -. Contacté con el nota y le hablé un poco del caso este y quiere reunirse conmigo. A Toni ni se lo digo porque se va a poner como una fiera y no va a venir, pero estaría bien que alguien me acompañara. ¿Quieres venir conmigo?

Naira se apoyó en la pared, negando con la cabeza, los ojos cerrados, los puños apretados. Estaba empezando a hartarse mucho de todo aquello, pero, al mismo tiempo, algo rascaba las compuertas del fondo de su mente, tras las que había escondido sus dudas y sus miedos. Algo la miraba desde allí con ojos como estrellas moribundas, algo que la había seguido, olfateando, a través de la calle de La Marina y que la había observado en el Aguere con una curiosidad cruel, casi inteligente. Y el mendigo había dicho que estaba marcada. Marcada…

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– No voy contigo, Yera. No voy a ir a hablar con un charlatán, un vidente o lo que sea ese tío para que me eche las cartas y me mande a tomar un mejunje o me haga un exorcismo. Y tú tampoco deberías. Te va a cobrar un pastón, te va a engañar, y no te va a solucionar nada. Que ya tenemos una edad para estar con tonterías, de verdad.

Yeray retrocedió como si le hubiera cruzado la cara. Durante un momento pareció que iba a decir algo, abrió la boca, se mordió los labios, miró a Naira a los ojos, casi suplicando, pero luego se giró y se volvió a los asientos de plástico.

– Te voy a mandar el contacto del tipo y la ubicación. Voy a ir esta tarde a las ocho, espero que te lo pienses y me acompañes.

Naira no contestó. Se giró hacia la ventana y se apoyó con los codos en el borde, mirando hacia los coches que pasaban en aquella mañana de viernes de mayo, bajo los rayos del sol, lejos de la deprimente arquitectura de la comisaría central, lejos de fenómenos extraños y conspiraciones absurdas y videntes. Yeray se dejó caer en la silla y, segundos después, el móvil de Naira, abandonado junto a él, vibró, desplazándose sobre el plástico.

Sonó otra puerta. Antonio cruzó el umbral con aspecto de venir de la guerra. Parecía cansado, agotado, con profundas ojeras y la cara larga, mustia. Incluso la ropa la tenía arrugada y mal puesta, reflejo de las preocupaciones por la desaparición de Iris y la muerte de Bruno. Habló con un hilo de voz, casi sin levantar la vista.

– Vamos.

 

Hucancha (10)

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Pateos de fin de semana

Iris, Naira, Yera, tú

 

1:35 Iris, ¿llegaste bien a casa?

2:40 Llegaste?

Naira

2:43 Estará acostada ya

2:43 No le daba tiempo de llegar a la una y media

2:44 Iris, estas enfadada?

2:44 Oye, perdona por las cosas que te dije, no sé qué me pasó. Estamos todos nerviosos

2:45 Pero tu sabes q no va en serio

2:46 Despues de tu irte seguimos hablando y arreglamos un poco las cosas nosotros.

Yera

2:46 Tío, déjalo ya, que son las tres de la mañana y hay clase

2:46 Ya lo hablamos mañana cuando lo vea

 

HOY

 

6:04 Iris en serio, estás cabreada?

 

Antonio dejó el móvil en la mesilla de noche y se recostó de nuevo en la cama, tratando de mantener los ojos abiertos. Tres horas de sueño hasta que el pitido del despertador le había perforado los tímpanos, y ahora le estaba costando enormemente mantenerse despierto y obligarse a empezar el día. Había tenido sueños perturbadores, de nubes negras, humo y truenos, raíces alzándose al cielo, alas y huesos rotos y sangre sobre la nieve y la piedra. Se despertó con mal cuerpo, que atribuyó a la discusión y a la falta de respuesta de Iris, pero había algo más, una sensación de malestar que se le revolvía en el pecho, como si le hubieran dado una noticia terrible mientras dormía, de la que no recordaba ningún detalle.

Se incorporó, sentándose en la cama y buscando con los ojos la camiseta que había dejado sobre una silla la noche anterior. Cuando salió de la ducha seguía sin haber mensaje de Iris. Bajó a desayunar bostezando, esperando a Bruno, que solía salir de la cocina a recibirlo moviendo el muñón del rabo. Nada. Estaba todo inusualmente silencioso, más de lo habitual a las seis de la mañana de un viernes, aunque se oía trajín en la cocina.

Cuando entró su madre estaba haciéndose el sándwich que se llevaba para comer a media mañana en el trabajo, delante del fregadero que había bajo la ventana. Al otro lado de las cortinas color crema, el cielo nocturno aparecía cubierto de nubes bajas que reflejaban luces anaranjadas y azules que giraban hipnóticamente. Era lo único que iluminaba el paisaje, perfilando las lomas y los tejados; todas las farolas de la calle, que no eran muchas, seguían apagadas, como cuando había llegado de madrugada.

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Fuente: Robert Kuykendall en Flickr

– Buenos días. ¿Qué es eso?

– No sé, lleva así desde que nos levantamos. Habrá pasado algo, anoche antes de que llegaras los perros estuvieron otra vez llorando y aullando.

Otra vez. Toni se tensó involuntariamente al oírlo. Sabía que no debía ser nada del otro mundo, había miles de explicaciones racionales para todo lo que estaba pasando, pero no podía evitar ponerse nervioso. Se acercó a la placa para preparar café mientras su madre terminaba de envolver el sándwich.

– Por cierto, no encuentro a Bruno y no me da tiempo de sacarlo. Mira a ver si le puedes dar una vuelta tú antes de irte.

– Vale. Se habrá puesto nervioso con el ruido y se habrá escondido o algo. Ahora echo un ojo.

– Pues me voy ya, que se me hace tarde. Hasta después.

– Hasta luego.

Escuchó la puerta cerrarse mientras preparaba el desayuno. ¿Dónde podía haberse metido el perro? La casa no era grande, aunque tenía recovecos en los que un yorkshire pequeño podía meterse. Aún así, un perro no es un gato, y menos uno con las patas tan cortas: encima de una estantería no iba a estar. Seguramente se habría arrastrado debajo de algún mueble y se habría quedado frito. Desayunó tranquilamente, esperando oír las uñas del perro sobre el suelo en cualquier momento y que viniera a pedirle comida con aquellos enormes ojos marrones y una oreja doblada sobre la cara como un flequillo, pero nada.

Al otro lado de la ventana, las luces seguían girando contra las nubes que se iban aclarando poco a poco con el amanecer.

Dio una vuelta por la casa llamando al perro, sin recibir respuesta. ¿Estaría fuera? Era improbable que se hubiera escapado, pero a lo mejor estaba en alguna madriguera en la huerta o escondido detrás de algo en el patio. Tenía que haberse asustado mucho para esconderse de esa manera y seguir escondido por mucho que lo llamaran. La preocupación empezó a mezclarse con algo de irritación. Lo menos que le apetecía a estas horas de la mañana, antes de ir a clase, era ponerse a buscar al perro que jugaba al escondite.

Salió al patio delantero en el momento en que un vecino venía bajando por un camino que desembocaba en el que pasaba por delante de su casa, desde la dirección del matadero. Venía caminando con cuidado en la semioscuridad, y a la luz gris del amanecer la brasa del cigarrillo parecía un fuego fatuo. Fumaba con caladas rápidas, con cierto nerviosismo.

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Fuente: pinterest 

– Buenos días, don Vicente.

– ¿Qué pasó, mi niño? Buenos días.

– ¿Sabe qué pasa en el matadero? Lleva la guardia civil desde anoche, ¿no?

El anciano se acercó al muro del patio, con las cejas canosas convergiendo sobre la nariz y el cigarro en la boca. Apoyó el codo en la parte superior de la puerta, inclinándose hacia Antonio como si fuera a conspirar.

– Desde la madrugada están ahí. El Seprona, la local, protección civil, la ambulancia, de todo hay.

– ¿Y eso?

Don Vicente suspiró dramáticamente antes de dar una calada larga al cigarro.

– Eso que por lo visto el de seguridad llegó esta mañana y se encontró a todos los pollos muertos en las jaulas. No quedó ni uno.

– ¿Pero de una enfermedad o qué?

– No se sabe. Bueno, no me dijeron. Dice doña Luisa, que la hija trabaja en la limpieza y no la dejaron pasar de la puerta, que no, que era como si los hubiera matado un animal, pero las jaulas estaban todas cerradas. Pero no puede ser, será que no lo vio bien.

Un animal… las historias de Yeray resonaban en los oídos de Toni, pero intentó mantenerse dentro de la racionalidad. Todo aquello no podía ser.

– ¿Y no hay seguridad por la noche?

– Sí, dicen que se encontraron al tipo desmayado, por eso vino la ambulancia. Luisa dice que cuando se despertó desvariaba, no sé qué le habrá pasado.

– Habrá sido una fuga de algo o una intoxicación, ¿no?

El anciano se encogió de hombros y apagó el cigarrillo en el muro.

– A saber. Es todo muy raro. Luisa dice que le recuerda a lo de Taco, pero eso son cosas de viejas.

– ¿Qué de Taco?

– Ah, tú no habías nacido. Bueno, es que tus padres serían chicos, fue en el setenta y nueve. Empezaron a aparecer animales muertos, dos perros en Taco, un cochino en Guamasa. Luego conejos, gatos, y un montón de cabras, en Arafo, en Icod, en el Puerto… Dicen que sin sangre, y que les faltaban órganos, la prensa empezó a hablar de vampiros y del chupacabras. Había gente que decía que también un chiquillo, pero nunca se supo seguro.

Antonio, apoyado en la verja, negó con la cabeza. Cuentos de viejas.

– La gente no sabe qué inventar ya, y los periódicos, en vez de dejar las cosas claras, lo empeoran todo.

– Sí, hijo. Se volvieron locos, que si ovnis, que si sectas satánicas… Bueno, en aquella época hasta dijeron que unos niños del colegio de Taco habían visto “un bicho peludo” y que era el chupacabras.

Un bicho peludo. De nuevo, Yeray y sus historias de perros fantasmales y apariciones. Notó cómo se le cerraba el estómago y el desayuno empezaba a removerse. Más allá de la cabeza canosa de don Vicente, el cielo gris empezaba a ponerse anaranjado y las luces que rodeaban el matadero se iban apagando poco a poco.

– La gente está loca.

– Loca, sí. Bueno, mi niño, me voy tirando para casa. Hasta luego.

– Hasta luego, don Vicente, buen día.

El anciano se despidió con un gesto y continuó renqueando carretera abajo y Antonio se apartó de la puerta para seguir buscando al perro. Era raro que no hubiera salido ya al oír voces, y que llevara tanto tiempo escondido. Como casi todos los yorkshire, era un animal nervioso, y no solía estarse quieto y callado mucho tiempo.

Una mirada rápida al móvil le confirmó que no había noticias de Iris. Echó un vistazo en el patio de la entrada, detrás de las jardineras y de las macetas, entró y se agachó debajo de todos los muebles y los recovecos donde podría haberse metido, subió a las habitaciones, probó el cuarto de baño, el rincón donde tenía su cama y sus juguetes, el comedero… nada. La puerta de atrás le llevó a la huerta, donde había mucho más sitio para esconderse entre las plantas que cultivaba su padre por afición.

A aquellas horas, con el sol apenas despuntando, y en un día tan nublado como aquel, la huerta podía llegar a dar miedo. Su padre últimamente la tenía descuidada, y toda clase de ramas, raíces y hojas crecían y se entremezclaban sin control proyectando sombras que no dejaban pasar la escasa luz del amanecer hacia la tierra oscura y húmeda. Por el rabillo del ojo podía ver a los insectos y a los lagartos moviéndose en todas direcciones.

Apartó ramas y tallos, rodó maceteros, se metió por recovecos por los que apenas cabía, pero no encontró nada, hasta que algo llamó su atención. Un bulto inesperado, difícil de identificar por el rabillo del ojo, oculto entre las matas. Se acercó corriendo, las apartó sin preocuparse de romperlas y cayó de rodillas en el barro, manchándose los vaqueros y ahogando un grito.

Era el cuerpo destrozado de Bruno.

 

Hucancha (9)

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La Laguna de madrugada era una ciudad fantasma. A solo unos pasos de los bares y cafeterías uno se encontraba con anchas calles peatonales pavimentadas de adoquines, flanqueadas por casas de una o dos plantas, la mayoría del siglo XVII o XVIII, cuyas ventanas de guillotina reflejaban la luz de las farolas. Hacía frío, siempre hacía frío, y una humedad que se colaba bajo la ropa y calaba en los huesos. Iris caminaba en solitario por aquellas calles vacías, arrebujada en la chaqueta demasiado ligera que se había traído. No se oía nada, ni una voz, ni un eco, ni siquiera el de los tacones de las botas en los adoquines.

Trazada casi con tiralíneas, la calle Herradores se prolongaba delante de ella prácticamente hasta su final en la plaza de la Concepción. Ni un alma en la calle, ni delante de ella ni a su espalda, donde la calle se prolongaba hasta la esquina de la avenida de la Trinidad. Estaba completamente sola en medio de la noche. Tampoco le parecía mal: seguía de mal humor, pese a que el aire frío de la madrugada la había despejado un poco. La discusión con sus amigos la había dejado tocada, y aún repasaba en su mente, en la soledad de La Laguna, respuestas que no había dado y frases hirientes a las que no sabía sabido replicar. Todos estaban enfadados. La tensión de lo que estaba pasando, las alucinaciones, o lo que fueran, la intervención de Patrimonio… estaba haciéndoles efecto, y sabía que no pasaría mucho tiempo hasta que empezaran a volar las acusaciones y a buscar culpables.

Se detuvo un instante frente a la casa San Martín, cuya pesada portada de piedra del siglo XVI, cerrada a cal y canto, contrastaba con las tiendas de ropa y bisutería que la rodeaban. Al otro lado de la calle, la luz de una farola creaba profundas sombras en las cuencas vacías de dos maniquíes en un escaparate. Llegó a meter la mano en el bolso en busca del móvil, aunque no sabía qué iba a decirles a los demás. ¿Que lo sentía? No lo sentía, porque no había hecho nada. Si les escribía estaba segura de que acabaría diciendo algo de lo que de verdad se arrepentiría. No, no era el momento.

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La luz de la farola empezó a parpadear. ¿Qué pasaba aquella noche? ¿Estaba fallando el servicio eléctrico de toda La Laguna a la vez? Echó a andar de nuevo, sintiendo cómo la invadía un frío inusual, mucho más intenso de lo común incluso para aquella hora. Le salía vaho al respirar y empezó a sentir cómo se le entumecían los dedos dentro de los bolsillos. Pasaba por una bocacalle entre dos tiendas de ropa justo cuando la luz parpadeó; al encenderse de nuevo algo la sobresaltó, una sombra entrevista por el rabillo del ojo. Un nuevo parpadeo de la luz. Allí no había nada.

Continuó su camino. Todas las farolas de la calle, fijadas alternativamente en fachadas a izquierda y derecha, parpadeaban ahora al unísono, como un gigantesco ojo somnoliento. Luz. Oscuridad. Luz. Oscuridad. Como el latido de un corazón. El frío era cada vez más intenso, hasta el punto de que sintió cómo le castañeteaban los dientes. Pasó los paraguas plegados y las sillas sobre las mesas de la terraza de una cafetería, y, en ese momento, oyó algo a su espalda.

Al principio pensó que era el rugir de una moto, alguien que se había metido por el centro de La Laguna, pese a ser peatonal, aprovechando que a esas horas no había nadie. Pero no, no había luces, ni moto. Solo aquel gruñido bajo, reverberante, que hacía vibrar los cristales de escaparates y ventanas, y el flujo y reflujo de las sombras al compás de las farolas parpadeantes. Le recordaba a lo que habían oído al salir de aquel maldito barranco, y un escalofrío le recorrió la espalda de arriba abajo. Entonces lo vio.

Una sombra, como había dicho Naira. Algo enorme y cuadrúpedo que ocupaba toda la calle, con aquellos ojos de fuego gélido que la miraban. Cada vez que se apagaban las farolas parecía crecer como una mancha de tinta que le llenaba todo el campo visual, y luego, al volver la luz, volver a retroceder como las olas cuando arañan la costa. El gruñido le llenó los oídos, empezó a reverberar en sus huesos.

Dio un paso atrás. La cosa no se movía. Un pánico cerval le atenazó el cuello y le cortó la respiración. Quería seguir retrocediendo, irse corriendo, pero no podía, estaba inmóvil, paralizada.

La cosa se irguió. Bípeda, como un hombre, demasiado grande, alta como una torre, mirándola desde arriba como se mira a un insecto. Empezó a distinguir rasgos, brazos, piernas, un hocico bestial bajo las estrellas gemelas de los ojos, y sintió que se le iba a parar el corazón. La cosa dio un paso hacia ella.

Iris emitió un chillido ahogado y se movió como sacudida por una descarga eléctrica. Se giró sintiendo lágrimas de terror bajar por sus mejillas y echó a correr calle Herradores arriba, los tacones repiqueteando en el empedrado.

A su espalda, un gruñido ronco, casi un ladrido exultante que llenó el cielo y le saturó los tímpanos. Y el chasquido de garras sobre las losas.

Todas las luces de la calle se extinguieron a la vez. Definitivamente.