Mascotas

Nota: Este relato fue mi propuesta para la antología Terra Nova vol. 2; me comentan que les ha gustado, pero no le ven encaje en la antología, así aquí lo tienen. 

 

El trueno de tacones de veinte centímetros sacudió la suite entera, resonando en los escalones como una descarga de artillería, a pesar de que quien los llevaba, la famosa Angela Carmini, no debía pesar cincuenta kilos. Un auténtico ejército de asistentes, técnicos, asesores y empleados se volvía hacia ella a medida que bajaba, como un campo de girasoles cuando sale el sol. Parada en el último escalón, elevada sobre los tacones como un pedestal, con el pelo negro, lustroso, que siempre parecía salido de un anuncio y aquel gesto elegante que le caracterizaba, la barbilla imperiosamente alta, se dirigió a sus adoradores:

–       ¡No tengo nada que ponerme! ¿¡Dónde están los de vestuario?! ¡Mi vestido! ¿Por qué no ha llegado! ¡Jean!

La voz de la celebridad internacional, famosa a los quince años por ser hija de un magnate financiero, a los dieciséis por un escándalo con un actor de Lagos, y aproximándose ya a la senectud de los veintidós, sonaba como cristal siendo destrozado en una batidora. Ante los gritos, todos los presentes agacharon la cabeza y trataron de volver a sus tareas sin cruzar la mirada con sus ojos oscuros, que podían condenarlos al destierro del paro por mero capricho. Solo uno, un joven rapado con la calva llena de tatuajes japoneses y camisa transparente, se acercó a la carrera con una tableta flexible entre las manos.

–       Aquí estoy, cariño, aquí estoy.

–       ¿Por qué no ha llegado mi vestido, Jean?- escupió Angela, asesinándolo con los ojos-. ¡La cena es esta noche!

Jean sonrió nerviosamente, tratando de no limpiarse la cara de la saliva con la que Angela lo había duchado; había visto a gente caer por eso. “Esta noche”, pensó para sí. La cena es en una hora, pero esta niñata es incapaz de recordar algo tan sencillo si no hay alguien con una agenda a su lado.

–       Bueno, nos acaban de llamar hace un momento. Arianna dice que no te enviará más vestidos.

–       ¿¡Qué?!- lo agarró por los hombros violentamente, clavándole las uñas de polímero sintético en la camisa y la piel, hasta hacer brotar la sangre-, ¿por qué no?

El asistente personal trató de mantener la compostura. Las uñas habían sido idea de un fan especialmente creativo, en la época en que Angela se enzarzaba casi semanalmente en peleas con Helena Lion en las que las dos acababan en comisaría. Se habían financiado a toda velocidad, y en la última pelea (algo sobre los favores de un modelo de ropa interior sudafricano) Helena había terminado con cicatrices que necesitaron cirugía. Por suerte para ella, sus fans eran de gatillo fácil con la tarjeta de crédito; por eso Angela la odiaba tanto.

–       Esta mañana el vídeo que subimos el jueves alcanzó el millón de visitas, y supongo que les habrá llegado.

Ella se lo quedó mirando como si le estuviese hablando en arameo antiguo. Aquellos ojos oscuros, casi siempre entrecerrados con odio, desprecio o malicia, estaban abiertos como faros, como los de un niño pequeño al que se le intenta explicar lo que es el bien y el mal.

–       ¿Y qué…?

Jean le pasó el brazo por los hombros desnudos y la hizo bajar de la escalera. Con los tacones, era casi tan alta como él, y había que reconocer que sabía moverse con ellos. Los técnicos y asistentes se apartaban a su paso, dejándoles vía libre hasta un enorme sofá neobarroco construido con fibra de carbono dorada y tapicería verde neón que repelía la suciedad. Jean la hizo sentar, casi tumbada, y ocupó su lugar habitual en el reposabrazos.

–       Cariño, Arianna es una marca con prestigio. Les gusta pensar que son elegantes y refinados. El vídeo…

–       ¿Qué pasa con él?

–       No les gusta que su última creación para fiestas elegantes termine empapado en vómito y mezcal y alrededor de tus caderas después de cuatro días de juerga. Vete a saber por qué.

Ella nunca entendía sus ironías. Todos estos famosos por ser famosos, una auténtica plaga que había terminado con los verdaderos profesionales hacía casi dos décadas, eran poco más que niños mal criados o mascotas a las que había que alimentar y cuidar. Ninguno tenía capacidad para pensar más allá de lo evidente.

–          ¡Pero me habían prometido un vestido! ¡No me pueden prohibir usar su ropa!

–          Dicen que puedes comprar cuanto quieras, pero no van a regalarte nada más, ni a promocionarte. Lo siento, amor.

–          ¡Pero ellos ya saben quién soy! ¡La gente me quiere, es publicidad gratis, es…!

–          ¡Jean!

Había llegado su salvadora, lista para interrumpir la rabieta. Silvia, otra de las asistentes, que trotaba hacia él, con la cola de caballo saltando sobre su espalda y el piercing de neón de la nariz pulsando en rosa y blanco cada vez que respiraba. Acercó una butaca del mismo estilo que el sillón y se sentó con la tableta sobre una rodilla.

–          Acabamos de cerrar el crowdfunding para el vestido de Villon. Siete mil euros, así que nos sobran mil para el conjunto de lencería a juego. ¿Apruebo la compra?

–          ¡Sí!- saltó Angela, resbalando en la superficie sin fricción del sofá-. ¿Cuándo puede estar aquí?

–          Nos envían las bobinas de tejido por mensajero, garantizan media hora. El patrón se descarga en cuanto autorice la compra, así que en cuanto empiece a trabajar la impresora… digamos otra hora y media.

Angela miró a Jean como un cachorrito confuso ante los sonidos extraños que salen de la boca del amo.

–          No da tiempo. La fiesta es en una hora. Autorízalo y lo usaremos para la de mañana como estaba planeado.

–          Pero yo lo quiero hoy… ¿qué me pondré hoy?

–          Silvia, ve a buscar a Sofía y que prepare dos alternativas – ordenó Jean-. Que combine patrones viejos para que parezca algo nuevo. Luego me haces una encuesta exprés, no más de media hora. Di que Angela publicará un vídeo personalizado para todos los que voten, así se darán prisa.

–          Y di que es porque en Arianna nos han dejado en la estacada en el último momento.

Silvia miró a Jean de reojo, pero este negó con la cabeza sutilmente. La mujer se levantó llevándose la mano al auricular y trotó de nuevo hacia el fondo de la sala.

–          ¿Sofía? Esto es urgente, deja lo que estés haciendo…

–          ¡Jean! ¡Tenemos un problema!

–            ¿Qué pasa ahora?- el asistente personal se levantó del sofá para encararse con un hombre joven que leía algo en una pantalla plegada para no ser más grande que la palma de su mano. Se sentó en la butaca que había dejado libre Silvia, con las rastas entreveradas de neón ondeando a su alrededor como la corona de una anémona.

–          Están llegando las encuestas sobre el nuevo novio de Angela.

–          ¿Y qué problema hay?

–          ¿Quién es, quién es?- intervino ella, inclinándose para mirar la pantalla-, ¿es Kalid?

–          Es Yoshiro, pero cuando me he puesto en contacto con su representante…

–          ¿Qué?- Angela frunció el ceño, descontenta no solo de que su público hubiese escogido a su segunda opción, sino de que además hubiera problemas.

–          Parece que sus encuestas van por otro camino, y además con bastante ventaja.

–          Suéltalo ya, Namond, ¿quieres? Tenemos muchas cosas que hacer.

Namond echó una mirada de reojo a su jefa, tumbada en el sofá y medio desnuda, cuestionando mentalmente las prisas de Jean, pero se mordió la lengua. Carraspeó.

–          Bien, resulta que los fans de Yoshiro prefieren que salga con… – tragó saliva, evitando mirar a Angela, cuya cara se agriaba por momentos, y que estaba empezando a arañar la tapicería con aquellas uñas afiladas-, con Kalid.

–          ¿¡Qué?! ¿Y qué tiene ese que no tenga yo? ¡¿Será hijo de…?!

–          Parece que los vieron juntos la otra noche en Veracruz, alguien empezó el rumor, una cosa llevó a la otra…

–          Pero, ¿a ellos les gustan los hombres? – preguntó Jean.

Angela seguía rabiando y despotricando, retorciéndose en el sofá como una serpiente que hubiese mordido un cable de alta tensión, pero ninguno de los dos le hacía el menor caso. Namond se encogió de hombros.

–          A ellos les gusta lo que diga su público, como a toda esta gente. Pero parece que Yoshiro se ha pillado un berrinche como… – señaló a Angela con la cabeza, haciendo saltar las rastas-. Dice Sadako que están negociando para “filtrar” un vídeo de los dos en un hotel de Veracruz.

–          Pues tendremos que buscarle otra pareja a Angela. Ponte en contacto con los representantes a ver quién está libre, o a quién le interesa una ruptura escandalosa.

–          Voy – Namond se detuvo un momento, sonriendo de medio lado-. ¿Puedo sugerir Helena Lion?

–          No- la expresión de Jean era severa, pero había diversión tras sus ojos- Sabes que se odian y lo haces solo porque quieres ver ese vídeo “filtrado”- le dio una palmada en el hombro-. Largo de aquí y a trabajar.

Namond se retiró riendo a carcajadas, perdiéndose entre la nube de técnicos y personal que atestaba la suite, mientras Angela seguía rabiando en su sofá. Ahora estaba llorando y mordiéndose los puños. Jean se sentó junto a ella y la abrazó para consolarla, como a un niño pequeño.

–          Vamos, vamos, cariño, ya pasó. Te encontraremos otro, no pasa nada. Podemos sacar provecho de esto.

Ella lo miró con los ojos enrojecidos y el labio temblando, aferrándole el brazo con las uñas. Jean apretó los dientes mientras trataba de sonreír. Iba a tener que tirar la camisa, que le había costado dos mil euros en Shanghái.

–          Voy a llamar a Sadako, creo que Yoshiro también está en Roma hoy. Haremos que vaya a la fiesta y que te diga lo de Kalid, tendréis una pelea, lo grabaremos y esta semana estarás la primera en las clasificaciones. ¿De acuerdo?

Angela rezongó, remolona, sorbiendo fuertemente por la nariz y apartando la vista.

–          Mírame. Tenemos que hacerlo hoy. ¿Estás lista? ¿Puedes hacerlo, Angela?

–          Sí… – se recompuso un poco, aunque seguía temblándole, hinchada, la vena de la frente- Sí, creo que sí. Se va a enterar ese…

–          Ssshhh, ahora no, amor. Guárdalo para cuando lo tengas delante, ¿vale? Ahora voy a llamar a Jing para que te ponga guapa para la fiesta, ¿de acuerdo?

Ella asintió con la cabeza, y Jean hizo un gesto a la maquilladora, que rondaba por allí desde hacía un rato con su equipo en las manos y mirando nerviosamente el reloj. Cuando se acercó, le puso la mano en el hueco del codo para susurrarle al oído:

–          Dale el cóctel de pastillas de siempre para que se tranquilice. Luego ya le daremos otras para ponerla en marcha.

Dejó a Angela allí, tirada lánguidamente en el sillón mientras Jing se sentaba a su lado, y cruzó la suite en dirección a una mesa de aerogel donde cuatro técnicos estaban sentados con ordenadores de verdad, portátiles con teclado y ratón en lugar de tabletas flexibles. Le escocían las heridas de los hombros y el brazo, así que se quitó la camisa y se la tiró a un asistente.

–          ¡Tráeme otra y tira esta!- cubrió los últimos tres pasos hacia la mesa-. ¿Qué tenemos?

Uno de los técnicos, una mujer rubia con lentillas rosa, levantó la vista de la pantalla al verlo llegar.

–          Están terminando las encuestas de apariencia personal. Quedan cinco minutos, pero está bastante claro la que va a ganar.

Jean se acercó una silla de despacho y se sentó junto a ella.

–          Cuéntame.

–          De momento va un 65% por el aumento de labios, y unos tres mil quinientos euros recaudados. Pero…

–          Siempre hay un pero – suspiró Jean.

–          Siempre- sonrió la mujer-. La mayoría de los votos por los labios son de donantes casuales. La segunda opción, extensiones de pelo hasta el culo, tiene un 30%, pero de ellos más de la mitad son inversores estables. Por cierto, casi nadie quiere que se tiña. El pelirrojo tiene un 1% de votos, y el rubio un cero.

–          ¿Cuánto tienen recaudadas las extensiones?

–          Lo mismo que el aumento de labios. Los donantes casuales son más, pero invierten menos. Los de toda la vida están poniendo hasta cien y doscientos euros por cabeza.

–          Perfecto. Cuando cierres, anuncia que nos quedamos con las dos cosas y vamos a hacer un desempate con tres opciones: labios y extensiones, solo labios y solo extensiones. ¡Louis!

–          ¿Sí?- otro de los que estaban con los portátiles levantó la cabeza.

–          Quiero fotos manipuladas mostrando las tres opciones para esta tarde. A ver qué opina la gente una vez vean cómo queda cada cosa.

–          ¿Pongo crowdfunding?- preguntó la mujer de los ojos rosa.

–          No, habría que justificarlo y no se me ocurre ninguna forma de que cuele. Además ya con los siete mil nos apañamos.

–          ¿Y no le preguntamos a Angela?- preguntó un tercer técnico, levantando la vista de su pantalla.

Se hizo un momento de silencio. Todos se lo quedaron mirando como si estuviera loco y luego, lentamente, sin abrir la boca, volvieron a su trabajo. Jean se volvió a la cuarta ocupante de la mesa, mientras le traían una camisa nueva, con un patrón de olas basado en Hokusai.

–          ¿Cómo están las clasificaciones esta semana?

–          No muy bien- la mujer torció el gesto-. Angela es del 2013, ¿no? Este año cumple veintidós.

–          Sí, en Noviembre. Ya estamos recaudando dinero para la fiesta.

–          No esperes recaudar demasiado. Mira, por lo que al público respecta, ya es casi una vieja bruja- giró la pantalla del portátil para mostrarle una gráfica que relacionaba edad y popularidad desde 2020-. ¿Ves ahí a alguien mayor de veinticinco?

–          Aún le quedan tres años – Jean se removió, nervioso, viendo peligrar su modo de vida-. Quizá más, si podemos…

–          Es complicado. Seamos francos, por muchas películas y vídeos musicales que haga, Angela no es ni actriz, ni cantante, ni modelo. Ni nada en particular. Hace décadas que no hay verdaderos profesionales, excepto en escenas independientes.

–          Ahórrame la clase de historia – gruñó el otro, de mal humor-. Ve al grano.

–          Hay dos formas de que continúe siendo famosa después de los veinticinco- unió las puntas de los dedos frente al rostro, pensativa-. O le descubrimos de pronto algún talento espectacular y la convertimos en una estrella de verdad, cosa que no va a pasar. O damos un cambio radical.

Jean se acomodó en la silla, interesado. Nadie iba a ser capaz de sacar una actuación decente o una canción de Angela, Helena Lion, Yoshiro, Kalid o ninguno de ellos, pero lo del cambio radical tenía posibilidades.

–          ¿Qué tipo de cambio?

–          Estadísticamente, se pueden arañar dos o tres años más de fama si… si tiene un hijo.

Jean hizo una mueca, como si hubiese olido comida en mal estado.

–          No le va a gustar. No le va a gustar nada. Además, ¿esperas que se ocupe de un niño? Una vez le regalaron un cactus y lo mató en tres días. Un cactus.

–          Haría falta un equipo para eso, claro. El mayor problema es el intervalo entre el momento en que el niño deje de ser mono y se convierta en un pequeño monstruo, digamos los cuatro o cinco años, y el momento en que haya crecido lo bastante para meterlo en el juego.

–          Son diez años de intervalo. Sin fama, sin crowdfunding, sin nada.

Ella asintió con la cabeza, gravemente.

–          Y si Angela se mantiene bien, podemos recuperarla como famosa de segunda o tercera fila, “la madre de”, ya sabes. Si es una hija mejor, así que habría que ir hablando con las clínicas de reproducción para escoger las características del feto.

A Jean le cruzó por la mente la imagen de un tipo que había conocido una vez, en un bar de Málaga. Criaba mascotas modificadas genéticamente, a gusto del consumidor, y tenía varios “modelos” preparados según las últimas tendencias. Perros con el pelo púrpura, gatos fosforescentes sin uñas, cosas así. No todos los vendía: algunos los llevaba a concursos donde el público votaba electrónicamente. El modo en que hablaba de la crianza y el cuidado de los animales, de modificar las crías antes de su nacimiento, y de lo que el público exigía le recordaba mucho a su trabajo actual.

–          Mantenerse bien diez años es caro, Paula. Y sin fama…

–          Es lo que hay- Paula se encogió de hombros-. Quizás si se reconcilia con el viejo y él le vuelve a abrir el grifo se pueda tirar para adelante un par de años.

–          Hablaré con el representante del señor Carmini. A lo mejor podemos hacer un gran espectáculo de eso cuando cumpla los veinticinco, estirar un poco más la fama y al final anunciar el embarazo.

–          Podría funcionar, sí. Pero te recomiendo que no lo hagas justo al cumplirlos, o se va a notar mucho. De hecho, mira esto.

Manipuló algo en el teclado, y una ventana ocupó la pantalla. Era una publicación demicroblogging, apenas cincuenta caracteres: “@AngelaC desesperada buscando vestido, se lo habrá negado @Arianna tras el vídeo de ayer?”. Jean se mordió el labio, furioso.

–          Se están haciendo cada vez más listos.

–          Mira, Jean- Paula se pasó la mano por el pelo, pensativa-. Nos gusta creer que gente tan superficial como para invertir dinero en la chorradas de nuestros clientes son igual de imbéciles que ellos, pero no es así. A su modo, en sus cosas, son tan inteligentes como tú y como yo, y no se dejan engañar tan fácilmente. Hay que tratarlos con cuidado, o todo este negocio se irá a la mierda y tú y yo acabaremos en la calle.

–          Ya lo veo. ¿Hay alguna manera de salir de esta?

–          Aparte de lo del hijo, solo se me ocurre una.

–          Te escucho.

–          Seguir la ruta de la gente de Dafne Coulson el año pasado. Cuando deje de ser un ídolo y se convierta en un hazmerreír, sacar todo lo que tenemos. Todos los vídeos caseros, los datos sórdidos, las rabietas, las cosas humillantes… más humillantes de lo que publicamos normalmente, quiero decir.

–          Coulson no duró mucho en el negocio después de eso.

Paula le clavó los ojos, negando con la cabeza como si estuviera hablando con un niño idiota.

–          Coulson ya estaba acabada. Pero su equipo se embolsó millones y ahora están viviendo muy bien en Acapulco y en Bali. Algunos incluso se las arreglaron para volver a ser contratados por otros famosos.

–          Lo pensaré. Aún no me has dicho quién está arriba en las clasificaciones de hoy.

Paula abrió otro programa y tecleó algo. La aplicación tardó menos de un segundo en compilar información de las principales redes sociales y sitios web, de las conversaciones semi-privadas por líneas inalámbricas y el número de visitas a vídeos y publicaciones; la estadística de las celebridades con más tirón del día apareció ocupando toda la pantalla.

–          Lacy Hong en cabeza, seguida de John Donegal.

–          ¿Hong? ¿Qué ha hecho para estar en cabeza?

Ella consultó algo y negó con la cabeza con disgusto.

–          Esta mañana subió un vídeo haciendo el payaso en el espejo del baño mientras meaba. Viral en cinco minutos, líder en media hora. Se especula que estaba colocada a más no poder.

–          ¿En qué posición está Angela?

–          Séptima. Vamos a tener que hacer algo fuerte esta noche si queremos que remonte.

–          Mierda. Tenía planeada una pelea con Yoshiro, pero no creo que sea suficiente.

–          Igual si se enrolla con alguien por despecho y se emite en directo…

–          Buena idea- levantándose, le dio una palmada en el hombro a Paula-. A ver qué puedo organizar.

En la puerta de la suite había una algarabía confusa, movimiento de gente, apartar de muebles, voces. Acababan de llegar las bobinas de tejido para el vestido de Villon que Angela iba a ponerse al día siguiente. Cuando Jean se dirigía hacia allí para poner orden y ocuparse de todo, algo volvió a interrumpir cuanto se hacía en la suite de hotel de seis estrellas que Angela Carmini ocupaba en Roma.

El trueno de los tacones de veinte centímetros, de nuevo sacudiendo la suite entera, la descarga de artillería que anunciaba el descenso de la señora de todo aquello (según ella; la mascota, según sus empleados) de su morada celestial. Los ejércitos asistentes, asesores y técnicos se volvieron hacia ella, contemplándola como una aparición divina, ahora que Jing la había maquillado y que Sofía y Silvia se habían ocupado de que los fans escogieran un vestido apropiado para la noche. Toda de blanco radiante, con minifalda y blusa transparente, el pelo negrísimo peinado en ondas que caían sobre los hombros, no se parecía en nada a la niñata caprichosa, gritona y estúpida que era en realidad.

Jean mismo quedó paralizado por un momento, hechizado por la belleza que había creado el trabajo colectivo de más de una decena de personas. Luego su cinismo natural comenzó a imponerse de nuevo, y no pudo contenerse cuando atisbó a Namond por el rabillo del ojo.

–          Tres años, Namond. Tres años de apariciones como éstas, de donaciones, de fiestas, de lujo… y luego todos al paro.

–          Bueno, es lo que hay. Y bueno, ¿has oído lo de Dafne Coulson?- sonrió, con los dientes blanquísimos contra la piel oscura-. Si se te muere la gallina de los huevos de oro, siempre puedes hacer un caldo.

 

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Khao San Road

Bangkok. 1 de Marzo de 2035. 4:36

La chica estaba destrozada, reventada por completo. La habitación apestaba a sangre fresca y a excrementos, y el calor, por encima de veinticinco grados, no ayudaba. Las aspas del ventilador zumbaban como un moscardón borracho, erráticamente, moviendo el aire de un lado a otro sin refrescar. El único fluorescente, situado sobre la cabecera de plástico rosa de la cama, parpadeaba, haciendo que las esposas de acero barato que ceñían las finas muñecas de la chica relucieran como plata nueva. Jiang Min, sentado con las piernas cruzadas en una silla de tubos herrumbrosa, acomodó la caída del pantalón sobre el zapato, y suspiró.

– ¿C… Cómo me has encontrado?

Jiang negó con la cabeza. ¿Cómo no iba a encontrarlo? Solo había que mirar el cadáver de la cama, esposado, abierto en canal como una res, una inmensa mancha roja de carne expuesta desde la entrepierna hasta el diafragma. Las sábanas acartonadas, empapadas, los chorros de fluidos oscuros, difíciles de identificar, que manchaban el suelo. No había sido la primera. Tres como ella, y unladyboy que Jiang atribuía a un error. Cada vez eran más difíciles de distinguir.

La prensa había enloquecido, claro. Todos los blogs de noticias del mundo se peleaban por informar sobre el “Jack el Destripador Thailandés”, a pesar de que éste no extraía nada a sus víctimas. El informe del forense decía que más bien era como si las aplastara, como si introdujera algo y las machacara desde dentro antes de desgarrarlas. “Algo”. Además, como ahora podía comprobar Jiang, era un farang, no un thailandés. Seguramente californiano, a juzgar por el acento.

No era muy bueno escondiéndose, y Jiang Min trabajaba con gente poderosa, gente influyente que podía obtener información de la policía casi antes que la propia policía. De hecho, le sorprendía que el lugar no estuviera lleno de agentes de la Policía Real. Y una pensión barata para mochileros en un soi próximo a Khao San Road era casi un estereotipo; su Destripador de Bangkok no podía haber elegido peor, especialmente teniendo en cuenta que las otras cuatro víctimas habían aparecido en lugares similares.

– La pregunta es- respondió Jiang, con su inglés casi sin acento-, ¿qué vamos a hacer al respecto?

El farang parpadeó lentamente, confuso; le temblaba el labio inferior y tenía lágrimas en los ojos, como un niño pequeño reprendido por sus padres. Un Buda Esmeralda holográfico sujeto a la pared proyectaba resplandores verdes sobre sus rastas rubias, haciéndole parecer algún tipo de alienígena de película. Emitió un gorgoteo ronco antes de hablar con la voz quebrada.

– Yo… no quería, no sé cómo ha… Todo empezó con la maldición, la encontré en Internet, nunca creí que funcionaría, pero tuve un sueño, un sueño horrible, como si me desgarraran y me volvieran a montar, y luego sentí como si algo me obligase a pronunciarla…

Una maldición. Solía empezar así. Un libro encontrado en la basura, una maldición en una página de Internet, o una herencia familiar contaminada. La inmensa mayoría eran timos, supuestos conjuros inventados sobre la marcha sin más poder mágico que un calcetín viejo, pero otros, otros tenían verdadero poder. Y no había manera de distinguirlos hasta que era demasiado tarde.

– ¿Hiciste un sacrificio? – preguntó Jiang, seriamente, como un profesor severo.

– N… no, no, solo lo leí, no creí que funcionara, pero luego Thomas enfermó, y yo solo quería darle un escarmiento por lo que me había hecho en Singapur, pero…

– ¿Qué le ocurrió?

El farang, el Destripador thailandés, paseó la vista por la sala, frenéticamente, como una bestia acorralada, pero finalmente se vio obligado a enfrentarse a lo que había hecho. Tragó saliva ruidosamente, haciendo que la nuez se moviera en su garganta como una boya en un puerto. Jiang sintió una mezcla de disgusto y pena recorrerle. No debía tener más de veinte años.

– Él… bueno… cáncer.

– ¿Murió?

– No. Aún no.

Jiang tamborileó con los dedos sobre la rodilla, pensativo. El calor de la habitación era agobiante, sobre todo con su traje oscuro de ejecutivo, y el olor a sudor, sangre, tabaco, marihuana y mierda le asaltaba desde todos los rincones. Del ventanuco situado junto al Buda Esmeralda subía el olor punzante de un puesto callejero de comida tradicional, abierto veinticuatro horas para los juerguistas de Khao San Road, además del bullicio y el escándalo que reinaba solo a unas calles, incluso a esas horas de la noche.

– Y después empezaste a matar.

– Yo no quería… es, es como un ataque, algo que se apodera de mí, un impulso que no puedo controlar. Me siento flotar, como si alguien que no soy yo llevara las riendas, y las busco, les pago o las intimido, a veces incluso la secuestro… luego es como un ataque de rabia, no puedo controlarme, sencillamente tengo que… y al terminar me siento tan bien, tan lleno de… vida.

Parecía muy frágil sobre la cama, junto al cadáver, desnudo y vulnerable, cubierto de sangre e iluminado de verde holográfico y blanco fluorescente. Casi se le podría confundir con una víctima más, de no ser por el arma del crimen, allí, en su regazo, hinchada como un bate, armada de espolones óseos, espinas y rebordes manchados de sangre y trozos de carne arrancada. Jiang había logrado contener las náuseas simplemente evitando mirar, pero cada vez era más difícil.

– Te alimentas de su vida. La maldición no encontró sacrificio, así que saca sus energías de tu cuerpo para alimentar el cáncer de tu amigo, y tú la repones… con eso- señaló vagamente hacia su entrepierna.

El asesino hundió la cabeza entre las manos, sollozando. Los frágiles hombros, la escuálida espalda, que sin embargo habían sido capaces de desgarrar desde dentro a cuatro mujeres y un kathoey, se estremecían mientras emitía sordos gemidos de desesperación e histeria.

– A veces, cuando me voy de la habitación… paso varios días borracho, tratando de olvidarlo, pero siempre vuelve, siempre… anoche me encadené a la cama para no salir, pero de algún modo rompí las esposas y… – volvió a sollozar con fuerza; un chorro de moco cayó de su nariz a la barbilla y el pecho, como un enorme gusano translúcido.

– No puedes evitarlo. Tu cuerpo se vacía de energías y necesita reponerlas, y hará cualquier cosa, incluso contra tu voluntad, para conseguirlo. Ningún adicto a la heroína ha sufrido jamás un mono tan grande.

– Pero… ¿qué… qué puedo hacer? ¿Y quién eres tú…?

Jiang se levantó de la silla y cruzó la diminuta habitación en dos pasos, pisoteando las botellas de cerveza rotas y los pañuelos de papel manchados de sangre y otros fluidos que cubrían la cerámica. El farang casi se encogió de miedo cuando él se acercó y se detuvo junto a la diminuta mesa de noche, donde reposaban un tab, un paquete de cigarrillos kretek indonesios, y un vaso de whisky.

– Trabajo con un grupo de personas que saben lo que eres y cómo funciona tu condición. A veces intervenimos para controlar situaciones como esta.

– ¿Se puede, se puede controlar? Cómo, dime cómo lo haces…

El chino sacó de su chaqueta la pistola. Una Durandal P-24 Walther, elegante y estilizada, similar a las viejas pistolas que le daban nombre, y la colocó sobre la mesilla de noche, junto a los kreteks. Miró fijamente a los ojos, claros y enormemente abiertos, inyectados en sangre, del farang.

– Solo hay un modo. No te detendrás, nunca. Puedo hacerlo yo, o puedes hacerlo tú. Elige.

De nuevo el temblor en el labio, las lágrimas en los ojos enrojecidos, el estremecimiento de hombros, los mocos goteando barbilla abajo, en agudo contraste con aquella monstruosidad erizada de espinas, y con el cuerpo de la pobre chica destrozada a menos de medio metro de ellos. Los ojos claros del farang se encontraron con los oscuros de Jiang, solo durante un segundo. Luego, las rastas manchadas de sangre le cubrieron la cara y extendió la mano, más rápido de lo que el ojo podía seguirlo.

Una detonación retumbó en el soi.

El Amor de Su Vida

Madrid. 28 de Febrero de 2035. 2:15

Era la noche más feliz de su vida. Aún no podía creerlo. Por fin, por fin, después de tanto tiempo, de tanto esperar, de tantas noches de soledad, en las que ella era solo una imagen temblorosa en sus sueños. Ahora estaba allí, guiándolo, esperándolo. Por fin iban a ser uno solo. Esteban no se daba cuenta de que pisaba charcos de aguas inmundas que le manchaban el pantalón, ni de las callejuelas cada vez más oscuras y retorcidas por las que se internaban.

Silvia lo guiaba con una sonrisa, volviéndose cada pocos pasos para comprobar que él la seguía. ¿Cómo no iba a seguirla? A través de la sucia llovizna que goteaba de los aleros y del calor sofocante producto del cambio climático, esta noche Esteban seguiría aquella melena rojo neón, aquellas caderas enfundadas en una minifalda de vinilo a cualquier parte. Al infierno. Al paraíso. Esta noche, al paraíso. Ella le sonreía, con un resplandor hipnotizador en los ojos, y cuando aquellos dientes blancos destellaban sobre el hombro moreno de Silvia, Esteban no veía nada más, nada en absoluto. La seguía, como las ratas al flautista. Era el amor de su vida.

El ritual era un pretexto, un juego. Eso había dicho Silvia cuando se lo propuso: no es más que un juego, una tontería que me apetece hacer, y, ¿por qué no? Después tendrás tu premio, todo lo que siempre has deseado. Y Esteban sonreía y asentía, porque ella sonreía y asentía, y había aceptado, porque, cuando te ofrecen lo que más desea tu corazón, tu anhelo más secreto, ¿no estás dispuesto a pagar cualquier precio? Cualquier precio, aunque sea un ritual ridículo en un edificio abandonado de Malasaña, aquel desde cuyo umbral de madera carcomida y losetas agrietadas Silvia le hacía gestos invitadores, como una sirena. Y él la siguió sin pensar, porque ella esperaba en el interior.

Silvia recorría los pasillos y las escaleras del viejo edificio como si fuera su dueña, disfrutando del sonido de los tacones en los amplios espacios vacíos, en la más completa oscuridad. Él la seguía, podía oír su respiración jadeante, su andar desacompasado, casi ansioso. Sonreía para sí, sabiendo que él la seguiría a cualquier parte, que haría lo que le dijera, porque ella era el amor de su vida. Le había prometido una recompensa, una que sabía que Esteban llevaba deseando quince años, desde que coincidieran por primera vez en una clase de primaria. Lo que él no sabía es que la recompensa nunca llegaría, pues el ritual no era un capricho, ni una tontería. Era muy real, y él era imprescindible.

Podría haber sido otro cualquiera; solo hacía falta una víctima viva. Silvia tenía toda una lista de gente a la que le encantaría degollar, pero ninguno de ellos la habría seguido tan alegremente hasta allí, ninguno habría accedido a su “capricho”. Ninguno habría entrado sin pensar, como estaba haciendo Esteban, en la habitación con suelo de mármol ajedrezado, gris ya por los años, en la que Silvia había dispuesto el círculo trazado con su sangre menstrual, y las siete velas de grasa humana, robada de una clínica de liposucciones, cada una goteando sobre la botella de cerveza vacía que la mantenía erguida en el punto preciso. Solo Esteban.

Ella estaba allí, en el centro del círculo marrón oscuro, mirándolo, iluminada por las velas como una diosa en su altar. Silvia se había detenido con aquella sonrisa cruel que él conocía tan bien, la misma que había usado durante años con todos los compañeros de clase que no pertenecieran a su estrecho círculo de amistades. Le hacía gestos para que se acercara, con una mano apoyada en la bolsa de deporte que yacía sobre una tabla montada entre dos caballetes, en el centro del círculo. Ella asentía con la cabeza, invitadora, y Esteban obedeció, traspasó el círculo, entró en su órbita. Los ojos oscuros de Silvia relucían como carbones. Sintió sus dedos, finos como leznas, recorrerle la mandíbula, el cuello, las clavículas, y un escalofrío le recorrió la espalda. Las llamas de las velas titilaron al impulso de las corrientes de aire que se filtraban por una ventana rota.

Bajo los dedos de Silvia latían las venas de Esteban, palpitantes de sangre, de vida. Un solo sacrificio de sangre, y todo lo que siempre había deseado sería suyo. Eso es lo que decía el libro, y Silvia sabía muy bien que era cierto, pues ya había experimentado con los rituales más sencillos, los que solo requerían matar un gato, o mutilar a un mendigo que yaciera, borracho y drogado, en un portal. El libro, aquel viejo tomo rescatado de la basura, tenía verdadero poder, y ella había memorizado las invocaciones y los conjuros. Mata a Esteban, sacrifica una víctima para que fluya la sangre, y expón tu deseo, y tu deseo se cumplirá. Había formas más sencillas de alcanzar la fama y el estrellato, pero Silvia no tenía tanta paciencia, y siempre había sido de rodillas delicadas. Solo un deseo y el mundo temblaría ante ella. Y después, quizá, otro, ¿por qué no? Siempre habría idiotas dispuestos a desangrarse por una promesa que no pensaba cumplir.

Le arrancó la camisa a Esteban de un tirón; los botones repiquetearon contra el mármol, y él se estremeció en el súbito frío, pero la mirada de jade de ella lo tranquilizó, lo reconfortó. Todo saldría bien. Todo iría según estaba planeado, no tendría que haber ningún problema. Sonrió a su vez, a meros centímetros del delicado rostro de Silvia. Tantos años esperando este momento, tantos sueños, sueños en los que ella era poco más que una imagen intangible, y ahora estaba allí, casi rozándolo: el amor de su vida. Estaba a punto de lograrlo, de reunirse por fin con ella. Ahora nada se interponía entre ellos, nada en absoluto.

El top de Silvia siguió a su camisa, y los dedos de la mujer empezaron a recorrer un complicado circuito sobre los cuerpos de ambos, embadurnados en una pasta de olor acre, trazando sellos y glifos, símbolos arcanos en los hombros, los vientres, los pechos. Las llamas de las velas titilaban cada vez más, proyectando enormes sombras sobre las paredes grises y los ladrillos expuestos, y el viento aullaba en el exterior, arrojando salpicaduras de agua tibia de la indecisa lluvia de finales de febrero. Los ojos de Silvia brillaban de anticipación, dos cuentas negras y febriles mientras murmuraba por lo bajo, y Esteban se dejaba hacer, inmóvil, disfrutando de la anticipación, del momento que estaba por llegar.

Silvia lo besó, y un nuevo escalofrío le recorrió la espalda, un temblor que se le agarró a las tripas y se las retorció como una arcada. Ahora estaba pegada a él, rozándolo, murmurando a media voz sin separar del todo los labios de los suyos, moviendo la mano donde él no podía verla, hacia la bolsa de deporte. Su aliento ardiente le quemaba el rostro, hacía que su piel se estremeciera como si sostuviera un mechero encendido contra ella. Y súbitamente, Silvia dejó de cantar.

La hoja del cuchillo atrapó la luz de las velas como una mancha de aceite, transformándose en una lengua de fuego alzada en la mano de Silvia, que rodeó a Esteban con el brazo, emitiendo un sordo jadeo de esfuerzo, de puntillas, lista para atacar. La hoja descendió, cortando el aire como la cuchilla de la guillotina, demasiado rápido para el ojo, pero se detuvo a medio camino, en medio del forcejeo. Esteban agarraba a Silvia por el hombro y la muñeca, empujaba, se debatía con los dientes apretados. Él pesaba más, era más fuerte; la única ventaja de Silvia era la sorpresa y la había perdido. La hoja se balanceaba sobre sus cabezas como un péndulo enloquecido, entre gruñidos y resoplidos de esfuerzo.

Todo había ocurrido como ella había predicho. Todo estaba saliendo según el plan. Esteban se afirmó sobre los pies y empujó con las caderas, obligando a Silvia a doblar el brazo y la espalda, inclinándola hacia atrás, con un grito ahogado, y, retorciéndole la muñeca, le arrebató el cuchillo de un tirón. Sus ojos se encontraron por un momento, los oscuros de Silvia llenos de terror, los azules de él más febriles que nunca, más ansiosos, más enloquecidos. Sonreía, y un hilillo de baba le caía por la comisura de la boca mientras empujaba, agarrando a Silvia por el cuello, y bajaba el cuchillo bruscamente, como un carnicero. La sangre les salpicó la cara a los dos, goteó sobre el suelo de mármol y corrió por sus cuerpos, emborronando los sellos, y Esteban rió a carcajadas, porque ella estaba allí, al fin, detrás de Silvia, mirándolo con aquellos ojos de jade llenos de aprobación.

La hoja subió y bajó de nuevo, y la sangre fluyó, fluyó, como un río, embadurnando el suelo, y Esteban se arrodilló sobre el cadáver de Silvia para ungirse con ella las manos y la frente, entonando los cánticos que ella le había revelado en sus sueños, las palabras secretas que por fin lograrían, sobre la sangre caliente de un cuerpo vivo, que se reunieran. Después de tantos años, después de tantos sueños imposibles, de tantos susurros en la duermevela, ella por fin estaría con él, se unirían en cuerpo y alma, por encima del cadáver de aquella golfa arrogante de Silvia. Ella lo había esperado siempre, se había comunicado con él en sus sueños durante años, y por fin estaba allí, alzándose sobre el cadáver, cada vez más sólida y real a medida que Esteban entonaba las palabras, desnuda como un recién nacido, melena negra y ojos de jade.

Esteban se incorporó, empapado de sangre, ya desarmado, para mirarla a los ojos, sin dejar de repetir una y otra vez aquellas palabras secretas, y ella le miró a los ojos y le sonrió, y le tendió los brazos en el frío y la oscuridad de aquella casa abandonada, con las velas ya casi consumidas. Y él la abrazó a su vez, y por fin fueron uno, después de tanto tiempo.

Al fin y al cabo, ella, y no Silvia, era el amor de su vida.