Fuego Nuevo

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Me llamo Miguel Sánchez Hernández. Lo que voy a contar ocurrió hace solo tres días, pero, a veces, parece como si hubiera tenido lugar hace toda una vida, y en otras ocasiones, es como si lo estuviera viviendo ahora mismo, minuto a minuto, cada segundo de duda, cada instante de miedo, turbación, o revelación, cada momento en el que estuve a punto de convencerme a mí mismo de que estaba loco, y todo eran únicamente delirios de mi mente perturbada.

Ahora, al contarlo, hilo acontecimientos separados por varias horas o por días, y me salto otros, de forma que parece algo coherente, pero en su momento no lo parecía. Solo ahora recuerdo fragmentos, datos, hechos, y a la luz de lo que sé los interpreto y les doy forma para contarlos y decir: esto fue importante. En su momento me dio igual. Hasta que no pude dejar de darle la importancia que se merecía, y tuve que asumir todo lo que estaba pasando, porque no me quedó otro remedio.

Creo que todo comenzó, más o menos, cuando conducía la furgoneta del reparto Gran Vía arriba, con Juanito, mi nuevo compañero, a mi lado.  Juanito Nogales. Nunca supe su segundo apellido. Era su primer día en la empresa, donde acabamos todos los inmigrantes latinoamericanos en España: transportando cajas, o sirviendo hamburguesas, o fregando suelos. Era de Medellín, me dijo, y a medida que conducía y hacíamos la ruta, me fue contando las maravillas de su ciudad, con todo y cártel. Yo le fui contando las pocas que tiene el D. F., o por lo menos las pocas que yo vi durante el par de años en los que conseguí salir de Tepito para hacerme, a empujones y becas, un hueco en la UNAM que me duró dos años. Luego se acabó la beca y se acabó la UNAM, y se acabó Antropología. Tendría que haber estudiado para electricista o para mecánico, como quería mi viejo. Ahora al menos tendría un trabajo como Dios manda.

Así que le iba contando a Juanito sobre el Pedregal y Cuicuilco, sobre el Zócalo, o Tlatelolco, o la vez que fui con los cuates de la carrera a Teotihuacán y vi la Pirámide del Sol, o lo que queda de ella, y la de la Luna y la Avenida de los Muertos. Pero también le conté de los bloques deshabitados del barrio de Tepito, de la gente que sale de trabajar en una fábrica para meterse toda la noche en un bar, o en un ring de lucha, a gastarse todo el dinero que han ganado en el día, o de los que venden en las esquinas para el cártel de Juárez, o el de Sonora. Y Juanito me entendió y me contó a su vez, porque en Medellín pasa lo mismo, como pasa en todas las ciudades dejadas de la mano de Dios de Latinoamérica, donde es igual de normal oír un tiroteo que el llanto de un recién nacido.

En esas estábamos cuando aparqué el furgón delante de uno de los VIPs que plagan las esquinas de Madrid, y Juanito se bajó para abrir la puerta posterior y empezar a sacar las carretillas: cajas de papas fritas, de refrescos, de cerveza, de palitos de merluza congelados. El encargado del local salió al ver detenerse el furgón, mirándome con cara de pocos amigos.

–          ¿Dónde estabais? ¡son las once y media de la mañana! ¡esto se va a llenar de gente de un momento a otro, y nosotros sin existencias!

–          Tranquilo, jefe- le dije mientras Juanito empujaba al interior la primera remesa-. Ya estamos aquí, ¿verdad? Y, pues, tenemos más entregas que hacer, no podemos estar en todos sitios a la vez, ¿no?

–          Voy a presentar una queja ante la empresa- me amenazó.

–          Como usted guste, señor.

Se volvió a meter en el local, hecho una furia, y yo me quedé fuera, tomando el aire, y sin molestarme en ayudar a Juanito. Reconozco que abusaba un poco de él, pero es ley de vida, como decía mi viejo. Cuando yo empecé también me tuve que aguantar mis buenas sesiones de entrar y sacar cajas mientras mis compañeros se quedaban fuera, fumándose un cigarro o silbándole a las chavas. Y vaya chavas hay en Madrid, por cierto. De todas partes.

Como había dicho el encargado, era casi mediodía, y en mayo hace aquí un calor del diablo. Me quedé refugiado debajo del toldo rojo que cubría la puerta, paseando la vista por los coches, los transeúntes, la luz del sol filtrándose entre las hojas de los árboles, los edificios de la Gran Vía, la mayoría grises, pero sin embargo vivos e interesantes. Las mariposas revoloteando delante de la puerta del VIPs, ante mis narices. Los carteles de las paradas de camiones, del metro, de los cines o las librerías… Juanito resoplaba a mi lado, bajando otra carretilla del furgón.

–          Podrías ayudarme un poco, ¿no?

–          Podría, güey, podría. Pero ya solo te queda esa.

La entró rezongando, y yo le seguí con la mirada, divertido. Fue entonces cuando posé la vista en algo que me llamó la atención. Una pura tontería, en realidad, pero tengo la costumbre de leer, por reflejo, todo lo que me pasa delante de la cara, y me había encontrado con los estantes de las revistas. Arriba, las de salud y bienestar masculino y belleza femenina, hábilmente mezcladas con las porno; debajo las de deportes e informática, en tercer lugar esas de divulgación, carísimas y con más de cien páginas, que se pusieron tan de moda hace unos diez años y ahora están en decadencia, y por último, las de “esoterismo”. Estas me encantaban desde siempre, así que les dediqué una atención especial.

No es que me las creyera. Cualquiera que haya aprobado la prepa sabe que todo lo que publican es pura tontería y tomadura de pelo, no porque lo asuma como un axioma, sino porque los argumentos que utiliza el noventa por ciento de esas revistas bordean lo ridículo, generalmente por el lado de dentro. En muchas de ella, el argumento más sólido parece ser “la comunidad científica dice que es imposible, así que TIENE que ser cierto”. Cuando estaba en la UNAM me pasé más de dos y de tres tardes con los cuates, doblados de risa con los chupacabras, los OVNIs mayas, y las apariciones de la Virgen de Guadalupe en un tamal en Zacatecas.

Esa mañana, ya casi medio día, me entretuve con titulares sobre el último secreto de Fátima, el Santo Grial que había aparecido en Murcia, los OVNIs de Arkansas, las hadas de Gales y los Poltergeist de Alemania. Pero uno me llamó especialmente la atención. En su momento pensé que porque hacía referencia a mi tierra. Ahora… ahora no puedo decir lo mismo. Aparecía la Piedra del Sol, rodeada de estrellas, y posada en ella, una polilla, o una mariposa (nunca he aprendido a distinguirlas). El titular era “2012: ¿Se acerca el fin del mundo?”. Me hizo gracia que el tipo que hizo la portada no fuera capaz de encontrar nada maya que ponerle a esa supuesta profecía, y le encasquetara el calendario azteca.

Terminamos la ronda sin más novedades, que yo recuerde. Solo nos quedaba una entrega por hacer antes del turno de tarde (los lunes hacemos turno doble), así que, para compensarle a Juanito el no haberle ayudado apenas con las cajas, le dije que fuéramos a comer, que yo pagaba las bebidas. Nos sentamos en un bar restaurante en una zona apartada del centro, donde nuestros salarios mínimos nos permitieran comer sin hipotecarnos, y seguimos contándonos nuestras vidas.

–          ¿Llevas mucho tiempo en España?

–          Qué va, un par de meses nada más.

–          Yo llevo ya ocho años- le dije.

–          ¡Ocho años! ¿No has vuelto?

–          Un par de veces, si me daban vacaciones, pero es difícil que te las den. Normalmente solo estás libre cuando te echan, y cuando te echan no tienes plata para viajar.

–          ¿Llevas mucho con el furgón?

–          Dos años en esta empresa. Antes estuve uno en otra. ¿Y tú, Juanito? ¿Qué estuviste haciendo antes de esto?

–          Bueno, buscar qué hacer, más que nada- rió, bebió un sorbo de cerveza-. Antes estuve una semana nada más en un supermercado, de reponedor.

–          ¿Solo una semana?

–          Me tuve que ir.

Se notaba que no quería hablar del tema, así que no insistí más, y llené el silencio incómodo masticando papas fritas congeladas, que estaban bastante grasientas. Al final cambié de tema como pude:

–          ¿Tienes familia acá?

–          Tengo un primo, me estoy quedando donde él hasta que encuentre piso. Él fue quien me trajo, vino hace dos años. Pero la familia toda está allá.

–          ¿Alguna chavita?

Se le iluminó la cara, allí, debajo del cartel con hamburguesas perfectas que no servían en ningún bar del mundo, delante de la Heineken (no tenían Coronita) que se estaba tomando, encima de los restos de la ensalada.

–          Sí, sí… estoy casado allá, me está esperando, para que yo la llame y venga, cuando esté todo bien. Cuando me vine estaba embarazada, me llamó ayer, me acaba de nacer una chiquita.

–          No manches.

–          Sí, tres kilos pesó… me va a mandar la foto mañana mi suegra

–          Felicidades, hombre- le puse la mano en el hombro, le di la mano. Al final pagué yo el almuerzo entero para celebrarlo. El hombre teniendo una hija en Colombia y yo haciéndolo cargar cajas.

Después de la segunda ronda, dejamos el furgón en el garaje de la empresa, y como dicen aquí, cada uno a su casa y Dios a la de todos. Como no tengo coche propio (¿con qué lana?) me volví a casa en metro, igual que cada noche, medio recostado contra una de las barras verticales, estrujado a veces por masas de pasajeros que entraban y salían a empujones, sin ver ni oír a nadie, sin tener que ver con nada aparte de sus propios asuntos y sus propios problemas. Bostecé, y me bajé del tren para cambiar de línea, con los ojos medio cerrados de sueño.

Estaba cruzando un pasillo oscuro entre dos andenes, flanqueado por los soportes de plástico negro, apagados y muertos, de media docena de anuncios, cuando un ruido brusco, que terminó en un zumbido, me sobresaltó, y me quitó de golpe toda la modorra. Uno de los anuncios se había encendido de pronto, con un chasquido eléctrico, y ahora vibraba y parpadeaba, iluminando a medias el pasillo y proyectando detrás de mí una sombra alargada y enorme, a lo Fritz Lang. Un par de polillas (Dios sabría cómo habían llegado allí) empezaron a revolotear en torno a la luz de neón, que anunciaba un parque de atracciones con temática mesoamericana. Por encima de una pirámide escalonada, rodeada de cocodrilos, palmeras, y quetzales, una sola frase en color verde chillón: “Descubre un Mundo Nuevo”.

Descubre un Mundo Nuevo. Mientras tomaba la otra línea, y hasta que me bajé en Marqués de Vadillo para caminar hasta mi piso alquilado en Carabanchel, no dejé de darle vueltas a la frase. Descubre un Mundo Nuevo. Parece que los españoles lo hicieron, y ahora éramos nosotros los que teníamos que descubrir el viejo mundo, repetir el viaje de Colón en sentido contrario, igual de desesperados que esos primeros marineros, con la esperanza de hacer una fortuna, pero sabiendo, en el fondo, que aspiramos como mucho a sobrevivir un poco mejor que en nuestra tierra. Con eso se nos hace suficiente.

Cené ligero, con los cuates, viendo las noticias en televisión. Primero hablaron del eclipse de sol que habría en unos días. Luego dijeron que había habido otro terremoto en Argentina; últimamente parecía que los había por todas partes. La semana pasada hubo otro en China, y la anterior uno en Etiopía. Lo comentábamos mientras comíamos pasta precocinada y esperábamos por las noticias de deportes. No tenemos canal internacional, así que había que conformarse con la liga española. Nosotros somos todos latinoamericanos, todos los compañeros de piso. Wilson es salvadoreño, Manuel es mexicano como yo,  y Antonio, que no estaba porque siempre trabaja de noche, es cubano. Llevábamos compartiendo piso unos dos años, porque ninguno tenía plata como para comprarse uno o alquilar solo, ni familia que mantener acá, aunque todos mandábamos algo cada mes a nuestros padres, hermanos, esposas, o lo que fuera.

Esa noche tuve un sueño extraño. Me encontraba en el Zócalo, en el D. F. Estaba solo en el centro de la plaza, y hacía bastante frío. Corrían ráfagas de aire que arremolinaban la basura en las esquinas. Faltaban varios edificios, y en el lado noreste, el Templo Mayor estaba reconstruido, con todo y capillas, tal y como en tiempos de los aztecas. El cielo tenía un color amarillo desagradable, como una bombilla cuando está a punto de gastarse, y no se oía ni un sonido. Había un silencio sepulcral. Alcé la mirada y vi el sol, moviéndose majestuosamente por el cielo oscurecido, aunque demasiado rápido para ser natural. Podía ver perfectamente cómo se desplazaba, con su luz cada vez más tenue. Lo rodeaba un auténtico enjambre de estrellas, que a veces me parecía que lo seguían, como perros de caza.

Al llegar justo encima del Templo Mayor, el sol se apagó bruscamente. Por el rabillo del ojo vi a las estrellas agitarse en sus lugares, pero si las miraba fijamente, permanecían quietas. En cuanto el sol se apagó, de una de las capillas del templo salió algo que se precipitó hacia mí a gran velocidad. Di un paso atrás, sobresaltado. A mis pies se desplomó aquello: era un colibrí, moribundo, con el plumaje sucio, descolorido y alborotado. No brillaba. Es una estupidez, porque los colibríes no brillan, pero en el sueño me pareció muy importante, y terrible, que el colibrí no brillara. Solo entonces me di cuenta de que se había desplomado sobre un espejo. Tras él venía un enjambre de polillas, que sin embargo no se atrevía a acercarse. Permanecieron revoloteando por encima del ave, que se agitaba patéticamente sobre el espejo, mirándome, hasta que al final murió, y una serpiente salió reptando de debajo del espejo. Las polillas descendieron hacia él; las estrellas también habían desaparecido. Solo estaba la luna en el cielo, pero vi como unas enormes alas, a veces de polilla, y a veces de murciélago, la tapaban. Una risa baja y chillona, como de hiena, inundó la plaza.

Me desperté con la boca seca y un tremendo dolor de cabeza, como el que sientes cuando alguien ha estado hablándote al oído toda la noche en un bar, tratando de sobreponerse a una música fuerte. Estaba cubierto de sudor frío, y por unos momentos después del despertar, me pareció importantísimo y terrible que el colibrí no brillara, que su luz se hubiera apagado, y peor aún, que fuera a ser devorado por las polillas. Miré el reloj. Eran las cinco de la mañana. Me levanté a tomar un vaso de agua, me acosté y traté de dormir de nuevo, pero fui incapaz. Me pasé las tres horas que me quedaban de sueño dando vueltas en la cama, desvelado.

Fui al trabajo con cara de bulldog, y de un humor de perros. No dejaba de darle vueltas a mi sueño, ¿a santo de qué venía todo eso? El sol y las estrellas podían tener que ver con la portada de la revista, pero el Templo Mayor, las polillas… había visto más de lo normal estos días, pero tampoco era nada del otro mundo, nada como para soñar con ello. Y un colibrí que no brillaba… las cosas que sueña uno. Por su parte, Juanito llegó contentísimo y sonriente, lo cual, por supuesto, solo sirvió para enfadarme a mí más. Nos subimos al furgón casi sin cruzar palabra, yo con ojeras y cara de pocos amigos, y él con una sonrisa de oreja a oreja y pinta de estarse muriendo por hablar, pero no atreverse.

–          ¿Qué pasa, Miguel? ¿mala noche?

–          Sí – gruñí.

–          Claro, es que no te dejan dormir, no se puede salir tanto con mujeres…

–          No sé cómo se lo tomará tu madre cuando se lo diga.

Reconozco que me pasé un poco, pero el zumbido en mis oídos y el dolor de cabeza no se habían ido desde las cinco de la mañana, y no tenía ningunas ganas de que el niñato este me estuviera dando lecciones. Salir con mujeres… ¡ojalá! Lo que estaba haciendo era el tonto, dormir y tener pesadillas como un niño pequeño.

Juanito se enfurruñó, como es lógico, y se dedicó a mirar por la ventana un buen rato, con cara de amargura. Yo tampoco dije nada durante el primer servicio, en parte porque todavía estaba enojado, y en parte por vergüenza. Al final, al cabo de un buen rato, Juanito se sacó del bolsillo un folio doblado, con una imagen impresa, evidentemente con una impresora de mala calidad, con líneas blancas cruzándola y colores desvaídos. Era un bebé tendido en una cuna de plástico blanco, con mantas blancas y rosadas. Me lo dijo con timidez y cierta reserva, supongo que por miedo a que volviera a contestarle mal, pero no podía ocultar la satisfacción.

–          Mira, es mi niña, me mandó la foto mi suegra.

Me había olvidado totalmente de la hija de Juanito que había nacido hacía dos días en Medellín. Me asaltó la vergüenza por haberle respondido de aquel modo, y me obligué a decirle dos o tres tópicos sobre lo bonita o lo grande que estaba, o qué sé yo. Tampoco me esforcé mucho, pero al menos sirvió para quitarle a él el enfurruñamiento, y redimirme un poco por mi salida de tono.

El resto del turno transcurrió sin novedad. Me pareció que me fijaba más en las mariposas y las polillas que nos rodeaban, que habían salido a revolotear en pleno mayo, en busca de apareamiento y muerte. Pero, por supuesto, no se trataba de que hubiera más polillas, o de que me siguieran, sino de que yo, como había soñado con ellas, estaba más pendiente, me fijaba más cada vez que veía una. Eso debía ser, ¿verdad? Es imposible que una misma polilla me esté siguiendo todo el pinche día, revoloteando delante del parabrisas del furgón. Además, ¿esos bichos no son nocturnos? Igual había sido una mariposa. O lo que fuera.

Como ese día no tenía turno de tarde, después de comer me pasé por el centro cultural mexicano. Es un piso adaptado, en una tercera planta, y no está demasiado lejos de mi piso alquilado. Allí se organizan fiestas en los días señalados de la patria, charlas y conferencias, o simplemente se pasa uno cualquier día para encontrarse con gente de allá y platicar, o despedir a los que se van, o recibir a los que vienen recomendados. Debe haber casi un centenar de socios, aunque siempre están yendo y viniendo. Esa tarde me abrió la puerta doña María de los Ángeles, una de las encargadas del centro. Tenía la cara congestionada y lágrimas en los ojos, y me recibió sujetándome la mano entre las suyas y besándomela, nerviosa. Reconozco que me asustó.

–          ¿Qué pasa, doña María? ¿hay algún problema?

–          Ay, Miguelito, Miguelito… ven, entra…

Hay un televisor bastante grande en el recibidor del centro cultural, que estaba atestado de gente. Doña María me llevó de la mano. Muchos lloraban, algunos estaban pegados al televisor como si pudieran meterse dentro, dos o tres cuchicheaban, uno trataba de hablar por el celular. En la televisión, imágenes del desastre. Casas derrumbadas, calles cubiertas de escombros, un perro solitario vagabundeando en busca de su amo, otros perros, más grandes, traídos por los bomberos para buscar supervivientes. Una señora de rostro arrugado y curtido llorando como una niña pequeña ante la cámara.

–          Un terremoto, Miguelito… en Tlaxcala, pero se ha sentido hasta en Puebla y en Cuernavaca…

–          ¿Cuándo?

–          Hace un par de horas nomás… todavía no se saben muertos ni heridos ni nada… ay, Miguelito, que yo tengo familia en Tlaxcala…

Y la pobre señora se echó a llorar ahí mismo, en mis brazos, como todos los demás. Yo no conocía a nadie en Tlaxcala, pero era mi país, y no podía dejar de mirar las imágenes de gente llorando, intentando escarbar entre los escombros con las manos desnudas, de policías y bomberos tratando de rescatar a los pocos supervivientes que pudiera haber. Me pasé allí toda la tarde, consolando a los que habían perdido, o podían haber perdido a alguien, escuchando a los que intentaban llamar a México, atentos todos a las últimas noticias del desastre y a la cuenta de muertos que iba subiendo cada vez más y más rápidamente. Ya rondaba los cincuenta, con cientos de desaparecidos.

Llegué a casa cerca de la una de la madrugada, cuando ya los datos sobre el terremoto que daban las noticias no eran más que lo mismo, una y otra vez, masticado y repetido de distintos modos, pero sin nada nuevo. Cada uno se fue yendo a llorar por su cuenta, a su casa, y lo mismo hice yo, tras a acompañar a doña María de los Ángeles a la suya y dejarla llorando, porque no sabía nada de su familia de Tlaxcala, a pesar de llevar toda la noche llamando. Subí la escalera exhausto, física y mentalmente. El día había empezado mal, seguido sin novedad, y terminado fatal, y no tenía ganas de nada aparte de meterme en la cama y olvidarme de todo. Ni siquiera tenía ganas de cenar, aunque me obligué a hacerme un emparedado de queso blanco. Cuando estaba a punto de dormirme, algo aleteó delante de mi ventana, cubriendo a medias la luz que se reflejaba de la farola próxima. Un murciélago. Supongo que por temor supersticioso, cerré la ventana, nervioso, acordándome de las alas negras de mi sueño. Luego me arrastré hasta la cama.

Una vez más, me encontré en México, aunque esta vez no estaba en el Zócalo, sino en Teotihuacán, en la Avenida de los Muertos, directamente al pie de la Pirámide del Sol. El sol estaba muy bajo en el cielo, de nuevo rodeado de estrellas, y había un silencio sepulcral, roto solo por un batir de alas lejano. Me sentí obligado a ascender la escalera, como si algo me llamara, me exigiera subir. Pisoteé los escalones rotos y agrietados por los siglos, entre los que crecía la hierba. Me sentía tan cansado como cuando me había acostado, y la ascensión, larga y penosa, se me hizo eterna. Los escalones se quebraban bajo mis pies, y cuando bajé la mirada me encontré rodeado de escorpiones, que subían y bajaban los escalones frenéticamente. En el silencio de la noche, me sorprendió un ronco croar de sapos. A mi alrededor revoloteaban las polillas, y más arriba, recortados contra la luz del sol poniente, una bandada de murciélagos negros.

Llegué a la cima de la pirámide. El templo de la parte superior, que yo solo había visto en dibujos y conjeturas, estaba reconstruido. En la plataforma me esperaban los sapos, entre los que continuaban moviéndose centenares de escorpiones. Había cientos de murciélagos y polillas revoloteando en torno al templo, o posados en el dintel, pero aparentemente ninguno se atrevía a entrar. Eso es lo que pensé en el sueño, que no seatrevían. En cambio, yo debía entrar, era absolutamente necesario que yo entrara en el templo. Y así lo hice.

No había nada en el interior, ni habitaciones, ni tabiques. Solo una pira, un amontonamiento de leña en forma de pirámide, ya consumida y casi apagada. En realidad era poco más que un montón de ascuas rojizas entre carbón negro, con una tenue llama aquí y allá. La escasa luz del sol que entraba por las ventanas lamía el suelo de piedra con cierta desgana. Me acerqué a la pira, como sonámbulo, y solo entonces advertí que había algo más. Sobre las ascuas, en posición fetal, yacía un hombre. Estaba desnudo y no tenía una sola quemadura. Temblaba, y me miró fijamente a los ojos, rodeándose el cuerpo con los brazos, como si en lugar de una pira funeraria estuviera en el centro de una cámara frigorífica. Abrió la boca para hablar.

–          Tengo hambre. Tengo frío.

Creo que lo dijo en náhuatl. Yo no hablo ni una sola palabra de náhuatl, como muchos otros mexicanos mestizos cuyos antepasados aztecas se remontan a quién sabe cuántas generaciones, pero, de algún modo, entendí lo que me decía. Tengo hambre. Tengo frío. Aquello, aquella súplica en un idioma desconocido, me afectó profundamente, me hizo estremecer en lo más hondo. El hombre no dejaba de mirarme mientras el sol declinaba, como esperando a que yo hiciera algo. Me dio la impresión de que era absolutamente necesario que yo encendiera el fuego, que quemara a aquel hombre que se moría de frío. En el exterior, el sol se puso, bruscamente, y al mismo tiempo, la pira se apagó. Súbitamente se intensificó el batir de alas, seguido por la risa aguda, baja, de hiena, que ya había oído yo en mi otro sueño. Percibí, más que vi, pues el cielo estaba a oscuras, cómo el suelo se llenaba de escorpiones y sapos, y el aire de murciélagos y polillas, que se abalanzaban sobre la pira. Entonces desperté.

No solo me dolía horriblemente la cabeza, al igual que la otra noche, y me zumbaban los oídos, sino que, a pesar del calor de mayo en Madrid, estaba muerto de frío, absolutamente aterido. Temblaba visiblemente y me castañeteaban los dientes. Era un frío desagradable, pesado, e interno, ese frío que se te clava en los huesos y no te abandona hagas lo que hagas, no importa cuánta ropa te pongas o bajo cuántas mantas duermas. Además, estaba totalmente muerto de hambre. Me rugía el estómago, como si no hubiera comido en semanas. A pesar del copioso desayuno, con café caliente, un emparedado y magdalenas, no conseguí quitarme ni el hambre, ni el frío. Hambre y frío, como el hombre de la pira en mi sueño. Una y otra vez sonaban en mi mente aquellas palabras: tengo hambre, tengo frío, dichas en un idioma que no entiendo, pero que entendí, con un tono de voz tan desgarrado y lastimero que me rompió el corazón. Y el zumbido en mis sienes, molesto y constante.

Afortunadamente, tenía el día libre, así que no tuve que conducir tal y como estaba. Me invadía el cuerpo un malestar general, como el que se siente cuando a uno le va a dar gripe. Debía tener muy mala cara, porque incluso Wilson me preguntó si me pasaba algo y se ofreció a traerme un par de aspirinas. Me negué, aunque luego pensé sinceramente que, si las cosas seguían así, igual me convendría tomarme una o dos.

Me pasé la mañana en el sillón, cubierto de mantas y trasegando café caliente e infusiones, viendo la televisión. Intentaba encontrar noticias sobre el terremoto de Tlaxcala, cifras de muertos, nombres. No había mucha información útil. Todas las televisiones hablaban del desastre, pero ninguna daba muchos más datos de los que yo había oído unas horas antes, con la excepción de que ya eran doscientos treinta muertos y quinientos desaparecidos. Habían encontrado a diez o doce supervivientes, pero muchos estaban heridos.

En otro canal encontré un documental, también sobre México. Pero no hablaba del terremoto. En ese momento pensé que era azar, pero ahora sé que nada ocurre sin un propósito. Todo eran señales, avisos. O peticiones de ayuda.

Trataba sobre el resurgir de la religión azteca. Cada vez más y más mexicanos, muchos indígenas o mestizos, pero también muchos totalmente criollos, abandonaban otras religiones, e incluso el ateísmo, para volver a inclinarse ante Quetzalcoatl, Tezcatlipoca o Huitzilopochtli. El documental mostraba imágenes de los altares floreados donde ardía el copal, y de los sacerdotes (uno de ellos, blanquito, rubio y de ojos azules, me hizo especial gracia) con tilmas y maxtiles blancos, cantando en náhuatl. Un entrevistador le puso un micrófono ante la cara a un anciano de gafas redondas y rostro chupado, a un par de metros de un altar, donde dos jóvenes con vestidos emplumados practicaban una danza tradicional, probablemente inventada.

–          Nosotros somos aztecas, ¿sabe? Incluso los criollos, todos somos mexicanos, México es el país azteca. Nos han traído una religión que no es nuestra, nos han aculturado, y ahora estamos resurgiendo, ¿sabe? Resurgiendo. Las viejas tradiciones están volviendo, nos estamos quitando de encima… nos estamos quitando de encima, ¿verdad?, todo el barniz cristiano que nos impuso la colonia. Pero la colonia hace muchos años que acabó, y nosotros no lo hemos asumido.

–          ¿Así que usted propone una vuelta a la religión azteca?- preguntó el reportero, que tenía más aspecto de indígena que el entrevistado.

–          Sí.

–          Pero la religión azteca incluía sacrificios humanos…

–          Bueno, bueno, ¿sabe? Eso no es así… eso no tiene por qué ser así, ¿verdad? Nosotros somos gente de ahora, gente del siglo XXI. Sí, claro que los aztecas mataban gente, pero nosotros no tenemos por qué tomar esas cosas… podemos tomar las creencias, el ritual, pero no es necesario que… las ofrendas pueden ser otras, ¿sabe? No hay por qué matar a nadie… Estamos en el siglo XXI, ¿verdad? Se está produciendo un cambio, un cambio de ciclo. Lo viejo está resurgiendo, pero no es igual que antes. Es nuevo ahora. Estamos creando algo nuevo, pero nos estamos basando en lo antiguo. Es un cambio radical, el final de una era y el principio de otra…

El fin de una era. El resurgir de las cosas antiguas. Cambios de ciclo. Los dioses aztecas levantándose para ocupar de nuevo su lugar en el mundo, aunque ya nadie les ofreciera corazones, sino únicamente coronas de flores y humo de copal. Pero los dioses aztecas quieren sangre, siempre la han querido, y no se puede engañar a los dioses. Nadie puede, y nadie ha podido nunca. A ratos me parecía que estos pensamientos eran ajenos, que alguien me lo susurraba en el oído. Continué viendo el documental como hipnotizado, aquellas tallas de piedra que imitaban a dioses antiguos, aquellos mestizos vestidos de guerreros águila, llevando y trayendo imágenes de Tlaloc hechas de tierra, donde florecía el maíz.

No sé si influiría para algo el documental, o si simplemente me fui olvidando del malestar, pero lo cierto es que para la hora de comer ya estaba mucho mejor. Decidí pasarme por el centro cultural para ver si había novedades sobre el terremoto, o sobre los parientes de doña María de los Ángeles. Cuando llamé a la puerta, la señora me recibió arrasada en lágrimas.

–          ¿Qué pasa, doña María? ¿alguna noticia?

–          Ay, Miguelito… no es eso, no. Mis parientes están bien, gracias a Dios, estaban fuera de la ciudad ayer.

–          ¿Entonces? ¿algún conocido? ¿alguien del centro ha…?

Me agarró de la mano y me llevó dentro, donde todavía había bastante gente concentrada delante de la pantalla, viendo una y otra vez las terribles imágenes de la tragedia, los cuerpos muertos alineados, cubiertos con sábanas a la orilla de los edificios destruidos y las pilas de escombros. Doña María se sentó en una silla en el vestíbulo, secándose la cara.

–          Ay… es que teníamos una charla hoy, ¿te acuerdas?

–          Eh… claro… – la verdad es que no me acordaba. En el centro cultural se suelen organizar charlas y conferencias, y yo voy a algunas cuando tengo tiempo, pero no me sonaba ninguna para hoy. O quizá con mis propios sueños extraños y el terremoto se me había olvidado.

–          Es un hombre de allá, quería hablar sobre los aztecas- la mujer se persignó devotamente-, ay, yo no sé de eso, de la religión o de los dioses, no sé. Pero está diciendo cosas horribles, Miguelito, cosas del terremoto…

–          ¿Del terremoto?

–          Dice que va a haber más, que se va a acabar el mundo… yo no creo en eso, yo soy católica, apostólica, y romana, pero eso no se puede decir ahora, Miguelito, no es el momento, estamos todos muy afectados…

Me enfurecí, sentí la rabia concentrarse en mi pecho. ¿Cómo se atrevía a hablar de eso precisamente hoy, cuando todo el centro cultural estaba de luto por las víctimas, cuando muchos compañeros acababan de perder a familiares y amigos en el terremoto?

–          ¿Nadie le ha dicho nada, no lo echaron?

–          Muchos nos fuimos de la charla, pero él siguió hablando. Nadie quiere una pelea ahora…

–          Voy a decirle cuatro cosas a ese pinche…

–          No, Miguelito, déjalo, no queremos jaleo, no vale la pena. Hazlo por los muertos…

Aún así entré en la sala de conferencias como una tromba, con los dientes apretados. En el proyector había una imagen de la Piedra del Sol, y el orador estaba hablando con un tono desagradable, de enterado. Había pocas personas, solo cuatro o cinco repartidas por la sala, sentadas en sillas plegables. Al menos una dormitaba, arrullada por el zumbar del proyector y la oscuridad.

–          Cada cincuenta y dos años terminaba un ciclo, un siglo, y había que renovarlo todo, encender el fuego nuevo y cambiar totalmente de vida. Eso es lo que debemos hacer. Tenemos que aprovechar la oportunidad. Está acabando un ciclo, no solo un siglo azteca, sino todo un ciclo. El Quinto Sol se va a acabar, y la nueva era va a ser totalmente distinta. Tenemos que recuperar las antiguas tradiciones, adaptarlas al nuevo sol, al nuevo mundo.

Casualidad o no, debía de ser uno de los de la secta del documental que había visto esa mañana, tratando de hacer conversos aquí, en Madrid. Volver a los dioses aztecas, pero sin sacrificio humano, solo con florecillas y copal. Vi pasar, en la pantalla, el Templo del Sol, imágenes de Quetzalcoatl, de Huitzilopochtli, con su tocado de plumas de colibrí, su espejo y su serpiente, de Tezcatlipoca, con la cara pintada de negro y amarillo, y de Xipe Totec, cubierto con una piel despellejada.

–          Según los antiguos aztecas, estamos en el sol Cinco Movimiento, y por tanto, este ciclo acabará con terremotos, al igual que los otros acabaron por el viento, los jaguares, las inundaciones o el fuego. ¿Qué hemos visto en las noticias últimamente?

Las diapositivas cambiaron de nuevo, mostrando imágenes sacadas de la televisión y de Internet, casas derruidas, refugiados con el rostro desencajado, y equipos de la policía con perros, buscando entre los escombros. Hileras de cuerpos cubiertos con sábanas, fotografías aéreas que mostraban ciudades derrumbadas sobre sí mismas, o aldeas sumergidas por barro o piedras.

–          En noviembre, en Guatemala. En diciembre, en Honduras. En enero, en Alemania. En febrero en Italia. En marzo en Irán. En abril en Indonesia. Solo este mes, en Argentina, China y Etiopía. Ayer, en nuestro propio México, en Tlaxcala. Terremotos. Terremoto tras terremoto. El fin de un ciclo. El quinto sol se nos acaba.

Semejante declaración fue acogida con algunos murmullos, y al menos con un respingo sobresaltado, pero en general la audiencia parecía bastante aburrida. El orador continuó, sin embargo, inasequible al desaliento.

–          Eso es inevitable. Pero hay dos formas de acabar, amigos míos. Los aztecas lo sabían muy bien, y por eso celebraban la ceremonia del Fuego Nuevo, sin falta, cada cincuenta y dos años. Si los dioses continúan siendo adorados apropiadamente, el mundo puede salvarse y sobrevivir al cambio de ciclo. Los supervivientes del sol agua fueron salvados en un tronco, y la humanidad del Quinto Sol fue creada personalmente por Quetzalcoatl. Así pues, puede salvarse el mundo, si adoramos como se debe a los dioses. Pero si no…

Cambió la diapositiva, y fui yo quien dio un respingo. Ahora mostraba a una serie de figuras esqueléticas, con collares formados por corazones y manos, garras de águila, y faldas de plumas, serpientes y huesos. En el centro había una mujer cuya cabeza era una calavera, con alas de mariposa terminadas en cuchillos de obsidiana, y garras de águila en los pies y de jaguar en las manos. Estaba rodeada de escorpiones, polillas, murciélagos y sapos.

–          Esta es Itzpapalotl, rodeada por las Tzitzimimeh. Son las estrellas que rodean al sol, dispuestas a comérselo. Si el sol no es adecuadamente nutrido, si no se le adora como se debe, las Tzitzimimeh se lo comerán, y el mundo no resurgirá jamás. Existe este peligro en cualquier eclipse solar, y también al final de un ciclo. Y esta vez coinciden: el eclipse solar de mañana coincide exactamente con el final del Quinto Sol. Es por eso, amigos míos, que les invito a todos a unirse a nosotros. La religión de los antiguos aztecas es la nuestra, la religión de nuestro pueblo. Celebramos reuniones todas las semanas en…

En ese punto me levanté y salí de allí, sin decirle nada al orador. Estaba bastante confundido. Las estrellas que rodean el sol y quieren comérselo… el sol que debe ser alimentado (“tengo hambre”). Escorpiones, polillas y sapos. ¿Por qué había soñado yo precisamente con esos animales? ¿Por qué con ese hombre hambriento, atacado por las polillas y los murciélagos? Y en todos mis sueños, el sol rodeado de estrellas, estrellas dispuestas a comérselo. De pronto me vino a la mente el colibrí de mi primer sueño, el colibrí que no brillaba como debería, y recordé a Huitzilopochtli, el dios del sol, representado por el colibrí, el espejo y la serpiente… como en mi sueño. El dios del sol moribundo, perseguido por las estrellas. Pidiéndome ayuda. Las estrellas riéndose, burlonas, y las alas de mariposa tapando la luna.

Me fui del centro cultural sin preguntar por el terremoto, sin hablar con doña María. Estaba confuso y asustado, y de nuevo me dolía la cabeza, me asaltaba el terrible zumbido en los oídos, como si hubiera alguien gritándome justo más allá del umbral de la audición, tratando de decirme algo, intentando desesperadamente que yo le escuchara. Mientras cruzaba las calles que me separaban de mi casa, me recorrió un profundo escalofrío, y de nuevo sentí aquél helor en los huesos, y el hambre profunda del dios que me pedía alimento, que necesitaba que yo encendiera su pira. Era una locura, era imposible. Una coincidencia. Tenía que ser una coincidencia.

No llegué a mi casa. Necesitaba salir, caminar, despejarme. Sin saber bien lo que hacía, me sumergí en el metro y me dirigí al centro. Solo necesitaba comer algo, pasear, tomarme una cerveza o un tequila, y todo estaría mucho más claro, todo tendría algo de lógica, en lugar de ser una confusa bola de presentimientos, sueños extraños, coincidencias y supersticiones. Estos últimos días había dormido mal, y seguramente eso me había afectado a las facultades mentales, me había confundido, o qué sé yo. Seguro que era eso. Tenía que ser eso.

Me bajé en Sol, caminé unos metros, me metí en una cafetería de un callejón lateral, esos que, como no frecuentan los turistas, son asequibles incluso para mí. Tenían Coronita. Apoyé la cabeza en los azulejos fríos y blancos de la pared, tratando de serenarme. ¿Por qué había soñado con Itzpapalotl, cuyo nombre no había oído en mi vida? ¿Realmente había soñado con ella? Había visto murciélagos, polillas, escorpiones y sapos, animales que casi todo el mundo considera desagradables. No tenía por qué haber sido precisamente la diosa azteca. Pero había soñado con las estrellas rodeando el sol, con los murciélagos abalanzándose sobre el hombre en la pira. Recordaba haber estudiado algo sobre un dios que se inmoló a sí mismo en una pira para convertirse en el sol, cuando estudiaba en la UNAM. Murciélagos comiéndose el sol.

Tenían que ser recuerdos viejos, cosas que había estudiado hacía diez o doce años, que me habían vuelto ahora a la mente vaya a saber por qué. No había otra explicación. Ninguna racional, al menos. Pero, ahora, justo ahora, que se acababa un ciclo de cincuenta y dos años, precisamente con un eclipse de sol… ahora que había terremotos por todo el mundo, cada vez más frecuentes y más fuertes. No podía haber conexión. No debía haberla. ¿Me estaría volviendo loco?

Me tomé la cerveza a sorbitos, tratando de calmarme. Todo era producto de mi imaginación, no podía ser de otro modo. No había soñado con una mujer con alas de polilla y garras de jaguar, ni con esqueletos con faldas de huesos. Toda conexión que hiciera entre mis sueños y las creencias de los aztecas, o peor aún, la realidad, era inventada, pura coincidencia. Producto de mi imaginación desbocada, y solo eso.

Salí de allí para sumergirme en la masa de gente, o mejor dicho, gentuza, que puebla la Puerta del Sol cuando oscurece, como si su nombre los mantuviera alejados durante el día, igual que Huitzilopochtli a las Tzitzimimeh. Me moví entre la gente, entre camellos, carteristas, turistas y transeúntes, recibiendo y dando empujones. Vi por el rabillo del ojo algo que me sobresaltó: sobre la cabeza de Carlos III hervía un auténtico enjambre de polillas. Me quedé parado, observándolas, aterrado. Aquel símbolo de Itzpapalotl había llegado a convertirse para mí en heraldo del miedo, en prolegómeno de la locura.

Desvié la vista para encontrarme, directamente, con la de una mujer, que clavaba sus ojos en los míos. Debía estar a unos tres metros de mí, apoyada en un macetero ornamental, y no me quitaba ojo. Era mexicana sin duda, totalmente indígena, con unas trenzas negras que le caían sobre la espalda. Había algo extraño en su rostro, joven y viejo a la vez. Pero no solo era eso. La piel parecía rara, artificial. Como maquillaje. Me sonreía de medio lado, burlonamente. En el pecho llevaba un broche en forma de polilla.

Corrí a casa. Antonio se me quedó mirando cuando entré, y me saludó de forma vacilante. Supongo que debía tener un aspecto horrible, agitado como si vinieran persiguiéndome todas las polillas del infierno, sudando y con ojeras por la falta de descanso, y me imagino que con bastante cara de loco. Lo saludé sin mucho entusiasmo, aún nervioso, y me saqué otra cerveza de la nevera. Ahogar mis problemas en alcohol no era la mejor solución, pero era la única que se me ocurría en ese momento, la única forma de poner orden en todo aquel caos de circunstancias inconexas que yo no hacía más que relacionar, de forma, quería hacerme creer a mí mismo, totalmente irracional. No podía tener sentido nada de aquello. Ni siquiera el que la televisión estuviese hablando precisamente de un eclipse solar, del mismo eclipse que había mencionado el orador del centro cultural. El que coincidiría con el fin del Quinto Sol. No pude dejar de imaginarme a las Tzitzimimeh, las estrellas hambrientas, revoloteando en torno al sol moribundo (“tengo hambre, tengo frío”), como las polillas alrededor de la cabeza de Carlos III. Devorándolo. Acabando con el mundo.

Esa noche soñé con la mujer que había visto en Sol. Esta vez no estábamos en México, sino aquí, en Madrid. Nos cruzábamos en el centro cultural, ella me miraba y sonreía, yo le correspondía. Luego, súbitamente, estábamos en mi habitación, y su boca sabía a pulque y a cenizas. Me parecía absolutamente real, no con esa extraña nebulosidad que tienen los sueños, sino con una definición total, una completa sensibilidad. Podía oír, ver, oler, tocar todo cuanto ocurría. Era como si estuviera en mi cuarto realmente, como si no me hubiese dormido o si hubiera despertado para encontrarme a aquella mujer allí, conmigo, con su broche en forma de polilla sobre el pecho, con las alas extrañamente recortadas, empujándome sobre la cama, subiéndose ella, llenándome la boca de sabor a pulque, con su piel oscura fría al tacto, extraña. Oí su voz cascada, “bebe, Miguel”, y sentí un borbotón de sangre inundarme la boca, resbalando por mis comisuras. Manoteé, aterrado, y mis manos se aferraron a su rostro, tiraron, penetraron aquello, que no era más que una máscara de polvos blancos y goma, una máscara que cedió para revelar la calavera sonriente que había debajo, con los ojos inyectados en sangre, las alas de polilla que se extendieron para abarcar toda la habitación, festoneadas de cuchillas de obsidiana.

Grité, me revolví en sueños, mientras unas garras de jaguar me abrían el pecho de un solo golpe. Sentí el dolor como si fuera real, como si aquellas garras se hubieran hundido en mi carne, rasgando la piel, arrancando el esternón, desgarrando los músculos, exponiendo el corazón que latía entre borbotones de sangre. Pude oírlo latir, pude sentir el aire silbando entre mis costillas expuestas, mientras la habitación se llenaba del olor metálico y dulzón de mi propia sangre. Vi a Itzpapalotl abrir la boca, dispuesta a devorarme, y grité. No sé cómo, la empujé, corrí, y de pronto no estaba en mi habitación, sino en las montañas que rodean el D. F., y caí por un precipicio, rodando. Me recibió un cactus, y al estrellarme contra él, sus espinas me atravesaron la carne y llenaron el suelo de sangre, sangre que se derramó como una lluvia y fluyó como un arroyo hasta un gran lago.

De pronto estaba frente al lago, y en su fondo había un corazón. Podía verlo claramente, latiendo con lentitud, a pesar de estar en las profundidades, y supe que ese era el lago Texcoco, y supe que ese era el corazón del primer sacrificio. El cielo estaba oscuro, lleno de estrellas, y escuché a mi espalda el batir de las alas de Itzpapalotl, el chasquear de los huesos de las Tzitzimimeh que venían con ella, corriendo, persiguiéndome, cazándome. Del fondo del lago surgió un árbol, retorcido y lleno de espinas, con sus raíces asentadas en el corazón del primer sacrificio. Oí un chillido detrás de mí, un aullido de rabia que era a la vez el rugir del jaguar, la llamada del águila y el chirrido del murciélago, y era aquella voz baja y de hiena que yo había oído reírse tantas veces.

Aún tenía el pecho abierto, y mi corazón latía, lentamente, mientras las ramas del árbol se tendían hacia mí como manos anhelantes. Sin saber por qué, ni cómo, llevé la mano a mi propio pecho, arranqué el corazón y lo clavé en una de las espinas del árbol. La voz de Itzpapalotl se elevó de nuevo detrás de mí, un aullido ronco y chillón, desagradable, pero era demasiado tarde. Sentí sus garras de jaguar rozarme los hombros. Ante mis ojos, el corazón arrancado ardió, se inflamó y ascendió a los cielos. Amaneció un nuevo día, y cuando alcé la cabeza, para mirar directamente al sol, sin que dañara mis ojos, pude ver que era a la vez mi corazón, un colibrí resplandeciente, y un hombre en llamas, en el centro de su pira funeraria, satisfecho con las llamas del Fuego Nuevo, saciado de sangre.

Desperté temblando, con una extraña sensación de júbilo, a la vez que muerto de miedo por la responsabilidad que había caído sobre mis hombros. Sabía lo que tenía que hacer, y el zarpazo que aún sangraba en mi pecho era la prueba más elocuente. Sabía perfectamente lo que ocurría, lo que aquella voz ajena me había susurrado mientras el anciano de las gafas redondas hablaba del resurgir de los dioses aztecas, pero sin sacrificios humanos. Eso es una pendejada. Sí, las costumbres antiguas resurgen, los viejos dioses vuelven a la vida para evitar que el mundo sea destruido por la falta de cuidado de los hombres, pues, incluso cuando no les prestamos atención, incluso cuando no les sacrificamos como se debe, nos aman y nos protegen.

Pero es falso que debamos adaptarnos a las costumbres del siglo XXI. Es falso que, como ahora vivimos en el mundo occidental y en la cultura europea, tengamos que renunciar a nuestras costumbres. Los dioses no entienden de normas ni de costumbres, ni de balbuceos políticamente correctos para las cámaras. Los dioses entienden de reverencia y de sacrificios. Los dioses, Huitzilopochtli, Nanauatzin, necesitan sangre para vivir, y el mundo necesita a su sol para continuar existiendo. De lo contrario, Iztapapalotl y las Tzitzimimeh lo devorarán todo.

No se puede engañar a los dioses. Los dioses necesitan sangre y corazones, no tonterías de la nueva era y flores. Huitzilopochtli debe estar bien alimentado para que el sol siga saliendo día a día, para que el mundo no se acabe, y ya hemos descuidado esa alimentación durante quinientos años. Hace siglos que no se realiza la ceremonia del Fuego Nuevo, ni los sacrificios diarios. Hace demasiado tiempo que no se alimenta a los dioses para que ellos puedan protegernos y darnos vida. ¿Qué mejor prueba de que nos aman y se preocupan por nosotros que el hecho de que, aún después de tanto tiempo, el sol continúa saliendo? Cada mañana, arrastrándose con esfuerzo por encima del mundo, exhausto y mal alimentado, mientras nosotros nos dedicamos a nuestros asuntos y no agradecemos su sacrificio con el nuestro. Pero todo tiene un límite, y si no se hace algo pronto, también el Quinto Sol dejará de existir, y no habrá un sexto.

Por eso, cuando me desperté, supe exactamente todo lo que tenía que hacer. Por eso hice esa llamada, y me dirigí al Escorial, a los pies de un cerro, y caminé durante media hora, ascendiendo hasta la cima. Por eso encontré esa piedra y de algún modo le saqué punta, como si lo hubiera hecho toda mi vida. No era obsidiana, pero tendría que servir. Me sentía como transportado, como si alguien guiara mis manos a lo largo de todo el proceso, enseñándome cómo debía hacerlo, haciéndolo a través de mí. De algún modo, sabía que la ceremonia no era del todo correcta, que no se habían apagado los fuegos, ni había habido preparación, cinco días de ayuno y silencio, pero, de nuevo, tendría que servir. Era una situación desesperada, la situación más crítica que nunca hubiera existido. Sobre mi cabeza, el sol empezaba a ser devorado por el eclipse, y a su alrededor ya brillaban las Tzitzimimeh. Debía darme prisa.

Y aquí estoy ahora, encerrado en una celda. Dicen que estoy loco, desquiciado, que oigo voces y me imagino cosas, pero yo sé la verdad. ¿Cómo explican los sueños? ¿Cómo explican el zarpazo en mi pecho, y que yo supiera todo lo que había que hacer y decir para la ceremonia del Fuego Nuevo, paso por paso? No estoy loco. Pero las autoridades modernas, europeas, políticamente correctas y civilizadas me encontraron salvando el mundo y decidieron que era inaceptable. Me van a encerrar en una cárcel o en un manicomio, como si no acabara de evitar que el mundo entero fuera destruido por los terremotos, como está profetizado. Como si no hubiera dado vida de nuevo al sol, como si los rayos que veo entrar ahora por mi ventana con barrotes no me estuvieran agradeciendo el alimento que les he proporcionado. “Tengo hambre, tengo frío”. ¿Qué saben ellos? Ningún hombre puede imaginar lo que es mirar a los ojos a un dios moribundo y verle suplicarte, implorarte que le salves, para que él pueda salvar al mundo.

La verdad es que no sé quién llamó a la policía. Puede que alguien viera el fuego, o me oyera cantar en náhuatl (yo, que no sé ni una palabra), o quizá fue mi víctima, alarmada de algún modo, quien les dio el aviso antes de venir a reunirse conmigo en lo alto del cerro. Yo estaba como en trance, y tardé en darme cuenta de que estaban allí, de que me estaban hablando. Después de todo, estaba ocupado. Llegaron justo cuando encendía el fuego, frotando dos ramas en la cavidad donde momentos antes había estado el corazón de mi víctima. En el momento exacto en que la chispa prendía, el sol emergió de nuevo de entre las sombras, bañándome con su luz, a mí, a la pira, a la llama encendida en el cadáver sacrificado, y supe que el ritual había sido aceptado, que el mundo continuaría existiendo al menos otros cincuenta y dos años. Me eché a reír mientras me esposaban.

Los dioses me han hablado y me han elegido como su instrumento para salvar el mundo, y yo lo he hecho. Y si ahora me encierran, bueno, es un sacrificio que debo asumir, como los antiguos aztecas aceptaban que, si eran capturados en batalla, iban a ser sacrificados, e incluso lo exigían.

Todos tenemos que hacer sacrificios, todos. Los sacrificios son una parte esencial del funcionamiento del cosmos, aunque a veces nos duelan y nos den pena. Pero debemos tener presente qué es lo más importante, y que hay cosas que debemos hacer cueste lo que cueste, y sin importar nuestros propios sentimientos. Por ejemplo, a mí me caía bien Juanito, pero tuve que sacrificarlo por el bien de toda la humanidad. No me quedó más remedio.

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La Llamada

No soy de este mundo.

Me han encerrado en esta prisión, como si no fuera desde siempre un prisionero. Como si esta carne y este mundo no fueran mi cárcel desde el mismo momento en que fui concebido. Pero yo no soy especial,  o solo lo soy porque me doy cuenta. Todos estamos atrapados, todos somos prisioneros en este mundo que no es más que el verdadero infierno. Nuestras almas están encarceladas y no lo sabemos, porque estamos dormidos, borrachos con las sensaciones del mundo.

Yo he despertado. Desperté hace mucho, en realidad, aunque los médicos y los psicólogos digan que es justo lo contrario, que mi mente está perdida. Por eso me tienen aquí, atado y amordazado. Pero mi mente no está perdida, sino que ha sido encontrada, porque la Primera Vida me ha llamado desde más allá del Abismo, desde las regiones de la totalidad que yacen más allá de esta prisión que llamamos mundo. De entre todos estos que gritan y babean por las noches, yo soy el único cuerdo, y también de entre todos los que viven más allá de estos barrotes. ¿Es que no se dan cuenta de que el cuerpo es una cárcel tan fuerte como cualquiera de las construidas por el hombre? ¿Nunca han visto que el universo es un enorme campo de concentración?

Desde que era niño, oía la Llamada. Todavía no sabía cómo describirla, pero ya sabía que este mundo no era mi hogar, que este cuerpo no era el mío, sino una cáscara de carne torpe y molesta que me impedía moverme con libertad. Recuerdo el patio, bajo la mirada de los profesores, que ya me parecía un Alcatraz, el patio donde los otros niños se reían del raro, del que decía cosas extrañas, porque todavía no sabía cómo describir lo que sentía, la soledad y la alienación de este desierto en el que el alma se encuentra perdida y entumecida. Me llamaban el loco, porque les decía que me sentía atrapado, como si viviera siempre bajo el castigo del director del colegio. Eso no solo me valió risas y desprecios, sino también alguna paliza que otra, y en el dolor físico percibí también las cadenas que me ataban al mundo.

Con la adolescencia aprendí a formular mejor mis sensaciones, pero eso no hizo desaparecer los problemas, sino que los incrementó. Recuerdo las clases de catequesis para la primera comunión: la iglesia del barrio con sus jardineras frente a la puerta y sus cuadros pintados por el propio cura, la sala en la parte de atrás, junto a la sacristía, donde nos sentábamos en viejos bancos de madera llenos de astillas, y la expresión ceñuda del sacerdote mientras nos informaba severamente de que íbamos a recibir el cuerpo y la sangre de Cristo. El aire olía a incienso, a barniz y a cera para el suelo, y una ligera brisa agitaba las casullas colgadas de una percha.

– Pero si Jesús es Dios, ¿cómo vamos a comernos su carne?

El padre interrumpió su discurso a media frase. Oí risitas a mi espalda. Ya estaba el raro cuestionándolo todo. El sacerdote carraspeó profundamente y me clavó aquellos ojos oscuros.

– ¿Perdón?

– Si Jesús es Dios, no es de este mundo. ¿Cómo vamos a comérnoslo?

– Cristo se encarnó en el mundo, se hizo un hombre verdadero para salvarnos, y se vuelve a encarnar en el pan y el vino de la comunión cada domingo.

Negué con la cabeza, incapaz de aceptar aquello. No me entraba en la cabeza, y aún no había aprendido a callarme. Nunca aprendí.

– No tiene sentido. Si vino a salvarnos del mundo, ¿por qué entrar él, en vez de sacarnos a nosotros? Seguro que no era más que una imagen, o una aparición. El cuerpo es demasiado repugnante como para que Dios se encarne en él… y encima comérnoslo, qué asco.

El cura estaba lívido de rabia, con los labios apretados y los nudillos blancos, aferrado al borde de la mesa. Me miraba como si yo fuera el mismísimo diablo, y cuando habló, la voz sonó estrangulada, rota.

– Quédate después de la clase. Quiero hablar con tus padres. Dudo que hagas la comunión este año.

Yo no quería hacerla. No quería tener nada que ver con comer carne y beber sangre, ni, para el caso, con comer y beber nada. Entre los doce y los dieciocho me pasé la vida de nutricionista en nutricionista y de psicólogo en psicólogo, arrastrado por mi madre, que no dejaba de llorar ni un momento. Todo empezó la vez que me pillaron en el baño.

Me sobresaltó el sonido de la puerta, y a ellos los ruidos guturales que salían del lavabo. Me encontraron arrodillado junto a la taza, con tres dedos en la garganta, devolviendo. La bilis manchaba los azulejos y la taza, y el aire apestaba a vómito, lejía y ambientador de pino. A mi madre le dio un ataque de ansiedad: el niño tiene anorexia. Pero no era anorexia, a mí me daba igual estar gordo o delgado. Sencillamente, me daba un asco terrible la comida y la bebida, carne muerta o raíces extraídas del suelo con herramientas de metal para ser digeridas y convertidas en desechos, para encadenarnos a este mundo.

Pues eso es lo que hace: encadenarnos al mundo. ¿No valdría más la pena dejar de comer y terminar con todo de una vez? Eso mismo le dije un día al psicólogo. ¿No es la forma más sencilla de escapar de esta cárcel donde vivimos? Por supuesto, no se lo tomó bien, y más de una vez me vi, como ahora, encadenado a una cama y con suero, con un tubo que me atravesaba la nariz y la garganta, llenándome la boca de sabor a plástico húmedo, para alimentarme por la fuerza. Tuve que dejarme barba, porque mis padres escondieron todas las cuchillas de la casa, solo por si acaso. El psicólogo decía que tenía tendencias suicidas, y supongo que es verdad, pero yo mismo todavía no entendía el motivo. Solo sabía que me sentía atrapado, pero aún no me había dado cuenta de que el Rey de la Luz había pronunciado mi nombre mucho tiempo atrás.

Internet me proporcionó la oportunidad de comprender por fin qué me ocurría. Había otros como yo, y los había habido siempre. Leí las obras de Valentiniano y de Mani, la biblioteca de Nag Hammadi y los textos sagrados de los mandeos. Leí las críticas de Ireneo a los gnósticos, y todo lo que denunciaba como blasfemias resonó en mi alma como un diapasón. Por supuesto que había una realidad más allá de la cotidiana. Por supuesto que el mundo era una prisión, una cárcel donde las almas están atrapadas en los cuerpos y las leyes de la naturaleza. Por supuesto que Dios no podía ser ni una criatura celosa y vengativa, ni un señor normal que se pasea por el mundo como si tal cosa. El cuerpo de Cristo era solo apariencia, su Pasión solo una ilusión. Él era puro espíritu, como todos deberíamos ser, y vino para enseñarnos a escapar de la cárcel en la que nos han encerrado los Príncipes de este Mundo.

Aprendí también que estábamos perseguidos. Como los cátaros en Montsegur, las autoridades, tanto las humanas como las sobrenaturales, nos cazan porque no toleran que sepamos la verdad y revelemos al mundo que existe algo más, que al otro lado de las leyes y las normas y la carne y lo material existe un universo de luz espiritual donde podemos ser libres. Tenemos que escondernos, ocultar lo que somos, mentir incluso, para evitar que nos encierren, o que nos maten antes de que nos hayamos purificado lo bastante como para evitar reencarnarnos y poder escapar.

Acabé yéndome de casa, incapaz de soportar el materialismo y el consumismo de la sociedad moderna. Desde los diecinueve he vivido como un vagabundo en la calle, viviendo solo de lo mínimo necesario para sustentarme, renunciando a todo para ir cortando, poco a poco, los lazos que me atan a este mundo corrupto. Los Príncipes ya apenas tienen poder sobre mí, pero no ha sido un camino fácil. Palizas entre cartones y cristales rotos a las seis de la mañana, peleas por un trozo de comida o una colilla. Confieso que sucumbí a la tentación y más de una vez me emborraché con vino barato para calmar el dolor y calentarme, aunque sabía que eso solo retrasaba la iluminación. La policía abusaba de mí, de nosotros, y nos acosaba y golpeaba, pero era de esperar. Al fin y al cabo son agentes de la ley, agentes de las Autoridades del Mundo cuya labor es hacer la vida imposible a los prisioneros.

En un momento dado empecé a concebir una idea. ¿No era egoísta buscar liberarme yo solo, mientras el resto sigue sometido? En las películas de cárceles que veía de niño, ¿no era el héroe siempre el que organizaba una fuga para todos, en lugar de huir como si nada le importara? Así que empecé a predicar, a hablar en las esquinas y en las plazas, subido a una caja de tomates rescatada de la basura. Abandonen el materialismo, las cosas del mundo, las normas y las leyes, abandonen la comida y la bebida y la moral y las convenciones sociales, porque solo son las armas del enemigo, las cadenas con las que estamos atados a este mundo perecedero y putrefacto.

Supongo que si hubiera sido un sabio hindú o budista me habría forrado, y todos me hubieran escuchado. Pero no lo era, así que empezaron a llamar a la policía para que me echara y me silenciara. Cuando me expulsaban de un lugar me iba a otro, y a los pocos días regresaba, buscando siempre una audiencia, alguien que me escuchara y viera la verdad de las revelaciones que tenía para el mundo. Pasé más de una noche en comisaría, e incluso estuve unas semanas preso, en una verdadera prisión, porque me dejé llevar por la ira y ataqué a un señor mayor que tuvo la desfachatez de tirarme unas monedas, sin siquiera escuchar lo que tenía que decir. ¡A mí, que estaba hablando en contra del materialismo y del mundo, como si fuera un simple vagabundo!

Desde ese día adquirí mala fama, y los policías me vigilaban con mayor atención. Era verdad que eran agentes de los Poderes, que nos perseguían y acosaban. Pero prevalecí, porque mi ministerio era más importante, más fuerte. Continué predicando pese a los empujones y las palizas y las amenazas, viviendo entre cartones y buscando salvar las almas de los demás, atrapadas como la mía en este mundo material. Incluso recrudecí mis métodos, porque no podía permitir que me silenciaran.

Empecé a seguir a la gente por la calle, sobre todo a los que veía más necesitados: a los ricos, los abogados, los policías y los sacerdotes. Les pisaba los talones hablándoles de la verdad, del mundo de la luz y de la Gran Vida que nos había llamado a todos, y del Creador que nos tiene retenidos bajo barrotes de leyes y dinero. A veces perdía la paciencia, lo admito, y los insultaba, los acusaba de no querer ver la verdad, de ser servidores de las Autoridades, de traicionar a su verdadera naturaleza. A alguno lo llegué a agarrar por el brazo, y entonces llegaban las denuncias y las noches en el calabozo.

Así es como llegué aquí, a esta prisión psiquiátrica donde me han encerrado para evitar que difunda mi mensaje entre la población y neutralizar la amenaza. Me tienen incomunicado,  ni siquiera dejan que hable con los otros presos o con el personal. Me obligan a alimentarme cuando me niego, y envían a sus psicólogos para que me torturen. Dicen que estoy loco y que soy un peligro para la sociedad, que lo que hice es un crimen y que no se puede permitir que esté suelto hasta que esté “curado”.

¡Curado! Yo, que soy el único cuerdo de este país.

Reconozco, eso si, que lo que hice no está bien. Me dejé llevar por la emoción, por la excitación y por la oportunidad de retransmitir mi mensaje a todas partes. Me cegué, o quizá fueron los Poderes quienes me cegaron para perderme. Apenas recuerdo nada… el estrado al que trepé, los focos y las cámaras, los gritos del personal de seguridad. El empujón que le di al que estaba hablando en el estrado y el rugir del público. Debí tener más cuidado, eso es verdad.

¿Cómo iba a saber que se iba a romper el cuello?

¿Cómo iba a saber que era cardenal?

Pero, ¿quién son ellos para juzgarme?

Después de todo, no soy de este mundo.

Elefantes de Porcelana

Elefantes de porcelana. Había quince en la mesilla del recibidor, mirando directamente a la puerta de entrada como diminutos perros guardianes. Manuela había leído que según el Feng Shui daba buena suerte decorar la casa con elefantes, y lo había puesto en práctica enseguida. Normalmente bastaba con poner dos a la entrada, pero ella no era de los que hacían las cosas a medias, y el quince era su número de la suerte.

Cerró la puerta tras de sí en silencio, sintiendo las miradas de porcelana en la espalda, y cerró con llave desde dentro. Tres vueltas. Un ritual de toda la vida, desde que tenía llaves propias. No sabía por qué lo hacía, pero si no cumplía con él se sentía amenazada, insegura. Como si la casa fuera a venirse abajo, o una horda de ladrones fuera a entrar pistola en mano para desvalijarla. Un puñado de amuletos colgaba de un clavo bajo la mirilla: manos de Fátima marroquíes, ojos de cristal turcos, una herradura en miniatura y una pata de conejo. No había que escatimar con la seguridad.

La gente decía que era supersticiosa, pero según Manuela, solo era precavida. ¿Qué tenía de raro llevar una pulsera de lana roja de la cábala, y al cuello una estrella de cinco puntas y un cristal de cuarzo, o plantar apio en jardineras bajo las ventanas? Desde luego, daño no hacía. Era como tener el antivirus actualizado en el ordenador, o hacerse revisiones periódicas con el dentista: puede que nunca surgiera un problema, pero valía más la pena estar alerta en todo momento.

Manuela coleccionaba amuletos como otros coleccionaban recuerdos de viajes, y con la misma vocación internacional. La casa estaba dispuesta según principios chinos milenarios; se negaba a volver atrás si había olvidado algo en casa, y a rodear un obstáculo por el lado opuesto al que lo hiciera un amigo, así como a silbar, porque, según Internet, en Rusia se consideraba las tres cosas de mal augurio; repetía tres veces la palabra “conejos” (o rabbits, según le diera) al levantarse, como los ancianos ingleses, para tener suerte durante el día. Otras supersticiones eran más comunes: nadie jamás había logrado hacerla pasar bajo una escalera, la aterrorizaban los gatos negros y el número trece, y trataba la sal de mesa como si fuera explosivo plástico.

Era viernes por la noche. Luna creciente. En condiciones normales, debería estar saliendo de casa, no entrando. Preparándose para salir a tomar algo con los amigos, en lugar de encerrarse como una ermitaña. Pero esta era una noche especial, una noche clave. Primera luna creciente del mes que cae en viernes: día de limpieza en el hogar, pero no de fregonas y lejía. Había toda clase de espíritus y energías negativas sueltas por ahí, y ni todo el Feng Shui del mundo serviría de nada si la casa no estaba adecuadamente protegida.

Así que Manuela se dirigió a su habitación, vigilada por otra media decena de elefantes, para prepararse. Fuera el cinturón, los pendientes, todo elemento metálico, por mínimo que fuera. Solo se quedó con la estrella de cinco puntas de plata. Se puso un vestido de lana cruda que solo usaba para estas ocasiones, y unas zapatillas a las que había quitado los refuerzos de goma en la suela, que interferían con las energías, y cruzó el pasillo en dirección a la cocina.

Allí estaban, sobre la encimera. Cuatro vasos llenos de agua, turbia por la canela y el azúcar, en los que flotaban puñados de perejil: uno por el salón comedor, otros por el baño, la cocina y la habitación. Manuela se detuvo y emitió un suspiro profundo por entre los dientes apretados. Se le había puesto la piel de gallina. Los cuatro manojos de perejil estaban mustios, arrugados y ennegrecidos en el fondo de sus respectivos vasos. Las energías negativas estaban desatadas en la casa, a pesar de todas sus protecciones y precauciones. Frunció el ceño con gesto de determinación, como un general dispuesto a tomar por asalto un castillo inexpugnable. Aquellas fuerzas místicas no sabían con quién se enfrentaban.

Preparó un nuevo vaso, llenándolo hasta la mitad de agua mineral, con cucharadas de canela y azúcar. Por mayor seguridad, dejó caer, con un suave chapoteo, la piedra de la luna que había dejado en la repisa de la ventana tres plenilunios seguidos en previsión de algo como esto. Casi podía sentir, en el vello erizado de los brazos, cómo las energías positivas y negativas fluían a su alrededor. Finalmente, sacó manojos de perejil y ruda de la nevera y los sumergió en el vaso. Como un sacerdote con el hisopo, empezó a salpicar a su alrededor, bendiciendo la cocina, limpiándola de malas vibraciones mientras salmodiaba.

Sin bajar la vista, los ojos clavados en el techo y semicerrados, abandonó la cocina por el salón, donde esquivó hábilmente, con la facilidad que da la práctica, las mesas bajas y los sillones dispuestos en ángulos extraños, diseñados para facilitar el flujo de Chi. También aquí, plantada junto a un recipiente de bronce donde ardían varillas de incienso, asperjó los cuatro rincones entre cánticos, respirando profundamente el aire cargado de humo aromático y notando cómo hacía efecto la limpieza a su alrededor. La habitación corrió la misma suerte, desde el cabecero de la cama al interior del armario empotrado, e incluyendo las cortinas de la ventana y las ropas amontonadas en una silla.

Se sentía renovada, liberada. Respiraba mejor. Era como si una intensa presión que le ahogara el pecho y la garganta hubiese desaparecido. El nivel del vaso ya estaba muy bajo, y en el líquido flotaban restos de la ruda y el perejil casi deshojados. Pero ya estaba terminando. Abrió la puerta del baño, subió el único escalón que lo separaba del pasillo, y, súbitamente, el frío en la planta del pie, atravesando la suela, el estallido del cristal contra los azulejos, el mareo provocado por el súbito tirón de la gravedad, y el estallido blanco de porcelana, no de los elefantes, sino del lavabo.

Según el informe técnico, había sido una cañería rota. Una fuga de agua que se había acumulado en un charco justo frente a la puerta, a los pies del lavabo. Lo bastante cerca de la puerta como para pisarlo si se entraba sin mirar; lo bastante cerca del lavabo como para abrirse la cabeza con él si se resbalaba.

Mala suerte, le dijo el forense a su mujer la noche que encontraron el cuerpo. Pura mala suerte.