Mohács

Bertalan Szekély, via Wikimedia Commons

Aplastados. Aquí yace el Reino de Hungría, con la espalda rota por la bota de montar del sultán, Solimán el Magnífico. Aquí yace destrozado el escudo de la Cristiandad y la puerta de Europa, entre el rugir de cañones y mosquetes y las risas salvajes de los akinji otomanos, cuyos cascos apenas resuenan en el blando suelo de la llanura pantanosa de Mohács. El sol se ha puesto ya, pero el cielo aún está rojo, como si él también sangrara por la herida causada por la cimitarra de la Sombra de Dios en la Tierra.

Vlasic Pavel aún no sabe que el Rey Luis se ha ahogado en el río Csele, no muy lejos del campo de batalla. No sabe que más de mil nobles húngaros han caído bajo las armas turcas, junto con catorce mil soldados, magiares, croatas como él, polacos y otros. No sabe aún que el sultán ha dado la orden de no tomar prisioneros y que, según escribirá esta misma noche en su diario, dos mil más serán masacrados sin piedad.

Pavel aún no sabe todo eso, mientras chapotea entre las aguas estancadas de los pantanos que rodean Mohács, sin atreverse a quitarse la armadura por si acaso es emboscado por los batidores turcos, a pesar del riesgo de caer y ahogarse como su monarca. No lo sabe, pero lo intuye. Él, pese a ser croata, estaba entre las filas de los caballeros húngaros cuando Tomori Pál lideró la carga contra los primeros irregulares otomanos, con su cogulla de monje ondeando, más distintiva que cualquier estandarte, sobre el almete de acero que le cubría la cabeza. ¡Cómo retrocedieron los infieles! Pavel no puede evitar una sonrisa de dientes apretados al recordarlo. Azabs irregulares, simples campesinos armados que el sultán usaba sin compasión como carne de cañón para entretener al enemigo; no podían compararse con la caballería húngara, que también sin compasión los masacró con el rostro vuelto hacia la Meca, chillando en turco, albanés y bosnio mientras eran mutilados con acero y pisoteados por cascos herrados.

Aún le parece que puede oír el chocar de las armas. Los azabs no llevaban más que cuero y un sable, que se estrellaba sin efecto alguno contra la coraza de acero de los caballeros; Pavel recuerda la mirada de terror de uno de los turcos, los ojos abiertos como platos sobre los recios bigotes, mientras su espada de Solingen le atravesaba la garganta. Apenas había pasado el medio día cuando se inició la batalla, y el sol de agosto calentaba el acero hasta hacerlo difícil de tocar con la mano desnuda. La sangre recalentada, el metal y la tierra removida de la húmeda llanura creaban un aroma mareante que nublaba los sentidos. Pavel se recuerda enseñando los dientes, y aullando como un vukodlak, un hombre lobo, mientras la carga de los caballeros arrollaba las filas otomanas, tanto que algunos arqueros de la segunda fila llegaron a amenazar al mismo Solimán.

Pero era una trampa. Ahora, sentado, exhausto, en un tocón bajo un sauce cuyo espeso follaje le sirve de escondite, el croata lo ve claro. Los azabs son carne de cañón. Hunyadi János había usado la misma táctica cientos de veces contra los propios otomanos: atráelos, déjalos ganar al principio, que se confíen, y luego aplástalos. Hunyadi usaba a sus caballeros, pero Solimán tenía a sus propios perros: los jenízaros.

La contracarga de los jenízaros había quebrado a los caballeros de Tomori, y había matado a Hungría. Sentado en su tronco, Pavel siente cómo se le retuercen las tripas de impotencia, rabia y vergüenza. Le castañetean los dientes, aunque no sabe si es el frío de la noche que ya cae sobre el campo de batalla, la lluvia intensa que le cala las botas (el cielo llora por Hungría, dirán las campesinas más tarde en sus granjas) o los nervios del combate. Cómo se dejaron engañar. Cómo se dejaron matar. Aún puede ver la humareda de los mosquetes, el sonido ronco de aquella primera salva que derribó a casi una fila entera de hombres de acero mientras se entretenían en masacrar a las levas otomanas. Y luego la carga.

Rostros contorsionados por el odio, lampiños, porque a los esclavos del sultán no se les permite dejarse barba como a los musulmanes normales. Aquellas estrafalarias cucharas, de cobre o de madera, sobre la frente de los cascos de acero rematados por mangas blancas que ondeaban como la espuma de las olas del Mar Negro mientras cargaban con sus yataganes y sus hachas. Ya no irregulares que huían de los cascos de los caballos, sino profesionales entrenados, que no dudaban un segundo en desjarretarlos o rajarles el vientre para derribar a los jinetes. Pavel mismo tuvo que saltar a tierra, dando tajos a diestra y siniestra, descargando las dos pistolas que llevaba en bandolera mientras su caballo agonizaba entre relinchos espantosos, y a menos de dos metros un jenízaro delgado como un galgo atravesaba el visor del casco de Bethlen Miklos con su daga.

Ese fue el fin. Nuevos regulares otomanos se sumaban a los jenízaros, y aunque la derecha húngara resistía, el flanco izquierdo se tambaleaba, y terminó por ceder, llevándose consigo a la infantería mercenaria del centro, y a los caballeros de la derecha. Estaban siendo flanqueados; la artillería otomana ladraba como un sabueso que ha encontrado a su presa, y el humo de la pólvora impedía ver más allá de la hoja de la propia espada. La presión era demasiado fuerte; los primeros gritos de retirada, en húngaro, en croata, en alemán y en polaco, empezaron a llenar el cielo que se oscurecía. Los más débiles tiraban las armas y huían, solo para ser rodeados y degollados por los otomanos. Pavel y algunos más resistieron, enfrentándose a jinetes sipahis que cargaban aullando con las lanzas, con las plumas de los cascos balanceándose en el viento de la tarde, y a jenízaros de ojos enloquecidos que no se detenían ante nada Pero fue inútil.

Tomori Pál cayó ante los mismos ojos de Pavel, derribado del caballo por una bala de mosquete que le perforó la armadura dorada. El anciano general, que fue primero caballero, luego viudo, y monje, luego obispo a la fuerza y por último, capitán del sur de Hungría y su última esperanza, se había quedado paralizado con la boca abierta en medio de una arenga, tan sorprendido por el disparo como los soldados a los que estaba intentando reorganizar. Si pretendía evitar que huyeran, su muerte selló la desbandada. Las espadas cayeron al suelo, y ya nadie se preocupó del honor, del valor, ni de la patria, sino solo de salvar la vida, comenzando por el propio rey Luis. Vlasic Pavel fue uno de los que, viéndolo todo perdido, volvió la espalda a los jenízaros y puso pies en polvorosa, por mucho que se maldijera luego por ello.

A su espalda, el campo de batalla era un lago de sangre. La tierra, húmeda de por sí, se había visto empapada por las vidas de veinte mil cristianos y más de mil musulmanes, y había bebido de ambos por igual, como ha hecho la tierra, sin distinción de razas, creencias o títulos, desde que bebiera por primera vez de la sangre de Abel derramada por Caín. Pavel sigue estremeciéndose en su armadura, preso de un temblor nervioso que le atenaza todo el cuerpo. Aún le parece ver los ojos sorprendidos de Tomori Pál, oír el aullido de Bethlen Miklós cuando la daga le perforó el ojo en su camino hacia el cerebro, sentir los huesos de los azabsquebrarse bajo los golpes de su espada.

La espada. Había perdido la espada en su huida, arrojándola deshonrosamente, como un cobarde, para que no le estorbara la carrera. Solo le quedan la daga, la misericordia, y el gran cuchillo romo que utiliza para comer. Se muerde el labio bajo el almete, sintiendo el sabor metálico de la sangre en la boca, mezclado con el salado de las lágrimas que le corren rostro abajo. Tampoco tiene comida, ni dinero. No sabe dónde están sus sirvientes ni sus hombres de armas, ni en qué dirección está el campamento. De todas formas volver sería un suicidio, y seguramente las cabezas de sus criados ya estarán decorando la lanza de algún akinji. Podría tratar de volver a Buda, pero las fuerzas del Sultán estarían allí en pocos días. Su hermano le había prohibido volver a las tierras de su familia en Eslavonia, de modo que eso tampoco es una opción. Del este llega el sonido de un mosquete, seguido del tronar de otros y el relincho histérico de caballos.

Ni al este, ni al sur, ni al norte. Con esfuerzo, Vlasic Pavel se levanta del tocón, dejando que el sauce le acaricie el rostro metálico que aún lleva sobre el suyo, quizá para ocultar la vergüenza de la huida. Solo le queda volver al oeste. El sultán no se detendrá en Mohács, ni siquiera en Buda. Tarde o temprano, alguien, el emperador, o el nuevo rey de Hungría, o el mismísimo Papa (le habían dicho que había tropas papales entre los cristianos, pero no había visto ninguna) volvería a enfrentarse a Solimán. Y a un caballero dispuesto a combatir nunca le falta un mecenas que lo mantenga a cambio de su espada, incluso si esa espada es prestada. Así lleva Vlasic Pavel viviendo su vida desde que abandonó la casa de su padre con dieciséis años.

Pero esta vez, mientras se levanta y se aleja del campo de batalla, buscando un lugar donde quitarse la armadura y descansar, es diferente. Nunca antes ha huido de un campo de batalla en el que queda entre los muertos un reino entero.

Cordero de Dios

autor: José Pool

autor: José Pool

Se llamaba Jesús Rey Salvador, lo cual no es muy sutil si afirmas ser el Hijo de Dios.

Nos llegó como una nota de prensa, una anécdota curiosa de un compañero que estaba cubriendo las últimas explosiones de violencia en Chiapas. Un tipo joven, un indígena, que se dedicaba a predicar por la selva, recogiendo a huérfanos y desplazados, y curando a heridos de ambos bandos. Incluso se decía que había hecho uno o dos milagros, y por supuesto tenía a sus doce apóstoles. La nota incluía poco más que eso, y una fotografía de archivo de Rey Salvador, un indígena bajito, de pómulos altos y rostro redondeado. Desde luego, no era la imagen que uno se hace de Cristo.

A pesar de todo, la historia me interesó. Me pareció que tenía potencial, y a mi editor también; y, ¿por qué no? El rostro de la esperanza en la revuelta indígena de Chiapas, un grupo de gente pobre y refugiados que se esfuerza por mejorar un poco las vidas de los desplazados por la violencia. Eso siempre vende. Y si además añadimos alguna insinuación de que se trata de una secta de fanáticos, lo que además nos permite mirar por encima del hombro a nuestros primos hispanoamericanos, la noticia está hecha. Íbamos a vender más que una churrería en Año Nuevo.

Las investigaciones preliminares arrojaron algunos resultados curiosos. Resulta que nuestro amigo Jesús Rey llevaba operando casi tres años, y ya se habían escrito algunos artículos sobre él, aunque en revistas de muy corta tirada. Básicamente, se habían ocupado del fenómeno los grupúsculos de izquierda que creían que aún vivíamos en 1973 (que se debatían entre denostarlo porque olía remotamente a religión, o estar de acuerdo con su labor social… aunque más de uno, como la hacía “el enemigo”, veían en ella un mecanismo para adoctrinar al pueblo) y los teólogos sin nada mejor que hacer (que no habían debatido mucho, porque todos estaban de acuerdo en que era blasfemia y punto, pero les parecía bien la labor social). Lo más interesante, sin embargo, fue el único teólogo que no se había rasgado las vestiduras ante las alegaciones de Rey. Era un sacerdote jesuita, Juan Álvarez de León, pero, según descubrí cuando intenté ponerme en contacto con él, había dejado la congregación hacía un par de años. Dar con él me costó una semana de suplicar a secretarios de obispados y casas de ejercicios espirituales, hurgar en listines telefónicos y dejar mensajes en el contestador, pero finalmente logré cruzar unas palabras con él por teléfono, y concertar una cita. Quería entrevistarlo, o al menos hablar con él, antes de empezar en serio con el artículo.

El antiguo sacerdote vivía en un piso casi igual de antiguo, en una zona no demasiado buena de la ciudad. No había ascensor. Ascendí trabajosamente la escalera, con sus peldaños de granito falso, descascarillados y agrietados por el uso, y su papel pintado con motivos florales que se desprendía como la carne de un leproso. Una bombilla pelada relucía pálidamente al final de un cable frente a la puerta del piso, presidida por una representación troquelada del Sagrado Corazón. Pulsé el timbre tres veces antes de que un breve destello de luz, y una sombra que lo eclipsaba, me revelaran que Juan Álvarez de León estaba al otro lado.

–          ¿Don Juan Álvarez? Soy Pablo Estévez, hablamos el jueves…

–          Por supuesto. Pase, le esperaba.

Al otro lado de la puerta aguardaba un anciano encorvado, de corto cabello canoso y rasgos duros, pero arrugados. Debía tener algo menos de setenta años, y vestía esas ropas anticuadas, ligeramente ajadas, que suelen llevar las personas mayores. Me guió hacia el interior del piso, que no era mucho más impresionante que la escalera: un estrecho salón comedor presidido por una mesa baja, algunos sillones apolillados, y diversas imágenes religiosas en las paredes.

–          ¿Un café? Está recién hecho.

–          Sí, gracias.

Me senté frente al televisor apagado mientras el anciano servía las tazas y, a su vez, tomaba asiento frente a mí. El salón estaba prácticamente a oscuras, iluminado solo por una mortecina bombilla que colgaba del techo, y encajonado entre las puertas que daban a la cocina, y a un corto pasillo. La única ventana quedaba eclipsada por gruesas cortinas. El antiguo sacerdote me sonrió tras dar un sorbo a su café.

–          Disculpe lo espartano del recibimiento, pero no puedo ofrecerle mucho más. Desde que dejé la orden me gano la vida dando clases, y usted comprenderá…

–          Claro, por supuesto. No se preocupe. Entonces, ¿le permiten dar clases de religión?

Álvarez rió suavemente, dejando la taza sobre la mesilla.

–          ¿Religión? No, no. Supongo que podría, pero no quiero problemas. Por ahora me conformo con dar clases particulares de literatura tres días por semana.

–          Entiendo. Verá, como le dije por teléfono, estoy investigando el caso de Jesús Rey Salvador. No quisiera ofenderle, pero, ¿está relacionado con su… salida de la orden jesuita?

–          ¿Me está preguntando si me expulsaron por hereje, señor Estévez?

Creo que enrojecí vivamente, porque el anciano se echó a reír y meneó la cabeza con paciencia.

–          Supongo que podríamos decirlo así. En realidad, lo arreglamos para que yo dejara voluntariamente la orden y la Iglesia, porque el obispo no quería armar revuelo. Imagínese los titulares. La Conferencia Episcopal se tiraría de los pelos.

–          Bueno, últimamente no hacen otra cosa- rezongué, antes de darme cuenta de con quién estaba hablando-. Oh, disculpe.

–          No se preocupe. Tiene razón, de modo que, ¿por qué no decirlo? La verdad os hará libres.

–          Así que, al margen del asunto de Rey Salvador, ¿no está usted de acuerdo con la política actual de la Iglesia?

–          Para empezar, amigo mío, la Iglesia no debería tener política. Ese es el problema. Y aunque usted no lo crea, esto está muy relacionado con el asunto de Jesús.

Me arrellané en el asiento, dejando a mi vez la taza sobre la mesilla. Ahora al parecer estábamos entrando en materia, y no quería perderme nada. Esto podía ser la base de mi artículo, y además, el anciano me caía cada vez más simpático. No era muy habitual encontrar a una persona mayor de treinta años con semejante visión de la Iglesia Católica, y mucho menos a un ex sacerdote. Aún así, me pregunté hasta qué punto no se trataría de rencor por su expulsión.

–          Así que usted cree, realmente, que es Cristo reencarnado.

–          No, no. Comprendo, si ha leído mis artículos, que a usted le haya sido difícil entender, porque no tiene formación teológica, pero no estamos hablando de reencarnación. Intentaré explicárselo de forma sencilla.

Esto me picó en mi amor propio, pero no dije nada. No me hacía especial gracia que me trataran como a un retrasado, o un niño pequeño.

–          Veamos. El mensaje de Cristo es universal, ¿verdad? Hechos, trece, cuarenta y siete: “te he puesto para luz de los gentiles, para que lleves la salvación a los confines de la Tierra”. Romanos, tres, veintinueve: “¿es Dios solamente Dios de los judíos? ¿no es también Dios de los gentiles? Ciertamente, también de los gentiles, porque Dios es uno.”

–          En eso se diferencian los cristianos de los judíos, ¿no? Los judíos creen que el mensaje y la ley de Dios son solo para ellos.

–          Pero Cristo vino a predicar a todos. Así que, ¿por qué aparecerse tan solo a los judíos? ¿por qué provocar los debates que hubo entre los primeros creyentes sobre la validez de predicar a los gentiles?

–          Bueno, “los caminos del Señor son inescrutables”, si no recuerdo mal mis clases de religión. Él sabrá.

El antiguo sacerdote se echó a reír de nuevo, pero ahora estaba visiblemente excitado. Era evidente que el tema se había convertido en su pasión, y se le reflejaba en los ojos. Se levantó, con crujir de huesos, y se aproximó a una estantería, donde empezó a hurgar entre varias gruesas carpetas y libros, que parecían amontonados siguiendo un orden que solo el propio Álvarez podía entender.

–          Eso es cierto, por supuesto. Pero si lo resolviéramos todo de esa manera, ¿qué haríamos los teólogos para ganarnos la vida? No, no. Mire: el mensaje de Cristo es universal, pero en principio solo se manifestó a los judíos. Hasta ahí estamos de acuerdo, ¿verdad?

–          Bueno- mi corazón de ateo se resistía a “estar de acuerdo” con un dogma de fe como ese-… sí, está bien.

–          Y Dios, por supuesto, es eterno y trascendente, y se encuentra fuera del tiempo tal y como lo concebimos nosotros. Y sin embargo, Cristo se encarnó en un momento muy concreto.

–          Eh… ajá, sí.

–          Y su labor, como cordero de Dios, era purificar a la humanidad del pecado original, sacrificarse, como el chivo expiatorio de los antiguos judíos, para el perdón de los pecados. Por eso en la Eucaristía participamos de su carne, como si fuera un sacrificio.

–          Entiendo…- empezaba a aburrirme, y no por la explicación, sino porque nos desviábamos del tema. No necesitaba una clase de teología, sino un artículo para el periódico. Pero el anciano pareció darse cuenta.

–          No se impaciente, amigo mío. Como sabe, la Biblia, o al menos gran parte del Antiguo Testamento, no es un texto literal. Hoy solo algunos grupos cerrados (casi todos protestantes, a pesar de lo que gusta hablar del fanatismo de los católicos) consideran que haya que interpretar textualmente cuanto dice. Pues bien, si el pecado original es simbólico, ¿Cómo van Cristo o el bautismo a lavarlo?

No respondí. El antiguo jesuita se había sentado de nuevo, llevando una gruesa carpeta de cartón en las manos. Apartó las tazas de café y lo que parecía una vieja fotografía familiar, y dejó la carpeta en el centro, reposando las manos sobre las tapas.

–          El pecado original no es un pecado concreto. El pecado original es la fuente de los demás: desobedecer a Dios, apartarse de Él, creer que se puede negociar con Él o engañarle. En ese sentido, el hombre no ha dejado de cometer el pecado original, el mismo y único pecado, una y otra vez a lo largo de toda su existencia, desde que el primer Australopithecus miró al cielo.

–          Lo siento, pero creo que no le sigo. Es decir, entiendo lo que dice, pero no veo qué relación…

–          Es muy sencillo – Álvarez abrió la carpeta con un chasquido de gomas; estaba llena de fotocopias y recortes de periódico-. Dios está fuera del tiempo, Cristo es el cordero que se inmola para expiar el pecado de todos, y todos continuamos pecando constantemente. Jesús Rey Salvador afirma ser Cristo. La conclusión pasa por lo que le voy a mostrar ahora.

–          ¿Y es…?

El ex sacerdote empezó a extender los papeles sobre la mesa. La mayoría eran artículos periodísticos, pero algunos parecían facsímiles o fotocopias de documentos antiguos, diarios o cartas personales.

–          Cristo está entre nosotros. Siempre lo ha estado. Para Él no existe el tiempo, y el espacio es solo un marco de referencia. Todos los pueblos pecan, y todos los pueblos deben ser salvados constantemente y lavados en la sangre del Cordero. Mire esto- me tendió un recorte de periódico-. Un joven peruano que afirmaba ser Cristo, asesinado a los treinta y tres años por Sendero Luminoso en 1970. En la Grecia de los coroneles, en 1971: un joven que hacía milagros y se ocupaba de los más pobres, detenido y ejecutado a los treinta y tres años.  En la Angola portuguesa, lo mismo en 1973, un año antes de la independencia. Se cree que fue detenido y ejecutado por el Ejército portugués.

–          ¿Un Cristo negro?- solté. No soy para nada racista, pero la idea me resultaba extraña, supongo que porque estaba acostumbrado a las representaciones tradicionales de las películas de Semana Santa, de un Cristo de metro ochenta, de pelo castaño tan claro que casi es rubio, y ojos azules.

–          ¿Le sorprende? Jesús Rey Salvador es cien por cien maya, y, ¿por qué no? Dios no es blanco ni negro ni judío, señor Estévez. Supongo, por su reacción, que esto le va a sorprender más aún.

–          ¿El qué?

Me tendía una de las fotocopias de documentos antiguos, un texto escrito en inglés, visiblemente a mano, con una letra enrevesada y difícil de leer.

–          ¿Qué es esto?

–          Esto es una carta del residente en Mysore, en la India británica, de 1903. Pregunta al gobernador general qué debe hacer con un joven hindú que va por ahí curando a los enfermos, predicando la paz, multiplicando el pan y ese tipo de cosas.

–          ¿Hindú?

–          Exactamente. Ni siquiera era cristiano. Y, por supuesto, acabó ejecutado a los treinta y tres años. Pero no se preocupe, hay más. Por aquí, en alguna parte, tengo un informe similar de un joven musulmán, fechado durante la ocupación francesa de Egipto.

–          ¡¿Un musulmán?!

–          ¿No me ha entendido? Para Dios, todos somos iguales. Sé que no le gusta que cite las Escrituras, pero es necesario. Mateo doce, seis: “Si supierais qué significa “misericordia quiero, y no sacrificios”, no condenaríais a los inocentes”. Y, por si quedaba alguna duda, “los que están sanos no tienen necesidad de médico, sino los enfermos. No he venido a llamar a justos, sino a pecadores al arrepentimiento”.

Examiné las fotocopias y recortes que tenía delante, dudando. Por supuesto, no podía creer nada de aquello: para empezar, yo era ateo. Aquellos papeles, aquellos testimonios, me parecían dignos de un programa de misterios de la televisión, o de una revista de enigmas y fantasmas. ¿Cristo resucitando, una y otra vez, para morir y perdonar los pecados? Era imposible, aparte de inabarcable. Sin embargo, había una objeción mucho más tangible que hacer.

–          Todo eso está muy bien, pero… ¿cómo es que nadie se ha dado cuenta? Hace dos mil años que Cristo vuelve una y otra vez como el protagonista de Viernes 13, ¿y nadie lo ha notado? Uno pensaría que la Iglesia tendría motivos para publicitarlo.

–          “Bienaventurados los ojos que ven lo que vosotros veis, pues os digo que muchos profetas y reyes desearon ver lo que vosotros veis, y no lo vieron; y oír lo que oís, y no lo oyeron”- el anciano sonreía ampliamente, mostrándome unos dientes ajados y manchados de nicotina; se encogió de hombros-. ¿Qué puedo decir? No lo sé. Quizá lo saben y no quieran revelarlo. Quizá Él no quiera que lo sepan. Además, ¿qué le hace suponer que Jesús de Nazareth fue el primero? Como le he dicho, para Dios el tiempo no existe.

–          Bueno, bueno, comprenderá que para mí todo esto sea difícil de comprender. Por ejemplo, si seguimos su cronología, resulta que puede haber dos o tres Cristos paseándose por el mundo al mismo tiempo. El peruano, el griego y el angoleño fueron prácticamente contemporáneos. ¿No se supone que Cristo es el hijo unigénito de Dios?

–          ¿Y no se supone que Dios está en todas partes y en todos los tiempos? Continúa usted pensando en términos de reencarnaciones, amigo mío. No se trata de eso, sino de manifestaciones de Dios.

–          ¿Y la Virgen María? ¿qué hacemos con ella?

–          Supongo que todas las madres de Cristo han sido elegidas del mismo modo. Aún así, tengo entendido que el mismo Jesús no aprueba demasiado la veneración de vírgenes y santos.

–          ¿No? ¿cómo es eso?

Pero el antiguo sacerdote se limitó a sonreírme de nuevo, cerrando la carpeta.

–          Ya lo verá usted cuando hable con él.

–          ¿Qué le hace pensar que voy a hablar con él?

–          En primer lugar, que esta entrevista no es suficiente para su artículo. Y en segundo lugar, que he despertado su curiosidad. Tiene demasiadas preguntas, y yo no puedo respondérselas. Además, usted quiere conocer al hombre que dice ser Cristo. Lo veo en sus ojos.

Lo cierto es que tenía razón. Cuanto más hablábamos del tema, mayor interés me suscitaba la extraña figura de aquel maya que se paseaba por la selva, exponiéndose a un disparo o un machetazo, para curar tanto a revolucionarios como a militares y predicar la paz y el amor al prójimo. Eso no significaba que me creyera remotamente las teorías de Álvarez, pero… aquella carpeta me atraía como un imán.

–          Si quiere, puede llevarse la carpeta y fotocopiarla, pero me tiene que prometer que me la devolverá antes de una semana. Es el fruto de muchos años de trabajo, y contiene notas que he tenido que copiar a mano de textos del siglo XV. Y algunas cartas del propio Jesús.

–          ¿Cartas suyas?

–          Así es. Me puse en contacto con él poco antes de salir de la orden, y hemos intercambiado algunas desde entonces. Comprenderá que las valore más que todo el resto de mis posesiones.

–          Claro, por supuesto… pero en ese caso, tal vez yo no debería…

–          No se preocupe. Lleve la carpeta, y cuide su contenido, pero tráigamelas antes de siete días.

–          Se lo agradezco mucho. No se preocupe, se la traeré lo antes posible, antes de la semana.

–          Muy bien- Álvarez se levantó-. Y ahora, si me disculpa, tengo una clase dentro de una hora y aún no la he preparado.

Salí de allí con la carpeta bajo el brazo y la cabeza hecha un caos de ideas confusas y revueltas. La clase magistral de teología herética de Álvarez, el dossier que sostenía contra mi pecho, las cartas del hombre que decía ser Cristo… y una necesidad cada vez más acuciante de conocerlo en persona, de mirar aquellos ojos rasgados y ver… ¿qué? Quizá es que la fe que había perdido hacía tanto que no lo recordaba estaba regresando a mí.

Dos semanas más tarde, estaba en un avión rumbo a México. Fue un viaje interminable, no sé cuántas horas con el síndrome de la clase turista pendiendo sobre mi cabeza, pero me dio tiempo para revisar y ordenar las notas que Álvarez me había dejado fotocopiar. En todos los casos el perfil era sorprendentemente similar: un joven de clase humilde, casi siempre en zonas conflictivas, en torno a los treinta años, que se dedicaba a predicar, a curar enfermos y, según sus seguidores, a hacer milagros. Formaban un pequeño movimiento a su alrededor, armaban algo de revuelo, y finalmente un bando o el otro (una dictadura, insurgentes de cualquier signo político, y al menos en una ocasión un gobierno legítimo y democrático) acababa ejecutándolo. En todos los casos sus seguidores afirmaban que había resucitado, aunque supongo que no son una fuente fiable. Había más de un centenar de casos, del siglo XV al XX, por todo el mundo.

Mientras el avión cruzaba el Atlántico, yo le daba vueltas a todo aquello. ¿Cuál era la probabilidad estadística de que aquellas mismas características se dieran, una y otra vez, en contextos tan opuestos, en culturas tan diferentes, a lo largo de un periodo tan dilatado de tiempo? La ciencia, la nueva religión, nos decía que todo tenía una explicación racional, incluso si no la encontrábamos. Pero en esos momentos, a pesar de ser yo un ateo convencido, eso me sonaba exactamente igual que el “los caminos del Señor son inescrutables” de los curas de mi niñez. Me debatía, supongo, en el eterno conflicto de los científicos: debemos basarnos en los datos empíricos, pero, ¿qué pasa cuando los datos empíricos contradicen todo lo que damos por hecho?

Jesús Rey Salvador vivía en una aldea en el centro de la selva, pero tenía amigos y seguidores en Tapachula, la segunda ciudad del estado de Chiapas, y pude ponerme en contacto con ellos gracias a las recomendaciones de Juan Álvarez de León y mis propias gestiones, con algo de ayuda de fondos y contactos de la agencia. Así, dos días después de mi llegada, me encontraba en la parte posterior de un todoterreno que se internaba en las carreteras apenas asfaltadas que llevaban hacia el norte, a las profundidades de la selva. Mi guía se hacía llamar Santiago. Era un maya puro, pasados los cuarenta años, de brazos como troncos y rostro curtido por el trabajo duro y las privaciones. A lo largo de las horas de viaje que pasamos juntos intenté entablar conversación con él, quizá sacarle algo sobre su misterioso Mesías, pero no me lo puso fácil. Me respondía con monosílabos, y parecía más concentrado en la carretera que en hacerme caso. En un momento dado debió darse cuenta, porque me dijo:

–          Disculpe usted que no le responda, pero esta zona es peligrosa. Hay que estar muy atentos.

–          ¿Tienen problemas con los zapatistas?

Se encogió de hombros.

–          Algunos, no muchos. Nos dejan en paz porque les conviene. Los militares igual. Pero, ¿qué hago, salgo gritando que soy de los de Jesús?

–          No, claro, supongo que no.

–          Además, por aquí pasan los de las maras llevando ilegales hacia el norte. Guatemala está a un tiro de piedra.

–          ¿Con esos no se llevan bien?

–          No, con esos no. Jesús dice que no solo hacen mal, como los soldados y los zapatistas, sino que ni siquiera creen que estén haciendo el bien. Solo engañan y roban. Y matan. A mi primo lo mataron.

–          Entonces, ¿Jesús se lleva bien con los zapatistas?

–          Come con ellos, pero también con los otros. A todos les dice que son hermanos y que no tienen que matarse. Los zapatistas porque matando soldados no van a conseguir nada, y los soldados, porque están matando inocentes, y solo empeoran las cosas. Pero ninguno le hace caso.

Manoseando la fotocopia de una de las cartas que Jesús había enviado al entonces padre Álvarez, se me ocurrió algo. Estábamos ya bien dentro de la selva, rodeados de vegetación densa y sudando a chorros. Hacía un calor espantoso, y el aire era húmedo y pesado. La carretera no era más que un sendero de tierra por el que el todoterreno traqueteaba trabajosamente.

–          ¿Qué me dice de Jesús? ¿fue a la escuela, nació en la ciudad…?

–          Nació en una aldea de por aquí, en la selva. Yo conocía a su madre porque trabajaba limpiando casas en el barrio donde yo tenía mi frutería. Hará de esto treinta años. Se llamaba María- me guiñó el ojo.

–          ¿Sigue ella con él?

–          No, murió hace tiempo. Más o menos cuando él empezó a predicar. De chico se ganaba la vida con el padre, de peón en el campo. Luego el padre murió. Que yo sepa, Jesús nunca fue a la escuela.

–          Y sin embargo, sabe escribir- dije yo, con la carta en la mano. Mi guía volvió a encogerse de hombros.

–          Para eso es Dios, ¿no? También cita la Biblia que da gusto oírlo, pero nunca he visto un libro en su casa.

–          ¿Así que usted cree que Jesús Rey Salvador es el Hijo de Dios?

Santiago me miró de reojo, creo que casi con desconfianza. Meneó la cabeza y chasqueó la lengua con disgusto.

–          ¿Usted no? ¿Y para qué ha venido de tan lejos?

No pude contestarle a eso, y minutos después, hacia medio día, llegamos a una diminuta aldea en las profundidades de la selva. Nuestro destino. En realidad, aquella escena podría haberse dado seiscientos años antes, de no ser por el todoterreno y las ropas modernas. Cuatro o cinco casas de paredes muy blancas, con tejados de hojas y paja, en torno a un espacio central de tierra, que no se podía llamar plaza. En un lado había un grupo de personas conversando, a la sombra de una ceiba. Santiago me señaló a un hombre bajito, que parecía estar contando un chiste.

–          Ese de ahí es.

El hombre, Jesús Rey Salvador, me miró desde donde estaba, terminó el chiste, y se encaminó hacia mí con pasos largos, elásticos. Iba descalzo, y llevaba un pantalón viejo y una camisa blanca, medio abierta. Me llegaba apenas por la barbilla, y tenía la piel casi del color de la madera, mezcla de sangre indígena, sol y trabajo en el campo. El pelo, negrísimo, lo llevaba corto y peinado hacia atrás, y tenía unos ojos oscuros, rasgados, que sonreían tanto como su boca. En cuanto llegó hasta mí, me dio un fuerte abrazo, como si fuéramos amigos de toda la vida.

–          Tomás, Tomás… sin verme no creíste. Ahora que me ves, ¿creerás?

–          Eh…- me aturullé, azorado-. Lo siento, me llamo Pablo.

–          Ya, ya lo sé- me palmeó el brazo-. Y me persigues, ¿no? Anda, ven… íbamos a comer ahora. ¡Pedro! Pon otro cubierto para Pablo.

Uno de los hombres que había junto a la ceiba se levantó, presuroso, y echó a correr hacia una de las casas, hacia donde también nos dirigíamos nosotros. Me había sorprendido en parte que Rey me reconociera tan fácilmente, aunque, pensándolo con frialdad, sabía que yo llegaría y que quería verlo, y si un desconocido con pinta de español se dejaba caer por su aldea, no hacía falta ser un genio para sacar conclusiones. Aún no sabía si tomarme lo de Tomás como una broma, una alusión simbólica, o una simple metedura de pata.

Me dio vergüenza compartir la exigua mesa de aquella gente, sobre todo porque a mí no se me había ocurrido traer nada, y ellos me estaban dando parte de lo poquísimo que tenían. Jesús se sentó en la cabecera de la mesa, con el tal Pedro a su lado, y a mí me sentó al lado izquierdo. Antes de comer bendijo la mesa, una escena que vería repetida interminablemente durante mi corta estancia en la aldea. Sus seguidores parecían atender a aquellas bendiciones con un fervor reverente, que yo no había visto ni en los más fanáticos sectarios evangélicos.

Pasé en la aldea una semana. Jesús seguía un horario bastante estable: se levantaba con el sol para rezar, acompañado de los suyos, y luego dedicaba algunas horas a hablar con sus seguidores y a predicar, que en él eran la misma cosa. Casi todas las tardes salía, en coche o a pie, a recorrer algunas de las otras aldeas de la selva, sobre todo una en la que había establecido algo parecido a un pequeño hospital. Lo vi varias veces consolar a moribundos, o rezar con heridos de bala, fueran zapatistas o tropas del gobierno. En una ocasión se quedó toda una noche al pie del lecho de una anciana enferma, sin familia, que se estaba muriendo de puro vieja, y nos pidió al resto que volviéramos a la aldea. Cuando me levanté a la mañana siguiente, Jesús llegaba.

Durante esa semana compartí con él varias conversaciones, la mayoría sobre lo que él era o decía ser, muchas sobre problemas actuales, la fe, o la Iglesia. Me dijo que no me iba a conceder una entrevista, porque él no era una estrella de cine, pero que hablaría conmigo. Lo que sigue es una reconstrucción, condensada, de muchas de esas conversaciones. Era muy sencillo para llamarse el Hijo de Dios; cuando intenté tratarlo de usted, me cortó inmediatamente.

–          Cuando rezas, ¿no dices “Padre nuestro, que estás en los cielos”? Si tratas de tú a mi padre, ¿por qué me vas a llamar a mí de usted? O a cualquier persona, para el caso.

Como se suele decir, hablamos de lo divino y lo humano, y me sorprendió notablemente el hecho de que, aparte de citar las Escrituras con más arte que el propio padre Álvarez, sus posiciones tenían bastante poco que ver con las que defendía… bueno, prácticamente cualquier movimiento religioso. Había algo que repetía constantemente, como un mantra:

–          “Amarás a Dios sobre todas las cosas, y al prójimo como a ti mismo”. ¿Es tan difícil de entender? A mí no me lo parece, y de ahí se deriva todo. ¿Es una obra de amor? Entonces es buena. ¿Es de rencor, o de odio, o de ira? Entonces no. Así de simple.

–          ¿Todo se reduce a eso? ¿y qué hay de ir los domingos a misa, los siete sacramentos, las penitencias y las procesiones?

–          Están muy bien, pero no son lo importante. Esta es de San Agustín “ama, y haz lo que quieras”. Y esta de San Pablo, tu tocayo: “el que ama al prójimo ha cumplido la Ley”, y, “el amor no hace mal al prójimo; así que el cumplimiento de la Ley es el amor”.

Decidí arriesgarme. No sabía si había llegado a México, pero en aquellos momentos, en España, el debate sobre la “familia tradicional” y el matrimonio homosexual estaba a la orden del día, y me pareció que sería interesante contar la opinión de quien se decía Jesucristo, habida cuenta, sobre todo, de que era el episcopado quien más, por usar la expresión del padre Álvarez, se tiraba de los pelos.

–          ¿Y los homosexuales? Ellos aman.

–          Aman, y por tanto, que hagan lo que quieran- sonrió él-. ¿Por qué no? ¿hacen mal al prójimo? No más que los demás, y serán juzgados por el mismo rasero que todos los demás: en el amor al prójimo.

–          Entonces, ¿el único pecado es perjudicar al prójimo?

–          Ese es el pecado original, del que se derivan todos los demás. Pero mejor que perjudicar deberías decir “no amar”. El que no ama, perjudica, y peca, aunque acuda a misa todos los días y done miles de pesos a la caridad. Si no dona con amor, ¿de qué sirve?

–          Entiendo. No es esa la visión de la Iglesia Católica… bueno, ni de la Ortodoxa, ni de los protestantes… ¿qué opinas sobre eso?

–          ¿Se hizo el hombre para el sábado, o el sábado para el hombre? La Iglesia se hizo para servir al hombre y llevarlo hacia Dios, no para que el hombre sirviera a la Iglesia.

–          Pero la Iglesia es una institución divina, ¿no? Sobre esta piedra la edificaré, y todo eso.

–          Lo es. Pero está compuesta por hombres, y por tanto, por pecadores. Es más, ¿quiénes son los cardenales? ¿quiénes son los papas y los patriarcas?

–          No entiendo.

Jesús sonrió ampliamente, y negó con la cabeza, como un padre que se sorprende ante las travesuras de un hijo díscolo, o se exaspera, no sin un punto de humor, porque éste parece incorregible. Estábamos sentados en sillas de madera y paja, junto a la ventana de su casa, y él levantó las patas delanteras, apoyando solo el respaldo en la pared. La luz del sol le daba de lleno en la cara.

–          Son personas mayores. La sociedad evoluciona, todo cambia, y siempre que sea dentro de la ley del amor, eso es bueno. Con el tiempo, se ha ido haciendo más tolerante, ¿no? Pero a las personas mayores les cuesta asumir esto. A nadie le extraña que su abuela de setenta años considere un disparate que se casen dos hombres, pero a todos les parece mal que no lo apruebe un cardenal de la misma edad. Si ambos fueran consecuentes, y amaran al prójimo como a sí mismos, no tendría que parecerles mal, pero, ¿no es comprensible que no se lo parezca? Lo que ocurre es que no se les debe dejar imponerlo a los demás.

–          Claro- respondí, reflexionando; lo cierto es que nunca lo había visto de este modo, y no podía decir que no tuviera cierta parte de razón. Entonces recordé algo que me había dicho el padre Álvarez-. ¿Y los santos, y las vírgenes?

A pesar de lo abrupto del cambio de tema, pareció entenderlo a la perfección.

–          Cuando quieres convencer a un amigo de algo, ¿no pides ayuda a otros, a amigos comunes? Y si logras convencer a tu amigo, y te hace el favor, ¿dices que te lo ha hecho tu amigo común? No, te lo ha hecho el otro. Agradéceselo a ambos, pero son cosas diferentes. El problema es que la gente se pierde en los detalles, y no ven lo esencial. Dios proveerá, pidan y se les dará. Los santos interceden, pero no otorgan. No son dioses, y la gente confunde veneración con adoración. Si no fuera así, me encantaría tener las iglesias llenas de ellos, pero visto lo visto, es mejor concentrarse en lo esencial.

Iba a cumplirse una semana de mi estancia en la aldea cuando, tras una de nuestras conversaciones, Jesús me dijo que esa tarde no iríamos a las aldeas. Al otro lado de la ventana, los discípulos estaban colocando una gran mesa de caballetes y cubriéndola con un mantel blanco. Al parecer, habían venido los doce, los mejores amigos de Jesús, y sus primeros seguidores, que no se habían reunido desde hacía bastante tiempo, porque siempre andaban poniendo en contacto a las comunidades o predicando por su cuenta. Mientras salíamos al sol de la tarde, Jesús me guiñó un ojo.

–          Se supone que en estos casos solo estamos los trece, pero… si tú no se lo dices a nadie, yo tampoco.

–          ¿Los trece…? Espera…- no podía creerlo, pero las fechas, ahora que lo pensaba, encajaban; ¿acaso se estaba preparando para escenificar su propia Última Cena?- ¿quieres decir que…?

Sin responderme, detuvo a uno de los discípulos y le preguntó por un apóstol. No recuerdo su nombre; era el tesorero. Le respondieron que no estaba en la aldea, había llegado, pero se había vuelto a ir. Se lo esperaba para la cena. Jesús sonrió tristemente, y se fue a ayudar en los preparativos.

Cenamos, y Jesús bendijo la comida como siempre, aunque con algo más de sentimiento. Esta vez se centró en el pan y el vino, como era de esperar. Yo sentía una profunda opresión en el pecho, y percibía que los apóstoles se encontraban en una situación similar, aunque se esforzaban por reír y bromear. Mi mente era un caos, pues, aún a mi pesar, después de veinte años de ateísmo, estaba empezando a creer que aquel maya bajito y simpático, que citaba la Biblia pero nunca había ido a la escuela, era realmente el Hijo de Dios. Antes de terminar la cena, el tesorero se levantó con una excusa y se fue con prisas. La cena, sin pena ni gloria, terminó poco después. Jesús se levantó, y dijo que iría a rezar a la selva, solo. Lo hacía mucho. Sentí que era la última vez que lo veía, y no pude resistirme a hacerle una última pregunta.

–          ¿Realmente… eres tú el Hijo de Dios?

–          Tú lo dices- sonrió. Y juro que me guiñó el ojo.

Ese amanecer llegó un niño de la aldea vecina, diciendo que había visto cómo se lo llevaban preso. No se explicó bien, y nunca supimos si lo habían detenido los zapatistas, los militares, o las maras, pero a nadie le cupo duda de que lo habían matado, o lo iban a matar. Algunos se derrumbaron. Muchos lo negaron, lo dejaron todo y se fueron. Algunos se unieron a los zapatistas, o se arrojaron en brazos de las maras. Pero muchos se quedaron. Sé, por investigaciones y referencias posteriores, que resistieron, y trataron de continuar con la obra de Jesús Rey Salvador, con su hospital improvisado para gente de todos los bandos, con su predicación y sus obras. Muchos de ellos acabaron muertos del mismo modo que él.

Yo regresé a España esa misma semana, confuso y aturdido. Escribí un artículo que mi editor me rechazó porque mostraba “demasiada implicación”. De hecho, me dijo que podía reescribirlo desde un punto de vista más neutral, o bien desde uno totalmente comprometido, y ligeramente condescendiente, pero no desde el que lo había presentado: apegado a los hechos, a aquello que yo había visto, y oído.

A día de hoy, aún no sé exactamente qué fue aquello que vi y oí. Ateo de toda la vida, a veces me encuentro rezando por las noches, y recordando aquella semana que viví en Chiapas. Aún no sé si creo que Jesús Rey Salvador era el Hijo de Dios.

Fuego Nuevo

via Wikipedia.org

Me llamo Miguel Sánchez Hernández. Lo que voy a contar ocurrió hace solo tres días, pero, a veces, parece como si hubiera tenido lugar hace toda una vida, y en otras ocasiones, es como si lo estuviera viviendo ahora mismo, minuto a minuto, cada segundo de duda, cada instante de miedo, turbación, o revelación, cada momento en el que estuve a punto de convencerme a mí mismo de que estaba loco, y todo eran únicamente delirios de mi mente perturbada.

Ahora, al contarlo, hilo acontecimientos separados por varias horas o por días, y me salto otros, de forma que parece algo coherente, pero en su momento no lo parecía. Solo ahora recuerdo fragmentos, datos, hechos, y a la luz de lo que sé los interpreto y les doy forma para contarlos y decir: esto fue importante. En su momento me dio igual. Hasta que no pude dejar de darle la importancia que se merecía, y tuve que asumir todo lo que estaba pasando, porque no me quedó otro remedio.

Creo que todo comenzó, más o menos, cuando conducía la furgoneta del reparto Gran Vía arriba, con Juanito, mi nuevo compañero, a mi lado.  Juanito Nogales. Nunca supe su segundo apellido. Era su primer día en la empresa, donde acabamos todos los inmigrantes latinoamericanos en España: transportando cajas, o sirviendo hamburguesas, o fregando suelos. Era de Medellín, me dijo, y a medida que conducía y hacíamos la ruta, me fue contando las maravillas de su ciudad, con todo y cártel. Yo le fui contando las pocas que tiene el D. F., o por lo menos las pocas que yo vi durante el par de años en los que conseguí salir de Tepito para hacerme, a empujones y becas, un hueco en la UNAM que me duró dos años. Luego se acabó la beca y se acabó la UNAM, y se acabó Antropología. Tendría que haber estudiado para electricista o para mecánico, como quería mi viejo. Ahora al menos tendría un trabajo como Dios manda.

Así que le iba contando a Juanito sobre el Pedregal y Cuicuilco, sobre el Zócalo, o Tlatelolco, o la vez que fui con los cuates de la carrera a Teotihuacán y vi la Pirámide del Sol, o lo que queda de ella, y la de la Luna y la Avenida de los Muertos. Pero también le conté de los bloques deshabitados del barrio de Tepito, de la gente que sale de trabajar en una fábrica para meterse toda la noche en un bar, o en un ring de lucha, a gastarse todo el dinero que han ganado en el día, o de los que venden en las esquinas para el cártel de Juárez, o el de Sonora. Y Juanito me entendió y me contó a su vez, porque en Medellín pasa lo mismo, como pasa en todas las ciudades dejadas de la mano de Dios de Latinoamérica, donde es igual de normal oír un tiroteo que el llanto de un recién nacido.

En esas estábamos cuando aparqué el furgón delante de uno de los VIPs que plagan las esquinas de Madrid, y Juanito se bajó para abrir la puerta posterior y empezar a sacar las carretillas: cajas de papas fritas, de refrescos, de cerveza, de palitos de merluza congelados. El encargado del local salió al ver detenerse el furgón, mirándome con cara de pocos amigos.

–          ¿Dónde estabais? ¡son las once y media de la mañana! ¡esto se va a llenar de gente de un momento a otro, y nosotros sin existencias!

–          Tranquilo, jefe- le dije mientras Juanito empujaba al interior la primera remesa-. Ya estamos aquí, ¿verdad? Y, pues, tenemos más entregas que hacer, no podemos estar en todos sitios a la vez, ¿no?

–          Voy a presentar una queja ante la empresa- me amenazó.

–          Como usted guste, señor.

Se volvió a meter en el local, hecho una furia, y yo me quedé fuera, tomando el aire, y sin molestarme en ayudar a Juanito. Reconozco que abusaba un poco de él, pero es ley de vida, como decía mi viejo. Cuando yo empecé también me tuve que aguantar mis buenas sesiones de entrar y sacar cajas mientras mis compañeros se quedaban fuera, fumándose un cigarro o silbándole a las chavas. Y vaya chavas hay en Madrid, por cierto. De todas partes.

Como había dicho el encargado, era casi mediodía, y en mayo hace aquí un calor del diablo. Me quedé refugiado debajo del toldo rojo que cubría la puerta, paseando la vista por los coches, los transeúntes, la luz del sol filtrándose entre las hojas de los árboles, los edificios de la Gran Vía, la mayoría grises, pero sin embargo vivos e interesantes. Las mariposas revoloteando delante de la puerta del VIPs, ante mis narices. Los carteles de las paradas de camiones, del metro, de los cines o las librerías… Juanito resoplaba a mi lado, bajando otra carretilla del furgón.

–          Podrías ayudarme un poco, ¿no?

–          Podría, güey, podría. Pero ya solo te queda esa.

La entró rezongando, y yo le seguí con la mirada, divertido. Fue entonces cuando posé la vista en algo que me llamó la atención. Una pura tontería, en realidad, pero tengo la costumbre de leer, por reflejo, todo lo que me pasa delante de la cara, y me había encontrado con los estantes de las revistas. Arriba, las de salud y bienestar masculino y belleza femenina, hábilmente mezcladas con las porno; debajo las de deportes e informática, en tercer lugar esas de divulgación, carísimas y con más de cien páginas, que se pusieron tan de moda hace unos diez años y ahora están en decadencia, y por último, las de “esoterismo”. Estas me encantaban desde siempre, así que les dediqué una atención especial.

No es que me las creyera. Cualquiera que haya aprobado la prepa sabe que todo lo que publican es pura tontería y tomadura de pelo, no porque lo asuma como un axioma, sino porque los argumentos que utiliza el noventa por ciento de esas revistas bordean lo ridículo, generalmente por el lado de dentro. En muchas de ella, el argumento más sólido parece ser “la comunidad científica dice que es imposible, así que TIENE que ser cierto”. Cuando estaba en la UNAM me pasé más de dos y de tres tardes con los cuates, doblados de risa con los chupacabras, los OVNIs mayas, y las apariciones de la Virgen de Guadalupe en un tamal en Zacatecas.

Esa mañana, ya casi medio día, me entretuve con titulares sobre el último secreto de Fátima, el Santo Grial que había aparecido en Murcia, los OVNIs de Arkansas, las hadas de Gales y los Poltergeist de Alemania. Pero uno me llamó especialmente la atención. En su momento pensé que porque hacía referencia a mi tierra. Ahora… ahora no puedo decir lo mismo. Aparecía la Piedra del Sol, rodeada de estrellas, y posada en ella, una polilla, o una mariposa (nunca he aprendido a distinguirlas). El titular era “2012: ¿Se acerca el fin del mundo?”. Me hizo gracia que el tipo que hizo la portada no fuera capaz de encontrar nada maya que ponerle a esa supuesta profecía, y le encasquetara el calendario azteca.

Terminamos la ronda sin más novedades, que yo recuerde. Solo nos quedaba una entrega por hacer antes del turno de tarde (los lunes hacemos turno doble), así que, para compensarle a Juanito el no haberle ayudado apenas con las cajas, le dije que fuéramos a comer, que yo pagaba las bebidas. Nos sentamos en un bar restaurante en una zona apartada del centro, donde nuestros salarios mínimos nos permitieran comer sin hipotecarnos, y seguimos contándonos nuestras vidas.

–          ¿Llevas mucho tiempo en España?

–          Qué va, un par de meses nada más.

–          Yo llevo ya ocho años- le dije.

–          ¡Ocho años! ¿No has vuelto?

–          Un par de veces, si me daban vacaciones, pero es difícil que te las den. Normalmente solo estás libre cuando te echan, y cuando te echan no tienes plata para viajar.

–          ¿Llevas mucho con el furgón?

–          Dos años en esta empresa. Antes estuve uno en otra. ¿Y tú, Juanito? ¿Qué estuviste haciendo antes de esto?

–          Bueno, buscar qué hacer, más que nada- rió, bebió un sorbo de cerveza-. Antes estuve una semana nada más en un supermercado, de reponedor.

–          ¿Solo una semana?

–          Me tuve que ir.

Se notaba que no quería hablar del tema, así que no insistí más, y llené el silencio incómodo masticando papas fritas congeladas, que estaban bastante grasientas. Al final cambié de tema como pude:

–          ¿Tienes familia acá?

–          Tengo un primo, me estoy quedando donde él hasta que encuentre piso. Él fue quien me trajo, vino hace dos años. Pero la familia toda está allá.

–          ¿Alguna chavita?

Se le iluminó la cara, allí, debajo del cartel con hamburguesas perfectas que no servían en ningún bar del mundo, delante de la Heineken (no tenían Coronita) que se estaba tomando, encima de los restos de la ensalada.

–          Sí, sí… estoy casado allá, me está esperando, para que yo la llame y venga, cuando esté todo bien. Cuando me vine estaba embarazada, me llamó ayer, me acaba de nacer una chiquita.

–          No manches.

–          Sí, tres kilos pesó… me va a mandar la foto mañana mi suegra

–          Felicidades, hombre- le puse la mano en el hombro, le di la mano. Al final pagué yo el almuerzo entero para celebrarlo. El hombre teniendo una hija en Colombia y yo haciéndolo cargar cajas.

Después de la segunda ronda, dejamos el furgón en el garaje de la empresa, y como dicen aquí, cada uno a su casa y Dios a la de todos. Como no tengo coche propio (¿con qué lana?) me volví a casa en metro, igual que cada noche, medio recostado contra una de las barras verticales, estrujado a veces por masas de pasajeros que entraban y salían a empujones, sin ver ni oír a nadie, sin tener que ver con nada aparte de sus propios asuntos y sus propios problemas. Bostecé, y me bajé del tren para cambiar de línea, con los ojos medio cerrados de sueño.

Estaba cruzando un pasillo oscuro entre dos andenes, flanqueado por los soportes de plástico negro, apagados y muertos, de media docena de anuncios, cuando un ruido brusco, que terminó en un zumbido, me sobresaltó, y me quitó de golpe toda la modorra. Uno de los anuncios se había encendido de pronto, con un chasquido eléctrico, y ahora vibraba y parpadeaba, iluminando a medias el pasillo y proyectando detrás de mí una sombra alargada y enorme, a lo Fritz Lang. Un par de polillas (Dios sabría cómo habían llegado allí) empezaron a revolotear en torno a la luz de neón, que anunciaba un parque de atracciones con temática mesoamericana. Por encima de una pirámide escalonada, rodeada de cocodrilos, palmeras, y quetzales, una sola frase en color verde chillón: “Descubre un Mundo Nuevo”.

Descubre un Mundo Nuevo. Mientras tomaba la otra línea, y hasta que me bajé en Marqués de Vadillo para caminar hasta mi piso alquilado en Carabanchel, no dejé de darle vueltas a la frase. Descubre un Mundo Nuevo. Parece que los españoles lo hicieron, y ahora éramos nosotros los que teníamos que descubrir el viejo mundo, repetir el viaje de Colón en sentido contrario, igual de desesperados que esos primeros marineros, con la esperanza de hacer una fortuna, pero sabiendo, en el fondo, que aspiramos como mucho a sobrevivir un poco mejor que en nuestra tierra. Con eso se nos hace suficiente.

Cené ligero, con los cuates, viendo las noticias en televisión. Primero hablaron del eclipse de sol que habría en unos días. Luego dijeron que había habido otro terremoto en Argentina; últimamente parecía que los había por todas partes. La semana pasada hubo otro en China, y la anterior uno en Etiopía. Lo comentábamos mientras comíamos pasta precocinada y esperábamos por las noticias de deportes. No tenemos canal internacional, así que había que conformarse con la liga española. Nosotros somos todos latinoamericanos, todos los compañeros de piso. Wilson es salvadoreño, Manuel es mexicano como yo,  y Antonio, que no estaba porque siempre trabaja de noche, es cubano. Llevábamos compartiendo piso unos dos años, porque ninguno tenía plata como para comprarse uno o alquilar solo, ni familia que mantener acá, aunque todos mandábamos algo cada mes a nuestros padres, hermanos, esposas, o lo que fuera.

Esa noche tuve un sueño extraño. Me encontraba en el Zócalo, en el D. F. Estaba solo en el centro de la plaza, y hacía bastante frío. Corrían ráfagas de aire que arremolinaban la basura en las esquinas. Faltaban varios edificios, y en el lado noreste, el Templo Mayor estaba reconstruido, con todo y capillas, tal y como en tiempos de los aztecas. El cielo tenía un color amarillo desagradable, como una bombilla cuando está a punto de gastarse, y no se oía ni un sonido. Había un silencio sepulcral. Alcé la mirada y vi el sol, moviéndose majestuosamente por el cielo oscurecido, aunque demasiado rápido para ser natural. Podía ver perfectamente cómo se desplazaba, con su luz cada vez más tenue. Lo rodeaba un auténtico enjambre de estrellas, que a veces me parecía que lo seguían, como perros de caza.

Al llegar justo encima del Templo Mayor, el sol se apagó bruscamente. Por el rabillo del ojo vi a las estrellas agitarse en sus lugares, pero si las miraba fijamente, permanecían quietas. En cuanto el sol se apagó, de una de las capillas del templo salió algo que se precipitó hacia mí a gran velocidad. Di un paso atrás, sobresaltado. A mis pies se desplomó aquello: era un colibrí, moribundo, con el plumaje sucio, descolorido y alborotado. No brillaba. Es una estupidez, porque los colibríes no brillan, pero en el sueño me pareció muy importante, y terrible, que el colibrí no brillara. Solo entonces me di cuenta de que se había desplomado sobre un espejo. Tras él venía un enjambre de polillas, que sin embargo no se atrevía a acercarse. Permanecieron revoloteando por encima del ave, que se agitaba patéticamente sobre el espejo, mirándome, hasta que al final murió, y una serpiente salió reptando de debajo del espejo. Las polillas descendieron hacia él; las estrellas también habían desaparecido. Solo estaba la luna en el cielo, pero vi como unas enormes alas, a veces de polilla, y a veces de murciélago, la tapaban. Una risa baja y chillona, como de hiena, inundó la plaza.

Me desperté con la boca seca y un tremendo dolor de cabeza, como el que sientes cuando alguien ha estado hablándote al oído toda la noche en un bar, tratando de sobreponerse a una música fuerte. Estaba cubierto de sudor frío, y por unos momentos después del despertar, me pareció importantísimo y terrible que el colibrí no brillara, que su luz se hubiera apagado, y peor aún, que fuera a ser devorado por las polillas. Miré el reloj. Eran las cinco de la mañana. Me levanté a tomar un vaso de agua, me acosté y traté de dormir de nuevo, pero fui incapaz. Me pasé las tres horas que me quedaban de sueño dando vueltas en la cama, desvelado.

Fui al trabajo con cara de bulldog, y de un humor de perros. No dejaba de darle vueltas a mi sueño, ¿a santo de qué venía todo eso? El sol y las estrellas podían tener que ver con la portada de la revista, pero el Templo Mayor, las polillas… había visto más de lo normal estos días, pero tampoco era nada del otro mundo, nada como para soñar con ello. Y un colibrí que no brillaba… las cosas que sueña uno. Por su parte, Juanito llegó contentísimo y sonriente, lo cual, por supuesto, solo sirvió para enfadarme a mí más. Nos subimos al furgón casi sin cruzar palabra, yo con ojeras y cara de pocos amigos, y él con una sonrisa de oreja a oreja y pinta de estarse muriendo por hablar, pero no atreverse.

–          ¿Qué pasa, Miguel? ¿mala noche?

–          Sí – gruñí.

–          Claro, es que no te dejan dormir, no se puede salir tanto con mujeres…

–          No sé cómo se lo tomará tu madre cuando se lo diga.

Reconozco que me pasé un poco, pero el zumbido en mis oídos y el dolor de cabeza no se habían ido desde las cinco de la mañana, y no tenía ningunas ganas de que el niñato este me estuviera dando lecciones. Salir con mujeres… ¡ojalá! Lo que estaba haciendo era el tonto, dormir y tener pesadillas como un niño pequeño.

Juanito se enfurruñó, como es lógico, y se dedicó a mirar por la ventana un buen rato, con cara de amargura. Yo tampoco dije nada durante el primer servicio, en parte porque todavía estaba enojado, y en parte por vergüenza. Al final, al cabo de un buen rato, Juanito se sacó del bolsillo un folio doblado, con una imagen impresa, evidentemente con una impresora de mala calidad, con líneas blancas cruzándola y colores desvaídos. Era un bebé tendido en una cuna de plástico blanco, con mantas blancas y rosadas. Me lo dijo con timidez y cierta reserva, supongo que por miedo a que volviera a contestarle mal, pero no podía ocultar la satisfacción.

–          Mira, es mi niña, me mandó la foto mi suegra.

Me había olvidado totalmente de la hija de Juanito que había nacido hacía dos días en Medellín. Me asaltó la vergüenza por haberle respondido de aquel modo, y me obligué a decirle dos o tres tópicos sobre lo bonita o lo grande que estaba, o qué sé yo. Tampoco me esforcé mucho, pero al menos sirvió para quitarle a él el enfurruñamiento, y redimirme un poco por mi salida de tono.

El resto del turno transcurrió sin novedad. Me pareció que me fijaba más en las mariposas y las polillas que nos rodeaban, que habían salido a revolotear en pleno mayo, en busca de apareamiento y muerte. Pero, por supuesto, no se trataba de que hubiera más polillas, o de que me siguieran, sino de que yo, como había soñado con ellas, estaba más pendiente, me fijaba más cada vez que veía una. Eso debía ser, ¿verdad? Es imposible que una misma polilla me esté siguiendo todo el pinche día, revoloteando delante del parabrisas del furgón. Además, ¿esos bichos no son nocturnos? Igual había sido una mariposa. O lo que fuera.

Como ese día no tenía turno de tarde, después de comer me pasé por el centro cultural mexicano. Es un piso adaptado, en una tercera planta, y no está demasiado lejos de mi piso alquilado. Allí se organizan fiestas en los días señalados de la patria, charlas y conferencias, o simplemente se pasa uno cualquier día para encontrarse con gente de allá y platicar, o despedir a los que se van, o recibir a los que vienen recomendados. Debe haber casi un centenar de socios, aunque siempre están yendo y viniendo. Esa tarde me abrió la puerta doña María de los Ángeles, una de las encargadas del centro. Tenía la cara congestionada y lágrimas en los ojos, y me recibió sujetándome la mano entre las suyas y besándomela, nerviosa. Reconozco que me asustó.

–          ¿Qué pasa, doña María? ¿hay algún problema?

–          Ay, Miguelito, Miguelito… ven, entra…

Hay un televisor bastante grande en el recibidor del centro cultural, que estaba atestado de gente. Doña María me llevó de la mano. Muchos lloraban, algunos estaban pegados al televisor como si pudieran meterse dentro, dos o tres cuchicheaban, uno trataba de hablar por el celular. En la televisión, imágenes del desastre. Casas derrumbadas, calles cubiertas de escombros, un perro solitario vagabundeando en busca de su amo, otros perros, más grandes, traídos por los bomberos para buscar supervivientes. Una señora de rostro arrugado y curtido llorando como una niña pequeña ante la cámara.

–          Un terremoto, Miguelito… en Tlaxcala, pero se ha sentido hasta en Puebla y en Cuernavaca…

–          ¿Cuándo?

–          Hace un par de horas nomás… todavía no se saben muertos ni heridos ni nada… ay, Miguelito, que yo tengo familia en Tlaxcala…

Y la pobre señora se echó a llorar ahí mismo, en mis brazos, como todos los demás. Yo no conocía a nadie en Tlaxcala, pero era mi país, y no podía dejar de mirar las imágenes de gente llorando, intentando escarbar entre los escombros con las manos desnudas, de policías y bomberos tratando de rescatar a los pocos supervivientes que pudiera haber. Me pasé allí toda la tarde, consolando a los que habían perdido, o podían haber perdido a alguien, escuchando a los que intentaban llamar a México, atentos todos a las últimas noticias del desastre y a la cuenta de muertos que iba subiendo cada vez más y más rápidamente. Ya rondaba los cincuenta, con cientos de desaparecidos.

Llegué a casa cerca de la una de la madrugada, cuando ya los datos sobre el terremoto que daban las noticias no eran más que lo mismo, una y otra vez, masticado y repetido de distintos modos, pero sin nada nuevo. Cada uno se fue yendo a llorar por su cuenta, a su casa, y lo mismo hice yo, tras a acompañar a doña María de los Ángeles a la suya y dejarla llorando, porque no sabía nada de su familia de Tlaxcala, a pesar de llevar toda la noche llamando. Subí la escalera exhausto, física y mentalmente. El día había empezado mal, seguido sin novedad, y terminado fatal, y no tenía ganas de nada aparte de meterme en la cama y olvidarme de todo. Ni siquiera tenía ganas de cenar, aunque me obligué a hacerme un emparedado de queso blanco. Cuando estaba a punto de dormirme, algo aleteó delante de mi ventana, cubriendo a medias la luz que se reflejaba de la farola próxima. Un murciélago. Supongo que por temor supersticioso, cerré la ventana, nervioso, acordándome de las alas negras de mi sueño. Luego me arrastré hasta la cama.

Una vez más, me encontré en México, aunque esta vez no estaba en el Zócalo, sino en Teotihuacán, en la Avenida de los Muertos, directamente al pie de la Pirámide del Sol. El sol estaba muy bajo en el cielo, de nuevo rodeado de estrellas, y había un silencio sepulcral, roto solo por un batir de alas lejano. Me sentí obligado a ascender la escalera, como si algo me llamara, me exigiera subir. Pisoteé los escalones rotos y agrietados por los siglos, entre los que crecía la hierba. Me sentía tan cansado como cuando me había acostado, y la ascensión, larga y penosa, se me hizo eterna. Los escalones se quebraban bajo mis pies, y cuando bajé la mirada me encontré rodeado de escorpiones, que subían y bajaban los escalones frenéticamente. En el silencio de la noche, me sorprendió un ronco croar de sapos. A mi alrededor revoloteaban las polillas, y más arriba, recortados contra la luz del sol poniente, una bandada de murciélagos negros.

Llegué a la cima de la pirámide. El templo de la parte superior, que yo solo había visto en dibujos y conjeturas, estaba reconstruido. En la plataforma me esperaban los sapos, entre los que continuaban moviéndose centenares de escorpiones. Había cientos de murciélagos y polillas revoloteando en torno al templo, o posados en el dintel, pero aparentemente ninguno se atrevía a entrar. Eso es lo que pensé en el sueño, que no seatrevían. En cambio, yo debía entrar, era absolutamente necesario que yo entrara en el templo. Y así lo hice.

No había nada en el interior, ni habitaciones, ni tabiques. Solo una pira, un amontonamiento de leña en forma de pirámide, ya consumida y casi apagada. En realidad era poco más que un montón de ascuas rojizas entre carbón negro, con una tenue llama aquí y allá. La escasa luz del sol que entraba por las ventanas lamía el suelo de piedra con cierta desgana. Me acerqué a la pira, como sonámbulo, y solo entonces advertí que había algo más. Sobre las ascuas, en posición fetal, yacía un hombre. Estaba desnudo y no tenía una sola quemadura. Temblaba, y me miró fijamente a los ojos, rodeándose el cuerpo con los brazos, como si en lugar de una pira funeraria estuviera en el centro de una cámara frigorífica. Abrió la boca para hablar.

–          Tengo hambre. Tengo frío.

Creo que lo dijo en náhuatl. Yo no hablo ni una sola palabra de náhuatl, como muchos otros mexicanos mestizos cuyos antepasados aztecas se remontan a quién sabe cuántas generaciones, pero, de algún modo, entendí lo que me decía. Tengo hambre. Tengo frío. Aquello, aquella súplica en un idioma desconocido, me afectó profundamente, me hizo estremecer en lo más hondo. El hombre no dejaba de mirarme mientras el sol declinaba, como esperando a que yo hiciera algo. Me dio la impresión de que era absolutamente necesario que yo encendiera el fuego, que quemara a aquel hombre que se moría de frío. En el exterior, el sol se puso, bruscamente, y al mismo tiempo, la pira se apagó. Súbitamente se intensificó el batir de alas, seguido por la risa aguda, baja, de hiena, que ya había oído yo en mi otro sueño. Percibí, más que vi, pues el cielo estaba a oscuras, cómo el suelo se llenaba de escorpiones y sapos, y el aire de murciélagos y polillas, que se abalanzaban sobre la pira. Entonces desperté.

No solo me dolía horriblemente la cabeza, al igual que la otra noche, y me zumbaban los oídos, sino que, a pesar del calor de mayo en Madrid, estaba muerto de frío, absolutamente aterido. Temblaba visiblemente y me castañeteaban los dientes. Era un frío desagradable, pesado, e interno, ese frío que se te clava en los huesos y no te abandona hagas lo que hagas, no importa cuánta ropa te pongas o bajo cuántas mantas duermas. Además, estaba totalmente muerto de hambre. Me rugía el estómago, como si no hubiera comido en semanas. A pesar del copioso desayuno, con café caliente, un emparedado y magdalenas, no conseguí quitarme ni el hambre, ni el frío. Hambre y frío, como el hombre de la pira en mi sueño. Una y otra vez sonaban en mi mente aquellas palabras: tengo hambre, tengo frío, dichas en un idioma que no entiendo, pero que entendí, con un tono de voz tan desgarrado y lastimero que me rompió el corazón. Y el zumbido en mis sienes, molesto y constante.

Afortunadamente, tenía el día libre, así que no tuve que conducir tal y como estaba. Me invadía el cuerpo un malestar general, como el que se siente cuando a uno le va a dar gripe. Debía tener muy mala cara, porque incluso Wilson me preguntó si me pasaba algo y se ofreció a traerme un par de aspirinas. Me negué, aunque luego pensé sinceramente que, si las cosas seguían así, igual me convendría tomarme una o dos.

Me pasé la mañana en el sillón, cubierto de mantas y trasegando café caliente e infusiones, viendo la televisión. Intentaba encontrar noticias sobre el terremoto de Tlaxcala, cifras de muertos, nombres. No había mucha información útil. Todas las televisiones hablaban del desastre, pero ninguna daba muchos más datos de los que yo había oído unas horas antes, con la excepción de que ya eran doscientos treinta muertos y quinientos desaparecidos. Habían encontrado a diez o doce supervivientes, pero muchos estaban heridos.

En otro canal encontré un documental, también sobre México. Pero no hablaba del terremoto. En ese momento pensé que era azar, pero ahora sé que nada ocurre sin un propósito. Todo eran señales, avisos. O peticiones de ayuda.

Trataba sobre el resurgir de la religión azteca. Cada vez más y más mexicanos, muchos indígenas o mestizos, pero también muchos totalmente criollos, abandonaban otras religiones, e incluso el ateísmo, para volver a inclinarse ante Quetzalcoatl, Tezcatlipoca o Huitzilopochtli. El documental mostraba imágenes de los altares floreados donde ardía el copal, y de los sacerdotes (uno de ellos, blanquito, rubio y de ojos azules, me hizo especial gracia) con tilmas y maxtiles blancos, cantando en náhuatl. Un entrevistador le puso un micrófono ante la cara a un anciano de gafas redondas y rostro chupado, a un par de metros de un altar, donde dos jóvenes con vestidos emplumados practicaban una danza tradicional, probablemente inventada.

–          Nosotros somos aztecas, ¿sabe? Incluso los criollos, todos somos mexicanos, México es el país azteca. Nos han traído una religión que no es nuestra, nos han aculturado, y ahora estamos resurgiendo, ¿sabe? Resurgiendo. Las viejas tradiciones están volviendo, nos estamos quitando de encima… nos estamos quitando de encima, ¿verdad?, todo el barniz cristiano que nos impuso la colonia. Pero la colonia hace muchos años que acabó, y nosotros no lo hemos asumido.

–          ¿Así que usted propone una vuelta a la religión azteca?- preguntó el reportero, que tenía más aspecto de indígena que el entrevistado.

–          Sí.

–          Pero la religión azteca incluía sacrificios humanos…

–          Bueno, bueno, ¿sabe? Eso no es así… eso no tiene por qué ser así, ¿verdad? Nosotros somos gente de ahora, gente del siglo XXI. Sí, claro que los aztecas mataban gente, pero nosotros no tenemos por qué tomar esas cosas… podemos tomar las creencias, el ritual, pero no es necesario que… las ofrendas pueden ser otras, ¿sabe? No hay por qué matar a nadie… Estamos en el siglo XXI, ¿verdad? Se está produciendo un cambio, un cambio de ciclo. Lo viejo está resurgiendo, pero no es igual que antes. Es nuevo ahora. Estamos creando algo nuevo, pero nos estamos basando en lo antiguo. Es un cambio radical, el final de una era y el principio de otra…

El fin de una era. El resurgir de las cosas antiguas. Cambios de ciclo. Los dioses aztecas levantándose para ocupar de nuevo su lugar en el mundo, aunque ya nadie les ofreciera corazones, sino únicamente coronas de flores y humo de copal. Pero los dioses aztecas quieren sangre, siempre la han querido, y no se puede engañar a los dioses. Nadie puede, y nadie ha podido nunca. A ratos me parecía que estos pensamientos eran ajenos, que alguien me lo susurraba en el oído. Continué viendo el documental como hipnotizado, aquellas tallas de piedra que imitaban a dioses antiguos, aquellos mestizos vestidos de guerreros águila, llevando y trayendo imágenes de Tlaloc hechas de tierra, donde florecía el maíz.

No sé si influiría para algo el documental, o si simplemente me fui olvidando del malestar, pero lo cierto es que para la hora de comer ya estaba mucho mejor. Decidí pasarme por el centro cultural para ver si había novedades sobre el terremoto, o sobre los parientes de doña María de los Ángeles. Cuando llamé a la puerta, la señora me recibió arrasada en lágrimas.

–          ¿Qué pasa, doña María? ¿alguna noticia?

–          Ay, Miguelito… no es eso, no. Mis parientes están bien, gracias a Dios, estaban fuera de la ciudad ayer.

–          ¿Entonces? ¿algún conocido? ¿alguien del centro ha…?

Me agarró de la mano y me llevó dentro, donde todavía había bastante gente concentrada delante de la pantalla, viendo una y otra vez las terribles imágenes de la tragedia, los cuerpos muertos alineados, cubiertos con sábanas a la orilla de los edificios destruidos y las pilas de escombros. Doña María se sentó en una silla en el vestíbulo, secándose la cara.

–          Ay… es que teníamos una charla hoy, ¿te acuerdas?

–          Eh… claro… – la verdad es que no me acordaba. En el centro cultural se suelen organizar charlas y conferencias, y yo voy a algunas cuando tengo tiempo, pero no me sonaba ninguna para hoy. O quizá con mis propios sueños extraños y el terremoto se me había olvidado.

–          Es un hombre de allá, quería hablar sobre los aztecas- la mujer se persignó devotamente-, ay, yo no sé de eso, de la religión o de los dioses, no sé. Pero está diciendo cosas horribles, Miguelito, cosas del terremoto…

–          ¿Del terremoto?

–          Dice que va a haber más, que se va a acabar el mundo… yo no creo en eso, yo soy católica, apostólica, y romana, pero eso no se puede decir ahora, Miguelito, no es el momento, estamos todos muy afectados…

Me enfurecí, sentí la rabia concentrarse en mi pecho. ¿Cómo se atrevía a hablar de eso precisamente hoy, cuando todo el centro cultural estaba de luto por las víctimas, cuando muchos compañeros acababan de perder a familiares y amigos en el terremoto?

–          ¿Nadie le ha dicho nada, no lo echaron?

–          Muchos nos fuimos de la charla, pero él siguió hablando. Nadie quiere una pelea ahora…

–          Voy a decirle cuatro cosas a ese pinche…

–          No, Miguelito, déjalo, no queremos jaleo, no vale la pena. Hazlo por los muertos…

Aún así entré en la sala de conferencias como una tromba, con los dientes apretados. En el proyector había una imagen de la Piedra del Sol, y el orador estaba hablando con un tono desagradable, de enterado. Había pocas personas, solo cuatro o cinco repartidas por la sala, sentadas en sillas plegables. Al menos una dormitaba, arrullada por el zumbar del proyector y la oscuridad.

–          Cada cincuenta y dos años terminaba un ciclo, un siglo, y había que renovarlo todo, encender el fuego nuevo y cambiar totalmente de vida. Eso es lo que debemos hacer. Tenemos que aprovechar la oportunidad. Está acabando un ciclo, no solo un siglo azteca, sino todo un ciclo. El Quinto Sol se va a acabar, y la nueva era va a ser totalmente distinta. Tenemos que recuperar las antiguas tradiciones, adaptarlas al nuevo sol, al nuevo mundo.

Casualidad o no, debía de ser uno de los de la secta del documental que había visto esa mañana, tratando de hacer conversos aquí, en Madrid. Volver a los dioses aztecas, pero sin sacrificio humano, solo con florecillas y copal. Vi pasar, en la pantalla, el Templo del Sol, imágenes de Quetzalcoatl, de Huitzilopochtli, con su tocado de plumas de colibrí, su espejo y su serpiente, de Tezcatlipoca, con la cara pintada de negro y amarillo, y de Xipe Totec, cubierto con una piel despellejada.

–          Según los antiguos aztecas, estamos en el sol Cinco Movimiento, y por tanto, este ciclo acabará con terremotos, al igual que los otros acabaron por el viento, los jaguares, las inundaciones o el fuego. ¿Qué hemos visto en las noticias últimamente?

Las diapositivas cambiaron de nuevo, mostrando imágenes sacadas de la televisión y de Internet, casas derruidas, refugiados con el rostro desencajado, y equipos de la policía con perros, buscando entre los escombros. Hileras de cuerpos cubiertos con sábanas, fotografías aéreas que mostraban ciudades derrumbadas sobre sí mismas, o aldeas sumergidas por barro o piedras.

–          En noviembre, en Guatemala. En diciembre, en Honduras. En enero, en Alemania. En febrero en Italia. En marzo en Irán. En abril en Indonesia. Solo este mes, en Argentina, China y Etiopía. Ayer, en nuestro propio México, en Tlaxcala. Terremotos. Terremoto tras terremoto. El fin de un ciclo. El quinto sol se nos acaba.

Semejante declaración fue acogida con algunos murmullos, y al menos con un respingo sobresaltado, pero en general la audiencia parecía bastante aburrida. El orador continuó, sin embargo, inasequible al desaliento.

–          Eso es inevitable. Pero hay dos formas de acabar, amigos míos. Los aztecas lo sabían muy bien, y por eso celebraban la ceremonia del Fuego Nuevo, sin falta, cada cincuenta y dos años. Si los dioses continúan siendo adorados apropiadamente, el mundo puede salvarse y sobrevivir al cambio de ciclo. Los supervivientes del sol agua fueron salvados en un tronco, y la humanidad del Quinto Sol fue creada personalmente por Quetzalcoatl. Así pues, puede salvarse el mundo, si adoramos como se debe a los dioses. Pero si no…

Cambió la diapositiva, y fui yo quien dio un respingo. Ahora mostraba a una serie de figuras esqueléticas, con collares formados por corazones y manos, garras de águila, y faldas de plumas, serpientes y huesos. En el centro había una mujer cuya cabeza era una calavera, con alas de mariposa terminadas en cuchillos de obsidiana, y garras de águila en los pies y de jaguar en las manos. Estaba rodeada de escorpiones, polillas, murciélagos y sapos.

–          Esta es Itzpapalotl, rodeada por las Tzitzimimeh. Son las estrellas que rodean al sol, dispuestas a comérselo. Si el sol no es adecuadamente nutrido, si no se le adora como se debe, las Tzitzimimeh se lo comerán, y el mundo no resurgirá jamás. Existe este peligro en cualquier eclipse solar, y también al final de un ciclo. Y esta vez coinciden: el eclipse solar de mañana coincide exactamente con el final del Quinto Sol. Es por eso, amigos míos, que les invito a todos a unirse a nosotros. La religión de los antiguos aztecas es la nuestra, la religión de nuestro pueblo. Celebramos reuniones todas las semanas en…

En ese punto me levanté y salí de allí, sin decirle nada al orador. Estaba bastante confundido. Las estrellas que rodean el sol y quieren comérselo… el sol que debe ser alimentado (“tengo hambre”). Escorpiones, polillas y sapos. ¿Por qué había soñado yo precisamente con esos animales? ¿Por qué con ese hombre hambriento, atacado por las polillas y los murciélagos? Y en todos mis sueños, el sol rodeado de estrellas, estrellas dispuestas a comérselo. De pronto me vino a la mente el colibrí de mi primer sueño, el colibrí que no brillaba como debería, y recordé a Huitzilopochtli, el dios del sol, representado por el colibrí, el espejo y la serpiente… como en mi sueño. El dios del sol moribundo, perseguido por las estrellas. Pidiéndome ayuda. Las estrellas riéndose, burlonas, y las alas de mariposa tapando la luna.

Me fui del centro cultural sin preguntar por el terremoto, sin hablar con doña María. Estaba confuso y asustado, y de nuevo me dolía la cabeza, me asaltaba el terrible zumbido en los oídos, como si hubiera alguien gritándome justo más allá del umbral de la audición, tratando de decirme algo, intentando desesperadamente que yo le escuchara. Mientras cruzaba las calles que me separaban de mi casa, me recorrió un profundo escalofrío, y de nuevo sentí aquél helor en los huesos, y el hambre profunda del dios que me pedía alimento, que necesitaba que yo encendiera su pira. Era una locura, era imposible. Una coincidencia. Tenía que ser una coincidencia.

No llegué a mi casa. Necesitaba salir, caminar, despejarme. Sin saber bien lo que hacía, me sumergí en el metro y me dirigí al centro. Solo necesitaba comer algo, pasear, tomarme una cerveza o un tequila, y todo estaría mucho más claro, todo tendría algo de lógica, en lugar de ser una confusa bola de presentimientos, sueños extraños, coincidencias y supersticiones. Estos últimos días había dormido mal, y seguramente eso me había afectado a las facultades mentales, me había confundido, o qué sé yo. Seguro que era eso. Tenía que ser eso.

Me bajé en Sol, caminé unos metros, me metí en una cafetería de un callejón lateral, esos que, como no frecuentan los turistas, son asequibles incluso para mí. Tenían Coronita. Apoyé la cabeza en los azulejos fríos y blancos de la pared, tratando de serenarme. ¿Por qué había soñado con Itzpapalotl, cuyo nombre no había oído en mi vida? ¿Realmente había soñado con ella? Había visto murciélagos, polillas, escorpiones y sapos, animales que casi todo el mundo considera desagradables. No tenía por qué haber sido precisamente la diosa azteca. Pero había soñado con las estrellas rodeando el sol, con los murciélagos abalanzándose sobre el hombre en la pira. Recordaba haber estudiado algo sobre un dios que se inmoló a sí mismo en una pira para convertirse en el sol, cuando estudiaba en la UNAM. Murciélagos comiéndose el sol.

Tenían que ser recuerdos viejos, cosas que había estudiado hacía diez o doce años, que me habían vuelto ahora a la mente vaya a saber por qué. No había otra explicación. Ninguna racional, al menos. Pero, ahora, justo ahora, que se acababa un ciclo de cincuenta y dos años, precisamente con un eclipse de sol… ahora que había terremotos por todo el mundo, cada vez más frecuentes y más fuertes. No podía haber conexión. No debía haberla. ¿Me estaría volviendo loco?

Me tomé la cerveza a sorbitos, tratando de calmarme. Todo era producto de mi imaginación, no podía ser de otro modo. No había soñado con una mujer con alas de polilla y garras de jaguar, ni con esqueletos con faldas de huesos. Toda conexión que hiciera entre mis sueños y las creencias de los aztecas, o peor aún, la realidad, era inventada, pura coincidencia. Producto de mi imaginación desbocada, y solo eso.

Salí de allí para sumergirme en la masa de gente, o mejor dicho, gentuza, que puebla la Puerta del Sol cuando oscurece, como si su nombre los mantuviera alejados durante el día, igual que Huitzilopochtli a las Tzitzimimeh. Me moví entre la gente, entre camellos, carteristas, turistas y transeúntes, recibiendo y dando empujones. Vi por el rabillo del ojo algo que me sobresaltó: sobre la cabeza de Carlos III hervía un auténtico enjambre de polillas. Me quedé parado, observándolas, aterrado. Aquel símbolo de Itzpapalotl había llegado a convertirse para mí en heraldo del miedo, en prolegómeno de la locura.

Desvié la vista para encontrarme, directamente, con la de una mujer, que clavaba sus ojos en los míos. Debía estar a unos tres metros de mí, apoyada en un macetero ornamental, y no me quitaba ojo. Era mexicana sin duda, totalmente indígena, con unas trenzas negras que le caían sobre la espalda. Había algo extraño en su rostro, joven y viejo a la vez. Pero no solo era eso. La piel parecía rara, artificial. Como maquillaje. Me sonreía de medio lado, burlonamente. En el pecho llevaba un broche en forma de polilla.

Corrí a casa. Antonio se me quedó mirando cuando entré, y me saludó de forma vacilante. Supongo que debía tener un aspecto horrible, agitado como si vinieran persiguiéndome todas las polillas del infierno, sudando y con ojeras por la falta de descanso, y me imagino que con bastante cara de loco. Lo saludé sin mucho entusiasmo, aún nervioso, y me saqué otra cerveza de la nevera. Ahogar mis problemas en alcohol no era la mejor solución, pero era la única que se me ocurría en ese momento, la única forma de poner orden en todo aquel caos de circunstancias inconexas que yo no hacía más que relacionar, de forma, quería hacerme creer a mí mismo, totalmente irracional. No podía tener sentido nada de aquello. Ni siquiera el que la televisión estuviese hablando precisamente de un eclipse solar, del mismo eclipse que había mencionado el orador del centro cultural. El que coincidiría con el fin del Quinto Sol. No pude dejar de imaginarme a las Tzitzimimeh, las estrellas hambrientas, revoloteando en torno al sol moribundo (“tengo hambre, tengo frío”), como las polillas alrededor de la cabeza de Carlos III. Devorándolo. Acabando con el mundo.

Esa noche soñé con la mujer que había visto en Sol. Esta vez no estábamos en México, sino aquí, en Madrid. Nos cruzábamos en el centro cultural, ella me miraba y sonreía, yo le correspondía. Luego, súbitamente, estábamos en mi habitación, y su boca sabía a pulque y a cenizas. Me parecía absolutamente real, no con esa extraña nebulosidad que tienen los sueños, sino con una definición total, una completa sensibilidad. Podía oír, ver, oler, tocar todo cuanto ocurría. Era como si estuviera en mi cuarto realmente, como si no me hubiese dormido o si hubiera despertado para encontrarme a aquella mujer allí, conmigo, con su broche en forma de polilla sobre el pecho, con las alas extrañamente recortadas, empujándome sobre la cama, subiéndose ella, llenándome la boca de sabor a pulque, con su piel oscura fría al tacto, extraña. Oí su voz cascada, “bebe, Miguel”, y sentí un borbotón de sangre inundarme la boca, resbalando por mis comisuras. Manoteé, aterrado, y mis manos se aferraron a su rostro, tiraron, penetraron aquello, que no era más que una máscara de polvos blancos y goma, una máscara que cedió para revelar la calavera sonriente que había debajo, con los ojos inyectados en sangre, las alas de polilla que se extendieron para abarcar toda la habitación, festoneadas de cuchillas de obsidiana.

Grité, me revolví en sueños, mientras unas garras de jaguar me abrían el pecho de un solo golpe. Sentí el dolor como si fuera real, como si aquellas garras se hubieran hundido en mi carne, rasgando la piel, arrancando el esternón, desgarrando los músculos, exponiendo el corazón que latía entre borbotones de sangre. Pude oírlo latir, pude sentir el aire silbando entre mis costillas expuestas, mientras la habitación se llenaba del olor metálico y dulzón de mi propia sangre. Vi a Itzpapalotl abrir la boca, dispuesta a devorarme, y grité. No sé cómo, la empujé, corrí, y de pronto no estaba en mi habitación, sino en las montañas que rodean el D. F., y caí por un precipicio, rodando. Me recibió un cactus, y al estrellarme contra él, sus espinas me atravesaron la carne y llenaron el suelo de sangre, sangre que se derramó como una lluvia y fluyó como un arroyo hasta un gran lago.

De pronto estaba frente al lago, y en su fondo había un corazón. Podía verlo claramente, latiendo con lentitud, a pesar de estar en las profundidades, y supe que ese era el lago Texcoco, y supe que ese era el corazón del primer sacrificio. El cielo estaba oscuro, lleno de estrellas, y escuché a mi espalda el batir de las alas de Itzpapalotl, el chasquear de los huesos de las Tzitzimimeh que venían con ella, corriendo, persiguiéndome, cazándome. Del fondo del lago surgió un árbol, retorcido y lleno de espinas, con sus raíces asentadas en el corazón del primer sacrificio. Oí un chillido detrás de mí, un aullido de rabia que era a la vez el rugir del jaguar, la llamada del águila y el chirrido del murciélago, y era aquella voz baja y de hiena que yo había oído reírse tantas veces.

Aún tenía el pecho abierto, y mi corazón latía, lentamente, mientras las ramas del árbol se tendían hacia mí como manos anhelantes. Sin saber por qué, ni cómo, llevé la mano a mi propio pecho, arranqué el corazón y lo clavé en una de las espinas del árbol. La voz de Itzpapalotl se elevó de nuevo detrás de mí, un aullido ronco y chillón, desagradable, pero era demasiado tarde. Sentí sus garras de jaguar rozarme los hombros. Ante mis ojos, el corazón arrancado ardió, se inflamó y ascendió a los cielos. Amaneció un nuevo día, y cuando alcé la cabeza, para mirar directamente al sol, sin que dañara mis ojos, pude ver que era a la vez mi corazón, un colibrí resplandeciente, y un hombre en llamas, en el centro de su pira funeraria, satisfecho con las llamas del Fuego Nuevo, saciado de sangre.

Desperté temblando, con una extraña sensación de júbilo, a la vez que muerto de miedo por la responsabilidad que había caído sobre mis hombros. Sabía lo que tenía que hacer, y el zarpazo que aún sangraba en mi pecho era la prueba más elocuente. Sabía perfectamente lo que ocurría, lo que aquella voz ajena me había susurrado mientras el anciano de las gafas redondas hablaba del resurgir de los dioses aztecas, pero sin sacrificios humanos. Eso es una pendejada. Sí, las costumbres antiguas resurgen, los viejos dioses vuelven a la vida para evitar que el mundo sea destruido por la falta de cuidado de los hombres, pues, incluso cuando no les prestamos atención, incluso cuando no les sacrificamos como se debe, nos aman y nos protegen.

Pero es falso que debamos adaptarnos a las costumbres del siglo XXI. Es falso que, como ahora vivimos en el mundo occidental y en la cultura europea, tengamos que renunciar a nuestras costumbres. Los dioses no entienden de normas ni de costumbres, ni de balbuceos políticamente correctos para las cámaras. Los dioses entienden de reverencia y de sacrificios. Los dioses, Huitzilopochtli, Nanauatzin, necesitan sangre para vivir, y el mundo necesita a su sol para continuar existiendo. De lo contrario, Iztapapalotl y las Tzitzimimeh lo devorarán todo.

No se puede engañar a los dioses. Los dioses necesitan sangre y corazones, no tonterías de la nueva era y flores. Huitzilopochtli debe estar bien alimentado para que el sol siga saliendo día a día, para que el mundo no se acabe, y ya hemos descuidado esa alimentación durante quinientos años. Hace siglos que no se realiza la ceremonia del Fuego Nuevo, ni los sacrificios diarios. Hace demasiado tiempo que no se alimenta a los dioses para que ellos puedan protegernos y darnos vida. ¿Qué mejor prueba de que nos aman y se preocupan por nosotros que el hecho de que, aún después de tanto tiempo, el sol continúa saliendo? Cada mañana, arrastrándose con esfuerzo por encima del mundo, exhausto y mal alimentado, mientras nosotros nos dedicamos a nuestros asuntos y no agradecemos su sacrificio con el nuestro. Pero todo tiene un límite, y si no se hace algo pronto, también el Quinto Sol dejará de existir, y no habrá un sexto.

Por eso, cuando me desperté, supe exactamente todo lo que tenía que hacer. Por eso hice esa llamada, y me dirigí al Escorial, a los pies de un cerro, y caminé durante media hora, ascendiendo hasta la cima. Por eso encontré esa piedra y de algún modo le saqué punta, como si lo hubiera hecho toda mi vida. No era obsidiana, pero tendría que servir. Me sentía como transportado, como si alguien guiara mis manos a lo largo de todo el proceso, enseñándome cómo debía hacerlo, haciéndolo a través de mí. De algún modo, sabía que la ceremonia no era del todo correcta, que no se habían apagado los fuegos, ni había habido preparación, cinco días de ayuno y silencio, pero, de nuevo, tendría que servir. Era una situación desesperada, la situación más crítica que nunca hubiera existido. Sobre mi cabeza, el sol empezaba a ser devorado por el eclipse, y a su alrededor ya brillaban las Tzitzimimeh. Debía darme prisa.

Y aquí estoy ahora, encerrado en una celda. Dicen que estoy loco, desquiciado, que oigo voces y me imagino cosas, pero yo sé la verdad. ¿Cómo explican los sueños? ¿Cómo explican el zarpazo en mi pecho, y que yo supiera todo lo que había que hacer y decir para la ceremonia del Fuego Nuevo, paso por paso? No estoy loco. Pero las autoridades modernas, europeas, políticamente correctas y civilizadas me encontraron salvando el mundo y decidieron que era inaceptable. Me van a encerrar en una cárcel o en un manicomio, como si no acabara de evitar que el mundo entero fuera destruido por los terremotos, como está profetizado. Como si no hubiera dado vida de nuevo al sol, como si los rayos que veo entrar ahora por mi ventana con barrotes no me estuvieran agradeciendo el alimento que les he proporcionado. “Tengo hambre, tengo frío”. ¿Qué saben ellos? Ningún hombre puede imaginar lo que es mirar a los ojos a un dios moribundo y verle suplicarte, implorarte que le salves, para que él pueda salvar al mundo.

La verdad es que no sé quién llamó a la policía. Puede que alguien viera el fuego, o me oyera cantar en náhuatl (yo, que no sé ni una palabra), o quizá fue mi víctima, alarmada de algún modo, quien les dio el aviso antes de venir a reunirse conmigo en lo alto del cerro. Yo estaba como en trance, y tardé en darme cuenta de que estaban allí, de que me estaban hablando. Después de todo, estaba ocupado. Llegaron justo cuando encendía el fuego, frotando dos ramas en la cavidad donde momentos antes había estado el corazón de mi víctima. En el momento exacto en que la chispa prendía, el sol emergió de nuevo de entre las sombras, bañándome con su luz, a mí, a la pira, a la llama encendida en el cadáver sacrificado, y supe que el ritual había sido aceptado, que el mundo continuaría existiendo al menos otros cincuenta y dos años. Me eché a reír mientras me esposaban.

Los dioses me han hablado y me han elegido como su instrumento para salvar el mundo, y yo lo he hecho. Y si ahora me encierran, bueno, es un sacrificio que debo asumir, como los antiguos aztecas aceptaban que, si eran capturados en batalla, iban a ser sacrificados, e incluso lo exigían.

Todos tenemos que hacer sacrificios, todos. Los sacrificios son una parte esencial del funcionamiento del cosmos, aunque a veces nos duelan y nos den pena. Pero debemos tener presente qué es lo más importante, y que hay cosas que debemos hacer cueste lo que cueste, y sin importar nuestros propios sentimientos. Por ejemplo, a mí me caía bien Juanito, pero tuve que sacrificarlo por el bien de toda la humanidad. No me quedó más remedio.

La Llamada

No soy de este mundo.

Me han encerrado en esta prisión, como si no fuera desde siempre un prisionero. Como si esta carne y este mundo no fueran mi cárcel desde el mismo momento en que fui concebido. Pero yo no soy especial,  o solo lo soy porque me doy cuenta. Todos estamos atrapados, todos somos prisioneros en este mundo que no es más que el verdadero infierno. Nuestras almas están encarceladas y no lo sabemos, porque estamos dormidos, borrachos con las sensaciones del mundo.

Yo he despertado. Desperté hace mucho, en realidad, aunque los médicos y los psicólogos digan que es justo lo contrario, que mi mente está perdida. Por eso me tienen aquí, atado y amordazado. Pero mi mente no está perdida, sino que ha sido encontrada, porque la Primera Vida me ha llamado desde más allá del Abismo, desde las regiones de la totalidad que yacen más allá de esta prisión que llamamos mundo. De entre todos estos que gritan y babean por las noches, yo soy el único cuerdo, y también de entre todos los que viven más allá de estos barrotes. ¿Es que no se dan cuenta de que el cuerpo es una cárcel tan fuerte como cualquiera de las construidas por el hombre? ¿Nunca han visto que el universo es un enorme campo de concentración?

Desde que era niño, oía la Llamada. Todavía no sabía cómo describirla, pero ya sabía que este mundo no era mi hogar, que este cuerpo no era el mío, sino una cáscara de carne torpe y molesta que me impedía moverme con libertad. Recuerdo el patio, bajo la mirada de los profesores, que ya me parecía un Alcatraz, el patio donde los otros niños se reían del raro, del que decía cosas extrañas, porque todavía no sabía cómo describir lo que sentía, la soledad y la alienación de este desierto en el que el alma se encuentra perdida y entumecida. Me llamaban el loco, porque les decía que me sentía atrapado, como si viviera siempre bajo el castigo del director del colegio. Eso no solo me valió risas y desprecios, sino también alguna paliza que otra, y en el dolor físico percibí también las cadenas que me ataban al mundo.

Con la adolescencia aprendí a formular mejor mis sensaciones, pero eso no hizo desaparecer los problemas, sino que los incrementó. Recuerdo las clases de catequesis para la primera comunión: la iglesia del barrio con sus jardineras frente a la puerta y sus cuadros pintados por el propio cura, la sala en la parte de atrás, junto a la sacristía, donde nos sentábamos en viejos bancos de madera llenos de astillas, y la expresión ceñuda del sacerdote mientras nos informaba severamente de que íbamos a recibir el cuerpo y la sangre de Cristo. El aire olía a incienso, a barniz y a cera para el suelo, y una ligera brisa agitaba las casullas colgadas de una percha.

– Pero si Jesús es Dios, ¿cómo vamos a comernos su carne?

El padre interrumpió su discurso a media frase. Oí risitas a mi espalda. Ya estaba el raro cuestionándolo todo. El sacerdote carraspeó profundamente y me clavó aquellos ojos oscuros.

– ¿Perdón?

– Si Jesús es Dios, no es de este mundo. ¿Cómo vamos a comérnoslo?

– Cristo se encarnó en el mundo, se hizo un hombre verdadero para salvarnos, y se vuelve a encarnar en el pan y el vino de la comunión cada domingo.

Negué con la cabeza, incapaz de aceptar aquello. No me entraba en la cabeza, y aún no había aprendido a callarme. Nunca aprendí.

– No tiene sentido. Si vino a salvarnos del mundo, ¿por qué entrar él, en vez de sacarnos a nosotros? Seguro que no era más que una imagen, o una aparición. El cuerpo es demasiado repugnante como para que Dios se encarne en él… y encima comérnoslo, qué asco.

El cura estaba lívido de rabia, con los labios apretados y los nudillos blancos, aferrado al borde de la mesa. Me miraba como si yo fuera el mismísimo diablo, y cuando habló, la voz sonó estrangulada, rota.

– Quédate después de la clase. Quiero hablar con tus padres. Dudo que hagas la comunión este año.

Yo no quería hacerla. No quería tener nada que ver con comer carne y beber sangre, ni, para el caso, con comer y beber nada. Entre los doce y los dieciocho me pasé la vida de nutricionista en nutricionista y de psicólogo en psicólogo, arrastrado por mi madre, que no dejaba de llorar ni un momento. Todo empezó la vez que me pillaron en el baño.

Me sobresaltó el sonido de la puerta, y a ellos los ruidos guturales que salían del lavabo. Me encontraron arrodillado junto a la taza, con tres dedos en la garganta, devolviendo. La bilis manchaba los azulejos y la taza, y el aire apestaba a vómito, lejía y ambientador de pino. A mi madre le dio un ataque de ansiedad: el niño tiene anorexia. Pero no era anorexia, a mí me daba igual estar gordo o delgado. Sencillamente, me daba un asco terrible la comida y la bebida, carne muerta o raíces extraídas del suelo con herramientas de metal para ser digeridas y convertidas en desechos, para encadenarnos a este mundo.

Pues eso es lo que hace: encadenarnos al mundo. ¿No valdría más la pena dejar de comer y terminar con todo de una vez? Eso mismo le dije un día al psicólogo. ¿No es la forma más sencilla de escapar de esta cárcel donde vivimos? Por supuesto, no se lo tomó bien, y más de una vez me vi, como ahora, encadenado a una cama y con suero, con un tubo que me atravesaba la nariz y la garganta, llenándome la boca de sabor a plástico húmedo, para alimentarme por la fuerza. Tuve que dejarme barba, porque mis padres escondieron todas las cuchillas de la casa, solo por si acaso. El psicólogo decía que tenía tendencias suicidas, y supongo que es verdad, pero yo mismo todavía no entendía el motivo. Solo sabía que me sentía atrapado, pero aún no me había dado cuenta de que el Rey de la Luz había pronunciado mi nombre mucho tiempo atrás.

Internet me proporcionó la oportunidad de comprender por fin qué me ocurría. Había otros como yo, y los había habido siempre. Leí las obras de Valentiniano y de Mani, la biblioteca de Nag Hammadi y los textos sagrados de los mandeos. Leí las críticas de Ireneo a los gnósticos, y todo lo que denunciaba como blasfemias resonó en mi alma como un diapasón. Por supuesto que había una realidad más allá de la cotidiana. Por supuesto que el mundo era una prisión, una cárcel donde las almas están atrapadas en los cuerpos y las leyes de la naturaleza. Por supuesto que Dios no podía ser ni una criatura celosa y vengativa, ni un señor normal que se pasea por el mundo como si tal cosa. El cuerpo de Cristo era solo apariencia, su Pasión solo una ilusión. Él era puro espíritu, como todos deberíamos ser, y vino para enseñarnos a escapar de la cárcel en la que nos han encerrado los Príncipes de este Mundo.

Aprendí también que estábamos perseguidos. Como los cátaros en Montsegur, las autoridades, tanto las humanas como las sobrenaturales, nos cazan porque no toleran que sepamos la verdad y revelemos al mundo que existe algo más, que al otro lado de las leyes y las normas y la carne y lo material existe un universo de luz espiritual donde podemos ser libres. Tenemos que escondernos, ocultar lo que somos, mentir incluso, para evitar que nos encierren, o que nos maten antes de que nos hayamos purificado lo bastante como para evitar reencarnarnos y poder escapar.

Acabé yéndome de casa, incapaz de soportar el materialismo y el consumismo de la sociedad moderna. Desde los diecinueve he vivido como un vagabundo en la calle, viviendo solo de lo mínimo necesario para sustentarme, renunciando a todo para ir cortando, poco a poco, los lazos que me atan a este mundo corrupto. Los Príncipes ya apenas tienen poder sobre mí, pero no ha sido un camino fácil. Palizas entre cartones y cristales rotos a las seis de la mañana, peleas por un trozo de comida o una colilla. Confieso que sucumbí a la tentación y más de una vez me emborraché con vino barato para calmar el dolor y calentarme, aunque sabía que eso solo retrasaba la iluminación. La policía abusaba de mí, de nosotros, y nos acosaba y golpeaba, pero era de esperar. Al fin y al cabo son agentes de la ley, agentes de las Autoridades del Mundo cuya labor es hacer la vida imposible a los prisioneros.

En un momento dado empecé a concebir una idea. ¿No era egoísta buscar liberarme yo solo, mientras el resto sigue sometido? En las películas de cárceles que veía de niño, ¿no era el héroe siempre el que organizaba una fuga para todos, en lugar de huir como si nada le importara? Así que empecé a predicar, a hablar en las esquinas y en las plazas, subido a una caja de tomates rescatada de la basura. Abandonen el materialismo, las cosas del mundo, las normas y las leyes, abandonen la comida y la bebida y la moral y las convenciones sociales, porque solo son las armas del enemigo, las cadenas con las que estamos atados a este mundo perecedero y putrefacto.

Supongo que si hubiera sido un sabio hindú o budista me habría forrado, y todos me hubieran escuchado. Pero no lo era, así que empezaron a llamar a la policía para que me echara y me silenciara. Cuando me expulsaban de un lugar me iba a otro, y a los pocos días regresaba, buscando siempre una audiencia, alguien que me escuchara y viera la verdad de las revelaciones que tenía para el mundo. Pasé más de una noche en comisaría, e incluso estuve unas semanas preso, en una verdadera prisión, porque me dejé llevar por la ira y ataqué a un señor mayor que tuvo la desfachatez de tirarme unas monedas, sin siquiera escuchar lo que tenía que decir. ¡A mí, que estaba hablando en contra del materialismo y del mundo, como si fuera un simple vagabundo!

Desde ese día adquirí mala fama, y los policías me vigilaban con mayor atención. Era verdad que eran agentes de los Poderes, que nos perseguían y acosaban. Pero prevalecí, porque mi ministerio era más importante, más fuerte. Continué predicando pese a los empujones y las palizas y las amenazas, viviendo entre cartones y buscando salvar las almas de los demás, atrapadas como la mía en este mundo material. Incluso recrudecí mis métodos, porque no podía permitir que me silenciaran.

Empecé a seguir a la gente por la calle, sobre todo a los que veía más necesitados: a los ricos, los abogados, los policías y los sacerdotes. Les pisaba los talones hablándoles de la verdad, del mundo de la luz y de la Gran Vida que nos había llamado a todos, y del Creador que nos tiene retenidos bajo barrotes de leyes y dinero. A veces perdía la paciencia, lo admito, y los insultaba, los acusaba de no querer ver la verdad, de ser servidores de las Autoridades, de traicionar a su verdadera naturaleza. A alguno lo llegué a agarrar por el brazo, y entonces llegaban las denuncias y las noches en el calabozo.

Así es como llegué aquí, a esta prisión psiquiátrica donde me han encerrado para evitar que difunda mi mensaje entre la población y neutralizar la amenaza. Me tienen incomunicado,  ni siquiera dejan que hable con los otros presos o con el personal. Me obligan a alimentarme cuando me niego, y envían a sus psicólogos para que me torturen. Dicen que estoy loco y que soy un peligro para la sociedad, que lo que hice es un crimen y que no se puede permitir que esté suelto hasta que esté “curado”.

¡Curado! Yo, que soy el único cuerdo de este país.

Reconozco, eso si, que lo que hice no está bien. Me dejé llevar por la emoción, por la excitación y por la oportunidad de retransmitir mi mensaje a todas partes. Me cegué, o quizá fueron los Poderes quienes me cegaron para perderme. Apenas recuerdo nada… el estrado al que trepé, los focos y las cámaras, los gritos del personal de seguridad. El empujón que le di al que estaba hablando en el estrado y el rugir del público. Debí tener más cuidado, eso es verdad.

¿Cómo iba a saber que se iba a romper el cuello?

¿Cómo iba a saber que era cardenal?

Pero, ¿quién son ellos para juzgarme?

Después de todo, no soy de este mundo.

Elefantes de Porcelana

Elefantes de porcelana. Había quince en la mesilla del recibidor, mirando directamente a la puerta de entrada como diminutos perros guardianes. Manuela había leído que según el Feng Shui daba buena suerte decorar la casa con elefantes, y lo había puesto en práctica enseguida. Normalmente bastaba con poner dos a la entrada, pero ella no era de los que hacían las cosas a medias, y el quince era su número de la suerte.

Cerró la puerta tras de sí en silencio, sintiendo las miradas de porcelana en la espalda, y cerró con llave desde dentro. Tres vueltas. Un ritual de toda la vida, desde que tenía llaves propias. No sabía por qué lo hacía, pero si no cumplía con él se sentía amenazada, insegura. Como si la casa fuera a venirse abajo, o una horda de ladrones fuera a entrar pistola en mano para desvalijarla. Un puñado de amuletos colgaba de un clavo bajo la mirilla: manos de Fátima marroquíes, ojos de cristal turcos, una herradura en miniatura y una pata de conejo. No había que escatimar con la seguridad.

La gente decía que era supersticiosa, pero según Manuela, solo era precavida. ¿Qué tenía de raro llevar una pulsera de lana roja de la cábala, y al cuello una estrella de cinco puntas y un cristal de cuarzo, o plantar apio en jardineras bajo las ventanas? Desde luego, daño no hacía. Era como tener el antivirus actualizado en el ordenador, o hacerse revisiones periódicas con el dentista: puede que nunca surgiera un problema, pero valía más la pena estar alerta en todo momento.

Manuela coleccionaba amuletos como otros coleccionaban recuerdos de viajes, y con la misma vocación internacional. La casa estaba dispuesta según principios chinos milenarios; se negaba a volver atrás si había olvidado algo en casa, y a rodear un obstáculo por el lado opuesto al que lo hiciera un amigo, así como a silbar, porque, según Internet, en Rusia se consideraba las tres cosas de mal augurio; repetía tres veces la palabra “conejos” (o rabbits, según le diera) al levantarse, como los ancianos ingleses, para tener suerte durante el día. Otras supersticiones eran más comunes: nadie jamás había logrado hacerla pasar bajo una escalera, la aterrorizaban los gatos negros y el número trece, y trataba la sal de mesa como si fuera explosivo plástico.

Era viernes por la noche. Luna creciente. En condiciones normales, debería estar saliendo de casa, no entrando. Preparándose para salir a tomar algo con los amigos, en lugar de encerrarse como una ermitaña. Pero esta era una noche especial, una noche clave. Primera luna creciente del mes que cae en viernes: día de limpieza en el hogar, pero no de fregonas y lejía. Había toda clase de espíritus y energías negativas sueltas por ahí, y ni todo el Feng Shui del mundo serviría de nada si la casa no estaba adecuadamente protegida.

Así que Manuela se dirigió a su habitación, vigilada por otra media decena de elefantes, para prepararse. Fuera el cinturón, los pendientes, todo elemento metálico, por mínimo que fuera. Solo se quedó con la estrella de cinco puntas de plata. Se puso un vestido de lana cruda que solo usaba para estas ocasiones, y unas zapatillas a las que había quitado los refuerzos de goma en la suela, que interferían con las energías, y cruzó el pasillo en dirección a la cocina.

Allí estaban, sobre la encimera. Cuatro vasos llenos de agua, turbia por la canela y el azúcar, en los que flotaban puñados de perejil: uno por el salón comedor, otros por el baño, la cocina y la habitación. Manuela se detuvo y emitió un suspiro profundo por entre los dientes apretados. Se le había puesto la piel de gallina. Los cuatro manojos de perejil estaban mustios, arrugados y ennegrecidos en el fondo de sus respectivos vasos. Las energías negativas estaban desatadas en la casa, a pesar de todas sus protecciones y precauciones. Frunció el ceño con gesto de determinación, como un general dispuesto a tomar por asalto un castillo inexpugnable. Aquellas fuerzas místicas no sabían con quién se enfrentaban.

Preparó un nuevo vaso, llenándolo hasta la mitad de agua mineral, con cucharadas de canela y azúcar. Por mayor seguridad, dejó caer, con un suave chapoteo, la piedra de la luna que había dejado en la repisa de la ventana tres plenilunios seguidos en previsión de algo como esto. Casi podía sentir, en el vello erizado de los brazos, cómo las energías positivas y negativas fluían a su alrededor. Finalmente, sacó manojos de perejil y ruda de la nevera y los sumergió en el vaso. Como un sacerdote con el hisopo, empezó a salpicar a su alrededor, bendiciendo la cocina, limpiándola de malas vibraciones mientras salmodiaba.

Sin bajar la vista, los ojos clavados en el techo y semicerrados, abandonó la cocina por el salón, donde esquivó hábilmente, con la facilidad que da la práctica, las mesas bajas y los sillones dispuestos en ángulos extraños, diseñados para facilitar el flujo de Chi. También aquí, plantada junto a un recipiente de bronce donde ardían varillas de incienso, asperjó los cuatro rincones entre cánticos, respirando profundamente el aire cargado de humo aromático y notando cómo hacía efecto la limpieza a su alrededor. La habitación corrió la misma suerte, desde el cabecero de la cama al interior del armario empotrado, e incluyendo las cortinas de la ventana y las ropas amontonadas en una silla.

Se sentía renovada, liberada. Respiraba mejor. Era como si una intensa presión que le ahogara el pecho y la garganta hubiese desaparecido. El nivel del vaso ya estaba muy bajo, y en el líquido flotaban restos de la ruda y el perejil casi deshojados. Pero ya estaba terminando. Abrió la puerta del baño, subió el único escalón que lo separaba del pasillo, y, súbitamente, el frío en la planta del pie, atravesando la suela, el estallido del cristal contra los azulejos, el mareo provocado por el súbito tirón de la gravedad, y el estallido blanco de porcelana, no de los elefantes, sino del lavabo.

Según el informe técnico, había sido una cañería rota. Una fuga de agua que se había acumulado en un charco justo frente a la puerta, a los pies del lavabo. Lo bastante cerca de la puerta como para pisarlo si se entraba sin mirar; lo bastante cerca del lavabo como para abrirse la cabeza con él si se resbalaba.

Mala suerte, le dijo el forense a su mujer la noche que encontraron el cuerpo. Pura mala suerte.

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Note: Based on this image by WillowRaven (check her page out!): 

art by WillowRaven

art by WillowRaven

From the desert, Dune Towers seemed almost peaceful. A reef of steel and plastic emerging from the sands, lights green, white and yellow like bio-luminescent fish. Of course, she had never seen a reef or an ocean with her own eyes. Only pictures and holos. When she was little, she used to devour them, to endlessly pester her father to buy her more. The sea seemed to her an unreal thing, impossible and fantastic. Enough water to fill a valley, a world. Fish as big as an ornithopter. To her it was fairyland, something borne out of a dream. An escape from real life.

Yes, life was hard here, in this barren rock where most fresh water had to be imported from off-world, mined and refined from the asteroid belt and dwarf, uninhabitable planets. Danakil shouldn’t be inhabited either, but its sands and rocks hoarded untold riches: gold and diamonds, uranium, boron, lead, iron, copper, semi precious stones and rock salt. Interstellar Combines set up mining colonies like Dune Towers to house workers and send minerals to the orbiting ships that would deliver them to feed the industry of who knows how many worlds.

As Amaani walked over the hot sands, the domes and spires of the mining outpost began to fill the horizon. Yes, it was beautiful, from the outside. The inside, however, was another matter altogether. A hive of scum and villainy, as someone put it once. The Combine concerned itself only with work schedules and production quotas, not with daily life, and so, most of the population was at the mercy of warlords and thugs, which monopolized the scarce supply of fresh water and the black market: prostitution, drugs, weapons and more. You could get anything in Dune Towers, yes, even holos of oceans and fish. But the price, sometimes, was too high.

 As high as shattering her entire life. As high as forcing her to do anything to get some money when her father was crippled. As high as hooking her up with drugs when she could not cope any more. There were some happy children in Dune Towers, those young enough to not know what happened around them, but there were no happy adults. Amaani was flung into this world too early, too hard. Her last memory of the mining outpost was the blank face of her dead father, the heavy, sweaty paw of the crime lord that styled himself her “owner”, and the call of the desert. She, that had always loved the unseen sea and abhorred the dusty plains of death that laid beyond the walls, now was being beckoned by the singing of the dunes and the whispers of the wind. At dawn, she ran away.

Now she was returning to the town where untold lives had been crushed and ground by poverty and toil and tyranny. Where untold souls had been turned from light and hope to despair and darkness. She was very close now. The ornithopters orbited around the city, ferrying ores and personnel between Dune Towers and other outposts. One of them hovered over here, the wind of its wings pulling at her wild hair and skirt. Security. A loudspeaker shouted something, but she ignored it.

Three years in the desert. Three years among the sands and the snakes, listening to the voice of the great empty spaces, staring into the pure, unfiltered light of the sun. Three years purifying herself of sin, impurity and madness, cleansing her soul of despair. Now she was ready. Now, as the cameras and guns over the blast doors of the colony trained on her, as the shouting from the ornithopter increased, she was returning home. She was not alone. The spirit of the desert was with her, the power of the word heard in the deepest solitude.

Amaani advanced towards the gates, alone and fragile against the bulk of the enclosed city, almost naked in front of the voracious muzzles trained on her body. She smiled. I am here to save you. To cleanse you.

The doors opened with a loud rumble, letting in wind and sand. The desert. Purification.

 Amaani returned to Dune Towers.