Restauración

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Fuente: Times of Israel

El transporte se bamboleaba, esquivando las columnas de humo que se elevaban de los edificios bombardeados y las barricadas que ardían en las plazas. Los combates habían terminado solo unas horas antes, y el alto mando revolucionario aún no había levantado la condición naranja, ya que podían quedar reductos de paramilitares de Acción de Vanguardia atrincherados en edificios de viviendas o de oficinas, esperando la oportunidad para tender una emboscada a las fuerzas de liberación. Al otro lado del río las operaciones continuaban; corrían rumores de que una columna blindada había sido detenida en la autopista elevada que daba acceso a los barrios ricos, tras cuyas murallas el ejército de la Alianza se había hecho fuerte ante el avance de los revolucionarios. Un transbordador había intentado evacuar a un grupo de oligarcas hacia la órbita, pero sus escoltas habían sido derribados y la aviación revolucionaria lo había obligado a tomar tierra en el astropuerto, donde sus pasajeros fueron hechos prisioneros.

Marco, con la carabina entre las rodillas, echó un vistazo por la ventana hacia las calles, allá abajo. Puntos de control en los cruces ondeando la bandera roja junto a las de las unidades y milicias, patrullas a pie de soldados de las Ejército Popular Revolucionario escoltando a equipos de relaciones humanas que abordaban a los ciudadanos confusos y asustados que empezaban a salir a la calle tras el fin de los combates y se interesaban por sus necesidades y el estado de sus viviendas y familias. A veces les daban suministros o medicinas, pero los furgones tenían una capacidad limitada; a la mayoría los dirigían hacia los centros de ayuda humanitaria que las fuerzas revolucionarias iban estableciendo a medida que avanzaba el frente.

Las pantallas gigantes que de ordinario decoraban las fachadas y las plazas estaban en su mayor parte apagadas o rotas; las supervivientes ya no mostraban la propaganda de la Alianza por la Libertad, sino mensajes revolucionarios: vídeos que revelaban las atrocidades de la Alianza, la pobreza, la explotación, el lujo de los oligarcas, la destrucción del medio ambiente, seguidos por los proyectos del Consejo Revolucionario y su desarrollo en las zonas liberadas. Marco sabía que había equipos de diseñadores y artistas trabajando en turnos, produciendo los impactantes carteles revolucionarios que mostraban las pantallas: puños alzados, estrellas rojas, bravos soldados enfrentándose a monstruos que portaban los emblemas de la Alianza y de Acción de Vanguardia. Los eslóganes aparecían en grandes bloques de letras doradas: “vientos del pueblo”; “rompiendo cadenas”; “a las barricadas”; “obrero, ¡despierta!”; “la tiranía se combate con cultura”; “ahora comienza la vida”; “¡Venceremos!”. Muchos eran fragmentos de los poemas y canciones revolucionarias que empezaban a emitir los altavoces, que, a diferencia de la neolengua artificial y formulaica que fomentaba la Alianza, estaban compuestos en las cuatro o cinco lenguas distintas que se hablaban en la región.

El transporte inició el descenso hacia una plaza frente a un enorme edificio cúbico, cuya fachada neoclásica contrastaba con el austero brutalismo de los bloques de viviendas que lo rodeaban, donde malvivía la gente pagando alquileres abusivos. Alguien había colgado una enorme bandera roja del Consejo Revolucionario Democrático del arquitrabe, mientras dos obreros suspendidos por arneses desprendían el enorme logo de bronce de Vita Nova que presidía el tímpano. El patio era una confusión de palés de suministros, cajas apiladas, vehículos y mensajeros que corrían de un lado para otro. Cuando el transporte se posó con un silbido, emitiendo nubes de vapor desde los motores, uno de los mensajeros se detuvo en su carrera, echó un vistazo al número de serie pintado junto a la cabina, y volvió a entrar en el edificio al trote, pasando entre los guardias armados de la puerta.

Marco y sus compañeros bajaron por la rampa, echándose las carabinas al hombro y con los cascos colgados del pecho, ya que no se esperaban combates. Aquella zona estaba prácticamente asegurada; de lo contrario ellos, que no eran soldados de primera línea, no estarían allí.  El piloto y el copiloto cerraron la cabina de un portazo y se fueron hacia la cantina que se había instalado, bajo un toldo, en un extremo de la plaza, en busca de un café o un bocadillo, mientras los pasajeros rodeaban el vehículo y se dirigían hacia la escalinata del antiguo edificio de Vita Nova. Allí alguien salió a recibirlos.

Era una mujer, no demasiado alta, con la mandíbula apretada y las mejillas marcadas por la tensión continua de la guerra. Vestía como una miliciana: mono azul abierto hasta la cintura, camiseta roja, pañuelo rojo en la cabeza, bajo el que asomaban mechones y una coleta de color castaño claro, y correaje de cuero sintético negro, con una pistola en la cadera y un fusil al hombro. Había poco que la distinguiera de Marco y los suyos, excepto por el armamento y la estrella roja de tres puntas que llevaba prendida en el pecho del mono. La acompañaban dos escoltas con subfusiles, vestidos de manera similar. La mujer le tendió la mano a Marco en cuanto llegó a su altura.

– Rosa Moret, comandante de la Brigada de Acero. Estos son Carlos y Alicia. Bienvenidos, camaradas.

– Marco Vega. Soy el jefe de la sección. Mis compañeros Lucía, Julia, Cosme y Fran. ¿Qué tenemos?

Moret les indicó que la siguieran y entraron en la cavernosa recepción del edificio, recién liberado de la poderosa corporación Vita Nova, que ofrecía toda clase de servicios de biotecnología y medicina a lo largo y ancho del espacio de la Alianza. No era la primera vez que Marco y los suyos se encontraban con uno de esos edificios, a los que se referían como “carnicerías”. Aunque la propaganda de la empresa, que aún les asaltaba desde las paredes aunque ya la estaban retirando, lo vestía todo de palabras bonitas como libre elección, altruismo, bioautonomía y autodesarrollo, lo cierto es que solo ofrecían dos tipos de servicios: los que facilitaban y mejoraban la vida de los ricos, y los que convertían a los pobres en máquinas de carne al servicio de los primeros.

– Es una instalación grande, bastante completa- decía Rosa-. Ya hemos enviado a un centro de acogida a unos veinte clones entre tres y dieciocho años. Los de servicios médicos están procesando a varias docenas de mujeres que tenían en la granja de gestación subrogada y en la de lactancia. Parece que estaban probando un nuevo régimen de hormonas para incrementar la producción, así que aún no sabemos si tendrán secuelas ni cuánto tiempo tendrán que estar en tratamiento.

– Desgraciados. Cuando uno piensa que no pueden dar más asco…

– Ya. Aún estoy esperando por los equipos de psicólogos, pero tienen demasiado trabajo en los centros de ayuda humanitaria. Mientras tanto hacemos lo que podemos.

Habían llegado a un gran vestíbulo que abarcaba toda la altura del edificio, rodeado de balconadas y escaleras que abrazaban los tres montacargas que ocupaban la columna central. Había sillas de plástico repartidas en hileras, orientadas hacia las pantallas que debían indicar el turno, pero ahora solo mostraban carteles revolucionarios. La comandante los guió hacia las escaleras que llevaban al primer piso.

– ¿Y lo nuestro?

– También es bastante grande. Tienen toda un ala dedicada a Fulgor Vitae, al menos un centenar de personas. De momento ya han pasado la revisión médica básica y parece que están bien, pero hay que intervenir antes de que en Fulgor lo den todo por perdido y empiecen a darle al interruptor.

La escalera les llevó hacia una puerta marcada con el logo de Fulgor Vitae, combinación del de Vita Nova y el gigante tecnológico Fulgor. Aquel proyecto, inicialmente secreto, llevaba al menos veinte años en marcha, y su revelación había sido uno de los detonantes principales de la revolución. Una parte considerable de los esfuerzos de agitprop del Consejo Revolucionario en territorio de la Alianza se dedicaba a exponer la realidad del programa y a disuadir a la población de participar. En consecuencia, Vita Nova y Fulgor eran dos de los principales enemigos de la revolución, y cada año invertían cantidades obscenas de dinero no solo en propaganda contrarrevolucionaria sino también en armar a los grupos de Acción de Vanguardia y financiar a terroristas en las zonas liberadas.

– No te preocupes – dijo Marco -. A menos que hayan mejorado mucho la encriptación y los protocolos de seguridad solo tardaremos unos minutos con cada uno.

– Ya estamos aquí.

Atravesaron una puerta para entrar en una sala enorme, ocupada por hilera tras hilera de literas con taquillas incorporadas. Algunas habían sido apoyadas contra las paredes para crear espacios nuevos, donde se habían colocado sillas y mesas dispares, seguramente rescatadas de otras partes del edificio o de las tiendas de campaña de los oficiales de la brigada. Los “activos” de Fulgor Vitae sentados a su alrededor comían y bebían o jugaban a juegos de mesa, mientras otros leían en las literas o conversaban. Durante la etapa anterior, Marco lo sabía porque había visitado muchos de aquellos centros, no se les permitía prácticamente nada. Cuando no estaban trabajando estaban durmiendo o disfrutando de su escaso tiempo libre en la propia litera. Comían en refectorios comunales, hacían ejercicio por grupos en el gimnasio de la empresa, consumían solo su propaganda audiovisual disfrazada de entretenimiento y no disponían siquiera de un rincón en el que reunirse a conversar sin supervisión.

No hacía falta más que mirarlos para saber que la mayoría eran inmigrantes. Algunos de otras zonas del planeta, pero Fulgor Vitae los prefería extraplanetarios, e incluso llegaba a trasladarlos de un mundo a otro a la fuerza. Así estaban aislados de cualquier base social y no podían escapar, sencillamente porque no tenían a dónde ir. Muchos de ellos ni siquiera chapurreaban los idiomas locales, aunque la compañía se aseguraba de que conocieran las órdenes básicas en neolengua, lo suficiente para trabajar y poco más.

– Hemos instalado el puesto en la antigua enfermería – iba diciendo Rosa-. Si necesitas algo díselo a Marta, es la responsable de la planta.

Marta les esperaba al final del dormitorio junto con dos personas más, todas vestidas de milicianos, pero con el emblema de Seguridad en el pecho. Hechas las presentaciones, y tras indicarles dónde estaba de su despacho, les abrió la puerta de la enfermería, anexa al dormitorio principal, donde los médicos de Vita Nova habían llevado un seguimiento de los trabajadores hasta la llegada de los revolucionarios.

El equipo de Marco ocupó sus posiciones con eficiencia y rapidez. Tampoco necesitaban mucho: solo una mesa y una silla cada uno, una fuente de energía auxiliar y espacio para que los pacientes esperaran su turno. Le gustó el detalle de que hubieran situado una camilla junto a cada mesa, para facilitar la comodidad de los pacientes en lugar de hacer que se sentaran. Cada espacio de trabajo estaba oculto por un biombo, y había jarras con agua y vasos en cada mesa. Rosa les dejó unos minutos para familiarizarse con el lugar antes de ponerle una mano en el hombro a Marco.

– Te voy a dejar con lo tuyo, que aún tengo muchísimo trabajo aquí. El Comité de Operaciones quiere empezar con las expropiaciones inmediatamente, antes de que los oligarcas empiecen a vaciar las cuentas, y todavía no tenemos ni siquiera una lista de todas las industrias, empresas, filiales y demás que tienen aquí las corporaciones.

– Claro, no te preocupes. Nosotros de momento no necesitamos nada más. Bueno, una cosa, ¿se sabe algo de la distribución de las propiedades liberadas? Nos prometieron un local para poder trabajar tranquilos en la fase de limpieza de redes.

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Fuente: upstatebusinessjournal.com

Siempre pasaba igual después de liberar una ciudad: Fulgor, que producía la mayor parte de la electrónica doméstica y de las infraestructuras y su software, comenzaba a explotar puertas traseras y otros agujeros de seguridad para espiar a los revolucionarios a través de las cámaras y micrófonos embebidos en los dispositivos de los civiles, bloquear los anuncios y agitprop revolucionarios, introducir virus en los sistemas, o simplemente desactivarlos. Había habido más de un incidente grave en las primeras fases de la revolución, cuando las plantas de energía dejaban de funcionar de un día para otro, las señales de tráfico se volvían locas, o las compuertas de una presa se abrían solas. Los equipos informáticos como el de Marco tenían que dedicar semanas cada vez a cerrar las puertas traseras, bloquear el acceso remoto y construir redes alternativas; cada vez que desarrollaban un protocolo eficaz, el enemigo descubría otra forma de introducirse en las redes seguras.

– El subcomité presentará el informe preliminar mañana al Comité para que lo apruebe. No sé detalles, pero me imagino que lo de siempre. Los edificios con valor artístico serán convertidos en bibliotecas, museos y centros sociales y culturales, las oficinas pasarán al Gobierno provisional revolucionario, y las viviendas de los oligarcas serán divididas en apartamentos para alojar a los desplazados o los que vivieran en condiciones indignas antes de la liberación. Con suerte podremos encontrar un espacio para el equipo en uno de los almacenes de las corporaciones o en sus oficinas.

– ¿Conoces a alguien en el subcomité?

– Sí, ¿quieres que hable con ellos a ver si lo han tenido en cuenta?

– Te lo agradecería, la verdad. Necesitamos buenas conexiones de red, energía segura que no se nos vaya a caer, y montones de agua y barritas energéticas.

– Veré lo que puedo hacer.

– Gracias, comandante. Hasta luego.

– Hasta luego, camarada.

Marco dejó la carabina apoyada en la silla, donde no sería visible desde la camilla, y sacó de su petate los cables y conectores que iba a necesitar para su trabajo. Como sus compañeros, no llevaba camiseta bajo el mono; uno de los cables iba de la fuente de energía auxiliar a un puerto situado en su plexo solar, y otro, conectado a su torso justo encima del ombligo, terminaba en un adaptador del que salía un manojo de cables marcados con anillas de diferentes colores. A los de Seguridad no les costó más que unos minutos organizar a los trabajadores en cinco grupos y empezar a hacerlos pasar.

El primer paciente no debía tener más de quince años, y solo se pudo entender con él en neolengua. Hizo una anotación mental para recordar que debía solicitar al Comité de Operaciones que les proporcionaran intérpretes para este tipo de misiones. Cuanto antes erradicaran la maldita neolengua mejor. El chico estaba flaco y ojeroso, y cuando se levantó la camiseta Marco pudo contarle las costillas. Insertó los cables en los puertos de plástico negro que le salpicaban el torso y esperó mientras sentía cómo su percepción se expandía y las ventanas de estado de conexión empezaban a aparecer ante sus ojos.

El chico estaba prácticamente hueco. Corazón, hígado, bazo, uno de los pulmones, los dos riñones y parte del intestino delgado eran todos artificiales, reproducciones baratas que Fulgor les daba para reemplazar los órganos que le vendían a Vita Nova para que se los implantara a oligarcas y ricachones cuyos cuerpos empezaban a fallar por los excesos. Un detalle que no sabían hasta que salían de quirófano era que el dinero de la venta iría casi íntegro a pagar los reemplazos, y eso aún no cubría las licencias de uso, las actualizaciones y el mantenimiento del software.

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Fuente: Vladislav Ociacia en artstation.com

Para pagar eso estaban allí, esclavizados durante años: Fulgor les “conseguía” trabajos con Ergon, la megacorporación que afirmaba no ser más que una plataforma que ponía en contacto a ciudadanos y empresas con trabajadores autónomos, a los que, en concepto de gastos y comisiones, solo dejaba con unas migajas de sus míseros sueldos, de donde aún debían pagar impuestos y la “deuda” contraída con Fulgor, además del alojamiento, la asistencia médica y la comida. A fin de mes no solo no les quedaba nada, sino que a menudo aumentaba su deuda.

– ¿Dónde pasióndevida? – preguntó en neolengua mientras le servía un vaso de agua; odiaba la palabra para “trabajo”, sobre todo por la hipocresía, especialmente viniendo de un idioma cuyos promotores en la Fundación Sofia Felix, vendían como “científico, objetivo, neutral y técnico”.

– Cendistrib. Siete a nueve.

Un centro de distribución, una planta logística. Tenían a aquel chico flacucho cargando cajas de mercancía, seguramente a pulso o con ayuda de algún instrumento rudimentario, catorce horas al día, alimentándolo con bazofia barata y exprimiéndole incluso el poco dinero que le pagaban. Marco sintió la bilis subir por la garganta, pero se controló. Tenía un trabajo que hacer, y tenía que hacerlo ya.

Los órganos artificiales parecía que funcionaban bien, al menos todo lo bien que podían funcionar aquellas copias baratas impresas en 3D con materiales de segunda fila. Por eso no se las ponían a los oligarcas: estos preferían órganos frescos y jóvenes, sabiendo que la terapia genética evitaría el rechazo, en lugar de quedar vinculados de por vida a Fulgor, que retenía el control del software y el mantenimiento. Ningún ricachón iba a ir a actualizar la programación de su nuevo hígado a una oficina de Fulgor Vitae; eso era para pobres. Ellos se implantaban uno nuevo, lo destruían en poco tiempo, y compraban otro. Los mejor situados encargaban un clon entero para hacerse una renovación completa cada veinte años sin necesidad de terapia de compatibilidad. Marco recordó a los jóvenes que ya estaban en casas de acogida; el movimiento de liberación de los clones, que solo en espacio revolucionario tenían derechos humanos y eran considerados personas, era uno de los principales componentes de las Fuerzas Revolucionarias Democráticas.

Una vez comprobado el estado general de los órganos artificiales llegaba la parte delicada. Marco accedió al código de regía su funcionamiento y comenzó a cargar sus propias herramientas informáticas: buscadores, sondas, programas de bloqueo, de reparación y de corrección. La primera tarea era cerrar todas las posibles conexiones externas de los órganos y sus puertas traseras, para evitar que Fulgor las utilizara. Como hacían con las infraestructuras y la electrónica, no era raro que introdujeran actualizaciones destructivas o directamente desactivaran los órganos artificiales de los esclavos “para proteger sus activos y propiedad intelectual”. A Marco se le había muerto más de uno en medio del proceso, cuando su corazón se paraba sin previo aviso o su intestino dejaba de procesar los alimentos y empezaba a contaminar a propósito el flujo sanguíneo.

Había que conseguir que los órganos siguieran funcionando, pero sin permitir el acceso desde el exterior, al menos hasta que los cibernéticos de las Fuerzas Revolucionarias pudieran desarrollar e implantar nuevos reemplazos libres de malware. Mientras iba limpiando el código con el mismo cuidado con el que un restaurador raspaba el hollín de un cuadro, Marco pensó que era lo mismo que estaban haciendo con la sociedad: expulsar a los elementos destructivos que, por puro despecho, estaban dispuestos a destruirlo todo si no podían salirse con la suya, y restaurar el resto  para mantenerlo en funcionamiento como mejor podían mientras construían algo mejor.

No iba a tardar más de cinco minutos con el chico, pero la tarea de la revolución iba a durar décadas.

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Mascotas

Nota: Este relato fue mi propuesta para la antología Terra Nova vol. 2; me comentan que les ha gustado, pero no le ven encaje en la antología, así aquí lo tienen. 

 

El trueno de tacones de veinte centímetros sacudió la suite entera, resonando en los escalones como una descarga de artillería, a pesar de que quien los llevaba, la famosa Angela Carmini, no debía pesar cincuenta kilos. Un auténtico ejército de asistentes, técnicos, asesores y empleados se volvía hacia ella a medida que bajaba, como un campo de girasoles cuando sale el sol. Parada en el último escalón, elevada sobre los tacones como un pedestal, con el pelo negro, lustroso, que siempre parecía salido de un anuncio y aquel gesto elegante que le caracterizaba, la barbilla imperiosamente alta, se dirigió a sus adoradores:

–       ¡No tengo nada que ponerme! ¿¡Dónde están los de vestuario?! ¡Mi vestido! ¿Por qué no ha llegado! ¡Jean!

La voz de la celebridad internacional, famosa a los quince años por ser hija de un magnate financiero, a los dieciséis por un escándalo con un actor de Lagos, y aproximándose ya a la senectud de los veintidós, sonaba como cristal siendo destrozado en una batidora. Ante los gritos, todos los presentes agacharon la cabeza y trataron de volver a sus tareas sin cruzar la mirada con sus ojos oscuros, que podían condenarlos al destierro del paro por mero capricho. Solo uno, un joven rapado con la calva llena de tatuajes japoneses y camisa transparente, se acercó a la carrera con una tableta flexible entre las manos.

–       Aquí estoy, cariño, aquí estoy.

–       ¿Por qué no ha llegado mi vestido, Jean?- escupió Angela, asesinándolo con los ojos-. ¡La cena es esta noche!

Jean sonrió nerviosamente, tratando de no limpiarse la cara de la saliva con la que Angela lo había duchado; había visto a gente caer por eso. “Esta noche”, pensó para sí. La cena es en una hora, pero esta niñata es incapaz de recordar algo tan sencillo si no hay alguien con una agenda a su lado.

–       Bueno, nos acaban de llamar hace un momento. Arianna dice que no te enviará más vestidos.

–       ¿¡Qué?!- lo agarró por los hombros violentamente, clavándole las uñas de polímero sintético en la camisa y la piel, hasta hacer brotar la sangre-, ¿por qué no?

El asistente personal trató de mantener la compostura. Las uñas habían sido idea de un fan especialmente creativo, en la época en que Angela se enzarzaba casi semanalmente en peleas con Helena Lion en las que las dos acababan en comisaría. Se habían financiado a toda velocidad, y en la última pelea (algo sobre los favores de un modelo de ropa interior sudafricano) Helena había terminado con cicatrices que necesitaron cirugía. Por suerte para ella, sus fans eran de gatillo fácil con la tarjeta de crédito; por eso Angela la odiaba tanto.

–       Esta mañana el vídeo que subimos el jueves alcanzó el millón de visitas, y supongo que les habrá llegado.

Ella se lo quedó mirando como si le estuviese hablando en arameo antiguo. Aquellos ojos oscuros, casi siempre entrecerrados con odio, desprecio o malicia, estaban abiertos como faros, como los de un niño pequeño al que se le intenta explicar lo que es el bien y el mal.

–       ¿Y qué…?

Jean le pasó el brazo por los hombros desnudos y la hizo bajar de la escalera. Con los tacones, era casi tan alta como él, y había que reconocer que sabía moverse con ellos. Los técnicos y asistentes se apartaban a su paso, dejándoles vía libre hasta un enorme sofá neobarroco construido con fibra de carbono dorada y tapicería verde neón que repelía la suciedad. Jean la hizo sentar, casi tumbada, y ocupó su lugar habitual en el reposabrazos.

–       Cariño, Arianna es una marca con prestigio. Les gusta pensar que son elegantes y refinados. El vídeo…

–       ¿Qué pasa con él?

–       No les gusta que su última creación para fiestas elegantes termine empapado en vómito y mezcal y alrededor de tus caderas después de cuatro días de juerga. Vete a saber por qué.

Ella nunca entendía sus ironías. Todos estos famosos por ser famosos, una auténtica plaga que había terminado con los verdaderos profesionales hacía casi dos décadas, eran poco más que niños mal criados o mascotas a las que había que alimentar y cuidar. Ninguno tenía capacidad para pensar más allá de lo evidente.

–          ¡Pero me habían prometido un vestido! ¡No me pueden prohibir usar su ropa!

–          Dicen que puedes comprar cuanto quieras, pero no van a regalarte nada más, ni a promocionarte. Lo siento, amor.

–          ¡Pero ellos ya saben quién soy! ¡La gente me quiere, es publicidad gratis, es…!

–          ¡Jean!

Había llegado su salvadora, lista para interrumpir la rabieta. Silvia, otra de las asistentes, que trotaba hacia él, con la cola de caballo saltando sobre su espalda y el piercing de neón de la nariz pulsando en rosa y blanco cada vez que respiraba. Acercó una butaca del mismo estilo que el sillón y se sentó con la tableta sobre una rodilla.

–          Acabamos de cerrar el crowdfunding para el vestido de Villon. Siete mil euros, así que nos sobran mil para el conjunto de lencería a juego. ¿Apruebo la compra?

–          ¡Sí!- saltó Angela, resbalando en la superficie sin fricción del sofá-. ¿Cuándo puede estar aquí?

–          Nos envían las bobinas de tejido por mensajero, garantizan media hora. El patrón se descarga en cuanto autorice la compra, así que en cuanto empiece a trabajar la impresora… digamos otra hora y media.

Angela miró a Jean como un cachorrito confuso ante los sonidos extraños que salen de la boca del amo.

–          No da tiempo. La fiesta es en una hora. Autorízalo y lo usaremos para la de mañana como estaba planeado.

–          Pero yo lo quiero hoy… ¿qué me pondré hoy?

–          Silvia, ve a buscar a Sofía y que prepare dos alternativas – ordenó Jean-. Que combine patrones viejos para que parezca algo nuevo. Luego me haces una encuesta exprés, no más de media hora. Di que Angela publicará un vídeo personalizado para todos los que voten, así se darán prisa.

–          Y di que es porque en Arianna nos han dejado en la estacada en el último momento.

Silvia miró a Jean de reojo, pero este negó con la cabeza sutilmente. La mujer se levantó llevándose la mano al auricular y trotó de nuevo hacia el fondo de la sala.

–          ¿Sofía? Esto es urgente, deja lo que estés haciendo…

–          ¡Jean! ¡Tenemos un problema!

–            ¿Qué pasa ahora?- el asistente personal se levantó del sofá para encararse con un hombre joven que leía algo en una pantalla plegada para no ser más grande que la palma de su mano. Se sentó en la butaca que había dejado libre Silvia, con las rastas entreveradas de neón ondeando a su alrededor como la corona de una anémona.

–          Están llegando las encuestas sobre el nuevo novio de Angela.

–          ¿Y qué problema hay?

–          ¿Quién es, quién es?- intervino ella, inclinándose para mirar la pantalla-, ¿es Kalid?

–          Es Yoshiro, pero cuando me he puesto en contacto con su representante…

–          ¿Qué?- Angela frunció el ceño, descontenta no solo de que su público hubiese escogido a su segunda opción, sino de que además hubiera problemas.

–          Parece que sus encuestas van por otro camino, y además con bastante ventaja.

–          Suéltalo ya, Namond, ¿quieres? Tenemos muchas cosas que hacer.

Namond echó una mirada de reojo a su jefa, tumbada en el sofá y medio desnuda, cuestionando mentalmente las prisas de Jean, pero se mordió la lengua. Carraspeó.

–          Bien, resulta que los fans de Yoshiro prefieren que salga con… – tragó saliva, evitando mirar a Angela, cuya cara se agriaba por momentos, y que estaba empezando a arañar la tapicería con aquellas uñas afiladas-, con Kalid.

–          ¿¡Qué?! ¿Y qué tiene ese que no tenga yo? ¡¿Será hijo de…?!

–          Parece que los vieron juntos la otra noche en Veracruz, alguien empezó el rumor, una cosa llevó a la otra…

–          Pero, ¿a ellos les gustan los hombres? – preguntó Jean.

Angela seguía rabiando y despotricando, retorciéndose en el sofá como una serpiente que hubiese mordido un cable de alta tensión, pero ninguno de los dos le hacía el menor caso. Namond se encogió de hombros.

–          A ellos les gusta lo que diga su público, como a toda esta gente. Pero parece que Yoshiro se ha pillado un berrinche como… – señaló a Angela con la cabeza, haciendo saltar las rastas-. Dice Sadako que están negociando para “filtrar” un vídeo de los dos en un hotel de Veracruz.

–          Pues tendremos que buscarle otra pareja a Angela. Ponte en contacto con los representantes a ver quién está libre, o a quién le interesa una ruptura escandalosa.

–          Voy – Namond se detuvo un momento, sonriendo de medio lado-. ¿Puedo sugerir Helena Lion?

–          No- la expresión de Jean era severa, pero había diversión tras sus ojos- Sabes que se odian y lo haces solo porque quieres ver ese vídeo “filtrado”- le dio una palmada en el hombro-. Largo de aquí y a trabajar.

Namond se retiró riendo a carcajadas, perdiéndose entre la nube de técnicos y personal que atestaba la suite, mientras Angela seguía rabiando en su sofá. Ahora estaba llorando y mordiéndose los puños. Jean se sentó junto a ella y la abrazó para consolarla, como a un niño pequeño.

–          Vamos, vamos, cariño, ya pasó. Te encontraremos otro, no pasa nada. Podemos sacar provecho de esto.

Ella lo miró con los ojos enrojecidos y el labio temblando, aferrándole el brazo con las uñas. Jean apretó los dientes mientras trataba de sonreír. Iba a tener que tirar la camisa, que le había costado dos mil euros en Shanghái.

–          Voy a llamar a Sadako, creo que Yoshiro también está en Roma hoy. Haremos que vaya a la fiesta y que te diga lo de Kalid, tendréis una pelea, lo grabaremos y esta semana estarás la primera en las clasificaciones. ¿De acuerdo?

Angela rezongó, remolona, sorbiendo fuertemente por la nariz y apartando la vista.

–          Mírame. Tenemos que hacerlo hoy. ¿Estás lista? ¿Puedes hacerlo, Angela?

–          Sí… – se recompuso un poco, aunque seguía temblándole, hinchada, la vena de la frente- Sí, creo que sí. Se va a enterar ese…

–          Ssshhh, ahora no, amor. Guárdalo para cuando lo tengas delante, ¿vale? Ahora voy a llamar a Jing para que te ponga guapa para la fiesta, ¿de acuerdo?

Ella asintió con la cabeza, y Jean hizo un gesto a la maquilladora, que rondaba por allí desde hacía un rato con su equipo en las manos y mirando nerviosamente el reloj. Cuando se acercó, le puso la mano en el hueco del codo para susurrarle al oído:

–          Dale el cóctel de pastillas de siempre para que se tranquilice. Luego ya le daremos otras para ponerla en marcha.

Dejó a Angela allí, tirada lánguidamente en el sillón mientras Jing se sentaba a su lado, y cruzó la suite en dirección a una mesa de aerogel donde cuatro técnicos estaban sentados con ordenadores de verdad, portátiles con teclado y ratón en lugar de tabletas flexibles. Le escocían las heridas de los hombros y el brazo, así que se quitó la camisa y se la tiró a un asistente.

–          ¡Tráeme otra y tira esta!- cubrió los últimos tres pasos hacia la mesa-. ¿Qué tenemos?

Uno de los técnicos, una mujer rubia con lentillas rosa, levantó la vista de la pantalla al verlo llegar.

–          Están terminando las encuestas de apariencia personal. Quedan cinco minutos, pero está bastante claro la que va a ganar.

Jean se acercó una silla de despacho y se sentó junto a ella.

–          Cuéntame.

–          De momento va un 65% por el aumento de labios, y unos tres mil quinientos euros recaudados. Pero…

–          Siempre hay un pero – suspiró Jean.

–          Siempre- sonrió la mujer-. La mayoría de los votos por los labios son de donantes casuales. La segunda opción, extensiones de pelo hasta el culo, tiene un 30%, pero de ellos más de la mitad son inversores estables. Por cierto, casi nadie quiere que se tiña. El pelirrojo tiene un 1% de votos, y el rubio un cero.

–          ¿Cuánto tienen recaudadas las extensiones?

–          Lo mismo que el aumento de labios. Los donantes casuales son más, pero invierten menos. Los de toda la vida están poniendo hasta cien y doscientos euros por cabeza.

–          Perfecto. Cuando cierres, anuncia que nos quedamos con las dos cosas y vamos a hacer un desempate con tres opciones: labios y extensiones, solo labios y solo extensiones. ¡Louis!

–          ¿Sí?- otro de los que estaban con los portátiles levantó la cabeza.

–          Quiero fotos manipuladas mostrando las tres opciones para esta tarde. A ver qué opina la gente una vez vean cómo queda cada cosa.

–          ¿Pongo crowdfunding?- preguntó la mujer de los ojos rosa.

–          No, habría que justificarlo y no se me ocurre ninguna forma de que cuele. Además ya con los siete mil nos apañamos.

–          ¿Y no le preguntamos a Angela?- preguntó un tercer técnico, levantando la vista de su pantalla.

Se hizo un momento de silencio. Todos se lo quedaron mirando como si estuviera loco y luego, lentamente, sin abrir la boca, volvieron a su trabajo. Jean se volvió a la cuarta ocupante de la mesa, mientras le traían una camisa nueva, con un patrón de olas basado en Hokusai.

–          ¿Cómo están las clasificaciones esta semana?

–          No muy bien- la mujer torció el gesto-. Angela es del 2013, ¿no? Este año cumple veintidós.

–          Sí, en Noviembre. Ya estamos recaudando dinero para la fiesta.

–          No esperes recaudar demasiado. Mira, por lo que al público respecta, ya es casi una vieja bruja- giró la pantalla del portátil para mostrarle una gráfica que relacionaba edad y popularidad desde 2020-. ¿Ves ahí a alguien mayor de veinticinco?

–          Aún le quedan tres años – Jean se removió, nervioso, viendo peligrar su modo de vida-. Quizá más, si podemos…

–          Es complicado. Seamos francos, por muchas películas y vídeos musicales que haga, Angela no es ni actriz, ni cantante, ni modelo. Ni nada en particular. Hace décadas que no hay verdaderos profesionales, excepto en escenas independientes.

–          Ahórrame la clase de historia – gruñó el otro, de mal humor-. Ve al grano.

–          Hay dos formas de que continúe siendo famosa después de los veinticinco- unió las puntas de los dedos frente al rostro, pensativa-. O le descubrimos de pronto algún talento espectacular y la convertimos en una estrella de verdad, cosa que no va a pasar. O damos un cambio radical.

Jean se acomodó en la silla, interesado. Nadie iba a ser capaz de sacar una actuación decente o una canción de Angela, Helena Lion, Yoshiro, Kalid o ninguno de ellos, pero lo del cambio radical tenía posibilidades.

–          ¿Qué tipo de cambio?

–          Estadísticamente, se pueden arañar dos o tres años más de fama si… si tiene un hijo.

Jean hizo una mueca, como si hubiese olido comida en mal estado.

–          No le va a gustar. No le va a gustar nada. Además, ¿esperas que se ocupe de un niño? Una vez le regalaron un cactus y lo mató en tres días. Un cactus.

–          Haría falta un equipo para eso, claro. El mayor problema es el intervalo entre el momento en que el niño deje de ser mono y se convierta en un pequeño monstruo, digamos los cuatro o cinco años, y el momento en que haya crecido lo bastante para meterlo en el juego.

–          Son diez años de intervalo. Sin fama, sin crowdfunding, sin nada.

Ella asintió con la cabeza, gravemente.

–          Y si Angela se mantiene bien, podemos recuperarla como famosa de segunda o tercera fila, “la madre de”, ya sabes. Si es una hija mejor, así que habría que ir hablando con las clínicas de reproducción para escoger las características del feto.

A Jean le cruzó por la mente la imagen de un tipo que había conocido una vez, en un bar de Málaga. Criaba mascotas modificadas genéticamente, a gusto del consumidor, y tenía varios “modelos” preparados según las últimas tendencias. Perros con el pelo púrpura, gatos fosforescentes sin uñas, cosas así. No todos los vendía: algunos los llevaba a concursos donde el público votaba electrónicamente. El modo en que hablaba de la crianza y el cuidado de los animales, de modificar las crías antes de su nacimiento, y de lo que el público exigía le recordaba mucho a su trabajo actual.

–          Mantenerse bien diez años es caro, Paula. Y sin fama…

–          Es lo que hay- Paula se encogió de hombros-. Quizás si se reconcilia con el viejo y él le vuelve a abrir el grifo se pueda tirar para adelante un par de años.

–          Hablaré con el representante del señor Carmini. A lo mejor podemos hacer un gran espectáculo de eso cuando cumpla los veinticinco, estirar un poco más la fama y al final anunciar el embarazo.

–          Podría funcionar, sí. Pero te recomiendo que no lo hagas justo al cumplirlos, o se va a notar mucho. De hecho, mira esto.

Manipuló algo en el teclado, y una ventana ocupó la pantalla. Era una publicación demicroblogging, apenas cincuenta caracteres: “@AngelaC desesperada buscando vestido, se lo habrá negado @Arianna tras el vídeo de ayer?”. Jean se mordió el labio, furioso.

–          Se están haciendo cada vez más listos.

–          Mira, Jean- Paula se pasó la mano por el pelo, pensativa-. Nos gusta creer que gente tan superficial como para invertir dinero en la chorradas de nuestros clientes son igual de imbéciles que ellos, pero no es así. A su modo, en sus cosas, son tan inteligentes como tú y como yo, y no se dejan engañar tan fácilmente. Hay que tratarlos con cuidado, o todo este negocio se irá a la mierda y tú y yo acabaremos en la calle.

–          Ya lo veo. ¿Hay alguna manera de salir de esta?

–          Aparte de lo del hijo, solo se me ocurre una.

–          Te escucho.

–          Seguir la ruta de la gente de Dafne Coulson el año pasado. Cuando deje de ser un ídolo y se convierta en un hazmerreír, sacar todo lo que tenemos. Todos los vídeos caseros, los datos sórdidos, las rabietas, las cosas humillantes… más humillantes de lo que publicamos normalmente, quiero decir.

–          Coulson no duró mucho en el negocio después de eso.

Paula le clavó los ojos, negando con la cabeza como si estuviera hablando con un niño idiota.

–          Coulson ya estaba acabada. Pero su equipo se embolsó millones y ahora están viviendo muy bien en Acapulco y en Bali. Algunos incluso se las arreglaron para volver a ser contratados por otros famosos.

–          Lo pensaré. Aún no me has dicho quién está arriba en las clasificaciones de hoy.

Paula abrió otro programa y tecleó algo. La aplicación tardó menos de un segundo en compilar información de las principales redes sociales y sitios web, de las conversaciones semi-privadas por líneas inalámbricas y el número de visitas a vídeos y publicaciones; la estadística de las celebridades con más tirón del día apareció ocupando toda la pantalla.

–          Lacy Hong en cabeza, seguida de John Donegal.

–          ¿Hong? ¿Qué ha hecho para estar en cabeza?

Ella consultó algo y negó con la cabeza con disgusto.

–          Esta mañana subió un vídeo haciendo el payaso en el espejo del baño mientras meaba. Viral en cinco minutos, líder en media hora. Se especula que estaba colocada a más no poder.

–          ¿En qué posición está Angela?

–          Séptima. Vamos a tener que hacer algo fuerte esta noche si queremos que remonte.

–          Mierda. Tenía planeada una pelea con Yoshiro, pero no creo que sea suficiente.

–          Igual si se enrolla con alguien por despecho y se emite en directo…

–          Buena idea- levantándose, le dio una palmada en el hombro a Paula-. A ver qué puedo organizar.

En la puerta de la suite había una algarabía confusa, movimiento de gente, apartar de muebles, voces. Acababan de llegar las bobinas de tejido para el vestido de Villon que Angela iba a ponerse al día siguiente. Cuando Jean se dirigía hacia allí para poner orden y ocuparse de todo, algo volvió a interrumpir cuanto se hacía en la suite de hotel de seis estrellas que Angela Carmini ocupaba en Roma.

El trueno de los tacones de veinte centímetros, de nuevo sacudiendo la suite entera, la descarga de artillería que anunciaba el descenso de la señora de todo aquello (según ella; la mascota, según sus empleados) de su morada celestial. Los ejércitos asistentes, asesores y técnicos se volvieron hacia ella, contemplándola como una aparición divina, ahora que Jing la había maquillado y que Sofía y Silvia se habían ocupado de que los fans escogieran un vestido apropiado para la noche. Toda de blanco radiante, con minifalda y blusa transparente, el pelo negrísimo peinado en ondas que caían sobre los hombros, no se parecía en nada a la niñata caprichosa, gritona y estúpida que era en realidad.

Jean mismo quedó paralizado por un momento, hechizado por la belleza que había creado el trabajo colectivo de más de una decena de personas. Luego su cinismo natural comenzó a imponerse de nuevo, y no pudo contenerse cuando atisbó a Namond por el rabillo del ojo.

–          Tres años, Namond. Tres años de apariciones como éstas, de donaciones, de fiestas, de lujo… y luego todos al paro.

–          Bueno, es lo que hay. Y bueno, ¿has oído lo de Dafne Coulson?- sonrió, con los dientes blanquísimos contra la piel oscura-. Si se te muere la gallina de los huevos de oro, siempre puedes hacer un caldo.

 

Libertad

Nota: Enviado al concurso de microrrelatos cyberpunk del programa Castillos en el Aire en Radio21. No ganó, pero fue mencionado.

via inforwars.com

La imagen se pixela en los márgenes, pero es de altísima calidad. Sobre el campo de visión se superponen las etiquetas de realidad aumentada de los comercios que atestan el callejón de Nairobi y los iconos del interfaz. Altitud, velocidad y dirección del viento, temperatura, estado del sistema. Alerta: alguien ha llamado a la policía. El aire huele a lluvia ácida y metal caliente, a pólvora y al regusto cobrizo de la sangre que empapa la tierra sin pavimentar, reflejando los neones. Los sensores le permiten olerlo incluso desde su futón en un piso abandonado de Helsinki, conectada al vehículo no tripulado tan íntimamente que es como si su cuerpo fuera de fibra de vidrio, sus ojos las microcámaras HD, sus manos, las ametralladoras que acaban de fusilar al líder regional del principal clan de traficantes de oro, uranio y coltán de África Oriental.

Se eleva hacia las nubes, enviando señales codificadas en todas direcciones en busca del camión nodriza. Una vez allí basta cerrar sesión; la contraseña de acceso cambia y la empresa estará lista para alquilarlo a otro ejecutor. No les interesa para qué lo quieran, solo el dinero. Como a ella. No sabe quién la ha contratado, y no le importa; podría ser un gobierno, la policía, la ONU, o el segundo clan de traficantes de África Oriental.  En columna, en la parte derecha de su campo visual, se alinean nuevos iconos, nuevas solicitudes, nuevos trabajos. Asesinatos en África, robos de datos en el Sudeste Asiático, sabotajes en Centroamérica, espionaje en Asia Central. Hoy es un drone en Nairobi, mañana un servidor en Bangkok o el sistema de control de una esclusa en Panamá. Es una sensación indescriptible, una libertad absoluta, más que humana. Puede estar en cualquier lugar, en cualquier momento. A veces se olvida de su frágil cuerpo físico sentado en posición del loto en Helsinki; ni siquiera sabe qué hacer con la paga, aparte de encargar alimentos y bajar actualizaciones.

Hace un mes que no ve el sol con sus propios ojos. No recuerda la última vez que respondió a su nombre de pila.