Shoka Dhazga

Las dos lunas se alzaban en el cielo nocturno, y los tambores resonaban a la luz de las antorchas. Dos docenas de bailarinas, cubiertas solo de joyas y plumas, danzaban en el estruendo, los pendientes de oro y los cinturones de turquesas reflejando la luz de las llamas. Los cánticos guturales del Shoka Dhazga, la gran fiesta lustral de Ghaneru, ponían contrapunto al golpear de los pies sobre el suelo de tierra batida y el entrechocar de los crótalos. El calor se elevaba de la jungla, sacudido por las mismas vibraciones de los tambores, y Largh Dheka, príncipe de la Ghaneru, hijo de los dioses y señor de la vida y la muerte contemplaba la danza con rostro impávido, como una estatua tallada en granito, las piernas cruzadas sobre el estrado de marfil y caoba, cubierto por una piel de pantera, que era el trono sagrado de su estirpe.

A su derecha, de brazos cruzados, estaba Khera Khesh, el hechicero de la corte, con el sudor brillando en su cráneo rapado y un collar de huesos de niños al cuello. Sonreía, porque esta noche era la noche de su triunfo. La noche en la que su poder sería confirmado, en la que nadie podría oponerse a su influencia sobre Largh Dheka y su posición como mano derecha del príncipe. Porque en la noche del Shoka Dhazga, según la antigua tradición pasada de generación en generación durante más tiempo del que nadie podía recordar, el príncipe tenía una obligación, y solo una. Cualquiera que esta noche acudiese ante él e hiciese una petición, cualquiera que esta fuese, sería satisfecho, siempre que ello no fuera contra las costumbres o la integridad del reino. Cada cinco años, los pobres desfilaban ante el príncipe pidiendo dinero, los que tenían algún agravio, justicia, y los delincuentes, el perdón. Los favores otorgados en el Shoka Dhazga a los cortesanos solían bastar para dar forma a las relaciones de poder en Ghaneru durante los siguientes cinco años.

Y Khera Khesh iba a hacer su movimiento hoy, por fin. Tras un lustro de maquinaciones e intrigas, de asesinatos y bajezas, le iba a bastar tan solo con formular su petición al príncipe: la mano de su hermana, Largh Mokha, en matrimonio. Khesh no tenía el más mínimo interés en la joven, naturalmente. Él era veinte años más viejo, y tenía un harén de trescientas concubinas traídas de todos los rincones del mundo, algunas de las cuales ahora le abanicaban con plumas de avestruz o le traían copas de cerveza helada. Pero Largh Mokha era la hermana gemela del príncipe, y en el reino de la magia, los lazos de sangre son los más fuertes de todos. Cuando Mokha fuese suya, Khera Khesh podría hacer con ella cuanto quisiera, según la antigua ley. Sería su verdadera esposa, no una simple concubina desnuda destinada a su servicio, sino la madre de sus hijos. Sería llevada a su torre de piedra, en el límite de la selva y el pantano, para vivir el resto de sus días en una jaula dorada de la que nadie la vería salir jamás, donde solo la visitarían sus esclavos.

Allí, oculta a ojos de todos, ¿cómo iba a quejarse de cualquier ritual, hechizo o vejación a la que su marido fuera a someterla? ¿Cómo iba a hablar al príncipe de la magia negra que tenía lugar tras aquellos muros? Incluso si lo intentaba, la ley antigua no daba ningún valor al testimonio de una mujer, y la pena por abandonar el harén sin permiso era la muerte. Una vez tuviese a Largh Mokha, no se escaparía, y a través de ella, Khera Khesh podría urdir cuantas brujerías quisiera sobre su hermano. El príncipe sería un esclavo de su voluntad, exactamente igual que Mokha, se inclinaría ante los más nimios deseos del brujo. Él reinaría verdaderamente, aunque otro se sentara en el estrado. Una sonrisa cruel le deformó los rasgos de buitre.

Las danzarinas continuaban evolucionando sobre el escenario, dando volteretas y palmadas, contoneando las caderas a la luz de las llamas, retorciéndose como serpientes en el centro del ruedo, coreando los rítmicos cantos de la fiesta y soltando de vez en cuando un aullido espontáneo, un sonido inarticulado de pura exultación. Los tambores batían cada vez más y más rápido a medida que la danza se acercaba al clímax, y Khera Khesh sonreía, al recordar otros aullidos, gritos menos alegres que había escuchado solo unos meses atrás. Los chillidos de angustia y dolor de los habitantes de la aldea de Muzhaga, arrasada hasta los cimientos por orden suya, las chozas quemadas, los niños degollados, los adultos empalados o crucificados en los árboles de la selva cercana, los ídolos de la aldea pisoteados y rotos a golpes de barra de hierro antes de arder hasta las cenizas.

Había tenido que hacerlo, aunque no usaba el “deber” como justificación. Había tenido que hacerlo y además le había gustado. Era una muestra del poder que ya tenía, y prefiguraba el que pensaba obtener esta noche: el poder de vida y muerte, de decidir con su capricho el destino de cientos o miles, de gobernar sin preocuparse de la moral o las tradiciones, solo de su propio placer. Aunque esta vez no había sido capricho: sus agentes le habían informado de que Largh Mokha, que ahora se sentaba al lado izquierdo de su hermano, evitando mirar hacia Khesh mientras sus esclavos le llevaban dátiles a la boca, tenía un amante en Muzhaga, un joven guerrero que, se decía, había sido designado como el próximo Portador de la Lanza de su tribu y por ende, un dignatario que no solo se llevaría a Mokha, sino que además podría amenazar el poder de Khera Khesh. No podía permitirlo, ni tampoco hacerlo asesinar, porque habría sido demasiado obvio, así que acusó a la aldea de practicar la magia negra y adorar a ídolos prohibidos. Solo su palabra bastaba, pero hizo a un esclavo colocar en el santuario de la aldea uno de los ídolos a los que el propio Khesh adoraba para dar verosimilitud a la escena. El esclavo fue asesinado junto con todos los demás, por supuesto, para que no hablase.

El trueno de los tambores arreció una última vez, y por fin cesó. Los heraldos, con pieles de gacela y bastones rematados por cuernos y plumas de vivos colores, ocuparon el ruedo para representar la antigua pantomima, el ritual por el que convocan a los súbditos del príncipe al Shoka Dhazga, a arrodillarse ante su soberano y solicitar humildemente las gracias que el ojo vigilante de las dos lunas, en esta conjunción que solo se produce una vez cada lustro, le obliga a otorgarles. Y entre el sonido de los cuernos de carnero y los crótalos, salieron de la selva, uno tras otro, para comunicar su petición a los heraldos enmascarados, en tenues susurros que nadie más tiene permitido oír. Solo si el heraldo asiente con la cabeza, confirmando que la petición es legítima, se permite al peticionario arrodillarse ante el soberano. Alrededor del escenario de tierra batida, las puntas de hierro de las lanzas brillaban a la luz de las llamas, en manos de los soldados que Ghora Fakha, Primer Portador de la Lanza, primo del príncipe y enemigo jurado de Khera Khesh, había apostado para mantener el orden.

Los peticionarios pasaban uno tras otro, con hipnótica regularidad, a medida que las lunas se desplazaban en el cielo. Uno quería cinco medidas de semillas de sorgo para sus campos, pues los cuervos se habían comido las suyas. Otro una dote para su hija núbil. Un tercero permiso para vender sus sedas en el gran mercado que se reúne cada luna frente al palacio. Uno tras otro, con sus estúpidos caprichos y sus peticiones anodinas. Khera Khesh se juró que, cuando controlara al príncipe, pondría fin a esta estúpida costumbre, o la restringiría a la nobleza. O mejor, se dijo, se la prohibiría a la nobleza. No hay peligro político en cinco medidas de sorgo, pero sí en la mano de una princesa.

Mientras se regodeaba pensando en el poder que iba a adquirir esa misma noche, algo llamó su atención. Junto al heraldo enmascarado, que escuchaba atentamente,  había una figura muy distinta de los campesinos barrigones y calvos que habían pasado ante el príncipe durante la última hora. Una figura alta, fornida, ataviada con la piel de pantera de los dignatarios, aunque era una piel sucia, desgarrada y ensangrentada. Llevaba una cimitarra a la cintura, y, sujeta a la cadera, lo que parecía el asta rota de una lanza, cuyo penacho heráldico, que colgaba del extremo inferior, era imposible distinguir correctamente a la luz de las antorchas. El heraldo miró hacia el príncipe mientras el hombre hablaba, luego de nuevo al peticionario y finalmente a Khera Khesh. Éste se tensó al percibir la mirada, y, pudo notarlo, también el resto de los dignatarios que rodeaban al príncipe. Se habían dado cuenta. Ghora Fakha emitió un resoplido semejante a una carcajada despectiva. Todos sabían que la próxima petición tendría algo que ver con él.

El suplicante se acercó al centro del ruedo, acompañado por los dos heraldos, que luego se retiraron con una reverencia. Clavó los ojos en Khesh, luego en el príncipe, y finalmente, largamente, en Largh Mokha, la princesa. Ésta emitió un gemido corto, ahogado por el abanico de plumas con el que se cubrió el rostro. El suplicante se arrodilló ceremoniosamente, hasta tocar la frente con el suelo como marca la tradición. Solo entonces habló, y su voz resonó en la selva como el rugido de un león.

–          Soy Muzhaga Razha, que fue Portador de la Lanza de la Tribu. Aunque mi pueblo ha sido maldito y proscrito, el heraldo me ha dado permiso para presentar mi petición, y el príncipe está obligado a oírme.

Una conmoción recorrió la plataforma de los dignatarios al oír el apellido. Muzhaga, la tribu maldita, la tribu que el propio Khera Khesh había condenado falsamente por practicar la magia negra. La tribu del amante de Largh Mokha, cuyo nombre, que había huido de la mente del brujo hasta ese mismo instante, resonaba ahora alto y claro en el ruedo. Muzhaga Razha.

–          Te escucho- respondió Largh Dheka, imperturbable pese a encontrarse ante un supuesto traidor y adorador de demonios.

–          Mi pueblo fue acusado de brujería por Khera Khesh y pasado a cuchillo. Los gritos de los niños me despiertan aún cada noche, oh, príncipe. Solo yo escapé por el río. Khera Khesh nos acusó en falso, como tú bien sabes, pues nos conocemos desde hace mucho. Por qué se lo has permitido no es asunto de mi incumbencia, pues el príncipe es sagrado e inviolable, y su palabra es la ley. Pero la ley también me da derecho a hacerte esta petición.

Así que el príncipe sabía que era todo mentira. De nuevo, Khesh sonrió, porque eso solo podía significar que su influencia sobre el monarca era mayor de lo que él mismo creía. Ni siquiera habría sido necesaria la elaborada mentira de la brujería.

–          Di cuál es, Muzhaga Razha, y si verdaderamente es legítima, como afirma el heraldo, te será concedida.

–          Mi petición no es más que esta: que me permitas invocar el derecho de todo hombre libre a retar a otro a duelo. Que me permitas retar a Khera Khesh y, si los dioses están conmigo, vengar a mi pueblo con su sangre.

Un escalofrío recorrió la espalda del brujo, que se estremeció violentamente en su puesto junto al príncipe. Descubrió que le sudaban las palmas de las manos y las sienes, un sudor frío y desagradable, y que le temblaban las rodillas. ¿Un duelo, él? ¿Él, que no había luchado con nadie que no estuviese firmemente atado o mortalmente herido en más de treinta años? La voz le salió como un chillido agudo, débil:

–          ¿Un duelo? Mi señor, yo…

Ghora Fakha estalló en carcajadas, cruzado de brazos junto a su primo y la princesa, que ahora lloraba en silencio en su abanico. Los brazaletes de oro que ceñían sus gruesos bíceps relucían, y el collar de cuentas de hueso de guerreros que había muerto en combate traqueteaba sobre su ancho pecho desnudo. Clavó una mirada penetrante y burlona en el brujo, sonriendo de oreja a oreja.

–          ¿Tienes miedo, brujo? ¿No te atreves a enfrentarte a un hombre como lo hacen los hombres?

–          Mi señor- chilló Khesh, ignorándolo, dirigiéndose a la figura hierática del príncipe-, no soy un guerrero. Si le permites hacerlo, me estarás condenando a muerte. ¿No te he servido bien? ¿No he sido tu mejor esclavo?

–          La petición es legítima- respondió el príncipe, sin atisbo de emoción.

–          Mi señor, no lo permitas- desesperado, Khera Khesh apoyó la mano en el hombro sagrado de su soberano-. Sería un asesinato. Mi señor…

El príncipe clavó la mirada, una mirada oscura y dura como el acero, en la mano transgresora del brujo. No dijo nada. No le miró al rostro. Simplemente clavó los ojos en la mano nudosa y llena de venas de Khera Khesh, que la retiró bruscamente, como si le hubieran aplicado un hierro al rojo.

–          Mi señor, no tengo espada.

–          Puedes usar la mía, brujo- Fakha estaba disfrutando con la escena, como un niño en una fiesta de marionetas; le tendió su cimitarra a Khesh con el puño por delante, y éste retrocedió acobardado, sin atreverse a tocarla.

–          ¿Me concederás mi petición, oh, príncipe?

–          Sea.

Eso fue todo. Largh Dheka no dijo nada más, ni movió un músculo del rostro tras condenar a muerte a su más fiel vasallo, al hombre que lo había criado y educado, que había guiado sus pasos durante veinte años, que había sido su mentor y su mejor aliado. Khesh balbuceó, trató de apelar a él, pero fue imposible. Los soldados de Fakha lo agarraron por los hombros y lo empujaron al ruedo, poniéndole la cimitarra en la mano a la fuerza, obligándolo a cerrar los dedos sobre el puño forrado de piel de cocodrilo. Ante él, Muzhaga Razha se alzaba como una estatua de hierro, con la piel de pantera en torno a las caderas y los ojos encendidos de un loco, el sudor brillando bajo las llamas en sus brazos y espalda. Khesh temblaba como una hoja en pleno monzón.

–          Khera Khesh, te reto a duelo, como es el derecho de los hombres libres, para que respondas por tus crímenes. Si tus negros dioses tienen un mínimo de piedad, que acojan ellos tu alma, porque los antepasados no mancharán sus salones con tu espíritu.

Escupió en el suelo, levantó una nube de polvo con el pie como dictaba la tradición, y avanzó tres pasos, alzando la cimitarra. Todo ello eran frases y gestos rituales, mera pantomima como la representación de los heraldos, que ahora recorrían el borde del ruedo para servir de árbitros. El duelo aún no había comenzado realmente, y no lo haría hasta que Khera Khesh respondiera de algún modo. Pero la lengua se había convertido en un peso muerto en su boca, y su mente, de ordinario tan ágil, se había quedado en blanco. Iba a morir. Iba a morir y su príncipe, al que creía tener dominado, a quien creía su esclavo, lo había entregado a la muerte sin apenas pensarlo, sin mostrar la más mínima emoción. ¿Qué se escondía tras aquellos ojos negros? ¿Era de verdad un mero pelele, una marioneta en sus manos, o había más sabiduría de la que pensaba tras el rostro hierático del príncipe?

Razha se acercaba, espada en mano, esperando su respuesta, rodeándolo como un león dispuesto a abatir a la gacela. Esperaba y esperaba, pero Khesh no respondía. No podía responder. Entonces un movimiento le llamó la atención por el rabillo del ojo: el heraldo le había dado permiso para comenzar, alzando su bastón coronado de plumas y cuernos. La falta de respuesta de Khesh no era una tabla de salvación: su tiempo se había agotado, y el duelo comenzaba de todos modos.

Retrocedió, aterrado, pero los soldados lo empujaron de nuevo al ruedo en cuanto su espalda rozó los escudos de piel de búfalo. Trató de huir, pero Razha era veinte años más joven, mucho más fuerte y ágil, y un verdadero guerrero. Los mandobles del Portador de la Lanza pasaban rozando la cabeza calva del brujo, que los esquivaba apenas por pura suerte, si es que Razha no estaba jugando con él, si es que no se divertía a su costa antes de matarlo como el gato con el ratón. El brujo fintaba y retrocedía, trataba de escapar por cualquier medio, pero era inútil. Recorrían el escenario de un lado a otro, y aunque Khesh jadeaba y sudaba, Muzhaga Razha parecía tan fresco como si acabara de levantarse.

Solo entonces se dio cuenta Khera Khesh de lo que ocurría. Solo entonces percibió la estrategia del guerrero, porque había una. Lo que él creía que era el patrón errático de su propia huida no era más que un camino cuidadosamente diseñado, un sendero por el que Razha lo había ido guiando con acero, a golpes de cimitarra y fintas que, asustándolo, lo hacían girar cuando él lo deseaba, dar un paso atrás aquí o moverse a la izquierda allí. Ahora se encontraban a los pies mismos del estrado, directamente debajo de Largh Dheka. Cuando miró a los ojos a Razha, Khesh percibió la verdad. No llegó a alzar la espada. La cimitarra de Razha le hendió la cabeza como un melón maduro, pero no se detuvo ahí. Para cuando las lanzas de los soldados atravesaron el cuerpo de Muzhaga Razha tres docenas de veces, su cimitarra ya estaba profundamente hundida en el corazón de Largh Dheka, príncipe de Ghaneru, que había permitido la masacre de su pueblo.