Ella Me Maldijo

Porque donde unas cuencas vacías amanezcan

Ella pondrá dos piedras de futura mirada,

Y hará que nuevos brazos y nuevas piernas crezcan

En la carne talada.

Miguel Hernández, Para la Libertad.

Fue hace mucho tiempo. Tú no habías nacido. Tus abuelos tampoco, supongo. No creo que casi nadie que esté vivo hoy hubiera nacido. Solo un puñado, pero ya hablaré de eso.

La verdad es que yo mismo no recuerdo el cuándo, ni el dónde, ni el cómo. Recuerdo una batalla, el sabor salado de la sangre en la boca, el hedor de las tripas desparramadas mezcladas con la mierda de caballo pisoteada. Recuerdo una muralla desmoronándose y banderas agitándose al viento, y a veces me despierto por las noches porque aunque no recuerdo nada más, aún me asaltan las imágenes de rostros aullando, algunos rojos y desencajados de ira, otros pálidos, con los ojos abiertos como platos, preparándose para el frío de la muerte.

Yo fui de esos últimos. Pálido y exangüe, desangrándome junto a una zanja maloliente. Recuerdo el mordisco del acero. Si no te han clavado nunca una hoja en las costillas no sabes lo que se siente. El acero muerde como un perro, se hinca en la carne buscando tu corazón, como si te odiara. Los vikingos lo llamaban gusano de sangre o víbora de las heridas, y es cierto. Puedes sentir como te roe la carne.

¿Que si era un vikingo? No lo sé. No me acuerdo. No recuerdo nada antes de ese día, ni siquiera mi nombre. No sé dónde ocurrió, ni en qué año, ni por qué luchaba. ¿Recuerdas tú lo que hiciste cada día en el parvulario?

Solo recuerdo esa sensación, ese mordisco helado. Me estaba muriendo y solo veía el cielo cubierto por nubes de humo de los incendios, con brasas y cenizas danzando en las corrientes de aire. No me dolía nada, pero sabía que me estaba muriendo. No sentía los brazos ni las piernas, ni nada por debajo del cuello, excepto los borbotones de sangre que me brotaban de las heridas con cada latido del corazón. Jadeaba, y sentía la lengua como un trozo de esparto seco colgándome de la boca. La vista se me nublaba cada vez que intentaba tomar aire.

Entonces la vi.

Se paseaba entre los muertos y los moribundos como si estuviera en un prado florido. Llevaba un vestido blanco hasta los pies, quizá un sudario, pero estaba manchado de sangre. Creo que iba descalza, y llevaba el pelo suelto y desgreñado, hasta casi la cintura. A veces, en mis sueños, es rubia; otras veces es morena, casi con tintes azules, y alguna vez tiene el pelo rojo, rojo como la sangre derramada. Sonreía, no enigmáticamente, ni con sarcasmo, sino con genuina alegría, como una niña que jugara en el campo. A veces la recuerdo como una niña, otras veces como una mujer. Fue hace mucho tiempo.

Se acercó a mí entre los muertos y los moribundos, sin dejar de sonreír. Creo que me llamó por mi nombre, aunque no estoy seguro. Sé que se arrodilló y me tocó la frente febril con una mano fría, gélida como un trozo de hielo pese al calor sofocante de los incendios, y sé que me habló. Recuerdo aquellos labios rojos como dos trozos de carne cruda, pero no sé qué me dijo. Cuando sueño, la imagino cantándome una canción de cuna que oí alguna vez, pero a veces me da consejos, o me recrimina algo que he hecho mal. Supongo que trato de llenar el hueco que me ha dejado olvidar las frases más importantes que oí en mi vida.

Desperté solo, bajo las estrellas y una luna creciente. No te sé decir si estaba aún en el campo de batalla. Imagino que sí, pero no recuerdo cadáveres ni devastación a mí alrededor. Solo el cielo estrellado. Me levanté sin pensar, y solo después me di cuenta de que mis heridas habían sanado. No me dolía nada. Podía mover brazos y piernas, respirar, ver. Me sentía como tras un largo sueño reparador. Creo que eché a andar en busca de alguien, de un lugar donde pasar el resto de la noche y quizá reflexionar sobre lo que había ocurrido, si había sido real o una mera visión, cómo había sanado y dónde estaban mis compañeros.

Si llegué a alguna conclusión, mi mente lo ha olvidado bajo el peso de los siglos. Sé que intenté hacer vida normal por un tiempo, pero pronto descubrí que no había simplemente sanado. Mi mujer envejeció y murió, mis hijos se agostaron y se convirtieron en polvo, y también mis nietos, pero yo no. Yo continué viviendo, viéndolos deteriorarse y pudrirse ante mis ojos. Me fui de la aldea cuando empezaban a sospechar de mí, cuando las viejas murmuraban en la plaza que yo estaba igual cuando ellas eran niñas, que no había envejecido ni un día. Una vez me llamaron vampiro, pero juro que no he probado jamás la sangre de nadie.

Así empezó mi vida errante. No sé cuánto tiempo duró. No sé en qué año estamos, ni cuándo empecé a vagabundear, así que no importa. Creo que he recorrido todos los continentes, y casi todos los países varias veces. Sé lo que estás pensando. Tiempo infinito para ver mundo, para conocer gente, para hacer lo que quieras. Crees que estoy bendito, pero no. Estoy maldito. Ella me maldijo.

¿Sabes lo que es no tener seres queridos, ni siquiera un amigo? ¿Cómo podría apegarme a nadie? Morirán, y yo no recordaré sus caras ni sus nombres, ni el sonido de sus voces. Mi vida no ha sido la de un trotamundos, sino la de un fugitivo que no puede quedarse demasiado tiempo en el mismo lugar, no solo por la persecución, sino por el dolor. Una vez pasé cien años en una ciudad de Europa, y apenas pude soportar ver cómo cambiaba, como incluso los edificios se derrumbaban o eran arrasados para hacer sitio a otros nuevos mientras yo seguía allí, invariable, ocupando un lugar fijo en el universo, como un quiste.

Ah, el cuerpo no envejece ni se cansa, pero la mente sí. Soy más viejo que cualquier persona que conozcas, y estoy exhausto. No soy capaz de conectar con el mundo moderno, porque no me importa, y cambia demasiado rápido para mí. No sé de qué habla la juventud en las calles, no entiendo la jerga. Mi vocabulario no avanza con el de la sociedad, así que vaya donde vaya me miran raro, como un fantasma salido de una obra de teatro antigua. Cuando empiezo a acostumbrarme al cine mudo descubro que existe el sonoro; cuando me acostumbro a la radio, todo el mundo tiene televisión y eso que hacen ahora con una máquina de escribir con pantalla. No tengo fuerzas para mantenerme al día. Me aburre.

He encontrado a algunos como yo, con los años. Todos la han visto, pero ninguno la describe exactamente igual. Una joven descalza, sí. Con un vestido o un sudario blanco manchado de sangre, y el pelo suelto. Pero ahí terminan las similitudes. Para cada uno es diferente, como un ideal o un sueño. Y sin embargo, todos coincidimos en algo: estamos malditos.

Pensarás que esos otros son la solución a mis problemas, ¿verdad? Compañía para los siglos, gente que me comprende. Pero no es así. Cada uno de nosotros es un solitario, lleva demasiado tiempo solo. Olvidamos nuestro pasado, olvidamos lo que hacemos a lo largo de los siglos, así que nuestra propia identidad pende de un hilo. Nos limitamos a sentarnos y vegetar, lamentándonos de lo que hemos perdido. Y si hay algo peor que tener un ser querido y perderlo, es una relación que no acaba nunca. Créeme, lo he probado. Década tras década, más de un siglo con una misma persona. Has visto matrimonios que solo siguen juntos por la costumbre, ¿Verdad? No has visto nada. No has visto la amargura de un siglo de malentendidos y rencores mezquinos, ni el hartazgo de ver el mismo rostro, inalterable, durante ochenta años, de oír las mismas historias, la misma voz y las mismas quejas.

No. Estamos condenados a la soledad, por exceso o por defecto.

Nadie puede imaginar la desesperación de una eternidad en soledad. No una década, ni una vida. Una eternidad. Por lo que sé, no moriré nunca. Tampoco tengo claro cuánto he vivido exactamente, pero es más que suficiente. El mundo me aburre, me cansa, no puedo soportarlo, pero no tengo forma de poner fin a todo esto. Lo he intentado, claro. Todos lo intentamos alguna vez, o muchas veces. Hasta ahora, nada a dado resultado, ni cuando lo he intentado yo, ni cuando la gente normal ha descubierto lo que soy y ha reaccionado con miedo y cólera.

Oh, sí. Me han matado, o me he suicidado, muchas veces. No sé cuántas. Pero nunca dura. Me he ahogado y ahorcado. Me he o me han atravesado con espadas y lanzas, pero lo que no me mató la primera vez no lo hará ahora. Me han fusilado y electrocutado, aplicado garrote vil y envenenado. Me han atropellado y descoyuntado, me han quemado vivo varias veces, y una vez me decapitaron. No funciona. Nunca funciona. No sé cómo ni por qué, pero siempre despierto sano e intacto y salgo caminando de la morgue. Ni siquiera me duele ya.

Así que aquí estoy, después de tantos siglos. Escogí este retiro porque me gusta escuchar el mar lamiendo los acantilados. Es lo único que me sosiega cuando duermo. Y me gusta el paisaje de roca volcánica, de fuego solidificado y petrificado, como lo estoy yo, inmóvil e inalterable. Aunque al menos la roca cambia, es erosionada, se rompe, erupciona de nuevo. Yo no puedo hacer nada más que dormir doce horas al día y contemplar las olas romper en la playa de arena negra.

Por eso estás tú aquí. Estas reuniones, una vez al año, son lo único que me mantiene activo, lo único que me hace esperar algo distinto, un día que no sea exactamente igual a todos los demás del último siglo y del siglo que vendrá. Ya has visto las cuentas bancarias y las propiedades. Es tu premio. Si lo logras, todo será tuyo. Pero no espero que lo hagas. No creo que lo consigas, y ojalá me equivoque. Tienes un año para intentarlo, a partir de hoy. Los métodos son cosa tuya, no me importa. Mátame. Puedes empezar cuando quieras.

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Cielo Vacío

Dios ha huido y el cielo está vacío.

Vacío no. Ocupado. Como Irak o como Afganistán. Cuando rezamos, quien recibe las oraciones en el cielo ya no es un ángel, ni Dios, sino un demonio que se ríe y se limpia el culo con ellas. Los ángeles están aquí, en la Tierra, haciendo lo que pueden por salvarnos. Como los guerrilleros vietnamitas o colombianos. No lo están haciendo muy bien, pero es que lo tienen todo en contra. Satán está a punto de ganar, y solo nosotros podemos ayudar a los ángeles a salvarnos. Ayudarnos a nosotros mismos.

Cuando yo era pequeña todos los niños de la calle de Miami lo sabían. Nos contábamos las historias en los albergues y en los refugios o, cuando la cosa estaba muy mal, en corro debajo de los puentes o en los parques. No se podía dejar que los adultos lo supieran, porque muchos son peones del diablo, aunque no lo sepan. Solo nosotros podíamos salvar a la humanidad, y eso nos mantenía fuertes y unidos. Una vez me contaron que no éramos los únicos. En Seattle y en Milwaukee también se contaban las historias, se transmitía el nombre secreto de la Dama Azul y la forma de protegerse de Bloody Mary, y de reconocer a los demonios de incógnito. Algún día seríamos lo bastante fuertes para echarlos de la Tierra y, quizá, recuperar el cielo.

Pero eso se acabó. Ya tengo dieciséis años, y todos los demás han olvidado. La mayoría de los chicos ahora van con International Posse o The Murda Grove Boys; las chicas hacen la calle. Ya no recuerdan el nombre secreto ni que no hay que dejar que Bloody Mary te vea la cara. Ya no luchan por los ángeles, sino que se han vendido a las bandas controladas por Satán. Si los niños más pequeños recuerdan, no me dicen nada. Por lo que yo sé, estoy sola.

Bueno, sola del todo no. Tony está conmigo. Tony es mi enlace con los ángeles. Dice que tienen un campamento secreto en los pantanos, protegido por cocodrilos albinos como los que cuentan que hay en las alcantarillas de Nueva York. Él me trae las noticias del frente y a veces me hace encargos, pequeñas cosas que puedo hacer para ayudar a los combatientes, porque ellos no pueden mezclarse libremente con la gente. Los demonios sí. Los he visto disfrazados, hablando con políticos y gente rica y jefes de bandas. Pero los ángeles no se disfrazan a no ser que no quede más remedio. No sé por qué.

Hace poco estaba sentada en un banco del parque Juan Pablo Duarte, con un perrito caliente que había comprado en un puesto callejero con la limosna de la mañana. La mostaza me caía por la barbilla y me manchaba la camiseta, pero me daba igual. Una mancha más no se iba a notar. De pronto, Tony estaba sentado a mi lado, con las piernas cruzadas como uno de esos sabios indios. Los de la india, no los nuestros.

–          ¿Tienes que aparecerte así? ¿No puedes venir caminando como las personas normales?

Él se encogió de hombros, suspirando como si soportarme fuera una gran carga.

–          En algún sitio me tendré que aparecer. Y no soy una persona normal.

–          Desde que te mataron, lo que eres es imbécil.

Tony está muerto, no lo había dicho. Es un fantasma. Los fantasmas de la gente buena, de alguna, ayudan a los ángeles a luchar contra los demonios y recuperar el cielo. Yo había conocido a Tony cuando estaba vivo, solía quedarse en el mismo albergue que mi madre y yo, y se ocupaba de mi cuando ella estaba borracha o colocada. Calculo que cuando le pegaron el tiro debía tener veintipocos años. Yo tenía siete, y estaba delante cuando ocurrió, pero eso es otra historia.

–          ¿Qué tal te va, Rosa?

–          Bien –mentí, encogiéndome de hombros y masticando lo que quedaba del perrito-. Me las arreglo. Hay un señor cerca de Omni que me deja quedarme en su casa un par de veces a la semana.

–          ¿En su casa o…?

Me encogí de hombros, sin contestar. Tony ponía esa cara, con la frente arrugada y la boca torcida, como si fuera mi padre. Supongo que los padres pondrán esa cara,  no sé. Una vieja que paseaba a un niño muy rubio se me quedó mirando como si estuviera loca. Claro, ella no veía a Tony. Para ella era una mendiga colocada hablando sola. Le saqué la lengua y echó a correr como si le hubiera enseñado una pipa.

–          ¿Qué tal va la guerra?

–          Como siempre. Por cada paso que damos, retrocedemos otro. Por suerte la cosa no está tan mal como cuando tú eras pequeña, con la explosión de bandas de los noventa, pero podría irnos mejor.

Me limpié las manos de mostaza en los vaqueros rotos y asentí con la cabeza. Siempre la misma historia. Si los ángeles se las arreglaban para que un barrio mejorase y se controlaran los problemas de drogas y violencia, los demonios se ocupaban de convertir otros dos en agujeros de miseria y crimen. Los ángeles solo me tenían a mí, y puede que a los niños, mientras que Satán tenía en el bolsillo a los ricos, las bandas, los policías y los políticos. ¿Cómo íbamos a ganar?

–          Escucha, me han dado un encargo para ti. ¿Lo harás?

–          No sé, mis carteras de inversión y los cuatro másters que estoy estudiando no me dejan mucho tiempo libre…

–          ¿Me vas a decir ahora que solo haces esto porque no tienes nada mejor de lo que ocuparte? ¿Después de diez años?

–          No sé si te he dicho ya que te has vuelto un imbécil desde que te pegaron el tiro. ¿No sabes lo que es una broma?

Me levanté del banco, tiré el papel del perrito en un cubo de basura y eché a caminar, tratando de hacerme una coleta con el pelo grasiento y enmarañado. Llevaba más de dos semanas sin lavármelo, porque el señor de Omni apenas me deja usar la ducha. Tony me siguió un momento sin decir nada, hasta que llegamos al paso de peatones que hay entre la Avenida 17 Noroeste y la calle 28. Allí, mientras esperábamos a que aflojara el tráfico, volvió a preguntarme.

–          ¿Quieres saber el encargo o no?

–          Dime.

–          Hay un tipo. Se llama Fernando Ramírez, y es un testigo importante en un caso contra los Murda Grove Boys.

–          ¿Qué pasa con él?- empecé a cruzar la calle, para recorrer la calle 28. En realidad no iba a ningún sitio, pero no me gusta estarme quieta mucho tiempo. Los demonios te pueden localizar si no te mueves.

–          Quieren matarlo. Los demonios se han reunido esta mañana y han decidido cargárselo para que no pueda testificar. Queremos que le ayudes.

–          ¿Cómo? No sé si te has dado cuenta, pero soy una vagabunda huérfana de dieciséis años. ¿Qué esperas que haga?

Tony me miró desaprobador de nuevo. Mientras pasábamos delante de los edificios grises de una o dos plantas, con sus techos de metal recalentado por el sol de Florida, la gente se apartaba a nuestro paso como si le fuéramos a pegar algo. La mayoría me miraba como si estuviera loca.

–          Encontrarás una cartera con dinero y la llave de un motel en el tercer sillón de la izquierda según entras del comedor  del McDonald´s de la Séptima Noroeste. Llévatelo allí y mantenlo a salvo hasta el jueves. El viernes por la mañana tiene que declarar.

–          ¿En la Séptima? ¿No había algo más cerca, no sé, Londres?

–          No te quejes. Tampoco es que las carteras de inversión te quiten mucho tiempo.

–          Imbécil.

No me contestó. La verdad es que no era tan lejos, pero no tenía más dinero y no me apetecía ir hasta allá andando. No es lo mismo pasear tranquilamente que ir a un sitio determinado. Lo que tiene una que hacer por liberar el cielo.

–          ¿Cómo encuentro al tipo?

–          Lo van a matar en su casa, esta noche a las doce. Vive en la Tercera Suroeste, la cuarta casa si vienes desde la 37 Suroeste. Una pequeña.

–          Estás decidido a hacerme caminar, ¿eh?

–          Está casi al lado del McDonald´s, no seas quejica. ¿Vas a hacerlo o no?

–          Sí. ¿Cómo me voy a negar?

Así que esa misma tarde me encontré deslizándome en el aparcamiento del McDonald´s, pasando por debajo del enorme cartel de plástico de Central Shopping Plaza, con sus anuncios de Kmart, Winn Dixie  y Walgreens, y el último de abajo, que no es más que unos tubos de neón fundidos porque alguien lo arrancó hace un montón de tiempo y no lo han arreglado. Siempre me ha hecho gracia que el cartel de Blockbuster esté aparte, como si se les hubiese ocurrido luego.

Estuve merodeando un rato por los alrededores del edificio color rojo ladrillo del McDonald´s, sin decidirme a entrar. Un guardia de seguridad del aparcamiento me gritó que me fuera un par de veces, así que cuando lo vi dispuesto a venir a meterse conmigo entré en el comedor. Sobre el mostrador había un cartel amarillo que nos invitaba a probar la nueva limonada de fresa helada. ¿Cómo puede ser de fresa una limonada? Remoloneé otro poco fingiendo que miraba el menú, aunque en realidad estaba buscando el asiento que me había dicho Tony. Allí estaba, justo de donde un tipo gordo de cuarenta y pico se acababa de levantar para meterse en el baño.

Sabía que si alguien me veía coger la cartera iban a creer que era una ladrona. No iba a servir de nada que les dijera que la habían puesto ahí para mí los ángeles, y que un amigo muerto hacía nueve años me había dicho que la cogiera para cumplir una misión en la guerra contra los demonios. Me habrían tomado por loca.

Así que fingí que se me caía el folleto con el menú al lado del asiento, me agaché para recogerlo y rápidamente me metí la cartera en el bolsillo de la chaqueta. Salí del McDonalds sin mirar atrás, como si fuera lo más normal del mundo, y justo cuando llegaba a la puerta, escuché cerrarse de golpe la del cuarto de baño. Si el tipo creía que la cartera era suya y sumaba dos y dos, se podía armar un escándalo. Miré a ambos lados. Ni rastro del guardia de seguridad.

Me metí en el jardín a la izquierda de la puerta y eché a correr medio agachada por entre las palmeras, pasando por debajo de la misma ventana de las cocinas. Si alguien se asomaba me podría ver, pero desde el aparcamiento me ocultaba a la vista el cartel de tela que habían puesto en la valla del jardín, anunciando la dichosa limonada de fresa. Por suerte, nadie se asomó. Salté por el otro lado, me metí en la gasolinera Chevron y crucé la 37 para sentarme a la sombra de un árbol, en el suelo, a un par de metros del Burger King. Ya era bastante difícil que nadie fuera a relacionarme con el robo del McDonald´s. Que no era un robo.

Me quité la chaqueta y la dejé en el suelo junto a mí, sobre la hierba. Da un calor horroroso durante el día, pero por la noche es lo único que tengo para dormir, y a veces refresca bastante. Saqué la cartera del bolsillo donde la había escondido: dentro estaba la llave y un buen fajo de billetes. Al menos la habitación era en el Residence Inn del aeropuerto, que no estaba muy lejos. Conociendo a Tony, me podía haber mandado al puñetero Jacksonville.

Decidí usar la habitación de campamento base mientras pensaba el resto del plan. Además, tenía unas horas. Vale, admito que quería echar una cabezada y lavarme un poco. ¿Quién sabe cuándo volveré a tener una cama de verdad y agua caliente? Gratis, por lo menos. También quería asegurarme. Me rondaba por la cabeza que el tipo gordo podía perfectamente ser el dueño de la cartera. Tony me había dicho que la encontraría allí, sin más, pero a saber si algún ángel había hecho que se le cayera del bolsillo al gordo. Ellos pueden hacer ese tipo de cosas, creo. Total, que igual cuando volviera esa noche con el tal Ramírez estaba la reserva cancelada, y nos paraba la poli en la puerta. Si eso pasaba (y qué mal quedaría Ramírez, presentándose en un motel con una chica de mi edad…) quería al menos tener la habitación un ratito. Una chica puede soñar.

Así que me duché, dormí un rato, cené un taco de otro puesto callejero con lo que había en la cartera (podía haber ido a un sitio mejor, pero no quería gastarlo todo) y me presenté en la Tercera Suroeste a las doce menos cinco. La verdad es que quería haber llegado antes, pero dormí más de la cuenta. ¿Quién puede culparme? Llevaba años sin tener una cama limpia para mí sola.

La casa era bastante pequeña, la verdad, aunque tenía un buen jardín, con setos y palmeras tras los que ocultarme. Estaba pensando en qué decirle a Ramírez para que viniera conmigo sin sonar como una yonqui loca, tratando de decidir si llamar al timbre o entrar por una ventana, cuando la vibración de unos bajos hizo temblar hasta las mismas hojas de las palmeras. Sonaba reggaetón a todo volumen, a lo lejos, y se acercaba. Los Murda Grove Boys. Mierda.

Tiré una piedra por la ventana de atrás y entré arrastrándome. Me desgarré los pantalones y me raspé la piel, pero por suerte no me hice sangre. Estaba en un salón. Cuando conseguí ponerme de pie, había un tipo joven, con el pelo negro y cara de asustado, en pijama. Tenía un bate de béisbol en la mano, y los nudillos blancos. Dio un paso hacia mí, entre amenazante y asustado.

–          ¿Eres Fernando Ramírez?- chillé en español. Eso lo detuvo, pero no lo tranquilizó. El reggaetón empezaba a oírse ya desde el interior de la casa. Bajó un poco el bate, confundido.

–          ¿Quién eres tú?

–          ¡Vienen los Murda Grove! ¡Ven conmigo!

–          ¿¡Pero qué?!

–          ¡Que vengas! – lo agarré de la camiseta y tiré de él hacia la ventana, desesperada. Si los Boys nos encontraban nos iban a matar a los dos, y los demonios habrían ganado otra batalla. Otra más.

Ramírez forcejeó, pero por suerte no se le ocurrió usar el bate contra mí. Todavía no sé qué le convenció, si fui yo, mi cara de desesperación, o el derrapar de los coches de los Murda Grove, que ya estaban quemando rueda en la esquina de la Tercera con la Treinta y Siete. Echamos a correr, salimos por la ventana que yo había roto, y cruzamos el barrio a ciegas, intentando sencillamente poner tierra de por medio entre la casa y nosotros. Mientras corríamos oímos los primeros gritos en espanglish y los primeros tiros al aire. Desde luego, no tenían pensado hacer esto discretamente. Querían que todo el mundo se enterara de qué les pasaba a los que declararan contra los Murda Grove Boys.

Nos detuvimos, jadeando, en el aparcamiento de camiones de la Cuarta noroeste. No era muy lejos ni era seguro, pero Ramírez estaba histérico, y yo estaba muy cansada. Desde donde estábamos oíamos los gritos y los tiros. Me imagino que ya se habrían dado cuenta de que Ramírez no estaba en casa. Con la lengua fuera, volví a tirarle de la camiseta del pijama.

–          Vamos. Van a encontrar la ventana rota y buscarnos, no son idiotas.

–          ¿Se puede saber quién eres? ¿Por qué estás…?

–          No te lo creerías. Tú hazme caso, te llevo a un lugar seguro.

–          ¿Cómo sé que no…?

–          ¿Qué no estoy con ellos? Porque no les he dejado pegarte un tiro en la puerta de tu casa, hombre. ¡Vamos!

Corrimos un poco más, hasta que me acordé de la cartera que aún llevaba en la chaqueta. Paramos tres taxis, pero ninguno quiso llevarnos, al ver las pintas que llevábamos, y sobre todo el bate. Le dije a Ramírez que lo tirara, pero no quiso. Al final, el cuarto taxi aceptó llevarnos si lo metíamos en el maletero. El tipo tenía una separación de cristal entre su asiento y el del pasajero, micrófono, cámaras y de todo, aparte de una estampa de la Virgen de Guadalupe en el salpicadero. Aquello era un tanque.

Le di la dirección del Residence Inn y nos miró con mala cara, pero no dijo nada. Media hora después estaba sentada en el suelo, con Ramírez en la cama mirándome con incredulidad. Habíamos tenido que dejar el bate escondido entre los setos, en el jardín que hay junto a la puerta del hostal.

–          ¿Me estás diciendo que los Murda Grove se han enterado de que voy a testificar? Pero si solo lo sabe la policía… ¡Tengo que llamarlos!

–          ¿Es que no me escuchas?- me enfadé-. Satán los avisó. Las bandas están controladas por los demonios. La poli también.

–          No me vengas con esas. Además, ¿cómo te has enterado tú?

–          ¡Ya te lo he dicho!

–          ¿Ángeles y fantasmas y demonios? ¡Tú eres una loca!

Le clavé los ojos, cabreada, poniéndome de pie. No le llegaba ni a la barbilla, porque era bastante alto para ser hispano, pero estando sentado yo quedaba por encima, y se echó atrás en la cama. Estuve a punto de darle una bofetada.

–          Soy una loca que te ha salvado la vida y te ha traído aquí para que no te maten, así que respétame, ¿está claro?

Se tragó lo que quiera que fuera a responderme y refunfuñó por lo bajo, así que pasé de él y me fui al baño. Mientras estaba sentada, viéndome las ojeras y la cara de cansancio en el espejo, me vino una idea a la mente. Me puse pálida de repente, sentí un nudo formarse en el estómago y un sudor frío bajarme por la espalda. Apreté los dientes para evitar que me temblara la barbilla. ¡Bloody Mary! ¿Cómo podía haberme olvidado de Bloody Mary?

Estuve a punto de decirlo en alto, y me mordí la lengua tan fuerte que estuve a punto de hacerme sangre. No se puede decir su nombre delante de un espejo, porque si lo dices tres veces viene para matarte. Me subí los vaqueros y salí del baño casi histérica.

–          ¡Ramírez! ¡Levanta!

Él se había quedado adormilado en la cama, y me miró confundido, incorporándose sobre un codo. Le tiré una de sus propias zapatillas para obligarlo a levantarse.

–          ¡Tienes que ayudarme!

–          ¿Qué pasa? ¿Más fantasmas?

–          Ayúdame a quitar los espejos de la habitación.

–          ¿Qué dices?

–          ¡Ayúdame!- le grité, subiéndome a la cama y casi pisoteándolo para llegar al pequeño espejo redondo que había sobre la cabecera.

–          ¿A qué viene eso? ¿Qué haces?

Descolgué el espejo y lo puse boca abajo en la mesilla de noche, luego le tiré de la manga para que me ayudara con el del baño. Como con todo lo demás, me ayudó sin hacer más que rezongar un poco; bastaba presionarlo para que obedeciera. No me extrañaba que se hubiera mezclado con bandas.

–          Tenemos que llevar los espejos abajo y tirarlos. Romperlos dentro del contenedor de basura.

–          ¿Pero me quieres decir por qué?

–          No se puede decir su nombre delante del espejo. Es la aliada de los demonios. Llora sangre y recorre la ciudad por la noche buscando niños que matar.

–          ¿Ahora nos va a atacar La Llorona? ¡Venga, hombre!

–          ¡Ni se te ocurra soltar el espejo! ¡Y no la nombres!

Bajamos el espejo del baño por la escalera de incendios, rezando para que nadie nos viera. Lo dejamos en el contenedor, en vertical, y obligué a Ramírez a envolverse la mano con mi chaqueta y darle un par de puñetazos para romperlo sin hacer mucho ruido. Hubiera preferido tirarlo al suelo o golpearlo contra el borde del contenedor, pero no podíamos arriesgarnos a que nos pillara el personal del Residence Inn. Hicimos lo mismo con el espejo pequeño de encima de la cama, y con uno de mano que encontré en la mesilla de noche. Cuando volvíamos arriba, me quedé un rato parada delante del que había en el pasillo.

–          ¿Qué haces?

–          Deberíamos romper este también.

–          ¿Qué dices?

–          Y si hay uno en el ascensor también.

–          Ni se te ocurra. Bastante he aguantado tus locuras ya, pero no pienso…

Le clavé una mirada de las mías y se tuvo que callar. Me picaban las puntas de los dedos de ganas de destrozar todos los espejos del edificio para evitar que ella entrara, pero Ramírez tenía razón. Si lo hacíamos armaríamos un escándalo, vendría la poli, y no habría forma de que él declarara, ni de permanecer escondidos en el hostal. Me dije que estaba siendo paranoica. Bloody Mary te atacaba cuando estabas delante de un espejo, nunca se alejaba mucho de ellos. No iba a cruzar todo el pasillo para matar a Ramírez. Lo único que teníamos que hacer era salir por la escalera de incendios el viernes por la mañana.

–          ¿Me quieres explicar de qué va todo esto?- me dijo él una vez volvimos a la habitación y me hube asegurado otra vez que no había un solo espejo.

–          Es…- bajé la voz, como si pudiera oírme- Bloody Mary. Se mueve a través de los espejos. Si dices su nombre tres veces delante del espejo viene y te mata.

–          ¡Eso es una leyenda urbana, un cuento de miedo! Ni siquiera los niños pequeños se lo creen.

–          Es verdad. Yo he visto los cristales rotos cerca de donde han muerto los que la han llamado. A veces puede venir también aunque no lo hayas hecho, si alguien se lo pide. Como los Murda Grove no te han pillado, Satán podría haberla llamado a ella.

Ramírez se levantó de la cama donde se había vuelto a sentar y se llevó las manos a la cabeza, exasperado. Sacudía la cabeza como si le estuviera contando alguna locura sin sentido.

–          ¿Pero qué tiene que ver Satán con Bloody Mary?

–          Son aliados. Ella fue la que le ayudó a entrar en el cielo para conquistarlo cuando Dios huyó. No pudo soportar ver todo el mal que hay en el mundo.

–          ¿De qué demonios hablas?

–          Tú no conoces las historias- le dije con desprecio-. Eras un niño rico, ¿verdad? Tenías casa propia, no ibas de albergue en albergue. Seguro que hasta fuiste al colegio. Nadie te contó cómo protegerte, ni te dijo el nombre secreto de la Dama Azul.

Él se dejó caer en la única silla de la habitación, con la cabeza entre las manos. Se la apretaba como si sintiera que le iba a estallar en cualquier momento.

–          Todo esto es una locura. No entiendo nada… hace hora y media me iban a matar por testificar y ahora me estás hablando de guerras mitológicas, de la Llorona y de una mujer de azul.

–          Ella es la única que puede salvarte de Bloody Mary – le dije, sentándome a mi vez en la cama-. Si la llamas por su nombre secreto cuando estás en peligro viene para salvarte. Si Bloody Mary ve tu cara puede encontrarte estés donde estés, así que es la única oportunidad que tienes de salir vivo.

Ramírez hundió los hombros, derrotado. Creo que seguía sin creerse nada, pero los nervios estaban pudiendo con él y estaba dispuesto a rendirse y aceptar cualquier cosa con tal de que lo dejara en paz.

–          De acuerdo, ¿cuál es el nombre?

–          No se puede revelar a los adultos.

–          ¡Tú lo sabes!

–          Cuando me lo dijeron era una niña. Bueno, y legalmente todavía lo soy.

–          ¡Vete a la mierda!

–          De nada por salvarte la vida, imbécil.

–          Me acabas de decir que la puñetera Bloody Mary me va a matar de todas formas porque no me quieres decir el nombre secreto de otro maldito personaje de cuento.

–          No he dicho que te vaya a matar- respondí, satisfecha de mí misma-. Hay otras formas de protegerse, y te las puedo enseñar.

–          ¿Ah, sí? ¿Cuáles? A ver con qué me sales ahora.

Le dije lo que tenía que hacer, cómo fabricar las protecciones y cómo situarlas para que Bloody Mary no lo pudiera atacar, ni siquiera si había visto su cara. No las puedo poner aquí porque dicen que si se escriben pierden su poder. No sé si es verdad. Quiero decir, ¿cómo haces la prueba? Igual alguien lo hizo con una sola de las protecciones y por eso dejó de funcionar y ya no se enseña. Da igual. Le enseñé a Ramírez las que sabía.

–          Vamos a estar aquí una semana. Tú no puedes salir, porque si alguien te ve y avisa a los demonios, te matarán igualmente y no habremos avanzado nada. No pienso permitir que los ángeles pierdan la batalla por mi culpa.

–          Ah, ¿ahora hay ángeles también?

–          Cállate y escúchame. Yo saldré a comprar comida y esas cosas, tengo algo de dinero. No preguntes, escucha. Cada vez que yo cierre esa puerta pondrás las protecciones tal y como te he enseñado, sin olvidarte absolutamente nada. Si te olvidas de algo estás muerto. ¿Entendido?

–          Sí, sí.

–          Y aléjate de los espejos. No quiero que salgas ni siquiera al pasillo. Todas las protecciones del mundo no sirven de nada si pasas delante de un espejo y Bloody Mary te está buscando.

–          Vale, vale – me dijo, encogiéndose de hombros-. Lo que tú digas.

–          ¿No me crees?

–          Eh, sí, de verdad.

No me creía. Lo agarré por los hombros y pegué mi cara a la suya, mirándole a los ojos. Torció el gesto. Supongo que no me huele el aliento a rosas.

–          Me da igual que no me creas siempre que me obedezcas. Esto es una guerra, y tú eres un soldado aunque no quieras. Supongo que eso me convierte a mí en sargento. Ahora repíteme todas las instrucciones que te he dado.

Me maldijo durante un rato, pero al final se rindió y obedeció. Le hice repetirlo tres veces más antes de dejarlo ir a dormir, casi a las cuatro de la mañana.

Durante la semana se portó bastante bien. Yo salía a comprar raciones de supervivencia, que calentamos en un hornillo que compré en una tienda de artículos de monte, aunque la cajera me mirara con mala cara. No le dejé llamar a nadie ni salir de la habitación, y por la mayor parte obedeció, aunque un par de veces rezongaba que lo había secuestrado. Cada vez que volvía tenía las protecciones perfectamente colocadas, aunque yo las revisaba solo por si acaso. El martes, al volver, lo pillé en el pasillo, aunque lejos del espejo, y le eché una bronca impresionante, como las de mi madre cuando estaba borracha y yo era pequeña. Luego estuvimos discutiendo toda la noche.

Tuvimos otra discusión el miércoles, porque Tony vino a ver qué tal iba la operación y Ramírez se empeñó en que ahí no había nadie y yo estaba hablando sola. No entendía que obviamente no podía verlo porque es un puñetero fantasma. Solo se me aparece a mí. ¿A santo de qué se le va a aparecer a otro?

En fin, lo peor vino el jueves por la noche, cuando ya solo quedaban unas horas. Yo intentaba no ir dos veces a la misma tienda a comprar la comida, para que no pudieran fijarse en mí e identificarme si la poli o las bandas venían preguntando, así que a veces tardaba bastante en volver al hostal. El jueves pasé por delante de un mural pintado a graffitti en una pared, que representaba a la Dama Azul, con su rostro ovalado y los ojos enormes, piadosos, sonriendo mientras salvaba a un niño, acurrucado entre unos contenedores, de unos pandilleros con cuernos y garras. La Dama llevaba una pistola en cada mano y estaba disparando sobre los pandilleros. La imagen me reconfortó. Si todo salía mal, siempre podíamos contar con ella. Ya solo quedaba pasar la noche.

Entré a través de la escalera de incendios, como siempre, pero en cuanto llegué al pasillo toda mi confianza se fue al infierno de cabeza. Me paré en seco y sentí erizárseme todos los pelos del cuerpo. Empecé a temblar como si tuviera fiebre, de los puros nervios, y dejé caer todas las bolsas. El espejo del pasillo estaba roto, hecho añicos que cubrían la moqueta hasta la pared opuesta. Como si algo lo hubiera atravesado desde dentro.

–          ¡Ramírez! – chillé.

Dejando las bolsas, eché a correr hacia la puerta de la habitación. Estaba forzada, y se abrió de un empujón. Automáticamente busqué las protecciones. No estaban. ¡No estaban! La puerta del baño estaba abierta, así que me precipité hacia allí, pero apenas llegué retrocedí gritando, histérica, resbalando mientras reculaba hacia la puerta del pasillo. Estuve a punto de caer al suelo, me medio incorporé a cuatro patas y salí corriendo pasillo abajo, hacia las escaleras. Me caí, rodé, me levanté sangrando por la nariz, seguí corriendo, crucé el vestíbulo, me tiré contra las puertas de cristal y huí del Residence Inn sin mirar atrás, con la cara convertida en una máscara de sangre, lágrimas y mocos.

Ramírez estaba muerto en el suelo, cosido a cuchilladas. Y por encima de él una figura de espaldas, una mujer alta con una túnica blanca y un velo que le caía por la espalda, manchados de sangre. Bloody Mary. Pero eso no es lo peor. Eso  no es lo peor.

Estoy escribiendo esto escondida. No voy a decir donde por si alguien lo encuentra. No quiero que me encuentren. No sé qué voy a hacer. No sé qué hacer. Trato de llamarla, pero no puedo. No puedo, no puedo, no puedo. No recuerdo el nombre. No recuerdo el nombre secreto de la Dama Azul, la única que puede salvarte de Bloody Mary. No recuerdo el nombre y eso significa que voy a morir.

Porque cuando llegué a la puerta del baño, Bloody Mary se volvió y me vio la cara.

Teniente: Hemos encontrado esto en los bolsillos de Rosa Martínez, 16, la vagabunda que apareció muerta en el cuarto de baño del Taco Bell de la Segunda Avenida Noroeste, escrito a lápiz en hojas arrancadas de un cuaderno escolar. El cuerpo apareció apuñalado y rodeado de cristales rotos del espejo del baño. Creemos que lo rompió ella misma. Hemos comprobado su historia: es verdad que Ramírez iba a declarar, y que desapareció la semana pasada cuando los Murda Grove Boys atacaron su casa. Apareció muerto en el Residence Inn el viernes por la mañana. La habitación estaba a nombre de la Iglesia Evangélica Pentecostal del Reverendo Jones, de Dallas, reservada por dos semanas. La Iglesia niega todo conocimiento. 

Shoka Dhazga

Las dos lunas se alzaban en el cielo nocturno, y los tambores resonaban a la luz de las antorchas. Dos docenas de bailarinas, cubiertas solo de joyas y plumas, danzaban en el estruendo, los pendientes de oro y los cinturones de turquesas reflejando la luz de las llamas. Los cánticos guturales del Shoka Dhazga, la gran fiesta lustral de Ghaneru, ponían contrapunto al golpear de los pies sobre el suelo de tierra batida y el entrechocar de los crótalos. El calor se elevaba de la jungla, sacudido por las mismas vibraciones de los tambores, y Largh Dheka, príncipe de la Ghaneru, hijo de los dioses y señor de la vida y la muerte contemplaba la danza con rostro impávido, como una estatua tallada en granito, las piernas cruzadas sobre el estrado de marfil y caoba, cubierto por una piel de pantera, que era el trono sagrado de su estirpe.

A su derecha, de brazos cruzados, estaba Khera Khesh, el hechicero de la corte, con el sudor brillando en su cráneo rapado y un collar de huesos de niños al cuello. Sonreía, porque esta noche era la noche de su triunfo. La noche en la que su poder sería confirmado, en la que nadie podría oponerse a su influencia sobre Largh Dheka y su posición como mano derecha del príncipe. Porque en la noche del Shoka Dhazga, según la antigua tradición pasada de generación en generación durante más tiempo del que nadie podía recordar, el príncipe tenía una obligación, y solo una. Cualquiera que esta noche acudiese ante él e hiciese una petición, cualquiera que esta fuese, sería satisfecho, siempre que ello no fuera contra las costumbres o la integridad del reino. Cada cinco años, los pobres desfilaban ante el príncipe pidiendo dinero, los que tenían algún agravio, justicia, y los delincuentes, el perdón. Los favores otorgados en el Shoka Dhazga a los cortesanos solían bastar para dar forma a las relaciones de poder en Ghaneru durante los siguientes cinco años.

Y Khera Khesh iba a hacer su movimiento hoy, por fin. Tras un lustro de maquinaciones e intrigas, de asesinatos y bajezas, le iba a bastar tan solo con formular su petición al príncipe: la mano de su hermana, Largh Mokha, en matrimonio. Khesh no tenía el más mínimo interés en la joven, naturalmente. Él era veinte años más viejo, y tenía un harén de trescientas concubinas traídas de todos los rincones del mundo, algunas de las cuales ahora le abanicaban con plumas de avestruz o le traían copas de cerveza helada. Pero Largh Mokha era la hermana gemela del príncipe, y en el reino de la magia, los lazos de sangre son los más fuertes de todos. Cuando Mokha fuese suya, Khera Khesh podría hacer con ella cuanto quisiera, según la antigua ley. Sería su verdadera esposa, no una simple concubina desnuda destinada a su servicio, sino la madre de sus hijos. Sería llevada a su torre de piedra, en el límite de la selva y el pantano, para vivir el resto de sus días en una jaula dorada de la que nadie la vería salir jamás, donde solo la visitarían sus esclavos.

Allí, oculta a ojos de todos, ¿cómo iba a quejarse de cualquier ritual, hechizo o vejación a la que su marido fuera a someterla? ¿Cómo iba a hablar al príncipe de la magia negra que tenía lugar tras aquellos muros? Incluso si lo intentaba, la ley antigua no daba ningún valor al testimonio de una mujer, y la pena por abandonar el harén sin permiso era la muerte. Una vez tuviese a Largh Mokha, no se escaparía, y a través de ella, Khera Khesh podría urdir cuantas brujerías quisiera sobre su hermano. El príncipe sería un esclavo de su voluntad, exactamente igual que Mokha, se inclinaría ante los más nimios deseos del brujo. Él reinaría verdaderamente, aunque otro se sentara en el estrado. Una sonrisa cruel le deformó los rasgos de buitre.

Las danzarinas continuaban evolucionando sobre el escenario, dando volteretas y palmadas, contoneando las caderas a la luz de las llamas, retorciéndose como serpientes en el centro del ruedo, coreando los rítmicos cantos de la fiesta y soltando de vez en cuando un aullido espontáneo, un sonido inarticulado de pura exultación. Los tambores batían cada vez más y más rápido a medida que la danza se acercaba al clímax, y Khera Khesh sonreía, al recordar otros aullidos, gritos menos alegres que había escuchado solo unos meses atrás. Los chillidos de angustia y dolor de los habitantes de la aldea de Muzhaga, arrasada hasta los cimientos por orden suya, las chozas quemadas, los niños degollados, los adultos empalados o crucificados en los árboles de la selva cercana, los ídolos de la aldea pisoteados y rotos a golpes de barra de hierro antes de arder hasta las cenizas.

Había tenido que hacerlo, aunque no usaba el “deber” como justificación. Había tenido que hacerlo y además le había gustado. Era una muestra del poder que ya tenía, y prefiguraba el que pensaba obtener esta noche: el poder de vida y muerte, de decidir con su capricho el destino de cientos o miles, de gobernar sin preocuparse de la moral o las tradiciones, solo de su propio placer. Aunque esta vez no había sido capricho: sus agentes le habían informado de que Largh Mokha, que ahora se sentaba al lado izquierdo de su hermano, evitando mirar hacia Khesh mientras sus esclavos le llevaban dátiles a la boca, tenía un amante en Muzhaga, un joven guerrero que, se decía, había sido designado como el próximo Portador de la Lanza de su tribu y por ende, un dignatario que no solo se llevaría a Mokha, sino que además podría amenazar el poder de Khera Khesh. No podía permitirlo, ni tampoco hacerlo asesinar, porque habría sido demasiado obvio, así que acusó a la aldea de practicar la magia negra y adorar a ídolos prohibidos. Solo su palabra bastaba, pero hizo a un esclavo colocar en el santuario de la aldea uno de los ídolos a los que el propio Khesh adoraba para dar verosimilitud a la escena. El esclavo fue asesinado junto con todos los demás, por supuesto, para que no hablase.

El trueno de los tambores arreció una última vez, y por fin cesó. Los heraldos, con pieles de gacela y bastones rematados por cuernos y plumas de vivos colores, ocuparon el ruedo para representar la antigua pantomima, el ritual por el que convocan a los súbditos del príncipe al Shoka Dhazga, a arrodillarse ante su soberano y solicitar humildemente las gracias que el ojo vigilante de las dos lunas, en esta conjunción que solo se produce una vez cada lustro, le obliga a otorgarles. Y entre el sonido de los cuernos de carnero y los crótalos, salieron de la selva, uno tras otro, para comunicar su petición a los heraldos enmascarados, en tenues susurros que nadie más tiene permitido oír. Solo si el heraldo asiente con la cabeza, confirmando que la petición es legítima, se permite al peticionario arrodillarse ante el soberano. Alrededor del escenario de tierra batida, las puntas de hierro de las lanzas brillaban a la luz de las llamas, en manos de los soldados que Ghora Fakha, Primer Portador de la Lanza, primo del príncipe y enemigo jurado de Khera Khesh, había apostado para mantener el orden.

Los peticionarios pasaban uno tras otro, con hipnótica regularidad, a medida que las lunas se desplazaban en el cielo. Uno quería cinco medidas de semillas de sorgo para sus campos, pues los cuervos se habían comido las suyas. Otro una dote para su hija núbil. Un tercero permiso para vender sus sedas en el gran mercado que se reúne cada luna frente al palacio. Uno tras otro, con sus estúpidos caprichos y sus peticiones anodinas. Khera Khesh se juró que, cuando controlara al príncipe, pondría fin a esta estúpida costumbre, o la restringiría a la nobleza. O mejor, se dijo, se la prohibiría a la nobleza. No hay peligro político en cinco medidas de sorgo, pero sí en la mano de una princesa.

Mientras se regodeaba pensando en el poder que iba a adquirir esa misma noche, algo llamó su atención. Junto al heraldo enmascarado, que escuchaba atentamente,  había una figura muy distinta de los campesinos barrigones y calvos que habían pasado ante el príncipe durante la última hora. Una figura alta, fornida, ataviada con la piel de pantera de los dignatarios, aunque era una piel sucia, desgarrada y ensangrentada. Llevaba una cimitarra a la cintura, y, sujeta a la cadera, lo que parecía el asta rota de una lanza, cuyo penacho heráldico, que colgaba del extremo inferior, era imposible distinguir correctamente a la luz de las antorchas. El heraldo miró hacia el príncipe mientras el hombre hablaba, luego de nuevo al peticionario y finalmente a Khera Khesh. Éste se tensó al percibir la mirada, y, pudo notarlo, también el resto de los dignatarios que rodeaban al príncipe. Se habían dado cuenta. Ghora Fakha emitió un resoplido semejante a una carcajada despectiva. Todos sabían que la próxima petición tendría algo que ver con él.

El suplicante se acercó al centro del ruedo, acompañado por los dos heraldos, que luego se retiraron con una reverencia. Clavó los ojos en Khesh, luego en el príncipe, y finalmente, largamente, en Largh Mokha, la princesa. Ésta emitió un gemido corto, ahogado por el abanico de plumas con el que se cubrió el rostro. El suplicante se arrodilló ceremoniosamente, hasta tocar la frente con el suelo como marca la tradición. Solo entonces habló, y su voz resonó en la selva como el rugido de un león.

–          Soy Muzhaga Razha, que fue Portador de la Lanza de la Tribu. Aunque mi pueblo ha sido maldito y proscrito, el heraldo me ha dado permiso para presentar mi petición, y el príncipe está obligado a oírme.

Una conmoción recorrió la plataforma de los dignatarios al oír el apellido. Muzhaga, la tribu maldita, la tribu que el propio Khera Khesh había condenado falsamente por practicar la magia negra. La tribu del amante de Largh Mokha, cuyo nombre, que había huido de la mente del brujo hasta ese mismo instante, resonaba ahora alto y claro en el ruedo. Muzhaga Razha.

–          Te escucho- respondió Largh Dheka, imperturbable pese a encontrarse ante un supuesto traidor y adorador de demonios.

–          Mi pueblo fue acusado de brujería por Khera Khesh y pasado a cuchillo. Los gritos de los niños me despiertan aún cada noche, oh, príncipe. Solo yo escapé por el río. Khera Khesh nos acusó en falso, como tú bien sabes, pues nos conocemos desde hace mucho. Por qué se lo has permitido no es asunto de mi incumbencia, pues el príncipe es sagrado e inviolable, y su palabra es la ley. Pero la ley también me da derecho a hacerte esta petición.

Así que el príncipe sabía que era todo mentira. De nuevo, Khesh sonrió, porque eso solo podía significar que su influencia sobre el monarca era mayor de lo que él mismo creía. Ni siquiera habría sido necesaria la elaborada mentira de la brujería.

–          Di cuál es, Muzhaga Razha, y si verdaderamente es legítima, como afirma el heraldo, te será concedida.

–          Mi petición no es más que esta: que me permitas invocar el derecho de todo hombre libre a retar a otro a duelo. Que me permitas retar a Khera Khesh y, si los dioses están conmigo, vengar a mi pueblo con su sangre.

Un escalofrío recorrió la espalda del brujo, que se estremeció violentamente en su puesto junto al príncipe. Descubrió que le sudaban las palmas de las manos y las sienes, un sudor frío y desagradable, y que le temblaban las rodillas. ¿Un duelo, él? ¿Él, que no había luchado con nadie que no estuviese firmemente atado o mortalmente herido en más de treinta años? La voz le salió como un chillido agudo, débil:

–          ¿Un duelo? Mi señor, yo…

Ghora Fakha estalló en carcajadas, cruzado de brazos junto a su primo y la princesa, que ahora lloraba en silencio en su abanico. Los brazaletes de oro que ceñían sus gruesos bíceps relucían, y el collar de cuentas de hueso de guerreros que había muerto en combate traqueteaba sobre su ancho pecho desnudo. Clavó una mirada penetrante y burlona en el brujo, sonriendo de oreja a oreja.

–          ¿Tienes miedo, brujo? ¿No te atreves a enfrentarte a un hombre como lo hacen los hombres?

–          Mi señor- chilló Khesh, ignorándolo, dirigiéndose a la figura hierática del príncipe-, no soy un guerrero. Si le permites hacerlo, me estarás condenando a muerte. ¿No te he servido bien? ¿No he sido tu mejor esclavo?

–          La petición es legítima- respondió el príncipe, sin atisbo de emoción.

–          Mi señor, no lo permitas- desesperado, Khera Khesh apoyó la mano en el hombro sagrado de su soberano-. Sería un asesinato. Mi señor…

El príncipe clavó la mirada, una mirada oscura y dura como el acero, en la mano transgresora del brujo. No dijo nada. No le miró al rostro. Simplemente clavó los ojos en la mano nudosa y llena de venas de Khera Khesh, que la retiró bruscamente, como si le hubieran aplicado un hierro al rojo.

–          Mi señor, no tengo espada.

–          Puedes usar la mía, brujo- Fakha estaba disfrutando con la escena, como un niño en una fiesta de marionetas; le tendió su cimitarra a Khesh con el puño por delante, y éste retrocedió acobardado, sin atreverse a tocarla.

–          ¿Me concederás mi petición, oh, príncipe?

–          Sea.

Eso fue todo. Largh Dheka no dijo nada más, ni movió un músculo del rostro tras condenar a muerte a su más fiel vasallo, al hombre que lo había criado y educado, que había guiado sus pasos durante veinte años, que había sido su mentor y su mejor aliado. Khesh balbuceó, trató de apelar a él, pero fue imposible. Los soldados de Fakha lo agarraron por los hombros y lo empujaron al ruedo, poniéndole la cimitarra en la mano a la fuerza, obligándolo a cerrar los dedos sobre el puño forrado de piel de cocodrilo. Ante él, Muzhaga Razha se alzaba como una estatua de hierro, con la piel de pantera en torno a las caderas y los ojos encendidos de un loco, el sudor brillando bajo las llamas en sus brazos y espalda. Khesh temblaba como una hoja en pleno monzón.

–          Khera Khesh, te reto a duelo, como es el derecho de los hombres libres, para que respondas por tus crímenes. Si tus negros dioses tienen un mínimo de piedad, que acojan ellos tu alma, porque los antepasados no mancharán sus salones con tu espíritu.

Escupió en el suelo, levantó una nube de polvo con el pie como dictaba la tradición, y avanzó tres pasos, alzando la cimitarra. Todo ello eran frases y gestos rituales, mera pantomima como la representación de los heraldos, que ahora recorrían el borde del ruedo para servir de árbitros. El duelo aún no había comenzado realmente, y no lo haría hasta que Khera Khesh respondiera de algún modo. Pero la lengua se había convertido en un peso muerto en su boca, y su mente, de ordinario tan ágil, se había quedado en blanco. Iba a morir. Iba a morir y su príncipe, al que creía tener dominado, a quien creía su esclavo, lo había entregado a la muerte sin apenas pensarlo, sin mostrar la más mínima emoción. ¿Qué se escondía tras aquellos ojos negros? ¿Era de verdad un mero pelele, una marioneta en sus manos, o había más sabiduría de la que pensaba tras el rostro hierático del príncipe?

Razha se acercaba, espada en mano, esperando su respuesta, rodeándolo como un león dispuesto a abatir a la gacela. Esperaba y esperaba, pero Khesh no respondía. No podía responder. Entonces un movimiento le llamó la atención por el rabillo del ojo: el heraldo le había dado permiso para comenzar, alzando su bastón coronado de plumas y cuernos. La falta de respuesta de Khesh no era una tabla de salvación: su tiempo se había agotado, y el duelo comenzaba de todos modos.

Retrocedió, aterrado, pero los soldados lo empujaron de nuevo al ruedo en cuanto su espalda rozó los escudos de piel de búfalo. Trató de huir, pero Razha era veinte años más joven, mucho más fuerte y ágil, y un verdadero guerrero. Los mandobles del Portador de la Lanza pasaban rozando la cabeza calva del brujo, que los esquivaba apenas por pura suerte, si es que Razha no estaba jugando con él, si es que no se divertía a su costa antes de matarlo como el gato con el ratón. El brujo fintaba y retrocedía, trataba de escapar por cualquier medio, pero era inútil. Recorrían el escenario de un lado a otro, y aunque Khesh jadeaba y sudaba, Muzhaga Razha parecía tan fresco como si acabara de levantarse.

Solo entonces se dio cuenta Khera Khesh de lo que ocurría. Solo entonces percibió la estrategia del guerrero, porque había una. Lo que él creía que era el patrón errático de su propia huida no era más que un camino cuidadosamente diseñado, un sendero por el que Razha lo había ido guiando con acero, a golpes de cimitarra y fintas que, asustándolo, lo hacían girar cuando él lo deseaba, dar un paso atrás aquí o moverse a la izquierda allí. Ahora se encontraban a los pies mismos del estrado, directamente debajo de Largh Dheka. Cuando miró a los ojos a Razha, Khesh percibió la verdad. No llegó a alzar la espada. La cimitarra de Razha le hendió la cabeza como un melón maduro, pero no se detuvo ahí. Para cuando las lanzas de los soldados atravesaron el cuerpo de Muzhaga Razha tres docenas de veces, su cimitarra ya estaba profundamente hundida en el corazón de Largh Dheka, príncipe de Ghaneru, que había permitido la masacre de su pueblo.