La Llamada

No soy de este mundo.

Me han encerrado en esta prisión, como si no fuera desde siempre un prisionero. Como si esta carne y este mundo no fueran mi cárcel desde el mismo momento en que fui concebido. Pero yo no soy especial,  o solo lo soy porque me doy cuenta. Todos estamos atrapados, todos somos prisioneros en este mundo que no es más que el verdadero infierno. Nuestras almas están encarceladas y no lo sabemos, porque estamos dormidos, borrachos con las sensaciones del mundo.

Yo he despertado. Desperté hace mucho, en realidad, aunque los médicos y los psicólogos digan que es justo lo contrario, que mi mente está perdida. Por eso me tienen aquí, atado y amordazado. Pero mi mente no está perdida, sino que ha sido encontrada, porque la Primera Vida me ha llamado desde más allá del Abismo, desde las regiones de la totalidad que yacen más allá de esta prisión que llamamos mundo. De entre todos estos que gritan y babean por las noches, yo soy el único cuerdo, y también de entre todos los que viven más allá de estos barrotes. ¿Es que no se dan cuenta de que el cuerpo es una cárcel tan fuerte como cualquiera de las construidas por el hombre? ¿Nunca han visto que el universo es un enorme campo de concentración?

Desde que era niño, oía la Llamada. Todavía no sabía cómo describirla, pero ya sabía que este mundo no era mi hogar, que este cuerpo no era el mío, sino una cáscara de carne torpe y molesta que me impedía moverme con libertad. Recuerdo el patio, bajo la mirada de los profesores, que ya me parecía un Alcatraz, el patio donde los otros niños se reían del raro, del que decía cosas extrañas, porque todavía no sabía cómo describir lo que sentía, la soledad y la alienación de este desierto en el que el alma se encuentra perdida y entumecida. Me llamaban el loco, porque les decía que me sentía atrapado, como si viviera siempre bajo el castigo del director del colegio. Eso no solo me valió risas y desprecios, sino también alguna paliza que otra, y en el dolor físico percibí también las cadenas que me ataban al mundo.

Con la adolescencia aprendí a formular mejor mis sensaciones, pero eso no hizo desaparecer los problemas, sino que los incrementó. Recuerdo las clases de catequesis para la primera comunión: la iglesia del barrio con sus jardineras frente a la puerta y sus cuadros pintados por el propio cura, la sala en la parte de atrás, junto a la sacristía, donde nos sentábamos en viejos bancos de madera llenos de astillas, y la expresión ceñuda del sacerdote mientras nos informaba severamente de que íbamos a recibir el cuerpo y la sangre de Cristo. El aire olía a incienso, a barniz y a cera para el suelo, y una ligera brisa agitaba las casullas colgadas de una percha.

– Pero si Jesús es Dios, ¿cómo vamos a comernos su carne?

El padre interrumpió su discurso a media frase. Oí risitas a mi espalda. Ya estaba el raro cuestionándolo todo. El sacerdote carraspeó profundamente y me clavó aquellos ojos oscuros.

– ¿Perdón?

– Si Jesús es Dios, no es de este mundo. ¿Cómo vamos a comérnoslo?

– Cristo se encarnó en el mundo, se hizo un hombre verdadero para salvarnos, y se vuelve a encarnar en el pan y el vino de la comunión cada domingo.

Negué con la cabeza, incapaz de aceptar aquello. No me entraba en la cabeza, y aún no había aprendido a callarme. Nunca aprendí.

– No tiene sentido. Si vino a salvarnos del mundo, ¿por qué entrar él, en vez de sacarnos a nosotros? Seguro que no era más que una imagen, o una aparición. El cuerpo es demasiado repugnante como para que Dios se encarne en él… y encima comérnoslo, qué asco.

El cura estaba lívido de rabia, con los labios apretados y los nudillos blancos, aferrado al borde de la mesa. Me miraba como si yo fuera el mismísimo diablo, y cuando habló, la voz sonó estrangulada, rota.

– Quédate después de la clase. Quiero hablar con tus padres. Dudo que hagas la comunión este año.

Yo no quería hacerla. No quería tener nada que ver con comer carne y beber sangre, ni, para el caso, con comer y beber nada. Entre los doce y los dieciocho me pasé la vida de nutricionista en nutricionista y de psicólogo en psicólogo, arrastrado por mi madre, que no dejaba de llorar ni un momento. Todo empezó la vez que me pillaron en el baño.

Me sobresaltó el sonido de la puerta, y a ellos los ruidos guturales que salían del lavabo. Me encontraron arrodillado junto a la taza, con tres dedos en la garganta, devolviendo. La bilis manchaba los azulejos y la taza, y el aire apestaba a vómito, lejía y ambientador de pino. A mi madre le dio un ataque de ansiedad: el niño tiene anorexia. Pero no era anorexia, a mí me daba igual estar gordo o delgado. Sencillamente, me daba un asco terrible la comida y la bebida, carne muerta o raíces extraídas del suelo con herramientas de metal para ser digeridas y convertidas en desechos, para encadenarnos a este mundo.

Pues eso es lo que hace: encadenarnos al mundo. ¿No valdría más la pena dejar de comer y terminar con todo de una vez? Eso mismo le dije un día al psicólogo. ¿No es la forma más sencilla de escapar de esta cárcel donde vivimos? Por supuesto, no se lo tomó bien, y más de una vez me vi, como ahora, encadenado a una cama y con suero, con un tubo que me atravesaba la nariz y la garganta, llenándome la boca de sabor a plástico húmedo, para alimentarme por la fuerza. Tuve que dejarme barba, porque mis padres escondieron todas las cuchillas de la casa, solo por si acaso. El psicólogo decía que tenía tendencias suicidas, y supongo que es verdad, pero yo mismo todavía no entendía el motivo. Solo sabía que me sentía atrapado, pero aún no me había dado cuenta de que el Rey de la Luz había pronunciado mi nombre mucho tiempo atrás.

Internet me proporcionó la oportunidad de comprender por fin qué me ocurría. Había otros como yo, y los había habido siempre. Leí las obras de Valentiniano y de Mani, la biblioteca de Nag Hammadi y los textos sagrados de los mandeos. Leí las críticas de Ireneo a los gnósticos, y todo lo que denunciaba como blasfemias resonó en mi alma como un diapasón. Por supuesto que había una realidad más allá de la cotidiana. Por supuesto que el mundo era una prisión, una cárcel donde las almas están atrapadas en los cuerpos y las leyes de la naturaleza. Por supuesto que Dios no podía ser ni una criatura celosa y vengativa, ni un señor normal que se pasea por el mundo como si tal cosa. El cuerpo de Cristo era solo apariencia, su Pasión solo una ilusión. Él era puro espíritu, como todos deberíamos ser, y vino para enseñarnos a escapar de la cárcel en la que nos han encerrado los Príncipes de este Mundo.

Aprendí también que estábamos perseguidos. Como los cátaros en Montsegur, las autoridades, tanto las humanas como las sobrenaturales, nos cazan porque no toleran que sepamos la verdad y revelemos al mundo que existe algo más, que al otro lado de las leyes y las normas y la carne y lo material existe un universo de luz espiritual donde podemos ser libres. Tenemos que escondernos, ocultar lo que somos, mentir incluso, para evitar que nos encierren, o que nos maten antes de que nos hayamos purificado lo bastante como para evitar reencarnarnos y poder escapar.

Acabé yéndome de casa, incapaz de soportar el materialismo y el consumismo de la sociedad moderna. Desde los diecinueve he vivido como un vagabundo en la calle, viviendo solo de lo mínimo necesario para sustentarme, renunciando a todo para ir cortando, poco a poco, los lazos que me atan a este mundo corrupto. Los Príncipes ya apenas tienen poder sobre mí, pero no ha sido un camino fácil. Palizas entre cartones y cristales rotos a las seis de la mañana, peleas por un trozo de comida o una colilla. Confieso que sucumbí a la tentación y más de una vez me emborraché con vino barato para calmar el dolor y calentarme, aunque sabía que eso solo retrasaba la iluminación. La policía abusaba de mí, de nosotros, y nos acosaba y golpeaba, pero era de esperar. Al fin y al cabo son agentes de la ley, agentes de las Autoridades del Mundo cuya labor es hacer la vida imposible a los prisioneros.

En un momento dado empecé a concebir una idea. ¿No era egoísta buscar liberarme yo solo, mientras el resto sigue sometido? En las películas de cárceles que veía de niño, ¿no era el héroe siempre el que organizaba una fuga para todos, en lugar de huir como si nada le importara? Así que empecé a predicar, a hablar en las esquinas y en las plazas, subido a una caja de tomates rescatada de la basura. Abandonen el materialismo, las cosas del mundo, las normas y las leyes, abandonen la comida y la bebida y la moral y las convenciones sociales, porque solo son las armas del enemigo, las cadenas con las que estamos atados a este mundo perecedero y putrefacto.

Supongo que si hubiera sido un sabio hindú o budista me habría forrado, y todos me hubieran escuchado. Pero no lo era, así que empezaron a llamar a la policía para que me echara y me silenciara. Cuando me expulsaban de un lugar me iba a otro, y a los pocos días regresaba, buscando siempre una audiencia, alguien que me escuchara y viera la verdad de las revelaciones que tenía para el mundo. Pasé más de una noche en comisaría, e incluso estuve unas semanas preso, en una verdadera prisión, porque me dejé llevar por la ira y ataqué a un señor mayor que tuvo la desfachatez de tirarme unas monedas, sin siquiera escuchar lo que tenía que decir. ¡A mí, que estaba hablando en contra del materialismo y del mundo, como si fuera un simple vagabundo!

Desde ese día adquirí mala fama, y los policías me vigilaban con mayor atención. Era verdad que eran agentes de los Poderes, que nos perseguían y acosaban. Pero prevalecí, porque mi ministerio era más importante, más fuerte. Continué predicando pese a los empujones y las palizas y las amenazas, viviendo entre cartones y buscando salvar las almas de los demás, atrapadas como la mía en este mundo material. Incluso recrudecí mis métodos, porque no podía permitir que me silenciaran.

Empecé a seguir a la gente por la calle, sobre todo a los que veía más necesitados: a los ricos, los abogados, los policías y los sacerdotes. Les pisaba los talones hablándoles de la verdad, del mundo de la luz y de la Gran Vida que nos había llamado a todos, y del Creador que nos tiene retenidos bajo barrotes de leyes y dinero. A veces perdía la paciencia, lo admito, y los insultaba, los acusaba de no querer ver la verdad, de ser servidores de las Autoridades, de traicionar a su verdadera naturaleza. A alguno lo llegué a agarrar por el brazo, y entonces llegaban las denuncias y las noches en el calabozo.

Así es como llegué aquí, a esta prisión psiquiátrica donde me han encerrado para evitar que difunda mi mensaje entre la población y neutralizar la amenaza. Me tienen incomunicado,  ni siquiera dejan que hable con los otros presos o con el personal. Me obligan a alimentarme cuando me niego, y envían a sus psicólogos para que me torturen. Dicen que estoy loco y que soy un peligro para la sociedad, que lo que hice es un crimen y que no se puede permitir que esté suelto hasta que esté “curado”.

¡Curado! Yo, que soy el único cuerdo de este país.

Reconozco, eso si, que lo que hice no está bien. Me dejé llevar por la emoción, por la excitación y por la oportunidad de retransmitir mi mensaje a todas partes. Me cegué, o quizá fueron los Poderes quienes me cegaron para perderme. Apenas recuerdo nada… el estrado al que trepé, los focos y las cámaras, los gritos del personal de seguridad. El empujón que le di al que estaba hablando en el estrado y el rugir del público. Debí tener más cuidado, eso es verdad.

¿Cómo iba a saber que se iba a romper el cuello?

¿Cómo iba a saber que era cardenal?

Pero, ¿quién son ellos para juzgarme?

Después de todo, no soy de este mundo.

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