Trinidad

1

Luces azules reflejadas en la fachada de cal agrisada, luces anaranjadas refractadas por los charcos, y el ulular chirriante de las sirenas en la noche madrileña. Todo aparecía bañado en un resplandor ambarino, que teñía los rostros de los paramédicos, los policías y los curiosos como el reflejo de un holocausto. Aún no habían llegado los periodistas, pero no tardarían mucho. Ya se veían móviles grabando la escena y tuiteando, a pesar de que eran las cinco y media de la madrugada.

Cuando el coche de Blanco se detuvo junto al precinto, ya lo estaba esperando un policía uniformado, el primero en llegar tras el aviso de la policía local. Debía tener unos cuarenta años, con el rostro curtido y canas en las sienes, pero pese a la experiencia estaba pálido y parecía nervioso. Blanco cerró el coche de un portazo antes de volverse a él.

–          ¿Qué hay? Inspector Blanco- le dio la mano al hombre, que apenas respondió-. ¿Qué tenemos? ¿Robo, profanación?

–          Eh…- el policía dudó, tragó saliva y evitó la mirada de Blanco-, no exactamente.

–          ¿Cómo que no exactamente?

Blanco traspasó el precinto y echó a caminar entre las ambulancias amarillas y los paramédicos que tomaban café sentados en un banco de la pequeña plaza. La iglesia se alzaba ominosa, con el chapitel quebrado como por un rayo y densas capas de hollín en las ventanas, cuyos cristales aparecían destrozados. Un coche de bomberos estaba aparcado en una calle lateral, dentro del precinto.

–          ¿Por qué hay tantas ambulancias? ¿Qué demonios ha pasado aquí?

–          Sinceramente, no estamos seguros. Bueno, no tenemos ni idea.

El inspector se detuvo en el centro de la plaza y fulminó con la mirada al policía, que tosió nerviosamente, evitando mirarle a los ojos.

–          ¿Me quiere explicar de una vez lo que pasa?

–          Es que… sabemos lo que ha pasado, claro, pero… es que no… no entendemos.

–          A la mierda.

Blanco echó a andar como una tromba y cruzó las fauces de la iglesia, negras de humo. Al otro lado se detuvo en seco. La imagen era… dantesca. Rojo y negro y sábanas blancas, olor a cenizas, a amoníaco y a cobre y a algo más, algo penetrante, dulzón y desagradable, como almizcle viejo y corrupción asentada. A través de aquel paisaje infernal se le acercaban dos figuras, una mujer de rostro cansado y un hombre calvo con guantes de látex. La jueza y el forense, supuso. Paseó la mirada a su alrededor, sintiendo como se le revolvía el estómago ante el chapotear pegajoso de los zapatos de los otros dos. A su espalda, el policía uniformado parecía que trataba de hablar, pero se le atragantaban las palabras en la garganta. No era de extrañar.

2

El café estaba frío en su taza. La única luz en el piso de Blanco era la del monitor del portátil. Normalmente entraría también, a través de la cortina, la luz parpadeante de la farola que le habían instalado justo enfrente, pero no esta vez. Esta noche no había luz alguna en la calle. No sabía qué hora era. Sentado incómodamente en el sillón, con una pierna debajo del cuerpo, llevaba leyendo aquello toda la noche. No recordaba haber cenado. Solo se oía el zumbar del ventilador interno y, de vez en cuando, el ligero chirriar de la rueda del ratón.

Habían encontrado el pendrive en el bolsillo del pantalón del Padre Felipe, debajo de la casulla. Los técnicos decían que les había costado una barbaridad acceder al contenido, porque la tapa estaba pegada al resto bajo una capa de sangre seca y otros fluidos. Y da gracias, le habían dicho, que es de los de tapa. Si llega a ser el modelo que tiene el conector al aire y se pliega, no habría habido forma de recuperar nada. Así que Blanco se había encontrado en su ordenador aquella misma mañana con la confesión del sacerdote, del responsable último de la macabra escena de la iglesia. Pensando en leerlo con calma, se había hecho una copia para llevárselo a casa, y aquí estaba ahora, leyendo… pero no con calma. No se podía leer aquello con calma.

Eran los desvaríos de un loco, una confesión completa escrita de un tirón, sin orden ni concierto, un non sequitur y un sobreentendido tras otro. El sacerdote había escupido su alma en el ordenador, vomitado todo el veneno que le corroía por dentro y que le había llevado a corromper a su feligresía, a intoxicarlos poco a poco de sus ideas perversas, y a arrastrarlos finalmente a aquel horror sangriento y repugnante que Blanco había visto en la iglesia, aquella pesadilla que le acosaba desde entonces, tres días con sus noches sin poder conciliar el sueño, porque cada vez que cerraba los ojos lo veía, lo olía, lo sentía y lo saboreaba, como una miasma que lo hubiera impregnado para siempre, una sábana pegajosa que lo hubiese cubierto y de la que jamás podría desprenderse, como la tela de una araña venenosa que lo hubiera atrapado.

Tres días con sus noches.

Se levantó, renqueando con el pie dormido, y se asomó a la ventana. La más absoluta y completa oscuridad. Madrid estaba en sombras. Un apagón brutal, como nunca se había visto, cubría la capital de España y sus aledaños. No solo la ciudad, sino todos los municipios circundantes, toda la conurbación. Desde el satélite, la zona más brillantemente iluminada de España era ahora una mancha negra en el mapa, como Corea del Norte o el Amazonas. La radio de pilas de Blanco había dicho que no se sabía qué ocurría ni cuándo estaría arreglado. No parecía ser un fallo mecánico.

Miró al cielo. Nubes negras. No se veían ni siquiera las estrellas.

Tres días con sus noches.

Lenta, deliberadamente, Blanco entró en la habitación. Se sentó en la cama, respiró hondo. Oscuridad completa. El disparo sonó como un trueno.

3

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Extracto de la confesión del Padre Felipe Corvo:

En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.

Cuántas veces he pronunciado esa frase, sin saber quién era el Padre, quién el Hijo, y quién el Espíritu Santo. Fui un buen sacerdote, un buen chico. Creí lo que me dijeron e hice lo que me dijeron, hasta que empecé a hacerme preguntas. ¿Por qué el canon, por qué cuatro Evangelios y no cinco, o seis, o diez? ¿Por qué el Cantar de los Cantares y no el Libro de Enoch? ¿Por qué el Deuteronomio y no los Siete Libros de Moisés? Así que leí, leí y comprendí, y quise leer más, y pronto tuve en mis manos ese terrible Evangelio de Yemen que tradujo Wormius y se publicó en Salamanca, y un ejemplar de la obra prohibida de d´Erlette, y de la de Ludwig Prinn. Vi. Leí. Creí. Supe. En las profundidades de la Biblioteca Nacional encontré una copia de la obra de Felipe de Navarra, donde se habla de la Segunda Venida y de la ruina que está por llegar. Y en las especulaciones insinuadas de Von Juntz y en el Evangelio de Derinkuyu encontré la verdad que nunca nadie ha querido admitir.

En el nombre del Padre. El centro del infinito, el origen de todo, cuyo nombre no puede ser pronunciado, rodeado de un coro de sirvientes que lo alaban. Un coro, sí, de flautas enloquecedoras y ululantes. Un dios ocioso, omnipotente pero inmóvil. ¿Un nombre que no puede pronunciarse? Los labios humanos no se hicieron para ello, pero yo lo he leído, y lo he pronunciado en la oscuridad. El nombre de Azatoth.

En el nombre del Hijo. Dios en forma humana enviado a nosotros para revelarnos la auténtica naturaleza del cosmos. Llegado de Egipto para predicar a las naciones, taumaturgo, profeta. Llegado no para traer paz, sino espada. Mensajero, alma y mente de su Padre, cuya inefable voluntad cumple en la Tierra con aún más inefables propósitos. N´gai, n´gha´ghaa, Shoggog, Y´hah, Nyarlathotep! Iä!

En el nombre del Espíritu Santo. Omnipresente, aquel que lo sabe y lo ve todo. El uno en todos y todos en uno, la llave y la puerta y el guardián de la puerta. La esencia última del universo, capaz de alzar a los muertos por la sola mención de su nombre. Y´ai´ng´ngah, Yog-Sothot! Hée-l´geb! F´ai Trhodog!

Y hay otros, otras verdades ocultas a los no iniciados. ¿Qué decir de la Magna Mater, la Virgen Negra adorada en bosques y montañas desde el Paleolítico y que hoy ocultamos castamente bajo un velo de mentiras? Iä! Shub-Niggurath!

La congregación está conmigo. Esta noche lo haremos, traeremos de vuelta al Hijo como está profetizado, aunque nos costará la vida. Otros ya tienen este documento y continuarán nuestra labor. Como en los Evangelios, seguirán tres días con sus noches de completa oscuridad, y Él se alzará de nuevo de los Abismos, esta vez para terminar de una vez con todo y salvar a los que merezcan ser salvados.

En cuatro noches, el mundo llegará a su fin. Iä! Azatoth! Iä! Nyarlathotep! Yog-Sothot!

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Veni, Veni, Venias

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Saturno y Júpiter estaban en la conjunción correcta. Aldebarán y Sirio se habían elevado en sus lugares, y las Híades resplandecían sobre el horizonte tal y como estaba prescrito. Tenía que ser esta noche. Había llegado el momento del ritual.

Angstrom trabajaba solo, frenéticamente, disponiéndolo todo para la ceremonia. El lugar no era el más adecuado: un viejo matadero abandonado, poco más que una nave de cuyo elevado techo de uralita aún colgaban cadenas, ganchos y grúas. Pero tendría que servir. Él mismo, tras comprar el edificio, había sellado las ventanas soldando planchas de hierro en las estrechas troneras que se abrían en la parte superior de los muros, y había contratado a una empresa para que reparara e impermeabilizara el techo. Según el ritual, no podía entrar un solo rayo de luz en el templo durante todo el proceso.

Llevaba cuarenta días purificando el lugar con sal y azufre, asperjando agua consagrada en los rincones, ayunando y meditando desnudo sobre el suelo de cemento. Durante los últimos tres días no había probado más que agua y pan ázimo, y se había estado flagelando diariamente. Ahora se movía por la inmensa nave, jadeando cada vez que el cilicio se hundía en la carne de su muslo, trazando los complicados diagramas geométricos que describía el texto con ayuda de una cuerda, una barra vertical y un trozo de tiza. No eran los típicos círculos y triángulos de los textos herméticos, sino símbolos complejos, ángulos extraños que se rompían y reunían, fractales que daban paso a líneas curvas y espirales matemáticamente precisas. Y los símbolos. No era ninguna escritura conocida, nada que Angstrom hubiera visto en sus cuarenta años de experiencia. Ni hebreo, ni cuneiforme, ni sánscrito, ni chino. Ni siquiera lineal-A. Eran signos arcanos, vagamente orgánicos en su forma, que parecían retorcerse bajo la mirada, y querer escapar de la tiza cuando los inscribía en los diagramas.

Sería fácil y cliché decir que sus compañeros lo tomaban por loco. También sería cierto. Angstrom llevaba la mayor parte de su vida estudiando lo sobrenatural, el horror y lo grotesco. Muchos de los investigadores que conocía se habían lanzado a la tarea queriendo creer, deseando fervientemente encontrar un críptido, un alienígena, un demonio, y jamás lo habían hecho. Incluso si publicaban artículos sensacionalistas y sembraban preguntas aparentemente sin respuesta, ellos mismos reconocían en privado que todo lo que habían visto no era más que superchería fácilmente desmontable.

No era el caso de Angstrom. Él comenzó a investigar desde el escepticismo, deseando desenmascarar farsantes y demostrar que vivimos en un universo racional y ordenado. No encontró lo que buscaba. Desde luego, había estafadores y crédulos por todas partes, pero también había semillas de verdad. Semillas que a lo largo de cuatro décadas dieron frutos grotescos y obligaron a Angstrom a comer de ellos como de la manzana del Edén.

Él había visto las cosas deformes que viven en las catacumbas bajo Calcuta, que la imaginación popular trata de ocultar bajo la forma, piadosa pese a su poder destructivo, de Kali. Había contemplado la transformación de un sacerdote tribal en lo más profundo de las selvas de Uganda, rugiendo como un demonio tras un festín de carne humana. Había sido testigo de los ritos secretos que tienen lugar en las montañas peladas de los Cárpatos y los Apalaches, y había cenado con familias de Italia y Albania que aún consideraban a Roma una advenediza usurpadora cuyas legiones les habían obligado a ocultar secretos más antiguos que la humanidad.

No le quedó más remedio que creer. Y cuando publicó sus descubrimientos, se le acusó de mentir. Se le expulsó de las asociaciones de parapsicología y las revistas dejaron de aceptar sus artículos. En la televisión no lo querían ni ver. Tuvo que recurrir a un blog personal y un twitter, que no tardaron en llenarse de una mezcla casi a partes iguales de colgados con ideas aún más disparatadas que la realidad, y de escépticos que se divertían insultándolo, aunque pocos llegaban a rebatir sus argumentos más allá de afirmar que las fotos y los vídeos eran falsificaciones de Photoshop. Poco a poco, Angstrom fue quedándose aislado, pero la verdad, los terribles secretos que sólo él conocía, continuaban devorándole la mente y royéndole los sueños.

–          Tu problema- le dijo una vez Matos, el único amigo que le quedaba- es que afirmas en lugar de sugerir. A la gente no le gusta que le descubras cómo funciona el universo. Para eso ya tienen a los científicos.

Estaban en un café de Oslo, sentados en la terraza en un verano inusualmente cálido, viendo pasear por la avenida a turistas y familias de vacaciones. Angstrom sintió la bebida caliente revolverse en su estómago y subirle como un acceso de bilis. Su compañero, que tenía un programa de televisión y varias revistas de éxito en España, sonreía con suficiencia mientras revolvía la suya.

–          ¿A los científicos? ¿Y qué somos nosotros, Matos? ¿No somos investigadores, aunque no haya título universitario para lo nuestro?

El otro se echó a reír a carcajadas, soltando la cucharilla con un tintineo de acero y porcelana.

–          Venga, hombre, conmigo puedes evitar ese rollo. Eso es para la prensa. Somos gente del espectáculo y lo sabes perfectamente. Lo que tienes que hacer es cambiar tu estrategia de marketing.

–          ¿¡Mi qué?!- rugió Angstrom.

–          Tu estrategia. El público no quiere certezas, quiere dudas. La posibilidad de que haya misterio, algo más allá del aburrimiento del día a día, y la seguridad que les da poder decirse que es todo un juego, un cuento que nos contamos unos a otros.

–          ¡Es que no es un cuento!- barbotó Angstrom. Algunos transeúntes se pararon a mirarlo, alarmados.

–          Claro que es un cuento. Y si les dices “esto es así”, los estás amenazando. Los asustas. Di “¿quién sabe?”, o “es un misterio”, o “quizá”, y nunca dejarán de escucharte.

Matos se terminó el café, sonriendo orgulloso de su lección, mientras Angstrom lo miraba incapaz de articular una respuesta coherente. ¿Público? ¿Marketing? ¿Espectáculo? ¿A eso había llegado la profesión, en lugar de tratar de descubrir los secretos del mundo? Angstrom descubrió asombrado que, pese a sus casi setenta años, la adrenalina aún le tensaba los músculos y le atenazaba el pecho con impulsos violentos. Sentía un hormigueo en los brazos y los puños, dispuestos a liberar su frustración en el rostro cínico de Matos. En su lugar, se agarró al borde de la mesa hasta que se le pusieron los nudillos blancos.

–          Muy bien- logró gruñir-. Tú tampoco me crees. De acuerdo. Buenas tardes.

Sacó la cartera para pagar, con los dientes apretados, bajo la expresión estupefacta de Matos, que lo miraba con los ojos como platos y la boca abierta, de pez.

–          Espera, espera, ¿tú te lo crees? ¿Después de tantos años, todavía crees en todo esto…?

Sin responder, Angstrom se dio la vuelta, colocó la silla en su lugar de un golpe que hizo estremecerse y tintinear los cubiertos, y echó a andar calle abajo, ignorando los gritos de Matos, que le pedía que volviera entre asombrado y levemente ofendido.

No volvió, ni respondió a ninguna nueva llamada o e-mail de Matos. Ahora sí que estaba totalmente solo. Y en ese momento comenzó su búsqueda, la nueva obra de su vida. Ya había descubierto la verdad, se la había mostrado al mundo, y el mundo no la había creído. Ahora tenía que convencer, que demostrar en lugar de limitarse a mostrar. No se podía confiar en que la humanidad creyera lo que se le ponía delante de las narices: tenía que ser obligada a ello. Y Angstrom pensaba obligarla.

No iba a ser fácil. Los alienígenas no conceden entrevistas, los chamanes caníbales no aparecen voluntariamente en televisión ni se someten al polígrafo, y no se puede invocar a un demonio en un laboratorio del CERN o en un plató de televisión. Pero la idea siguió dando vueltas en el interior de su cerebro, rebotando de sinapsis en sinapsis, y finalmente, se le apareció en un sueño, una pesadilla a la vez terrorífica y gloriosa, al término de la cual se reconocían sus méritos y el trabajo de toda su vida. Cuando despertó, se puso manos a la obra sin dedicarle un segundo pensamiento.

Tardó casi dos años en encontrar lo que buscaba. Un cuadernillo de papel de trapos, ocho páginas arrancadas a un tomo del siglo XVII, en un español arcaico con una letra de escribano casi ininteligible y los bordes desgarrados, parte de una colección recopilada a principios del XX que compró a un librero de viejo de Kingsport, Massachusetts. Le costó otros seis meses, con ayuda de un paleógrafo de la Universidad Complutense y un filólogo de la de Santiago, descifrar el contenido y reconstruirlo en un documento de texto en su ordenador. Pero allí estaba, la solución a sus problemas, la prueba definitiva de la realidad de todo cuanto había dicho durante años, al alcance de su mano.

Era un ritual, un antiguo hechizo que prometía convocar a un ser de más allá de los abismos del espacio, una criatura extradimensional de mente insondable y orígenes desconocidos, y obligarla a servir al hechicero. Podía hacer que se apareciera sobre las principales ciudades del mundo, a presidentes del gobierno, a científicos. Demostraría sin lugar a dudas que todo lo que había contado era cierto.

Sabía que funcionaba, porque reconocía los signos, aunque no pudiera leerlos. Formas que desafiaban la cordura y que en nada se parecían a los ordenados y geométricos sellos de la magia hermética occidental. Había visto símbolos así en aquella piedra negra de Timisoara, en Rumanía, en los petroglifos de Mali y Senegal, y en los cenotes de Yucatán. Los símbolos arcanos de la verdadera tradición oculta que ha recorrido siempre la historia de la humanidad, infectándola como un veneno, abriéndole puertas a dominios que el hombre no está preparado para conocer. Y Angstrom pensaba abrir esa puerta de par en par para toda la humanidad.

¿Quién sabía qué posibilidades se abrirían para la civilización? Se confirmaría la existencia de entidades inteligentes y no humanas. Se abriría la posibilidad de viajar a cualquier rincón del universo en un instante, quizá incluso en el tiempo. Todos los deseos concebibles podrían cumplirse solo con un conocimiento suficiente de la magia, volviendo obsoleta gran parte de la tecnología, y con ella el monopolio de las grandes corporaciones. Quizá podría acabarse incluso con la escasez. Con científicos consagrados al estudio de lo sobrenatural y financiación pública, no había límite a los descubrimientos que podían hacerse. Una nueva era dorada se abriría para la humanidad, y Angstrom sería el responsable de su advenimiento.

Trabajó obsesivamente durante meses. Estudió astronomía y astrología para calcular las conjunciones estelares. Como el texto incluía invocaciones en latín y griego, tomó clases de ambos idiomas para asegurarse una pronunciación correcta. Se gastó todo su dinero, y aun un crédito que justificó con mentiras, en adquirir y reacondicionar el matadero y conseguir las herramientas necesarias. Buscó en mercados legales e ilegales los componentes de los inciensos y perfumes que debía quemar durante el ritual, y de los aceites y líquidos que debían estar presentes. Llegó a abrir personalmente el vientre de una cabra preñada para arrancarle el corazón a su cría, pues era imprescindible para uno de los pasos del rito.

Fue entonces, con el delantal de goma y los guantes empapados de sangre, cuando se dio cuenta de algo que había pasado por alto. Algo que su mente había evitado pensar, eludiendo reflexionar cada vez que aparecía alguna referencia en el texto, diciéndose que ya encontraría una solución en su momento, que ya vería cómo cruzaba ese puente cuando llegara al río. Pero el río había llegado y era un río rojo, espeso y con sabor metálico. Y Angstrom se iba a sumergir en él hasta la cintura.

El ritual requería una víctima humana.

Perdió el sueño y el apetito. Cuando lograba dormir lo asediaban las pesadillas. Pero el día se acercaba, y debía decidirse o la oportunidad pasaría, quizá para no repetirse en siglos. La presión se fue haciendo cada vez más intensa, hasta llegar a ser insoportable. Había perdido peso durante sus años de aislamiento y obsesión, pero ahora se quedó realmente esquelético. El pelo se le caía a puñados y le temblaban las manos, y no solo por la edad. Se pasaba horas reflexionando, sopesando las consecuencias de tomar una vida, y terminaba siempre llorando, o borracho. Y la fecha límite se acercaba, día tras día, hora tras hora. Segundo a segundo.

De un lado, la ética: tomar una vida humana. Matar. Asesinar. Del otro, las posibilidades. Cambiar el mundo. Abrir vías nunca antes imaginadas por la ciencia. Mejorar la vida de miles de millones de seres humanos. Demostrar que él tenía razón y todos los demás se equivocaban. Sin quererlo, se encontró meditando morbosamente en la logística del sacrificio. No podía ser un varón adulto. Él ya no era joven y estaba frágil por el estrés y las privaciones. Las mujeres tampoco son una presa más fácil, se dijo, reprendiéndose por su machismo. Quizá podría drogar a la víctima, para secuestrarla, pero no se atrevía a tenerla drogada durante el rito… ¿Y si eso alteraba el efecto de algún modo? ¿Y si mataba a alguien para nada? Tendría que ser alguien a quien pudiera dominar físicamente, al menos durante el ritual propiamente dicho.

Se decidió solo diez días antes de la fecha límite, cuando ya llevaba un mes de ayuno y ascetismo. Lo hizo en un parque, en el otro extremo de la ciudad respecto a su casa para no levantar sospechas. Los nervios le daban desagradables calambres en el estómago mientras esperaba, emboscado, con una bolsa negra para la cabeza y un pañuelo empapado en cloroformo. Sin duda, en los diez días en que iba a tener al sacrificio ayunando y encerrado tendría tiempo de purgar una pequeña cantidad.

Esperó, sintiendo el sudor frío bajarle por la espalda, hasta que el sacrificio estuvo solo, recorriendo los caminos del parque sin compañía alguna, sin nadie que pudiera oír el forcejeo. El sacrificio. No le gustaba usar términos como “la víctima”, o “esa persona”, o “él”. Mejor el sacrificio. Era más aséptico, y además era verdad: un mal necesario, algo de lo que se iba a desprender sin quererlo, y que le iba a costar mucho. Se podía incluso decir que le iba a doler a él más que a la víctima. Eso es, se dijo, tensándose ante la aproximación del sacrificio. Esto me duele más a mí que a ti.

Fue todo muy rápido, pero sorprendentemente difícil. El sacrificio estuvo a punto de librarse del abrazo nervudo del anciano, aún con el saco encajado hasta los hombros. Solo el cloroformo salvó a Armstrong del fracaso, y potencialmente de la cárcel. Cuando la víctima estuvo flácida en sus manos, la arrastró hasta la furgoneta, donde la inmovilizó cuidadosamente con cuerdas de nailon, esposas y correas de cuero. No podía arriesgarse a que escapara o se liberara durante la próxima semana y media, así que tenía que ser muy cuidadoso. Pero los nervios le traicionaban. Le temblaban las manos violentamente mientras ceñía las correas y tensaba los nudos, y le castañeteaban los dientes. Se sentía casi febril, empapado en sudor frío, y cuando terminó se vio obligado a vomitar, con la bilis subiéndole por la garganta como una inundación. Afortunadamente, tuvo la presencia de ánimo suficiente para hacerlo dentro de la furgoneta y no en el suelo del parque. Lo último que necesitaba eran pruebas de ADN que lo relacionaran con el lugar de un secuestro.

El sacrificio era un chico de unos diez años. Se pasó los siguientes diez días atado en uno de los corrales del matadero, donde Armstrong solo le daba de comer algunas galletas y agua cada anochecer. El rito exigía que el sacrificio ayunara también, y, una vez decidido a llegar hasta el final, Armstrong no pensaba saltarse ni uno solo de los pasos, por pequeño que fuera. Si iba a matar a un ser humano, no pensaba arriesgarse lo más mínimo a que no valiera la pena. La vida de aquel niño, como le susurró una noche tras la puerta metálica del corral después de volver a atarlo, iba a comprar una edad de oro para la humanidad, un futuro de progreso y esperanza. Deberías alegrarte, le dijo. Esto me duele más a mí que a ti.

Y por fin, Saturno, Júpiter, Sirio, Aldebarán y las Híades ocuparon sus posiciones. La oscuridad en el interior del matadero era total, rota solo por las pálidas llamas de vela que Armstrong iba encendiendo una por una en el perímetro del diagrama trazado con tiza en el suelo. Los ganchos y cadenas que colgaban del techo reflejaban la luz por entre la herrumbre, amenazantes. Armstrong se encontraba en medio de una negrura casi absoluta, como la del vacío del espacio, con estrellas lejanas y titilantes. Tampoco se oía una mosca, ni el bullicio de la calle y los coches, ni el chirriar de los insectos. Armstrong se había ocupado de insonorizar perfectamente el edificio con el dinero del crédito.

Desnudo, se había cubierto el cuerpo escuálido y tembloroso con marcas y símbolos, tal y como describía el ritual, de un pigmento azul pastoso, de ligera fosforescencia y olor nauseabundo, que había tenido que elaborar personalmente en el cuarto de baño de su casa. En la mano derecha, un folio de impresora con las invocaciones escritas fonéticamente. En la otra, un cuchillo de hueso y obsidiana que había tenido que encargar a un artesano maya de Guatemala. A sus pies, atado y amordazado, el sacrificio. Era medianoche; Armstrong llevaba meses practicando las técnicas que le permitirían calcular mentalmente el paso del tiempo con precisión para comenzar el rito en el momento exacto, ya que no podía llevar reloj. Se llenó los pulmones de aire y comenzó, con un temblor en la voz.

–          ¡Kyriê metakosmikê, agenitos, athanatos, asarkikos, apneumatos, apsikykos, theos agnôtos, agnômôn, akharikôn, aeleisôn, akhroniôn, iao, iao, iao!

La hoja de obsidiana trazó la forma de una de las marcas sobre su pecho, dejando escurrir la sangre sobre la cara de la víctima, que lloraba inmovilizada. Solo se oía la voz de Armstrong resonando como truenos en las paredes de hormigón del matadero.

–          Numen arcanum et dirus, sive deus, sive dea, de profundiis ego uos evoco, hoc hostibus eximia, veni, veni, veni, venias!

Un nuevo corte y más sangre de Armstrong goteando sobre el rostro sollozante de la víctima. Y entonces se alzó el cuchillo, el cristal volcánico resplandeciente a la luz de las llamas, y el anciano comenzó la parte final del ritual:

–          Veni, veni, veni, venias! Iao, iao, iao! Iä! Iä! Ngha! Nghaii! Ra-shdraga ghak khagha mnargh gerrj in! Iä! Iä! IÄ!

Con el último grito, exhalando todo el aire de los pulmones, bajó el cuchillo, hundiéndolo profundamente en la garganta del sacrificio, justo sobre las clavículas. Un rugido profundo y ronco le llenó los oídos, pero no sabía si era parte del ritual, o la sangre bullendo en sus venas. Se sintió rugir como un animal salvaje, levantando la hoja de obsidiana para hincarla de nuevo en el cuello del niño, salpicándose de sangre, que manchaba también el suelo de hormigón y las marcas de tiza.

–          Iä!Iä!Iä!- cada grito una puñalada- Iä!Iä!Iä!

Pese al calor de la sangre que lo empapaba, un frío mortal le atenazaba los huesos y la piel expuesta. El trueno de sus oídos no disminuía, sino que aumentaba cada vez más. Ahora vibraban las paredes y oscilaban las llamas de las velas, y su caja torácica resonaba como el parche de un tambor. Una presión brutal le asaltó las sienes, como si alguien estuviera aplastándole la cabeza con unas tenazas de hierro.

–          Iä! Iä! Iä!

El aire del interior del matadero vibraba como una colmena enfurecida. Las velas se apagaron todas de pronto, sumiendo la sala en la oscuridad y el frío. El trueno se fue convirtiendo gradualmente en un aullido agudo y salvaje, un chillido que perforaba los tímpanos y roía los nervios. Armstrong se vio sacudido por un temblor incontrolable, a medida que una presencia inundaba el matadero, invisible pero indudablemente dominante, extendiéndose de pared a pared como una marea incontenible. Un olor nauseabundo, a carroña y a cerrado, a muerte, podredumbre y fermentación, llenó el aire.

El anciano cayó de rodillas junto al cadáver del niño. Temblaba y sudaba, echando espuma por la boca como un perro rabioso, y su boca se movía por sí sola, emitiendo gruñidos perversamente articulados, palabras arcanas que él desconocía, pero que pronunciaba de todos modos bajo la mirada invisible de aquella cosa que había invocado.

–          Ghaa, greerhg-shkaa, shaghra megr, nghurk, nghakaah ghnyeee, Iä!

Mientras su carne se disolvía junto con la de la víctima, sintió la mente del ser tocar la suya, no conscientemente, sino por su misma magnitud, que desbordaba sus límites e inundaba su cráneo con la indiferencia de un tsunami. Sintió la abismal antigüedad y la insondable otredad de aquellos pensamientos, la ironía sádica y la malevolencia infinita de un ser para el que él, Armstrong, no era más que una mosca atrapada en la miel, un bicho sin más valor que su entretenimiento. ¿Cómo iba nadie a tener poder sobre una cosa así? ¿Cómo iba hechizo alguno a vincular u obligar a nada a un ser como aquel, que había contemplado el Big Bang con ojos indiferentes? Aquello no era una invocación. Era un anzuelo, y el pescador venía a ver qué había picado.