Hucancha (12)

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Fuente: teatenerife.es

Domingo en el TEA. Naira se había pasado el sábado encerrada en casa, estudiando para no pensar en que Iris seguía desaparecida ni en el plan disparatado de Yeray para ir a ver a no sé qué charlatán para que le hiciera un rezado, como el que le hacían a sus primos de pequeños, y le estafara un dineral. Hoy una de sus compañeras de piso iba a reunirse con varios compañeros de clase para hacer un trabajo en grupo, así que Naira había tenido que emigrar en busca de paz y tranquilidad para su propio trabajo final de grado.

Tampoco es que pudiera concentrarse mucho. En medio del mar de blanco inmaculado de la biblioteca municipal, prácticamente vacía excepto por grupitos de otros estudiantes y algún usuario que paseaba entre las estanterías bajo las lámparas colgantes en forma de lágrima, la mente de Naira se apartaba de las gráficas y las tablas que le pasaban por delante de los ojos en la pantalla del portátil y volvía una y otra vez a Iris. ¿Qué había pasado aquella noche? ¿Dónde estaba? Eran ya tres días sin noticias de ella, cuatro contando el propio jueves. ¿A dónde habría ido? La culpa le roía el alma al pensar que, quizá, durante la discusión le habían dicho algo que le había hecho daño de verdad, algo que le había afectado tanto como para tener un accidente.

Pero aún así, una y otra vez, aunque no quería admitirlo, recordaba aquella figura que había visto entre parpadeos de las luces, acechándolos desde el pasillo. Recordaba cómo todos se habían ido poniendo más agresivos sin motivo aparente, cómo se habían dicho cosas que no pensaban, encontrando un placer perverso en herir y hacer daño, en humillar. Recordaba las voces que se alzaban del resto de las mesas, cómo todo el local parecía haber enloquecido al mismo tiempo, el sonido de discusiones y peleas reverberando en las paredes al son de las luces parpadeantes.

Las luces que se encendían y apagaban erráticamente, como cuando Antonio se había encontrado con aquella cosa, perro o lo que fuera, a la entrada de su casa. Como las que se habían apagado de súbito en la calle cuando Yeray tuvo su episodio de parálisis del sueño.

Siempre lo mismo. Luces que se apagan o parpadean, figuras sombrías y agresivas, y hechos difíciles de explicar. Como aquella cosa que la había seguido por toda la calle de La Marina y más allá, hasta la estación de guaguas. ¿Qué era? ¿Qué estaba pasando?

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Fuente: blogs.imf-formacion.com

Minimizó la ventana del trabajo, incapaz de seguir prestándole atención, y dejó descansar la frente en las manos, con los rizos negros cayéndole por las muñecas. ¿A qué se enfrentaban, si es que se enfrentaban a algo? Puede que no fuera todo más que una serie de coincidencias, un montón de acontecimientos al azar que ellos estaban enhebrando en un patrón sin ningún motivo. Pero no, era imposible. Tenía que estar relacionado, estaba todo demasiado claro, eran demasiadas coincidencias. Había una respuesta muy clara, pero no le gustaba, no podía aceptarla, porque no creía que fuera posible.

Y sin embargo, era. Todo había empezado en el monte, con aquel extraño altar. Luego las apariciones, la parálisis de Yeray… y ahora la muerte del perro de la madre de Antonio. Había una progresión clara, como si algo estuviera cercándolos, acechándolos, acercándose cada vez más, llevándolos a donde quería. Una progresión… se le cerró el estómago al pensar lo que eso podría significar, teniendo en cuenta la desaparición de Iris.

Iris. ¿Qué pasaba con la funcionaria con la que se había entrevistado? Les había dado una respuesta obviamente falsa, y no había vuelto a aparecer, aunque había dicho que posiblemente tendría que reunirse también con los demás. ¿Sabría que Iris había desaparecido? Un escalofrío recorrió la espalda de Naira, ¿tendría algo que ver?

No, no, imposible. Una cosa es mentir para ocultar quién sabe qué y otra cosa es tener algo que ver en la desaparición de una persona. Estamos en Canarias, aquí no pasan esas cosas, en el mundo real no hay conspiraciones como en las series con secuestros y asesinatos para ocultar la verdad. Y sin embargo… sin embargo, la funcionaria había mentido, Iris estaba desaparecida, y Canarias era una de las comunidades en las que más desapariciones se registraban cada año, y de las que menos se resolvían. Lo había leído hacía poco en el periódico.

¿Qué estaba pasando? Le llenaba de terror y de angustia que aquello pudiera ser real. Desapariciones, movimientos extraños por parte de funcionarios del Gobierno, apariciones y hechos imposibles de explicar, animales muertos. Necesitaba hablar con Yeray y con Antonio, saber qué opinaban. Por encima de todo, necesitaba que la convencieran de que todo aquello no era posible, de que había una explicación lógica y racional, aunque aún no supieran cuál podía ser. Iba a necesitar a Toni para eso. Yeray seguía convencido de que los estaba atacando algún tipo de espíritu maligno en forma de perro, y lo que más molestaba a Naira era que todo apuntaba a que podía tener razón.

Yeray. No sabía nada de él desde el viernes. En realidad no había querido; estudiar se había convertido en su refugio en aquel fin de semana, para no pensar en Iris y en desapariciones. Pero Yera le había dicho que iba a hablar con el santero, o lo que fuera, el viernes por la noche, y desde entonces no había habido ningún contacto. Como mínimo lo normal era que le contara qué había pasado, qué tal la entrevista, al menos a ella, ya que no quería que Antonio se enterara. Pero nada. Nada.

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Fuente: 20minutos.es

Dejó el ordenador en la pantalla de cambiar de usuario, bajó la pantalla y se levantó, sacudiéndose nerviosamente la ropa como si quisiera sacudirse con ella el miedo y la incertidumbre. Necesitaba cafeína y necesitaba centrarse, y si no se movía para despejarse un poco la cabeza se iba a pasar la tarde allí metida, dándole vueltas a la cabeza. Con el móvil en la mano echó a andar hacia la cafetería de la biblioteca, con su barra negra, sus camareros uniformados y sus muebles de diseño. Pidió un barraquito acodada en la barra mientras escribía un mensaje a Yeray. ¿Qué pasaba? ¿Cómo había ido la entrevista?

Una sola marca. Mensaje enviado, pero no recibido. Estaría sin cobertura. Ya llegaría. Paciencia. No había por qué ponerse nerviosa.

Se llevó el barraquito a una de las mesas, lo revolvió tratando de no mirar el mensaje que no llegaba, y volvió a sumergirse involuntariamente en pensamientos negros sobre aquella situación. Necesitaba distraerse. Cogió el móvil de nuevo, buscó las aplicaciones, abrió Facebook, cualquier cosa con tal de no pensar, y justo en ese momento la pantalla se volvió negra y el aparato empezó a vibrar entre sus manos. Un aspa roja y una señal de verificación verde, el círculo en el centro esperando su decisión, y un número desconocido parpadeando en la parte alta.

Descolgó sin pensar.

– ¿Diga?

– Buenas tardes. ¿Hablo con Naira Fariña?

Muy formal. Se le encogió el corazón. ¿Iris?

– Soy yo.

– Mi nombre es Augusto Galván. Me dio su número Yeray Herández.

– Ajá- el santero, seguro-. ¿Qué ocurre?

– Está desaparecido.

 

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Hucancha (11)

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Fuente: eldiario.es

Hay algo deprimente en los edificios oficiales, monstruos brutalistas de hormigón y azulejo marrón oscuro, que parecen diseñados para refugiar a las sombras durante el día y extraer la esperanza y la alegría como un exprimidor. La sala de espera olía a desinfectante barato y a lejía, y uno de los fluorescentes parpadeaba erráticamente con un zumbido ronco que se metía en los oídos. En un corcho de dos metros de largo, fijado a la pared, aleteaban con las corrientes de aire hojas impresas con tinta medio desvaída y pósteres de campañas oficiales de brillantes colores, todos ellos atravesados por chinchetas de cabeza metálica.

Yeray se paseaba a zancadas de un lado a otro, como si quisiera medir en pasos la longitud de la sala, mientras Naira, sentada en una desvencijada silla de plástico fijada a un banco metálico, trasteaba con el móvil para distraerse, sin ver realmente las fotos y comentarios que desfilaban ante sus ojos. De vez en cuando ambos levantaban la cabeza cuando sonaba un portazo, pero no era más que un agente de la Policía Nacional que iba de un lado a otro, a veces con prisa, cargados de expedientes, otras como paseando, en dirección a alguna cafetería. Y el reloj situado sobre el corcho avanzaba lentamente.

– No sé por qué tarda tanto. Con nosotros no tardaron tanto.

– Yo qué sé, Yera. Ya saldrá.

– Es que no sé qué tanto le tienen que preguntar. Sabe lo mismo que nosotros.

– O no. Ahora eso da igual. Lo que importa es que aparezca.

Yeray resopló y volvió a su deambular, de un lado a otro, deteniéndose en el corcho para leer algunos de los carteles, o asomándose a la ventana atravesada por las láminas verticales de una persiana. Al otro lado, la luz del sol se derramaba sobre árboles, palmeras, coches y balcones de hierro forjado de la calle Robayna. Un nuevo portazo en la lejanía, ecos de voces y risas, y el tiempo seguía pasando como a cámara lenta.

– Oye, Naira.

Estaba de nuevo junto a ella, de pie, tenso. Naira levantó la cabeza del móvil para mirarlo, mordiéndose la lengua. Con toda aquella situación lo último que le apetecía ahora era aguantar la histeria de Yeray y su manía de darle vueltas a todo veinte veces. No podían hacer nada. No podían hacer nada más que esperar, y por mucho que lo hablaran y elucubraran no iban a sacar nada en limpio.

– ¿Qué pasa?

– Mira, antes de que salga Toni de declarar. Yo no puedo más con esto. Esto no es normal.

– Claro que no es normal, Yera. ¿A ti te había desaparecido alguna amiga antes? ¿Te quieres callar ya? – golpe seco con el móvil en el plástico de la silla vacía a su lado, que retumbó en el alto techo de la comisaría como una campanada.

– No. Ni se me habían aparecido cosas mientras duermo. Ni me habían seguido por la calle como a ti. ¿Y el perro de Toni? ¿Y todo lo demás?

– ¿Qué es todo lo demás, Yera? – Ahora le tembló la voz a Naira, porque recordaba “lo demás”, lo que él no sabía: la cosa que había visto en el pasillo del Aguere, mirándolos, justo cuando empezaban a discutir, ellos y todos los que les rodeaban -. No hay nada más. Son coincidencias. Ilusiones ópticas, yo qué sé.

El otro se dejó caer en una de las sillas, junto a ella, y se llevó las manos a la cabeza, negando enfáticamente.

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Fuente: yelp.es

– No, no. ¿Ahora son ilusiones ópticas? Ayer era un hongo inventado, y esa es otra, Naira, esa es otra. ¿Por qué va a inventarse esa mierda la de Patrimonio? Aquí hay algo más, algo raro que no sabemos. El Gobierno está metido, seguro. A lo mejor la policía también.

– ¿Pero qué dices del Gobierno? ¿Tú te oyes? Esto no es una serie, Yera, déjalo ya. Ahora que se ocupe la policía de encontrar a Iris, que es lo más importante.

– No la van a encontrar. No la van ni  a buscar. Están metidos en esto.

Ahora fue el turno de Naira de levantarse y alejarse a zancadas hacia la ventana, tratando de escapar de las elucubraciones de su amigo. Este se levantó para seguirla.

– Mira, estuve buscando en internet…

– ¡Y dale!

–  Ya viste lo que encontré. Hay gente que se dedica a investigar estas cosas, especialistas, y hay uno en La Laguna.

Naira se revolvió como un gato acorralado, haciendo aspavientos con las manos.

– ¡¿Me quieres dejar en paz?!

– ¡No, no quiero! Haz el favor de escucharme – Yeray blandió el móvil -. Contacté con el nota y le hablé un poco del caso este y quiere reunirse conmigo. A Toni ni se lo digo porque se va a poner como una fiera y no va a venir, pero estaría bien que alguien me acompañara. ¿Quieres venir conmigo?

Naira se apoyó en la pared, negando con la cabeza, los ojos cerrados, los puños apretados. Estaba empezando a hartarse mucho de todo aquello, pero, al mismo tiempo, algo rascaba las compuertas del fondo de su mente, tras las que había escondido sus dudas y sus miedos. Algo la miraba desde allí con ojos como estrellas moribundas, algo que la había seguido, olfateando, a través de la calle de La Marina y que la había observado en el Aguere con una curiosidad cruel, casi inteligente. Y el mendigo había dicho que estaba marcada. Marcada…

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– No voy contigo, Yera. No voy a ir a hablar con un charlatán, un vidente o lo que sea ese tío para que me eche las cartas y me mande a tomar un mejunje o me haga un exorcismo. Y tú tampoco deberías. Te va a cobrar un pastón, te va a engañar, y no te va a solucionar nada. Que ya tenemos una edad para estar con tonterías, de verdad.

Yeray retrocedió como si le hubiera cruzado la cara. Durante un momento pareció que iba a decir algo, abrió la boca, se mordió los labios, miró a Naira a los ojos, casi suplicando, pero luego se giró y se volvió a los asientos de plástico.

– Te voy a mandar el contacto del tipo y la ubicación. Voy a ir esta tarde a las ocho, espero que te lo pienses y me acompañes.

Naira no contestó. Se giró hacia la ventana y se apoyó con los codos en el borde, mirando hacia los coches que pasaban en aquella mañana de viernes de mayo, bajo los rayos del sol, lejos de la deprimente arquitectura de la comisaría central, lejos de fenómenos extraños y conspiraciones absurdas y videntes. Yeray se dejó caer en la silla y, segundos después, el móvil de Naira, abandonado junto a él, vibró, desplazándose sobre el plástico.

Sonó otra puerta. Antonio cruzó el umbral con aspecto de venir de la guerra. Parecía cansado, agotado, con profundas ojeras y la cara larga, mustia. Incluso la ropa la tenía arrugada y mal puesta, reflejo de las preocupaciones por la desaparición de Iris y la muerte de Bruno. Habló con un hilo de voz, casi sin levantar la vista.

– Vamos.

 

Hucancha (10)

124034

Pateos de fin de semana

Iris, Naira, Yera, tú

 

1:35 Iris, ¿llegaste bien a casa?

2:40 Llegaste?

Naira

2:43 Estará acostada ya

2:43 No le daba tiempo de llegar a la una y media

2:44 Iris, estas enfadada?

2:44 Oye, perdona por las cosas que te dije, no sé qué me pasó. Estamos todos nerviosos

2:45 Pero tu sabes q no va en serio

2:46 Despues de tu irte seguimos hablando y arreglamos un poco las cosas nosotros.

Yera

2:46 Tío, déjalo ya, que son las tres de la mañana y hay clase

2:46 Ya lo hablamos mañana cuando lo vea

 

HOY

 

6:04 Iris en serio, estás cabreada?

 

Antonio dejó el móvil en la mesilla de noche y se recostó de nuevo en la cama, tratando de mantener los ojos abiertos. Tres horas de sueño hasta que el pitido del despertador le había perforado los tímpanos, y ahora le estaba costando enormemente mantenerse despierto y obligarse a empezar el día. Había tenido sueños perturbadores, de nubes negras, humo y truenos, raíces alzándose al cielo, alas y huesos rotos y sangre sobre la nieve y la piedra. Se despertó con mal cuerpo, que atribuyó a la discusión y a la falta de respuesta de Iris, pero había algo más, una sensación de malestar que se le revolvía en el pecho, como si le hubieran dado una noticia terrible mientras dormía, de la que no recordaba ningún detalle.

Se incorporó, sentándose en la cama y buscando con los ojos la camiseta que había dejado sobre una silla la noche anterior. Cuando salió de la ducha seguía sin haber mensaje de Iris. Bajó a desayunar bostezando, esperando a Bruno, que solía salir de la cocina a recibirlo moviendo el muñón del rabo. Nada. Estaba todo inusualmente silencioso, más de lo habitual a las seis de la mañana de un viernes, aunque se oía trajín en la cocina.

Cuando entró su madre estaba haciéndose el sándwich que se llevaba para comer a media mañana en el trabajo, delante del fregadero que había bajo la ventana. Al otro lado de las cortinas color crema, el cielo nocturno aparecía cubierto de nubes bajas que reflejaban luces anaranjadas y azules que giraban hipnóticamente. Era lo único que iluminaba el paisaje, perfilando las lomas y los tejados; todas las farolas de la calle, que no eran muchas, seguían apagadas, como cuando había llegado de madrugada.

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Fuente: Robert Kuykendall en Flickr

– Buenos días. ¿Qué es eso?

– No sé, lleva así desde que nos levantamos. Habrá pasado algo, anoche antes de que llegaras los perros estuvieron otra vez llorando y aullando.

Otra vez. Toni se tensó involuntariamente al oírlo. Sabía que no debía ser nada del otro mundo, había miles de explicaciones racionales para todo lo que estaba pasando, pero no podía evitar ponerse nervioso. Se acercó a la placa para preparar café mientras su madre terminaba de envolver el sándwich.

– Por cierto, no encuentro a Bruno y no me da tiempo de sacarlo. Mira a ver si le puedes dar una vuelta tú antes de irte.

– Vale. Se habrá puesto nervioso con el ruido y se habrá escondido o algo. Ahora echo un ojo.

– Pues me voy ya, que se me hace tarde. Hasta después.

– Hasta luego.

Escuchó la puerta cerrarse mientras preparaba el desayuno. ¿Dónde podía haberse metido el perro? La casa no era grande, aunque tenía recovecos en los que un yorkshire pequeño podía meterse. Aún así, un perro no es un gato, y menos uno con las patas tan cortas: encima de una estantería no iba a estar. Seguramente se habría arrastrado debajo de algún mueble y se habría quedado frito. Desayunó tranquilamente, esperando oír las uñas del perro sobre el suelo en cualquier momento y que viniera a pedirle comida con aquellos enormes ojos marrones y una oreja doblada sobre la cara como un flequillo, pero nada.

Al otro lado de la ventana, las luces seguían girando contra las nubes que se iban aclarando poco a poco con el amanecer.

Dio una vuelta por la casa llamando al perro, sin recibir respuesta. ¿Estaría fuera? Era improbable que se hubiera escapado, pero a lo mejor estaba en alguna madriguera en la huerta o escondido detrás de algo en el patio. Tenía que haberse asustado mucho para esconderse de esa manera y seguir escondido por mucho que lo llamaran. La preocupación empezó a mezclarse con algo de irritación. Lo menos que le apetecía a estas horas de la mañana, antes de ir a clase, era ponerse a buscar al perro que jugaba al escondite.

Salió al patio delantero en el momento en que un vecino venía bajando por un camino que desembocaba en el que pasaba por delante de su casa, desde la dirección del matadero. Venía caminando con cuidado en la semioscuridad, y a la luz gris del amanecer la brasa del cigarrillo parecía un fuego fatuo. Fumaba con caladas rápidas, con cierto nerviosismo.

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Fuente: pinterest 

– Buenos días, don Vicente.

– ¿Qué pasó, mi niño? Buenos días.

– ¿Sabe qué pasa en el matadero? Lleva la guardia civil desde anoche, ¿no?

El anciano se acercó al muro del patio, con las cejas canosas convergiendo sobre la nariz y el cigarro en la boca. Apoyó el codo en la parte superior de la puerta, inclinándose hacia Antonio como si fuera a conspirar.

– Desde la madrugada están ahí. El Seprona, la local, protección civil, la ambulancia, de todo hay.

– ¿Y eso?

Don Vicente suspiró dramáticamente antes de dar una calada larga al cigarro.

– Eso que por lo visto el de seguridad llegó esta mañana y se encontró a todos los pollos muertos en las jaulas. No quedó ni uno.

– ¿Pero de una enfermedad o qué?

– No se sabe. Bueno, no me dijeron. Dice doña Luisa, que la hija trabaja en la limpieza y no la dejaron pasar de la puerta, que no, que era como si los hubiera matado un animal, pero las jaulas estaban todas cerradas. Pero no puede ser, será que no lo vio bien.

Un animal… las historias de Yeray resonaban en los oídos de Toni, pero intentó mantenerse dentro de la racionalidad. Todo aquello no podía ser.

– ¿Y no hay seguridad por la noche?

– Sí, dicen que se encontraron al tipo desmayado, por eso vino la ambulancia. Luisa dice que cuando se despertó desvariaba, no sé qué le habrá pasado.

– Habrá sido una fuga de algo o una intoxicación, ¿no?

El anciano se encogió de hombros y apagó el cigarrillo en el muro.

– A saber. Es todo muy raro. Luisa dice que le recuerda a lo de Taco, pero eso son cosas de viejas.

– ¿Qué de Taco?

– Ah, tú no habías nacido. Bueno, es que tus padres serían chicos, fue en el setenta y nueve. Empezaron a aparecer animales muertos, dos perros en Taco, un cochino en Guamasa. Luego conejos, gatos, y un montón de cabras, en Arafo, en Icod, en el Puerto… Dicen que sin sangre, y que les faltaban órganos, la prensa empezó a hablar de vampiros y del chupacabras. Había gente que decía que también un chiquillo, pero nunca se supo seguro.

Antonio, apoyado en la verja, negó con la cabeza. Cuentos de viejas.

– La gente no sabe qué inventar ya, y los periódicos, en vez de dejar las cosas claras, lo empeoran todo.

– Sí, hijo. Se volvieron locos, que si ovnis, que si sectas satánicas… Bueno, en aquella época hasta dijeron que unos niños del colegio de Taco habían visto “un bicho peludo” y que era el chupacabras.

Un bicho peludo. De nuevo, Yeray y sus historias de perros fantasmales y apariciones. Notó cómo se le cerraba el estómago y el desayuno empezaba a removerse. Más allá de la cabeza canosa de don Vicente, el cielo gris empezaba a ponerse anaranjado y las luces que rodeaban el matadero se iban apagando poco a poco.

– La gente está loca.

– Loca, sí. Bueno, mi niño, me voy tirando para casa. Hasta luego.

– Hasta luego, don Vicente, buen día.

El anciano se despidió con un gesto y continuó renqueando carretera abajo y Antonio se apartó de la puerta para seguir buscando al perro. Era raro que no hubiera salido ya al oír voces, y que llevara tanto tiempo escondido. Como casi todos los yorkshire, era un animal nervioso, y no solía estarse quieto y callado mucho tiempo.

Una mirada rápida al móvil le confirmó que no había noticias de Iris. Echó un vistazo en el patio de la entrada, detrás de las jardineras y de las macetas, entró y se agachó debajo de todos los muebles y los recovecos donde podría haberse metido, subió a las habitaciones, probó el cuarto de baño, el rincón donde tenía su cama y sus juguetes, el comedero… nada. La puerta de atrás le llevó a la huerta, donde había mucho más sitio para esconderse entre las plantas que cultivaba su padre por afición.

A aquellas horas, con el sol apenas despuntando, y en un día tan nublado como aquel, la huerta podía llegar a dar miedo. Su padre últimamente la tenía descuidada, y toda clase de ramas, raíces y hojas crecían y se entremezclaban sin control proyectando sombras que no dejaban pasar la escasa luz del amanecer hacia la tierra oscura y húmeda. Por el rabillo del ojo podía ver a los insectos y a los lagartos moviéndose en todas direcciones.

Apartó ramas y tallos, rodó maceteros, se metió por recovecos por los que apenas cabía, pero no encontró nada, hasta que algo llamó su atención. Un bulto inesperado, difícil de identificar por el rabillo del ojo, oculto entre las matas. Se acercó corriendo, las apartó sin preocuparse de romperlas y cayó de rodillas en el barro, manchándose los vaqueros y ahogando un grito.

Era el cuerpo destrozado de Bruno.

 

Hucancha (9)

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Fuente: commons.wikimedia.org

La Laguna de madrugada era una ciudad fantasma. A solo unos pasos de los bares y cafeterías uno se encontraba con anchas calles peatonales pavimentadas de adoquines, flanqueadas por casas de una o dos plantas, la mayoría del siglo XVII o XVIII, cuyas ventanas de guillotina reflejaban la luz de las farolas. Hacía frío, siempre hacía frío, y una humedad que se colaba bajo la ropa y calaba en los huesos. Iris caminaba en solitario por aquellas calles vacías, arrebujada en la chaqueta demasiado ligera que se había traído. No se oía nada, ni una voz, ni un eco, ni siquiera el de los tacones de las botas en los adoquines.

Trazada casi con tiralíneas, la calle Herradores se prolongaba delante de ella prácticamente hasta su final en la plaza de la Concepción. Ni un alma en la calle, ni delante de ella ni a su espalda, donde la calle se prolongaba hasta la esquina de la avenida de la Trinidad. Estaba completamente sola en medio de la noche. Tampoco le parecía mal: seguía de mal humor, pese a que el aire frío de la madrugada la había despejado un poco. La discusión con sus amigos la había dejado tocada, y aún repasaba en su mente, en la soledad de La Laguna, respuestas que no había dado y frases hirientes a las que no sabía sabido replicar. Todos estaban enfadados. La tensión de lo que estaba pasando, las alucinaciones, o lo que fueran, la intervención de Patrimonio… estaba haciéndoles efecto, y sabía que no pasaría mucho tiempo hasta que empezaran a volar las acusaciones y a buscar culpables.

Se detuvo un instante frente a la casa San Martín, cuya pesada portada de piedra del siglo XVI, cerrada a cal y canto, contrastaba con las tiendas de ropa y bisutería que la rodeaban. Al otro lado de la calle, la luz de una farola creaba profundas sombras en las cuencas vacías de dos maniquíes en un escaparate. Llegó a meter la mano en el bolso en busca del móvil, aunque no sabía qué iba a decirles a los demás. ¿Que lo sentía? No lo sentía, porque no había hecho nada. Si les escribía estaba segura de que acabaría diciendo algo de lo que de verdad se arrepentiría. No, no era el momento.

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Fuente: .minube.com.mx editado con befunky.com

La luz de la farola empezó a parpadear. ¿Qué pasaba aquella noche? ¿Estaba fallando el servicio eléctrico de toda La Laguna a la vez? Echó a andar de nuevo, sintiendo cómo la invadía un frío inusual, mucho más intenso de lo común incluso para aquella hora. Le salía vaho al respirar y empezó a sentir cómo se le entumecían los dedos dentro de los bolsillos. Pasaba por una bocacalle entre dos tiendas de ropa justo cuando la luz parpadeó; al encenderse de nuevo algo la sobresaltó, una sombra entrevista por el rabillo del ojo. Un nuevo parpadeo de la luz. Allí no había nada.

Continuó su camino. Todas las farolas de la calle, fijadas alternativamente en fachadas a izquierda y derecha, parpadeaban ahora al unísono, como un gigantesco ojo somnoliento. Luz. Oscuridad. Luz. Oscuridad. Como el latido de un corazón. El frío era cada vez más intenso, hasta el punto de que sintió cómo le castañeteaban los dientes. Pasó los paraguas plegados y las sillas sobre las mesas de la terraza de una cafetería, y, en ese momento, oyó algo a su espalda.

Al principio pensó que era el rugir de una moto, alguien que se había metido por el centro de La Laguna, pese a ser peatonal, aprovechando que a esas horas no había nadie. Pero no, no había luces, ni moto. Solo aquel gruñido bajo, reverberante, que hacía vibrar los cristales de escaparates y ventanas, y el flujo y reflujo de las sombras al compás de las farolas parpadeantes. Le recordaba a lo que habían oído al salir de aquel maldito barranco, y un escalofrío le recorrió la espalda de arriba abajo. Entonces lo vio.

Una sombra, como había dicho Naira. Algo enorme y cuadrúpedo que ocupaba toda la calle, con aquellos ojos de fuego gélido que la miraban. Cada vez que se apagaban las farolas parecía crecer como una mancha de tinta que le llenaba todo el campo visual, y luego, al volver la luz, volver a retroceder como las olas cuando arañan la costa. El gruñido le llenó los oídos, empezó a reverberar en sus huesos.

Dio un paso atrás. La cosa no se movía. Un pánico cerval le atenazó el cuello y le cortó la respiración. Quería seguir retrocediendo, irse corriendo, pero no podía, estaba inmóvil, paralizada.

La cosa se irguió. Bípeda, como un hombre, demasiado grande, alta como una torre, mirándola desde arriba como se mira a un insecto. Empezó a distinguir rasgos, brazos, piernas, un hocico bestial bajo las estrellas gemelas de los ojos, y sintió que se le iba a parar el corazón. La cosa dio un paso hacia ella.

Iris emitió un chillido ahogado y se movió como sacudida por una descarga eléctrica. Se giró sintiendo lágrimas de terror bajar por sus mejillas y echó a correr calle Herradores arriba, los tacones repiqueteando en el empedrado.

A su espalda, un gruñido ronco, casi un ladrido exultante que llenó el cielo y le saturó los tímpanos. Y el chasquido de garras sobre las losas.

Todas las luces de la calle se extinguieron a la vez. Definitivamente.

Hucancha (2)

124034

Pateos de fin de semana

Iris, Naira, Yera, tú.

Iris

2:45 Qué mierda de noche. No puedo dormir.

2:56 Llevo TRES HORAS dando vueltas. Así no hay quien descanse, qué asco.

2:56 Esto es una tortura.

Naira

2:57 Muchacha, q te pasa.

Iris

2:57 Los perros, tía

Naira

2:58 Los perros q?

Yera

2:58 Algunos queremos dormir, eh? Voy a silenciar esto

Iris

2:59 Q no se callan. Toda la noche ladrando como locos, sin parar.

3:00 No sé q les pasa, todos los perros del barrio igual armándola

Naira

3:02 Pero habrá pasado algo? No has oído nada más?

Iris

3:02 Que va.

3:03 Ahora están aullando, antes estaban llorando como si tuvieran miedo.

3:03 Cuando empezaron era como cuando ven a un desconocido, sabes?

Naira

3:04 Que lo intentan asustar

Iris

3:04 Si. Pero ahora están aullando y llorando y llevan asi desde las doce.

Naira

3:04 Qué mierda. Ponte tapones o algo, no sé.

3:05     Venga a dormir ya las dos, que son las tres de la mañana.

Hucancha (1)

Caminar por la laurisilva era como estar en un túnel verde, de hojas húmedas que goteaban niebla y lluvia horizontal mientras se mecían al viento, rozando entre sí para producir un sonido que más bien recordaba al de las olas. Era como si el Atlántico hubiera abandonado las costas rocosas de Tenerife para trepar hasta allá arriba, a más de mil metros de altura. La luz del sol se filtraba a ráfagas entre las ramas de laurel, tilo y viñátigo, creando un contraste de sombras que se movían sobre el suelo húmedo de tierra oscura y rocas medio ahogadas por las raíces y el monte bajo. Aparte del rumor de las hojas, apenas se escuchaba nada aparte del chirriar de algún insecto, trinos aislados, y los sonidos del pequeño grupo de senderistas.

– La laurisilva es una reliquia – venía diciendo Antonio, señalando los árboles que les rodeaban -. Antes llegaba hasta Europa, pero con las glaciaciones se fue retirando, y solo queda aquí y en Azores y Madeira. Este monte tiene millones de años, y es el sitio de Europa con más especies endémicas.

– ¿Te puedes callar ya? – Yeray lo rebasó en el estrecho camino, golpeando su mochila con la de Antonio -. Qué tío más pesado, de verdad.

– Luego me preguntarás y no te pienso decir nada, enterado.

El pequeño grupo continuó riendo por el sendero, que iba elevándose cada vez más en una pendiente que, sin llegar a ser peligrosa, se iba volviendo escarpada y resbaladiza por el barro. Los troncos oscuros, vestidos de verde, se aproximaban, y sus frondas se entrelazaban sobre las cabezas de los senderistas, bloqueando casi por completo el sol. El aire húmedo hacía que se les pegara la ropa a la piel, y el esfuerzo de la caminata los tenía a los cuatro jadeando y respirando con dificultad. Llevaban más de tres horas subiendo sin descansar aquellos riscos del Macizo de Anaga cubiertos de selvas prehistóricas.

Finalmente, un recodo les llevó hasta una visión que los paralizó. Frente a ellos, un abismo cubierto de vegetación formaba una especie de caldera rodeada de montañas, cuyos picos se perdían en siluetas azuladas en la lejanía. Los riscos bajaban atropellándose durante cientos de metros en una carrera congelada, acompañados de jirones de nubes y niebla, mientras las copas de los árboles se cimbreaban sacudidas por el viento como las olas de un mar verde. El sol estaba abandonando ya el cenit, y bajaba hacia las cumbres como para refugiarse en sus cuevas.

Cruz del Carmen-191

– ¡Qué bonito! Espera, espera, vamos a parar aquí.

Soltaron las mochilas en un espacio despejado que se abría en la ladera de la montaña, justo después del recodo, y se derrumbaron sobre la tierra húmeda mientras Iris se echaba la cámara de fotos a la cara y empezaba a disparar al abismo que se abría a sus pies. A través de la lente Nikon alcanzó a ver árboles retorcidos que brotaban sobre las rocas en poses dramáticas y casi humanas, profundas gargantas cortadas a cuchillo por el agua en las laderas, y aquí y allá los destellos rojos y amarillos de las flores entre el verde oscuro de las hojas.

El resto, mientras tanto, estaba sacando los bocadillos de las mochilas y repartiendo botellas de agua y golosinas. Yeray, recostado sobre una roca, cerró los ojos para dejar que el sol le acariciara la cara, mientras Antonio y Naira compartían un paquete de galletas Tirma. Miraran a donde miraran no se veía rastro alguno de civilización, solo una soledad interminable de árboles y montañas bajo un cielo azul brillante.

– No se ve ni una casa – comentó Iris, al sentarse con las piernas cruzadas entre Antonio y Yeray, la cámara colgando del cuello -. Ni siquiera abandonada, ni una pista de tierra, ni un coche…

Antonio se encogió de hombros mientras masticaba, y le pasó el paquete de galletas.

– Esto en el mapa no es nada – dijo mientras terminaba de tragar -, pero hay tantos recovecos, barrancos, cuevas… la gente va por los senderos establecidos y no se aparta de ellos, porque es muy fácil que te pierdas. Por donde estamos nosotros pasa gente todos los días. Por allí – señaló vagamente hacia el abismo -igual no ha estado nadie desde los guanches, o ni siquiera ellos.

Entreabriendo apenas los ojos, Yeray le tiró a la cabeza una bola de miga de pan, que estuvo a punto de darle a Naira.

-¡Ey! ¡Esa puntería!

– ¿Pero tú lo oyes? Que no ha pasado nadie, dice. Venga, hombre.

– ¿Va en serio? – preguntó Naira, rebuscando en la mochila -. ¿Hay sitios inexplorados en Tenerife?

– Hay sitios inexplorados en todos lados. Tampoco es ningún misterio, simplemente son sitios a los que nadie necesita ir, así que no va nunca.

– Que te calles- zumbó Yeray, con tono de guasa.

– No te digo yo que no pase de vez en cuando un cazador perdido, un guiri despistado o un santero a hacer sus cosas, pero, vamos, en general.

– El otro día vi algo de eso en el periódico – comentó Iris mientras desenvolvía el bocadillo -. Los vecinos de no sé dónde se quejaban de que aparecían animales muertos y cosas de santería.

Yeray asintió con la cabeza, pasándose una mano por el pelo, negro y muy corto, y dio un trago a la botella de agua mientras se incorporaba, inclinándose hacia el grupo.

– Pasa un montón. Tenía un colega policía nacional que decía que no nos enteramos ni de la mitad de las cosas raras que pasan aquí. A cada momento se encuentran restos de rituales de santería, y cosas de esas. Pollos muertos, velas… una vez una cabra.

– Que te calles – lo imitó Antonio, lanzándole el papel de plata del bocadillo hecho una bola -. ¿Quieres asustar a las chicas?

-Oye – saltó Naira, dándole un manotazo -. A ver si te va a asustar a ti, machito.

– Tiene toda la pinta – rio Yeray -. ¿Te dan miedo los santeros ahora? ¿Te van a embrujar?

– Por aquí hay leyendas de brujas también, ¿no? – interrumpió Iris, mientras revisaba las fotos en la pantalla de la cámara -. Dicen que el Bailadero se llama así porque es donde iban a bailar en los aquelarres.

– Todo eso son supersticiones – gruñó Antonio, picado -. La gente todavía se las cree, pero por suerte cada vez hay más cultura y se les va acabando el negocio a los curanderos.

– Porque tú lo digas – dijo Naira -. Mi tía todavía llevó a mis primos pequeños a que les rezaran cuando estaban malos, porque decía que les habían hecho mal de ojo.

– ¿Pero qué edad tienen tus primos?

– Catorce el más chico, y bien que le rezaron al pobre. Lo llevaba a una vieja que yo creo que no sabía ni leer.

– Bueno, todo eso se va acabando.

– Eh, ¿eso es un cernícalo? – intervino Iris, señalando al cielo mientras cogía de nuevo la cámara -. Fotón.

Sobre ellos, aislada en el cielo azul brillante como una mancha negra en forma de cruz, la rapaz trazaba amplios círculos al compás de las corrientes de aire caliente en busca de una presa, aunque por un breve instante a Yeray le dio la sensación de que la presa eran ellos, y de algún modo el ave los estaba observando.

– Demasiado grande. Será un busardo. Deberíamos ir tirando ya – dijo Antonio -. Luego se nos hace tarde y todavía nos quedan otras dos o tres horas.

Las vistas monumentales del cielo y las montañas pronto quedaron ocultas tras los troncos de los laureles, y el grupo continuó ascendiendo y descendiendo repechos entre el trinar de los pájaros y el crepitar de las hojas bajo los pies, o al paso de lagartos y roedores que se escabullían a ambos lados del sendero. A pesar de que aún era temprano, el sol estaba a punto de ocultarse tras las cumbres, y los rayos que los alcanzaban lo hacían atravesando la cubierta vegetal en diagonal, como lanzas doradas que se hincaban en el suelo para marcarles el camino.

Cruz del Carmen-172

Llevaban casi dos horas andando cuando Antonio se detuvo en seco, provocando que Iris, que iba atenta a la flora autóctona que los rodeaba, chocara con su mochila y estuviera a punto de caer.

– ¡Au! ¿Qué pasa?

– No reconozco esto.

– ¿Qué? ¿Cómo que no?

– Venga, Toni, vacilones ahora no, ¿eh? – intervino Naira, adelantándose hasta ellos -. ¿Por dónde vamos?

Delante del grupo se levantaba una roca casi vertical, redondeada por la erosión y entreverada de raíces esqueléticas sembradas de setas carnosas y amarillentas. El sendero se dividía en dos, un camino de tierra que ascendía hasta perderse entre los árboles, y otro más ancho, pero más rocoso y escarpado, que descendía bajo un arco de ramas grises.

– ¿Te perdiste? – rezongó Yeray, uniéndose al resto-. Tío, no se puede contar contigo pa nada. ¿No dices que conocías bien el sendero?

– Si lo he hecho treinta veces, por eso te digo. Esto no es parte del sendero, nos tenemos que haber desviado por algún lado.

– Pues qué bien – gruñó Iris-. A ver qué hacemos ahora.

– Tranquilidad, no pasa nada. Volvemos para atrás hasta que encontremos una marca del sendero y ya está.

– Sí, hombre – dijo Yeray -. Otras dos horas dando vueltas por el monte y se nos hace de noche aquí.

– Qué va, si no puede hacer mucho que nos desviamos. Diez minutos, máximo.

– Que no, tío. Mira, tenemos que llegar al barranco, ¿no?

– Sí, el sendero acaba en el barranco y de ahí bajamos a la playa.

– Pues el barranco está para abajo, y tenemos un sendero que sube y otro que baja. Ya está.

– De ya está nada – dijo Naira -, ¿tú eres tonto? Si no te partes la cabeza te pierdes y ahí no hay helicóptero que te recoja.

– Que te calles, si llevamos dos horas caminando, tenemos que estar al lado ya. Yo voy por aquí.

– A ver, a ver, calma – dijo Antonio -. Volvemos un fisco para atrás y ya está, si es que…

Yeray no le hizo caso. Agarrándose a una rama para mantener la estabilidad, se metió en el camino que bajaba y echó a andar, medio corriendo para no caer, cuesta abajo, hasta perderse tras una curva del abrupto sendero.

– ¡Yera! ¡Yera! ¡Me cago en…!

– Este niño es tonto – rezongó Naira -. ¡Espérate, que te matas!

– ¡Pero no vayas tú con él!

Iris le puso la mano en el hombro a Antonio, que intentaba agarrar la mochila de Naira para impedir que se metiera en el barranco detrás de su amigo.

– Vamos, anda, si es que no los vamos a poder parar.

El nuevo sendero era aún más oscuro que el que habían abandonado. En lugar de árboles, ahora se encontraban rodeados de paredes rocosas, cubiertas de tierra que oscilaba entre el gris, el negro y el marrón. Por encima de sus cabezas veían los rayos del sol atravesar los escasos huecos de las frondas, pero prácticamente ninguno llegaba allí abajo. Se movían tanteando, agarrándose a las raíces, que les cubrían las manos de sustancias pegajosas de origen desconocido, y a las piedras, cuyas superficies ásperas les hacían sangre. Aquí y allá caían chorros de agua que se derramaban formando peligrosos charcos, negros a la escasa luz, y brotaban por todas partes hongos bulbosos que olían a putrefacción y aparecían moteados de enfermizos grises, amarillos y rosados, como la carne de un leproso.

Descendieron durante lo que pareció una eternidad, aunque era prácticamente imposible calcular el paso del tiempo en aquella garganta que recorría el costado de la montaña sumida en la oscuridad. Habían tenido que tirar de las linternas para ver el camino bajo sus pies. Antonio no paraba de quejarse, y Yeray de quitarle hierro al asunto, aunque cada vez le temblaba más la voz y parecía menos seguro de sí mismo. El chirriar de los insectos se iba haciendo cada vez más intenso a medida que descendían, junto con el olor penetrante a tierra húmeda y a putrefacción que emanaba de las ramas caídas, cubiertas de hojas secas, y de los hongos leprosos que cada vez cubrían más y más superficie del barranco.

Cruz del Carmen-144

Tras lo que parecieron horas de descenso, el suelo empezó a nivelarse. Un pronunciado escalón y una curva cerrada los llevaron a una especie de anfiteatro natural, un hueco semicircular bajo una inmensa roca que se proyectaba como un techo, casi cerrando el barranco por arriba como si fuera un túnel. Los cuatro se detuvieron, cautelosos, tratando de adivinar si aquella roca estaba a punto de caerles encima.

-¿Qué es eso?- dijo Iris, acercándose a la base de la roca-¿Es un…?

Los demás la rodearon y se inclinaron para examinar su descubrimiento. Lo que a primera vista parecía un montón de hojas podridas sin más se reveló como un torpe intento de cubrir algo que había debajo. Naira las apartó con repugnancia para revelar varios cabos de vela consumidos metidos en vasos de cristal, alrededor de una piedra plana manchada de algo oscuro que se derramaba por los lados, llenando varias cazoletas y canales tallados en la roca. La piedra estaba colocada sobre un amontonamiento circular de lajas de un metro de alto, y sobre ella reposaban los restos medio roídos de varios animales, en una confusión de huesos y trozos de piel putrefacta que les lanzó a la cara una vaharada pestilente que les provocó arcadas.

– Qué asco, por favor – dijo Naira, y le dio un codazo en el costado a Yeray -. ¿No querías santería? Dos tazas.

– Vámonos – dijo este -. No se les ocurra tocar eso.

– Anda, al que no le daban miedo los santeros. Pero si esto no es na…

Una luz súbita, como un relámpago blanco, inundó el estrecho barranco, cegándolos temporalmente. Se quedaron parpadeando, con el campo visual inundado de motas de luz que danzaban en la oscuridad, aturdidos y sobresaltados.

– Perdón.

– Podías avisar, Iris, de verdad – gruñó Naira.

– Perdón, perdón.

– Pero que no le saques fotos a eso. Anda, vámonos.

– Es que mira, hay más cosas – Iris se acercó con la linterna a la base de la roca, enfocando el haz de luz más allá de los huesos -. Son como pictogramas.

Efectivamente, había símbolos trazados en la pared de roca, y resaltados con la misma sustancia pegajosa que cubría la piedra y las cazoletas, quizá sangre. Espirales, líneas quebradas que sugerían movimiento, triángulos apuntando al cielo, y algunos que casi parecían letras.

– Parece guanche – Yeray se había acercado también, pese a su aprensión -. Yo eso lo he visto en algún libro.

– ¿Cómo va a ser guanche, Yera? – dijo Naira -. Los huesos todavía tienen piel, no pueden llevar ahí mucho tiempo. Esto tiene que ser algo de santería.

– A lo mejor empezaron los guanches y han seguido después los otros, ¿yo qué sé? ¿Nos vamos ya? Toni, ¿tú no tenías tanta prisa?

– Espera – dijo Iris, que seguía explorando con la linterna-. Aquí hay algo más.

– ¿Qué es?- preguntó Antonio, acercándose-, ¿más símbolos?

– No, no, aquí debajo. Aguanta – le tendió la linterna para tener ambas manos libres y se tumbó en el suelo, metiéndose entre la piedra plana y la roca vertical -. Aquí hay algo encajado. Está lleno de mierda…

Tiró y forcejeó, manchándose los brazos hasta los codos de tierra húmeda y restos de putrefacción, hasta arrancar a la roca un objeto pequeño que levantó con triunfo entre las manos. Lo dejó en el suelo, bajo la luz de las linternas: era una figura de barro, de unos quince centímetros de largo, negra y lustrosa, con la forma vaga de un animal cuadrúpedo con una boca enorme. Esta vez avisó antes de hacerle fotos con el flash, pero cuando cesaron los ecos del restallido de la cámara pareció como si un silencio denso descendiera sobre ellos. No se oía ni uno solo de los habituales sonidos de la laurisilva. Ni un pájaro, ni el chirriar de un insecto.

– ¿Qué es esto? – dijo Antonio -. Es como un ídolo…

– Déjalo en su sitio, Iris – intervino Yeray-. Ponlo donde estaba y vámonos.

– ¿Crees que será aborigen?- preguntó esta-. No parece moderno.

– Ni idea, yo soy de ciencias – Antonio se encogió de hombros.

– ¿Nos lo llevamos?

– ¡Ni se te ocurra!

– Venga, ya está – dijo Naira-. Vamos a dejar la tontería ya y vámonos de aquí, que se nos va a hacer de noche de verdad.

Cruz del Carmen-134

Los otros se levantaron, sacudiéndose la tierra de los pantalones, y Antonio se puso de nuevo en cabeza, alumbrando con la linterna el camino, que volvía a ascender ligeramente unos metros más allá. A medida que se alejaban del extraño altar iban desapareciendo aquellos hongos asquerosos y el olor a podrido era sustituido por el de la vegetación húmeda, más limpio y fresco. Podían ver ya el final de la quebrada, que iba a dar a un nuevo barranco que descendía en una pendiente suave, con un fondo lo bastante amplio como para que llegaran los rayos del sol. Ya se oían de nuevo los sonidos del monte.

– Esto lo reconozco – dijo Antonio -. Ya estamos en el barranco, casi al final. En veinte minutos estamos en la playa.

– Te lo dije.

Se detuvieron en la confluencia de los dos barrancos, con la sensación de que iban a atravesar algún tipo de umbral. En el momento preciso en que Antonio iba a dar el primer paso para incorporarse a la ruta habitual, algo les sobresaltó.

– ¿Qué fue eso? – dijo Yeray, aprensivo.

– Sonaba como un perro – comentó Naira, girándose para mirar la ruta por la que habían llegado.

El sonido se repitió, un retumbar bajo, constante, como el de un inmenso motor viejo, pero gorgoteante, húmedo, y provisto de una extraña cualidad animal, salvaje y atávica, que hacía temblar las ramas y reverberar las rocas. Era un rugido primordial, que parecía salir de todas partes, como si el propio bosque de laurisilva, la propia tierra volcánica, ardiera en deseos de abalanzarse sobre ellos y despedazarlos. Aunque ninguno quiso admitirlo, sintieron como les temblaban las piernas.

– Eso no es un perro – dijo Iris.

– Puede ser cualquier cosa. Una galería de agua, o un desprendimiento. Hasta un trueno aislado.

– Vamos, vamos, venga – apremió Yeray. Esta vez nadie le discutió.

Media hora más tarde, tumbados sobre las toallas en la arena negra de la playa, con las olas rompiendo entre las rocas, algo llamó la atención de Antonio. El cielo estaba limpio, tan azul y brillante como lo habían visto desde el sendero, aunque ya se iba oscureciendo a medida que se acercaba el atardecer y los rayos del sol se ocultaban por completo detrás de las montañas. Despejado y límpido excepto por una única nube, una forma oscura, como de tormenta, gigantesca e hinchada, que flotaba por encima del horizonte que se enrojecía, desplazándose lentamente de norte a sur, empujada por el viento, como si los estuviera acechando.

Por un momento le pasó por la mente aquel extraño sonido que habían oído. Podía ser una galería de agua, sí, o rocas cayendo, incluso un perro asilvestrado, que no eran raros en el monte, aunque en la laurisilva era menos frecuente que en el pinar. Pero había algo extraño en aquel ruido, algo que no había oído nunca ni podía identificar, pero que, aunque no quisiera admitirlo, le daba pánico. Agradeció haber dejado el coche en un pueblo cercano, a solo unos minutos de marcha por la playa, en lugar de hacer la ruta circular. No creía que ninguno de ellos estuviera dispuesto a pisar aquel sendero en mucho tiempo.

Cuando lo tuvieron todo recogido y se disponían a partir, Antonio dio un último vistazo alrededor, por si acaso se les olvidara algo. No había nada sobre la arena negra, pero a lo lejos, en lo alto de los farallones que rodeaban la playa, le pareció ver algo que se movía, una mancha más oscura recortada contra la oscuridad del atardecer.