Ella Me Maldijo

Porque donde unas cuencas vacías amanezcan

Ella pondrá dos piedras de futura mirada,

Y hará que nuevos brazos y nuevas piernas crezcan

En la carne talada.

Miguel Hernández, Para la Libertad.

Fue hace mucho tiempo. Tú no habías nacido. Tus abuelos tampoco, supongo. No creo que casi nadie que esté vivo hoy hubiera nacido. Solo un puñado, pero ya hablaré de eso.

La verdad es que yo mismo no recuerdo el cuándo, ni el dónde, ni el cómo. Recuerdo una batalla, el sabor salado de la sangre en la boca, el hedor de las tripas desparramadas mezcladas con la mierda de caballo pisoteada. Recuerdo una muralla desmoronándose y banderas agitándose al viento, y a veces me despierto por las noches porque aunque no recuerdo nada más, aún me asaltan las imágenes de rostros aullando, algunos rojos y desencajados de ira, otros pálidos, con los ojos abiertos como platos, preparándose para el frío de la muerte.

Yo fui de esos últimos. Pálido y exangüe, desangrándome junto a una zanja maloliente. Recuerdo el mordisco del acero. Si no te han clavado nunca una hoja en las costillas no sabes lo que se siente. El acero muerde como un perro, se hinca en la carne buscando tu corazón, como si te odiara. Los vikingos lo llamaban gusano de sangre o víbora de las heridas, y es cierto. Puedes sentir como te roe la carne.

¿Que si era un vikingo? No lo sé. No me acuerdo. No recuerdo nada antes de ese día, ni siquiera mi nombre. No sé dónde ocurrió, ni en qué año, ni por qué luchaba. ¿Recuerdas tú lo que hiciste cada día en el parvulario?

Solo recuerdo esa sensación, ese mordisco helado. Me estaba muriendo y solo veía el cielo cubierto por nubes de humo de los incendios, con brasas y cenizas danzando en las corrientes de aire. No me dolía nada, pero sabía que me estaba muriendo. No sentía los brazos ni las piernas, ni nada por debajo del cuello, excepto los borbotones de sangre que me brotaban de las heridas con cada latido del corazón. Jadeaba, y sentía la lengua como un trozo de esparto seco colgándome de la boca. La vista se me nublaba cada vez que intentaba tomar aire.

Entonces la vi.

Se paseaba entre los muertos y los moribundos como si estuviera en un prado florido. Llevaba un vestido blanco hasta los pies, quizá un sudario, pero estaba manchado de sangre. Creo que iba descalza, y llevaba el pelo suelto y desgreñado, hasta casi la cintura. A veces, en mis sueños, es rubia; otras veces es morena, casi con tintes azules, y alguna vez tiene el pelo rojo, rojo como la sangre derramada. Sonreía, no enigmáticamente, ni con sarcasmo, sino con genuina alegría, como una niña que jugara en el campo. A veces la recuerdo como una niña, otras veces como una mujer. Fue hace mucho tiempo.

Se acercó a mí entre los muertos y los moribundos, sin dejar de sonreír. Creo que me llamó por mi nombre, aunque no estoy seguro. Sé que se arrodilló y me tocó la frente febril con una mano fría, gélida como un trozo de hielo pese al calor sofocante de los incendios, y sé que me habló. Recuerdo aquellos labios rojos como dos trozos de carne cruda, pero no sé qué me dijo. Cuando sueño, la imagino cantándome una canción de cuna que oí alguna vez, pero a veces me da consejos, o me recrimina algo que he hecho mal. Supongo que trato de llenar el hueco que me ha dejado olvidar las frases más importantes que oí en mi vida.

Desperté solo, bajo las estrellas y una luna creciente. No te sé decir si estaba aún en el campo de batalla. Imagino que sí, pero no recuerdo cadáveres ni devastación a mí alrededor. Solo el cielo estrellado. Me levanté sin pensar, y solo después me di cuenta de que mis heridas habían sanado. No me dolía nada. Podía mover brazos y piernas, respirar, ver. Me sentía como tras un largo sueño reparador. Creo que eché a andar en busca de alguien, de un lugar donde pasar el resto de la noche y quizá reflexionar sobre lo que había ocurrido, si había sido real o una mera visión, cómo había sanado y dónde estaban mis compañeros.

Si llegué a alguna conclusión, mi mente lo ha olvidado bajo el peso de los siglos. Sé que intenté hacer vida normal por un tiempo, pero pronto descubrí que no había simplemente sanado. Mi mujer envejeció y murió, mis hijos se agostaron y se convirtieron en polvo, y también mis nietos, pero yo no. Yo continué viviendo, viéndolos deteriorarse y pudrirse ante mis ojos. Me fui de la aldea cuando empezaban a sospechar de mí, cuando las viejas murmuraban en la plaza que yo estaba igual cuando ellas eran niñas, que no había envejecido ni un día. Una vez me llamaron vampiro, pero juro que no he probado jamás la sangre de nadie.

Así empezó mi vida errante. No sé cuánto tiempo duró. No sé en qué año estamos, ni cuándo empecé a vagabundear, así que no importa. Creo que he recorrido todos los continentes, y casi todos los países varias veces. Sé lo que estás pensando. Tiempo infinito para ver mundo, para conocer gente, para hacer lo que quieras. Crees que estoy bendito, pero no. Estoy maldito. Ella me maldijo.

¿Sabes lo que es no tener seres queridos, ni siquiera un amigo? ¿Cómo podría apegarme a nadie? Morirán, y yo no recordaré sus caras ni sus nombres, ni el sonido de sus voces. Mi vida no ha sido la de un trotamundos, sino la de un fugitivo que no puede quedarse demasiado tiempo en el mismo lugar, no solo por la persecución, sino por el dolor. Una vez pasé cien años en una ciudad de Europa, y apenas pude soportar ver cómo cambiaba, como incluso los edificios se derrumbaban o eran arrasados para hacer sitio a otros nuevos mientras yo seguía allí, invariable, ocupando un lugar fijo en el universo, como un quiste.

Ah, el cuerpo no envejece ni se cansa, pero la mente sí. Soy más viejo que cualquier persona que conozcas, y estoy exhausto. No soy capaz de conectar con el mundo moderno, porque no me importa, y cambia demasiado rápido para mí. No sé de qué habla la juventud en las calles, no entiendo la jerga. Mi vocabulario no avanza con el de la sociedad, así que vaya donde vaya me miran raro, como un fantasma salido de una obra de teatro antigua. Cuando empiezo a acostumbrarme al cine mudo descubro que existe el sonoro; cuando me acostumbro a la radio, todo el mundo tiene televisión y eso que hacen ahora con una máquina de escribir con pantalla. No tengo fuerzas para mantenerme al día. Me aburre.

He encontrado a algunos como yo, con los años. Todos la han visto, pero ninguno la describe exactamente igual. Una joven descalza, sí. Con un vestido o un sudario blanco manchado de sangre, y el pelo suelto. Pero ahí terminan las similitudes. Para cada uno es diferente, como un ideal o un sueño. Y sin embargo, todos coincidimos en algo: estamos malditos.

Pensarás que esos otros son la solución a mis problemas, ¿verdad? Compañía para los siglos, gente que me comprende. Pero no es así. Cada uno de nosotros es un solitario, lleva demasiado tiempo solo. Olvidamos nuestro pasado, olvidamos lo que hacemos a lo largo de los siglos, así que nuestra propia identidad pende de un hilo. Nos limitamos a sentarnos y vegetar, lamentándonos de lo que hemos perdido. Y si hay algo peor que tener un ser querido y perderlo, es una relación que no acaba nunca. Créeme, lo he probado. Década tras década, más de un siglo con una misma persona. Has visto matrimonios que solo siguen juntos por la costumbre, ¿Verdad? No has visto nada. No has visto la amargura de un siglo de malentendidos y rencores mezquinos, ni el hartazgo de ver el mismo rostro, inalterable, durante ochenta años, de oír las mismas historias, la misma voz y las mismas quejas.

No. Estamos condenados a la soledad, por exceso o por defecto.

Nadie puede imaginar la desesperación de una eternidad en soledad. No una década, ni una vida. Una eternidad. Por lo que sé, no moriré nunca. Tampoco tengo claro cuánto he vivido exactamente, pero es más que suficiente. El mundo me aburre, me cansa, no puedo soportarlo, pero no tengo forma de poner fin a todo esto. Lo he intentado, claro. Todos lo intentamos alguna vez, o muchas veces. Hasta ahora, nada a dado resultado, ni cuando lo he intentado yo, ni cuando la gente normal ha descubierto lo que soy y ha reaccionado con miedo y cólera.

Oh, sí. Me han matado, o me he suicidado, muchas veces. No sé cuántas. Pero nunca dura. Me he ahogado y ahorcado. Me he o me han atravesado con espadas y lanzas, pero lo que no me mató la primera vez no lo hará ahora. Me han fusilado y electrocutado, aplicado garrote vil y envenenado. Me han atropellado y descoyuntado, me han quemado vivo varias veces, y una vez me decapitaron. No funciona. Nunca funciona. No sé cómo ni por qué, pero siempre despierto sano e intacto y salgo caminando de la morgue. Ni siquiera me duele ya.

Así que aquí estoy, después de tantos siglos. Escogí este retiro porque me gusta escuchar el mar lamiendo los acantilados. Es lo único que me sosiega cuando duermo. Y me gusta el paisaje de roca volcánica, de fuego solidificado y petrificado, como lo estoy yo, inmóvil e inalterable. Aunque al menos la roca cambia, es erosionada, se rompe, erupciona de nuevo. Yo no puedo hacer nada más que dormir doce horas al día y contemplar las olas romper en la playa de arena negra.

Por eso estás tú aquí. Estas reuniones, una vez al año, son lo único que me mantiene activo, lo único que me hace esperar algo distinto, un día que no sea exactamente igual a todos los demás del último siglo y del siglo que vendrá. Ya has visto las cuentas bancarias y las propiedades. Es tu premio. Si lo logras, todo será tuyo. Pero no espero que lo hagas. No creo que lo consigas, y ojalá me equivoque. Tienes un año para intentarlo, a partir de hoy. Los métodos son cosa tuya, no me importa. Mátame. Puedes empezar cuando quieras.

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