Los que Roen (1)

moonlight-703554_960_720.jpg

Fuente: Pixabay

Cuando Dimitri llegó al pueblo el cementerio estaba ardiendo. Se abrió camino entre los curiosos, deslizándose entre codos y espaldas hasta la primera fila, donde le asaltó el olor acre de la carne quemada, el crepitar de la leña y las pavesas que el viento arrastraba de un lado a otro. Hacía un calor asfixiante, infernal, en torno a la enorme pira, a cuya luz vacilante, que ya sustituía a la del sol de la tarde, dos fornidos jóvenes con pañuelos sobre la nariz y la boca arrastraban un cuerpo putrefacto envuelto en una manta. Los asistentes murmuraban por lo bajo, siguiendo las salmodias de un enjuto sacerdote vestido de negro y con la cabeza cubierta, que leía con voz cascada de un manuscrito que llevaba encadenado al cuello.

Los porteadores lanzaron su carga contra las llamas anaranjadas, que rugieron, lanzando una tormenta de chispas en todas direcciones. Entre las lenguas de fuego, Dimitri pudo ver más miembros retorcidos y carbonizados: al menos tres o cuatro cadáveres más consumiéndose entre las llamas, levantando un humo fétido, negro y espeso y llenándolo todo con un hedor irrespirable que la brisa del atardecer no podía disipar. El sol declinaba por el oeste, tiñendo el cielo y las nubes negras que se arremolinaban a su alrededor del mismo color que las llamas. Dos grajos, encaramados a una lápida medio derribada, graznaron con sus voces roncas antes de emprender el vuelo hacia el norte.

Dimitri se volvió hacia el espectador que tenía a su lado, un hombre alto y grueso con un poblado bigote. A su alrededor, los lugareños reunidos, hombres, mujeres y niños, eran un mar de rostros con expresiones de angustia, alivio y miedo, muchos aferrando rosarios e iconos entre las manos mientras veían arder los cadáveres de sus seres queridos.

– ¿Qué ocurre?

– Muertos vivientes, señor – lo miró de reojo antes de girarse completamente para encararlo -. ¿Está usted de paso?

Sus ojos se detuvieron largo tiempo en la figura de Dimitri: bajo y delgado, pero nervudo, cubierto por el sombrero de ala ancha y el pesado capote de lana bajo el que asomaban amuletos de plata y empuñaduras de armas, además del petate, y pesadas botas de marcha. Dimitri se apartó el sombrero del rostro, dejando ver su nariz aguileña y los ojos oscuros y penetrantes, como de ave, que recorrieron la dantesca escena del cementerio profanado y un nuevo cuerpo que estaba siendo arrastrado hacia la pira.

– Eso pensaba, pero creo que me quedaré un tiempo.

El otro le tendió una mano grande y encallecida, que Dimitri estrechó pese a que la suya, de dedos largos y huesudos, casi se perdía en su inmensidad.

– Me llamo Alois Gros. Da la casualidad de que regento la única casa de huéspedes del pueblo. ¿Puedo preguntar a qué se debe el cambio de idea?

– Dimitri Sorokin. Tengo alguna experiencia en estos casos – hizo un gesto hacia la pira y se fijó en que el sacerdote, sin dejar de leer, había clavado sus ojos en él-, y creo que esto no será suficiente. Espero equivocarme. Y ahora, señor Gros, me gustaría conocer su casa de huéspedes.

haunted-house-1124241_960_720.jpg

Fuente: Pixabay

La casa de Alois Gros no era muy grande, pero en un pueblo de aquel tamaño no necesitaba mucho más. Dimitri se instaló en una habitación estrecha, que contaba tan solo con un jergón, un baúl y una jofaina, y una ventana con postigos pintados de verde que daba a un callejón estrecho. Sus ojos entrenados encontraron enseguida los sellos de protección pintados en el marco de la ventana, al igual que los que adornaban las pesadas vigas de roble en el salón principal, entre ristras de ajos, embutidos y manojos de hierbas en los que se mezclaban las de usos culinarios y las que supuestamente alejaban a los malos espíritus. No pudo dejar de advertir que varios de los sellos tenían errores, y las plantas no eran las más adecuadas al caso.

El propio patrón le sirvió personalmente en la gran mesa que presidía el salón principal. Dimitri no era el único comensal: había una joven acompañada de una dama de cierta edad y de un hombre de rasgos duros que parecía ser más un guardaespaldas que un familiar, así como un  matrimonio con ropas de calidad y un grupo de jóvenes con aspecto de braceros, que probablemente viajaban por la región en busca de trabajo. Mientras consumía las gachas de avena de la cena, Dimitri clavó sus ojos oscuros en el señor Gros.

– Hábleme de los ataques.

El posadero le sirvió cerveza, asintiendo gravemente con la cabeza. El gran salón olía a hierbas, a cerveza, a grasa y al humo que impregnaba la madera del suelo, el techo y los muebles. En la chimenea borboteaba un pesado caldero de hierro que atendía una joven de hombros anchos, quizá la hija de Gros.

– Empezaron más o menos en la luna nueva. Habíamos oído sonidos extraños durante la noche unos días antes, gruñidos y lamentos y una especie de risa histérica, pero cuando la luna desapareció también empezaron a hacerlo cabritos, gatos y perros pequeños. Pensamos que habría lobos, dimos unas cuantas batidas – señaló con la cabeza la escopeta de boca ancha que había colgada sobre la chimenea, bajo una cabeza de ciervo -, e incluso nos acompañaron los monteros de la señora, pero no encontramos rastros.

– ¿Qué señora?

– La señora de Moriève. Su familia ha poseído estas tierras desde hace más de trescientos años.

– Entiendo. No había lobos entonces.

– No. Los ruidos extraños seguían, y la misma noche de la última batida, mientras casi todos los hombres estábamos en el bosque, porque regresamos cuando ya casi no había luz, algo se llevó al hijo de la viuda Hirsch. Ella dice que entró en casa a tiempo para ver algo enorme, blanco como un gusano, arrastrándolo a través de la ventana. Pusimos el pueblo y los alrededores patas arriba, todos los sitios en los que la cosa pudiera haberse escondido, pero no encontramos nada. Y la noche siguiente hubo dos ataques.

moon-1146006_960_720.jpg

Fuente: pixabay

Dimitri enarcó la ceja mientras apuraba la cerveza de su jarra, que dejó junto al sombrero encima de la mesa. La vela de sebo que había junto al plato, en su palmatoria de bronce, arrojaba sombras que se movían sobre sus rasgos duros, iluminados apenas por la llama anaranjada.

– ¿Dos?

– Baumann oyó ruidos en casa, se levantó y se encontró algo saliendo por la ventana de la habitación de su hija. Ella se puso a gritar diciendo que era el monstruo, pero Baumann solo pudo ver una sombra.

– Entiendo.

Gros soltó una risilla por debajo del bigote y se sirvió en su propia jarra. Dio un trago largo y profundo.

– El siguiente ataque fue más serio. Todos oímos los gritos y salimos a tiempo para ver a la cosa, exactamente como Hirsch la había descrito: tan blanca que brillaba en la oscuridad, corriendo a cuatro patas. Iba arrastrando a la joven Dubois, agarrándola por el cuello. Lo perseguimos pero no pudimos darle caza. Se metió en el cementerio y le perdimos la pista. A ella la encontramos con el cuello roto y marcas de dentelladas. Entonces fue cuando el padre Martel dijo que era un muerto viviente y que deberíamos exhumar los cuerpos para descubrirlo.

– Y eso hicieron esta tarde.

El posadero parecía compungido. Su mirada recorrió el gran salón, oscuro y de aire cargado y cálido, a los escasos clientes, a su hija que servía a los demás comensales, los trofeos de caza en las paredes y los sellos pintados apresuradamente.

– Fue peor de lo que pensábamos. Creíamos que solo habría uno, pero encontramos muchos cuerpos con las señales de la infección. El padre Martel dijo que lo mejor era quemarlos a todos.

– ¿Qué señales presentaban?

Estaba claro que no le gustaba recordarlo. Nunca era una experiencia agradable exhumar decenas de cuerpos putrefactos para comprobar su estado, menos aún cuando son de los propios antepasados y seres queridos.

– No los vi todos… no todos eran iguales. Algunos tenían los ojos abiertos, saltones e inyectados en sangre. Otros dientes crecidos, tez rojiza, garras… varios gruñeron cuando abríamos los ataúdes.

– Ya veo. Bien, señor Gros, espero equivocarme, pero creo que esto no ha terminado. Me quedaré un par de noches en su posada y si todo vuelve a la normalidad partiré. De lo contrario, cuenten con mi ayuda.

Los ojos del posadero se estrecharon bajo las pobladas cejas. No era ningún ingenuo, y no creía en la ayuda gratuita, ni iba a fiarse de cualquier extraño de pinta estrafalaria que pudiera pretender estafarlo.

– ¿Y qué pago exigirá a cambio, señor Sorokin?

– Me basta con el alojamiento y la manutención, y provisiones para continuar mi viaje hasta el siguiente pueblo.

Elder_sign.jpg

Fuente: wikipedia

Aquella noche, Dimitri repasó los sellos de sus postigos y añadió otros en la puerta y las vigas. Dejó el sombrero sobre uno de los postes de la cama, se quitó las botas y dobló el capote sobre el baúl, pero no se desnudó ni se quitó los amuletos, y mantuvo las armas y el saco de sus instrumentos junto a la cama. Apenas apagó la vela y se tumbó comenzaron los ruidos. Eran exactamente como los había descrito Alois Gros: gruñidos,  lamentos y a intervalos regulares una especie de risa histérica y ululante. No pasó mucho tiempo hasta que, en la oscuridad de la noche, interrumpieran el silencio sepulcral unos arañazos, al principio discretos, luego más insistentes, en sus postigos, seguidos de un husmear urgente, como el de un perro hambriento. El sonido no duró mucho: repelida por los sellos, la criatura fue en busca de presas más fáciles.

Se hizo el silencio.

Una nueva risa ululante. Dentro.

Estaban dentro de la posada.

Dimitri saltó de la cama, descalzo, desenfundó el sable de un solo golpe y se echó al hombro el saco de los instrumentos. Salió al pasillo a oscuras; se oían gritos y aquellos gruñidos bestiales. Corrió hacia el fondo del pasillo hasta que encontró una puerta abierta, casi desencajada. La luz de la luna entraba por los postigos abiertos, revelando una forma blanquecina, encorvada sobre la cama, donde forcejeaba con otra figura. Había dos jergones en la habitación, y a los pies del otro, caída y con el rostro pálido contraído de pánico, se encontraba la dama que había visto durante la cena. A espaldas de Dimitri se oían ya portazos y gritos, pero no esperó a los refuerzos. Sin pensar, dio un paso para entrar en la habitación y asestó un golpe de sable a los lomos de la bestia.

La carne cedió bajo el acero con una consistencia gomosa, liberando un icor negro putrefacto que se derramó con gotas espesas sobre el suelo, las sábanas, y el camisón de la joven a la que el monstruo intentaba arrastrar fuera de la cama. La cosa emitió un chillido agudo y se giró para abalanzarse sobre Dimitri: ojos de fuego verde que brillaban fosforescentes como fuegos fatuos, colmillos y garras ennegrecidos que apenas reflejaban la luz de la luna y una vaharada de olor a carne podrida y enfermedad que le hizo cerrar los ojos. El peso de la criatura lo derribó y ambos forcejearon en el suelo: el aliento caliente del ser le quemaba el rostro, sus garras se habían cerrado sobre su muñeca y le impedían usar el sable, y sus fauces babeaban una espuma pastosa que se mezclaba con la sangre que goteaba de la herida.

Dimitri oyó llegar a los demás, seguramente el guardaespaldas, el posadero y quizá los braceros, pero ninguno se atrevió a interrumpir el combate. La criatura era escuálida, casi esquelética, pero tenía una fuerza descomunal y pesaba más de lo que parecía. Rodaron por el suelo en una confusión de piernas y brazos, dentelladas, golpes y sablazos que no llegaban a ningún sitio, hasta que Dimitri se las ingenió para lanzar a la cosa contra una pared, quitársela de encima brevemente y, medio incorporándose sobre una rodilla, asestarle dos mandobles cruzados que le rasgaron la garganta y el estómago, arrojando al suelo una mezcla asquerosa de sangre negra, bilis, y entrañas corrompidas que se esparcieron sobre las tablas como un charco fétido. Aún así la cosa seguía moviéndose, intentando incorporarse y emitiendo un gañido ahogado. Sus ojos fosforescentes y enloquecidos estaban fijados en Dimitri con una rabia inhumana.

Dimitri estaba lleno de cortes y heridas, y la sangre corría por sus brazos y su torso, pero no había tiempo que perder. Echando mano a la bolsa, sacó un puñado de hierbas y las asperjó sobre la criatura, que seguía moviéndose en un intento desesperado de escapar sin que se le salieran las tripas. También derramó sobre el ser líquido de una petaca, que pareció quemarle la piel y hacer que se encogiera en su rincón, gimiendo de dolor. Dimitri murmuró unas palabras que ninguno de los presentes pudo entender, y, finalmente, asestó un mandoble que decapitó a la criatura, que solo entonces se derrumbó, inmóvil excepto por algunos espasmos musculares.

A su espalda sintió el calor y la luz de un candil. Tendió la mano para que se lo dieran y, tras asegurarse de que la joven y la dama, ahora abrazadas sobre una de las camas, llorando de terror, estaban bien, iluminó con su luz la cabeza cortada. Carne pálida y enferma, ojos feroces, nariz aplastada… orejas puntiagudas, casi de animal, y un rostro alargado con forma de hocico, semejante al de un perro u otra bestia, con gruesos belfos negros y colmillos de animal de presa. No había nada humano en aquel rostro.

– Señores – dijo Dimitri, volviéndose para encontrarse con el rostro de Alois Gros mirando por encima de su hombro -. Esto no es un muerto viviente.

ghoul__s_head_by_lochapowa-d4yamgh

Fuente: rock-cafe.info Autor: Marc Viñas “Lochapowa”

Hucancha (16)

r_tibicenas_9

La semana que siguió a la entrevista con Galván fue una de las más extrañas y duras de la vida de Naira y Antonio. Para empezar, los padres de Yeray habían denunciado su desaparición, y la policía no se creía que fuera casualidad que un amigo de Iris al que habían tomado declaración un par de días antes se desvaneciera súbitamente. Se barajaban todo tipo de hipótesis, que nadie les contó a ellos mientras los hacían prestar declaración una y otra vez, no solo ante la policía sino también ante el juez de instrucción. Les preguntaron insistentemente por sus actividades durante la última semana, por la pelea en el Aguere, si se habían vuelto a ver, qué habían hablado, incluso les pidieron los móviles para ver los mensajes. Naira mencionó a la técnica de Patrimonio que había hablado con Iris, igual que la había mencionado anteriormente, pero los agentes no parecieron darle importancia. Las palabras de Galván sobre “lo que significan esos apellidos” no se apartaban de su cabeza al ver la desidia de los policías.

Cuando no estaban declarando estaban en casa de Augusto Galván. Ambos dejaron prácticamente de ir a la universidad, a pesar de que se acercaban fechas de entrega de trabajos y exámenes. Daban cualquier excusa a familia y amigos, prácticamente no respondían a los mensajes, y se encerraban en la cavernosa mansión de aquel hombre misterioso que pretendía entrenarlos para acabar con la cosa sobrenatural que los perseguía.

Durante la semana siguió habiendo ataques por toda la isla. Saltaron de las historias de Instagram a los periódicos: animales muertos, destrozados como por unas fauces descomunales, muchos de ellos en la carretera o en el campo, pero otros dentro de patios cerrados o incluso en jaulas, en lugares a los que era prácticamente imposible que un perro u otro animal asilvestrado pudiera entrar sin ayuda, mucho menos salir sin dejar rastro. Y, sin embargo, allí estaban. Pollos, conejos, perros y gatos sobre todo, muchas cabras, algún caballo. La especulación se desató en los medios y en los comentarios de internet. Perros asilvestrados, un animal salvaje escapado del Loro Parque, que lo negaba rotundamente, un psicópata suelto, una secta, rituales satánicos o de santería, que eran la primera opción de mucha gente siempre que pasaba algo extraño, incluso ovnis. La Guardia Civil emitía comunicado tras comunicado, informando a la población de que estaban investigando el asunto, pero nunca parecía haber resultados.

taco1 modified (2)

Antonio y Naira siguieron experimentando visitas de aquel ser, suficientes para que incluso Antonio se convenciera, pero, aunque el pánico y la angustia de sentir una presencia alienígena, hambrienta y feroz acosarles en cualquier lugar seguía presente, la cosa parecía incapaz de atacarles, o siquiera de acercarse mucho. Ambos llevaban en todo momento al cuello unos preparados que les había entregado Galván, en bolsas de cuero, exigiéndoles que no las abrieran. Les había asegurado que les mantendría a salvo de la criatura temporalmente, pero advirtiéndoles de que perderían su efecto en pocos días, y no tendrían ningún poder una vez llegaran al altar. Y aún así, cada vez que las luces se atenuaban a su alrededor, cada vez que veían aquel fulgor de estrellas lejanas clavándose en su interior, cada vez que oían el profundo gruñido que sonaba como un trueno y olían a tierra removida y sangre, volvían a experimentar el terror atávico de la presa que se encuentra frente a frente con el depredador.

Galván los sometió a un régimen estricto de instrucción, aunque según él eran solo unas nociones, suficientes para ejecutar lo que tenían que hacer y poco más. En aquella casa antigua y llena de sombras y sonidos extraños que se arrastraban por los rincones les mostró fragmentos traducidos de obras de las que nunca habían oído hablar: los Cultos sin Nombre de Von Juntz,  el Testamento de Fray Arnau, el Ars Magna et Ultima de Ramón Llul, las Observaciones sobre varios lugares de África, de sir Wade Jermyn, el Testamento de Salomón, el Picatrix, el Libro de las Sombras de Honorio, el Dogma y Ritual de la Alta Magia de Eliphas Levi, o el Misterios del Atlas de Carignan. Otros que vieron en la biblioteca no se los dejó siquiera tocar: el Cultes des Ghoules, en francés, el Liber Ivonis, otro en latín encuadernado en metal, De Vermiis Mysteriis, y por encima de todo un pequeño librito, casi del tamaño de un misal, encuadernado en tela amarilla, que se apresuró a guardar bajo llave en cuanto vio que había llamado la atención de Antonio.

grimorio.jpg

Fuente: parapedia.fandom.com

Les enseñó la estructura básica del ritual, qué debían hacer y cómo, y sobre todo, para que no creyeran que podían tomar atajos, el por qué era importante cada paso y cada sílaba. Les hizo aprenderse de memoria fragmentos, no solo de los libros, sino de testimonios orales que tenía manuscritos en varias carpetas, algunas de las cuales parecían tener siglos de antigüedad. Les dio instrucciones precisas sobre cómo debían prepararse antes del rito, qué debían hacer y qué debían editar, pero, sobre todo, los sometió a un régimen estricto de entrenamiento.

Naira había hecho mindfulness alguna vez, en el gimnasio, e incluso Antonio había probado, pero eso se parecía a lo que hacían con Galván como construir un castillo de arena en la playa a dirigir las obras de una catedral. Pasaban horas cada día vaciando la mente, focalizando la atención en un solo punto hasta que les dolía incluso pensar, apartando cualquier distracción y cualquier pensamiento errante para concentrarse únicamente en la tarea que tenían a mano. Galván se paseaba tras ellos armado con una vara, como en los templos budistas, para tocarles ligeramente el hombro o la cara si veía que se distraían.

– La parte más importante de la operación es la concentración. Los hechiceros tailandeses lo llaman samatti, que deriva de samadhi, la unión con el universo. En Japón es zanshin, la mente absolutamente concentrada y consciente, que puede usarse como una espada; ya los sacerdotes egipcios afirmaban que se transformaban en cuchillos cuando iban a operar un ritual. La operación mágica es como agarrar a un tigre por la cola. Si falla la concentración un solo segundo, el tigre escapa y devora al hechicero. Tengan esto muy presente.

baf552fd4f06f4788d9f2213133b2e80

Nunca habían estudiado tanto, entrenado tanto, ni se habían esforzado tanto. Cada noche volvían a casa ojerosos, exhaustos y saturados, incapaces de hacer nada más que cenar y acostarse, y a la mañana siguiente regresaban a casa de Galván para continuar. Las condiciones del ritual, que les imponía una estricta abstinencia y unas condiciones de ayuno que se iban a agravar considerablemente en los tres últimos días, no hacían que estuvieran precisamente en la mejor forma. Pero continuaban delante. Se lo debían a sus amigos, que seguramente estaban muertos, sí, se lo debían a toda la gente de la isla, pues Galván les había advertido que si no detenían a la criatura pronto empezaría a atacar a seres humanos, pero, sobre todo, era una cuestión de supervivencia propia.

El jueves, una noticia dio la alarma en toda la isla. Un niño pequeño había desaparecido en Tacoronte y se creía que su desaparición podía estar relacionada con los ataques a animales, si bien la Guardia Civil y la Policía Nacional pedían calma y no sucumbir a la histeria. Esa misma noche Galván les informó de que, a partir del día siguiente, no podían consumir ningún producto animal ni beber más que agua, y solo podrían hacer una comida al día. La fase final había comenzado.

El domingo por la mañana, Antonio recogió a Naira en su casa.

– ¿Lo tienes todo?

– Sí.

– Vamos allá.