Trinidad

1

Luces azules reflejadas en la fachada de cal agrisada, luces anaranjadas refractadas por los charcos, y el ulular chirriante de las sirenas en la noche madrileña. Todo aparecía bañado en un resplandor ambarino, que teñía los rostros de los paramédicos, los policías y los curiosos como el reflejo de un holocausto. Aún no habían llegado los periodistas, pero no tardarían mucho. Ya se veían móviles grabando la escena y tuiteando, a pesar de que eran las cinco y media de la madrugada.

Cuando el coche de Blanco se detuvo junto al precinto, ya lo estaba esperando un policía uniformado, el primero en llegar tras el aviso de la policía local. Debía tener unos cuarenta años, con el rostro curtido y canas en las sienes, pero pese a la experiencia estaba pálido y parecía nervioso. Blanco cerró el coche de un portazo antes de volverse a él.

–          ¿Qué hay? Inspector Blanco- le dio la mano al hombre, que apenas respondió-. ¿Qué tenemos? ¿Robo, profanación?

–          Eh…- el policía dudó, tragó saliva y evitó la mirada de Blanco-, no exactamente.

–          ¿Cómo que no exactamente?

Blanco traspasó el precinto y echó a caminar entre las ambulancias amarillas y los paramédicos que tomaban café sentados en un banco de la pequeña plaza. La iglesia se alzaba ominosa, con el chapitel quebrado como por un rayo y densas capas de hollín en las ventanas, cuyos cristales aparecían destrozados. Un coche de bomberos estaba aparcado en una calle lateral, dentro del precinto.

–          ¿Por qué hay tantas ambulancias? ¿Qué demonios ha pasado aquí?

–          Sinceramente, no estamos seguros. Bueno, no tenemos ni idea.

El inspector se detuvo en el centro de la plaza y fulminó con la mirada al policía, que tosió nerviosamente, evitando mirarle a los ojos.

–          ¿Me quiere explicar de una vez lo que pasa?

–          Es que… sabemos lo que ha pasado, claro, pero… es que no… no entendemos.

–          A la mierda.

Blanco echó a andar como una tromba y cruzó las fauces de la iglesia, negras de humo. Al otro lado se detuvo en seco. La imagen era… dantesca. Rojo y negro y sábanas blancas, olor a cenizas, a amoníaco y a cobre y a algo más, algo penetrante, dulzón y desagradable, como almizcle viejo y corrupción asentada. A través de aquel paisaje infernal se le acercaban dos figuras, una mujer de rostro cansado y un hombre calvo con guantes de látex. La jueza y el forense, supuso. Paseó la mirada a su alrededor, sintiendo como se le revolvía el estómago ante el chapotear pegajoso de los zapatos de los otros dos. A su espalda, el policía uniformado parecía que trataba de hablar, pero se le atragantaban las palabras en la garganta. No era de extrañar.

2

El café estaba frío en su taza. La única luz en el piso de Blanco era la del monitor del portátil. Normalmente entraría también, a través de la cortina, la luz parpadeante de la farola que le habían instalado justo enfrente, pero no esta vez. Esta noche no había luz alguna en la calle. No sabía qué hora era. Sentado incómodamente en el sillón, con una pierna debajo del cuerpo, llevaba leyendo aquello toda la noche. No recordaba haber cenado. Solo se oía el zumbar del ventilador interno y, de vez en cuando, el ligero chirriar de la rueda del ratón.

Habían encontrado el pendrive en el bolsillo del pantalón del Padre Felipe, debajo de la casulla. Los técnicos decían que les había costado una barbaridad acceder al contenido, porque la tapa estaba pegada al resto bajo una capa de sangre seca y otros fluidos. Y da gracias, le habían dicho, que es de los de tapa. Si llega a ser el modelo que tiene el conector al aire y se pliega, no habría habido forma de recuperar nada. Así que Blanco se había encontrado en su ordenador aquella misma mañana con la confesión del sacerdote, del responsable último de la macabra escena de la iglesia. Pensando en leerlo con calma, se había hecho una copia para llevárselo a casa, y aquí estaba ahora, leyendo… pero no con calma. No se podía leer aquello con calma.

Eran los desvaríos de un loco, una confesión completa escrita de un tirón, sin orden ni concierto, un non sequitur y un sobreentendido tras otro. El sacerdote había escupido su alma en el ordenador, vomitado todo el veneno que le corroía por dentro y que le había llevado a corromper a su feligresía, a intoxicarlos poco a poco de sus ideas perversas, y a arrastrarlos finalmente a aquel horror sangriento y repugnante que Blanco había visto en la iglesia, aquella pesadilla que le acosaba desde entonces, tres días con sus noches sin poder conciliar el sueño, porque cada vez que cerraba los ojos lo veía, lo olía, lo sentía y lo saboreaba, como una miasma que lo hubiera impregnado para siempre, una sábana pegajosa que lo hubiese cubierto y de la que jamás podría desprenderse, como la tela de una araña venenosa que lo hubiera atrapado.

Tres días con sus noches.

Se levantó, renqueando con el pie dormido, y se asomó a la ventana. La más absoluta y completa oscuridad. Madrid estaba en sombras. Un apagón brutal, como nunca se había visto, cubría la capital de España y sus aledaños. No solo la ciudad, sino todos los municipios circundantes, toda la conurbación. Desde el satélite, la zona más brillantemente iluminada de España era ahora una mancha negra en el mapa, como Corea del Norte o el Amazonas. La radio de pilas de Blanco había dicho que no se sabía qué ocurría ni cuándo estaría arreglado. No parecía ser un fallo mecánico.

Miró al cielo. Nubes negras. No se veían ni siquiera las estrellas.

Tres días con sus noches.

Lenta, deliberadamente, Blanco entró en la habitación. Se sentó en la cama, respiró hondo. Oscuridad completa. El disparo sonó como un trueno.

3

via wikimedia commons

Extracto de la confesión del Padre Felipe Corvo:

En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.

Cuántas veces he pronunciado esa frase, sin saber quién era el Padre, quién el Hijo, y quién el Espíritu Santo. Fui un buen sacerdote, un buen chico. Creí lo que me dijeron e hice lo que me dijeron, hasta que empecé a hacerme preguntas. ¿Por qué el canon, por qué cuatro Evangelios y no cinco, o seis, o diez? ¿Por qué el Cantar de los Cantares y no el Libro de Enoch? ¿Por qué el Deuteronomio y no los Siete Libros de Moisés? Así que leí, leí y comprendí, y quise leer más, y pronto tuve en mis manos ese terrible Evangelio de Yemen que tradujo Wormius y se publicó en Salamanca, y un ejemplar de la obra prohibida de d´Erlette, y de la de Ludwig Prinn. Vi. Leí. Creí. Supe. En las profundidades de la Biblioteca Nacional encontré una copia de la obra de Felipe de Navarra, donde se habla de la Segunda Venida y de la ruina que está por llegar. Y en las especulaciones insinuadas de Von Juntz y en el Evangelio de Derinkuyu encontré la verdad que nunca nadie ha querido admitir.

En el nombre del Padre. El centro del infinito, el origen de todo, cuyo nombre no puede ser pronunciado, rodeado de un coro de sirvientes que lo alaban. Un coro, sí, de flautas enloquecedoras y ululantes. Un dios ocioso, omnipotente pero inmóvil. ¿Un nombre que no puede pronunciarse? Los labios humanos no se hicieron para ello, pero yo lo he leído, y lo he pronunciado en la oscuridad. El nombre de Azatoth.

En el nombre del Hijo. Dios en forma humana enviado a nosotros para revelarnos la auténtica naturaleza del cosmos. Llegado de Egipto para predicar a las naciones, taumaturgo, profeta. Llegado no para traer paz, sino espada. Mensajero, alma y mente de su Padre, cuya inefable voluntad cumple en la Tierra con aún más inefables propósitos. N´gai, n´gha´ghaa, Shoggog, Y´hah, Nyarlathotep! Iä!

En el nombre del Espíritu Santo. Omnipresente, aquel que lo sabe y lo ve todo. El uno en todos y todos en uno, la llave y la puerta y el guardián de la puerta. La esencia última del universo, capaz de alzar a los muertos por la sola mención de su nombre. Y´ai´ng´ngah, Yog-Sothot! Hée-l´geb! F´ai Trhodog!

Y hay otros, otras verdades ocultas a los no iniciados. ¿Qué decir de la Magna Mater, la Virgen Negra adorada en bosques y montañas desde el Paleolítico y que hoy ocultamos castamente bajo un velo de mentiras? Iä! Shub-Niggurath!

La congregación está conmigo. Esta noche lo haremos, traeremos de vuelta al Hijo como está profetizado, aunque nos costará la vida. Otros ya tienen este documento y continuarán nuestra labor. Como en los Evangelios, seguirán tres días con sus noches de completa oscuridad, y Él se alzará de nuevo de los Abismos, esta vez para terminar de una vez con todo y salvar a los que merezcan ser salvados.

En cuatro noches, el mundo llegará a su fin. Iä! Azatoth! Iä! Nyarlathotep! Yog-Sothot!

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Cielo Vacío

Dios ha huido y el cielo está vacío.

Vacío no. Ocupado. Como Irak o como Afganistán. Cuando rezamos, quien recibe las oraciones en el cielo ya no es un ángel, ni Dios, sino un demonio que se ríe y se limpia el culo con ellas. Los ángeles están aquí, en la Tierra, haciendo lo que pueden por salvarnos. Como los guerrilleros vietnamitas o colombianos. No lo están haciendo muy bien, pero es que lo tienen todo en contra. Satán está a punto de ganar, y solo nosotros podemos ayudar a los ángeles a salvarnos. Ayudarnos a nosotros mismos.

Cuando yo era pequeña todos los niños de la calle de Miami lo sabían. Nos contábamos las historias en los albergues y en los refugios o, cuando la cosa estaba muy mal, en corro debajo de los puentes o en los parques. No se podía dejar que los adultos lo supieran, porque muchos son peones del diablo, aunque no lo sepan. Solo nosotros podíamos salvar a la humanidad, y eso nos mantenía fuertes y unidos. Una vez me contaron que no éramos los únicos. En Seattle y en Milwaukee también se contaban las historias, se transmitía el nombre secreto de la Dama Azul y la forma de protegerse de Bloody Mary, y de reconocer a los demonios de incógnito. Algún día seríamos lo bastante fuertes para echarlos de la Tierra y, quizá, recuperar el cielo.

Pero eso se acabó. Ya tengo dieciséis años, y todos los demás han olvidado. La mayoría de los chicos ahora van con International Posse o The Murda Grove Boys; las chicas hacen la calle. Ya no recuerdan el nombre secreto ni que no hay que dejar que Bloody Mary te vea la cara. Ya no luchan por los ángeles, sino que se han vendido a las bandas controladas por Satán. Si los niños más pequeños recuerdan, no me dicen nada. Por lo que yo sé, estoy sola.

Bueno, sola del todo no. Tony está conmigo. Tony es mi enlace con los ángeles. Dice que tienen un campamento secreto en los pantanos, protegido por cocodrilos albinos como los que cuentan que hay en las alcantarillas de Nueva York. Él me trae las noticias del frente y a veces me hace encargos, pequeñas cosas que puedo hacer para ayudar a los combatientes, porque ellos no pueden mezclarse libremente con la gente. Los demonios sí. Los he visto disfrazados, hablando con políticos y gente rica y jefes de bandas. Pero los ángeles no se disfrazan a no ser que no quede más remedio. No sé por qué.

Hace poco estaba sentada en un banco del parque Juan Pablo Duarte, con un perrito caliente que había comprado en un puesto callejero con la limosna de la mañana. La mostaza me caía por la barbilla y me manchaba la camiseta, pero me daba igual. Una mancha más no se iba a notar. De pronto, Tony estaba sentado a mi lado, con las piernas cruzadas como uno de esos sabios indios. Los de la india, no los nuestros.

–          ¿Tienes que aparecerte así? ¿No puedes venir caminando como las personas normales?

Él se encogió de hombros, suspirando como si soportarme fuera una gran carga.

–          En algún sitio me tendré que aparecer. Y no soy una persona normal.

–          Desde que te mataron, lo que eres es imbécil.

Tony está muerto, no lo había dicho. Es un fantasma. Los fantasmas de la gente buena, de alguna, ayudan a los ángeles a luchar contra los demonios y recuperar el cielo. Yo había conocido a Tony cuando estaba vivo, solía quedarse en el mismo albergue que mi madre y yo, y se ocupaba de mi cuando ella estaba borracha o colocada. Calculo que cuando le pegaron el tiro debía tener veintipocos años. Yo tenía siete, y estaba delante cuando ocurrió, pero eso es otra historia.

–          ¿Qué tal te va, Rosa?

–          Bien –mentí, encogiéndome de hombros y masticando lo que quedaba del perrito-. Me las arreglo. Hay un señor cerca de Omni que me deja quedarme en su casa un par de veces a la semana.

–          ¿En su casa o…?

Me encogí de hombros, sin contestar. Tony ponía esa cara, con la frente arrugada y la boca torcida, como si fuera mi padre. Supongo que los padres pondrán esa cara,  no sé. Una vieja que paseaba a un niño muy rubio se me quedó mirando como si estuviera loca. Claro, ella no veía a Tony. Para ella era una mendiga colocada hablando sola. Le saqué la lengua y echó a correr como si le hubiera enseñado una pipa.

–          ¿Qué tal va la guerra?

–          Como siempre. Por cada paso que damos, retrocedemos otro. Por suerte la cosa no está tan mal como cuando tú eras pequeña, con la explosión de bandas de los noventa, pero podría irnos mejor.

Me limpié las manos de mostaza en los vaqueros rotos y asentí con la cabeza. Siempre la misma historia. Si los ángeles se las arreglaban para que un barrio mejorase y se controlaran los problemas de drogas y violencia, los demonios se ocupaban de convertir otros dos en agujeros de miseria y crimen. Los ángeles solo me tenían a mí, y puede que a los niños, mientras que Satán tenía en el bolsillo a los ricos, las bandas, los policías y los políticos. ¿Cómo íbamos a ganar?

–          Escucha, me han dado un encargo para ti. ¿Lo harás?

–          No sé, mis carteras de inversión y los cuatro másters que estoy estudiando no me dejan mucho tiempo libre…

–          ¿Me vas a decir ahora que solo haces esto porque no tienes nada mejor de lo que ocuparte? ¿Después de diez años?

–          No sé si te he dicho ya que te has vuelto un imbécil desde que te pegaron el tiro. ¿No sabes lo que es una broma?

Me levanté del banco, tiré el papel del perrito en un cubo de basura y eché a caminar, tratando de hacerme una coleta con el pelo grasiento y enmarañado. Llevaba más de dos semanas sin lavármelo, porque el señor de Omni apenas me deja usar la ducha. Tony me siguió un momento sin decir nada, hasta que llegamos al paso de peatones que hay entre la Avenida 17 Noroeste y la calle 28. Allí, mientras esperábamos a que aflojara el tráfico, volvió a preguntarme.

–          ¿Quieres saber el encargo o no?

–          Dime.

–          Hay un tipo. Se llama Fernando Ramírez, y es un testigo importante en un caso contra los Murda Grove Boys.

–          ¿Qué pasa con él?- empecé a cruzar la calle, para recorrer la calle 28. En realidad no iba a ningún sitio, pero no me gusta estarme quieta mucho tiempo. Los demonios te pueden localizar si no te mueves.

–          Quieren matarlo. Los demonios se han reunido esta mañana y han decidido cargárselo para que no pueda testificar. Queremos que le ayudes.

–          ¿Cómo? No sé si te has dado cuenta, pero soy una vagabunda huérfana de dieciséis años. ¿Qué esperas que haga?

Tony me miró desaprobador de nuevo. Mientras pasábamos delante de los edificios grises de una o dos plantas, con sus techos de metal recalentado por el sol de Florida, la gente se apartaba a nuestro paso como si le fuéramos a pegar algo. La mayoría me miraba como si estuviera loca.

–          Encontrarás una cartera con dinero y la llave de un motel en el tercer sillón de la izquierda según entras del comedor  del McDonald´s de la Séptima Noroeste. Llévatelo allí y mantenlo a salvo hasta el jueves. El viernes por la mañana tiene que declarar.

–          ¿En la Séptima? ¿No había algo más cerca, no sé, Londres?

–          No te quejes. Tampoco es que las carteras de inversión te quiten mucho tiempo.

–          Imbécil.

No me contestó. La verdad es que no era tan lejos, pero no tenía más dinero y no me apetecía ir hasta allá andando. No es lo mismo pasear tranquilamente que ir a un sitio determinado. Lo que tiene una que hacer por liberar el cielo.

–          ¿Cómo encuentro al tipo?

–          Lo van a matar en su casa, esta noche a las doce. Vive en la Tercera Suroeste, la cuarta casa si vienes desde la 37 Suroeste. Una pequeña.

–          Estás decidido a hacerme caminar, ¿eh?

–          Está casi al lado del McDonald´s, no seas quejica. ¿Vas a hacerlo o no?

–          Sí. ¿Cómo me voy a negar?

Así que esa misma tarde me encontré deslizándome en el aparcamiento del McDonald´s, pasando por debajo del enorme cartel de plástico de Central Shopping Plaza, con sus anuncios de Kmart, Winn Dixie  y Walgreens, y el último de abajo, que no es más que unos tubos de neón fundidos porque alguien lo arrancó hace un montón de tiempo y no lo han arreglado. Siempre me ha hecho gracia que el cartel de Blockbuster esté aparte, como si se les hubiese ocurrido luego.

Estuve merodeando un rato por los alrededores del edificio color rojo ladrillo del McDonald´s, sin decidirme a entrar. Un guardia de seguridad del aparcamiento me gritó que me fuera un par de veces, así que cuando lo vi dispuesto a venir a meterse conmigo entré en el comedor. Sobre el mostrador había un cartel amarillo que nos invitaba a probar la nueva limonada de fresa helada. ¿Cómo puede ser de fresa una limonada? Remoloneé otro poco fingiendo que miraba el menú, aunque en realidad estaba buscando el asiento que me había dicho Tony. Allí estaba, justo de donde un tipo gordo de cuarenta y pico se acababa de levantar para meterse en el baño.

Sabía que si alguien me veía coger la cartera iban a creer que era una ladrona. No iba a servir de nada que les dijera que la habían puesto ahí para mí los ángeles, y que un amigo muerto hacía nueve años me había dicho que la cogiera para cumplir una misión en la guerra contra los demonios. Me habrían tomado por loca.

Así que fingí que se me caía el folleto con el menú al lado del asiento, me agaché para recogerlo y rápidamente me metí la cartera en el bolsillo de la chaqueta. Salí del McDonalds sin mirar atrás, como si fuera lo más normal del mundo, y justo cuando llegaba a la puerta, escuché cerrarse de golpe la del cuarto de baño. Si el tipo creía que la cartera era suya y sumaba dos y dos, se podía armar un escándalo. Miré a ambos lados. Ni rastro del guardia de seguridad.

Me metí en el jardín a la izquierda de la puerta y eché a correr medio agachada por entre las palmeras, pasando por debajo de la misma ventana de las cocinas. Si alguien se asomaba me podría ver, pero desde el aparcamiento me ocultaba a la vista el cartel de tela que habían puesto en la valla del jardín, anunciando la dichosa limonada de fresa. Por suerte, nadie se asomó. Salté por el otro lado, me metí en la gasolinera Chevron y crucé la 37 para sentarme a la sombra de un árbol, en el suelo, a un par de metros del Burger King. Ya era bastante difícil que nadie fuera a relacionarme con el robo del McDonald´s. Que no era un robo.

Me quité la chaqueta y la dejé en el suelo junto a mí, sobre la hierba. Da un calor horroroso durante el día, pero por la noche es lo único que tengo para dormir, y a veces refresca bastante. Saqué la cartera del bolsillo donde la había escondido: dentro estaba la llave y un buen fajo de billetes. Al menos la habitación era en el Residence Inn del aeropuerto, que no estaba muy lejos. Conociendo a Tony, me podía haber mandado al puñetero Jacksonville.

Decidí usar la habitación de campamento base mientras pensaba el resto del plan. Además, tenía unas horas. Vale, admito que quería echar una cabezada y lavarme un poco. ¿Quién sabe cuándo volveré a tener una cama de verdad y agua caliente? Gratis, por lo menos. También quería asegurarme. Me rondaba por la cabeza que el tipo gordo podía perfectamente ser el dueño de la cartera. Tony me había dicho que la encontraría allí, sin más, pero a saber si algún ángel había hecho que se le cayera del bolsillo al gordo. Ellos pueden hacer ese tipo de cosas, creo. Total, que igual cuando volviera esa noche con el tal Ramírez estaba la reserva cancelada, y nos paraba la poli en la puerta. Si eso pasaba (y qué mal quedaría Ramírez, presentándose en un motel con una chica de mi edad…) quería al menos tener la habitación un ratito. Una chica puede soñar.

Así que me duché, dormí un rato, cené un taco de otro puesto callejero con lo que había en la cartera (podía haber ido a un sitio mejor, pero no quería gastarlo todo) y me presenté en la Tercera Suroeste a las doce menos cinco. La verdad es que quería haber llegado antes, pero dormí más de la cuenta. ¿Quién puede culparme? Llevaba años sin tener una cama limpia para mí sola.

La casa era bastante pequeña, la verdad, aunque tenía un buen jardín, con setos y palmeras tras los que ocultarme. Estaba pensando en qué decirle a Ramírez para que viniera conmigo sin sonar como una yonqui loca, tratando de decidir si llamar al timbre o entrar por una ventana, cuando la vibración de unos bajos hizo temblar hasta las mismas hojas de las palmeras. Sonaba reggaetón a todo volumen, a lo lejos, y se acercaba. Los Murda Grove Boys. Mierda.

Tiré una piedra por la ventana de atrás y entré arrastrándome. Me desgarré los pantalones y me raspé la piel, pero por suerte no me hice sangre. Estaba en un salón. Cuando conseguí ponerme de pie, había un tipo joven, con el pelo negro y cara de asustado, en pijama. Tenía un bate de béisbol en la mano, y los nudillos blancos. Dio un paso hacia mí, entre amenazante y asustado.

–          ¿Eres Fernando Ramírez?- chillé en español. Eso lo detuvo, pero no lo tranquilizó. El reggaetón empezaba a oírse ya desde el interior de la casa. Bajó un poco el bate, confundido.

–          ¿Quién eres tú?

–          ¡Vienen los Murda Grove! ¡Ven conmigo!

–          ¿¡Pero qué?!

–          ¡Que vengas! – lo agarré de la camiseta y tiré de él hacia la ventana, desesperada. Si los Boys nos encontraban nos iban a matar a los dos, y los demonios habrían ganado otra batalla. Otra más.

Ramírez forcejeó, pero por suerte no se le ocurrió usar el bate contra mí. Todavía no sé qué le convenció, si fui yo, mi cara de desesperación, o el derrapar de los coches de los Murda Grove, que ya estaban quemando rueda en la esquina de la Tercera con la Treinta y Siete. Echamos a correr, salimos por la ventana que yo había roto, y cruzamos el barrio a ciegas, intentando sencillamente poner tierra de por medio entre la casa y nosotros. Mientras corríamos oímos los primeros gritos en espanglish y los primeros tiros al aire. Desde luego, no tenían pensado hacer esto discretamente. Querían que todo el mundo se enterara de qué les pasaba a los que declararan contra los Murda Grove Boys.

Nos detuvimos, jadeando, en el aparcamiento de camiones de la Cuarta noroeste. No era muy lejos ni era seguro, pero Ramírez estaba histérico, y yo estaba muy cansada. Desde donde estábamos oíamos los gritos y los tiros. Me imagino que ya se habrían dado cuenta de que Ramírez no estaba en casa. Con la lengua fuera, volví a tirarle de la camiseta del pijama.

–          Vamos. Van a encontrar la ventana rota y buscarnos, no son idiotas.

–          ¿Se puede saber quién eres? ¿Por qué estás…?

–          No te lo creerías. Tú hazme caso, te llevo a un lugar seguro.

–          ¿Cómo sé que no…?

–          ¿Qué no estoy con ellos? Porque no les he dejado pegarte un tiro en la puerta de tu casa, hombre. ¡Vamos!

Corrimos un poco más, hasta que me acordé de la cartera que aún llevaba en la chaqueta. Paramos tres taxis, pero ninguno quiso llevarnos, al ver las pintas que llevábamos, y sobre todo el bate. Le dije a Ramírez que lo tirara, pero no quiso. Al final, el cuarto taxi aceptó llevarnos si lo metíamos en el maletero. El tipo tenía una separación de cristal entre su asiento y el del pasajero, micrófono, cámaras y de todo, aparte de una estampa de la Virgen de Guadalupe en el salpicadero. Aquello era un tanque.

Le di la dirección del Residence Inn y nos miró con mala cara, pero no dijo nada. Media hora después estaba sentada en el suelo, con Ramírez en la cama mirándome con incredulidad. Habíamos tenido que dejar el bate escondido entre los setos, en el jardín que hay junto a la puerta del hostal.

–          ¿Me estás diciendo que los Murda Grove se han enterado de que voy a testificar? Pero si solo lo sabe la policía… ¡Tengo que llamarlos!

–          ¿Es que no me escuchas?- me enfadé-. Satán los avisó. Las bandas están controladas por los demonios. La poli también.

–          No me vengas con esas. Además, ¿cómo te has enterado tú?

–          ¡Ya te lo he dicho!

–          ¿Ángeles y fantasmas y demonios? ¡Tú eres una loca!

Le clavé los ojos, cabreada, poniéndome de pie. No le llegaba ni a la barbilla, porque era bastante alto para ser hispano, pero estando sentado yo quedaba por encima, y se echó atrás en la cama. Estuve a punto de darle una bofetada.

–          Soy una loca que te ha salvado la vida y te ha traído aquí para que no te maten, así que respétame, ¿está claro?

Se tragó lo que quiera que fuera a responderme y refunfuñó por lo bajo, así que pasé de él y me fui al baño. Mientras estaba sentada, viéndome las ojeras y la cara de cansancio en el espejo, me vino una idea a la mente. Me puse pálida de repente, sentí un nudo formarse en el estómago y un sudor frío bajarme por la espalda. Apreté los dientes para evitar que me temblara la barbilla. ¡Bloody Mary! ¿Cómo podía haberme olvidado de Bloody Mary?

Estuve a punto de decirlo en alto, y me mordí la lengua tan fuerte que estuve a punto de hacerme sangre. No se puede decir su nombre delante de un espejo, porque si lo dices tres veces viene para matarte. Me subí los vaqueros y salí del baño casi histérica.

–          ¡Ramírez! ¡Levanta!

Él se había quedado adormilado en la cama, y me miró confundido, incorporándose sobre un codo. Le tiré una de sus propias zapatillas para obligarlo a levantarse.

–          ¡Tienes que ayudarme!

–          ¿Qué pasa? ¿Más fantasmas?

–          Ayúdame a quitar los espejos de la habitación.

–          ¿Qué dices?

–          ¡Ayúdame!- le grité, subiéndome a la cama y casi pisoteándolo para llegar al pequeño espejo redondo que había sobre la cabecera.

–          ¿A qué viene eso? ¿Qué haces?

Descolgué el espejo y lo puse boca abajo en la mesilla de noche, luego le tiré de la manga para que me ayudara con el del baño. Como con todo lo demás, me ayudó sin hacer más que rezongar un poco; bastaba presionarlo para que obedeciera. No me extrañaba que se hubiera mezclado con bandas.

–          Tenemos que llevar los espejos abajo y tirarlos. Romperlos dentro del contenedor de basura.

–          ¿Pero me quieres decir por qué?

–          No se puede decir su nombre delante del espejo. Es la aliada de los demonios. Llora sangre y recorre la ciudad por la noche buscando niños que matar.

–          ¿Ahora nos va a atacar La Llorona? ¡Venga, hombre!

–          ¡Ni se te ocurra soltar el espejo! ¡Y no la nombres!

Bajamos el espejo del baño por la escalera de incendios, rezando para que nadie nos viera. Lo dejamos en el contenedor, en vertical, y obligué a Ramírez a envolverse la mano con mi chaqueta y darle un par de puñetazos para romperlo sin hacer mucho ruido. Hubiera preferido tirarlo al suelo o golpearlo contra el borde del contenedor, pero no podíamos arriesgarnos a que nos pillara el personal del Residence Inn. Hicimos lo mismo con el espejo pequeño de encima de la cama, y con uno de mano que encontré en la mesilla de noche. Cuando volvíamos arriba, me quedé un rato parada delante del que había en el pasillo.

–          ¿Qué haces?

–          Deberíamos romper este también.

–          ¿Qué dices?

–          Y si hay uno en el ascensor también.

–          Ni se te ocurra. Bastante he aguantado tus locuras ya, pero no pienso…

Le clavé una mirada de las mías y se tuvo que callar. Me picaban las puntas de los dedos de ganas de destrozar todos los espejos del edificio para evitar que ella entrara, pero Ramírez tenía razón. Si lo hacíamos armaríamos un escándalo, vendría la poli, y no habría forma de que él declarara, ni de permanecer escondidos en el hostal. Me dije que estaba siendo paranoica. Bloody Mary te atacaba cuando estabas delante de un espejo, nunca se alejaba mucho de ellos. No iba a cruzar todo el pasillo para matar a Ramírez. Lo único que teníamos que hacer era salir por la escalera de incendios el viernes por la mañana.

–          ¿Me quieres explicar de qué va todo esto?- me dijo él una vez volvimos a la habitación y me hube asegurado otra vez que no había un solo espejo.

–          Es…- bajé la voz, como si pudiera oírme- Bloody Mary. Se mueve a través de los espejos. Si dices su nombre tres veces delante del espejo viene y te mata.

–          ¡Eso es una leyenda urbana, un cuento de miedo! Ni siquiera los niños pequeños se lo creen.

–          Es verdad. Yo he visto los cristales rotos cerca de donde han muerto los que la han llamado. A veces puede venir también aunque no lo hayas hecho, si alguien se lo pide. Como los Murda Grove no te han pillado, Satán podría haberla llamado a ella.

Ramírez se levantó de la cama donde se había vuelto a sentar y se llevó las manos a la cabeza, exasperado. Sacudía la cabeza como si le estuviera contando alguna locura sin sentido.

–          ¿Pero qué tiene que ver Satán con Bloody Mary?

–          Son aliados. Ella fue la que le ayudó a entrar en el cielo para conquistarlo cuando Dios huyó. No pudo soportar ver todo el mal que hay en el mundo.

–          ¿De qué demonios hablas?

–          Tú no conoces las historias- le dije con desprecio-. Eras un niño rico, ¿verdad? Tenías casa propia, no ibas de albergue en albergue. Seguro que hasta fuiste al colegio. Nadie te contó cómo protegerte, ni te dijo el nombre secreto de la Dama Azul.

Él se dejó caer en la única silla de la habitación, con la cabeza entre las manos. Se la apretaba como si sintiera que le iba a estallar en cualquier momento.

–          Todo esto es una locura. No entiendo nada… hace hora y media me iban a matar por testificar y ahora me estás hablando de guerras mitológicas, de la Llorona y de una mujer de azul.

–          Ella es la única que puede salvarte de Bloody Mary – le dije, sentándome a mi vez en la cama-. Si la llamas por su nombre secreto cuando estás en peligro viene para salvarte. Si Bloody Mary ve tu cara puede encontrarte estés donde estés, así que es la única oportunidad que tienes de salir vivo.

Ramírez hundió los hombros, derrotado. Creo que seguía sin creerse nada, pero los nervios estaban pudiendo con él y estaba dispuesto a rendirse y aceptar cualquier cosa con tal de que lo dejara en paz.

–          De acuerdo, ¿cuál es el nombre?

–          No se puede revelar a los adultos.

–          ¡Tú lo sabes!

–          Cuando me lo dijeron era una niña. Bueno, y legalmente todavía lo soy.

–          ¡Vete a la mierda!

–          De nada por salvarte la vida, imbécil.

–          Me acabas de decir que la puñetera Bloody Mary me va a matar de todas formas porque no me quieres decir el nombre secreto de otro maldito personaje de cuento.

–          No he dicho que te vaya a matar- respondí, satisfecha de mí misma-. Hay otras formas de protegerse, y te las puedo enseñar.

–          ¿Ah, sí? ¿Cuáles? A ver con qué me sales ahora.

Le dije lo que tenía que hacer, cómo fabricar las protecciones y cómo situarlas para que Bloody Mary no lo pudiera atacar, ni siquiera si había visto su cara. No las puedo poner aquí porque dicen que si se escriben pierden su poder. No sé si es verdad. Quiero decir, ¿cómo haces la prueba? Igual alguien lo hizo con una sola de las protecciones y por eso dejó de funcionar y ya no se enseña. Da igual. Le enseñé a Ramírez las que sabía.

–          Vamos a estar aquí una semana. Tú no puedes salir, porque si alguien te ve y avisa a los demonios, te matarán igualmente y no habremos avanzado nada. No pienso permitir que los ángeles pierdan la batalla por mi culpa.

–          Ah, ¿ahora hay ángeles también?

–          Cállate y escúchame. Yo saldré a comprar comida y esas cosas, tengo algo de dinero. No preguntes, escucha. Cada vez que yo cierre esa puerta pondrás las protecciones tal y como te he enseñado, sin olvidarte absolutamente nada. Si te olvidas de algo estás muerto. ¿Entendido?

–          Sí, sí.

–          Y aléjate de los espejos. No quiero que salgas ni siquiera al pasillo. Todas las protecciones del mundo no sirven de nada si pasas delante de un espejo y Bloody Mary te está buscando.

–          Vale, vale – me dijo, encogiéndose de hombros-. Lo que tú digas.

–          ¿No me crees?

–          Eh, sí, de verdad.

No me creía. Lo agarré por los hombros y pegué mi cara a la suya, mirándole a los ojos. Torció el gesto. Supongo que no me huele el aliento a rosas.

–          Me da igual que no me creas siempre que me obedezcas. Esto es una guerra, y tú eres un soldado aunque no quieras. Supongo que eso me convierte a mí en sargento. Ahora repíteme todas las instrucciones que te he dado.

Me maldijo durante un rato, pero al final se rindió y obedeció. Le hice repetirlo tres veces más antes de dejarlo ir a dormir, casi a las cuatro de la mañana.

Durante la semana se portó bastante bien. Yo salía a comprar raciones de supervivencia, que calentamos en un hornillo que compré en una tienda de artículos de monte, aunque la cajera me mirara con mala cara. No le dejé llamar a nadie ni salir de la habitación, y por la mayor parte obedeció, aunque un par de veces rezongaba que lo había secuestrado. Cada vez que volvía tenía las protecciones perfectamente colocadas, aunque yo las revisaba solo por si acaso. El martes, al volver, lo pillé en el pasillo, aunque lejos del espejo, y le eché una bronca impresionante, como las de mi madre cuando estaba borracha y yo era pequeña. Luego estuvimos discutiendo toda la noche.

Tuvimos otra discusión el miércoles, porque Tony vino a ver qué tal iba la operación y Ramírez se empeñó en que ahí no había nadie y yo estaba hablando sola. No entendía que obviamente no podía verlo porque es un puñetero fantasma. Solo se me aparece a mí. ¿A santo de qué se le va a aparecer a otro?

En fin, lo peor vino el jueves por la noche, cuando ya solo quedaban unas horas. Yo intentaba no ir dos veces a la misma tienda a comprar la comida, para que no pudieran fijarse en mí e identificarme si la poli o las bandas venían preguntando, así que a veces tardaba bastante en volver al hostal. El jueves pasé por delante de un mural pintado a graffitti en una pared, que representaba a la Dama Azul, con su rostro ovalado y los ojos enormes, piadosos, sonriendo mientras salvaba a un niño, acurrucado entre unos contenedores, de unos pandilleros con cuernos y garras. La Dama llevaba una pistola en cada mano y estaba disparando sobre los pandilleros. La imagen me reconfortó. Si todo salía mal, siempre podíamos contar con ella. Ya solo quedaba pasar la noche.

Entré a través de la escalera de incendios, como siempre, pero en cuanto llegué al pasillo toda mi confianza se fue al infierno de cabeza. Me paré en seco y sentí erizárseme todos los pelos del cuerpo. Empecé a temblar como si tuviera fiebre, de los puros nervios, y dejé caer todas las bolsas. El espejo del pasillo estaba roto, hecho añicos que cubrían la moqueta hasta la pared opuesta. Como si algo lo hubiera atravesado desde dentro.

–          ¡Ramírez! – chillé.

Dejando las bolsas, eché a correr hacia la puerta de la habitación. Estaba forzada, y se abrió de un empujón. Automáticamente busqué las protecciones. No estaban. ¡No estaban! La puerta del baño estaba abierta, así que me precipité hacia allí, pero apenas llegué retrocedí gritando, histérica, resbalando mientras reculaba hacia la puerta del pasillo. Estuve a punto de caer al suelo, me medio incorporé a cuatro patas y salí corriendo pasillo abajo, hacia las escaleras. Me caí, rodé, me levanté sangrando por la nariz, seguí corriendo, crucé el vestíbulo, me tiré contra las puertas de cristal y huí del Residence Inn sin mirar atrás, con la cara convertida en una máscara de sangre, lágrimas y mocos.

Ramírez estaba muerto en el suelo, cosido a cuchilladas. Y por encima de él una figura de espaldas, una mujer alta con una túnica blanca y un velo que le caía por la espalda, manchados de sangre. Bloody Mary. Pero eso no es lo peor. Eso  no es lo peor.

Estoy escribiendo esto escondida. No voy a decir donde por si alguien lo encuentra. No quiero que me encuentren. No sé qué voy a hacer. No sé qué hacer. Trato de llamarla, pero no puedo. No puedo, no puedo, no puedo. No recuerdo el nombre. No recuerdo el nombre secreto de la Dama Azul, la única que puede salvarte de Bloody Mary. No recuerdo el nombre y eso significa que voy a morir.

Porque cuando llegué a la puerta del baño, Bloody Mary se volvió y me vio la cara.

Teniente: Hemos encontrado esto en los bolsillos de Rosa Martínez, 16, la vagabunda que apareció muerta en el cuarto de baño del Taco Bell de la Segunda Avenida Noroeste, escrito a lápiz en hojas arrancadas de un cuaderno escolar. El cuerpo apareció apuñalado y rodeado de cristales rotos del espejo del baño. Creemos que lo rompió ella misma. Hemos comprobado su historia: es verdad que Ramírez iba a declarar, y que desapareció la semana pasada cuando los Murda Grove Boys atacaron su casa. Apareció muerto en el Residence Inn el viernes por la mañana. La habitación estaba a nombre de la Iglesia Evangélica Pentecostal del Reverendo Jones, de Dallas, reservada por dos semanas. La Iglesia niega todo conocimiento. 

Cordero de Dios

autor: José Pool

autor: José Pool

Se llamaba Jesús Rey Salvador, lo cual no es muy sutil si afirmas ser el Hijo de Dios.

Nos llegó como una nota de prensa, una anécdota curiosa de un compañero que estaba cubriendo las últimas explosiones de violencia en Chiapas. Un tipo joven, un indígena, que se dedicaba a predicar por la selva, recogiendo a huérfanos y desplazados, y curando a heridos de ambos bandos. Incluso se decía que había hecho uno o dos milagros, y por supuesto tenía a sus doce apóstoles. La nota incluía poco más que eso, y una fotografía de archivo de Rey Salvador, un indígena bajito, de pómulos altos y rostro redondeado. Desde luego, no era la imagen que uno se hace de Cristo.

A pesar de todo, la historia me interesó. Me pareció que tenía potencial, y a mi editor también; y, ¿por qué no? El rostro de la esperanza en la revuelta indígena de Chiapas, un grupo de gente pobre y refugiados que se esfuerza por mejorar un poco las vidas de los desplazados por la violencia. Eso siempre vende. Y si además añadimos alguna insinuación de que se trata de una secta de fanáticos, lo que además nos permite mirar por encima del hombro a nuestros primos hispanoamericanos, la noticia está hecha. Íbamos a vender más que una churrería en Año Nuevo.

Las investigaciones preliminares arrojaron algunos resultados curiosos. Resulta que nuestro amigo Jesús Rey llevaba operando casi tres años, y ya se habían escrito algunos artículos sobre él, aunque en revistas de muy corta tirada. Básicamente, se habían ocupado del fenómeno los grupúsculos de izquierda que creían que aún vivíamos en 1973 (que se debatían entre denostarlo porque olía remotamente a religión, o estar de acuerdo con su labor social… aunque más de uno, como la hacía “el enemigo”, veían en ella un mecanismo para adoctrinar al pueblo) y los teólogos sin nada mejor que hacer (que no habían debatido mucho, porque todos estaban de acuerdo en que era blasfemia y punto, pero les parecía bien la labor social). Lo más interesante, sin embargo, fue el único teólogo que no se había rasgado las vestiduras ante las alegaciones de Rey. Era un sacerdote jesuita, Juan Álvarez de León, pero, según descubrí cuando intenté ponerme en contacto con él, había dejado la congregación hacía un par de años. Dar con él me costó una semana de suplicar a secretarios de obispados y casas de ejercicios espirituales, hurgar en listines telefónicos y dejar mensajes en el contestador, pero finalmente logré cruzar unas palabras con él por teléfono, y concertar una cita. Quería entrevistarlo, o al menos hablar con él, antes de empezar en serio con el artículo.

El antiguo sacerdote vivía en un piso casi igual de antiguo, en una zona no demasiado buena de la ciudad. No había ascensor. Ascendí trabajosamente la escalera, con sus peldaños de granito falso, descascarillados y agrietados por el uso, y su papel pintado con motivos florales que se desprendía como la carne de un leproso. Una bombilla pelada relucía pálidamente al final de un cable frente a la puerta del piso, presidida por una representación troquelada del Sagrado Corazón. Pulsé el timbre tres veces antes de que un breve destello de luz, y una sombra que lo eclipsaba, me revelaran que Juan Álvarez de León estaba al otro lado.

–          ¿Don Juan Álvarez? Soy Pablo Estévez, hablamos el jueves…

–          Por supuesto. Pase, le esperaba.

Al otro lado de la puerta aguardaba un anciano encorvado, de corto cabello canoso y rasgos duros, pero arrugados. Debía tener algo menos de setenta años, y vestía esas ropas anticuadas, ligeramente ajadas, que suelen llevar las personas mayores. Me guió hacia el interior del piso, que no era mucho más impresionante que la escalera: un estrecho salón comedor presidido por una mesa baja, algunos sillones apolillados, y diversas imágenes religiosas en las paredes.

–          ¿Un café? Está recién hecho.

–          Sí, gracias.

Me senté frente al televisor apagado mientras el anciano servía las tazas y, a su vez, tomaba asiento frente a mí. El salón estaba prácticamente a oscuras, iluminado solo por una mortecina bombilla que colgaba del techo, y encajonado entre las puertas que daban a la cocina, y a un corto pasillo. La única ventana quedaba eclipsada por gruesas cortinas. El antiguo sacerdote me sonrió tras dar un sorbo a su café.

–          Disculpe lo espartano del recibimiento, pero no puedo ofrecerle mucho más. Desde que dejé la orden me gano la vida dando clases, y usted comprenderá…

–          Claro, por supuesto. No se preocupe. Entonces, ¿le permiten dar clases de religión?

Álvarez rió suavemente, dejando la taza sobre la mesilla.

–          ¿Religión? No, no. Supongo que podría, pero no quiero problemas. Por ahora me conformo con dar clases particulares de literatura tres días por semana.

–          Entiendo. Verá, como le dije por teléfono, estoy investigando el caso de Jesús Rey Salvador. No quisiera ofenderle, pero, ¿está relacionado con su… salida de la orden jesuita?

–          ¿Me está preguntando si me expulsaron por hereje, señor Estévez?

Creo que enrojecí vivamente, porque el anciano se echó a reír y meneó la cabeza con paciencia.

–          Supongo que podríamos decirlo así. En realidad, lo arreglamos para que yo dejara voluntariamente la orden y la Iglesia, porque el obispo no quería armar revuelo. Imagínese los titulares. La Conferencia Episcopal se tiraría de los pelos.

–          Bueno, últimamente no hacen otra cosa- rezongué, antes de darme cuenta de con quién estaba hablando-. Oh, disculpe.

–          No se preocupe. Tiene razón, de modo que, ¿por qué no decirlo? La verdad os hará libres.

–          Así que, al margen del asunto de Rey Salvador, ¿no está usted de acuerdo con la política actual de la Iglesia?

–          Para empezar, amigo mío, la Iglesia no debería tener política. Ese es el problema. Y aunque usted no lo crea, esto está muy relacionado con el asunto de Jesús.

Me arrellané en el asiento, dejando a mi vez la taza sobre la mesilla. Ahora al parecer estábamos entrando en materia, y no quería perderme nada. Esto podía ser la base de mi artículo, y además, el anciano me caía cada vez más simpático. No era muy habitual encontrar a una persona mayor de treinta años con semejante visión de la Iglesia Católica, y mucho menos a un ex sacerdote. Aún así, me pregunté hasta qué punto no se trataría de rencor por su expulsión.

–          Así que usted cree, realmente, que es Cristo reencarnado.

–          No, no. Comprendo, si ha leído mis artículos, que a usted le haya sido difícil entender, porque no tiene formación teológica, pero no estamos hablando de reencarnación. Intentaré explicárselo de forma sencilla.

Esto me picó en mi amor propio, pero no dije nada. No me hacía especial gracia que me trataran como a un retrasado, o un niño pequeño.

–          Veamos. El mensaje de Cristo es universal, ¿verdad? Hechos, trece, cuarenta y siete: “te he puesto para luz de los gentiles, para que lleves la salvación a los confines de la Tierra”. Romanos, tres, veintinueve: “¿es Dios solamente Dios de los judíos? ¿no es también Dios de los gentiles? Ciertamente, también de los gentiles, porque Dios es uno.”

–          En eso se diferencian los cristianos de los judíos, ¿no? Los judíos creen que el mensaje y la ley de Dios son solo para ellos.

–          Pero Cristo vino a predicar a todos. Así que, ¿por qué aparecerse tan solo a los judíos? ¿por qué provocar los debates que hubo entre los primeros creyentes sobre la validez de predicar a los gentiles?

–          Bueno, “los caminos del Señor son inescrutables”, si no recuerdo mal mis clases de religión. Él sabrá.

El antiguo sacerdote se echó a reír de nuevo, pero ahora estaba visiblemente excitado. Era evidente que el tema se había convertido en su pasión, y se le reflejaba en los ojos. Se levantó, con crujir de huesos, y se aproximó a una estantería, donde empezó a hurgar entre varias gruesas carpetas y libros, que parecían amontonados siguiendo un orden que solo el propio Álvarez podía entender.

–          Eso es cierto, por supuesto. Pero si lo resolviéramos todo de esa manera, ¿qué haríamos los teólogos para ganarnos la vida? No, no. Mire: el mensaje de Cristo es universal, pero en principio solo se manifestó a los judíos. Hasta ahí estamos de acuerdo, ¿verdad?

–          Bueno- mi corazón de ateo se resistía a “estar de acuerdo” con un dogma de fe como ese-… sí, está bien.

–          Y Dios, por supuesto, es eterno y trascendente, y se encuentra fuera del tiempo tal y como lo concebimos nosotros. Y sin embargo, Cristo se encarnó en un momento muy concreto.

–          Eh… ajá, sí.

–          Y su labor, como cordero de Dios, era purificar a la humanidad del pecado original, sacrificarse, como el chivo expiatorio de los antiguos judíos, para el perdón de los pecados. Por eso en la Eucaristía participamos de su carne, como si fuera un sacrificio.

–          Entiendo…- empezaba a aburrirme, y no por la explicación, sino porque nos desviábamos del tema. No necesitaba una clase de teología, sino un artículo para el periódico. Pero el anciano pareció darse cuenta.

–          No se impaciente, amigo mío. Como sabe, la Biblia, o al menos gran parte del Antiguo Testamento, no es un texto literal. Hoy solo algunos grupos cerrados (casi todos protestantes, a pesar de lo que gusta hablar del fanatismo de los católicos) consideran que haya que interpretar textualmente cuanto dice. Pues bien, si el pecado original es simbólico, ¿Cómo van Cristo o el bautismo a lavarlo?

No respondí. El antiguo jesuita se había sentado de nuevo, llevando una gruesa carpeta de cartón en las manos. Apartó las tazas de café y lo que parecía una vieja fotografía familiar, y dejó la carpeta en el centro, reposando las manos sobre las tapas.

–          El pecado original no es un pecado concreto. El pecado original es la fuente de los demás: desobedecer a Dios, apartarse de Él, creer que se puede negociar con Él o engañarle. En ese sentido, el hombre no ha dejado de cometer el pecado original, el mismo y único pecado, una y otra vez a lo largo de toda su existencia, desde que el primer Australopithecus miró al cielo.

–          Lo siento, pero creo que no le sigo. Es decir, entiendo lo que dice, pero no veo qué relación…

–          Es muy sencillo – Álvarez abrió la carpeta con un chasquido de gomas; estaba llena de fotocopias y recortes de periódico-. Dios está fuera del tiempo, Cristo es el cordero que se inmola para expiar el pecado de todos, y todos continuamos pecando constantemente. Jesús Rey Salvador afirma ser Cristo. La conclusión pasa por lo que le voy a mostrar ahora.

–          ¿Y es…?

El ex sacerdote empezó a extender los papeles sobre la mesa. La mayoría eran artículos periodísticos, pero algunos parecían facsímiles o fotocopias de documentos antiguos, diarios o cartas personales.

–          Cristo está entre nosotros. Siempre lo ha estado. Para Él no existe el tiempo, y el espacio es solo un marco de referencia. Todos los pueblos pecan, y todos los pueblos deben ser salvados constantemente y lavados en la sangre del Cordero. Mire esto- me tendió un recorte de periódico-. Un joven peruano que afirmaba ser Cristo, asesinado a los treinta y tres años por Sendero Luminoso en 1970. En la Grecia de los coroneles, en 1971: un joven que hacía milagros y se ocupaba de los más pobres, detenido y ejecutado a los treinta y tres años.  En la Angola portuguesa, lo mismo en 1973, un año antes de la independencia. Se cree que fue detenido y ejecutado por el Ejército portugués.

–          ¿Un Cristo negro?- solté. No soy para nada racista, pero la idea me resultaba extraña, supongo que porque estaba acostumbrado a las representaciones tradicionales de las películas de Semana Santa, de un Cristo de metro ochenta, de pelo castaño tan claro que casi es rubio, y ojos azules.

–          ¿Le sorprende? Jesús Rey Salvador es cien por cien maya, y, ¿por qué no? Dios no es blanco ni negro ni judío, señor Estévez. Supongo, por su reacción, que esto le va a sorprender más aún.

–          ¿El qué?

Me tendía una de las fotocopias de documentos antiguos, un texto escrito en inglés, visiblemente a mano, con una letra enrevesada y difícil de leer.

–          ¿Qué es esto?

–          Esto es una carta del residente en Mysore, en la India británica, de 1903. Pregunta al gobernador general qué debe hacer con un joven hindú que va por ahí curando a los enfermos, predicando la paz, multiplicando el pan y ese tipo de cosas.

–          ¿Hindú?

–          Exactamente. Ni siquiera era cristiano. Y, por supuesto, acabó ejecutado a los treinta y tres años. Pero no se preocupe, hay más. Por aquí, en alguna parte, tengo un informe similar de un joven musulmán, fechado durante la ocupación francesa de Egipto.

–          ¡¿Un musulmán?!

–          ¿No me ha entendido? Para Dios, todos somos iguales. Sé que no le gusta que cite las Escrituras, pero es necesario. Mateo doce, seis: “Si supierais qué significa “misericordia quiero, y no sacrificios”, no condenaríais a los inocentes”. Y, por si quedaba alguna duda, “los que están sanos no tienen necesidad de médico, sino los enfermos. No he venido a llamar a justos, sino a pecadores al arrepentimiento”.

Examiné las fotocopias y recortes que tenía delante, dudando. Por supuesto, no podía creer nada de aquello: para empezar, yo era ateo. Aquellos papeles, aquellos testimonios, me parecían dignos de un programa de misterios de la televisión, o de una revista de enigmas y fantasmas. ¿Cristo resucitando, una y otra vez, para morir y perdonar los pecados? Era imposible, aparte de inabarcable. Sin embargo, había una objeción mucho más tangible que hacer.

–          Todo eso está muy bien, pero… ¿cómo es que nadie se ha dado cuenta? Hace dos mil años que Cristo vuelve una y otra vez como el protagonista de Viernes 13, ¿y nadie lo ha notado? Uno pensaría que la Iglesia tendría motivos para publicitarlo.

–          “Bienaventurados los ojos que ven lo que vosotros veis, pues os digo que muchos profetas y reyes desearon ver lo que vosotros veis, y no lo vieron; y oír lo que oís, y no lo oyeron”- el anciano sonreía ampliamente, mostrándome unos dientes ajados y manchados de nicotina; se encogió de hombros-. ¿Qué puedo decir? No lo sé. Quizá lo saben y no quieran revelarlo. Quizá Él no quiera que lo sepan. Además, ¿qué le hace suponer que Jesús de Nazareth fue el primero? Como le he dicho, para Dios el tiempo no existe.

–          Bueno, bueno, comprenderá que para mí todo esto sea difícil de comprender. Por ejemplo, si seguimos su cronología, resulta que puede haber dos o tres Cristos paseándose por el mundo al mismo tiempo. El peruano, el griego y el angoleño fueron prácticamente contemporáneos. ¿No se supone que Cristo es el hijo unigénito de Dios?

–          ¿Y no se supone que Dios está en todas partes y en todos los tiempos? Continúa usted pensando en términos de reencarnaciones, amigo mío. No se trata de eso, sino de manifestaciones de Dios.

–          ¿Y la Virgen María? ¿qué hacemos con ella?

–          Supongo que todas las madres de Cristo han sido elegidas del mismo modo. Aún así, tengo entendido que el mismo Jesús no aprueba demasiado la veneración de vírgenes y santos.

–          ¿No? ¿cómo es eso?

Pero el antiguo sacerdote se limitó a sonreírme de nuevo, cerrando la carpeta.

–          Ya lo verá usted cuando hable con él.

–          ¿Qué le hace pensar que voy a hablar con él?

–          En primer lugar, que esta entrevista no es suficiente para su artículo. Y en segundo lugar, que he despertado su curiosidad. Tiene demasiadas preguntas, y yo no puedo respondérselas. Además, usted quiere conocer al hombre que dice ser Cristo. Lo veo en sus ojos.

Lo cierto es que tenía razón. Cuanto más hablábamos del tema, mayor interés me suscitaba la extraña figura de aquel maya que se paseaba por la selva, exponiéndose a un disparo o un machetazo, para curar tanto a revolucionarios como a militares y predicar la paz y el amor al prójimo. Eso no significaba que me creyera remotamente las teorías de Álvarez, pero… aquella carpeta me atraía como un imán.

–          Si quiere, puede llevarse la carpeta y fotocopiarla, pero me tiene que prometer que me la devolverá antes de una semana. Es el fruto de muchos años de trabajo, y contiene notas que he tenido que copiar a mano de textos del siglo XV. Y algunas cartas del propio Jesús.

–          ¿Cartas suyas?

–          Así es. Me puse en contacto con él poco antes de salir de la orden, y hemos intercambiado algunas desde entonces. Comprenderá que las valore más que todo el resto de mis posesiones.

–          Claro, por supuesto… pero en ese caso, tal vez yo no debería…

–          No se preocupe. Lleve la carpeta, y cuide su contenido, pero tráigamelas antes de siete días.

–          Se lo agradezco mucho. No se preocupe, se la traeré lo antes posible, antes de la semana.

–          Muy bien- Álvarez se levantó-. Y ahora, si me disculpa, tengo una clase dentro de una hora y aún no la he preparado.

Salí de allí con la carpeta bajo el brazo y la cabeza hecha un caos de ideas confusas y revueltas. La clase magistral de teología herética de Álvarez, el dossier que sostenía contra mi pecho, las cartas del hombre que decía ser Cristo… y una necesidad cada vez más acuciante de conocerlo en persona, de mirar aquellos ojos rasgados y ver… ¿qué? Quizá es que la fe que había perdido hacía tanto que no lo recordaba estaba regresando a mí.

Dos semanas más tarde, estaba en un avión rumbo a México. Fue un viaje interminable, no sé cuántas horas con el síndrome de la clase turista pendiendo sobre mi cabeza, pero me dio tiempo para revisar y ordenar las notas que Álvarez me había dejado fotocopiar. En todos los casos el perfil era sorprendentemente similar: un joven de clase humilde, casi siempre en zonas conflictivas, en torno a los treinta años, que se dedicaba a predicar, a curar enfermos y, según sus seguidores, a hacer milagros. Formaban un pequeño movimiento a su alrededor, armaban algo de revuelo, y finalmente un bando o el otro (una dictadura, insurgentes de cualquier signo político, y al menos en una ocasión un gobierno legítimo y democrático) acababa ejecutándolo. En todos los casos sus seguidores afirmaban que había resucitado, aunque supongo que no son una fuente fiable. Había más de un centenar de casos, del siglo XV al XX, por todo el mundo.

Mientras el avión cruzaba el Atlántico, yo le daba vueltas a todo aquello. ¿Cuál era la probabilidad estadística de que aquellas mismas características se dieran, una y otra vez, en contextos tan opuestos, en culturas tan diferentes, a lo largo de un periodo tan dilatado de tiempo? La ciencia, la nueva religión, nos decía que todo tenía una explicación racional, incluso si no la encontrábamos. Pero en esos momentos, a pesar de ser yo un ateo convencido, eso me sonaba exactamente igual que el “los caminos del Señor son inescrutables” de los curas de mi niñez. Me debatía, supongo, en el eterno conflicto de los científicos: debemos basarnos en los datos empíricos, pero, ¿qué pasa cuando los datos empíricos contradicen todo lo que damos por hecho?

Jesús Rey Salvador vivía en una aldea en el centro de la selva, pero tenía amigos y seguidores en Tapachula, la segunda ciudad del estado de Chiapas, y pude ponerme en contacto con ellos gracias a las recomendaciones de Juan Álvarez de León y mis propias gestiones, con algo de ayuda de fondos y contactos de la agencia. Así, dos días después de mi llegada, me encontraba en la parte posterior de un todoterreno que se internaba en las carreteras apenas asfaltadas que llevaban hacia el norte, a las profundidades de la selva. Mi guía se hacía llamar Santiago. Era un maya puro, pasados los cuarenta años, de brazos como troncos y rostro curtido por el trabajo duro y las privaciones. A lo largo de las horas de viaje que pasamos juntos intenté entablar conversación con él, quizá sacarle algo sobre su misterioso Mesías, pero no me lo puso fácil. Me respondía con monosílabos, y parecía más concentrado en la carretera que en hacerme caso. En un momento dado debió darse cuenta, porque me dijo:

–          Disculpe usted que no le responda, pero esta zona es peligrosa. Hay que estar muy atentos.

–          ¿Tienen problemas con los zapatistas?

Se encogió de hombros.

–          Algunos, no muchos. Nos dejan en paz porque les conviene. Los militares igual. Pero, ¿qué hago, salgo gritando que soy de los de Jesús?

–          No, claro, supongo que no.

–          Además, por aquí pasan los de las maras llevando ilegales hacia el norte. Guatemala está a un tiro de piedra.

–          ¿Con esos no se llevan bien?

–          No, con esos no. Jesús dice que no solo hacen mal, como los soldados y los zapatistas, sino que ni siquiera creen que estén haciendo el bien. Solo engañan y roban. Y matan. A mi primo lo mataron.

–          Entonces, ¿Jesús se lleva bien con los zapatistas?

–          Come con ellos, pero también con los otros. A todos les dice que son hermanos y que no tienen que matarse. Los zapatistas porque matando soldados no van a conseguir nada, y los soldados, porque están matando inocentes, y solo empeoran las cosas. Pero ninguno le hace caso.

Manoseando la fotocopia de una de las cartas que Jesús había enviado al entonces padre Álvarez, se me ocurrió algo. Estábamos ya bien dentro de la selva, rodeados de vegetación densa y sudando a chorros. Hacía un calor espantoso, y el aire era húmedo y pesado. La carretera no era más que un sendero de tierra por el que el todoterreno traqueteaba trabajosamente.

–          ¿Qué me dice de Jesús? ¿fue a la escuela, nació en la ciudad…?

–          Nació en una aldea de por aquí, en la selva. Yo conocía a su madre porque trabajaba limpiando casas en el barrio donde yo tenía mi frutería. Hará de esto treinta años. Se llamaba María- me guiñó el ojo.

–          ¿Sigue ella con él?

–          No, murió hace tiempo. Más o menos cuando él empezó a predicar. De chico se ganaba la vida con el padre, de peón en el campo. Luego el padre murió. Que yo sepa, Jesús nunca fue a la escuela.

–          Y sin embargo, sabe escribir- dije yo, con la carta en la mano. Mi guía volvió a encogerse de hombros.

–          Para eso es Dios, ¿no? También cita la Biblia que da gusto oírlo, pero nunca he visto un libro en su casa.

–          ¿Así que usted cree que Jesús Rey Salvador es el Hijo de Dios?

Santiago me miró de reojo, creo que casi con desconfianza. Meneó la cabeza y chasqueó la lengua con disgusto.

–          ¿Usted no? ¿Y para qué ha venido de tan lejos?

No pude contestarle a eso, y minutos después, hacia medio día, llegamos a una diminuta aldea en las profundidades de la selva. Nuestro destino. En realidad, aquella escena podría haberse dado seiscientos años antes, de no ser por el todoterreno y las ropas modernas. Cuatro o cinco casas de paredes muy blancas, con tejados de hojas y paja, en torno a un espacio central de tierra, que no se podía llamar plaza. En un lado había un grupo de personas conversando, a la sombra de una ceiba. Santiago me señaló a un hombre bajito, que parecía estar contando un chiste.

–          Ese de ahí es.

El hombre, Jesús Rey Salvador, me miró desde donde estaba, terminó el chiste, y se encaminó hacia mí con pasos largos, elásticos. Iba descalzo, y llevaba un pantalón viejo y una camisa blanca, medio abierta. Me llegaba apenas por la barbilla, y tenía la piel casi del color de la madera, mezcla de sangre indígena, sol y trabajo en el campo. El pelo, negrísimo, lo llevaba corto y peinado hacia atrás, y tenía unos ojos oscuros, rasgados, que sonreían tanto como su boca. En cuanto llegó hasta mí, me dio un fuerte abrazo, como si fuéramos amigos de toda la vida.

–          Tomás, Tomás… sin verme no creíste. Ahora que me ves, ¿creerás?

–          Eh…- me aturullé, azorado-. Lo siento, me llamo Pablo.

–          Ya, ya lo sé- me palmeó el brazo-. Y me persigues, ¿no? Anda, ven… íbamos a comer ahora. ¡Pedro! Pon otro cubierto para Pablo.

Uno de los hombres que había junto a la ceiba se levantó, presuroso, y echó a correr hacia una de las casas, hacia donde también nos dirigíamos nosotros. Me había sorprendido en parte que Rey me reconociera tan fácilmente, aunque, pensándolo con frialdad, sabía que yo llegaría y que quería verlo, y si un desconocido con pinta de español se dejaba caer por su aldea, no hacía falta ser un genio para sacar conclusiones. Aún no sabía si tomarme lo de Tomás como una broma, una alusión simbólica, o una simple metedura de pata.

Me dio vergüenza compartir la exigua mesa de aquella gente, sobre todo porque a mí no se me había ocurrido traer nada, y ellos me estaban dando parte de lo poquísimo que tenían. Jesús se sentó en la cabecera de la mesa, con el tal Pedro a su lado, y a mí me sentó al lado izquierdo. Antes de comer bendijo la mesa, una escena que vería repetida interminablemente durante mi corta estancia en la aldea. Sus seguidores parecían atender a aquellas bendiciones con un fervor reverente, que yo no había visto ni en los más fanáticos sectarios evangélicos.

Pasé en la aldea una semana. Jesús seguía un horario bastante estable: se levantaba con el sol para rezar, acompañado de los suyos, y luego dedicaba algunas horas a hablar con sus seguidores y a predicar, que en él eran la misma cosa. Casi todas las tardes salía, en coche o a pie, a recorrer algunas de las otras aldeas de la selva, sobre todo una en la que había establecido algo parecido a un pequeño hospital. Lo vi varias veces consolar a moribundos, o rezar con heridos de bala, fueran zapatistas o tropas del gobierno. En una ocasión se quedó toda una noche al pie del lecho de una anciana enferma, sin familia, que se estaba muriendo de puro vieja, y nos pidió al resto que volviéramos a la aldea. Cuando me levanté a la mañana siguiente, Jesús llegaba.

Durante esa semana compartí con él varias conversaciones, la mayoría sobre lo que él era o decía ser, muchas sobre problemas actuales, la fe, o la Iglesia. Me dijo que no me iba a conceder una entrevista, porque él no era una estrella de cine, pero que hablaría conmigo. Lo que sigue es una reconstrucción, condensada, de muchas de esas conversaciones. Era muy sencillo para llamarse el Hijo de Dios; cuando intenté tratarlo de usted, me cortó inmediatamente.

–          Cuando rezas, ¿no dices “Padre nuestro, que estás en los cielos”? Si tratas de tú a mi padre, ¿por qué me vas a llamar a mí de usted? O a cualquier persona, para el caso.

Como se suele decir, hablamos de lo divino y lo humano, y me sorprendió notablemente el hecho de que, aparte de citar las Escrituras con más arte que el propio padre Álvarez, sus posiciones tenían bastante poco que ver con las que defendía… bueno, prácticamente cualquier movimiento religioso. Había algo que repetía constantemente, como un mantra:

–          “Amarás a Dios sobre todas las cosas, y al prójimo como a ti mismo”. ¿Es tan difícil de entender? A mí no me lo parece, y de ahí se deriva todo. ¿Es una obra de amor? Entonces es buena. ¿Es de rencor, o de odio, o de ira? Entonces no. Así de simple.

–          ¿Todo se reduce a eso? ¿y qué hay de ir los domingos a misa, los siete sacramentos, las penitencias y las procesiones?

–          Están muy bien, pero no son lo importante. Esta es de San Agustín “ama, y haz lo que quieras”. Y esta de San Pablo, tu tocayo: “el que ama al prójimo ha cumplido la Ley”, y, “el amor no hace mal al prójimo; así que el cumplimiento de la Ley es el amor”.

Decidí arriesgarme. No sabía si había llegado a México, pero en aquellos momentos, en España, el debate sobre la “familia tradicional” y el matrimonio homosexual estaba a la orden del día, y me pareció que sería interesante contar la opinión de quien se decía Jesucristo, habida cuenta, sobre todo, de que era el episcopado quien más, por usar la expresión del padre Álvarez, se tiraba de los pelos.

–          ¿Y los homosexuales? Ellos aman.

–          Aman, y por tanto, que hagan lo que quieran- sonrió él-. ¿Por qué no? ¿hacen mal al prójimo? No más que los demás, y serán juzgados por el mismo rasero que todos los demás: en el amor al prójimo.

–          Entonces, ¿el único pecado es perjudicar al prójimo?

–          Ese es el pecado original, del que se derivan todos los demás. Pero mejor que perjudicar deberías decir “no amar”. El que no ama, perjudica, y peca, aunque acuda a misa todos los días y done miles de pesos a la caridad. Si no dona con amor, ¿de qué sirve?

–          Entiendo. No es esa la visión de la Iglesia Católica… bueno, ni de la Ortodoxa, ni de los protestantes… ¿qué opinas sobre eso?

–          ¿Se hizo el hombre para el sábado, o el sábado para el hombre? La Iglesia se hizo para servir al hombre y llevarlo hacia Dios, no para que el hombre sirviera a la Iglesia.

–          Pero la Iglesia es una institución divina, ¿no? Sobre esta piedra la edificaré, y todo eso.

–          Lo es. Pero está compuesta por hombres, y por tanto, por pecadores. Es más, ¿quiénes son los cardenales? ¿quiénes son los papas y los patriarcas?

–          No entiendo.

Jesús sonrió ampliamente, y negó con la cabeza, como un padre que se sorprende ante las travesuras de un hijo díscolo, o se exaspera, no sin un punto de humor, porque éste parece incorregible. Estábamos sentados en sillas de madera y paja, junto a la ventana de su casa, y él levantó las patas delanteras, apoyando solo el respaldo en la pared. La luz del sol le daba de lleno en la cara.

–          Son personas mayores. La sociedad evoluciona, todo cambia, y siempre que sea dentro de la ley del amor, eso es bueno. Con el tiempo, se ha ido haciendo más tolerante, ¿no? Pero a las personas mayores les cuesta asumir esto. A nadie le extraña que su abuela de setenta años considere un disparate que se casen dos hombres, pero a todos les parece mal que no lo apruebe un cardenal de la misma edad. Si ambos fueran consecuentes, y amaran al prójimo como a sí mismos, no tendría que parecerles mal, pero, ¿no es comprensible que no se lo parezca? Lo que ocurre es que no se les debe dejar imponerlo a los demás.

–          Claro- respondí, reflexionando; lo cierto es que nunca lo había visto de este modo, y no podía decir que no tuviera cierta parte de razón. Entonces recordé algo que me había dicho el padre Álvarez-. ¿Y los santos, y las vírgenes?

A pesar de lo abrupto del cambio de tema, pareció entenderlo a la perfección.

–          Cuando quieres convencer a un amigo de algo, ¿no pides ayuda a otros, a amigos comunes? Y si logras convencer a tu amigo, y te hace el favor, ¿dices que te lo ha hecho tu amigo común? No, te lo ha hecho el otro. Agradéceselo a ambos, pero son cosas diferentes. El problema es que la gente se pierde en los detalles, y no ven lo esencial. Dios proveerá, pidan y se les dará. Los santos interceden, pero no otorgan. No son dioses, y la gente confunde veneración con adoración. Si no fuera así, me encantaría tener las iglesias llenas de ellos, pero visto lo visto, es mejor concentrarse en lo esencial.

Iba a cumplirse una semana de mi estancia en la aldea cuando, tras una de nuestras conversaciones, Jesús me dijo que esa tarde no iríamos a las aldeas. Al otro lado de la ventana, los discípulos estaban colocando una gran mesa de caballetes y cubriéndola con un mantel blanco. Al parecer, habían venido los doce, los mejores amigos de Jesús, y sus primeros seguidores, que no se habían reunido desde hacía bastante tiempo, porque siempre andaban poniendo en contacto a las comunidades o predicando por su cuenta. Mientras salíamos al sol de la tarde, Jesús me guiñó un ojo.

–          Se supone que en estos casos solo estamos los trece, pero… si tú no se lo dices a nadie, yo tampoco.

–          ¿Los trece…? Espera…- no podía creerlo, pero las fechas, ahora que lo pensaba, encajaban; ¿acaso se estaba preparando para escenificar su propia Última Cena?- ¿quieres decir que…?

Sin responderme, detuvo a uno de los discípulos y le preguntó por un apóstol. No recuerdo su nombre; era el tesorero. Le respondieron que no estaba en la aldea, había llegado, pero se había vuelto a ir. Se lo esperaba para la cena. Jesús sonrió tristemente, y se fue a ayudar en los preparativos.

Cenamos, y Jesús bendijo la comida como siempre, aunque con algo más de sentimiento. Esta vez se centró en el pan y el vino, como era de esperar. Yo sentía una profunda opresión en el pecho, y percibía que los apóstoles se encontraban en una situación similar, aunque se esforzaban por reír y bromear. Mi mente era un caos, pues, aún a mi pesar, después de veinte años de ateísmo, estaba empezando a creer que aquel maya bajito y simpático, que citaba la Biblia pero nunca había ido a la escuela, era realmente el Hijo de Dios. Antes de terminar la cena, el tesorero se levantó con una excusa y se fue con prisas. La cena, sin pena ni gloria, terminó poco después. Jesús se levantó, y dijo que iría a rezar a la selva, solo. Lo hacía mucho. Sentí que era la última vez que lo veía, y no pude resistirme a hacerle una última pregunta.

–          ¿Realmente… eres tú el Hijo de Dios?

–          Tú lo dices- sonrió. Y juro que me guiñó el ojo.

Ese amanecer llegó un niño de la aldea vecina, diciendo que había visto cómo se lo llevaban preso. No se explicó bien, y nunca supimos si lo habían detenido los zapatistas, los militares, o las maras, pero a nadie le cupo duda de que lo habían matado, o lo iban a matar. Algunos se derrumbaron. Muchos lo negaron, lo dejaron todo y se fueron. Algunos se unieron a los zapatistas, o se arrojaron en brazos de las maras. Pero muchos se quedaron. Sé, por investigaciones y referencias posteriores, que resistieron, y trataron de continuar con la obra de Jesús Rey Salvador, con su hospital improvisado para gente de todos los bandos, con su predicación y sus obras. Muchos de ellos acabaron muertos del mismo modo que él.

Yo regresé a España esa misma semana, confuso y aturdido. Escribí un artículo que mi editor me rechazó porque mostraba “demasiada implicación”. De hecho, me dijo que podía reescribirlo desde un punto de vista más neutral, o bien desde uno totalmente comprometido, y ligeramente condescendiente, pero no desde el que lo había presentado: apegado a los hechos, a aquello que yo había visto, y oído.

A día de hoy, aún no sé exactamente qué fue aquello que vi y oí. Ateo de toda la vida, a veces me encuentro rezando por las noches, y recordando aquella semana que viví en Chiapas. Aún no sé si creo que Jesús Rey Salvador era el Hijo de Dios.