Hucancha (12)

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Fuente: teatenerife.es

Domingo en el TEA. Naira se había pasado el sábado encerrada en casa, estudiando para no pensar en que Iris seguía desaparecida ni en el plan disparatado de Yeray para ir a ver a no sé qué charlatán para que le hiciera un rezado, como el que le hacían a sus primos de pequeños, y le estafara un dineral. Hoy una de sus compañeras de piso iba a reunirse con varios compañeros de clase para hacer un trabajo en grupo, así que Naira había tenido que emigrar en busca de paz y tranquilidad para su propio trabajo final de grado.

Tampoco es que pudiera concentrarse mucho. En medio del mar de blanco inmaculado de la biblioteca municipal, prácticamente vacía excepto por grupitos de otros estudiantes y algún usuario que paseaba entre las estanterías bajo las lámparas colgantes en forma de lágrima, la mente de Naira se apartaba de las gráficas y las tablas que le pasaban por delante de los ojos en la pantalla del portátil y volvía una y otra vez a Iris. ¿Qué había pasado aquella noche? ¿Dónde estaba? Eran ya tres días sin noticias de ella, cuatro contando el propio jueves. ¿A dónde habría ido? La culpa le roía el alma al pensar que, quizá, durante la discusión le habían dicho algo que le había hecho daño de verdad, algo que le había afectado tanto como para tener un accidente.

Pero aún así, una y otra vez, aunque no quería admitirlo, recordaba aquella figura que había visto entre parpadeos de las luces, acechándolos desde el pasillo. Recordaba cómo todos se habían ido poniendo más agresivos sin motivo aparente, cómo se habían dicho cosas que no pensaban, encontrando un placer perverso en herir y hacer daño, en humillar. Recordaba las voces que se alzaban del resto de las mesas, cómo todo el local parecía haber enloquecido al mismo tiempo, el sonido de discusiones y peleas reverberando en las paredes al son de las luces parpadeantes.

Las luces que se encendían y apagaban erráticamente, como cuando Antonio se había encontrado con aquella cosa, perro o lo que fuera, a la entrada de su casa. Como las que se habían apagado de súbito en la calle cuando Yeray tuvo su episodio de parálisis del sueño.

Siempre lo mismo. Luces que se apagan o parpadean, figuras sombrías y agresivas, y hechos difíciles de explicar. Como aquella cosa que la había seguido por toda la calle de La Marina y más allá, hasta la estación de guaguas. ¿Qué era? ¿Qué estaba pasando?

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Fuente: blogs.imf-formacion.com

Minimizó la ventana del trabajo, incapaz de seguir prestándole atención, y dejó descansar la frente en las manos, con los rizos negros cayéndole por las muñecas. ¿A qué se enfrentaban, si es que se enfrentaban a algo? Puede que no fuera todo más que una serie de coincidencias, un montón de acontecimientos al azar que ellos estaban enhebrando en un patrón sin ningún motivo. Pero no, era imposible. Tenía que estar relacionado, estaba todo demasiado claro, eran demasiadas coincidencias. Había una respuesta muy clara, pero no le gustaba, no podía aceptarla, porque no creía que fuera posible.

Y sin embargo, era. Todo había empezado en el monte, con aquel extraño altar. Luego las apariciones, la parálisis de Yeray… y ahora la muerte del perro de la madre de Antonio. Había una progresión clara, como si algo estuviera cercándolos, acechándolos, acercándose cada vez más, llevándolos a donde quería. Una progresión… se le cerró el estómago al pensar lo que eso podría significar, teniendo en cuenta la desaparición de Iris.

Iris. ¿Qué pasaba con la funcionaria con la que se había entrevistado? Les había dado una respuesta obviamente falsa, y no había vuelto a aparecer, aunque había dicho que posiblemente tendría que reunirse también con los demás. ¿Sabría que Iris había desaparecido? Un escalofrío recorrió la espalda de Naira, ¿tendría algo que ver?

No, no, imposible. Una cosa es mentir para ocultar quién sabe qué y otra cosa es tener algo que ver en la desaparición de una persona. Estamos en Canarias, aquí no pasan esas cosas, en el mundo real no hay conspiraciones como en las series con secuestros y asesinatos para ocultar la verdad. Y sin embargo… sin embargo, la funcionaria había mentido, Iris estaba desaparecida, y Canarias era una de las comunidades en las que más desapariciones se registraban cada año, y de las que menos se resolvían. Lo había leído hacía poco en el periódico.

¿Qué estaba pasando? Le llenaba de terror y de angustia que aquello pudiera ser real. Desapariciones, movimientos extraños por parte de funcionarios del Gobierno, apariciones y hechos imposibles de explicar, animales muertos. Necesitaba hablar con Yeray y con Antonio, saber qué opinaban. Por encima de todo, necesitaba que la convencieran de que todo aquello no era posible, de que había una explicación lógica y racional, aunque aún no supieran cuál podía ser. Iba a necesitar a Toni para eso. Yeray seguía convencido de que los estaba atacando algún tipo de espíritu maligno en forma de perro, y lo que más molestaba a Naira era que todo apuntaba a que podía tener razón.

Yeray. No sabía nada de él desde el viernes. En realidad no había querido; estudiar se había convertido en su refugio en aquel fin de semana, para no pensar en Iris y en desapariciones. Pero Yera le había dicho que iba a hablar con el santero, o lo que fuera, el viernes por la noche, y desde entonces no había habido ningún contacto. Como mínimo lo normal era que le contara qué había pasado, qué tal la entrevista, al menos a ella, ya que no quería que Antonio se enterara. Pero nada. Nada.

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Fuente: 20minutos.es

Dejó el ordenador en la pantalla de cambiar de usuario, bajó la pantalla y se levantó, sacudiéndose nerviosamente la ropa como si quisiera sacudirse con ella el miedo y la incertidumbre. Necesitaba cafeína y necesitaba centrarse, y si no se movía para despejarse un poco la cabeza se iba a pasar la tarde allí metida, dándole vueltas a la cabeza. Con el móvil en la mano echó a andar hacia la cafetería de la biblioteca, con su barra negra, sus camareros uniformados y sus muebles de diseño. Pidió un barraquito acodada en la barra mientras escribía un mensaje a Yeray. ¿Qué pasaba? ¿Cómo había ido la entrevista?

Una sola marca. Mensaje enviado, pero no recibido. Estaría sin cobertura. Ya llegaría. Paciencia. No había por qué ponerse nerviosa.

Se llevó el barraquito a una de las mesas, lo revolvió tratando de no mirar el mensaje que no llegaba, y volvió a sumergirse involuntariamente en pensamientos negros sobre aquella situación. Necesitaba distraerse. Cogió el móvil de nuevo, buscó las aplicaciones, abrió Facebook, cualquier cosa con tal de no pensar, y justo en ese momento la pantalla se volvió negra y el aparato empezó a vibrar entre sus manos. Un aspa roja y una señal de verificación verde, el círculo en el centro esperando su decisión, y un número desconocido parpadeando en la parte alta.

Descolgó sin pensar.

– ¿Diga?

– Buenas tardes. ¿Hablo con Naira Fariña?

Muy formal. Se le encogió el corazón. ¿Iris?

– Soy yo.

– Mi nombre es Augusto Galván. Me dio su número Yeray Herández.

– Ajá- el santero, seguro-. ¿Qué ocurre?

– Está desaparecido.

 

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Hucancha (11)

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Fuente: eldiario.es

Hay algo deprimente en los edificios oficiales, monstruos brutalistas de hormigón y azulejo marrón oscuro, que parecen diseñados para refugiar a las sombras durante el día y extraer la esperanza y la alegría como un exprimidor. La sala de espera olía a desinfectante barato y a lejía, y uno de los fluorescentes parpadeaba erráticamente con un zumbido ronco que se metía en los oídos. En un corcho de dos metros de largo, fijado a la pared, aleteaban con las corrientes de aire hojas impresas con tinta medio desvaída y pósteres de campañas oficiales de brillantes colores, todos ellos atravesados por chinchetas de cabeza metálica.

Yeray se paseaba a zancadas de un lado a otro, como si quisiera medir en pasos la longitud de la sala, mientras Naira, sentada en una desvencijada silla de plástico fijada a un banco metálico, trasteaba con el móvil para distraerse, sin ver realmente las fotos y comentarios que desfilaban ante sus ojos. De vez en cuando ambos levantaban la cabeza cuando sonaba un portazo, pero no era más que un agente de la Policía Nacional que iba de un lado a otro, a veces con prisa, cargados de expedientes, otras como paseando, en dirección a alguna cafetería. Y el reloj situado sobre el corcho avanzaba lentamente.

– No sé por qué tarda tanto. Con nosotros no tardaron tanto.

– Yo qué sé, Yera. Ya saldrá.

– Es que no sé qué tanto le tienen que preguntar. Sabe lo mismo que nosotros.

– O no. Ahora eso da igual. Lo que importa es que aparezca.

Yeray resopló y volvió a su deambular, de un lado a otro, deteniéndose en el corcho para leer algunos de los carteles, o asomándose a la ventana atravesada por las láminas verticales de una persiana. Al otro lado, la luz del sol se derramaba sobre árboles, palmeras, coches y balcones de hierro forjado de la calle Robayna. Un nuevo portazo en la lejanía, ecos de voces y risas, y el tiempo seguía pasando como a cámara lenta.

– Oye, Naira.

Estaba de nuevo junto a ella, de pie, tenso. Naira levantó la cabeza del móvil para mirarlo, mordiéndose la lengua. Con toda aquella situación lo último que le apetecía ahora era aguantar la histeria de Yeray y su manía de darle vueltas a todo veinte veces. No podían hacer nada. No podían hacer nada más que esperar, y por mucho que lo hablaran y elucubraran no iban a sacar nada en limpio.

– ¿Qué pasa?

– Mira, antes de que salga Toni de declarar. Yo no puedo más con esto. Esto no es normal.

– Claro que no es normal, Yera. ¿A ti te había desaparecido alguna amiga antes? ¿Te quieres callar ya? – golpe seco con el móvil en el plástico de la silla vacía a su lado, que retumbó en el alto techo de la comisaría como una campanada.

– No. Ni se me habían aparecido cosas mientras duermo. Ni me habían seguido por la calle como a ti. ¿Y el perro de Toni? ¿Y todo lo demás?

– ¿Qué es todo lo demás, Yera? – Ahora le tembló la voz a Naira, porque recordaba “lo demás”, lo que él no sabía: la cosa que había visto en el pasillo del Aguere, mirándolos, justo cuando empezaban a discutir, ellos y todos los que les rodeaban -. No hay nada más. Son coincidencias. Ilusiones ópticas, yo qué sé.

El otro se dejó caer en una de las sillas, junto a ella, y se llevó las manos a la cabeza, negando enfáticamente.

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Fuente: yelp.es

– No, no. ¿Ahora son ilusiones ópticas? Ayer era un hongo inventado, y esa es otra, Naira, esa es otra. ¿Por qué va a inventarse esa mierda la de Patrimonio? Aquí hay algo más, algo raro que no sabemos. El Gobierno está metido, seguro. A lo mejor la policía también.

– ¿Pero qué dices del Gobierno? ¿Tú te oyes? Esto no es una serie, Yera, déjalo ya. Ahora que se ocupe la policía de encontrar a Iris, que es lo más importante.

– No la van a encontrar. No la van ni  a buscar. Están metidos en esto.

Ahora fue el turno de Naira de levantarse y alejarse a zancadas hacia la ventana, tratando de escapar de las elucubraciones de su amigo. Este se levantó para seguirla.

– Mira, estuve buscando en internet…

– ¡Y dale!

–  Ya viste lo que encontré. Hay gente que se dedica a investigar estas cosas, especialistas, y hay uno en La Laguna.

Naira se revolvió como un gato acorralado, haciendo aspavientos con las manos.

– ¡¿Me quieres dejar en paz?!

– ¡No, no quiero! Haz el favor de escucharme – Yeray blandió el móvil -. Contacté con el nota y le hablé un poco del caso este y quiere reunirse conmigo. A Toni ni se lo digo porque se va a poner como una fiera y no va a venir, pero estaría bien que alguien me acompañara. ¿Quieres venir conmigo?

Naira se apoyó en la pared, negando con la cabeza, los ojos cerrados, los puños apretados. Estaba empezando a hartarse mucho de todo aquello, pero, al mismo tiempo, algo rascaba las compuertas del fondo de su mente, tras las que había escondido sus dudas y sus miedos. Algo la miraba desde allí con ojos como estrellas moribundas, algo que la había seguido, olfateando, a través de la calle de La Marina y que la había observado en el Aguere con una curiosidad cruel, casi inteligente. Y el mendigo había dicho que estaba marcada. Marcada…

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– No voy contigo, Yera. No voy a ir a hablar con un charlatán, un vidente o lo que sea ese tío para que me eche las cartas y me mande a tomar un mejunje o me haga un exorcismo. Y tú tampoco deberías. Te va a cobrar un pastón, te va a engañar, y no te va a solucionar nada. Que ya tenemos una edad para estar con tonterías, de verdad.

Yeray retrocedió como si le hubiera cruzado la cara. Durante un momento pareció que iba a decir algo, abrió la boca, se mordió los labios, miró a Naira a los ojos, casi suplicando, pero luego se giró y se volvió a los asientos de plástico.

– Te voy a mandar el contacto del tipo y la ubicación. Voy a ir esta tarde a las ocho, espero que te lo pienses y me acompañes.

Naira no contestó. Se giró hacia la ventana y se apoyó con los codos en el borde, mirando hacia los coches que pasaban en aquella mañana de viernes de mayo, bajo los rayos del sol, lejos de la deprimente arquitectura de la comisaría central, lejos de fenómenos extraños y conspiraciones absurdas y videntes. Yeray se dejó caer en la silla y, segundos después, el móvil de Naira, abandonado junto a él, vibró, desplazándose sobre el plástico.

Sonó otra puerta. Antonio cruzó el umbral con aspecto de venir de la guerra. Parecía cansado, agotado, con profundas ojeras y la cara larga, mustia. Incluso la ropa la tenía arrugada y mal puesta, reflejo de las preocupaciones por la desaparición de Iris y la muerte de Bruno. Habló con un hilo de voz, casi sin levantar la vista.

– Vamos.

 

Hucancha (10)

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Pateos de fin de semana

Iris, Naira, Yera, tú

 

1:35 Iris, ¿llegaste bien a casa?

2:40 Llegaste?

Naira

2:43 Estará acostada ya

2:43 No le daba tiempo de llegar a la una y media

2:44 Iris, estas enfadada?

2:44 Oye, perdona por las cosas que te dije, no sé qué me pasó. Estamos todos nerviosos

2:45 Pero tu sabes q no va en serio

2:46 Despues de tu irte seguimos hablando y arreglamos un poco las cosas nosotros.

Yera

2:46 Tío, déjalo ya, que son las tres de la mañana y hay clase

2:46 Ya lo hablamos mañana cuando lo vea

 

HOY

 

6:04 Iris en serio, estás cabreada?

 

Antonio dejó el móvil en la mesilla de noche y se recostó de nuevo en la cama, tratando de mantener los ojos abiertos. Tres horas de sueño hasta que el pitido del despertador le había perforado los tímpanos, y ahora le estaba costando enormemente mantenerse despierto y obligarse a empezar el día. Había tenido sueños perturbadores, de nubes negras, humo y truenos, raíces alzándose al cielo, alas y huesos rotos y sangre sobre la nieve y la piedra. Se despertó con mal cuerpo, que atribuyó a la discusión y a la falta de respuesta de Iris, pero había algo más, una sensación de malestar que se le revolvía en el pecho, como si le hubieran dado una noticia terrible mientras dormía, de la que no recordaba ningún detalle.

Se incorporó, sentándose en la cama y buscando con los ojos la camiseta que había dejado sobre una silla la noche anterior. Cuando salió de la ducha seguía sin haber mensaje de Iris. Bajó a desayunar bostezando, esperando a Bruno, que solía salir de la cocina a recibirlo moviendo el muñón del rabo. Nada. Estaba todo inusualmente silencioso, más de lo habitual a las seis de la mañana de un viernes, aunque se oía trajín en la cocina.

Cuando entró su madre estaba haciéndose el sándwich que se llevaba para comer a media mañana en el trabajo, delante del fregadero que había bajo la ventana. Al otro lado de las cortinas color crema, el cielo nocturno aparecía cubierto de nubes bajas que reflejaban luces anaranjadas y azules que giraban hipnóticamente. Era lo único que iluminaba el paisaje, perfilando las lomas y los tejados; todas las farolas de la calle, que no eran muchas, seguían apagadas, como cuando había llegado de madrugada.

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Fuente: Robert Kuykendall en Flickr

– Buenos días. ¿Qué es eso?

– No sé, lleva así desde que nos levantamos. Habrá pasado algo, anoche antes de que llegaras los perros estuvieron otra vez llorando y aullando.

Otra vez. Toni se tensó involuntariamente al oírlo. Sabía que no debía ser nada del otro mundo, había miles de explicaciones racionales para todo lo que estaba pasando, pero no podía evitar ponerse nervioso. Se acercó a la placa para preparar café mientras su madre terminaba de envolver el sándwich.

– Por cierto, no encuentro a Bruno y no me da tiempo de sacarlo. Mira a ver si le puedes dar una vuelta tú antes de irte.

– Vale. Se habrá puesto nervioso con el ruido y se habrá escondido o algo. Ahora echo un ojo.

– Pues me voy ya, que se me hace tarde. Hasta después.

– Hasta luego.

Escuchó la puerta cerrarse mientras preparaba el desayuno. ¿Dónde podía haberse metido el perro? La casa no era grande, aunque tenía recovecos en los que un yorkshire pequeño podía meterse. Aún así, un perro no es un gato, y menos uno con las patas tan cortas: encima de una estantería no iba a estar. Seguramente se habría arrastrado debajo de algún mueble y se habría quedado frito. Desayunó tranquilamente, esperando oír las uñas del perro sobre el suelo en cualquier momento y que viniera a pedirle comida con aquellos enormes ojos marrones y una oreja doblada sobre la cara como un flequillo, pero nada.

Al otro lado de la ventana, las luces seguían girando contra las nubes que se iban aclarando poco a poco con el amanecer.

Dio una vuelta por la casa llamando al perro, sin recibir respuesta. ¿Estaría fuera? Era improbable que se hubiera escapado, pero a lo mejor estaba en alguna madriguera en la huerta o escondido detrás de algo en el patio. Tenía que haberse asustado mucho para esconderse de esa manera y seguir escondido por mucho que lo llamaran. La preocupación empezó a mezclarse con algo de irritación. Lo menos que le apetecía a estas horas de la mañana, antes de ir a clase, era ponerse a buscar al perro que jugaba al escondite.

Salió al patio delantero en el momento en que un vecino venía bajando por un camino que desembocaba en el que pasaba por delante de su casa, desde la dirección del matadero. Venía caminando con cuidado en la semioscuridad, y a la luz gris del amanecer la brasa del cigarrillo parecía un fuego fatuo. Fumaba con caladas rápidas, con cierto nerviosismo.

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Fuente: pinterest 

– Buenos días, don Vicente.

– ¿Qué pasó, mi niño? Buenos días.

– ¿Sabe qué pasa en el matadero? Lleva la guardia civil desde anoche, ¿no?

El anciano se acercó al muro del patio, con las cejas canosas convergiendo sobre la nariz y el cigarro en la boca. Apoyó el codo en la parte superior de la puerta, inclinándose hacia Antonio como si fuera a conspirar.

– Desde la madrugada están ahí. El Seprona, la local, protección civil, la ambulancia, de todo hay.

– ¿Y eso?

Don Vicente suspiró dramáticamente antes de dar una calada larga al cigarro.

– Eso que por lo visto el de seguridad llegó esta mañana y se encontró a todos los pollos muertos en las jaulas. No quedó ni uno.

– ¿Pero de una enfermedad o qué?

– No se sabe. Bueno, no me dijeron. Dice doña Luisa, que la hija trabaja en la limpieza y no la dejaron pasar de la puerta, que no, que era como si los hubiera matado un animal, pero las jaulas estaban todas cerradas. Pero no puede ser, será que no lo vio bien.

Un animal… las historias de Yeray resonaban en los oídos de Toni, pero intentó mantenerse dentro de la racionalidad. Todo aquello no podía ser.

– ¿Y no hay seguridad por la noche?

– Sí, dicen que se encontraron al tipo desmayado, por eso vino la ambulancia. Luisa dice que cuando se despertó desvariaba, no sé qué le habrá pasado.

– Habrá sido una fuga de algo o una intoxicación, ¿no?

El anciano se encogió de hombros y apagó el cigarrillo en el muro.

– A saber. Es todo muy raro. Luisa dice que le recuerda a lo de Taco, pero eso son cosas de viejas.

– ¿Qué de Taco?

– Ah, tú no habías nacido. Bueno, es que tus padres serían chicos, fue en el setenta y nueve. Empezaron a aparecer animales muertos, dos perros en Taco, un cochino en Guamasa. Luego conejos, gatos, y un montón de cabras, en Arafo, en Icod, en el Puerto… Dicen que sin sangre, y que les faltaban órganos, la prensa empezó a hablar de vampiros y del chupacabras. Había gente que decía que también un chiquillo, pero nunca se supo seguro.

Antonio, apoyado en la verja, negó con la cabeza. Cuentos de viejas.

– La gente no sabe qué inventar ya, y los periódicos, en vez de dejar las cosas claras, lo empeoran todo.

– Sí, hijo. Se volvieron locos, que si ovnis, que si sectas satánicas… Bueno, en aquella época hasta dijeron que unos niños del colegio de Taco habían visto “un bicho peludo” y que era el chupacabras.

Un bicho peludo. De nuevo, Yeray y sus historias de perros fantasmales y apariciones. Notó cómo se le cerraba el estómago y el desayuno empezaba a removerse. Más allá de la cabeza canosa de don Vicente, el cielo gris empezaba a ponerse anaranjado y las luces que rodeaban el matadero se iban apagando poco a poco.

– La gente está loca.

– Loca, sí. Bueno, mi niño, me voy tirando para casa. Hasta luego.

– Hasta luego, don Vicente, buen día.

El anciano se despidió con un gesto y continuó renqueando carretera abajo y Antonio se apartó de la puerta para seguir buscando al perro. Era raro que no hubiera salido ya al oír voces, y que llevara tanto tiempo escondido. Como casi todos los yorkshire, era un animal nervioso, y no solía estarse quieto y callado mucho tiempo.

Una mirada rápida al móvil le confirmó que no había noticias de Iris. Echó un vistazo en el patio de la entrada, detrás de las jardineras y de las macetas, entró y se agachó debajo de todos los muebles y los recovecos donde podría haberse metido, subió a las habitaciones, probó el cuarto de baño, el rincón donde tenía su cama y sus juguetes, el comedero… nada. La puerta de atrás le llevó a la huerta, donde había mucho más sitio para esconderse entre las plantas que cultivaba su padre por afición.

A aquellas horas, con el sol apenas despuntando, y en un día tan nublado como aquel, la huerta podía llegar a dar miedo. Su padre últimamente la tenía descuidada, y toda clase de ramas, raíces y hojas crecían y se entremezclaban sin control proyectando sombras que no dejaban pasar la escasa luz del amanecer hacia la tierra oscura y húmeda. Por el rabillo del ojo podía ver a los insectos y a los lagartos moviéndose en todas direcciones.

Apartó ramas y tallos, rodó maceteros, se metió por recovecos por los que apenas cabía, pero no encontró nada, hasta que algo llamó su atención. Un bulto inesperado, difícil de identificar por el rabillo del ojo, oculto entre las matas. Se acercó corriendo, las apartó sin preocuparse de romperlas y cayó de rodillas en el barro, manchándose los vaqueros y ahogando un grito.

Era el cuerpo destrozado de Bruno.

 

Hucancha (9)

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Fuente: commons.wikimedia.org

La Laguna de madrugada era una ciudad fantasma. A solo unos pasos de los bares y cafeterías uno se encontraba con anchas calles peatonales pavimentadas de adoquines, flanqueadas por casas de una o dos plantas, la mayoría del siglo XVII o XVIII, cuyas ventanas de guillotina reflejaban la luz de las farolas. Hacía frío, siempre hacía frío, y una humedad que se colaba bajo la ropa y calaba en los huesos. Iris caminaba en solitario por aquellas calles vacías, arrebujada en la chaqueta demasiado ligera que se había traído. No se oía nada, ni una voz, ni un eco, ni siquiera el de los tacones de las botas en los adoquines.

Trazada casi con tiralíneas, la calle Herradores se prolongaba delante de ella prácticamente hasta su final en la plaza de la Concepción. Ni un alma en la calle, ni delante de ella ni a su espalda, donde la calle se prolongaba hasta la esquina de la avenida de la Trinidad. Estaba completamente sola en medio de la noche. Tampoco le parecía mal: seguía de mal humor, pese a que el aire frío de la madrugada la había despejado un poco. La discusión con sus amigos la había dejado tocada, y aún repasaba en su mente, en la soledad de La Laguna, respuestas que no había dado y frases hirientes a las que no sabía sabido replicar. Todos estaban enfadados. La tensión de lo que estaba pasando, las alucinaciones, o lo que fueran, la intervención de Patrimonio… estaba haciéndoles efecto, y sabía que no pasaría mucho tiempo hasta que empezaran a volar las acusaciones y a buscar culpables.

Se detuvo un instante frente a la casa San Martín, cuya pesada portada de piedra del siglo XVI, cerrada a cal y canto, contrastaba con las tiendas de ropa y bisutería que la rodeaban. Al otro lado de la calle, la luz de una farola creaba profundas sombras en las cuencas vacías de dos maniquíes en un escaparate. Llegó a meter la mano en el bolso en busca del móvil, aunque no sabía qué iba a decirles a los demás. ¿Que lo sentía? No lo sentía, porque no había hecho nada. Si les escribía estaba segura de que acabaría diciendo algo de lo que de verdad se arrepentiría. No, no era el momento.

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Fuente: .minube.com.mx editado con befunky.com

La luz de la farola empezó a parpadear. ¿Qué pasaba aquella noche? ¿Estaba fallando el servicio eléctrico de toda La Laguna a la vez? Echó a andar de nuevo, sintiendo cómo la invadía un frío inusual, mucho más intenso de lo común incluso para aquella hora. Le salía vaho al respirar y empezó a sentir cómo se le entumecían los dedos dentro de los bolsillos. Pasaba por una bocacalle entre dos tiendas de ropa justo cuando la luz parpadeó; al encenderse de nuevo algo la sobresaltó, una sombra entrevista por el rabillo del ojo. Un nuevo parpadeo de la luz. Allí no había nada.

Continuó su camino. Todas las farolas de la calle, fijadas alternativamente en fachadas a izquierda y derecha, parpadeaban ahora al unísono, como un gigantesco ojo somnoliento. Luz. Oscuridad. Luz. Oscuridad. Como el latido de un corazón. El frío era cada vez más intenso, hasta el punto de que sintió cómo le castañeteaban los dientes. Pasó los paraguas plegados y las sillas sobre las mesas de la terraza de una cafetería, y, en ese momento, oyó algo a su espalda.

Al principio pensó que era el rugir de una moto, alguien que se había metido por el centro de La Laguna, pese a ser peatonal, aprovechando que a esas horas no había nadie. Pero no, no había luces, ni moto. Solo aquel gruñido bajo, reverberante, que hacía vibrar los cristales de escaparates y ventanas, y el flujo y reflujo de las sombras al compás de las farolas parpadeantes. Le recordaba a lo que habían oído al salir de aquel maldito barranco, y un escalofrío le recorrió la espalda de arriba abajo. Entonces lo vio.

Una sombra, como había dicho Naira. Algo enorme y cuadrúpedo que ocupaba toda la calle, con aquellos ojos de fuego gélido que la miraban. Cada vez que se apagaban las farolas parecía crecer como una mancha de tinta que le llenaba todo el campo visual, y luego, al volver la luz, volver a retroceder como las olas cuando arañan la costa. El gruñido le llenó los oídos, empezó a reverberar en sus huesos.

Dio un paso atrás. La cosa no se movía. Un pánico cerval le atenazó el cuello y le cortó la respiración. Quería seguir retrocediendo, irse corriendo, pero no podía, estaba inmóvil, paralizada.

La cosa se irguió. Bípeda, como un hombre, demasiado grande, alta como una torre, mirándola desde arriba como se mira a un insecto. Empezó a distinguir rasgos, brazos, piernas, un hocico bestial bajo las estrellas gemelas de los ojos, y sintió que se le iba a parar el corazón. La cosa dio un paso hacia ella.

Iris emitió un chillido ahogado y se movió como sacudida por una descarga eléctrica. Se giró sintiendo lágrimas de terror bajar por sus mejillas y echó a correr calle Herradores arriba, los tacones repiqueteando en el empedrado.

A su espalda, un gruñido ronco, casi un ladrido exultante que llenó el cielo y le saturó los tímpanos. Y el chasquido de garras sobre las losas.

Todas las luces de la calle se extinguieron a la vez. Definitivamente.