Elefantes de Porcelana

Elefantes de porcelana. Había quince en la mesilla del recibidor, mirando directamente a la puerta de entrada como diminutos perros guardianes. Manuela había leído que según el Feng Shui daba buena suerte decorar la casa con elefantes, y lo había puesto en práctica enseguida. Normalmente bastaba con poner dos a la entrada, pero ella no era de los que hacían las cosas a medias, y el quince era su número de la suerte.

Cerró la puerta tras de sí en silencio, sintiendo las miradas de porcelana en la espalda, y cerró con llave desde dentro. Tres vueltas. Un ritual de toda la vida, desde que tenía llaves propias. No sabía por qué lo hacía, pero si no cumplía con él se sentía amenazada, insegura. Como si la casa fuera a venirse abajo, o una horda de ladrones fuera a entrar pistola en mano para desvalijarla. Un puñado de amuletos colgaba de un clavo bajo la mirilla: manos de Fátima marroquíes, ojos de cristal turcos, una herradura en miniatura y una pata de conejo. No había que escatimar con la seguridad.

La gente decía que era supersticiosa, pero según Manuela, solo era precavida. ¿Qué tenía de raro llevar una pulsera de lana roja de la cábala, y al cuello una estrella de cinco puntas y un cristal de cuarzo, o plantar apio en jardineras bajo las ventanas? Desde luego, daño no hacía. Era como tener el antivirus actualizado en el ordenador, o hacerse revisiones periódicas con el dentista: puede que nunca surgiera un problema, pero valía más la pena estar alerta en todo momento.

Manuela coleccionaba amuletos como otros coleccionaban recuerdos de viajes, y con la misma vocación internacional. La casa estaba dispuesta según principios chinos milenarios; se negaba a volver atrás si había olvidado algo en casa, y a rodear un obstáculo por el lado opuesto al que lo hiciera un amigo, así como a silbar, porque, según Internet, en Rusia se consideraba las tres cosas de mal augurio; repetía tres veces la palabra “conejos” (o rabbits, según le diera) al levantarse, como los ancianos ingleses, para tener suerte durante el día. Otras supersticiones eran más comunes: nadie jamás había logrado hacerla pasar bajo una escalera, la aterrorizaban los gatos negros y el número trece, y trataba la sal de mesa como si fuera explosivo plástico.

Era viernes por la noche. Luna creciente. En condiciones normales, debería estar saliendo de casa, no entrando. Preparándose para salir a tomar algo con los amigos, en lugar de encerrarse como una ermitaña. Pero esta era una noche especial, una noche clave. Primera luna creciente del mes que cae en viernes: día de limpieza en el hogar, pero no de fregonas y lejía. Había toda clase de espíritus y energías negativas sueltas por ahí, y ni todo el Feng Shui del mundo serviría de nada si la casa no estaba adecuadamente protegida.

Así que Manuela se dirigió a su habitación, vigilada por otra media decena de elefantes, para prepararse. Fuera el cinturón, los pendientes, todo elemento metálico, por mínimo que fuera. Solo se quedó con la estrella de cinco puntas de plata. Se puso un vestido de lana cruda que solo usaba para estas ocasiones, y unas zapatillas a las que había quitado los refuerzos de goma en la suela, que interferían con las energías, y cruzó el pasillo en dirección a la cocina.

Allí estaban, sobre la encimera. Cuatro vasos llenos de agua, turbia por la canela y el azúcar, en los que flotaban puñados de perejil: uno por el salón comedor, otros por el baño, la cocina y la habitación. Manuela se detuvo y emitió un suspiro profundo por entre los dientes apretados. Se le había puesto la piel de gallina. Los cuatro manojos de perejil estaban mustios, arrugados y ennegrecidos en el fondo de sus respectivos vasos. Las energías negativas estaban desatadas en la casa, a pesar de todas sus protecciones y precauciones. Frunció el ceño con gesto de determinación, como un general dispuesto a tomar por asalto un castillo inexpugnable. Aquellas fuerzas místicas no sabían con quién se enfrentaban.

Preparó un nuevo vaso, llenándolo hasta la mitad de agua mineral, con cucharadas de canela y azúcar. Por mayor seguridad, dejó caer, con un suave chapoteo, la piedra de la luna que había dejado en la repisa de la ventana tres plenilunios seguidos en previsión de algo como esto. Casi podía sentir, en el vello erizado de los brazos, cómo las energías positivas y negativas fluían a su alrededor. Finalmente, sacó manojos de perejil y ruda de la nevera y los sumergió en el vaso. Como un sacerdote con el hisopo, empezó a salpicar a su alrededor, bendiciendo la cocina, limpiándola de malas vibraciones mientras salmodiaba.

Sin bajar la vista, los ojos clavados en el techo y semicerrados, abandonó la cocina por el salón, donde esquivó hábilmente, con la facilidad que da la práctica, las mesas bajas y los sillones dispuestos en ángulos extraños, diseñados para facilitar el flujo de Chi. También aquí, plantada junto a un recipiente de bronce donde ardían varillas de incienso, asperjó los cuatro rincones entre cánticos, respirando profundamente el aire cargado de humo aromático y notando cómo hacía efecto la limpieza a su alrededor. La habitación corrió la misma suerte, desde el cabecero de la cama al interior del armario empotrado, e incluyendo las cortinas de la ventana y las ropas amontonadas en una silla.

Se sentía renovada, liberada. Respiraba mejor. Era como si una intensa presión que le ahogara el pecho y la garganta hubiese desaparecido. El nivel del vaso ya estaba muy bajo, y en el líquido flotaban restos de la ruda y el perejil casi deshojados. Pero ya estaba terminando. Abrió la puerta del baño, subió el único escalón que lo separaba del pasillo, y, súbitamente, el frío en la planta del pie, atravesando la suela, el estallido del cristal contra los azulejos, el mareo provocado por el súbito tirón de la gravedad, y el estallido blanco de porcelana, no de los elefantes, sino del lavabo.

Según el informe técnico, había sido una cañería rota. Una fuga de agua que se había acumulado en un charco justo frente a la puerta, a los pies del lavabo. Lo bastante cerca de la puerta como para pisarlo si se entraba sin mirar; lo bastante cerca del lavabo como para abrirse la cabeza con él si se resbalaba.

Mala suerte, le dijo el forense a su mujer la noche que encontraron el cuerpo. Pura mala suerte.

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