Khao San Road

Bangkok. 1 de Marzo de 2035. 4:36

La chica estaba destrozada, reventada por completo. La habitación apestaba a sangre fresca y a excrementos, y el calor, por encima de veinticinco grados, no ayudaba. Las aspas del ventilador zumbaban como un moscardón borracho, erráticamente, moviendo el aire de un lado a otro sin refrescar. El único fluorescente, situado sobre la cabecera de plástico rosa de la cama, parpadeaba, haciendo que las esposas de acero barato que ceñían las finas muñecas de la chica relucieran como plata nueva. Jiang Min, sentado con las piernas cruzadas en una silla de tubos herrumbrosa, acomodó la caída del pantalón sobre el zapato, y suspiró.

– ¿C… Cómo me has encontrado?

Jiang negó con la cabeza. ¿Cómo no iba a encontrarlo? Solo había que mirar el cadáver de la cama, esposado, abierto en canal como una res, una inmensa mancha roja de carne expuesta desde la entrepierna hasta el diafragma. Las sábanas acartonadas, empapadas, los chorros de fluidos oscuros, difíciles de identificar, que manchaban el suelo. No había sido la primera. Tres como ella, y unladyboy que Jiang atribuía a un error. Cada vez eran más difíciles de distinguir.

La prensa había enloquecido, claro. Todos los blogs de noticias del mundo se peleaban por informar sobre el “Jack el Destripador Thailandés”, a pesar de que éste no extraía nada a sus víctimas. El informe del forense decía que más bien era como si las aplastara, como si introdujera algo y las machacara desde dentro antes de desgarrarlas. “Algo”. Además, como ahora podía comprobar Jiang, era un farang, no un thailandés. Seguramente californiano, a juzgar por el acento.

No era muy bueno escondiéndose, y Jiang Min trabajaba con gente poderosa, gente influyente que podía obtener información de la policía casi antes que la propia policía. De hecho, le sorprendía que el lugar no estuviera lleno de agentes de la Policía Real. Y una pensión barata para mochileros en un soi próximo a Khao San Road era casi un estereotipo; su Destripador de Bangkok no podía haber elegido peor, especialmente teniendo en cuenta que las otras cuatro víctimas habían aparecido en lugares similares.

– La pregunta es- respondió Jiang, con su inglés casi sin acento-, ¿qué vamos a hacer al respecto?

El farang parpadeó lentamente, confuso; le temblaba el labio inferior y tenía lágrimas en los ojos, como un niño pequeño reprendido por sus padres. Un Buda Esmeralda holográfico sujeto a la pared proyectaba resplandores verdes sobre sus rastas rubias, haciéndole parecer algún tipo de alienígena de película. Emitió un gorgoteo ronco antes de hablar con la voz quebrada.

– Yo… no quería, no sé cómo ha… Todo empezó con la maldición, la encontré en Internet, nunca creí que funcionaría, pero tuve un sueño, un sueño horrible, como si me desgarraran y me volvieran a montar, y luego sentí como si algo me obligase a pronunciarla…

Una maldición. Solía empezar así. Un libro encontrado en la basura, una maldición en una página de Internet, o una herencia familiar contaminada. La inmensa mayoría eran timos, supuestos conjuros inventados sobre la marcha sin más poder mágico que un calcetín viejo, pero otros, otros tenían verdadero poder. Y no había manera de distinguirlos hasta que era demasiado tarde.

– ¿Hiciste un sacrificio? – preguntó Jiang, seriamente, como un profesor severo.

– N… no, no, solo lo leí, no creí que funcionara, pero luego Thomas enfermó, y yo solo quería darle un escarmiento por lo que me había hecho en Singapur, pero…

– ¿Qué le ocurrió?

El farang, el Destripador thailandés, paseó la vista por la sala, frenéticamente, como una bestia acorralada, pero finalmente se vio obligado a enfrentarse a lo que había hecho. Tragó saliva ruidosamente, haciendo que la nuez se moviera en su garganta como una boya en un puerto. Jiang sintió una mezcla de disgusto y pena recorrerle. No debía tener más de veinte años.

– Él… bueno… cáncer.

– ¿Murió?

– No. Aún no.

Jiang tamborileó con los dedos sobre la rodilla, pensativo. El calor de la habitación era agobiante, sobre todo con su traje oscuro de ejecutivo, y el olor a sudor, sangre, tabaco, marihuana y mierda le asaltaba desde todos los rincones. Del ventanuco situado junto al Buda Esmeralda subía el olor punzante de un puesto callejero de comida tradicional, abierto veinticuatro horas para los juerguistas de Khao San Road, además del bullicio y el escándalo que reinaba solo a unas calles, incluso a esas horas de la noche.

– Y después empezaste a matar.

– Yo no quería… es, es como un ataque, algo que se apodera de mí, un impulso que no puedo controlar. Me siento flotar, como si alguien que no soy yo llevara las riendas, y las busco, les pago o las intimido, a veces incluso la secuestro… luego es como un ataque de rabia, no puedo controlarme, sencillamente tengo que… y al terminar me siento tan bien, tan lleno de… vida.

Parecía muy frágil sobre la cama, junto al cadáver, desnudo y vulnerable, cubierto de sangre e iluminado de verde holográfico y blanco fluorescente. Casi se le podría confundir con una víctima más, de no ser por el arma del crimen, allí, en su regazo, hinchada como un bate, armada de espolones óseos, espinas y rebordes manchados de sangre y trozos de carne arrancada. Jiang había logrado contener las náuseas simplemente evitando mirar, pero cada vez era más difícil.

– Te alimentas de su vida. La maldición no encontró sacrificio, así que saca sus energías de tu cuerpo para alimentar el cáncer de tu amigo, y tú la repones… con eso- señaló vagamente hacia su entrepierna.

El asesino hundió la cabeza entre las manos, sollozando. Los frágiles hombros, la escuálida espalda, que sin embargo habían sido capaces de desgarrar desde dentro a cuatro mujeres y un kathoey, se estremecían mientras emitía sordos gemidos de desesperación e histeria.

– A veces, cuando me voy de la habitación… paso varios días borracho, tratando de olvidarlo, pero siempre vuelve, siempre… anoche me encadené a la cama para no salir, pero de algún modo rompí las esposas y… – volvió a sollozar con fuerza; un chorro de moco cayó de su nariz a la barbilla y el pecho, como un enorme gusano translúcido.

– No puedes evitarlo. Tu cuerpo se vacía de energías y necesita reponerlas, y hará cualquier cosa, incluso contra tu voluntad, para conseguirlo. Ningún adicto a la heroína ha sufrido jamás un mono tan grande.

– Pero… ¿qué… qué puedo hacer? ¿Y quién eres tú…?

Jiang se levantó de la silla y cruzó la diminuta habitación en dos pasos, pisoteando las botellas de cerveza rotas y los pañuelos de papel manchados de sangre y otros fluidos que cubrían la cerámica. El farang casi se encogió de miedo cuando él se acercó y se detuvo junto a la diminuta mesa de noche, donde reposaban un tab, un paquete de cigarrillos kretek indonesios, y un vaso de whisky.

– Trabajo con un grupo de personas que saben lo que eres y cómo funciona tu condición. A veces intervenimos para controlar situaciones como esta.

– ¿Se puede, se puede controlar? Cómo, dime cómo lo haces…

El chino sacó de su chaqueta la pistola. Una Durandal P-24 Walther, elegante y estilizada, similar a las viejas pistolas que le daban nombre, y la colocó sobre la mesilla de noche, junto a los kreteks. Miró fijamente a los ojos, claros y enormemente abiertos, inyectados en sangre, del farang.

– Solo hay un modo. No te detendrás, nunca. Puedo hacerlo yo, o puedes hacerlo tú. Elige.

De nuevo el temblor en el labio, las lágrimas en los ojos enrojecidos, el estremecimiento de hombros, los mocos goteando barbilla abajo, en agudo contraste con aquella monstruosidad erizada de espinas, y con el cuerpo de la pobre chica destrozada a menos de medio metro de ellos. Los ojos claros del farang se encontraron con los oscuros de Jiang, solo durante un segundo. Luego, las rastas manchadas de sangre le cubrieron la cara y extendió la mano, más rápido de lo que el ojo podía seguirlo.

Una detonación retumbó en el soi.

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El Amor de Su Vida

Madrid. 28 de Febrero de 2035. 2:15

Era la noche más feliz de su vida. Aún no podía creerlo. Por fin, por fin, después de tanto tiempo, de tanto esperar, de tantas noches de soledad, en las que ella era solo una imagen temblorosa en sus sueños. Ahora estaba allí, guiándolo, esperándolo. Por fin iban a ser uno solo. Esteban no se daba cuenta de que pisaba charcos de aguas inmundas que le manchaban el pantalón, ni de las callejuelas cada vez más oscuras y retorcidas por las que se internaban.

Silvia lo guiaba con una sonrisa, volviéndose cada pocos pasos para comprobar que él la seguía. ¿Cómo no iba a seguirla? A través de la sucia llovizna que goteaba de los aleros y del calor sofocante producto del cambio climático, esta noche Esteban seguiría aquella melena rojo neón, aquellas caderas enfundadas en una minifalda de vinilo a cualquier parte. Al infierno. Al paraíso. Esta noche, al paraíso. Ella le sonreía, con un resplandor hipnotizador en los ojos, y cuando aquellos dientes blancos destellaban sobre el hombro moreno de Silvia, Esteban no veía nada más, nada en absoluto. La seguía, como las ratas al flautista. Era el amor de su vida.

El ritual era un pretexto, un juego. Eso había dicho Silvia cuando se lo propuso: no es más que un juego, una tontería que me apetece hacer, y, ¿por qué no? Después tendrás tu premio, todo lo que siempre has deseado. Y Esteban sonreía y asentía, porque ella sonreía y asentía, y había aceptado, porque, cuando te ofrecen lo que más desea tu corazón, tu anhelo más secreto, ¿no estás dispuesto a pagar cualquier precio? Cualquier precio, aunque sea un ritual ridículo en un edificio abandonado de Malasaña, aquel desde cuyo umbral de madera carcomida y losetas agrietadas Silvia le hacía gestos invitadores, como una sirena. Y él la siguió sin pensar, porque ella esperaba en el interior.

Silvia recorría los pasillos y las escaleras del viejo edificio como si fuera su dueña, disfrutando del sonido de los tacones en los amplios espacios vacíos, en la más completa oscuridad. Él la seguía, podía oír su respiración jadeante, su andar desacompasado, casi ansioso. Sonreía para sí, sabiendo que él la seguiría a cualquier parte, que haría lo que le dijera, porque ella era el amor de su vida. Le había prometido una recompensa, una que sabía que Esteban llevaba deseando quince años, desde que coincidieran por primera vez en una clase de primaria. Lo que él no sabía es que la recompensa nunca llegaría, pues el ritual no era un capricho, ni una tontería. Era muy real, y él era imprescindible.

Podría haber sido otro cualquiera; solo hacía falta una víctima viva. Silvia tenía toda una lista de gente a la que le encantaría degollar, pero ninguno de ellos la habría seguido tan alegremente hasta allí, ninguno habría accedido a su “capricho”. Ninguno habría entrado sin pensar, como estaba haciendo Esteban, en la habitación con suelo de mármol ajedrezado, gris ya por los años, en la que Silvia había dispuesto el círculo trazado con su sangre menstrual, y las siete velas de grasa humana, robada de una clínica de liposucciones, cada una goteando sobre la botella de cerveza vacía que la mantenía erguida en el punto preciso. Solo Esteban.

Ella estaba allí, en el centro del círculo marrón oscuro, mirándolo, iluminada por las velas como una diosa en su altar. Silvia se había detenido con aquella sonrisa cruel que él conocía tan bien, la misma que había usado durante años con todos los compañeros de clase que no pertenecieran a su estrecho círculo de amistades. Le hacía gestos para que se acercara, con una mano apoyada en la bolsa de deporte que yacía sobre una tabla montada entre dos caballetes, en el centro del círculo. Ella asentía con la cabeza, invitadora, y Esteban obedeció, traspasó el círculo, entró en su órbita. Los ojos oscuros de Silvia relucían como carbones. Sintió sus dedos, finos como leznas, recorrerle la mandíbula, el cuello, las clavículas, y un escalofrío le recorrió la espalda. Las llamas de las velas titilaron al impulso de las corrientes de aire que se filtraban por una ventana rota.

Bajo los dedos de Silvia latían las venas de Esteban, palpitantes de sangre, de vida. Un solo sacrificio de sangre, y todo lo que siempre había deseado sería suyo. Eso es lo que decía el libro, y Silvia sabía muy bien que era cierto, pues ya había experimentado con los rituales más sencillos, los que solo requerían matar un gato, o mutilar a un mendigo que yaciera, borracho y drogado, en un portal. El libro, aquel viejo tomo rescatado de la basura, tenía verdadero poder, y ella había memorizado las invocaciones y los conjuros. Mata a Esteban, sacrifica una víctima para que fluya la sangre, y expón tu deseo, y tu deseo se cumplirá. Había formas más sencillas de alcanzar la fama y el estrellato, pero Silvia no tenía tanta paciencia, y siempre había sido de rodillas delicadas. Solo un deseo y el mundo temblaría ante ella. Y después, quizá, otro, ¿por qué no? Siempre habría idiotas dispuestos a desangrarse por una promesa que no pensaba cumplir.

Le arrancó la camisa a Esteban de un tirón; los botones repiquetearon contra el mármol, y él se estremeció en el súbito frío, pero la mirada de jade de ella lo tranquilizó, lo reconfortó. Todo saldría bien. Todo iría según estaba planeado, no tendría que haber ningún problema. Sonrió a su vez, a meros centímetros del delicado rostro de Silvia. Tantos años esperando este momento, tantos sueños, sueños en los que ella era poco más que una imagen intangible, y ahora estaba allí, casi rozándolo: el amor de su vida. Estaba a punto de lograrlo, de reunirse por fin con ella. Ahora nada se interponía entre ellos, nada en absoluto.

El top de Silvia siguió a su camisa, y los dedos de la mujer empezaron a recorrer un complicado circuito sobre los cuerpos de ambos, embadurnados en una pasta de olor acre, trazando sellos y glifos, símbolos arcanos en los hombros, los vientres, los pechos. Las llamas de las velas titilaban cada vez más, proyectando enormes sombras sobre las paredes grises y los ladrillos expuestos, y el viento aullaba en el exterior, arrojando salpicaduras de agua tibia de la indecisa lluvia de finales de febrero. Los ojos de Silvia brillaban de anticipación, dos cuentas negras y febriles mientras murmuraba por lo bajo, y Esteban se dejaba hacer, inmóvil, disfrutando de la anticipación, del momento que estaba por llegar.

Silvia lo besó, y un nuevo escalofrío le recorrió la espalda, un temblor que se le agarró a las tripas y se las retorció como una arcada. Ahora estaba pegada a él, rozándolo, murmurando a media voz sin separar del todo los labios de los suyos, moviendo la mano donde él no podía verla, hacia la bolsa de deporte. Su aliento ardiente le quemaba el rostro, hacía que su piel se estremeciera como si sostuviera un mechero encendido contra ella. Y súbitamente, Silvia dejó de cantar.

La hoja del cuchillo atrapó la luz de las velas como una mancha de aceite, transformándose en una lengua de fuego alzada en la mano de Silvia, que rodeó a Esteban con el brazo, emitiendo un sordo jadeo de esfuerzo, de puntillas, lista para atacar. La hoja descendió, cortando el aire como la cuchilla de la guillotina, demasiado rápido para el ojo, pero se detuvo a medio camino, en medio del forcejeo. Esteban agarraba a Silvia por el hombro y la muñeca, empujaba, se debatía con los dientes apretados. Él pesaba más, era más fuerte; la única ventaja de Silvia era la sorpresa y la había perdido. La hoja se balanceaba sobre sus cabezas como un péndulo enloquecido, entre gruñidos y resoplidos de esfuerzo.

Todo había ocurrido como ella había predicho. Todo estaba saliendo según el plan. Esteban se afirmó sobre los pies y empujó con las caderas, obligando a Silvia a doblar el brazo y la espalda, inclinándola hacia atrás, con un grito ahogado, y, retorciéndole la muñeca, le arrebató el cuchillo de un tirón. Sus ojos se encontraron por un momento, los oscuros de Silvia llenos de terror, los azules de él más febriles que nunca, más ansiosos, más enloquecidos. Sonreía, y un hilillo de baba le caía por la comisura de la boca mientras empujaba, agarrando a Silvia por el cuello, y bajaba el cuchillo bruscamente, como un carnicero. La sangre les salpicó la cara a los dos, goteó sobre el suelo de mármol y corrió por sus cuerpos, emborronando los sellos, y Esteban rió a carcajadas, porque ella estaba allí, al fin, detrás de Silvia, mirándolo con aquellos ojos de jade llenos de aprobación.

La hoja subió y bajó de nuevo, y la sangre fluyó, fluyó, como un río, embadurnando el suelo, y Esteban se arrodilló sobre el cadáver de Silvia para ungirse con ella las manos y la frente, entonando los cánticos que ella le había revelado en sus sueños, las palabras secretas que por fin lograrían, sobre la sangre caliente de un cuerpo vivo, que se reunieran. Después de tantos años, después de tantos sueños imposibles, de tantos susurros en la duermevela, ella por fin estaría con él, se unirían en cuerpo y alma, por encima del cadáver de aquella golfa arrogante de Silvia. Ella lo había esperado siempre, se había comunicado con él en sus sueños durante años, y por fin estaba allí, alzándose sobre el cadáver, cada vez más sólida y real a medida que Esteban entonaba las palabras, desnuda como un recién nacido, melena negra y ojos de jade.

Esteban se incorporó, empapado de sangre, ya desarmado, para mirarla a los ojos, sin dejar de repetir una y otra vez aquellas palabras secretas, y ella le miró a los ojos y le sonrió, y le tendió los brazos en el frío y la oscuridad de aquella casa abandonada, con las velas ya casi consumidas. Y él la abrazó a su vez, y por fin fueron uno, después de tanto tiempo.

Al fin y al cabo, ella, y no Silvia, era el amor de su vida.

Trinidad

1

Luces azules reflejadas en la fachada de cal agrisada, luces anaranjadas refractadas por los charcos, y el ulular chirriante de las sirenas en la noche madrileña. Todo aparecía bañado en un resplandor ambarino, que teñía los rostros de los paramédicos, los policías y los curiosos como el reflejo de un holocausto. Aún no habían llegado los periodistas, pero no tardarían mucho. Ya se veían móviles grabando la escena y tuiteando, a pesar de que eran las cinco y media de la madrugada.

Cuando el coche de Blanco se detuvo junto al precinto, ya lo estaba esperando un policía uniformado, el primero en llegar tras el aviso de la policía local. Debía tener unos cuarenta años, con el rostro curtido y canas en las sienes, pero pese a la experiencia estaba pálido y parecía nervioso. Blanco cerró el coche de un portazo antes de volverse a él.

–          ¿Qué hay? Inspector Blanco- le dio la mano al hombre, que apenas respondió-. ¿Qué tenemos? ¿Robo, profanación?

–          Eh…- el policía dudó, tragó saliva y evitó la mirada de Blanco-, no exactamente.

–          ¿Cómo que no exactamente?

Blanco traspasó el precinto y echó a caminar entre las ambulancias amarillas y los paramédicos que tomaban café sentados en un banco de la pequeña plaza. La iglesia se alzaba ominosa, con el chapitel quebrado como por un rayo y densas capas de hollín en las ventanas, cuyos cristales aparecían destrozados. Un coche de bomberos estaba aparcado en una calle lateral, dentro del precinto.

–          ¿Por qué hay tantas ambulancias? ¿Qué demonios ha pasado aquí?

–          Sinceramente, no estamos seguros. Bueno, no tenemos ni idea.

El inspector se detuvo en el centro de la plaza y fulminó con la mirada al policía, que tosió nerviosamente, evitando mirarle a los ojos.

–          ¿Me quiere explicar de una vez lo que pasa?

–          Es que… sabemos lo que ha pasado, claro, pero… es que no… no entendemos.

–          A la mierda.

Blanco echó a andar como una tromba y cruzó las fauces de la iglesia, negras de humo. Al otro lado se detuvo en seco. La imagen era… dantesca. Rojo y negro y sábanas blancas, olor a cenizas, a amoníaco y a cobre y a algo más, algo penetrante, dulzón y desagradable, como almizcle viejo y corrupción asentada. A través de aquel paisaje infernal se le acercaban dos figuras, una mujer de rostro cansado y un hombre calvo con guantes de látex. La jueza y el forense, supuso. Paseó la mirada a su alrededor, sintiendo como se le revolvía el estómago ante el chapotear pegajoso de los zapatos de los otros dos. A su espalda, el policía uniformado parecía que trataba de hablar, pero se le atragantaban las palabras en la garganta. No era de extrañar.

2

El café estaba frío en su taza. La única luz en el piso de Blanco era la del monitor del portátil. Normalmente entraría también, a través de la cortina, la luz parpadeante de la farola que le habían instalado justo enfrente, pero no esta vez. Esta noche no había luz alguna en la calle. No sabía qué hora era. Sentado incómodamente en el sillón, con una pierna debajo del cuerpo, llevaba leyendo aquello toda la noche. No recordaba haber cenado. Solo se oía el zumbar del ventilador interno y, de vez en cuando, el ligero chirriar de la rueda del ratón.

Habían encontrado el pendrive en el bolsillo del pantalón del Padre Felipe, debajo de la casulla. Los técnicos decían que les había costado una barbaridad acceder al contenido, porque la tapa estaba pegada al resto bajo una capa de sangre seca y otros fluidos. Y da gracias, le habían dicho, que es de los de tapa. Si llega a ser el modelo que tiene el conector al aire y se pliega, no habría habido forma de recuperar nada. Así que Blanco se había encontrado en su ordenador aquella misma mañana con la confesión del sacerdote, del responsable último de la macabra escena de la iglesia. Pensando en leerlo con calma, se había hecho una copia para llevárselo a casa, y aquí estaba ahora, leyendo… pero no con calma. No se podía leer aquello con calma.

Eran los desvaríos de un loco, una confesión completa escrita de un tirón, sin orden ni concierto, un non sequitur y un sobreentendido tras otro. El sacerdote había escupido su alma en el ordenador, vomitado todo el veneno que le corroía por dentro y que le había llevado a corromper a su feligresía, a intoxicarlos poco a poco de sus ideas perversas, y a arrastrarlos finalmente a aquel horror sangriento y repugnante que Blanco había visto en la iglesia, aquella pesadilla que le acosaba desde entonces, tres días con sus noches sin poder conciliar el sueño, porque cada vez que cerraba los ojos lo veía, lo olía, lo sentía y lo saboreaba, como una miasma que lo hubiera impregnado para siempre, una sábana pegajosa que lo hubiese cubierto y de la que jamás podría desprenderse, como la tela de una araña venenosa que lo hubiera atrapado.

Tres días con sus noches.

Se levantó, renqueando con el pie dormido, y se asomó a la ventana. La más absoluta y completa oscuridad. Madrid estaba en sombras. Un apagón brutal, como nunca se había visto, cubría la capital de España y sus aledaños. No solo la ciudad, sino todos los municipios circundantes, toda la conurbación. Desde el satélite, la zona más brillantemente iluminada de España era ahora una mancha negra en el mapa, como Corea del Norte o el Amazonas. La radio de pilas de Blanco había dicho que no se sabía qué ocurría ni cuándo estaría arreglado. No parecía ser un fallo mecánico.

Miró al cielo. Nubes negras. No se veían ni siquiera las estrellas.

Tres días con sus noches.

Lenta, deliberadamente, Blanco entró en la habitación. Se sentó en la cama, respiró hondo. Oscuridad completa. El disparo sonó como un trueno.

3

via wikimedia commons

Extracto de la confesión del Padre Felipe Corvo:

En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.

Cuántas veces he pronunciado esa frase, sin saber quién era el Padre, quién el Hijo, y quién el Espíritu Santo. Fui un buen sacerdote, un buen chico. Creí lo que me dijeron e hice lo que me dijeron, hasta que empecé a hacerme preguntas. ¿Por qué el canon, por qué cuatro Evangelios y no cinco, o seis, o diez? ¿Por qué el Cantar de los Cantares y no el Libro de Enoch? ¿Por qué el Deuteronomio y no los Siete Libros de Moisés? Así que leí, leí y comprendí, y quise leer más, y pronto tuve en mis manos ese terrible Evangelio de Yemen que tradujo Wormius y se publicó en Salamanca, y un ejemplar de la obra prohibida de d´Erlette, y de la de Ludwig Prinn. Vi. Leí. Creí. Supe. En las profundidades de la Biblioteca Nacional encontré una copia de la obra de Felipe de Navarra, donde se habla de la Segunda Venida y de la ruina que está por llegar. Y en las especulaciones insinuadas de Von Juntz y en el Evangelio de Derinkuyu encontré la verdad que nunca nadie ha querido admitir.

En el nombre del Padre. El centro del infinito, el origen de todo, cuyo nombre no puede ser pronunciado, rodeado de un coro de sirvientes que lo alaban. Un coro, sí, de flautas enloquecedoras y ululantes. Un dios ocioso, omnipotente pero inmóvil. ¿Un nombre que no puede pronunciarse? Los labios humanos no se hicieron para ello, pero yo lo he leído, y lo he pronunciado en la oscuridad. El nombre de Azatoth.

En el nombre del Hijo. Dios en forma humana enviado a nosotros para revelarnos la auténtica naturaleza del cosmos. Llegado de Egipto para predicar a las naciones, taumaturgo, profeta. Llegado no para traer paz, sino espada. Mensajero, alma y mente de su Padre, cuya inefable voluntad cumple en la Tierra con aún más inefables propósitos. N´gai, n´gha´ghaa, Shoggog, Y´hah, Nyarlathotep! Iä!

En el nombre del Espíritu Santo. Omnipresente, aquel que lo sabe y lo ve todo. El uno en todos y todos en uno, la llave y la puerta y el guardián de la puerta. La esencia última del universo, capaz de alzar a los muertos por la sola mención de su nombre. Y´ai´ng´ngah, Yog-Sothot! Hée-l´geb! F´ai Trhodog!

Y hay otros, otras verdades ocultas a los no iniciados. ¿Qué decir de la Magna Mater, la Virgen Negra adorada en bosques y montañas desde el Paleolítico y que hoy ocultamos castamente bajo un velo de mentiras? Iä! Shub-Niggurath!

La congregación está conmigo. Esta noche lo haremos, traeremos de vuelta al Hijo como está profetizado, aunque nos costará la vida. Otros ya tienen este documento y continuarán nuestra labor. Como en los Evangelios, seguirán tres días con sus noches de completa oscuridad, y Él se alzará de nuevo de los Abismos, esta vez para terminar de una vez con todo y salvar a los que merezcan ser salvados.

En cuatro noches, el mundo llegará a su fin. Iä! Azatoth! Iä! Nyarlathotep! Yog-Sothot!

Ella Me Maldijo

Porque donde unas cuencas vacías amanezcan

Ella pondrá dos piedras de futura mirada,

Y hará que nuevos brazos y nuevas piernas crezcan

En la carne talada.

Miguel Hernández, Para la Libertad.

Fue hace mucho tiempo. Tú no habías nacido. Tus abuelos tampoco, supongo. No creo que casi nadie que esté vivo hoy hubiera nacido. Solo un puñado, pero ya hablaré de eso.

La verdad es que yo mismo no recuerdo el cuándo, ni el dónde, ni el cómo. Recuerdo una batalla, el sabor salado de la sangre en la boca, el hedor de las tripas desparramadas mezcladas con la mierda de caballo pisoteada. Recuerdo una muralla desmoronándose y banderas agitándose al viento, y a veces me despierto por las noches porque aunque no recuerdo nada más, aún me asaltan las imágenes de rostros aullando, algunos rojos y desencajados de ira, otros pálidos, con los ojos abiertos como platos, preparándose para el frío de la muerte.

Yo fui de esos últimos. Pálido y exangüe, desangrándome junto a una zanja maloliente. Recuerdo el mordisco del acero. Si no te han clavado nunca una hoja en las costillas no sabes lo que se siente. El acero muerde como un perro, se hinca en la carne buscando tu corazón, como si te odiara. Los vikingos lo llamaban gusano de sangre o víbora de las heridas, y es cierto. Puedes sentir como te roe la carne.

¿Que si era un vikingo? No lo sé. No me acuerdo. No recuerdo nada antes de ese día, ni siquiera mi nombre. No sé dónde ocurrió, ni en qué año, ni por qué luchaba. ¿Recuerdas tú lo que hiciste cada día en el parvulario?

Solo recuerdo esa sensación, ese mordisco helado. Me estaba muriendo y solo veía el cielo cubierto por nubes de humo de los incendios, con brasas y cenizas danzando en las corrientes de aire. No me dolía nada, pero sabía que me estaba muriendo. No sentía los brazos ni las piernas, ni nada por debajo del cuello, excepto los borbotones de sangre que me brotaban de las heridas con cada latido del corazón. Jadeaba, y sentía la lengua como un trozo de esparto seco colgándome de la boca. La vista se me nublaba cada vez que intentaba tomar aire.

Entonces la vi.

Se paseaba entre los muertos y los moribundos como si estuviera en un prado florido. Llevaba un vestido blanco hasta los pies, quizá un sudario, pero estaba manchado de sangre. Creo que iba descalza, y llevaba el pelo suelto y desgreñado, hasta casi la cintura. A veces, en mis sueños, es rubia; otras veces es morena, casi con tintes azules, y alguna vez tiene el pelo rojo, rojo como la sangre derramada. Sonreía, no enigmáticamente, ni con sarcasmo, sino con genuina alegría, como una niña que jugara en el campo. A veces la recuerdo como una niña, otras veces como una mujer. Fue hace mucho tiempo.

Se acercó a mí entre los muertos y los moribundos, sin dejar de sonreír. Creo que me llamó por mi nombre, aunque no estoy seguro. Sé que se arrodilló y me tocó la frente febril con una mano fría, gélida como un trozo de hielo pese al calor sofocante de los incendios, y sé que me habló. Recuerdo aquellos labios rojos como dos trozos de carne cruda, pero no sé qué me dijo. Cuando sueño, la imagino cantándome una canción de cuna que oí alguna vez, pero a veces me da consejos, o me recrimina algo que he hecho mal. Supongo que trato de llenar el hueco que me ha dejado olvidar las frases más importantes que oí en mi vida.

Desperté solo, bajo las estrellas y una luna creciente. No te sé decir si estaba aún en el campo de batalla. Imagino que sí, pero no recuerdo cadáveres ni devastación a mí alrededor. Solo el cielo estrellado. Me levanté sin pensar, y solo después me di cuenta de que mis heridas habían sanado. No me dolía nada. Podía mover brazos y piernas, respirar, ver. Me sentía como tras un largo sueño reparador. Creo que eché a andar en busca de alguien, de un lugar donde pasar el resto de la noche y quizá reflexionar sobre lo que había ocurrido, si había sido real o una mera visión, cómo había sanado y dónde estaban mis compañeros.

Si llegué a alguna conclusión, mi mente lo ha olvidado bajo el peso de los siglos. Sé que intenté hacer vida normal por un tiempo, pero pronto descubrí que no había simplemente sanado. Mi mujer envejeció y murió, mis hijos se agostaron y se convirtieron en polvo, y también mis nietos, pero yo no. Yo continué viviendo, viéndolos deteriorarse y pudrirse ante mis ojos. Me fui de la aldea cuando empezaban a sospechar de mí, cuando las viejas murmuraban en la plaza que yo estaba igual cuando ellas eran niñas, que no había envejecido ni un día. Una vez me llamaron vampiro, pero juro que no he probado jamás la sangre de nadie.

Así empezó mi vida errante. No sé cuánto tiempo duró. No sé en qué año estamos, ni cuándo empecé a vagabundear, así que no importa. Creo que he recorrido todos los continentes, y casi todos los países varias veces. Sé lo que estás pensando. Tiempo infinito para ver mundo, para conocer gente, para hacer lo que quieras. Crees que estoy bendito, pero no. Estoy maldito. Ella me maldijo.

¿Sabes lo que es no tener seres queridos, ni siquiera un amigo? ¿Cómo podría apegarme a nadie? Morirán, y yo no recordaré sus caras ni sus nombres, ni el sonido de sus voces. Mi vida no ha sido la de un trotamundos, sino la de un fugitivo que no puede quedarse demasiado tiempo en el mismo lugar, no solo por la persecución, sino por el dolor. Una vez pasé cien años en una ciudad de Europa, y apenas pude soportar ver cómo cambiaba, como incluso los edificios se derrumbaban o eran arrasados para hacer sitio a otros nuevos mientras yo seguía allí, invariable, ocupando un lugar fijo en el universo, como un quiste.

Ah, el cuerpo no envejece ni se cansa, pero la mente sí. Soy más viejo que cualquier persona que conozcas, y estoy exhausto. No soy capaz de conectar con el mundo moderno, porque no me importa, y cambia demasiado rápido para mí. No sé de qué habla la juventud en las calles, no entiendo la jerga. Mi vocabulario no avanza con el de la sociedad, así que vaya donde vaya me miran raro, como un fantasma salido de una obra de teatro antigua. Cuando empiezo a acostumbrarme al cine mudo descubro que existe el sonoro; cuando me acostumbro a la radio, todo el mundo tiene televisión y eso que hacen ahora con una máquina de escribir con pantalla. No tengo fuerzas para mantenerme al día. Me aburre.

He encontrado a algunos como yo, con los años. Todos la han visto, pero ninguno la describe exactamente igual. Una joven descalza, sí. Con un vestido o un sudario blanco manchado de sangre, y el pelo suelto. Pero ahí terminan las similitudes. Para cada uno es diferente, como un ideal o un sueño. Y sin embargo, todos coincidimos en algo: estamos malditos.

Pensarás que esos otros son la solución a mis problemas, ¿verdad? Compañía para los siglos, gente que me comprende. Pero no es así. Cada uno de nosotros es un solitario, lleva demasiado tiempo solo. Olvidamos nuestro pasado, olvidamos lo que hacemos a lo largo de los siglos, así que nuestra propia identidad pende de un hilo. Nos limitamos a sentarnos y vegetar, lamentándonos de lo que hemos perdido. Y si hay algo peor que tener un ser querido y perderlo, es una relación que no acaba nunca. Créeme, lo he probado. Década tras década, más de un siglo con una misma persona. Has visto matrimonios que solo siguen juntos por la costumbre, ¿Verdad? No has visto nada. No has visto la amargura de un siglo de malentendidos y rencores mezquinos, ni el hartazgo de ver el mismo rostro, inalterable, durante ochenta años, de oír las mismas historias, la misma voz y las mismas quejas.

No. Estamos condenados a la soledad, por exceso o por defecto.

Nadie puede imaginar la desesperación de una eternidad en soledad. No una década, ni una vida. Una eternidad. Por lo que sé, no moriré nunca. Tampoco tengo claro cuánto he vivido exactamente, pero es más que suficiente. El mundo me aburre, me cansa, no puedo soportarlo, pero no tengo forma de poner fin a todo esto. Lo he intentado, claro. Todos lo intentamos alguna vez, o muchas veces. Hasta ahora, nada a dado resultado, ni cuando lo he intentado yo, ni cuando la gente normal ha descubierto lo que soy y ha reaccionado con miedo y cólera.

Oh, sí. Me han matado, o me he suicidado, muchas veces. No sé cuántas. Pero nunca dura. Me he ahogado y ahorcado. Me he o me han atravesado con espadas y lanzas, pero lo que no me mató la primera vez no lo hará ahora. Me han fusilado y electrocutado, aplicado garrote vil y envenenado. Me han atropellado y descoyuntado, me han quemado vivo varias veces, y una vez me decapitaron. No funciona. Nunca funciona. No sé cómo ni por qué, pero siempre despierto sano e intacto y salgo caminando de la morgue. Ni siquiera me duele ya.

Así que aquí estoy, después de tantos siglos. Escogí este retiro porque me gusta escuchar el mar lamiendo los acantilados. Es lo único que me sosiega cuando duermo. Y me gusta el paisaje de roca volcánica, de fuego solidificado y petrificado, como lo estoy yo, inmóvil e inalterable. Aunque al menos la roca cambia, es erosionada, se rompe, erupciona de nuevo. Yo no puedo hacer nada más que dormir doce horas al día y contemplar las olas romper en la playa de arena negra.

Por eso estás tú aquí. Estas reuniones, una vez al año, son lo único que me mantiene activo, lo único que me hace esperar algo distinto, un día que no sea exactamente igual a todos los demás del último siglo y del siglo que vendrá. Ya has visto las cuentas bancarias y las propiedades. Es tu premio. Si lo logras, todo será tuyo. Pero no espero que lo hagas. No creo que lo consigas, y ojalá me equivoque. Tienes un año para intentarlo, a partir de hoy. Los métodos son cosa tuya, no me importa. Mátame. Puedes empezar cuando quieras.

Veni, Veni, Venias

via Wikimedia Commons

Saturno y Júpiter estaban en la conjunción correcta. Aldebarán y Sirio se habían elevado en sus lugares, y las Híades resplandecían sobre el horizonte tal y como estaba prescrito. Tenía que ser esta noche. Había llegado el momento del ritual.

Angstrom trabajaba solo, frenéticamente, disponiéndolo todo para la ceremonia. El lugar no era el más adecuado: un viejo matadero abandonado, poco más que una nave de cuyo elevado techo de uralita aún colgaban cadenas, ganchos y grúas. Pero tendría que servir. Él mismo, tras comprar el edificio, había sellado las ventanas soldando planchas de hierro en las estrechas troneras que se abrían en la parte superior de los muros, y había contratado a una empresa para que reparara e impermeabilizara el techo. Según el ritual, no podía entrar un solo rayo de luz en el templo durante todo el proceso.

Llevaba cuarenta días purificando el lugar con sal y azufre, asperjando agua consagrada en los rincones, ayunando y meditando desnudo sobre el suelo de cemento. Durante los últimos tres días no había probado más que agua y pan ázimo, y se había estado flagelando diariamente. Ahora se movía por la inmensa nave, jadeando cada vez que el cilicio se hundía en la carne de su muslo, trazando los complicados diagramas geométricos que describía el texto con ayuda de una cuerda, una barra vertical y un trozo de tiza. No eran los típicos círculos y triángulos de los textos herméticos, sino símbolos complejos, ángulos extraños que se rompían y reunían, fractales que daban paso a líneas curvas y espirales matemáticamente precisas. Y los símbolos. No era ninguna escritura conocida, nada que Angstrom hubiera visto en sus cuarenta años de experiencia. Ni hebreo, ni cuneiforme, ni sánscrito, ni chino. Ni siquiera lineal-A. Eran signos arcanos, vagamente orgánicos en su forma, que parecían retorcerse bajo la mirada, y querer escapar de la tiza cuando los inscribía en los diagramas.

Sería fácil y cliché decir que sus compañeros lo tomaban por loco. También sería cierto. Angstrom llevaba la mayor parte de su vida estudiando lo sobrenatural, el horror y lo grotesco. Muchos de los investigadores que conocía se habían lanzado a la tarea queriendo creer, deseando fervientemente encontrar un críptido, un alienígena, un demonio, y jamás lo habían hecho. Incluso si publicaban artículos sensacionalistas y sembraban preguntas aparentemente sin respuesta, ellos mismos reconocían en privado que todo lo que habían visto no era más que superchería fácilmente desmontable.

No era el caso de Angstrom. Él comenzó a investigar desde el escepticismo, deseando desenmascarar farsantes y demostrar que vivimos en un universo racional y ordenado. No encontró lo que buscaba. Desde luego, había estafadores y crédulos por todas partes, pero también había semillas de verdad. Semillas que a lo largo de cuatro décadas dieron frutos grotescos y obligaron a Angstrom a comer de ellos como de la manzana del Edén.

Él había visto las cosas deformes que viven en las catacumbas bajo Calcuta, que la imaginación popular trata de ocultar bajo la forma, piadosa pese a su poder destructivo, de Kali. Había contemplado la transformación de un sacerdote tribal en lo más profundo de las selvas de Uganda, rugiendo como un demonio tras un festín de carne humana. Había sido testigo de los ritos secretos que tienen lugar en las montañas peladas de los Cárpatos y los Apalaches, y había cenado con familias de Italia y Albania que aún consideraban a Roma una advenediza usurpadora cuyas legiones les habían obligado a ocultar secretos más antiguos que la humanidad.

No le quedó más remedio que creer. Y cuando publicó sus descubrimientos, se le acusó de mentir. Se le expulsó de las asociaciones de parapsicología y las revistas dejaron de aceptar sus artículos. En la televisión no lo querían ni ver. Tuvo que recurrir a un blog personal y un twitter, que no tardaron en llenarse de una mezcla casi a partes iguales de colgados con ideas aún más disparatadas que la realidad, y de escépticos que se divertían insultándolo, aunque pocos llegaban a rebatir sus argumentos más allá de afirmar que las fotos y los vídeos eran falsificaciones de Photoshop. Poco a poco, Angstrom fue quedándose aislado, pero la verdad, los terribles secretos que sólo él conocía, continuaban devorándole la mente y royéndole los sueños.

–          Tu problema- le dijo una vez Matos, el único amigo que le quedaba- es que afirmas en lugar de sugerir. A la gente no le gusta que le descubras cómo funciona el universo. Para eso ya tienen a los científicos.

Estaban en un café de Oslo, sentados en la terraza en un verano inusualmente cálido, viendo pasear por la avenida a turistas y familias de vacaciones. Angstrom sintió la bebida caliente revolverse en su estómago y subirle como un acceso de bilis. Su compañero, que tenía un programa de televisión y varias revistas de éxito en España, sonreía con suficiencia mientras revolvía la suya.

–          ¿A los científicos? ¿Y qué somos nosotros, Matos? ¿No somos investigadores, aunque no haya título universitario para lo nuestro?

El otro se echó a reír a carcajadas, soltando la cucharilla con un tintineo de acero y porcelana.

–          Venga, hombre, conmigo puedes evitar ese rollo. Eso es para la prensa. Somos gente del espectáculo y lo sabes perfectamente. Lo que tienes que hacer es cambiar tu estrategia de marketing.

–          ¿¡Mi qué?!- rugió Angstrom.

–          Tu estrategia. El público no quiere certezas, quiere dudas. La posibilidad de que haya misterio, algo más allá del aburrimiento del día a día, y la seguridad que les da poder decirse que es todo un juego, un cuento que nos contamos unos a otros.

–          ¡Es que no es un cuento!- barbotó Angstrom. Algunos transeúntes se pararon a mirarlo, alarmados.

–          Claro que es un cuento. Y si les dices “esto es así”, los estás amenazando. Los asustas. Di “¿quién sabe?”, o “es un misterio”, o “quizá”, y nunca dejarán de escucharte.

Matos se terminó el café, sonriendo orgulloso de su lección, mientras Angstrom lo miraba incapaz de articular una respuesta coherente. ¿Público? ¿Marketing? ¿Espectáculo? ¿A eso había llegado la profesión, en lugar de tratar de descubrir los secretos del mundo? Angstrom descubrió asombrado que, pese a sus casi setenta años, la adrenalina aún le tensaba los músculos y le atenazaba el pecho con impulsos violentos. Sentía un hormigueo en los brazos y los puños, dispuestos a liberar su frustración en el rostro cínico de Matos. En su lugar, se agarró al borde de la mesa hasta que se le pusieron los nudillos blancos.

–          Muy bien- logró gruñir-. Tú tampoco me crees. De acuerdo. Buenas tardes.

Sacó la cartera para pagar, con los dientes apretados, bajo la expresión estupefacta de Matos, que lo miraba con los ojos como platos y la boca abierta, de pez.

–          Espera, espera, ¿tú te lo crees? ¿Después de tantos años, todavía crees en todo esto…?

Sin responder, Angstrom se dio la vuelta, colocó la silla en su lugar de un golpe que hizo estremecerse y tintinear los cubiertos, y echó a andar calle abajo, ignorando los gritos de Matos, que le pedía que volviera entre asombrado y levemente ofendido.

No volvió, ni respondió a ninguna nueva llamada o e-mail de Matos. Ahora sí que estaba totalmente solo. Y en ese momento comenzó su búsqueda, la nueva obra de su vida. Ya había descubierto la verdad, se la había mostrado al mundo, y el mundo no la había creído. Ahora tenía que convencer, que demostrar en lugar de limitarse a mostrar. No se podía confiar en que la humanidad creyera lo que se le ponía delante de las narices: tenía que ser obligada a ello. Y Angstrom pensaba obligarla.

No iba a ser fácil. Los alienígenas no conceden entrevistas, los chamanes caníbales no aparecen voluntariamente en televisión ni se someten al polígrafo, y no se puede invocar a un demonio en un laboratorio del CERN o en un plató de televisión. Pero la idea siguió dando vueltas en el interior de su cerebro, rebotando de sinapsis en sinapsis, y finalmente, se le apareció en un sueño, una pesadilla a la vez terrorífica y gloriosa, al término de la cual se reconocían sus méritos y el trabajo de toda su vida. Cuando despertó, se puso manos a la obra sin dedicarle un segundo pensamiento.

Tardó casi dos años en encontrar lo que buscaba. Un cuadernillo de papel de trapos, ocho páginas arrancadas a un tomo del siglo XVII, en un español arcaico con una letra de escribano casi ininteligible y los bordes desgarrados, parte de una colección recopilada a principios del XX que compró a un librero de viejo de Kingsport, Massachusetts. Le costó otros seis meses, con ayuda de un paleógrafo de la Universidad Complutense y un filólogo de la de Santiago, descifrar el contenido y reconstruirlo en un documento de texto en su ordenador. Pero allí estaba, la solución a sus problemas, la prueba definitiva de la realidad de todo cuanto había dicho durante años, al alcance de su mano.

Era un ritual, un antiguo hechizo que prometía convocar a un ser de más allá de los abismos del espacio, una criatura extradimensional de mente insondable y orígenes desconocidos, y obligarla a servir al hechicero. Podía hacer que se apareciera sobre las principales ciudades del mundo, a presidentes del gobierno, a científicos. Demostraría sin lugar a dudas que todo lo que había contado era cierto.

Sabía que funcionaba, porque reconocía los signos, aunque no pudiera leerlos. Formas que desafiaban la cordura y que en nada se parecían a los ordenados y geométricos sellos de la magia hermética occidental. Había visto símbolos así en aquella piedra negra de Timisoara, en Rumanía, en los petroglifos de Mali y Senegal, y en los cenotes de Yucatán. Los símbolos arcanos de la verdadera tradición oculta que ha recorrido siempre la historia de la humanidad, infectándola como un veneno, abriéndole puertas a dominios que el hombre no está preparado para conocer. Y Angstrom pensaba abrir esa puerta de par en par para toda la humanidad.

¿Quién sabía qué posibilidades se abrirían para la civilización? Se confirmaría la existencia de entidades inteligentes y no humanas. Se abriría la posibilidad de viajar a cualquier rincón del universo en un instante, quizá incluso en el tiempo. Todos los deseos concebibles podrían cumplirse solo con un conocimiento suficiente de la magia, volviendo obsoleta gran parte de la tecnología, y con ella el monopolio de las grandes corporaciones. Quizá podría acabarse incluso con la escasez. Con científicos consagrados al estudio de lo sobrenatural y financiación pública, no había límite a los descubrimientos que podían hacerse. Una nueva era dorada se abriría para la humanidad, y Angstrom sería el responsable de su advenimiento.

Trabajó obsesivamente durante meses. Estudió astronomía y astrología para calcular las conjunciones estelares. Como el texto incluía invocaciones en latín y griego, tomó clases de ambos idiomas para asegurarse una pronunciación correcta. Se gastó todo su dinero, y aun un crédito que justificó con mentiras, en adquirir y reacondicionar el matadero y conseguir las herramientas necesarias. Buscó en mercados legales e ilegales los componentes de los inciensos y perfumes que debía quemar durante el ritual, y de los aceites y líquidos que debían estar presentes. Llegó a abrir personalmente el vientre de una cabra preñada para arrancarle el corazón a su cría, pues era imprescindible para uno de los pasos del rito.

Fue entonces, con el delantal de goma y los guantes empapados de sangre, cuando se dio cuenta de algo que había pasado por alto. Algo que su mente había evitado pensar, eludiendo reflexionar cada vez que aparecía alguna referencia en el texto, diciéndose que ya encontraría una solución en su momento, que ya vería cómo cruzaba ese puente cuando llegara al río. Pero el río había llegado y era un río rojo, espeso y con sabor metálico. Y Angstrom se iba a sumergir en él hasta la cintura.

El ritual requería una víctima humana.

Perdió el sueño y el apetito. Cuando lograba dormir lo asediaban las pesadillas. Pero el día se acercaba, y debía decidirse o la oportunidad pasaría, quizá para no repetirse en siglos. La presión se fue haciendo cada vez más intensa, hasta llegar a ser insoportable. Había perdido peso durante sus años de aislamiento y obsesión, pero ahora se quedó realmente esquelético. El pelo se le caía a puñados y le temblaban las manos, y no solo por la edad. Se pasaba horas reflexionando, sopesando las consecuencias de tomar una vida, y terminaba siempre llorando, o borracho. Y la fecha límite se acercaba, día tras día, hora tras hora. Segundo a segundo.

De un lado, la ética: tomar una vida humana. Matar. Asesinar. Del otro, las posibilidades. Cambiar el mundo. Abrir vías nunca antes imaginadas por la ciencia. Mejorar la vida de miles de millones de seres humanos. Demostrar que él tenía razón y todos los demás se equivocaban. Sin quererlo, se encontró meditando morbosamente en la logística del sacrificio. No podía ser un varón adulto. Él ya no era joven y estaba frágil por el estrés y las privaciones. Las mujeres tampoco son una presa más fácil, se dijo, reprendiéndose por su machismo. Quizá podría drogar a la víctima, para secuestrarla, pero no se atrevía a tenerla drogada durante el rito… ¿Y si eso alteraba el efecto de algún modo? ¿Y si mataba a alguien para nada? Tendría que ser alguien a quien pudiera dominar físicamente, al menos durante el ritual propiamente dicho.

Se decidió solo diez días antes de la fecha límite, cuando ya llevaba un mes de ayuno y ascetismo. Lo hizo en un parque, en el otro extremo de la ciudad respecto a su casa para no levantar sospechas. Los nervios le daban desagradables calambres en el estómago mientras esperaba, emboscado, con una bolsa negra para la cabeza y un pañuelo empapado en cloroformo. Sin duda, en los diez días en que iba a tener al sacrificio ayunando y encerrado tendría tiempo de purgar una pequeña cantidad.

Esperó, sintiendo el sudor frío bajarle por la espalda, hasta que el sacrificio estuvo solo, recorriendo los caminos del parque sin compañía alguna, sin nadie que pudiera oír el forcejeo. El sacrificio. No le gustaba usar términos como “la víctima”, o “esa persona”, o “él”. Mejor el sacrificio. Era más aséptico, y además era verdad: un mal necesario, algo de lo que se iba a desprender sin quererlo, y que le iba a costar mucho. Se podía incluso decir que le iba a doler a él más que a la víctima. Eso es, se dijo, tensándose ante la aproximación del sacrificio. Esto me duele más a mí que a ti.

Fue todo muy rápido, pero sorprendentemente difícil. El sacrificio estuvo a punto de librarse del abrazo nervudo del anciano, aún con el saco encajado hasta los hombros. Solo el cloroformo salvó a Armstrong del fracaso, y potencialmente de la cárcel. Cuando la víctima estuvo flácida en sus manos, la arrastró hasta la furgoneta, donde la inmovilizó cuidadosamente con cuerdas de nailon, esposas y correas de cuero. No podía arriesgarse a que escapara o se liberara durante la próxima semana y media, así que tenía que ser muy cuidadoso. Pero los nervios le traicionaban. Le temblaban las manos violentamente mientras ceñía las correas y tensaba los nudos, y le castañeteaban los dientes. Se sentía casi febril, empapado en sudor frío, y cuando terminó se vio obligado a vomitar, con la bilis subiéndole por la garganta como una inundación. Afortunadamente, tuvo la presencia de ánimo suficiente para hacerlo dentro de la furgoneta y no en el suelo del parque. Lo último que necesitaba eran pruebas de ADN que lo relacionaran con el lugar de un secuestro.

El sacrificio era un chico de unos diez años. Se pasó los siguientes diez días atado en uno de los corrales del matadero, donde Armstrong solo le daba de comer algunas galletas y agua cada anochecer. El rito exigía que el sacrificio ayunara también, y, una vez decidido a llegar hasta el final, Armstrong no pensaba saltarse ni uno solo de los pasos, por pequeño que fuera. Si iba a matar a un ser humano, no pensaba arriesgarse lo más mínimo a que no valiera la pena. La vida de aquel niño, como le susurró una noche tras la puerta metálica del corral después de volver a atarlo, iba a comprar una edad de oro para la humanidad, un futuro de progreso y esperanza. Deberías alegrarte, le dijo. Esto me duele más a mí que a ti.

Y por fin, Saturno, Júpiter, Sirio, Aldebarán y las Híades ocuparon sus posiciones. La oscuridad en el interior del matadero era total, rota solo por las pálidas llamas de vela que Armstrong iba encendiendo una por una en el perímetro del diagrama trazado con tiza en el suelo. Los ganchos y cadenas que colgaban del techo reflejaban la luz por entre la herrumbre, amenazantes. Armstrong se encontraba en medio de una negrura casi absoluta, como la del vacío del espacio, con estrellas lejanas y titilantes. Tampoco se oía una mosca, ni el bullicio de la calle y los coches, ni el chirriar de los insectos. Armstrong se había ocupado de insonorizar perfectamente el edificio con el dinero del crédito.

Desnudo, se había cubierto el cuerpo escuálido y tembloroso con marcas y símbolos, tal y como describía el ritual, de un pigmento azul pastoso, de ligera fosforescencia y olor nauseabundo, que había tenido que elaborar personalmente en el cuarto de baño de su casa. En la mano derecha, un folio de impresora con las invocaciones escritas fonéticamente. En la otra, un cuchillo de hueso y obsidiana que había tenido que encargar a un artesano maya de Guatemala. A sus pies, atado y amordazado, el sacrificio. Era medianoche; Armstrong llevaba meses practicando las técnicas que le permitirían calcular mentalmente el paso del tiempo con precisión para comenzar el rito en el momento exacto, ya que no podía llevar reloj. Se llenó los pulmones de aire y comenzó, con un temblor en la voz.

–          ¡Kyriê metakosmikê, agenitos, athanatos, asarkikos, apneumatos, apsikykos, theos agnôtos, agnômôn, akharikôn, aeleisôn, akhroniôn, iao, iao, iao!

La hoja de obsidiana trazó la forma de una de las marcas sobre su pecho, dejando escurrir la sangre sobre la cara de la víctima, que lloraba inmovilizada. Solo se oía la voz de Armstrong resonando como truenos en las paredes de hormigón del matadero.

–          Numen arcanum et dirus, sive deus, sive dea, de profundiis ego uos evoco, hoc hostibus eximia, veni, veni, veni, venias!

Un nuevo corte y más sangre de Armstrong goteando sobre el rostro sollozante de la víctima. Y entonces se alzó el cuchillo, el cristal volcánico resplandeciente a la luz de las llamas, y el anciano comenzó la parte final del ritual:

–          Veni, veni, veni, venias! Iao, iao, iao! Iä! Iä! Ngha! Nghaii! Ra-shdraga ghak khagha mnargh gerrj in! Iä! Iä! IÄ!

Con el último grito, exhalando todo el aire de los pulmones, bajó el cuchillo, hundiéndolo profundamente en la garganta del sacrificio, justo sobre las clavículas. Un rugido profundo y ronco le llenó los oídos, pero no sabía si era parte del ritual, o la sangre bullendo en sus venas. Se sintió rugir como un animal salvaje, levantando la hoja de obsidiana para hincarla de nuevo en el cuello del niño, salpicándose de sangre, que manchaba también el suelo de hormigón y las marcas de tiza.

–          Iä!Iä!Iä!- cada grito una puñalada- Iä!Iä!Iä!

Pese al calor de la sangre que lo empapaba, un frío mortal le atenazaba los huesos y la piel expuesta. El trueno de sus oídos no disminuía, sino que aumentaba cada vez más. Ahora vibraban las paredes y oscilaban las llamas de las velas, y su caja torácica resonaba como el parche de un tambor. Una presión brutal le asaltó las sienes, como si alguien estuviera aplastándole la cabeza con unas tenazas de hierro.

–          Iä! Iä! Iä!

El aire del interior del matadero vibraba como una colmena enfurecida. Las velas se apagaron todas de pronto, sumiendo la sala en la oscuridad y el frío. El trueno se fue convirtiendo gradualmente en un aullido agudo y salvaje, un chillido que perforaba los tímpanos y roía los nervios. Armstrong se vio sacudido por un temblor incontrolable, a medida que una presencia inundaba el matadero, invisible pero indudablemente dominante, extendiéndose de pared a pared como una marea incontenible. Un olor nauseabundo, a carroña y a cerrado, a muerte, podredumbre y fermentación, llenó el aire.

El anciano cayó de rodillas junto al cadáver del niño. Temblaba y sudaba, echando espuma por la boca como un perro rabioso, y su boca se movía por sí sola, emitiendo gruñidos perversamente articulados, palabras arcanas que él desconocía, pero que pronunciaba de todos modos bajo la mirada invisible de aquella cosa que había invocado.

–          Ghaa, greerhg-shkaa, shaghra megr, nghurk, nghakaah ghnyeee, Iä!

Mientras su carne se disolvía junto con la de la víctima, sintió la mente del ser tocar la suya, no conscientemente, sino por su misma magnitud, que desbordaba sus límites e inundaba su cráneo con la indiferencia de un tsunami. Sintió la abismal antigüedad y la insondable otredad de aquellos pensamientos, la ironía sádica y la malevolencia infinita de un ser para el que él, Armstrong, no era más que una mosca atrapada en la miel, un bicho sin más valor que su entretenimiento. ¿Cómo iba nadie a tener poder sobre una cosa así? ¿Cómo iba hechizo alguno a vincular u obligar a nada a un ser como aquel, que había contemplado el Big Bang con ojos indiferentes? Aquello no era una invocación. Era un anzuelo, y el pescador venía a ver qué había picado.

Cielo Vacío

Dios ha huido y el cielo está vacío.

Vacío no. Ocupado. Como Irak o como Afganistán. Cuando rezamos, quien recibe las oraciones en el cielo ya no es un ángel, ni Dios, sino un demonio que se ríe y se limpia el culo con ellas. Los ángeles están aquí, en la Tierra, haciendo lo que pueden por salvarnos. Como los guerrilleros vietnamitas o colombianos. No lo están haciendo muy bien, pero es que lo tienen todo en contra. Satán está a punto de ganar, y solo nosotros podemos ayudar a los ángeles a salvarnos. Ayudarnos a nosotros mismos.

Cuando yo era pequeña todos los niños de la calle de Miami lo sabían. Nos contábamos las historias en los albergues y en los refugios o, cuando la cosa estaba muy mal, en corro debajo de los puentes o en los parques. No se podía dejar que los adultos lo supieran, porque muchos son peones del diablo, aunque no lo sepan. Solo nosotros podíamos salvar a la humanidad, y eso nos mantenía fuertes y unidos. Una vez me contaron que no éramos los únicos. En Seattle y en Milwaukee también se contaban las historias, se transmitía el nombre secreto de la Dama Azul y la forma de protegerse de Bloody Mary, y de reconocer a los demonios de incógnito. Algún día seríamos lo bastante fuertes para echarlos de la Tierra y, quizá, recuperar el cielo.

Pero eso se acabó. Ya tengo dieciséis años, y todos los demás han olvidado. La mayoría de los chicos ahora van con International Posse o The Murda Grove Boys; las chicas hacen la calle. Ya no recuerdan el nombre secreto ni que no hay que dejar que Bloody Mary te vea la cara. Ya no luchan por los ángeles, sino que se han vendido a las bandas controladas por Satán. Si los niños más pequeños recuerdan, no me dicen nada. Por lo que yo sé, estoy sola.

Bueno, sola del todo no. Tony está conmigo. Tony es mi enlace con los ángeles. Dice que tienen un campamento secreto en los pantanos, protegido por cocodrilos albinos como los que cuentan que hay en las alcantarillas de Nueva York. Él me trae las noticias del frente y a veces me hace encargos, pequeñas cosas que puedo hacer para ayudar a los combatientes, porque ellos no pueden mezclarse libremente con la gente. Los demonios sí. Los he visto disfrazados, hablando con políticos y gente rica y jefes de bandas. Pero los ángeles no se disfrazan a no ser que no quede más remedio. No sé por qué.

Hace poco estaba sentada en un banco del parque Juan Pablo Duarte, con un perrito caliente que había comprado en un puesto callejero con la limosna de la mañana. La mostaza me caía por la barbilla y me manchaba la camiseta, pero me daba igual. Una mancha más no se iba a notar. De pronto, Tony estaba sentado a mi lado, con las piernas cruzadas como uno de esos sabios indios. Los de la india, no los nuestros.

–          ¿Tienes que aparecerte así? ¿No puedes venir caminando como las personas normales?

Él se encogió de hombros, suspirando como si soportarme fuera una gran carga.

–          En algún sitio me tendré que aparecer. Y no soy una persona normal.

–          Desde que te mataron, lo que eres es imbécil.

Tony está muerto, no lo había dicho. Es un fantasma. Los fantasmas de la gente buena, de alguna, ayudan a los ángeles a luchar contra los demonios y recuperar el cielo. Yo había conocido a Tony cuando estaba vivo, solía quedarse en el mismo albergue que mi madre y yo, y se ocupaba de mi cuando ella estaba borracha o colocada. Calculo que cuando le pegaron el tiro debía tener veintipocos años. Yo tenía siete, y estaba delante cuando ocurrió, pero eso es otra historia.

–          ¿Qué tal te va, Rosa?

–          Bien –mentí, encogiéndome de hombros y masticando lo que quedaba del perrito-. Me las arreglo. Hay un señor cerca de Omni que me deja quedarme en su casa un par de veces a la semana.

–          ¿En su casa o…?

Me encogí de hombros, sin contestar. Tony ponía esa cara, con la frente arrugada y la boca torcida, como si fuera mi padre. Supongo que los padres pondrán esa cara,  no sé. Una vieja que paseaba a un niño muy rubio se me quedó mirando como si estuviera loca. Claro, ella no veía a Tony. Para ella era una mendiga colocada hablando sola. Le saqué la lengua y echó a correr como si le hubiera enseñado una pipa.

–          ¿Qué tal va la guerra?

–          Como siempre. Por cada paso que damos, retrocedemos otro. Por suerte la cosa no está tan mal como cuando tú eras pequeña, con la explosión de bandas de los noventa, pero podría irnos mejor.

Me limpié las manos de mostaza en los vaqueros rotos y asentí con la cabeza. Siempre la misma historia. Si los ángeles se las arreglaban para que un barrio mejorase y se controlaran los problemas de drogas y violencia, los demonios se ocupaban de convertir otros dos en agujeros de miseria y crimen. Los ángeles solo me tenían a mí, y puede que a los niños, mientras que Satán tenía en el bolsillo a los ricos, las bandas, los policías y los políticos. ¿Cómo íbamos a ganar?

–          Escucha, me han dado un encargo para ti. ¿Lo harás?

–          No sé, mis carteras de inversión y los cuatro másters que estoy estudiando no me dejan mucho tiempo libre…

–          ¿Me vas a decir ahora que solo haces esto porque no tienes nada mejor de lo que ocuparte? ¿Después de diez años?

–          No sé si te he dicho ya que te has vuelto un imbécil desde que te pegaron el tiro. ¿No sabes lo que es una broma?

Me levanté del banco, tiré el papel del perrito en un cubo de basura y eché a caminar, tratando de hacerme una coleta con el pelo grasiento y enmarañado. Llevaba más de dos semanas sin lavármelo, porque el señor de Omni apenas me deja usar la ducha. Tony me siguió un momento sin decir nada, hasta que llegamos al paso de peatones que hay entre la Avenida 17 Noroeste y la calle 28. Allí, mientras esperábamos a que aflojara el tráfico, volvió a preguntarme.

–          ¿Quieres saber el encargo o no?

–          Dime.

–          Hay un tipo. Se llama Fernando Ramírez, y es un testigo importante en un caso contra los Murda Grove Boys.

–          ¿Qué pasa con él?- empecé a cruzar la calle, para recorrer la calle 28. En realidad no iba a ningún sitio, pero no me gusta estarme quieta mucho tiempo. Los demonios te pueden localizar si no te mueves.

–          Quieren matarlo. Los demonios se han reunido esta mañana y han decidido cargárselo para que no pueda testificar. Queremos que le ayudes.

–          ¿Cómo? No sé si te has dado cuenta, pero soy una vagabunda huérfana de dieciséis años. ¿Qué esperas que haga?

Tony me miró desaprobador de nuevo. Mientras pasábamos delante de los edificios grises de una o dos plantas, con sus techos de metal recalentado por el sol de Florida, la gente se apartaba a nuestro paso como si le fuéramos a pegar algo. La mayoría me miraba como si estuviera loca.

–          Encontrarás una cartera con dinero y la llave de un motel en el tercer sillón de la izquierda según entras del comedor  del McDonald´s de la Séptima Noroeste. Llévatelo allí y mantenlo a salvo hasta el jueves. El viernes por la mañana tiene que declarar.

–          ¿En la Séptima? ¿No había algo más cerca, no sé, Londres?

–          No te quejes. Tampoco es que las carteras de inversión te quiten mucho tiempo.

–          Imbécil.

No me contestó. La verdad es que no era tan lejos, pero no tenía más dinero y no me apetecía ir hasta allá andando. No es lo mismo pasear tranquilamente que ir a un sitio determinado. Lo que tiene una que hacer por liberar el cielo.

–          ¿Cómo encuentro al tipo?

–          Lo van a matar en su casa, esta noche a las doce. Vive en la Tercera Suroeste, la cuarta casa si vienes desde la 37 Suroeste. Una pequeña.

–          Estás decidido a hacerme caminar, ¿eh?

–          Está casi al lado del McDonald´s, no seas quejica. ¿Vas a hacerlo o no?

–          Sí. ¿Cómo me voy a negar?

Así que esa misma tarde me encontré deslizándome en el aparcamiento del McDonald´s, pasando por debajo del enorme cartel de plástico de Central Shopping Plaza, con sus anuncios de Kmart, Winn Dixie  y Walgreens, y el último de abajo, que no es más que unos tubos de neón fundidos porque alguien lo arrancó hace un montón de tiempo y no lo han arreglado. Siempre me ha hecho gracia que el cartel de Blockbuster esté aparte, como si se les hubiese ocurrido luego.

Estuve merodeando un rato por los alrededores del edificio color rojo ladrillo del McDonald´s, sin decidirme a entrar. Un guardia de seguridad del aparcamiento me gritó que me fuera un par de veces, así que cuando lo vi dispuesto a venir a meterse conmigo entré en el comedor. Sobre el mostrador había un cartel amarillo que nos invitaba a probar la nueva limonada de fresa helada. ¿Cómo puede ser de fresa una limonada? Remoloneé otro poco fingiendo que miraba el menú, aunque en realidad estaba buscando el asiento que me había dicho Tony. Allí estaba, justo de donde un tipo gordo de cuarenta y pico se acababa de levantar para meterse en el baño.

Sabía que si alguien me veía coger la cartera iban a creer que era una ladrona. No iba a servir de nada que les dijera que la habían puesto ahí para mí los ángeles, y que un amigo muerto hacía nueve años me había dicho que la cogiera para cumplir una misión en la guerra contra los demonios. Me habrían tomado por loca.

Así que fingí que se me caía el folleto con el menú al lado del asiento, me agaché para recogerlo y rápidamente me metí la cartera en el bolsillo de la chaqueta. Salí del McDonalds sin mirar atrás, como si fuera lo más normal del mundo, y justo cuando llegaba a la puerta, escuché cerrarse de golpe la del cuarto de baño. Si el tipo creía que la cartera era suya y sumaba dos y dos, se podía armar un escándalo. Miré a ambos lados. Ni rastro del guardia de seguridad.

Me metí en el jardín a la izquierda de la puerta y eché a correr medio agachada por entre las palmeras, pasando por debajo de la misma ventana de las cocinas. Si alguien se asomaba me podría ver, pero desde el aparcamiento me ocultaba a la vista el cartel de tela que habían puesto en la valla del jardín, anunciando la dichosa limonada de fresa. Por suerte, nadie se asomó. Salté por el otro lado, me metí en la gasolinera Chevron y crucé la 37 para sentarme a la sombra de un árbol, en el suelo, a un par de metros del Burger King. Ya era bastante difícil que nadie fuera a relacionarme con el robo del McDonald´s. Que no era un robo.

Me quité la chaqueta y la dejé en el suelo junto a mí, sobre la hierba. Da un calor horroroso durante el día, pero por la noche es lo único que tengo para dormir, y a veces refresca bastante. Saqué la cartera del bolsillo donde la había escondido: dentro estaba la llave y un buen fajo de billetes. Al menos la habitación era en el Residence Inn del aeropuerto, que no estaba muy lejos. Conociendo a Tony, me podía haber mandado al puñetero Jacksonville.

Decidí usar la habitación de campamento base mientras pensaba el resto del plan. Además, tenía unas horas. Vale, admito que quería echar una cabezada y lavarme un poco. ¿Quién sabe cuándo volveré a tener una cama de verdad y agua caliente? Gratis, por lo menos. También quería asegurarme. Me rondaba por la cabeza que el tipo gordo podía perfectamente ser el dueño de la cartera. Tony me había dicho que la encontraría allí, sin más, pero a saber si algún ángel había hecho que se le cayera del bolsillo al gordo. Ellos pueden hacer ese tipo de cosas, creo. Total, que igual cuando volviera esa noche con el tal Ramírez estaba la reserva cancelada, y nos paraba la poli en la puerta. Si eso pasaba (y qué mal quedaría Ramírez, presentándose en un motel con una chica de mi edad…) quería al menos tener la habitación un ratito. Una chica puede soñar.

Así que me duché, dormí un rato, cené un taco de otro puesto callejero con lo que había en la cartera (podía haber ido a un sitio mejor, pero no quería gastarlo todo) y me presenté en la Tercera Suroeste a las doce menos cinco. La verdad es que quería haber llegado antes, pero dormí más de la cuenta. ¿Quién puede culparme? Llevaba años sin tener una cama limpia para mí sola.

La casa era bastante pequeña, la verdad, aunque tenía un buen jardín, con setos y palmeras tras los que ocultarme. Estaba pensando en qué decirle a Ramírez para que viniera conmigo sin sonar como una yonqui loca, tratando de decidir si llamar al timbre o entrar por una ventana, cuando la vibración de unos bajos hizo temblar hasta las mismas hojas de las palmeras. Sonaba reggaetón a todo volumen, a lo lejos, y se acercaba. Los Murda Grove Boys. Mierda.

Tiré una piedra por la ventana de atrás y entré arrastrándome. Me desgarré los pantalones y me raspé la piel, pero por suerte no me hice sangre. Estaba en un salón. Cuando conseguí ponerme de pie, había un tipo joven, con el pelo negro y cara de asustado, en pijama. Tenía un bate de béisbol en la mano, y los nudillos blancos. Dio un paso hacia mí, entre amenazante y asustado.

–          ¿Eres Fernando Ramírez?- chillé en español. Eso lo detuvo, pero no lo tranquilizó. El reggaetón empezaba a oírse ya desde el interior de la casa. Bajó un poco el bate, confundido.

–          ¿Quién eres tú?

–          ¡Vienen los Murda Grove! ¡Ven conmigo!

–          ¿¡Pero qué?!

–          ¡Que vengas! – lo agarré de la camiseta y tiré de él hacia la ventana, desesperada. Si los Boys nos encontraban nos iban a matar a los dos, y los demonios habrían ganado otra batalla. Otra más.

Ramírez forcejeó, pero por suerte no se le ocurrió usar el bate contra mí. Todavía no sé qué le convenció, si fui yo, mi cara de desesperación, o el derrapar de los coches de los Murda Grove, que ya estaban quemando rueda en la esquina de la Tercera con la Treinta y Siete. Echamos a correr, salimos por la ventana que yo había roto, y cruzamos el barrio a ciegas, intentando sencillamente poner tierra de por medio entre la casa y nosotros. Mientras corríamos oímos los primeros gritos en espanglish y los primeros tiros al aire. Desde luego, no tenían pensado hacer esto discretamente. Querían que todo el mundo se enterara de qué les pasaba a los que declararan contra los Murda Grove Boys.

Nos detuvimos, jadeando, en el aparcamiento de camiones de la Cuarta noroeste. No era muy lejos ni era seguro, pero Ramírez estaba histérico, y yo estaba muy cansada. Desde donde estábamos oíamos los gritos y los tiros. Me imagino que ya se habrían dado cuenta de que Ramírez no estaba en casa. Con la lengua fuera, volví a tirarle de la camiseta del pijama.

–          Vamos. Van a encontrar la ventana rota y buscarnos, no son idiotas.

–          ¿Se puede saber quién eres? ¿Por qué estás…?

–          No te lo creerías. Tú hazme caso, te llevo a un lugar seguro.

–          ¿Cómo sé que no…?

–          ¿Qué no estoy con ellos? Porque no les he dejado pegarte un tiro en la puerta de tu casa, hombre. ¡Vamos!

Corrimos un poco más, hasta que me acordé de la cartera que aún llevaba en la chaqueta. Paramos tres taxis, pero ninguno quiso llevarnos, al ver las pintas que llevábamos, y sobre todo el bate. Le dije a Ramírez que lo tirara, pero no quiso. Al final, el cuarto taxi aceptó llevarnos si lo metíamos en el maletero. El tipo tenía una separación de cristal entre su asiento y el del pasajero, micrófono, cámaras y de todo, aparte de una estampa de la Virgen de Guadalupe en el salpicadero. Aquello era un tanque.

Le di la dirección del Residence Inn y nos miró con mala cara, pero no dijo nada. Media hora después estaba sentada en el suelo, con Ramírez en la cama mirándome con incredulidad. Habíamos tenido que dejar el bate escondido entre los setos, en el jardín que hay junto a la puerta del hostal.

–          ¿Me estás diciendo que los Murda Grove se han enterado de que voy a testificar? Pero si solo lo sabe la policía… ¡Tengo que llamarlos!

–          ¿Es que no me escuchas?- me enfadé-. Satán los avisó. Las bandas están controladas por los demonios. La poli también.

–          No me vengas con esas. Además, ¿cómo te has enterado tú?

–          ¡Ya te lo he dicho!

–          ¿Ángeles y fantasmas y demonios? ¡Tú eres una loca!

Le clavé los ojos, cabreada, poniéndome de pie. No le llegaba ni a la barbilla, porque era bastante alto para ser hispano, pero estando sentado yo quedaba por encima, y se echó atrás en la cama. Estuve a punto de darle una bofetada.

–          Soy una loca que te ha salvado la vida y te ha traído aquí para que no te maten, así que respétame, ¿está claro?

Se tragó lo que quiera que fuera a responderme y refunfuñó por lo bajo, así que pasé de él y me fui al baño. Mientras estaba sentada, viéndome las ojeras y la cara de cansancio en el espejo, me vino una idea a la mente. Me puse pálida de repente, sentí un nudo formarse en el estómago y un sudor frío bajarme por la espalda. Apreté los dientes para evitar que me temblara la barbilla. ¡Bloody Mary! ¿Cómo podía haberme olvidado de Bloody Mary?

Estuve a punto de decirlo en alto, y me mordí la lengua tan fuerte que estuve a punto de hacerme sangre. No se puede decir su nombre delante de un espejo, porque si lo dices tres veces viene para matarte. Me subí los vaqueros y salí del baño casi histérica.

–          ¡Ramírez! ¡Levanta!

Él se había quedado adormilado en la cama, y me miró confundido, incorporándose sobre un codo. Le tiré una de sus propias zapatillas para obligarlo a levantarse.

–          ¡Tienes que ayudarme!

–          ¿Qué pasa? ¿Más fantasmas?

–          Ayúdame a quitar los espejos de la habitación.

–          ¿Qué dices?

–          ¡Ayúdame!- le grité, subiéndome a la cama y casi pisoteándolo para llegar al pequeño espejo redondo que había sobre la cabecera.

–          ¿A qué viene eso? ¿Qué haces?

Descolgué el espejo y lo puse boca abajo en la mesilla de noche, luego le tiré de la manga para que me ayudara con el del baño. Como con todo lo demás, me ayudó sin hacer más que rezongar un poco; bastaba presionarlo para que obedeciera. No me extrañaba que se hubiera mezclado con bandas.

–          Tenemos que llevar los espejos abajo y tirarlos. Romperlos dentro del contenedor de basura.

–          ¿Pero me quieres decir por qué?

–          No se puede decir su nombre delante del espejo. Es la aliada de los demonios. Llora sangre y recorre la ciudad por la noche buscando niños que matar.

–          ¿Ahora nos va a atacar La Llorona? ¡Venga, hombre!

–          ¡Ni se te ocurra soltar el espejo! ¡Y no la nombres!

Bajamos el espejo del baño por la escalera de incendios, rezando para que nadie nos viera. Lo dejamos en el contenedor, en vertical, y obligué a Ramírez a envolverse la mano con mi chaqueta y darle un par de puñetazos para romperlo sin hacer mucho ruido. Hubiera preferido tirarlo al suelo o golpearlo contra el borde del contenedor, pero no podíamos arriesgarnos a que nos pillara el personal del Residence Inn. Hicimos lo mismo con el espejo pequeño de encima de la cama, y con uno de mano que encontré en la mesilla de noche. Cuando volvíamos arriba, me quedé un rato parada delante del que había en el pasillo.

–          ¿Qué haces?

–          Deberíamos romper este también.

–          ¿Qué dices?

–          Y si hay uno en el ascensor también.

–          Ni se te ocurra. Bastante he aguantado tus locuras ya, pero no pienso…

Le clavé una mirada de las mías y se tuvo que callar. Me picaban las puntas de los dedos de ganas de destrozar todos los espejos del edificio para evitar que ella entrara, pero Ramírez tenía razón. Si lo hacíamos armaríamos un escándalo, vendría la poli, y no habría forma de que él declarara, ni de permanecer escondidos en el hostal. Me dije que estaba siendo paranoica. Bloody Mary te atacaba cuando estabas delante de un espejo, nunca se alejaba mucho de ellos. No iba a cruzar todo el pasillo para matar a Ramírez. Lo único que teníamos que hacer era salir por la escalera de incendios el viernes por la mañana.

–          ¿Me quieres explicar de qué va todo esto?- me dijo él una vez volvimos a la habitación y me hube asegurado otra vez que no había un solo espejo.

–          Es…- bajé la voz, como si pudiera oírme- Bloody Mary. Se mueve a través de los espejos. Si dices su nombre tres veces delante del espejo viene y te mata.

–          ¡Eso es una leyenda urbana, un cuento de miedo! Ni siquiera los niños pequeños se lo creen.

–          Es verdad. Yo he visto los cristales rotos cerca de donde han muerto los que la han llamado. A veces puede venir también aunque no lo hayas hecho, si alguien se lo pide. Como los Murda Grove no te han pillado, Satán podría haberla llamado a ella.

Ramírez se levantó de la cama donde se había vuelto a sentar y se llevó las manos a la cabeza, exasperado. Sacudía la cabeza como si le estuviera contando alguna locura sin sentido.

–          ¿Pero qué tiene que ver Satán con Bloody Mary?

–          Son aliados. Ella fue la que le ayudó a entrar en el cielo para conquistarlo cuando Dios huyó. No pudo soportar ver todo el mal que hay en el mundo.

–          ¿De qué demonios hablas?

–          Tú no conoces las historias- le dije con desprecio-. Eras un niño rico, ¿verdad? Tenías casa propia, no ibas de albergue en albergue. Seguro que hasta fuiste al colegio. Nadie te contó cómo protegerte, ni te dijo el nombre secreto de la Dama Azul.

Él se dejó caer en la única silla de la habitación, con la cabeza entre las manos. Se la apretaba como si sintiera que le iba a estallar en cualquier momento.

–          Todo esto es una locura. No entiendo nada… hace hora y media me iban a matar por testificar y ahora me estás hablando de guerras mitológicas, de la Llorona y de una mujer de azul.

–          Ella es la única que puede salvarte de Bloody Mary – le dije, sentándome a mi vez en la cama-. Si la llamas por su nombre secreto cuando estás en peligro viene para salvarte. Si Bloody Mary ve tu cara puede encontrarte estés donde estés, así que es la única oportunidad que tienes de salir vivo.

Ramírez hundió los hombros, derrotado. Creo que seguía sin creerse nada, pero los nervios estaban pudiendo con él y estaba dispuesto a rendirse y aceptar cualquier cosa con tal de que lo dejara en paz.

–          De acuerdo, ¿cuál es el nombre?

–          No se puede revelar a los adultos.

–          ¡Tú lo sabes!

–          Cuando me lo dijeron era una niña. Bueno, y legalmente todavía lo soy.

–          ¡Vete a la mierda!

–          De nada por salvarte la vida, imbécil.

–          Me acabas de decir que la puñetera Bloody Mary me va a matar de todas formas porque no me quieres decir el nombre secreto de otro maldito personaje de cuento.

–          No he dicho que te vaya a matar- respondí, satisfecha de mí misma-. Hay otras formas de protegerse, y te las puedo enseñar.

–          ¿Ah, sí? ¿Cuáles? A ver con qué me sales ahora.

Le dije lo que tenía que hacer, cómo fabricar las protecciones y cómo situarlas para que Bloody Mary no lo pudiera atacar, ni siquiera si había visto su cara. No las puedo poner aquí porque dicen que si se escriben pierden su poder. No sé si es verdad. Quiero decir, ¿cómo haces la prueba? Igual alguien lo hizo con una sola de las protecciones y por eso dejó de funcionar y ya no se enseña. Da igual. Le enseñé a Ramírez las que sabía.

–          Vamos a estar aquí una semana. Tú no puedes salir, porque si alguien te ve y avisa a los demonios, te matarán igualmente y no habremos avanzado nada. No pienso permitir que los ángeles pierdan la batalla por mi culpa.

–          Ah, ¿ahora hay ángeles también?

–          Cállate y escúchame. Yo saldré a comprar comida y esas cosas, tengo algo de dinero. No preguntes, escucha. Cada vez que yo cierre esa puerta pondrás las protecciones tal y como te he enseñado, sin olvidarte absolutamente nada. Si te olvidas de algo estás muerto. ¿Entendido?

–          Sí, sí.

–          Y aléjate de los espejos. No quiero que salgas ni siquiera al pasillo. Todas las protecciones del mundo no sirven de nada si pasas delante de un espejo y Bloody Mary te está buscando.

–          Vale, vale – me dijo, encogiéndose de hombros-. Lo que tú digas.

–          ¿No me crees?

–          Eh, sí, de verdad.

No me creía. Lo agarré por los hombros y pegué mi cara a la suya, mirándole a los ojos. Torció el gesto. Supongo que no me huele el aliento a rosas.

–          Me da igual que no me creas siempre que me obedezcas. Esto es una guerra, y tú eres un soldado aunque no quieras. Supongo que eso me convierte a mí en sargento. Ahora repíteme todas las instrucciones que te he dado.

Me maldijo durante un rato, pero al final se rindió y obedeció. Le hice repetirlo tres veces más antes de dejarlo ir a dormir, casi a las cuatro de la mañana.

Durante la semana se portó bastante bien. Yo salía a comprar raciones de supervivencia, que calentamos en un hornillo que compré en una tienda de artículos de monte, aunque la cajera me mirara con mala cara. No le dejé llamar a nadie ni salir de la habitación, y por la mayor parte obedeció, aunque un par de veces rezongaba que lo había secuestrado. Cada vez que volvía tenía las protecciones perfectamente colocadas, aunque yo las revisaba solo por si acaso. El martes, al volver, lo pillé en el pasillo, aunque lejos del espejo, y le eché una bronca impresionante, como las de mi madre cuando estaba borracha y yo era pequeña. Luego estuvimos discutiendo toda la noche.

Tuvimos otra discusión el miércoles, porque Tony vino a ver qué tal iba la operación y Ramírez se empeñó en que ahí no había nadie y yo estaba hablando sola. No entendía que obviamente no podía verlo porque es un puñetero fantasma. Solo se me aparece a mí. ¿A santo de qué se le va a aparecer a otro?

En fin, lo peor vino el jueves por la noche, cuando ya solo quedaban unas horas. Yo intentaba no ir dos veces a la misma tienda a comprar la comida, para que no pudieran fijarse en mí e identificarme si la poli o las bandas venían preguntando, así que a veces tardaba bastante en volver al hostal. El jueves pasé por delante de un mural pintado a graffitti en una pared, que representaba a la Dama Azul, con su rostro ovalado y los ojos enormes, piadosos, sonriendo mientras salvaba a un niño, acurrucado entre unos contenedores, de unos pandilleros con cuernos y garras. La Dama llevaba una pistola en cada mano y estaba disparando sobre los pandilleros. La imagen me reconfortó. Si todo salía mal, siempre podíamos contar con ella. Ya solo quedaba pasar la noche.

Entré a través de la escalera de incendios, como siempre, pero en cuanto llegué al pasillo toda mi confianza se fue al infierno de cabeza. Me paré en seco y sentí erizárseme todos los pelos del cuerpo. Empecé a temblar como si tuviera fiebre, de los puros nervios, y dejé caer todas las bolsas. El espejo del pasillo estaba roto, hecho añicos que cubrían la moqueta hasta la pared opuesta. Como si algo lo hubiera atravesado desde dentro.

–          ¡Ramírez! – chillé.

Dejando las bolsas, eché a correr hacia la puerta de la habitación. Estaba forzada, y se abrió de un empujón. Automáticamente busqué las protecciones. No estaban. ¡No estaban! La puerta del baño estaba abierta, así que me precipité hacia allí, pero apenas llegué retrocedí gritando, histérica, resbalando mientras reculaba hacia la puerta del pasillo. Estuve a punto de caer al suelo, me medio incorporé a cuatro patas y salí corriendo pasillo abajo, hacia las escaleras. Me caí, rodé, me levanté sangrando por la nariz, seguí corriendo, crucé el vestíbulo, me tiré contra las puertas de cristal y huí del Residence Inn sin mirar atrás, con la cara convertida en una máscara de sangre, lágrimas y mocos.

Ramírez estaba muerto en el suelo, cosido a cuchilladas. Y por encima de él una figura de espaldas, una mujer alta con una túnica blanca y un velo que le caía por la espalda, manchados de sangre. Bloody Mary. Pero eso no es lo peor. Eso  no es lo peor.

Estoy escribiendo esto escondida. No voy a decir donde por si alguien lo encuentra. No quiero que me encuentren. No sé qué voy a hacer. No sé qué hacer. Trato de llamarla, pero no puedo. No puedo, no puedo, no puedo. No recuerdo el nombre. No recuerdo el nombre secreto de la Dama Azul, la única que puede salvarte de Bloody Mary. No recuerdo el nombre y eso significa que voy a morir.

Porque cuando llegué a la puerta del baño, Bloody Mary se volvió y me vio la cara.

Teniente: Hemos encontrado esto en los bolsillos de Rosa Martínez, 16, la vagabunda que apareció muerta en el cuarto de baño del Taco Bell de la Segunda Avenida Noroeste, escrito a lápiz en hojas arrancadas de un cuaderno escolar. El cuerpo apareció apuñalado y rodeado de cristales rotos del espejo del baño. Creemos que lo rompió ella misma. Hemos comprobado su historia: es verdad que Ramírez iba a declarar, y que desapareció la semana pasada cuando los Murda Grove Boys atacaron su casa. Apareció muerto en el Residence Inn el viernes por la mañana. La habitación estaba a nombre de la Iglesia Evangélica Pentecostal del Reverendo Jones, de Dallas, reservada por dos semanas. La Iglesia niega todo conocimiento. 

La Cena

El trozo de carne estaba hablando. Él asentía, con expresión seria y concentrada, clavándole los ojos en las pupilas como si quisiera mirar dentro de su alma, como si todo el universo se hubiera detenido y solo importase lo que ella estaba diciendo. Pero la verdad es que el vampiro sería incapaz de repetir la última frase de la chica, o decir sobre qué tema estaba parloteando esta vez. Después de ciento cincuenta años, la conversación de los mortales se le hacía estéril y vacía, repetitiva, como un gramófono en el que suena, una y otra vez, la misma melodía. ¿Qué le importaban a él los padres del trozo de carne, o lo envidiosas que eran las otras niñas?

Porque era una niña. ¿Qué edad tendría? ¿Dieciséis, veinte? Le costaba distinguirlo. En sus tiempos, ya eran mujeres con dieciséis; hoy las de veinticinco seguían siendo niñas, pero se vestían como adultas (adultas desvergonzadas) desde los doce. Un mundo de locos. El vampiro se sentía viejo, cansado, y por encima de todo aburrido. Y el trozo de carne seguía parloteando, a pesar de que él apenas respondía con monosílabos, o con frases hechas que apenas tenía que pensar. Su boca las entonaba por sí sola, acostumbrada a lidiar con las presas, de manera casi refleja. Tenía un buen repertorio que le permitía fingir que participaba en la conversación sin molestarse en prestar atención, y sin intervenir demasiado. La chica probablemente pensaba que él era misterioso, oscuro y taciturno, que guardaba unos pensamientos profundos y meditabundos tras sus ojos que apenas parpadeaban y su rostro pálido y austero. En realidad, tenía hambre.

Aún era solo hambre, no Hambre. Aún podía asentir de vez en cuando y fingir que le interesaba la conversación mientras examinaba, desde la atalaya que le proporcionaba el ventanal del restaurante, las obras del palacete del siglo XVIII que había justo enfrente. Había escogido el lugar de la cita expresamente por las vistas. Quería asegurarse de que no hicieran algún destrozo en la fachada, bajo la que él mismo había paseado, charlado y hablado de amor ciento cincuenta años antes. Por ahora, bajo el brillo anaranjado de las farolas y el cielo nocturno, parecía que estaban respetando la decoración original, pero el vampiro no se fiaba de los mortales. Ya había visto desaparecer (o mejor dicho, se había encontrado, al despertar, reducidos a un montón de escombros) demasiados recuerdos de su vida humana, como para permanecer impasible mientras aquél también era destrozado.

La presa le estaba tocando el brazo. Se obligó a sonreír levemente, preguntándose cómo es que ella nunca retrocedía al notar la frialdad de su piel. No la frialdad romántica, de noche de invierno en París, que describían los autores de novelas de vampiros, sino la verdadera gelidez de cadáver que emanaba, un tacto como de pescado congelado, ligeramente pastoso y húmedo. Nunca les asqueaba, y él, tras ciento cincuenta años, aún no sabía por qué. Quizás ejercía un efecto hipnótico sobre ellas. Quizás ellas mismas se sugestionaban, y sus mentes les escondían aquello que no podían reconciliar con los ojos: que el joven moreno, atractivo aunque algo soso, que tenían delante tenía el tacto de un muerto, y que su expresión no era de concentrada intensidad, sino de absoluto desinterés, y que sus comentarios no eran certeros flechazos en sus almas, sino simples frases hechas.

Ella le había preguntado algo. Sus labios respondieron sin ayuda, pero hubo un momento de vacilación. Su nombre, su nombre. Aquella frase hecha en concreto requería el nombre del trozo de carne, y él era incapaz de recordarlo. Tampoco era una novedad: nunca se acordaba de los nombres. ¿Para qué? En él mejor de los casos, ella viviría aún unas décadas, mientras que él tenía toda la eternidad por delante. En realidad, era probable que la presa no llegara a los treinta: tarde o temprano él se terminaría de aburrir, o el aburrimiento dejaría paso a la exasperación, y todo habría terminado. Ninguna de ellas, en ciento cincuenta años, había sido lo bastante interesante como para que él recordara su nombre estando vivas, mucho menos después de muertas. Pasado un tiempo todas se confundían en un borrón, una “presa” impersonal e intemporal que iba siendo interpretada sucesivamente por distintas actrices. Y en realidad, ¿qué más daba? ¿Acaso recordaba la cosecha de cada botella de vino que había tomado estando vivo, o preguntaba por el nombre de cada ternera cuyos filetes le habían puesto delante? Aunque, al menos, a las terneras no hacía falta sacarlas a cenar, o hacer que se sintieran importantes.

Solucionó lo del nombre con un quiebro rápido, casi inconsciente. Cariño, quizá, o amor mío. Alguna tontería por el estilo. Tampoco se daban cuenta nunca de que jamás pronunciaba un nombre propio, o de que en las cenas pedía ensaladas que apenas tocaba. Su mente volvió, ociosa, a la fachada del palacete. Un nombre que valía la pena descubrir, y recordar, era el del responsable de la restauración. Por su bien y el de sus hijos y familia, más valía que hiciese un buen trabajo. Los arcos de la entrada, cuando el vampiro era joven, estaban delicadamente tallados con escenas de la vida cotidiana en la ciudad, pero las tallas se habían ido erosionando con los siglos hasta casi desaparecer. Si eran sustituidas por alguna aberración moderna, alguien lo pagaría muy caro. Y las ventanas. Las ventanas de guillotina tradicionales, con sus paneles rectangulares del tamaño de un puño. En otros edificios las habían sustituido por cristales que ocupaban todo el marco de la ventana, con feas pegatinas amarillas del servicio de seguridad. Decidió que si lo hacían aquí también, las rompería todas arrojando a su través a los hijos del restaurador. Suponiendo que tuviese. Si no, ya pensaría en algo.

La presa ahora quería salir a pasear. Él asintió con la cabeza sin hacerle mucho caso y se levantó para pagar la cuenta mientras ella iba al cuarto de baño a retocarse. Por un segundo contempló la posibilidad de entrar detrás de ella, empujarla a uno de los cubículos y dejarla seca para terminar de una vez, pero ya los habían visto juntos. No valía la pena buscarse problemas sin motivo alguno, de modo que esperó casi quince minutos, apoyado en la jamba del restaurante, contemplando el palacete, hasta que ella lo distrajo introduciendo una mano bajo su brazo desde atrás, por sorpresa. Qué irritante. Se resignó a caminar a lo largo de la avenida con el trozo de carne colgado del brazo, abandonando la contemplación de su querido palacete para sumirse en aquella pesadilla moderna de asfalto y edificios de hormigón, acero y cristal, y coches ruidosos y farolas anaranjadas. Echaba de menos las estrellas. Ya nunca se veían en la ciudad.

¿Por qué hacía esto? ¿Por qué no limitarse a acechar en los callejones y arrastrar hacia las sombras a alguna víctima desprevenida, para luego tirar el cuerpo en un vertedero? ¿Por qué soportar la charla interminable, las carantoñas repulsivas y los paseos que le distraían de sus verdaderos intereses? La vida sería mucho más sencilla, mucho más placentera. Un simple tirón, un mordisco, y luego todos sus problemas se reducirían a disponer del cadáver. Tendría toda la noche, todas las noches, para él solo. Ni siquiera tendría que hablar con nadie si no quería, ni tratar de recordar nombres, ni pagar cenas con el dinero que robaba a los cadáveres de sus presas.

Pero ese era el camino de la locura, y él lo sabía muy bien. Había visto a otros hacerlo. Primero te niegas a descender al nivel de las presas, te niegas a fingir que te interesa su conversación banal y estúpida, y te limitas a engañar a algún pobre diablo, lo atraes a tu guarida y lo devoras. Luego te resulta tedioso molestarte en hablar con ellos, siquiera para engañarlos, así que empiezas a secuestrarlos. Una noche te das cuenta de que hace semanas que no hablas con nadie. Cuando te apetece, sales a la calle, matas a una persona y te bebes su sangre en el mismo sitio. Sacias el hambre y continúas con tus asuntos, sí. Pero el hambre, sin autocontrol, crece. Si puedes tener alimento cada vez que te apetezca, ¿por qué vas a esperar? Así que la presa de cada dos semanas se convierte en la semanal. Luego cada tres días.

Al final, la caza te ocupa cada vez más tiempo, y los humanos empiezan a notarlo. Dado que el Hambre ruge en tu interior a todas horas, no tienes tiempo para nada más. No hay lectura de los clásicos, ni arte, ni reflexiones filosóficas, ni música. Solo merodeas por las calles como un vagabundo, como un drogadicto buscando la próxima dosis, con los ojos enloquecidos, acechando como un lobo hambriento. Cualquier persona solitaria es tu presa, cualquier callejón oscuro tu terreno de caza. Matas, bebes, pero no te sacias. Vuelves a salir. No hay tiempo para nada más.

No hablas con nadie. No haces nada excepto cazar y matar. ¿En qué te diferencia eso de un animal? ¿Te crees mejor que los humanos, pero no eres capaz siquiera de pensar en otra cosa que no sea ceder a tus instintos más primarios? Te han elegido, te han dado un don, y tú lo has tirado por la borda porque los humanos te aburren y te agobian. Podías haber sido un ángel, un dios, y te has convertido en un monstruo, en un perro rabioso. Al final, las más de las veces, no son los humanos los que te matan, sino los tuyos. Un cazador cazado, una estaca por la espalda y una cabeza cortada, y los periódicos pueden dejar de hablar del asesino en serie, del desangrador. Así es mejor para todos. Mejor para los demás, porque no los pones en peligro. Y mejor para ti mismo, porque te liberan de la miseria de una existencia vacía que tú mismo te has buscado.

No. El único modo de mantener la mente despierta, de conservar la propia identidad, es este. Esta indignidad, porque no tiene otro nombre: soportar que una niña a la que septuplicas la edad te agarre del brazo y te llame amor, fingir que te interesan sus cotilleos de instituto, seducirla fingiendo que la desidia, la apatía y el aburrimiento son misterio, profundidad y elegancia. Y finalmente, tarde o temprano, cuando el tedio llegue a su máximo, la gota colmará el vaso y serán los colmillos, la sangre, y habrá que buscar otra, otra mascota, otra actriz que represente el papel durante algunas noches, para al menos tener algo que hacer aparte de quedarte en casa, leyendo o escuchando música. Pero eso puede ocurrir esta misma noche, o dentro de diez años, ¿quién sabe? Y el trozo de carne sigue hablando.

–          No entiendo por qué tienen que restaurar todos esos edificios viejos. Si se están cayendo, que los tiren. Que construyan algo nuevo, algo útil, no un caserón cerrado.

Esta noche. Será esta noche.

Fuego Nuevo

via Wikipedia.org

Me llamo Miguel Sánchez Hernández. Lo que voy a contar ocurrió hace solo tres días, pero, a veces, parece como si hubiera tenido lugar hace toda una vida, y en otras ocasiones, es como si lo estuviera viviendo ahora mismo, minuto a minuto, cada segundo de duda, cada instante de miedo, turbación, o revelación, cada momento en el que estuve a punto de convencerme a mí mismo de que estaba loco, y todo eran únicamente delirios de mi mente perturbada.

Ahora, al contarlo, hilo acontecimientos separados por varias horas o por días, y me salto otros, de forma que parece algo coherente, pero en su momento no lo parecía. Solo ahora recuerdo fragmentos, datos, hechos, y a la luz de lo que sé los interpreto y les doy forma para contarlos y decir: esto fue importante. En su momento me dio igual. Hasta que no pude dejar de darle la importancia que se merecía, y tuve que asumir todo lo que estaba pasando, porque no me quedó otro remedio.

Creo que todo comenzó, más o menos, cuando conducía la furgoneta del reparto Gran Vía arriba, con Juanito, mi nuevo compañero, a mi lado.  Juanito Nogales. Nunca supe su segundo apellido. Era su primer día en la empresa, donde acabamos todos los inmigrantes latinoamericanos en España: transportando cajas, o sirviendo hamburguesas, o fregando suelos. Era de Medellín, me dijo, y a medida que conducía y hacíamos la ruta, me fue contando las maravillas de su ciudad, con todo y cártel. Yo le fui contando las pocas que tiene el D. F., o por lo menos las pocas que yo vi durante el par de años en los que conseguí salir de Tepito para hacerme, a empujones y becas, un hueco en la UNAM que me duró dos años. Luego se acabó la beca y se acabó la UNAM, y se acabó Antropología. Tendría que haber estudiado para electricista o para mecánico, como quería mi viejo. Ahora al menos tendría un trabajo como Dios manda.

Así que le iba contando a Juanito sobre el Pedregal y Cuicuilco, sobre el Zócalo, o Tlatelolco, o la vez que fui con los cuates de la carrera a Teotihuacán y vi la Pirámide del Sol, o lo que queda de ella, y la de la Luna y la Avenida de los Muertos. Pero también le conté de los bloques deshabitados del barrio de Tepito, de la gente que sale de trabajar en una fábrica para meterse toda la noche en un bar, o en un ring de lucha, a gastarse todo el dinero que han ganado en el día, o de los que venden en las esquinas para el cártel de Juárez, o el de Sonora. Y Juanito me entendió y me contó a su vez, porque en Medellín pasa lo mismo, como pasa en todas las ciudades dejadas de la mano de Dios de Latinoamérica, donde es igual de normal oír un tiroteo que el llanto de un recién nacido.

En esas estábamos cuando aparqué el furgón delante de uno de los VIPs que plagan las esquinas de Madrid, y Juanito se bajó para abrir la puerta posterior y empezar a sacar las carretillas: cajas de papas fritas, de refrescos, de cerveza, de palitos de merluza congelados. El encargado del local salió al ver detenerse el furgón, mirándome con cara de pocos amigos.

–          ¿Dónde estabais? ¡son las once y media de la mañana! ¡esto se va a llenar de gente de un momento a otro, y nosotros sin existencias!

–          Tranquilo, jefe- le dije mientras Juanito empujaba al interior la primera remesa-. Ya estamos aquí, ¿verdad? Y, pues, tenemos más entregas que hacer, no podemos estar en todos sitios a la vez, ¿no?

–          Voy a presentar una queja ante la empresa- me amenazó.

–          Como usted guste, señor.

Se volvió a meter en el local, hecho una furia, y yo me quedé fuera, tomando el aire, y sin molestarme en ayudar a Juanito. Reconozco que abusaba un poco de él, pero es ley de vida, como decía mi viejo. Cuando yo empecé también me tuve que aguantar mis buenas sesiones de entrar y sacar cajas mientras mis compañeros se quedaban fuera, fumándose un cigarro o silbándole a las chavas. Y vaya chavas hay en Madrid, por cierto. De todas partes.

Como había dicho el encargado, era casi mediodía, y en mayo hace aquí un calor del diablo. Me quedé refugiado debajo del toldo rojo que cubría la puerta, paseando la vista por los coches, los transeúntes, la luz del sol filtrándose entre las hojas de los árboles, los edificios de la Gran Vía, la mayoría grises, pero sin embargo vivos e interesantes. Las mariposas revoloteando delante de la puerta del VIPs, ante mis narices. Los carteles de las paradas de camiones, del metro, de los cines o las librerías… Juanito resoplaba a mi lado, bajando otra carretilla del furgón.

–          Podrías ayudarme un poco, ¿no?

–          Podría, güey, podría. Pero ya solo te queda esa.

La entró rezongando, y yo le seguí con la mirada, divertido. Fue entonces cuando posé la vista en algo que me llamó la atención. Una pura tontería, en realidad, pero tengo la costumbre de leer, por reflejo, todo lo que me pasa delante de la cara, y me había encontrado con los estantes de las revistas. Arriba, las de salud y bienestar masculino y belleza femenina, hábilmente mezcladas con las porno; debajo las de deportes e informática, en tercer lugar esas de divulgación, carísimas y con más de cien páginas, que se pusieron tan de moda hace unos diez años y ahora están en decadencia, y por último, las de “esoterismo”. Estas me encantaban desde siempre, así que les dediqué una atención especial.

No es que me las creyera. Cualquiera que haya aprobado la prepa sabe que todo lo que publican es pura tontería y tomadura de pelo, no porque lo asuma como un axioma, sino porque los argumentos que utiliza el noventa por ciento de esas revistas bordean lo ridículo, generalmente por el lado de dentro. En muchas de ella, el argumento más sólido parece ser “la comunidad científica dice que es imposible, así que TIENE que ser cierto”. Cuando estaba en la UNAM me pasé más de dos y de tres tardes con los cuates, doblados de risa con los chupacabras, los OVNIs mayas, y las apariciones de la Virgen de Guadalupe en un tamal en Zacatecas.

Esa mañana, ya casi medio día, me entretuve con titulares sobre el último secreto de Fátima, el Santo Grial que había aparecido en Murcia, los OVNIs de Arkansas, las hadas de Gales y los Poltergeist de Alemania. Pero uno me llamó especialmente la atención. En su momento pensé que porque hacía referencia a mi tierra. Ahora… ahora no puedo decir lo mismo. Aparecía la Piedra del Sol, rodeada de estrellas, y posada en ella, una polilla, o una mariposa (nunca he aprendido a distinguirlas). El titular era “2012: ¿Se acerca el fin del mundo?”. Me hizo gracia que el tipo que hizo la portada no fuera capaz de encontrar nada maya que ponerle a esa supuesta profecía, y le encasquetara el calendario azteca.

Terminamos la ronda sin más novedades, que yo recuerde. Solo nos quedaba una entrega por hacer antes del turno de tarde (los lunes hacemos turno doble), así que, para compensarle a Juanito el no haberle ayudado apenas con las cajas, le dije que fuéramos a comer, que yo pagaba las bebidas. Nos sentamos en un bar restaurante en una zona apartada del centro, donde nuestros salarios mínimos nos permitieran comer sin hipotecarnos, y seguimos contándonos nuestras vidas.

–          ¿Llevas mucho tiempo en España?

–          Qué va, un par de meses nada más.

–          Yo llevo ya ocho años- le dije.

–          ¡Ocho años! ¿No has vuelto?

–          Un par de veces, si me daban vacaciones, pero es difícil que te las den. Normalmente solo estás libre cuando te echan, y cuando te echan no tienes plata para viajar.

–          ¿Llevas mucho con el furgón?

–          Dos años en esta empresa. Antes estuve uno en otra. ¿Y tú, Juanito? ¿Qué estuviste haciendo antes de esto?

–          Bueno, buscar qué hacer, más que nada- rió, bebió un sorbo de cerveza-. Antes estuve una semana nada más en un supermercado, de reponedor.

–          ¿Solo una semana?

–          Me tuve que ir.

Se notaba que no quería hablar del tema, así que no insistí más, y llené el silencio incómodo masticando papas fritas congeladas, que estaban bastante grasientas. Al final cambié de tema como pude:

–          ¿Tienes familia acá?

–          Tengo un primo, me estoy quedando donde él hasta que encuentre piso. Él fue quien me trajo, vino hace dos años. Pero la familia toda está allá.

–          ¿Alguna chavita?

Se le iluminó la cara, allí, debajo del cartel con hamburguesas perfectas que no servían en ningún bar del mundo, delante de la Heineken (no tenían Coronita) que se estaba tomando, encima de los restos de la ensalada.

–          Sí, sí… estoy casado allá, me está esperando, para que yo la llame y venga, cuando esté todo bien. Cuando me vine estaba embarazada, me llamó ayer, me acaba de nacer una chiquita.

–          No manches.

–          Sí, tres kilos pesó… me va a mandar la foto mañana mi suegra

–          Felicidades, hombre- le puse la mano en el hombro, le di la mano. Al final pagué yo el almuerzo entero para celebrarlo. El hombre teniendo una hija en Colombia y yo haciéndolo cargar cajas.

Después de la segunda ronda, dejamos el furgón en el garaje de la empresa, y como dicen aquí, cada uno a su casa y Dios a la de todos. Como no tengo coche propio (¿con qué lana?) me volví a casa en metro, igual que cada noche, medio recostado contra una de las barras verticales, estrujado a veces por masas de pasajeros que entraban y salían a empujones, sin ver ni oír a nadie, sin tener que ver con nada aparte de sus propios asuntos y sus propios problemas. Bostecé, y me bajé del tren para cambiar de línea, con los ojos medio cerrados de sueño.

Estaba cruzando un pasillo oscuro entre dos andenes, flanqueado por los soportes de plástico negro, apagados y muertos, de media docena de anuncios, cuando un ruido brusco, que terminó en un zumbido, me sobresaltó, y me quitó de golpe toda la modorra. Uno de los anuncios se había encendido de pronto, con un chasquido eléctrico, y ahora vibraba y parpadeaba, iluminando a medias el pasillo y proyectando detrás de mí una sombra alargada y enorme, a lo Fritz Lang. Un par de polillas (Dios sabría cómo habían llegado allí) empezaron a revolotear en torno a la luz de neón, que anunciaba un parque de atracciones con temática mesoamericana. Por encima de una pirámide escalonada, rodeada de cocodrilos, palmeras, y quetzales, una sola frase en color verde chillón: “Descubre un Mundo Nuevo”.

Descubre un Mundo Nuevo. Mientras tomaba la otra línea, y hasta que me bajé en Marqués de Vadillo para caminar hasta mi piso alquilado en Carabanchel, no dejé de darle vueltas a la frase. Descubre un Mundo Nuevo. Parece que los españoles lo hicieron, y ahora éramos nosotros los que teníamos que descubrir el viejo mundo, repetir el viaje de Colón en sentido contrario, igual de desesperados que esos primeros marineros, con la esperanza de hacer una fortuna, pero sabiendo, en el fondo, que aspiramos como mucho a sobrevivir un poco mejor que en nuestra tierra. Con eso se nos hace suficiente.

Cené ligero, con los cuates, viendo las noticias en televisión. Primero hablaron del eclipse de sol que habría en unos días. Luego dijeron que había habido otro terremoto en Argentina; últimamente parecía que los había por todas partes. La semana pasada hubo otro en China, y la anterior uno en Etiopía. Lo comentábamos mientras comíamos pasta precocinada y esperábamos por las noticias de deportes. No tenemos canal internacional, así que había que conformarse con la liga española. Nosotros somos todos latinoamericanos, todos los compañeros de piso. Wilson es salvadoreño, Manuel es mexicano como yo,  y Antonio, que no estaba porque siempre trabaja de noche, es cubano. Llevábamos compartiendo piso unos dos años, porque ninguno tenía plata como para comprarse uno o alquilar solo, ni familia que mantener acá, aunque todos mandábamos algo cada mes a nuestros padres, hermanos, esposas, o lo que fuera.

Esa noche tuve un sueño extraño. Me encontraba en el Zócalo, en el D. F. Estaba solo en el centro de la plaza, y hacía bastante frío. Corrían ráfagas de aire que arremolinaban la basura en las esquinas. Faltaban varios edificios, y en el lado noreste, el Templo Mayor estaba reconstruido, con todo y capillas, tal y como en tiempos de los aztecas. El cielo tenía un color amarillo desagradable, como una bombilla cuando está a punto de gastarse, y no se oía ni un sonido. Había un silencio sepulcral. Alcé la mirada y vi el sol, moviéndose majestuosamente por el cielo oscurecido, aunque demasiado rápido para ser natural. Podía ver perfectamente cómo se desplazaba, con su luz cada vez más tenue. Lo rodeaba un auténtico enjambre de estrellas, que a veces me parecía que lo seguían, como perros de caza.

Al llegar justo encima del Templo Mayor, el sol se apagó bruscamente. Por el rabillo del ojo vi a las estrellas agitarse en sus lugares, pero si las miraba fijamente, permanecían quietas. En cuanto el sol se apagó, de una de las capillas del templo salió algo que se precipitó hacia mí a gran velocidad. Di un paso atrás, sobresaltado. A mis pies se desplomó aquello: era un colibrí, moribundo, con el plumaje sucio, descolorido y alborotado. No brillaba. Es una estupidez, porque los colibríes no brillan, pero en el sueño me pareció muy importante, y terrible, que el colibrí no brillara. Solo entonces me di cuenta de que se había desplomado sobre un espejo. Tras él venía un enjambre de polillas, que sin embargo no se atrevía a acercarse. Permanecieron revoloteando por encima del ave, que se agitaba patéticamente sobre el espejo, mirándome, hasta que al final murió, y una serpiente salió reptando de debajo del espejo. Las polillas descendieron hacia él; las estrellas también habían desaparecido. Solo estaba la luna en el cielo, pero vi como unas enormes alas, a veces de polilla, y a veces de murciélago, la tapaban. Una risa baja y chillona, como de hiena, inundó la plaza.

Me desperté con la boca seca y un tremendo dolor de cabeza, como el que sientes cuando alguien ha estado hablándote al oído toda la noche en un bar, tratando de sobreponerse a una música fuerte. Estaba cubierto de sudor frío, y por unos momentos después del despertar, me pareció importantísimo y terrible que el colibrí no brillara, que su luz se hubiera apagado, y peor aún, que fuera a ser devorado por las polillas. Miré el reloj. Eran las cinco de la mañana. Me levanté a tomar un vaso de agua, me acosté y traté de dormir de nuevo, pero fui incapaz. Me pasé las tres horas que me quedaban de sueño dando vueltas en la cama, desvelado.

Fui al trabajo con cara de bulldog, y de un humor de perros. No dejaba de darle vueltas a mi sueño, ¿a santo de qué venía todo eso? El sol y las estrellas podían tener que ver con la portada de la revista, pero el Templo Mayor, las polillas… había visto más de lo normal estos días, pero tampoco era nada del otro mundo, nada como para soñar con ello. Y un colibrí que no brillaba… las cosas que sueña uno. Por su parte, Juanito llegó contentísimo y sonriente, lo cual, por supuesto, solo sirvió para enfadarme a mí más. Nos subimos al furgón casi sin cruzar palabra, yo con ojeras y cara de pocos amigos, y él con una sonrisa de oreja a oreja y pinta de estarse muriendo por hablar, pero no atreverse.

–          ¿Qué pasa, Miguel? ¿mala noche?

–          Sí – gruñí.

–          Claro, es que no te dejan dormir, no se puede salir tanto con mujeres…

–          No sé cómo se lo tomará tu madre cuando se lo diga.

Reconozco que me pasé un poco, pero el zumbido en mis oídos y el dolor de cabeza no se habían ido desde las cinco de la mañana, y no tenía ningunas ganas de que el niñato este me estuviera dando lecciones. Salir con mujeres… ¡ojalá! Lo que estaba haciendo era el tonto, dormir y tener pesadillas como un niño pequeño.

Juanito se enfurruñó, como es lógico, y se dedicó a mirar por la ventana un buen rato, con cara de amargura. Yo tampoco dije nada durante el primer servicio, en parte porque todavía estaba enojado, y en parte por vergüenza. Al final, al cabo de un buen rato, Juanito se sacó del bolsillo un folio doblado, con una imagen impresa, evidentemente con una impresora de mala calidad, con líneas blancas cruzándola y colores desvaídos. Era un bebé tendido en una cuna de plástico blanco, con mantas blancas y rosadas. Me lo dijo con timidez y cierta reserva, supongo que por miedo a que volviera a contestarle mal, pero no podía ocultar la satisfacción.

–          Mira, es mi niña, me mandó la foto mi suegra.

Me había olvidado totalmente de la hija de Juanito que había nacido hacía dos días en Medellín. Me asaltó la vergüenza por haberle respondido de aquel modo, y me obligué a decirle dos o tres tópicos sobre lo bonita o lo grande que estaba, o qué sé yo. Tampoco me esforcé mucho, pero al menos sirvió para quitarle a él el enfurruñamiento, y redimirme un poco por mi salida de tono.

El resto del turno transcurrió sin novedad. Me pareció que me fijaba más en las mariposas y las polillas que nos rodeaban, que habían salido a revolotear en pleno mayo, en busca de apareamiento y muerte. Pero, por supuesto, no se trataba de que hubiera más polillas, o de que me siguieran, sino de que yo, como había soñado con ellas, estaba más pendiente, me fijaba más cada vez que veía una. Eso debía ser, ¿verdad? Es imposible que una misma polilla me esté siguiendo todo el pinche día, revoloteando delante del parabrisas del furgón. Además, ¿esos bichos no son nocturnos? Igual había sido una mariposa. O lo que fuera.

Como ese día no tenía turno de tarde, después de comer me pasé por el centro cultural mexicano. Es un piso adaptado, en una tercera planta, y no está demasiado lejos de mi piso alquilado. Allí se organizan fiestas en los días señalados de la patria, charlas y conferencias, o simplemente se pasa uno cualquier día para encontrarse con gente de allá y platicar, o despedir a los que se van, o recibir a los que vienen recomendados. Debe haber casi un centenar de socios, aunque siempre están yendo y viniendo. Esa tarde me abrió la puerta doña María de los Ángeles, una de las encargadas del centro. Tenía la cara congestionada y lágrimas en los ojos, y me recibió sujetándome la mano entre las suyas y besándomela, nerviosa. Reconozco que me asustó.

–          ¿Qué pasa, doña María? ¿hay algún problema?

–          Ay, Miguelito, Miguelito… ven, entra…

Hay un televisor bastante grande en el recibidor del centro cultural, que estaba atestado de gente. Doña María me llevó de la mano. Muchos lloraban, algunos estaban pegados al televisor como si pudieran meterse dentro, dos o tres cuchicheaban, uno trataba de hablar por el celular. En la televisión, imágenes del desastre. Casas derrumbadas, calles cubiertas de escombros, un perro solitario vagabundeando en busca de su amo, otros perros, más grandes, traídos por los bomberos para buscar supervivientes. Una señora de rostro arrugado y curtido llorando como una niña pequeña ante la cámara.

–          Un terremoto, Miguelito… en Tlaxcala, pero se ha sentido hasta en Puebla y en Cuernavaca…

–          ¿Cuándo?

–          Hace un par de horas nomás… todavía no se saben muertos ni heridos ni nada… ay, Miguelito, que yo tengo familia en Tlaxcala…

Y la pobre señora se echó a llorar ahí mismo, en mis brazos, como todos los demás. Yo no conocía a nadie en Tlaxcala, pero era mi país, y no podía dejar de mirar las imágenes de gente llorando, intentando escarbar entre los escombros con las manos desnudas, de policías y bomberos tratando de rescatar a los pocos supervivientes que pudiera haber. Me pasé allí toda la tarde, consolando a los que habían perdido, o podían haber perdido a alguien, escuchando a los que intentaban llamar a México, atentos todos a las últimas noticias del desastre y a la cuenta de muertos que iba subiendo cada vez más y más rápidamente. Ya rondaba los cincuenta, con cientos de desaparecidos.

Llegué a casa cerca de la una de la madrugada, cuando ya los datos sobre el terremoto que daban las noticias no eran más que lo mismo, una y otra vez, masticado y repetido de distintos modos, pero sin nada nuevo. Cada uno se fue yendo a llorar por su cuenta, a su casa, y lo mismo hice yo, tras a acompañar a doña María de los Ángeles a la suya y dejarla llorando, porque no sabía nada de su familia de Tlaxcala, a pesar de llevar toda la noche llamando. Subí la escalera exhausto, física y mentalmente. El día había empezado mal, seguido sin novedad, y terminado fatal, y no tenía ganas de nada aparte de meterme en la cama y olvidarme de todo. Ni siquiera tenía ganas de cenar, aunque me obligué a hacerme un emparedado de queso blanco. Cuando estaba a punto de dormirme, algo aleteó delante de mi ventana, cubriendo a medias la luz que se reflejaba de la farola próxima. Un murciélago. Supongo que por temor supersticioso, cerré la ventana, nervioso, acordándome de las alas negras de mi sueño. Luego me arrastré hasta la cama.

Una vez más, me encontré en México, aunque esta vez no estaba en el Zócalo, sino en Teotihuacán, en la Avenida de los Muertos, directamente al pie de la Pirámide del Sol. El sol estaba muy bajo en el cielo, de nuevo rodeado de estrellas, y había un silencio sepulcral, roto solo por un batir de alas lejano. Me sentí obligado a ascender la escalera, como si algo me llamara, me exigiera subir. Pisoteé los escalones rotos y agrietados por los siglos, entre los que crecía la hierba. Me sentía tan cansado como cuando me había acostado, y la ascensión, larga y penosa, se me hizo eterna. Los escalones se quebraban bajo mis pies, y cuando bajé la mirada me encontré rodeado de escorpiones, que subían y bajaban los escalones frenéticamente. En el silencio de la noche, me sorprendió un ronco croar de sapos. A mi alrededor revoloteaban las polillas, y más arriba, recortados contra la luz del sol poniente, una bandada de murciélagos negros.

Llegué a la cima de la pirámide. El templo de la parte superior, que yo solo había visto en dibujos y conjeturas, estaba reconstruido. En la plataforma me esperaban los sapos, entre los que continuaban moviéndose centenares de escorpiones. Había cientos de murciélagos y polillas revoloteando en torno al templo, o posados en el dintel, pero aparentemente ninguno se atrevía a entrar. Eso es lo que pensé en el sueño, que no seatrevían. En cambio, yo debía entrar, era absolutamente necesario que yo entrara en el templo. Y así lo hice.

No había nada en el interior, ni habitaciones, ni tabiques. Solo una pira, un amontonamiento de leña en forma de pirámide, ya consumida y casi apagada. En realidad era poco más que un montón de ascuas rojizas entre carbón negro, con una tenue llama aquí y allá. La escasa luz del sol que entraba por las ventanas lamía el suelo de piedra con cierta desgana. Me acerqué a la pira, como sonámbulo, y solo entonces advertí que había algo más. Sobre las ascuas, en posición fetal, yacía un hombre. Estaba desnudo y no tenía una sola quemadura. Temblaba, y me miró fijamente a los ojos, rodeándose el cuerpo con los brazos, como si en lugar de una pira funeraria estuviera en el centro de una cámara frigorífica. Abrió la boca para hablar.

–          Tengo hambre. Tengo frío.

Creo que lo dijo en náhuatl. Yo no hablo ni una sola palabra de náhuatl, como muchos otros mexicanos mestizos cuyos antepasados aztecas se remontan a quién sabe cuántas generaciones, pero, de algún modo, entendí lo que me decía. Tengo hambre. Tengo frío. Aquello, aquella súplica en un idioma desconocido, me afectó profundamente, me hizo estremecer en lo más hondo. El hombre no dejaba de mirarme mientras el sol declinaba, como esperando a que yo hiciera algo. Me dio la impresión de que era absolutamente necesario que yo encendiera el fuego, que quemara a aquel hombre que se moría de frío. En el exterior, el sol se puso, bruscamente, y al mismo tiempo, la pira se apagó. Súbitamente se intensificó el batir de alas, seguido por la risa aguda, baja, de hiena, que ya había oído yo en mi otro sueño. Percibí, más que vi, pues el cielo estaba a oscuras, cómo el suelo se llenaba de escorpiones y sapos, y el aire de murciélagos y polillas, que se abalanzaban sobre la pira. Entonces desperté.

No solo me dolía horriblemente la cabeza, al igual que la otra noche, y me zumbaban los oídos, sino que, a pesar del calor de mayo en Madrid, estaba muerto de frío, absolutamente aterido. Temblaba visiblemente y me castañeteaban los dientes. Era un frío desagradable, pesado, e interno, ese frío que se te clava en los huesos y no te abandona hagas lo que hagas, no importa cuánta ropa te pongas o bajo cuántas mantas duermas. Además, estaba totalmente muerto de hambre. Me rugía el estómago, como si no hubiera comido en semanas. A pesar del copioso desayuno, con café caliente, un emparedado y magdalenas, no conseguí quitarme ni el hambre, ni el frío. Hambre y frío, como el hombre de la pira en mi sueño. Una y otra vez sonaban en mi mente aquellas palabras: tengo hambre, tengo frío, dichas en un idioma que no entiendo, pero que entendí, con un tono de voz tan desgarrado y lastimero que me rompió el corazón. Y el zumbido en mis sienes, molesto y constante.

Afortunadamente, tenía el día libre, así que no tuve que conducir tal y como estaba. Me invadía el cuerpo un malestar general, como el que se siente cuando a uno le va a dar gripe. Debía tener muy mala cara, porque incluso Wilson me preguntó si me pasaba algo y se ofreció a traerme un par de aspirinas. Me negué, aunque luego pensé sinceramente que, si las cosas seguían así, igual me convendría tomarme una o dos.

Me pasé la mañana en el sillón, cubierto de mantas y trasegando café caliente e infusiones, viendo la televisión. Intentaba encontrar noticias sobre el terremoto de Tlaxcala, cifras de muertos, nombres. No había mucha información útil. Todas las televisiones hablaban del desastre, pero ninguna daba muchos más datos de los que yo había oído unas horas antes, con la excepción de que ya eran doscientos treinta muertos y quinientos desaparecidos. Habían encontrado a diez o doce supervivientes, pero muchos estaban heridos.

En otro canal encontré un documental, también sobre México. Pero no hablaba del terremoto. En ese momento pensé que era azar, pero ahora sé que nada ocurre sin un propósito. Todo eran señales, avisos. O peticiones de ayuda.

Trataba sobre el resurgir de la religión azteca. Cada vez más y más mexicanos, muchos indígenas o mestizos, pero también muchos totalmente criollos, abandonaban otras religiones, e incluso el ateísmo, para volver a inclinarse ante Quetzalcoatl, Tezcatlipoca o Huitzilopochtli. El documental mostraba imágenes de los altares floreados donde ardía el copal, y de los sacerdotes (uno de ellos, blanquito, rubio y de ojos azules, me hizo especial gracia) con tilmas y maxtiles blancos, cantando en náhuatl. Un entrevistador le puso un micrófono ante la cara a un anciano de gafas redondas y rostro chupado, a un par de metros de un altar, donde dos jóvenes con vestidos emplumados practicaban una danza tradicional, probablemente inventada.

–          Nosotros somos aztecas, ¿sabe? Incluso los criollos, todos somos mexicanos, México es el país azteca. Nos han traído una religión que no es nuestra, nos han aculturado, y ahora estamos resurgiendo, ¿sabe? Resurgiendo. Las viejas tradiciones están volviendo, nos estamos quitando de encima… nos estamos quitando de encima, ¿verdad?, todo el barniz cristiano que nos impuso la colonia. Pero la colonia hace muchos años que acabó, y nosotros no lo hemos asumido.

–          ¿Así que usted propone una vuelta a la religión azteca?- preguntó el reportero, que tenía más aspecto de indígena que el entrevistado.

–          Sí.

–          Pero la religión azteca incluía sacrificios humanos…

–          Bueno, bueno, ¿sabe? Eso no es así… eso no tiene por qué ser así, ¿verdad? Nosotros somos gente de ahora, gente del siglo XXI. Sí, claro que los aztecas mataban gente, pero nosotros no tenemos por qué tomar esas cosas… podemos tomar las creencias, el ritual, pero no es necesario que… las ofrendas pueden ser otras, ¿sabe? No hay por qué matar a nadie… Estamos en el siglo XXI, ¿verdad? Se está produciendo un cambio, un cambio de ciclo. Lo viejo está resurgiendo, pero no es igual que antes. Es nuevo ahora. Estamos creando algo nuevo, pero nos estamos basando en lo antiguo. Es un cambio radical, el final de una era y el principio de otra…

El fin de una era. El resurgir de las cosas antiguas. Cambios de ciclo. Los dioses aztecas levantándose para ocupar de nuevo su lugar en el mundo, aunque ya nadie les ofreciera corazones, sino únicamente coronas de flores y humo de copal. Pero los dioses aztecas quieren sangre, siempre la han querido, y no se puede engañar a los dioses. Nadie puede, y nadie ha podido nunca. A ratos me parecía que estos pensamientos eran ajenos, que alguien me lo susurraba en el oído. Continué viendo el documental como hipnotizado, aquellas tallas de piedra que imitaban a dioses antiguos, aquellos mestizos vestidos de guerreros águila, llevando y trayendo imágenes de Tlaloc hechas de tierra, donde florecía el maíz.

No sé si influiría para algo el documental, o si simplemente me fui olvidando del malestar, pero lo cierto es que para la hora de comer ya estaba mucho mejor. Decidí pasarme por el centro cultural para ver si había novedades sobre el terremoto, o sobre los parientes de doña María de los Ángeles. Cuando llamé a la puerta, la señora me recibió arrasada en lágrimas.

–          ¿Qué pasa, doña María? ¿alguna noticia?

–          Ay, Miguelito… no es eso, no. Mis parientes están bien, gracias a Dios, estaban fuera de la ciudad ayer.

–          ¿Entonces? ¿algún conocido? ¿alguien del centro ha…?

Me agarró de la mano y me llevó dentro, donde todavía había bastante gente concentrada delante de la pantalla, viendo una y otra vez las terribles imágenes de la tragedia, los cuerpos muertos alineados, cubiertos con sábanas a la orilla de los edificios destruidos y las pilas de escombros. Doña María se sentó en una silla en el vestíbulo, secándose la cara.

–          Ay… es que teníamos una charla hoy, ¿te acuerdas?

–          Eh… claro… – la verdad es que no me acordaba. En el centro cultural se suelen organizar charlas y conferencias, y yo voy a algunas cuando tengo tiempo, pero no me sonaba ninguna para hoy. O quizá con mis propios sueños extraños y el terremoto se me había olvidado.

–          Es un hombre de allá, quería hablar sobre los aztecas- la mujer se persignó devotamente-, ay, yo no sé de eso, de la religión o de los dioses, no sé. Pero está diciendo cosas horribles, Miguelito, cosas del terremoto…

–          ¿Del terremoto?

–          Dice que va a haber más, que se va a acabar el mundo… yo no creo en eso, yo soy católica, apostólica, y romana, pero eso no se puede decir ahora, Miguelito, no es el momento, estamos todos muy afectados…

Me enfurecí, sentí la rabia concentrarse en mi pecho. ¿Cómo se atrevía a hablar de eso precisamente hoy, cuando todo el centro cultural estaba de luto por las víctimas, cuando muchos compañeros acababan de perder a familiares y amigos en el terremoto?

–          ¿Nadie le ha dicho nada, no lo echaron?

–          Muchos nos fuimos de la charla, pero él siguió hablando. Nadie quiere una pelea ahora…

–          Voy a decirle cuatro cosas a ese pinche…

–          No, Miguelito, déjalo, no queremos jaleo, no vale la pena. Hazlo por los muertos…

Aún así entré en la sala de conferencias como una tromba, con los dientes apretados. En el proyector había una imagen de la Piedra del Sol, y el orador estaba hablando con un tono desagradable, de enterado. Había pocas personas, solo cuatro o cinco repartidas por la sala, sentadas en sillas plegables. Al menos una dormitaba, arrullada por el zumbar del proyector y la oscuridad.

–          Cada cincuenta y dos años terminaba un ciclo, un siglo, y había que renovarlo todo, encender el fuego nuevo y cambiar totalmente de vida. Eso es lo que debemos hacer. Tenemos que aprovechar la oportunidad. Está acabando un ciclo, no solo un siglo azteca, sino todo un ciclo. El Quinto Sol se va a acabar, y la nueva era va a ser totalmente distinta. Tenemos que recuperar las antiguas tradiciones, adaptarlas al nuevo sol, al nuevo mundo.

Casualidad o no, debía de ser uno de los de la secta del documental que había visto esa mañana, tratando de hacer conversos aquí, en Madrid. Volver a los dioses aztecas, pero sin sacrificio humano, solo con florecillas y copal. Vi pasar, en la pantalla, el Templo del Sol, imágenes de Quetzalcoatl, de Huitzilopochtli, con su tocado de plumas de colibrí, su espejo y su serpiente, de Tezcatlipoca, con la cara pintada de negro y amarillo, y de Xipe Totec, cubierto con una piel despellejada.

–          Según los antiguos aztecas, estamos en el sol Cinco Movimiento, y por tanto, este ciclo acabará con terremotos, al igual que los otros acabaron por el viento, los jaguares, las inundaciones o el fuego. ¿Qué hemos visto en las noticias últimamente?

Las diapositivas cambiaron de nuevo, mostrando imágenes sacadas de la televisión y de Internet, casas derruidas, refugiados con el rostro desencajado, y equipos de la policía con perros, buscando entre los escombros. Hileras de cuerpos cubiertos con sábanas, fotografías aéreas que mostraban ciudades derrumbadas sobre sí mismas, o aldeas sumergidas por barro o piedras.

–          En noviembre, en Guatemala. En diciembre, en Honduras. En enero, en Alemania. En febrero en Italia. En marzo en Irán. En abril en Indonesia. Solo este mes, en Argentina, China y Etiopía. Ayer, en nuestro propio México, en Tlaxcala. Terremotos. Terremoto tras terremoto. El fin de un ciclo. El quinto sol se nos acaba.

Semejante declaración fue acogida con algunos murmullos, y al menos con un respingo sobresaltado, pero en general la audiencia parecía bastante aburrida. El orador continuó, sin embargo, inasequible al desaliento.

–          Eso es inevitable. Pero hay dos formas de acabar, amigos míos. Los aztecas lo sabían muy bien, y por eso celebraban la ceremonia del Fuego Nuevo, sin falta, cada cincuenta y dos años. Si los dioses continúan siendo adorados apropiadamente, el mundo puede salvarse y sobrevivir al cambio de ciclo. Los supervivientes del sol agua fueron salvados en un tronco, y la humanidad del Quinto Sol fue creada personalmente por Quetzalcoatl. Así pues, puede salvarse el mundo, si adoramos como se debe a los dioses. Pero si no…

Cambió la diapositiva, y fui yo quien dio un respingo. Ahora mostraba a una serie de figuras esqueléticas, con collares formados por corazones y manos, garras de águila, y faldas de plumas, serpientes y huesos. En el centro había una mujer cuya cabeza era una calavera, con alas de mariposa terminadas en cuchillos de obsidiana, y garras de águila en los pies y de jaguar en las manos. Estaba rodeada de escorpiones, polillas, murciélagos y sapos.

–          Esta es Itzpapalotl, rodeada por las Tzitzimimeh. Son las estrellas que rodean al sol, dispuestas a comérselo. Si el sol no es adecuadamente nutrido, si no se le adora como se debe, las Tzitzimimeh se lo comerán, y el mundo no resurgirá jamás. Existe este peligro en cualquier eclipse solar, y también al final de un ciclo. Y esta vez coinciden: el eclipse solar de mañana coincide exactamente con el final del Quinto Sol. Es por eso, amigos míos, que les invito a todos a unirse a nosotros. La religión de los antiguos aztecas es la nuestra, la religión de nuestro pueblo. Celebramos reuniones todas las semanas en…

En ese punto me levanté y salí de allí, sin decirle nada al orador. Estaba bastante confundido. Las estrellas que rodean el sol y quieren comérselo… el sol que debe ser alimentado (“tengo hambre”). Escorpiones, polillas y sapos. ¿Por qué había soñado yo precisamente con esos animales? ¿Por qué con ese hombre hambriento, atacado por las polillas y los murciélagos? Y en todos mis sueños, el sol rodeado de estrellas, estrellas dispuestas a comérselo. De pronto me vino a la mente el colibrí de mi primer sueño, el colibrí que no brillaba como debería, y recordé a Huitzilopochtli, el dios del sol, representado por el colibrí, el espejo y la serpiente… como en mi sueño. El dios del sol moribundo, perseguido por las estrellas. Pidiéndome ayuda. Las estrellas riéndose, burlonas, y las alas de mariposa tapando la luna.

Me fui del centro cultural sin preguntar por el terremoto, sin hablar con doña María. Estaba confuso y asustado, y de nuevo me dolía la cabeza, me asaltaba el terrible zumbido en los oídos, como si hubiera alguien gritándome justo más allá del umbral de la audición, tratando de decirme algo, intentando desesperadamente que yo le escuchara. Mientras cruzaba las calles que me separaban de mi casa, me recorrió un profundo escalofrío, y de nuevo sentí aquél helor en los huesos, y el hambre profunda del dios que me pedía alimento, que necesitaba que yo encendiera su pira. Era una locura, era imposible. Una coincidencia. Tenía que ser una coincidencia.

No llegué a mi casa. Necesitaba salir, caminar, despejarme. Sin saber bien lo que hacía, me sumergí en el metro y me dirigí al centro. Solo necesitaba comer algo, pasear, tomarme una cerveza o un tequila, y todo estaría mucho más claro, todo tendría algo de lógica, en lugar de ser una confusa bola de presentimientos, sueños extraños, coincidencias y supersticiones. Estos últimos días había dormido mal, y seguramente eso me había afectado a las facultades mentales, me había confundido, o qué sé yo. Seguro que era eso. Tenía que ser eso.

Me bajé en Sol, caminé unos metros, me metí en una cafetería de un callejón lateral, esos que, como no frecuentan los turistas, son asequibles incluso para mí. Tenían Coronita. Apoyé la cabeza en los azulejos fríos y blancos de la pared, tratando de serenarme. ¿Por qué había soñado con Itzpapalotl, cuyo nombre no había oído en mi vida? ¿Realmente había soñado con ella? Había visto murciélagos, polillas, escorpiones y sapos, animales que casi todo el mundo considera desagradables. No tenía por qué haber sido precisamente la diosa azteca. Pero había soñado con las estrellas rodeando el sol, con los murciélagos abalanzándose sobre el hombre en la pira. Recordaba haber estudiado algo sobre un dios que se inmoló a sí mismo en una pira para convertirse en el sol, cuando estudiaba en la UNAM. Murciélagos comiéndose el sol.

Tenían que ser recuerdos viejos, cosas que había estudiado hacía diez o doce años, que me habían vuelto ahora a la mente vaya a saber por qué. No había otra explicación. Ninguna racional, al menos. Pero, ahora, justo ahora, que se acababa un ciclo de cincuenta y dos años, precisamente con un eclipse de sol… ahora que había terremotos por todo el mundo, cada vez más frecuentes y más fuertes. No podía haber conexión. No debía haberla. ¿Me estaría volviendo loco?

Me tomé la cerveza a sorbitos, tratando de calmarme. Todo era producto de mi imaginación, no podía ser de otro modo. No había soñado con una mujer con alas de polilla y garras de jaguar, ni con esqueletos con faldas de huesos. Toda conexión que hiciera entre mis sueños y las creencias de los aztecas, o peor aún, la realidad, era inventada, pura coincidencia. Producto de mi imaginación desbocada, y solo eso.

Salí de allí para sumergirme en la masa de gente, o mejor dicho, gentuza, que puebla la Puerta del Sol cuando oscurece, como si su nombre los mantuviera alejados durante el día, igual que Huitzilopochtli a las Tzitzimimeh. Me moví entre la gente, entre camellos, carteristas, turistas y transeúntes, recibiendo y dando empujones. Vi por el rabillo del ojo algo que me sobresaltó: sobre la cabeza de Carlos III hervía un auténtico enjambre de polillas. Me quedé parado, observándolas, aterrado. Aquel símbolo de Itzpapalotl había llegado a convertirse para mí en heraldo del miedo, en prolegómeno de la locura.

Desvié la vista para encontrarme, directamente, con la de una mujer, que clavaba sus ojos en los míos. Debía estar a unos tres metros de mí, apoyada en un macetero ornamental, y no me quitaba ojo. Era mexicana sin duda, totalmente indígena, con unas trenzas negras que le caían sobre la espalda. Había algo extraño en su rostro, joven y viejo a la vez. Pero no solo era eso. La piel parecía rara, artificial. Como maquillaje. Me sonreía de medio lado, burlonamente. En el pecho llevaba un broche en forma de polilla.

Corrí a casa. Antonio se me quedó mirando cuando entré, y me saludó de forma vacilante. Supongo que debía tener un aspecto horrible, agitado como si vinieran persiguiéndome todas las polillas del infierno, sudando y con ojeras por la falta de descanso, y me imagino que con bastante cara de loco. Lo saludé sin mucho entusiasmo, aún nervioso, y me saqué otra cerveza de la nevera. Ahogar mis problemas en alcohol no era la mejor solución, pero era la única que se me ocurría en ese momento, la única forma de poner orden en todo aquel caos de circunstancias inconexas que yo no hacía más que relacionar, de forma, quería hacerme creer a mí mismo, totalmente irracional. No podía tener sentido nada de aquello. Ni siquiera el que la televisión estuviese hablando precisamente de un eclipse solar, del mismo eclipse que había mencionado el orador del centro cultural. El que coincidiría con el fin del Quinto Sol. No pude dejar de imaginarme a las Tzitzimimeh, las estrellas hambrientas, revoloteando en torno al sol moribundo (“tengo hambre, tengo frío”), como las polillas alrededor de la cabeza de Carlos III. Devorándolo. Acabando con el mundo.

Esa noche soñé con la mujer que había visto en Sol. Esta vez no estábamos en México, sino aquí, en Madrid. Nos cruzábamos en el centro cultural, ella me miraba y sonreía, yo le correspondía. Luego, súbitamente, estábamos en mi habitación, y su boca sabía a pulque y a cenizas. Me parecía absolutamente real, no con esa extraña nebulosidad que tienen los sueños, sino con una definición total, una completa sensibilidad. Podía oír, ver, oler, tocar todo cuanto ocurría. Era como si estuviera en mi cuarto realmente, como si no me hubiese dormido o si hubiera despertado para encontrarme a aquella mujer allí, conmigo, con su broche en forma de polilla sobre el pecho, con las alas extrañamente recortadas, empujándome sobre la cama, subiéndose ella, llenándome la boca de sabor a pulque, con su piel oscura fría al tacto, extraña. Oí su voz cascada, “bebe, Miguel”, y sentí un borbotón de sangre inundarme la boca, resbalando por mis comisuras. Manoteé, aterrado, y mis manos se aferraron a su rostro, tiraron, penetraron aquello, que no era más que una máscara de polvos blancos y goma, una máscara que cedió para revelar la calavera sonriente que había debajo, con los ojos inyectados en sangre, las alas de polilla que se extendieron para abarcar toda la habitación, festoneadas de cuchillas de obsidiana.

Grité, me revolví en sueños, mientras unas garras de jaguar me abrían el pecho de un solo golpe. Sentí el dolor como si fuera real, como si aquellas garras se hubieran hundido en mi carne, rasgando la piel, arrancando el esternón, desgarrando los músculos, exponiendo el corazón que latía entre borbotones de sangre. Pude oírlo latir, pude sentir el aire silbando entre mis costillas expuestas, mientras la habitación se llenaba del olor metálico y dulzón de mi propia sangre. Vi a Itzpapalotl abrir la boca, dispuesta a devorarme, y grité. No sé cómo, la empujé, corrí, y de pronto no estaba en mi habitación, sino en las montañas que rodean el D. F., y caí por un precipicio, rodando. Me recibió un cactus, y al estrellarme contra él, sus espinas me atravesaron la carne y llenaron el suelo de sangre, sangre que se derramó como una lluvia y fluyó como un arroyo hasta un gran lago.

De pronto estaba frente al lago, y en su fondo había un corazón. Podía verlo claramente, latiendo con lentitud, a pesar de estar en las profundidades, y supe que ese era el lago Texcoco, y supe que ese era el corazón del primer sacrificio. El cielo estaba oscuro, lleno de estrellas, y escuché a mi espalda el batir de las alas de Itzpapalotl, el chasquear de los huesos de las Tzitzimimeh que venían con ella, corriendo, persiguiéndome, cazándome. Del fondo del lago surgió un árbol, retorcido y lleno de espinas, con sus raíces asentadas en el corazón del primer sacrificio. Oí un chillido detrás de mí, un aullido de rabia que era a la vez el rugir del jaguar, la llamada del águila y el chirrido del murciélago, y era aquella voz baja y de hiena que yo había oído reírse tantas veces.

Aún tenía el pecho abierto, y mi corazón latía, lentamente, mientras las ramas del árbol se tendían hacia mí como manos anhelantes. Sin saber por qué, ni cómo, llevé la mano a mi propio pecho, arranqué el corazón y lo clavé en una de las espinas del árbol. La voz de Itzpapalotl se elevó de nuevo detrás de mí, un aullido ronco y chillón, desagradable, pero era demasiado tarde. Sentí sus garras de jaguar rozarme los hombros. Ante mis ojos, el corazón arrancado ardió, se inflamó y ascendió a los cielos. Amaneció un nuevo día, y cuando alcé la cabeza, para mirar directamente al sol, sin que dañara mis ojos, pude ver que era a la vez mi corazón, un colibrí resplandeciente, y un hombre en llamas, en el centro de su pira funeraria, satisfecho con las llamas del Fuego Nuevo, saciado de sangre.

Desperté temblando, con una extraña sensación de júbilo, a la vez que muerto de miedo por la responsabilidad que había caído sobre mis hombros. Sabía lo que tenía que hacer, y el zarpazo que aún sangraba en mi pecho era la prueba más elocuente. Sabía perfectamente lo que ocurría, lo que aquella voz ajena me había susurrado mientras el anciano de las gafas redondas hablaba del resurgir de los dioses aztecas, pero sin sacrificios humanos. Eso es una pendejada. Sí, las costumbres antiguas resurgen, los viejos dioses vuelven a la vida para evitar que el mundo sea destruido por la falta de cuidado de los hombres, pues, incluso cuando no les prestamos atención, incluso cuando no les sacrificamos como se debe, nos aman y nos protegen.

Pero es falso que debamos adaptarnos a las costumbres del siglo XXI. Es falso que, como ahora vivimos en el mundo occidental y en la cultura europea, tengamos que renunciar a nuestras costumbres. Los dioses no entienden de normas ni de costumbres, ni de balbuceos políticamente correctos para las cámaras. Los dioses entienden de reverencia y de sacrificios. Los dioses, Huitzilopochtli, Nanauatzin, necesitan sangre para vivir, y el mundo necesita a su sol para continuar existiendo. De lo contrario, Iztapapalotl y las Tzitzimimeh lo devorarán todo.

No se puede engañar a los dioses. Los dioses necesitan sangre y corazones, no tonterías de la nueva era y flores. Huitzilopochtli debe estar bien alimentado para que el sol siga saliendo día a día, para que el mundo no se acabe, y ya hemos descuidado esa alimentación durante quinientos años. Hace siglos que no se realiza la ceremonia del Fuego Nuevo, ni los sacrificios diarios. Hace demasiado tiempo que no se alimenta a los dioses para que ellos puedan protegernos y darnos vida. ¿Qué mejor prueba de que nos aman y se preocupan por nosotros que el hecho de que, aún después de tanto tiempo, el sol continúa saliendo? Cada mañana, arrastrándose con esfuerzo por encima del mundo, exhausto y mal alimentado, mientras nosotros nos dedicamos a nuestros asuntos y no agradecemos su sacrificio con el nuestro. Pero todo tiene un límite, y si no se hace algo pronto, también el Quinto Sol dejará de existir, y no habrá un sexto.

Por eso, cuando me desperté, supe exactamente todo lo que tenía que hacer. Por eso hice esa llamada, y me dirigí al Escorial, a los pies de un cerro, y caminé durante media hora, ascendiendo hasta la cima. Por eso encontré esa piedra y de algún modo le saqué punta, como si lo hubiera hecho toda mi vida. No era obsidiana, pero tendría que servir. Me sentía como transportado, como si alguien guiara mis manos a lo largo de todo el proceso, enseñándome cómo debía hacerlo, haciéndolo a través de mí. De algún modo, sabía que la ceremonia no era del todo correcta, que no se habían apagado los fuegos, ni había habido preparación, cinco días de ayuno y silencio, pero, de nuevo, tendría que servir. Era una situación desesperada, la situación más crítica que nunca hubiera existido. Sobre mi cabeza, el sol empezaba a ser devorado por el eclipse, y a su alrededor ya brillaban las Tzitzimimeh. Debía darme prisa.

Y aquí estoy ahora, encerrado en una celda. Dicen que estoy loco, desquiciado, que oigo voces y me imagino cosas, pero yo sé la verdad. ¿Cómo explican los sueños? ¿Cómo explican el zarpazo en mi pecho, y que yo supiera todo lo que había que hacer y decir para la ceremonia del Fuego Nuevo, paso por paso? No estoy loco. Pero las autoridades modernas, europeas, políticamente correctas y civilizadas me encontraron salvando el mundo y decidieron que era inaceptable. Me van a encerrar en una cárcel o en un manicomio, como si no acabara de evitar que el mundo entero fuera destruido por los terremotos, como está profetizado. Como si no hubiera dado vida de nuevo al sol, como si los rayos que veo entrar ahora por mi ventana con barrotes no me estuvieran agradeciendo el alimento que les he proporcionado. “Tengo hambre, tengo frío”. ¿Qué saben ellos? Ningún hombre puede imaginar lo que es mirar a los ojos a un dios moribundo y verle suplicarte, implorarte que le salves, para que él pueda salvar al mundo.

La verdad es que no sé quién llamó a la policía. Puede que alguien viera el fuego, o me oyera cantar en náhuatl (yo, que no sé ni una palabra), o quizá fue mi víctima, alarmada de algún modo, quien les dio el aviso antes de venir a reunirse conmigo en lo alto del cerro. Yo estaba como en trance, y tardé en darme cuenta de que estaban allí, de que me estaban hablando. Después de todo, estaba ocupado. Llegaron justo cuando encendía el fuego, frotando dos ramas en la cavidad donde momentos antes había estado el corazón de mi víctima. En el momento exacto en que la chispa prendía, el sol emergió de nuevo de entre las sombras, bañándome con su luz, a mí, a la pira, a la llama encendida en el cadáver sacrificado, y supe que el ritual había sido aceptado, que el mundo continuaría existiendo al menos otros cincuenta y dos años. Me eché a reír mientras me esposaban.

Los dioses me han hablado y me han elegido como su instrumento para salvar el mundo, y yo lo he hecho. Y si ahora me encierran, bueno, es un sacrificio que debo asumir, como los antiguos aztecas aceptaban que, si eran capturados en batalla, iban a ser sacrificados, e incluso lo exigían.

Todos tenemos que hacer sacrificios, todos. Los sacrificios son una parte esencial del funcionamiento del cosmos, aunque a veces nos duelan y nos den pena. Pero debemos tener presente qué es lo más importante, y que hay cosas que debemos hacer cueste lo que cueste, y sin importar nuestros propios sentimientos. Por ejemplo, a mí me caía bien Juanito, pero tuve que sacrificarlo por el bien de toda la humanidad. No me quedó más remedio.

La Llamada

No soy de este mundo.

Me han encerrado en esta prisión, como si no fuera desde siempre un prisionero. Como si esta carne y este mundo no fueran mi cárcel desde el mismo momento en que fui concebido. Pero yo no soy especial,  o solo lo soy porque me doy cuenta. Todos estamos atrapados, todos somos prisioneros en este mundo que no es más que el verdadero infierno. Nuestras almas están encarceladas y no lo sabemos, porque estamos dormidos, borrachos con las sensaciones del mundo.

Yo he despertado. Desperté hace mucho, en realidad, aunque los médicos y los psicólogos digan que es justo lo contrario, que mi mente está perdida. Por eso me tienen aquí, atado y amordazado. Pero mi mente no está perdida, sino que ha sido encontrada, porque la Primera Vida me ha llamado desde más allá del Abismo, desde las regiones de la totalidad que yacen más allá de esta prisión que llamamos mundo. De entre todos estos que gritan y babean por las noches, yo soy el único cuerdo, y también de entre todos los que viven más allá de estos barrotes. ¿Es que no se dan cuenta de que el cuerpo es una cárcel tan fuerte como cualquiera de las construidas por el hombre? ¿Nunca han visto que el universo es un enorme campo de concentración?

Desde que era niño, oía la Llamada. Todavía no sabía cómo describirla, pero ya sabía que este mundo no era mi hogar, que este cuerpo no era el mío, sino una cáscara de carne torpe y molesta que me impedía moverme con libertad. Recuerdo el patio, bajo la mirada de los profesores, que ya me parecía un Alcatraz, el patio donde los otros niños se reían del raro, del que decía cosas extrañas, porque todavía no sabía cómo describir lo que sentía, la soledad y la alienación de este desierto en el que el alma se encuentra perdida y entumecida. Me llamaban el loco, porque les decía que me sentía atrapado, como si viviera siempre bajo el castigo del director del colegio. Eso no solo me valió risas y desprecios, sino también alguna paliza que otra, y en el dolor físico percibí también las cadenas que me ataban al mundo.

Con la adolescencia aprendí a formular mejor mis sensaciones, pero eso no hizo desaparecer los problemas, sino que los incrementó. Recuerdo las clases de catequesis para la primera comunión: la iglesia del barrio con sus jardineras frente a la puerta y sus cuadros pintados por el propio cura, la sala en la parte de atrás, junto a la sacristía, donde nos sentábamos en viejos bancos de madera llenos de astillas, y la expresión ceñuda del sacerdote mientras nos informaba severamente de que íbamos a recibir el cuerpo y la sangre de Cristo. El aire olía a incienso, a barniz y a cera para el suelo, y una ligera brisa agitaba las casullas colgadas de una percha.

– Pero si Jesús es Dios, ¿cómo vamos a comernos su carne?

El padre interrumpió su discurso a media frase. Oí risitas a mi espalda. Ya estaba el raro cuestionándolo todo. El sacerdote carraspeó profundamente y me clavó aquellos ojos oscuros.

– ¿Perdón?

– Si Jesús es Dios, no es de este mundo. ¿Cómo vamos a comérnoslo?

– Cristo se encarnó en el mundo, se hizo un hombre verdadero para salvarnos, y se vuelve a encarnar en el pan y el vino de la comunión cada domingo.

Negué con la cabeza, incapaz de aceptar aquello. No me entraba en la cabeza, y aún no había aprendido a callarme. Nunca aprendí.

– No tiene sentido. Si vino a salvarnos del mundo, ¿por qué entrar él, en vez de sacarnos a nosotros? Seguro que no era más que una imagen, o una aparición. El cuerpo es demasiado repugnante como para que Dios se encarne en él… y encima comérnoslo, qué asco.

El cura estaba lívido de rabia, con los labios apretados y los nudillos blancos, aferrado al borde de la mesa. Me miraba como si yo fuera el mismísimo diablo, y cuando habló, la voz sonó estrangulada, rota.

– Quédate después de la clase. Quiero hablar con tus padres. Dudo que hagas la comunión este año.

Yo no quería hacerla. No quería tener nada que ver con comer carne y beber sangre, ni, para el caso, con comer y beber nada. Entre los doce y los dieciocho me pasé la vida de nutricionista en nutricionista y de psicólogo en psicólogo, arrastrado por mi madre, que no dejaba de llorar ni un momento. Todo empezó la vez que me pillaron en el baño.

Me sobresaltó el sonido de la puerta, y a ellos los ruidos guturales que salían del lavabo. Me encontraron arrodillado junto a la taza, con tres dedos en la garganta, devolviendo. La bilis manchaba los azulejos y la taza, y el aire apestaba a vómito, lejía y ambientador de pino. A mi madre le dio un ataque de ansiedad: el niño tiene anorexia. Pero no era anorexia, a mí me daba igual estar gordo o delgado. Sencillamente, me daba un asco terrible la comida y la bebida, carne muerta o raíces extraídas del suelo con herramientas de metal para ser digeridas y convertidas en desechos, para encadenarnos a este mundo.

Pues eso es lo que hace: encadenarnos al mundo. ¿No valdría más la pena dejar de comer y terminar con todo de una vez? Eso mismo le dije un día al psicólogo. ¿No es la forma más sencilla de escapar de esta cárcel donde vivimos? Por supuesto, no se lo tomó bien, y más de una vez me vi, como ahora, encadenado a una cama y con suero, con un tubo que me atravesaba la nariz y la garganta, llenándome la boca de sabor a plástico húmedo, para alimentarme por la fuerza. Tuve que dejarme barba, porque mis padres escondieron todas las cuchillas de la casa, solo por si acaso. El psicólogo decía que tenía tendencias suicidas, y supongo que es verdad, pero yo mismo todavía no entendía el motivo. Solo sabía que me sentía atrapado, pero aún no me había dado cuenta de que el Rey de la Luz había pronunciado mi nombre mucho tiempo atrás.

Internet me proporcionó la oportunidad de comprender por fin qué me ocurría. Había otros como yo, y los había habido siempre. Leí las obras de Valentiniano y de Mani, la biblioteca de Nag Hammadi y los textos sagrados de los mandeos. Leí las críticas de Ireneo a los gnósticos, y todo lo que denunciaba como blasfemias resonó en mi alma como un diapasón. Por supuesto que había una realidad más allá de la cotidiana. Por supuesto que el mundo era una prisión, una cárcel donde las almas están atrapadas en los cuerpos y las leyes de la naturaleza. Por supuesto que Dios no podía ser ni una criatura celosa y vengativa, ni un señor normal que se pasea por el mundo como si tal cosa. El cuerpo de Cristo era solo apariencia, su Pasión solo una ilusión. Él era puro espíritu, como todos deberíamos ser, y vino para enseñarnos a escapar de la cárcel en la que nos han encerrado los Príncipes de este Mundo.

Aprendí también que estábamos perseguidos. Como los cátaros en Montsegur, las autoridades, tanto las humanas como las sobrenaturales, nos cazan porque no toleran que sepamos la verdad y revelemos al mundo que existe algo más, que al otro lado de las leyes y las normas y la carne y lo material existe un universo de luz espiritual donde podemos ser libres. Tenemos que escondernos, ocultar lo que somos, mentir incluso, para evitar que nos encierren, o que nos maten antes de que nos hayamos purificado lo bastante como para evitar reencarnarnos y poder escapar.

Acabé yéndome de casa, incapaz de soportar el materialismo y el consumismo de la sociedad moderna. Desde los diecinueve he vivido como un vagabundo en la calle, viviendo solo de lo mínimo necesario para sustentarme, renunciando a todo para ir cortando, poco a poco, los lazos que me atan a este mundo corrupto. Los Príncipes ya apenas tienen poder sobre mí, pero no ha sido un camino fácil. Palizas entre cartones y cristales rotos a las seis de la mañana, peleas por un trozo de comida o una colilla. Confieso que sucumbí a la tentación y más de una vez me emborraché con vino barato para calmar el dolor y calentarme, aunque sabía que eso solo retrasaba la iluminación. La policía abusaba de mí, de nosotros, y nos acosaba y golpeaba, pero era de esperar. Al fin y al cabo son agentes de la ley, agentes de las Autoridades del Mundo cuya labor es hacer la vida imposible a los prisioneros.

En un momento dado empecé a concebir una idea. ¿No era egoísta buscar liberarme yo solo, mientras el resto sigue sometido? En las películas de cárceles que veía de niño, ¿no era el héroe siempre el que organizaba una fuga para todos, en lugar de huir como si nada le importara? Así que empecé a predicar, a hablar en las esquinas y en las plazas, subido a una caja de tomates rescatada de la basura. Abandonen el materialismo, las cosas del mundo, las normas y las leyes, abandonen la comida y la bebida y la moral y las convenciones sociales, porque solo son las armas del enemigo, las cadenas con las que estamos atados a este mundo perecedero y putrefacto.

Supongo que si hubiera sido un sabio hindú o budista me habría forrado, y todos me hubieran escuchado. Pero no lo era, así que empezaron a llamar a la policía para que me echara y me silenciara. Cuando me expulsaban de un lugar me iba a otro, y a los pocos días regresaba, buscando siempre una audiencia, alguien que me escuchara y viera la verdad de las revelaciones que tenía para el mundo. Pasé más de una noche en comisaría, e incluso estuve unas semanas preso, en una verdadera prisión, porque me dejé llevar por la ira y ataqué a un señor mayor que tuvo la desfachatez de tirarme unas monedas, sin siquiera escuchar lo que tenía que decir. ¡A mí, que estaba hablando en contra del materialismo y del mundo, como si fuera un simple vagabundo!

Desde ese día adquirí mala fama, y los policías me vigilaban con mayor atención. Era verdad que eran agentes de los Poderes, que nos perseguían y acosaban. Pero prevalecí, porque mi ministerio era más importante, más fuerte. Continué predicando pese a los empujones y las palizas y las amenazas, viviendo entre cartones y buscando salvar las almas de los demás, atrapadas como la mía en este mundo material. Incluso recrudecí mis métodos, porque no podía permitir que me silenciaran.

Empecé a seguir a la gente por la calle, sobre todo a los que veía más necesitados: a los ricos, los abogados, los policías y los sacerdotes. Les pisaba los talones hablándoles de la verdad, del mundo de la luz y de la Gran Vida que nos había llamado a todos, y del Creador que nos tiene retenidos bajo barrotes de leyes y dinero. A veces perdía la paciencia, lo admito, y los insultaba, los acusaba de no querer ver la verdad, de ser servidores de las Autoridades, de traicionar a su verdadera naturaleza. A alguno lo llegué a agarrar por el brazo, y entonces llegaban las denuncias y las noches en el calabozo.

Así es como llegué aquí, a esta prisión psiquiátrica donde me han encerrado para evitar que difunda mi mensaje entre la población y neutralizar la amenaza. Me tienen incomunicado,  ni siquiera dejan que hable con los otros presos o con el personal. Me obligan a alimentarme cuando me niego, y envían a sus psicólogos para que me torturen. Dicen que estoy loco y que soy un peligro para la sociedad, que lo que hice es un crimen y que no se puede permitir que esté suelto hasta que esté “curado”.

¡Curado! Yo, que soy el único cuerdo de este país.

Reconozco, eso si, que lo que hice no está bien. Me dejé llevar por la emoción, por la excitación y por la oportunidad de retransmitir mi mensaje a todas partes. Me cegué, o quizá fueron los Poderes quienes me cegaron para perderme. Apenas recuerdo nada… el estrado al que trepé, los focos y las cámaras, los gritos del personal de seguridad. El empujón que le di al que estaba hablando en el estrado y el rugir del público. Debí tener más cuidado, eso es verdad.

¿Cómo iba a saber que se iba a romper el cuello?

¿Cómo iba a saber que era cardenal?

Pero, ¿quién son ellos para juzgarme?

Después de todo, no soy de este mundo.