Hucancha (9)

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Fuente: commons.wikimedia.org

La Laguna de madrugada era una ciudad fantasma. A solo unos pasos de los bares y cafeterías uno se encontraba con anchas calles peatonales pavimentadas de adoquines, flanqueadas por casas de una o dos plantas, la mayoría del siglo XVII o XVIII, cuyas ventanas de guillotina reflejaban la luz de las farolas. Hacía frío, siempre hacía frío, y una humedad que se colaba bajo la ropa y calaba en los huesos. Iris caminaba en solitario por aquellas calles vacías, arrebujada en la chaqueta demasiado ligera que se había traído. No se oía nada, ni una voz, ni un eco, ni siquiera el de los tacones de las botas en los adoquines.

Trazada casi con tiralíneas, la calle Herradores se prolongaba delante de ella prácticamente hasta su final en la plaza de la Concepción. Ni un alma en la calle, ni delante de ella ni a su espalda, donde la calle se prolongaba hasta la esquina de la avenida de la Trinidad. Estaba completamente sola en medio de la noche. Tampoco le parecía mal: seguía de mal humor, pese a que el aire frío de la madrugada la había despejado un poco. La discusión con sus amigos la había dejado tocada, y aún repasaba en su mente, en la soledad de La Laguna, respuestas que no había dado y frases hirientes a las que no sabía sabido replicar. Todos estaban enfadados. La tensión de lo que estaba pasando, las alucinaciones, o lo que fueran, la intervención de Patrimonio… estaba haciéndoles efecto, y sabía que no pasaría mucho tiempo hasta que empezaran a volar las acusaciones y a buscar culpables.

Se detuvo un instante frente a la casa San Martín, cuya pesada portada de piedra del siglo XVI, cerrada a cal y canto, contrastaba con las tiendas de ropa y bisutería que la rodeaban. Al otro lado de la calle, la luz de una farola creaba profundas sombras en las cuencas vacías de dos maniquíes en un escaparate. Llegó a meter la mano en el bolso en busca del móvil, aunque no sabía qué iba a decirles a los demás. ¿Que lo sentía? No lo sentía, porque no había hecho nada. Si les escribía estaba segura de que acabaría diciendo algo de lo que de verdad se arrepentiría. No, no era el momento.

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Fuente: .minube.com.mx editado con befunky.com

La luz de la farola empezó a parpadear. ¿Qué pasaba aquella noche? ¿Estaba fallando el servicio eléctrico de toda La Laguna a la vez? Echó a andar de nuevo, sintiendo cómo la invadía un frío inusual, mucho más intenso de lo común incluso para aquella hora. Le salía vaho al respirar y empezó a sentir cómo se le entumecían los dedos dentro de los bolsillos. Pasaba por una bocacalle entre dos tiendas de ropa justo cuando la luz parpadeó; al encenderse de nuevo algo la sobresaltó, una sombra entrevista por el rabillo del ojo. Un nuevo parpadeo de la luz. Allí no había nada.

Continuó su camino. Todas las farolas de la calle, fijadas alternativamente en fachadas a izquierda y derecha, parpadeaban ahora al unísono, como un gigantesco ojo somnoliento. Luz. Oscuridad. Luz. Oscuridad. Como el latido de un corazón. El frío era cada vez más intenso, hasta el punto de que sintió cómo le castañeteaban los dientes. Pasó los paraguas plegados y las sillas sobre las mesas de la terraza de una cafetería, y, en ese momento, oyó algo a su espalda.

Al principio pensó que era el rugir de una moto, alguien que se había metido por el centro de La Laguna, pese a ser peatonal, aprovechando que a esas horas no había nadie. Pero no, no había luces, ni moto. Solo aquel gruñido bajo, reverberante, que hacía vibrar los cristales de escaparates y ventanas, y el flujo y reflujo de las sombras al compás de las farolas parpadeantes. Le recordaba a lo que habían oído al salir de aquel maldito barranco, y un escalofrío le recorrió la espalda de arriba abajo. Entonces lo vio.

Una sombra, como había dicho Naira. Algo enorme y cuadrúpedo que ocupaba toda la calle, con aquellos ojos de fuego gélido que la miraban. Cada vez que se apagaban las farolas parecía crecer como una mancha de tinta que le llenaba todo el campo visual, y luego, al volver la luz, volver a retroceder como las olas cuando arañan la costa. El gruñido le llenó los oídos, empezó a reverberar en sus huesos.

Dio un paso atrás. La cosa no se movía. Un pánico cerval le atenazó el cuello y le cortó la respiración. Quería seguir retrocediendo, irse corriendo, pero no podía, estaba inmóvil, paralizada.

La cosa se irguió. Bípeda, como un hombre, demasiado grande, alta como una torre, mirándola desde arriba como se mira a un insecto. Empezó a distinguir rasgos, brazos, piernas, un hocico bestial bajo las estrellas gemelas de los ojos, y sintió que se le iba a parar el corazón. La cosa dio un paso hacia ella.

Iris emitió un chillido ahogado y se movió como sacudida por una descarga eléctrica. Se giró sintiendo lágrimas de terror bajar por sus mejillas y echó a correr calle Herradores arriba, los tacones repiqueteando en el empedrado.

A su espalda, un gruñido ronco, casi un ladrido exultante que llenó el cielo y le saturó los tímpanos. Y el chasquido de garras sobre las losas.

Todas las luces de la calle se extinguieron a la vez. Definitivamente.

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Hucancha (8)

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Fuente: thepocketmagazine.com

El botellín golpeó la superficie negra y rayada de la mesita. Estaban los cuatro encaramados a taburetes, junto al ventanal que dominaba las escaleras que salvaban el desnivel de aquella galería comercial que conectaba dos calles de La Laguna. A su espalda, las puertas de un antiguo cine reconvertido, donde acababa de terminar la actuación del grupo de unos amigos de Naira. La música seguía reverberando en las paredes y las luces coloreadas teñían las pieles de la gente que bailaba entre la barra y los sillones acolchados del interior.

– Pero qué esporas ni qué esporas. Eso es imposible.

– Es lo que me dijo.

– Pues se rió en tu cara, Iris, qué quieres que te diga.

– Bueno, pero a lo mejor es algo que no conocemos… – dijo Iris, manoseando su caña. Antonio seguía negando con la cabeza.

– Que no. Es que no tiene sentido. ¿Una intoxicación por hongos que solo produce alucinaciones? ¿Sabes lo que es el ergot? – Sacó el móvil y empezó a pulsar la pantalla.

– No, pero nos lo vas a explicar – suspiró Yeray.

– También se llama cornezuelo, en Tenerife es bastante común. Es un hongo parásito del centeno, hay quien dice que los casos de brujería documentados se deben a alucinaciones provocadas por consumirlo.

– ¡Es que me estás dando la razón!

– Espérate. La cosa es que no solo da alucinaciones. La intoxicación por cornezuelo produce… – alzó la pantalla para que todos lo vieran – a ver, alucinaciones, bien… convulsiones, gangrena y dolores abdominales. ¿Alguien ha tenido convulsiones? ¿No?

Antonio se irguió en la silla, encantado de no obtener respuesta. Los miró uno a uno a los ojos, esperando respuesta.

– ¿Pero no puede ser otro hongo? – dijo Naira.

– No. Mira – dos o tres clics en la pantalla-. Amanita muscaria, la más típica: náuseas, euforia, irritabilidad, convulsiones y coma. Otros hongos también provocan efectos físicos además de las alucinaciones, y nosotros no hemos tenido nada de eso. No sé por qué, pero la tía esa te contó un cuento, Iris.

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Fuente: thepocketmagazine

Se hizo un silencio momentáneo, que rompió Yeray con tono acusador. Una de las luces empotradas en el techo, directamente sobre su mesita, tembló como si se fuera a apagar, pero se mantuvo firme.

– Bueno, y si no son hongos, y no es una aparición como yo digo, ¿qué es, Toni? Ilumínanos, venga.

El otro lo miró de reojo, bebió de su botellín, se limpió las manos en los vaqueros antes de guardarse el móvil en el bolsillo. Cualquier cosa para evitar responder.

– Eso – dijo Iris-, ¿qué es, según tú, que eres tan listo?

Antonio se giró hacia ellos, apoyando las manos en la superficie circular de la mesa. Antes de darse cuenta estaba apretando los puños. La luz que los iluminaba parpadeó un segundo, seguida de otra un poco más allá.

– No sé, ¿vale? No lo sé, no tengo ni idea.

– ¿Entonces?

– ¿Entonces qué? – elevó la voz lo suficiente para que algunas cabezas se giraran hacia ellos -. Que no lo sé, no sé. Solo sé lo que no es.

– Es que a lo mejor – intervino Naira, con los hombros tensos – vas de listo y no te das cuenta de que te estás contradiciendo.

– ¿Cómo que contradiciendo, qué dices?

– Dices que hay explicación racional, te dan una y no la quieres – dijo Iris.

– Porque es una mierda. Porque te tomaron el pelo.

Iris dio una palmada en la mesa, apuntando con el dedo índice de la otra mano al rostro de Antonio. Ahora la luz del techo parpadeaba a intervalos regulares, sumiéndolos en la oscuridad durante una fracción de segundo y luego pintando sus rostros tensos con claroscuros.

– Respetito, ¿eh? A ver si ahora vas a saber más que la de Patrimonio.

 

– ¡De biología sí! Lo de los hongos es un cuento chino. Me da igual que sea una explicación racional si no tiene sentido.

Estaban demasiado envueltos en la discusión para darse cuenta, pero no eran los únicos. En torno a ellos, en las mesillas de la galería, junto a las puertas del viejo cine y en el interior, las voces se alzaban, las manos gesticulaban, y de los labios salían palabras de las que alguien se arrepentiría pronto. Entre el parpadear de las luces, que lo cubrían todo de sombras, parecía como si de repente todo el mundo estuviera dando rienda suelta a rabias y rencores contenidos durante años.

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Fuente: thepocketmagazine.com

Antonio e Iris seguían discutiendo, con intervenciones cada vez más agitadas de Yeray, que insistía en que había seguido investigando por su cuenta y no dejaba de encontrar casos similares. Naira, con las manos apretadas sobre la falda vaquera, los nudillos blancos y los dientes apretados, estaba mirando por el ventanal hacia la galería comercial justo en el momento en el que la luz se apagó.

Pasó un segundo eterno, el latido de un corazón. Todo era oscuridad; incluso las discusiones cesaron al darse cuenta de que no era un mero parpadeo. La luz había muerto. Se oyeron susurros, rumores de cuerpos moverse. Alguien empezó a hablar en voz alta.

La luz volvió.

Naira saltó de su taburete.

Había algo allí. En medio del pasillo mal iluminado, un bulto, una sombra, algo enorme, que daba la sensación de estar a cuatro patas pese a su tamaño. Sintió el hielo de dos ojos encendidos atravesar los suyos y fue como si unas fauces enormes se cerraran en torno a su pecho. Emitió un gemido ahogado, sintiendo cómo se le cortaba el aire.

Los demás la estaban mirando, momentáneamente olvidada la discusión, aunque sus rostros seguían contraídos de rabia, rencor y obstinación. Se volvió a sentar temblando, sin atreverse a mirar de nuevo al exterior, donde aquella cosa sin forma estaba plantada en medio de la galería, esperando, mirándola a los ojos.

– ¿Qué? – dijo Toni, casi agresivamente.

– Nada, nada. Me sobresalté. No pasa nada.

La luz volvió a parpadear, y de nuevo aquella sensación de rabia le subió por la garganta, como si alguien echara leña al fuego. Yeray había vuelto a abrir la boca para defender su teoría de la maldición, Antonio se estaba riendo de él con una crueldad a la que no los tenía acostumbrados, e Iris atacaba a ambos bandos como forma de defenderse. De pronto esta última dio una palmada en la mesa que hizo temblar los botellines.

– Se acabó. A la mierda, me voy a mi casa.

Hucancha (7)

 

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Fuente: foursquare.com

Lo más raro del asunto era que la tal Samarín, Andrea Samarín, no la había citado en ningún despacho de la Dirección General de Patrimonio Cultural, sino en una cafetería de La Laguna. Iris la esperaba tomándose un té, rodeada de muebles antiguos y libros de segunda mano, en la segunda planta forrada de madera del local. La luz anaranjada de las lámparas art decò se reflejaba en las superficies pulidas, dando la impresión de que se encontraba en el estudio de un noble victoriano y no en una cafetería, rodeada de gente que conocía de vista de la universidad.

No tuvo que esperar demasiado. Andrea Samarín subió la escalera exactamente tres minutos después de la hora convenida, buscando a Iris con la mirada. Vestía bien, con americana oscura y blusa azul claro, aunque las botas con tacón le daban un aire más moderno; no debía tener más de treinta y largos. Cuando se acercó, sonriendo, a Iris le llamó la atención ver asomar por el cuello de la camisa varios colgantes de barro y una bolsita de cuero, que asociaba más con una estética hippie. Aunque teniendo en cuenta que trabajaba conservando el patrimonio aborigen de las islas, tampoco era raro.

         – Eres Iris, ¿verdad? Soy Andrea, encantada.

Se saludaron con dos besos y la funcionaria se sentó en uno de los sillones tapizados de rojo oscuro. Cogió la carta, en forma de tríptico plastificado, pero no le prestó mucha atención. Después de las frases hechas de costumbre y de darle su tarjeta con el logo del Gobierno de Canarias, dos números de teléfono y un e-mail, la técnica entró directamente en materia.

         – Te cuento. Supongo que te extraña que te dijera de reunirnos aquí. Es que esto todavía es muy preliminar, así que prefiero que hablemos informalmente y luego ya lo que tengamos que hacer oficial lo hacemos en la oficina. ¿Te parece?

         – Supongo. Tú me dirás.

     – Mira, como te dije en el e-mail, en el servicio vimos tus fotos y creemos que encontraste algo de origen guanche. No te voy a aburrir con la ley, pero seguro que sabes que es patrimonio y está protegido.

         –  Sí, claro. Pero aquello no era aborigen, ¿eh? Tenía velas en vasos de cristal y los restos de lo que fuera eran recientes.

         – Por eso tenemos que ir con cuidado. Hay que hacer entrevistas en la zona, descubrir qué pasa allí y quién está manipulando ese objeto. A lo mejor hacemos un descubrimiento antropológico y vienen de la universidad, imagínate.

A Iris la antropología no le podía dar más igual, pero sí que sintió un poco de orgullo al pensar que eran ella y sus amigos quienes habían encontrado aquello. Un camarero vino a atenderlas; a Iris le quedaba té, pero Andrea pidió una infusión. Cuando el camarero se retiró, Iris se volvió hacia la técnica.

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Fuente: foursquare.com

         – Bueno, entonces, ¿qué puedo hacer yo? Ya quité las fotos.

       – Y te lo agradezco, eso es muy importante. No sabes la de veces que hemos localizado un yacimiento, la gente sube las fotos a Facebook o Instagram y cuando llegamos ya está expoliado. Ahora lo que necesito son varias cosas. Primero, las fotos, para poder estudiar bien el contexto. ¿Las tienes?

     – Aquí están – Dejó el pendrive, uno verde semitransparente que tenía rodando por casa desde hacía años, sobre la mesa de madera pulida-. Metí también los RAW de la cámara, por si acaso.

         La técnica sonrió, guardándose el pendrive en el bolso.

         – Perfecto. Ahora necesito que me cuentes exactamente todo lo que pasó aquél día, cómo encontraron los restos… todo lo que recuerdes. Lo voy a grabar, si no te importa.

Iris se encogió de hombros. Andrea sacó el móvil del bolso, lo manipuló rápidamente, y lo dejó sobre la mesa con la aplicación de grabación encendida.

         – Son las siete y media de la tarde del nueve de mayo de 2018, en La Laguna. Testimonio de Iris López Fernández, tomado por la técnica Andrea Samarín Castillo de Lara.

Apellido compuesto, y además de renombre. Ya el primero le sonaba a Iris no sabía de qué, pero el segundo era uno de esos que se oyen una y otra vez en conversaciones de política, sociales, de gente de dinero y poder, aunque nadie puede precisar exactamente a qué se dedican ni exactamente acusarlos de copar altos cargos. Vaya con la técnica de patrimonio.

         – Por favor, cuente para la grabación exactamente lo que ocurrió el sábado, día cuatro de mayo, cuando encontró los restos en cuestión.

         – Eh… – dudó un momento, ¿cómo se dirige uno a una grabadora?- Estábamos haciendo una ruta de senderismo. Antonio decía que se la sabía perfectamente, pero al final nos perdimos.

         – ¿Solo iban usted y la persona que acaba de mencionar?

         – Ah, no, no. Éramos cuatro.

         – ¿Puede identificar a los demás integrantes del grupo? Nombre y dos apellidos, por favor.

         – Pero no me han autorizado…

         – La grabación es confidencial. Necesitamos identificarlos por si acaso tenemos que entrevistarlos también a ellos.

         – Bueno… íbamos Antonio González Rojas, Naira Fariña Rodríguez, Yeray Hernández Falcón, y yo.

         – Gracias. Continúe, por favor – en ese momento subió el camarero, dejó la infusión sobre la mesa y se retiró silenciosamente. Andrea dio un sorbo sin quitarle la vista de encima a Iris.

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Fuente: comunidadalcampo.es

         – Bueno, nos paramos a descansar, retomamos el sendero, y al par de horas Antonio se para y dice que está perdido. Habíamos llegado como a un desvío, había un camino de cabras que subía y otro más ancho que bajaba y Yeray dijo que si íbamos a la playa lo lógico era bajar, así que bajamos todos. Aquello daba asco, estaba lleno como de hongos amarillos y casi no llegaba el sol y al final llegamos a la roca de las fotos.

La luz difusa de la lámpara proyectaba sombras de perfil anaranjado en los rasgos de Andrea. De pronto parecía más vieja y más dura, un rostro pétreo flotando entre las sombras de la cafetería, juzgándola. La simpatía y la cercanía se habían esfumado. Iris se achantó un poco ante aquella máscara de seriedad; le pareció incluso que en las profundidades de sus pupilas destellaba fugazmente un resplandor frío.La ausencia de tuteo tampoco ayudaba.

         –     Continúe, por favor.

–     Sí, esto… al principio pensamos que era basura, pero luego apartamos las hojas y vimos los vasos con las velas y los huesos y…

–     ¿Las fotos representan fielmente el estado en que encontraron los restos? ¿Los manipularon de algún modo?

–     Eh, no… bueno, quitamos las hojas, lo único. Puede que algún hueso se rodara, no sé.

–     ¿Y el ídolo?

Iris se removió en la silla de madera, inquieta. No le gustaba aquel interrogatorio, ni la forma seca que tenía la técnico de efectuarlo. Más allá del halo teñido de colores de la lámpara había grupos de amigos, gente conversando, tomando café y cerveza, y ella parecía que estaba con la Santa Inquisición.

–     El ídolo lo encontré debajo de la piedra. Estaba mirando los pictogramas con la linterna y vi algo asomar, tiramos y salió.

–     ¿Quién lo manipuló?

–     ¿Y eso qué más da? Lo encontramos y…

Algo de calidez pareció volver al rostro de Andrea Samarín, aunque la forma tan rápida que tenía de ir y venir sugería que era de todo menos sincera. Rodeó la taza con las manos como para darse calor.

–     Necesitamos identificar a quién pueda haberlo tocado para los análisis, por si ha habido contaminación.

–     Pero… bueno, da igual. Creo que solo yo. Le hice un par de fotos y nos fuimos.

–     ¿Volvieron a colocarlo donde lo encontraron?

Iris tragó saliva. En el momento, entre las prisas por salir de allí antes de oscurecer, el asco del macabro descubrimiento y el nerviosismo de Yeray ni se le había pasado por la cabeza colocarlo de nuevo donde estaba. ¿Habría cometido un delito? Alteración del patrimonio o algo así, alguna de esas cosas por las que te ponen una multa y te arruinan para toda la vida. Sus uñas repiquetearon sobre la madera pulida de la mesa como si estuviera escribiendo a máquina.

–     Esto… no lo recuerdo. No sé. Creo que… puede ser.

–     Solo necesitamos saberlo para asegurarnos de que nadie más ha manipulado los restos – la miró como si le leyera la mente -. Nadie te va a multar.

–     Creo que lo dejé donde sale en la última foto.

–     Bien – Andrea Samarín se echó atrás en el asiento y llevó la mano hacia el móvil, aunque sin llegar a tocarlo aún -. Muchas gracias por su colaboración, eso es todo.

–     ¿Ya está?

Solo entonces rozó la pantalla con la punta de los dedos para desactivar la grabadora, antes de guardarse el móvil y volverse una vez más hacia Iris.

–     Una cosa más – de nuevo aquella mirada fija y aquella especie de resplandor lejano-. ¿Alguno de ustedes ha experimentado algún fenómeno inusual desde que encontraron los restos?

A Iris se le abrieron los ojos como platos.

–     ¿Cómo que fenómeno inusual?

–     Es importante que esto que te voy a decir no salga de aquí – Andrea se inclinó hacia ella con aire de conspiración, bajando la voz -. Ninguno de ustedes corre ningún peligro, ¿de acuerdo? Pero necesito saberlo.

–     ¿Pero a qué te refieres?

–     Visiones, alucinaciones vívidas, problemas de sueño, fiebre alta…

–     Bueno…

Fue como un relámpago tras sus pupilas. Durante un momento pareció que todo se atenuaba excepto el rostro de la técnica, que posó una mano sobre el tablero de la mesa con vehemencia.

–     ¿Qué es? Cuéntamelo.

–     Todos… todos hemos creído ver cosas. Ruidos, como sombras… Yera tuvo una parálisis del sueño anoche. No sabemos qué es, buscamos una explicación lógica, pero…

–     La hay. Es algo que ya hemos visto otras veces, no es nada de lo que preocuparse.

–     ¿Pero qué es…?

Andrea volvió a recostarse en la silla, aparentemente más calmada.

–     Creemos que los restos pueden contener un hongo que a veces se encuentra en los yacimientos. Al manipularlos expulsan esporas que el viento arrastra una corta distancia. Si son inhaladas pueden provocar algunos efectos como estos, pero no es nada grave. Desaparecerán en poco tiempo.

–     Pero, pero… ¿vamos al hospital o algo? Habrá algún tratamiento, una pastilla, yo qué sé. ¿Estamos envenenados con hongos?

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Fuente: theguardian.com

–     No, no. No son tóxicos, solo es un efecto secundario. Y no es peligroso, pero entenderás que no queremos que se entere la gente porque luego viene la histeria.

La palma de Iris golpeó la mesa, haciendo que varias cabezas se giraran hacia ellas.

–     ¡Es que es para ponerse histérica!

–     Calma, por favor. De verdad, no es nada peligroso. No es necesario tomar ninguna medicación, bastará con beber mucha agua. Pero, sobre todo, hay que mantener la calma y no dejarse llevar por el pánico. Los efectos empeoran y duran más en condiciones de agitación.

–     Es que pretenderás que no esté agitada. A ver, ¿qué les digo yo a estos…?

La técnica del Gobierno posó una mano en la mesa, a cada lado de su taza, y miró fijamente a los ojos a Iris. Se le dilataron las aletas de la nariz, como si aspirara los aromas de la infusión, y le pareció que mascullaba algo.

–     ¿Qué? No entiendo…

–     Cálmate – De pronto a Iris le pesaban los hombros; sintió como si le frotaran una toalla húmeda y caliente espalda abajo, y notó cómo se le entrecerraban los ojos y bajaban las pulsaciones -. No hay nada que temer, ¿de acuerdo? El efecto de las esporas pasará en unos días. Di a tus amigos que está todo en manos de la Dirección General de Patrimonio y que no hay nada de lo que preocuparse. No intenten volver al lugar donde encontraron los restos ni hacer nada más. Olviden este asunto.

Claro, claro. No era nada importante. Iris se encontró asintiendo con la cabeza para sí, con las palabras de Andrea flotando en su mente, hundiéndose en su cerebro como piedras entre las olas. No había nada de lo que preocuparse. Era mejor dejarlo en manos de profesionales. Todo volvería a la normalidad en unos días.

La técnica se incorporó tras apurar su infusión y se echó el bolso al hombro, con una media sonrisa muy particular. Iris seguía sentada, con la cabeza entre las manos y la respiración pesada; le daba la sensación de que tenía la cabeza llena de algodón.

–     Gracias por reunirte conmigo, Iris, y por tu colaboración. Todo va a salir bien. Y del té no te preocupes, está pago.

Y con esto desapareció taconeando escaleras abajo.

Hucancha (6)

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Fuente: eldiario.es

– Parálisis del sueño.

– Que no. Estaba ahí.

La cafetería del campus central de la Universidad de La Laguna estaba medio vacía a aquella hora. El rumor de las conversaciones permanecía bajo, punteado a veces por el flujo y reflujo de la gente que recorría los pasillos del antiguo edificio, al otro lado de la puerta abierta de par en par. El aire olía a café y a la plancha caliente que estaba preparando un bocadillo.

– Es normal que al afectado le parezca real, pero es solo un sueño – insistió Toni.

– Y una mierda – Yeray negaba con la cabeza, obstinado-. Lo vi, lo oí, ¡se me subió encima!

– ¿Y dónde está ahora? – intervino Iris-. Si estaba encima de ti, ¿por qué desapareció?

– No sé, no lo sé – se agarró la cabeza con ambas manos, los codos en el tablero rayado de la mesa -. Pero estaba ahí, de verdad. Están pasando cosas muy raras.

– No digas tonterías – dijo Toni, removiendo su cortado natural-. Todo tiene una explicación.

– Ah, ¿sí?- saltó el otro, dando una palmada en la mesa-. ¿Qué explicación? Cada vez que pasa algo todos los perros de la zona se ponen a ladrar como locos. Tú viste algo en tu casa, no lo niegues ahora.

– Puede ser cualquier cosa. Un perro suelto, un presa…

– ¿Y tú, Naira? Aquella cosa que te seguía.

Naira se había mantenido al margen de la conversación, sin intervenir en ningún momento. Parecía absorta, pero al ser interpelada se encogió de hombros, dubitativa.

– No sé. No sé qué era, pero no lo he visto más.

– Yo si lo sé. Miren – Yeray echó mano a la mochila y sacó una Tablet, en la que empezó a mostrar a los demás páginas web y archivos pdf descargados -. Hay montones de casos de apariciones de este tipo. Montones.

-¿Apariciones? – el tono de Iris destilaba ironía -. Venga ya.

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Fuente: pinterest

– Que sí. Yo tampoco me lo creía hasta anoche. Mira. Los guanches los llamaban tibicenas en Gran Canaria, aquí hucanchas o gucanchas. Los cronistas los mencionan: apariciones en forma de perros lanudos enormes y negros con ojos rojos. Torriani, Abreu Galindo, Gómez Escudero.

– No tengo ni idea de quiénes son – dijo Toni-. Torriani me suena.

– Calla. Escucha. Hay apariciones modernas también. En Buzanada, en los cincuenta. En Samara lo vio una turista peninsular, no puedes decir que es una superstición de magos de aquí. Aquí en La Laguna, en una zona donde hay cazoletas guanches, como lo que vimos en el altar del monte, hay otro caso. En Arona hay por lo menos cuatro casos, dos a la misma persona, cerca del mar. ¿Quieres más?

-Todo eso no significa nada – dijo Iris-. Cualquiera puede inventar cualquier cosa en una web, no hay datos fiables, ni nombres, ni fechas concretas…

– Hay más. En 1922 en la Cruz de Tagoro, en Valle Guerra. En el cincuenta y seis en Los Sauces, en La Palma. En el sesenta y ocho en Agüimes, y en los cincuenta en Arucas, lo vieron dos guardias civiles, que no van a ir por ahí contando cuentos.

– Pero, ¿tú has visto el informe de la Guardia Civil, Yera? – dijo Iris.

– ¡Hay uno en el 97! En la playa de Melenara, nada menos. ¿Quieres más? ¡Hay muchos más! – Yeray estaba como fuera de sí.

– Yera, calma – decía Toni -. Habrá las leyendas que haya, pero eso no quiere decir…

– ¿Cómo que no? ¿Entonces de dónde lo saca toda esa gente que no se conoce? Mira, incluso hay historias fuera de aquí – pasaba las páginas del Tablet furiosamente -. En Inglaterra…

Iris le quitó la Tablet de las manos suavemente y la dejó boca abajo sobre la mesa.

– En el noventa y siete, Yera. ¿Te das cuenta de que no hay nada desde que todo el mundo tiene móvil con cámara?

– Algo habrá – porfió el otro, apretando la mandíbula -. Es imposible que haya tantos casos iguales, que encajen tanto en lo que nosotros…

– Nosotros no hemos visto ningún perro, Yera – sentenció Antonio.

– Tú mismo dijiste que lo que había por fuera de tu casa podría ser un perro. Naira, ¿tú qué viste?

– No lo sé – Naira jugueteaba con la cucharilla de su barraquito, ya terminado -. No pude verlo bien, era como un bulto, una sombra…

– Ajá – Yeray volvió a echar mano a la Tablet y buscó algo -. Aquí está. El testimonio de Valle Guerra: “por las noches aparecían en la Cruz de Tagoro unas sombras y unos bultos que se paseaban de un lado a otro del camino”. Las mismas palabras exactas.

– ¿Pero es un perro o una sombra? ¿No ves que no es consistente? – dijo Iris.

– Primero un bulto, luego se aparece el perro. Lo que yo vi tampoco tenía forma, pero tenía hocico y me olfateaba…

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Fuente: MissSomething en Flickr

Iris resopló, burlona.

– Te tengo dicho que cenes más ligero.

– Vete a la mierda – soltó Yeray, dolido, mirándola de reojo-. Te vas a reír de…

– Vale, Yera, ya – Naira le puso la mano en el hombro -. Déjalo.

– ¿Verdad que tú me crees?

– Yo no sé nada. Pero vamos a dejar el tema ya, ¿eh?

– Que no. Que algo tenemos que hacer – insistió el otro -. Algo pasa, admítanlo. Iris, tú vas de científica ahora, pero bien que quitaste las fotos del altar de tu Insta.

La aludida tamborileó con las uñas sobre la gastada superficie de la mesa, intranquila.

– Tú qué sabes.

– ¿Las quitaste o no las quitaste? ¿Te lo busco?

– Es que a ver. Me contactó una tía.

Se hizo el silencio en torno a la mesa. Los otros tres la miraron, expectantes. Esto era nuevo, y por primera vez había una noticia sobre el tema que no estaba envuelta en incertidumbre y terror.

– ¿Cómo que una tía? – dijo Naira al fin.

– De Patrimonio del Gobierno de Canarias. No sé qué Samarín se llama, me suena el apellido pero no caigo.

– ¿Del Gobierno? – saltó Yeray, excitado -, ¿y te mandó a quitarlas?

– Bueno, bueno – dijo Toni -. No empecemos con las teorías de la conspiración.

– Qué me va a mandar a mi nada – bufó Iris-. Quiere saber dónde es y me pidió que las quitara porque van a hacer un estudio arqueológico y no quieren que la gente se meta a expoliar, que hay mucho loco suelto. Me voy a reunir esta tarde con ella.

– No me gusta – dijo Yeray-. Esa quiere algo.

– Que te calles.

 

Hucancha (5)

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Fuente: pinterest

Yeray se retorcía en la cama, presa de un sueño agitado, con las sábanas enredadas entre las piernas y el pecho subiendo y bajando, respirando con dificultad. El viento que entraba por la ventana abierta hacía ondear las cortinas como enormes medusas abisales en la oscuridad. La única luz, aparte del lejano resplandor anaranjado de las farolas, eran los números rojos del despertador, reflejándose en el techo pintado de blanco.

No se oía nada. A aquellas horas apenas había tráfico, no pasaban guaguas, ni siquiera el camión de la basura. Solo el crujir del somier bajo el peso de su cuerpo, que no dejaba de rebullir al compás de las pesadillas. Y de pronto, en el silencio, un gemido largo, bajo, angustiado, que se resolvió en un aullido lastimero y solitario que pareció llenar el cielo nocturno.

Yeray abrió los ojos. Las cortinas flotaban frente a su rostro, translúcidas a la luz de las farolas. Trató de girarse, pero el cuerpo no le obedecía. Sintió gotas de sudor bajarle por la frente por el esfuerzo de contraer los músculos, tensar los tendones, obligar a sus extremidades a moverse. Sin éxito. Solo podía mover los ojos y notar como su respiración se iba haciendo más agitada, más próxima a un ataque de pánico. Aquel aullido lastimero que le había despertado continuaba, pero de pronto fue como si se atenuara, como si alguien le hubiera llenado las orejas de algodón. Incluso la luz de la calle se ofuscó. Todo parecía irreal, como un sueño.

Pero no todo cayó en la oscuridad y el silencio. El resplandor de las farolas se apagó de súbito, pero era como si todo irradiara una luz gris muy tenue, como la de la luna o las estrellas, que perfilaba las sombras más que iluminar. Sintió los pelos ponérsele de punta y una oleada de frío calarle los huesos. Y el aullido… en su lugar podía escuchar una respiración lenta, pesada, jadeante, como la de un animal enorme, que venía de la puerta de la habitación, a su espalda. Un jadeo húmedo, bronco, que terminaba en un gruñido bajo.

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Fuente: Pinterest

Podía sentir su presencia en la puerta, aunque no podía verlo, fuera lo que fuera. Como si su masa dominara la habitación y le aplastara contra la cama. Era algo grande, enorme, y muy vivo. Algo que le miraba con atención, que le acechaba desde la puerta dispuesto a abalanzarse sobre él. Percibió, medio en vela y medio en sueños, una intención, una mente calculadora tras aquella presencia, y sobre todo un hambre voraz y ansiosa que se dejaba ver en aquel jadeo errático. Esperaba. Acechaba.

Quería darse la vuelta en la cama, moverse, sentir de nuevo que controlaba su propio cuerpo, pero al mismo tiempo le aterraba la idea de encontrarse frente a frente con aquello, fuera lo que fuera. Sentía el corazón latir a toda velocidad en su pecho, retumbar en sus oídos de aquella forma extrañamente amortiguada, la adrenalina saturando su sangre, pero al mismo tiempo era incapaz de moverse, y el nudo de pánico y terror en su pecho se hacía cada vez más tirante y amenazaba con ahogarle. Podía sentir las lágrimas corriendo por sus mejillas.

El jadeo se interrumpió, pero lo que lo sustituyó no era mejor. Estaba olfateando. Aquella cosa, fuera lo que fuera, estaba olfateándolo, venteando como un perro de presa. Podía sentir como se movía por la habitación, oír su respiración pesada y el sonido de su hocico junto a la puerta, el armario, la mesa del ordenador. La mesilla de noche. Estaba junto a él. El corazón se le iba a salir a Yeray del pecho. Estaba allí. Lo oía. Lo sentía. Junto a él. A su alcance.

Un peso enorme se instaló sobre la cama, hundiendo el colchón y casi haciendo caer el cuerpo inerte de Yeray. Sintió una vaharada de aliento, a la vez gélido como el hielo y tan ardiente que le quemaba la piel. Aquella respiración pesada, húmeda, estaba directamente sobre su nunca y su espalda. Y entonces la masa de aquella cosa le cubrió por entero y sintió como si fuera a aplastarle todos los huesos del cuerpo. Inmóvil, atrapado, la osamenta crujiendo bajo aquella cosa, fuera lo que fuera. Lentamente, muy lentamente, entró en su campo visual.

Las cortinas, la ventana, el techo con la hora (las 3:33) reflejada en un rojo apagado, fueron sustituidas lentamente por… algo. No había palabras para describirlo ni definirlo. Era oscuridad, una sombra, pero tenía sustancia y masa. Era imposible verla con claridad, pero percibía formas en ella, más insinuadas que vistas, ninguna lo bastante duradera como para distinguirla con detalle. En el fondo de aquella oscuridad brillaban dos estrellas frías, fijas y duras, resplandecientes como hojas de acero o como esquirlas de hielo que se le clavaran hasta el fondo del cerebro. Escuchó de nuevo aquel repugnante sonido de olfateo justo antes de que la impresión de unas fauces enormes llenara su campo visual, bañándolo en aquel aliento de nieve y fuego.

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Fuente: pinterest

Saltó, sacudido como por una descarga eléctrica, con fuerza suficiente como para abandonar la cama y derrumbarse en el suelo frío de la habitación, arrastrando las sábanas y las mantas. Chilló angustiado, cubriéndose el rostro con las manos, rodando por el suelo en posición fetal. Estaba solo. Aquella cosa, fuera lo que fuera, había desaparecido. Volvía a ver con claridad, volvía a oír sin impedimentos, esta vez el coro de ladridos y gañidos que llegaba por la ventana, a través de la que brillaban de nuevo las farolas.

Podía oír los pasos de sus padres saliendo de la habitación al otro lado del piso. Debía haberlos despertado. Se incorporó como pudo, con el corazón martilleándole en el pecho como si fuera a romperle las costillas, jadeando como si hubiera corrido una maratón y envuelto en sudor frío, y se sentó en el suelo, apoyando la espalda contra la cama. Le temblaban los brazos y las piernas por la tensión y notaba la cara llena de lágrimas que le bajaban hasta la barbilla. Tosió. Aún le parecía sentir aquellas fauces enormes cerrándose sobre su cara y ver aquellos ojos fríos, hambrientos, que le taladraban el cráneo. Le temblaba todo el cuerpo.

¿Qué había sido aquello? Los perros seguían ladrando en la calle. Como en casa de Naira, de Toni, de Iris. ¿Qué estaba pasando?

El altar. El ídolo en forma de perro, o lo que fuese.

¿Qué habían hecho?

Sus padres lo encontraron llorando.

Hucancha (4)

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Fuente: santacruzdetenerife.es

El ligero golpe de la bolsa de deportes contra la espalda de Naira era satisfactorio, como una palmada de felicitación después de una dura sesión de entrenamiento. Salió del vestuario con la bolsa colgada al hombro, suspendida de las correas que apretaba en el puño, despidiéndose de los compañeros que aún estaban estirando o calentando. Cruzó las puertas acristaladas del gimnasio para sumergirse en las calles estrechas del Toscal, entre casas abandonadas cuyos vanos condenados con bloques cubiertos de pintadas parecían a punto de derrumbarse, persianas metálicas de negocios cerrados y decadentes, y algunas nuevas edificaciones que, aunque destacaban en medio de la desolación, ya empezaban a mostrar signos de corrosión si uno sabía dónde mirar.

Aún le quedaba un buen trecho para coger la guagua, pero le gustaba el paseo después de entrenar. El aire fresco de la tarde noche le devolvía la vida después de la ducha de agua apenas tibia del gimnasio. Le servía para relajarse y a modo de descompresión, para pasar lentamente del tatami a la vida normal, asimilar lo aprendido y dejar atrás todas las tensiones. Antes de entrar se le agolpaban en la cabeza pensamientos de todo tipo: la universidad, el trabajo de fin de grado, planes para el fin de semana, dramas y cotilleos de amistades y familiares… pero al salir, como ahora, llevaba la mente en blanco, en un estado de relajación total y paz interior.

Casi ni se daba cuenta de la degradación del barrio a su alrededor. Desde hacía unos años las condiciones habían empeorado cada vez más. Corría el rumor de que el ayuntamiento quería demoler el barrio para reconstruirlo, así que no se daban permisos de obra y todo estaba cayéndose a pedazos. Cada vez se veía más basura en las calles, más mendigos y vagabundos sentados en los portales y durmiendo en los bancos, más perros callejeros revolviendo en los contenedores y durmiendo en los solares.

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Fuente: /eldia.es

Se detuvo en un paso de peatones en la calle de La Marina, contemplando como el horizonte oriental se oscurecía a través de la rendija entre dos edificios. Había un mendigo revolviendo en la basura, en el contenedor gris de orgánicos, al otro lado del cruce. Un hombre bajito, escuálido bajo las capas de ropa sucia, con una densa barba gris y ojos rodeados de patas de gallo, que se clavaron en los de Naira cuando el hombre levantó la cabeza del contenedor. Ella quiso apartar la vista, pero no pudo. Aquella mirada penetrante, dura, ni de lejos la habitual mirada perdida de los vagabundos, la tenía clavada en el sitio.

Dejaron de pasar coches. Podía cruzar, pero no le dio tiempo. De dos zancadas, con una energía sorprendente, el hombre se plantó ante ella. No la tocó, pero estaba cerca, demasiado cerca. Abrió la boca para decirle que no tenía nada que darle, pero él se le adelantó, con una voz rasposa, producto del tabaco, el alcohol y años de infecciones mal curadas.

– Te huele – el aliento del hombre le llegó con una vaharada de olor repugnante.

– ¿Qué?

– Te huele. Estás marcada.

Naira dio un paso atrás, luego otro. El hombre la siguió, extendiendo una mano sucia como para tocarla, y ella soltó un chillido y echó a correr calle La Marina abajo. A su espalda podía oír al hombre tambaleándose tras ella.

– Te huele, te acecha, va detrás de ti. ¡Estás marcada!

Pronto lo dejó atrás, aunque seguía oyendo los gritos destemplados a su espalda. Te huele. Te acecha. Marcada. Corrió por la estrecha calle, encajonada entre portales y coches aparcados, con la bolsa de deportes golpeándole la espalda. El ruido que hacía al rebotar se le asemejaba al de unos pasos que la perseguían. Tenía la sensación de que algo estaba justo detrás de ella, algo enorme que devoraba cientos de metros a cada paso, un depredador voraz que en cualquier momento se abalanzaría sobre ella o le mordería las piernas para derribarla y destrozarla, indefensa, en el suelo. Los transeúntes se apartaban como podían al paso de Naira, tratando de esquivarla en la angosta acera, pero ella no les prestaba atención. Aún le parecía que aquella cosa le respiraba en la nuca, que iba a abalanzarse sobre ella.

El corazón le martilleaba en el pecho, y la respiración se le hizo insoportablemente agitada, hasta el punto de dolerle los pulmones y las piernas. Tuvo que detenerse a la altura de la alameda, jadeando, apoyada contra los azulejos marrones de una farmacia. Arriesgó una mirada atrás: nada. El vagabundo no la había seguido, o al menos se había quedado muy atrás. Pero a lo lejos, al fondo de la calle, donde la vista apenas alcanzaba, le pareció ver un movimiento extraño, una sombra, demasiado grande para ser una persona, pero no tanto para ser un coche, que se desplazaba de un lado a otro de la calle. Pestañeó, irritada consigo misma. Ya estaba viendo cosas como una histérica, ella que se preciaba de no tenerle miedo a nada.

Durante el resto del trayecto hasta el Intercambiador tuvo la misma sensación opresiva en el pecho. Algo la seguía, algo la acechaba, como había dicho el mendigo. De vez en cuando le pareció percibir aquella sombra enorme que se movía por el rabillo del ojo, siempre pendiente de sus movimientos, como un perro pastor controlando al ganado, demasiado fugaz como para verla claramente. Recordó lo que les había contado Toni: una sombra que lo acechaba a lo lejos, y un gruñido profundo, antes de que todos los perros de la zona empezaran a aullar. Como en el barrio de Iris.

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Fuente: wikipedia.org

Cuando subió a la guagua y escaneó el código QR con el móvil pudo verlo una vez más, justo en el límite de su visión periférica, una masa indistinta y oscura entre dos guaguas. Giró la cabeza para mirar fijamente a aquella cosa, pero ya se había esfumado; reapareció al otro lado, detrás de un banco, e inmediatamente un coro de gañidos y gruñidos nerviosos llenó la estación. El caniche gris que una señora llevaba en un trasportín empezó a ladrar histéricamente, el hocico apenas asomando entre las rejas. El labrador de un invidente se tumbó en el suelo con el rabo entre las piernas, gañendo con aire lastimero, y empezó a aullar. A lo lejos, en las calles que rodeaban el Intercambiador, se oía la respuesta a aquel coro de ladridos mientras una inmensa bandada de palomas, tal vez cientos, levantaba el vuelo, alarmada.

Naira y la conductora de la guagua se miraron, estupefactas. Los dueños de los animales no sabían qué hacer para callarlos, y aquella sombra seguía siempre ahí, en la visión periférica de Naira. Se sentó al fondo de la guagua notando como empezaban a temblarle las manos. No podía ser. ¿Qué estaba pasando? ¿Sería algo que se habían traído del monte, un olor que no se iba, algo relacionado con aquel altar asqueroso? Los perros ladraban como locos, como le había pasado a Iris, como le había pasado a Toni. Y el mendigo le había dicho que algo la acechaba.

Cuando llegó a casa y soltó la bolsa de deporte sobre la cama que había dejado sin hacer, mientras oía a sus compañeras de piso trastear en la cocina, echó una mirada a través de la ventana de su habitación, y el corazón estuvo a punto de salírsele del pecho. De nuevo aquella sombra, ocultándose entre las retamas y las piedras del parque del otro lado de la calle.

A lo lejos, ladridos de perros atemorizados.

Hucancha (3)

Al anochecer, las luces de los cruceros atracados en el puerto de Santa Cruz se reflejaban en el agua, aunque desde donde ellos estaban, sentados en una terraza de la avenida de Anaga, no podían ver más que el resplandor naranja asomando detrás de los árboles que la bordeaban en la acera opuesta. Hacia el fondo, encima de las montañas por las que habían estado caminando solo dos días antes, una enorme cruz luminosa parecía querer cristianizar aquel macizo pagano, donde aún quedaban secretos ocultos en las degolladas y entre las raíces.

– Era muy raro, de verdad – decía Iris, tras llevarse la Kopparberg a la boca-. Tremenda escandalera.

– ¿Al final se supo qué había pasado? – preguntó Naira.

– Qué va. Algo que habrán olido, o se habrán picado dos a ladrar y el resto se habrá unido. Yo qué sé.

– ¿Anoche otra vez? – dijo Antonio.

– Sí. No tanto como el primer día, pero anoche volvió a haber concierto.

– Qué raro. No es normal – hizo un gesto al camarero, que pasaba junto a su mesa -. Tráeme una Tierra de Perros cuando puedas.

– ¿No es normal, de verdad? – Se burló Naira-. Menos mal que lo dices, si no…

Antonio se encogió de hombros. Durante un momento nadie dijo nada; se limitaron a beber y a contemplar a la gente que pasaba y a las nubes que se acumulaban sobre el horizonte, al otro lado de las copas de los árboles. De nuevo había una, negra y amenazadora, compacta, que a Antonio le recordó la de aquella tarde en la playa.

– Mi abuela decía que si ladran los perros es que se va a morir alguien.

Todos se quedaron mirando a Yeray, que lo había dicho como sin darse cuenta, mirando hacia aquella nube negra que el viento no arrastraba. Les sacó de su estupor la cerveza de Antonio, que el camarero dejó sobre la mesa metálica con un golpe seco.

-¿Qué?

– Eso decía.

– No me dirás que te lo crees- dijo Naira.

– No. Pero lo decía.

– Gracias, Yera – soltó Iris -. Menos mal que no soy supersticiosa.

– Eso que encontramos tenía forma de perro, ¿no? Más o menos.

– Era un animal, sin más. Podía ser cualquier cosa, un cerdo, una cabra.

– Era un perro.

– Pues vale, Yera. Pa ti la perra gorda.

– Nunca mejor dicho – dijo Antonio. Hubo risas nerviosas en torno a la mesa.

– No, pero en serio – Naira se giró hacia Iris-. Habla con los vecinos a ver, igual alguno tiene un gato y se le escapa por las noches, o yo qué sé.

– Sí, hombre, voy a estar yo hablando vecino por vecino.

– Pues algo habrá que hacer, no puedes estar así toda la vida.

– Ya se callarán, yo qué sé.

Dos horas después, Antonio subía con el coche por la carretera que llevaba a la casa de sus padres, en Las Mercedes. En aquella zona había muy poca iluminación, solo una farola cada varios cientos de metros, proyectando conos de luz que apenas servían para puntear la oscuridad. Estaba al lado de La Laguna, pero ya casi en el campo. Los faros del coche iluminaban las fachadas de las casas terreras que se alineaban a ambos lados de la carretera, tras sus muros de bloques pintados de ocre, naranja y rojizo que apenas se veían en la oscuridad. Las ramas de los árboles que crecían en las huertas se proyectaban por encima, como si quisieran escapar.

La casa de los padres de Antonio se encontraba al final de un camino empinado, algo alejado de la carretera principal, y rodeado de tapias. La entrada estaba a la izquierda, y justo delante había un amplio solar, un descampado sembrado de salvia, ortigas y malas hierbas que solían usar de aparcamiento. Más allá, en el punto donde crecían algunos árboles, el terreno ascendía en una serie de lomas cubiertas de arbustos y vegetación que rodeaban un matadero de pollos. Todo eso no era ahora más que una vaga sombra, perfilada por las luces del coche y de la única farola, que se encontraba más abajo, junto a la tapia del vecino. Antonio introdujo el coche en el descampado y lo arrimó a un extremo, dándole aún vueltas a la cabeza a lo que había dicho Yeray. Su mente racional rechazaba toda superstición, pero había algo dentro de él que no podía dejar de hacer la conexión entre la “profanación” de aquel santuario que habían encontrado por casualidad y los ladridos de los perros de Iris.

Al bajar del coche se dio cuenta de algo: extinguido el runrún del motor, no se oía absolutamente nada. Ni el chirriar de los grillos, ni el rumor de las hojas, ni un ave nocturna, ni el maullido de un gato asilvestrado, ni toda la variedad de sonidos imposibles de identificar de la noche en el campo. Nada. Como si alguien hubiera quitado el sonido de una película.

Como cuando Iris había tocado el ídolo en el monte.

Intranquilo, miró a un lado y a otro, buscando no sabía qué. La única luz era el cono anaranjado de la farola, que empezó a temblar mientras la miraba, vacilando como la llama de una vela, atenuándose como si unos dedos invisibles fueran a extinguirla. Sintió un escalofrío, pero trató de componerse, racionalizarlo. El ayuntamiento no trataba bien a zonas como aquella. Seguro que hacía falta mantenimiento. Era un fallo eléctrico, nada más.

La farola se apagó.

Fue algo súbito. No parpadeó, no emitió un zumbido ni estalló, ni siquiera perdió potencia gradualmente hasta extinguirse. Simplemente pasó de un resplandor atenuado a la oscuridad más absoluta. Antonio dio un respingo al encontrarse cegado de pronto, sin ningún punto de referencia a su alrededor: ni siquiera veía el coche, a menos de un metro de distancia. La noche era como una piscina de alquitrán que le rodeaba por todos lados y, cuando alzó la cabeza en busca del fulgor de las estrellas, se encontró con un velo de nubes negras.

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Fuente: MissSomething en Flickr

Era peligroso caminar así, sin ver absolutamente nada, pero no podía quedarse esperando a que volviera la luz de la farola o amaneciera. Intentó dar un paso adelante, pero las piernas se negaron a obedecerle. Le asaltaron la cabeza toda clase de pensamientos irracionales, estúpidos. Que podía haber algo acechando en las sombras. Que algo iba a devorarlo si salía del solar y ponía pie en el asfalto. Que más allá de sus pies se abría un abismo interminable en el que caería para siempre. Despejó las dudas sacudiendo la cabeza, como si emergiera de entre las olas, y dio un paso adelante. Luego otro.

En ese momento empezó a oírlo. El silencio sepulcral se vio roto por un sonido bajo y ronco, que sonaba muy lejano, pero le hacía vibrar los huesos y bajar un sudor frío por la espalda. Todos sus instintos le decían que corriera, que echara a correr como alma que lleva el diablo, pero se contuvo haciendo un esfuerzo enorme de voluntad. Si corría lo más seguro era que tropezara y se partiera los dientes, o una pierna. Pero aquel gruñido bajo continuaba, cada vez más profundo, a veces justo por debajo del umbral de la audición, siempre con una urgencia feroz, como si algo estuviera deseando abalanzarse sobre él, pero no pudiera.

De nuevo el impulso de correr, de huir, de refugiarse en una madriguera como un animal asustado. Se dio cuenta de que temblaba tanto que podía oír castañetear los dientes y tenía todos los músculos en tensión. Se obligó a respirar hondo, una vez, dos veces, llenándose los pulmones del olor de la salvia y el romero, pero también algo más, un olor húmedo, metálico, a barro y sangre y tierra removida, que le dio arcadas. Se giró lentamente en busca de la fuente del sonido, pero ni vio nada, ni podría haberlo visto sin luz.

Dio un paso vacilante hacia la casa de sus padres, hacia atrás, sintiendo irracionalmente que si le daba la espalda al solar algo se abalanzaría sobre él. El gruñido ganó volumen e intensidad, y a lo lejos, muy lejos, un perro empezó a ladrar. Luego otro. A su espalda oyó el gañido lastimero de Bruno, el yorkshire de su madre, que siempre le esperaba en el patio. Los ladridos sonaban alarmados, tal y como los había descrito Iris, y se iban extendiendo por todas las fincas de los alrededores.

Sin mirar atrás, sin dar la espalda al solar, Antonio fue retrocediendo, guiado por los aullidos de pánico de Bruno, hasta la verja del patio. Ahora todos los perros de la zona estaban ladrando a la vez, tan confusos y aterrados como él. Una a una, fueron encendiéndose las luces de las casas, pero el gruñido que estremecía los huesos de Antonio no cesaba, aunque le pareció que perdía intensidad. El resplandor lejano perfiló por fin el coche, el solar y el camino, pero había aún un parche de sombras impenetrables bajo las palmeras y los árboles, en la base de la loma. Cuando su mano rozó la verja y se giró para empujarla y entrar, le pareció haber visto fugazmente, por el rabillo del ojo, dos brasas gemelas, como fuegos fatuos, que lo observaban desde la oscuridad.

Bruno no salió a recibirlo cuando cerró la verja a su espalda. Estaba sentado sobre los cuartos traseros junto a la puerta, con las orejas gachas y el rabo entre las piernas, temblando y gimiendo aterrorizado. Al acercarse Antonio con la llave en la mano se levantó para pegarse a sus pantorrillas sin dejar de emitir aquel quejido lastimero. Los perros de los vecinos seguían ladrando, ahora más esporádicamente, mientras aquel gruñido ronco se hacía cada vez más lejano y débil, como si se alejara sin dejar de amenazar.

Cuando cerró la puerta de la entrada a su espalda, con Bruno entre sus pies, sentía como si el corazón fuera a salírsele del pecho.

Hucancha (2)

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Pateos de fin de semana

Iris, Naira, Yera, tú.

Iris

2:45 Qué mierda de noche. No puedo dormir.

2:56 Llevo TRES HORAS dando vueltas. Así no hay quien descanse, qué asco.

2:56 Esto es una tortura.

Naira

2:57 Muchacha, q te pasa.

Iris

2:57 Los perros, tía

Naira

2:58 Los perros q?

Yera

2:58 Algunos queremos dormir, eh? Voy a silenciar esto

Iris

2:59 Q no se callan. Toda la noche ladrando como locos, sin parar.

3:00 No sé q les pasa, todos los perros del barrio igual armándola

Naira

3:02 Pero habrá pasado algo? No has oído nada más?

Iris

3:02 Que va.

3:03 Ahora están aullando, antes estaban llorando como si tuvieran miedo.

3:03 Cuando empezaron era como cuando ven a un desconocido, sabes?

Naira

3:04 Que lo intentan asustar

Iris

3:04 Si. Pero ahora están aullando y llorando y llevan asi desde las doce.

Naira

3:04 Qué mierda. Ponte tapones o algo, no sé.

3:05     Venga a dormir ya las dos, que son las tres de la mañana.

Hucancha (1)

Caminar por la laurisilva era como estar en un túnel verde, de hojas húmedas que goteaban niebla y lluvia horizontal mientras se mecían al viento, rozando entre sí para producir un sonido que más bien recordaba al de las olas. Era como si el Atlántico hubiera abandonado las costas rocosas de Tenerife para trepar hasta allá arriba, a más de mil metros de altura. La luz del sol se filtraba a ráfagas entre las ramas de laurel, tilo y viñátigo, creando un contraste de sombras que se movían sobre el suelo húmedo de tierra oscura y rocas medio ahogadas por las raíces y el monte bajo. Aparte del rumor de las hojas, apenas se escuchaba nada aparte del chirriar de algún insecto, trinos aislados, y los sonidos del pequeño grupo de senderistas.

– La laurisilva es una reliquia – venía diciendo Antonio, señalando los árboles que les rodeaban -. Antes llegaba hasta Europa, pero con las glaciaciones se fue retirando, y solo queda aquí y en Azores y Madeira. Este monte tiene millones de años, y es el sitio de Europa con más especies endémicas.

– ¿Te puedes callar ya? – Yeray lo rebasó en el estrecho camino, golpeando su mochila con la de Antonio -. Qué tío más pesado, de verdad.

– Luego me preguntarás y no te pienso decir nada, enterado.

El pequeño grupo continuó riendo por el sendero, que iba elevándose cada vez más en una pendiente que, sin llegar a ser peligrosa, se iba volviendo escarpada y resbaladiza por el barro. Los troncos oscuros, vestidos de verde, se aproximaban, y sus frondas se entrelazaban sobre las cabezas de los senderistas, bloqueando casi por completo el sol. El aire húmedo hacía que se les pegara la ropa a la piel, y el esfuerzo de la caminata los tenía a los cuatro jadeando y respirando con dificultad. Llevaban más de tres horas subiendo sin descansar aquellos riscos del Macizo de Anaga cubiertos de selvas prehistóricas.

Finalmente, un recodo les llevó hasta una visión que los paralizó. Frente a ellos, un abismo cubierto de vegetación formaba una especie de caldera rodeada de montañas, cuyos picos se perdían en siluetas azuladas en la lejanía. Los riscos bajaban atropellándose durante cientos de metros en una carrera congelada, acompañados de jirones de nubes y niebla, mientras las copas de los árboles se cimbreaban sacudidas por el viento como las olas de un mar verde. El sol estaba abandonando ya el cenit, y bajaba hacia las cumbres como para refugiarse en sus cuevas.

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– ¡Qué bonito! Espera, espera, vamos a parar aquí.

Soltaron las mochilas en un espacio despejado que se abría en la ladera de la montaña, justo después del recodo, y se derrumbaron sobre la tierra húmeda mientras Iris se echaba la cámara de fotos a la cara y empezaba a disparar al abismo que se abría a sus pies. A través de la lente Nikon alcanzó a ver árboles retorcidos que brotaban sobre las rocas en poses dramáticas y casi humanas, profundas gargantas cortadas a cuchillo por el agua en las laderas, y aquí y allá los destellos rojos y amarillos de las flores entre el verde oscuro de las hojas.

El resto, mientras tanto, estaba sacando los bocadillos de las mochilas y repartiendo botellas de agua y golosinas. Yeray, recostado sobre una roca, cerró los ojos para dejar que el sol le acariciara la cara, mientras Antonio y Naira compartían un paquete de galletas Tirma. Miraran a donde miraran no se veía rastro alguno de civilización, solo una soledad interminable de árboles y montañas bajo un cielo azul brillante.

– No se ve ni una casa – comentó Iris, al sentarse con las piernas cruzadas entre Antonio y Yeray, la cámara colgando del cuello -. Ni siquiera abandonada, ni una pista de tierra, ni un coche…

Antonio se encogió de hombros mientras masticaba, y le pasó el paquete de galletas.

– Esto en el mapa no es nada – dijo mientras terminaba de tragar -, pero hay tantos recovecos, barrancos, cuevas… la gente va por los senderos establecidos y no se aparta de ellos, porque es muy fácil que te pierdas. Por donde estamos nosotros pasa gente todos los días. Por allí – señaló vagamente hacia el abismo -igual no ha estado nadie desde los guanches, o ni siquiera ellos.

Entreabriendo apenas los ojos, Yeray le tiró a la cabeza una bola de miga de pan, que estuvo a punto de darle a Naira.

-¡Ey! ¡Esa puntería!

– ¿Pero tú lo oyes? Que no ha pasado nadie, dice. Venga, hombre.

– ¿Va en serio? – preguntó Naira, rebuscando en la mochila -. ¿Hay sitios inexplorados en Tenerife?

– Hay sitios inexplorados en todos lados. Tampoco es ningún misterio, simplemente son sitios a los que nadie necesita ir, así que no va nunca.

– Que te calles- zumbó Yeray, con tono de guasa.

– No te digo yo que no pase de vez en cuando un cazador perdido, un guiri despistado o un santero a hacer sus cosas, pero, vamos, en general.

– El otro día vi algo de eso en el periódico – comentó Iris mientras desenvolvía el bocadillo -. Los vecinos de no sé dónde se quejaban de que aparecían animales muertos y cosas de santería.

Yeray asintió con la cabeza, pasándose una mano por el pelo, negro y muy corto, y dio un trago a la botella de agua mientras se incorporaba, inclinándose hacia el grupo.

– Pasa un montón. Tenía un colega policía nacional que decía que no nos enteramos ni de la mitad de las cosas raras que pasan aquí. A cada momento se encuentran restos de rituales de santería, y cosas de esas. Pollos muertos, velas… una vez una cabra.

– Que te calles – lo imitó Antonio, lanzándole el papel de plata del bocadillo hecho una bola -. ¿Quieres asustar a las chicas?

-Oye – saltó Naira, dándole un manotazo -. A ver si te va a asustar a ti, machito.

– Tiene toda la pinta – rio Yeray -. ¿Te dan miedo los santeros ahora? ¿Te van a embrujar?

– Por aquí hay leyendas de brujas también, ¿no? – interrumpió Iris, mientras revisaba las fotos en la pantalla de la cámara -. Dicen que el Bailadero se llama así porque es donde iban a bailar en los aquelarres.

– Todo eso son supersticiones – gruñó Antonio, picado -. La gente todavía se las cree, pero por suerte cada vez hay más cultura y se les va acabando el negocio a los curanderos.

– Porque tú lo digas – dijo Naira -. Mi tía todavía llevó a mis primos pequeños a que les rezaran cuando estaban malos, porque decía que les habían hecho mal de ojo.

– ¿Pero qué edad tienen tus primos?

– Catorce el más chico, y bien que le rezaron al pobre. Lo llevaba a una vieja que yo creo que no sabía ni leer.

– Bueno, todo eso se va acabando.

– Eh, ¿eso es un cernícalo? – intervino Iris, señalando al cielo mientras cogía de nuevo la cámara -. Fotón.

Sobre ellos, aislada en el cielo azul brillante como una mancha negra en forma de cruz, la rapaz trazaba amplios círculos al compás de las corrientes de aire caliente en busca de una presa, aunque por un breve instante a Yeray le dio la sensación de que la presa eran ellos, y de algún modo el ave los estaba observando.

– Demasiado grande. Será un busardo. Deberíamos ir tirando ya – dijo Antonio -. Luego se nos hace tarde y todavía nos quedan otras dos o tres horas.

Las vistas monumentales del cielo y las montañas pronto quedaron ocultas tras los troncos de los laureles, y el grupo continuó ascendiendo y descendiendo repechos entre el trinar de los pájaros y el crepitar de las hojas bajo los pies, o al paso de lagartos y roedores que se escabullían a ambos lados del sendero. A pesar de que aún era temprano, el sol estaba a punto de ocultarse tras las cumbres, y los rayos que los alcanzaban lo hacían atravesando la cubierta vegetal en diagonal, como lanzas doradas que se hincaban en el suelo para marcarles el camino.

Cruz del Carmen-172

Llevaban casi dos horas andando cuando Antonio se detuvo en seco, provocando que Iris, que iba atenta a la flora autóctona que los rodeaba, chocara con su mochila y estuviera a punto de caer.

– ¡Au! ¿Qué pasa?

– No reconozco esto.

– ¿Qué? ¿Cómo que no?

– Venga, Toni, vacilones ahora no, ¿eh? – intervino Naira, adelantándose hasta ellos -. ¿Por dónde vamos?

Delante del grupo se levantaba una roca casi vertical, redondeada por la erosión y entreverada de raíces esqueléticas sembradas de setas carnosas y amarillentas. El sendero se dividía en dos, un camino de tierra que ascendía hasta perderse entre los árboles, y otro más ancho, pero más rocoso y escarpado, que descendía bajo un arco de ramas grises.

– ¿Te perdiste? – rezongó Yeray, uniéndose al resto-. Tío, no se puede contar contigo pa nada. ¿No dices que conocías bien el sendero?

– Si lo he hecho treinta veces, por eso te digo. Esto no es parte del sendero, nos tenemos que haber desviado por algún lado.

– Pues qué bien – gruñó Iris-. A ver qué hacemos ahora.

– Tranquilidad, no pasa nada. Volvemos para atrás hasta que encontremos una marca del sendero y ya está.

– Sí, hombre – dijo Yeray -. Otras dos horas dando vueltas por el monte y se nos hace de noche aquí.

– Qué va, si no puede hacer mucho que nos desviamos. Diez minutos, máximo.

– Que no, tío. Mira, tenemos que llegar al barranco, ¿no?

– Sí, el sendero acaba en el barranco y de ahí bajamos a la playa.

– Pues el barranco está para abajo, y tenemos un sendero que sube y otro que baja. Ya está.

– De ya está nada – dijo Naira -, ¿tú eres tonto? Si no te partes la cabeza te pierdes y ahí no hay helicóptero que te recoja.

– Que te calles, si llevamos dos horas caminando, tenemos que estar al lado ya. Yo voy por aquí.

– A ver, a ver, calma – dijo Antonio -. Volvemos un fisco para atrás y ya está, si es que…

Yeray no le hizo caso. Agarrándose a una rama para mantener la estabilidad, se metió en el camino que bajaba y echó a andar, medio corriendo para no caer, cuesta abajo, hasta perderse tras una curva del abrupto sendero.

– ¡Yera! ¡Yera! ¡Me cago en…!

– Este niño es tonto – rezongó Naira -. ¡Espérate, que te matas!

– ¡Pero no vayas tú con él!

Iris le puso la mano en el hombro a Antonio, que intentaba agarrar la mochila de Naira para impedir que se metiera en el barranco detrás de su amigo.

– Vamos, anda, si es que no los vamos a poder parar.

El nuevo sendero era aún más oscuro que el que habían abandonado. En lugar de árboles, ahora se encontraban rodeados de paredes rocosas, cubiertas de tierra que oscilaba entre el gris, el negro y el marrón. Por encima de sus cabezas veían los rayos del sol atravesar los escasos huecos de las frondas, pero prácticamente ninguno llegaba allí abajo. Se movían tanteando, agarrándose a las raíces, que les cubrían las manos de sustancias pegajosas de origen desconocido, y a las piedras, cuyas superficies ásperas les hacían sangre. Aquí y allá caían chorros de agua que se derramaban formando peligrosos charcos, negros a la escasa luz, y brotaban por todas partes hongos bulbosos que olían a putrefacción y aparecían moteados de enfermizos grises, amarillos y rosados, como la carne de un leproso.

Descendieron durante lo que pareció una eternidad, aunque era prácticamente imposible calcular el paso del tiempo en aquella garganta que recorría el costado de la montaña sumida en la oscuridad. Habían tenido que tirar de las linternas para ver el camino bajo sus pies. Antonio no paraba de quejarse, y Yeray de quitarle hierro al asunto, aunque cada vez le temblaba más la voz y parecía menos seguro de sí mismo. El chirriar de los insectos se iba haciendo cada vez más intenso a medida que descendían, junto con el olor penetrante a tierra húmeda y a putrefacción que emanaba de las ramas caídas, cubiertas de hojas secas, y de los hongos leprosos que cada vez cubrían más y más superficie del barranco.

Cruz del Carmen-144

Tras lo que parecieron horas de descenso, el suelo empezó a nivelarse. Un pronunciado escalón y una curva cerrada los llevaron a una especie de anfiteatro natural, un hueco semicircular bajo una inmensa roca que se proyectaba como un techo, casi cerrando el barranco por arriba como si fuera un túnel. Los cuatro se detuvieron, cautelosos, tratando de adivinar si aquella roca estaba a punto de caerles encima.

-¿Qué es eso?- dijo Iris, acercándose a la base de la roca-¿Es un…?

Los demás la rodearon y se inclinaron para examinar su descubrimiento. Lo que a primera vista parecía un montón de hojas podridas sin más se reveló como un torpe intento de cubrir algo que había debajo. Naira las apartó con repugnancia para revelar varios cabos de vela consumidos metidos en vasos de cristal, alrededor de una piedra plana manchada de algo oscuro que se derramaba por los lados, llenando varias cazoletas y canales tallados en la roca. La piedra estaba colocada sobre un amontonamiento circular de lajas de un metro de alto, y sobre ella reposaban los restos medio roídos de varios animales, en una confusión de huesos y trozos de piel putrefacta que les lanzó a la cara una vaharada pestilente que les provocó arcadas.

– Qué asco, por favor – dijo Naira, y le dio un codazo en el costado a Yeray -. ¿No querías santería? Dos tazas.

– Vámonos – dijo este -. No se les ocurra tocar eso.

– Anda, al que no le daban miedo los santeros. Pero si esto no es na…

Una luz súbita, como un relámpago blanco, inundó el estrecho barranco, cegándolos temporalmente. Se quedaron parpadeando, con el campo visual inundado de motas de luz que danzaban en la oscuridad, aturdidos y sobresaltados.

– Perdón.

– Podías avisar, Iris, de verdad – gruñó Naira.

– Perdón, perdón.

– Pero que no le saques fotos a eso. Anda, vámonos.

– Es que mira, hay más cosas – Iris se acercó con la linterna a la base de la roca, enfocando el haz de luz más allá de los huesos -. Son como pictogramas.

Efectivamente, había símbolos trazados en la pared de roca, y resaltados con la misma sustancia pegajosa que cubría la piedra y las cazoletas, quizá sangre. Espirales, líneas quebradas que sugerían movimiento, triángulos apuntando al cielo, y algunos que casi parecían letras.

– Parece guanche – Yeray se había acercado también, pese a su aprensión -. Yo eso lo he visto en algún libro.

– ¿Cómo va a ser guanche, Yera? – dijo Naira -. Los huesos todavía tienen piel, no pueden llevar ahí mucho tiempo. Esto tiene que ser algo de santería.

– A lo mejor empezaron los guanches y han seguido después los otros, ¿yo qué sé? ¿Nos vamos ya? Toni, ¿tú no tenías tanta prisa?

– Espera – dijo Iris, que seguía explorando con la linterna-. Aquí hay algo más.

– ¿Qué es?- preguntó Antonio, acercándose-, ¿más símbolos?

– No, no, aquí debajo. Aguanta – le tendió la linterna para tener ambas manos libres y se tumbó en el suelo, metiéndose entre la piedra plana y la roca vertical -. Aquí hay algo encajado. Está lleno de mierda…

Tiró y forcejeó, manchándose los brazos hasta los codos de tierra húmeda y restos de putrefacción, hasta arrancar a la roca un objeto pequeño que levantó con triunfo entre las manos. Lo dejó en el suelo, bajo la luz de las linternas: era una figura de barro, de unos quince centímetros de largo, negra y lustrosa, con la forma vaga de un animal cuadrúpedo con una boca enorme. Esta vez avisó antes de hacerle fotos con el flash, pero cuando cesaron los ecos del restallido de la cámara pareció como si un silencio denso descendiera sobre ellos. No se oía ni uno solo de los habituales sonidos de la laurisilva. Ni un pájaro, ni el chirriar de un insecto.

– ¿Qué es esto? – dijo Antonio -. Es como un ídolo…

– Déjalo en su sitio, Iris – intervino Yeray-. Ponlo donde estaba y vámonos.

– ¿Crees que será aborigen?- preguntó esta-. No parece moderno.

– Ni idea, yo soy de ciencias – Antonio se encogió de hombros.

– ¿Nos lo llevamos?

– ¡Ni se te ocurra!

– Venga, ya está – dijo Naira-. Vamos a dejar la tontería ya y vámonos de aquí, que se nos va a hacer de noche de verdad.

Cruz del Carmen-134

Los otros se levantaron, sacudiéndose la tierra de los pantalones, y Antonio se puso de nuevo en cabeza, alumbrando con la linterna el camino, que volvía a ascender ligeramente unos metros más allá. A medida que se alejaban del extraño altar iban desapareciendo aquellos hongos asquerosos y el olor a podrido era sustituido por el de la vegetación húmeda, más limpio y fresco. Podían ver ya el final de la quebrada, que iba a dar a un nuevo barranco que descendía en una pendiente suave, con un fondo lo bastante amplio como para que llegaran los rayos del sol. Ya se oían de nuevo los sonidos del monte.

– Esto lo reconozco – dijo Antonio -. Ya estamos en el barranco, casi al final. En veinte minutos estamos en la playa.

– Te lo dije.

Se detuvieron en la confluencia de los dos barrancos, con la sensación de que iban a atravesar algún tipo de umbral. En el momento preciso en que Antonio iba a dar el primer paso para incorporarse a la ruta habitual, algo les sobresaltó.

– ¿Qué fue eso? – dijo Yeray, aprensivo.

– Sonaba como un perro – comentó Naira, girándose para mirar la ruta por la que habían llegado.

El sonido se repitió, un retumbar bajo, constante, como el de un inmenso motor viejo, pero gorgoteante, húmedo, y provisto de una extraña cualidad animal, salvaje y atávica, que hacía temblar las ramas y reverberar las rocas. Era un rugido primordial, que parecía salir de todas partes, como si el propio bosque de laurisilva, la propia tierra volcánica, ardiera en deseos de abalanzarse sobre ellos y despedazarlos. Aunque ninguno quiso admitirlo, sintieron como les temblaban las piernas.

– Eso no es un perro – dijo Iris.

– Puede ser cualquier cosa. Una galería de agua, o un desprendimiento. Hasta un trueno aislado.

– Vamos, vamos, venga – apremió Yeray. Esta vez nadie le discutió.

Media hora más tarde, tumbados sobre las toallas en la arena negra de la playa, con las olas rompiendo entre las rocas, algo llamó la atención de Antonio. El cielo estaba limpio, tan azul y brillante como lo habían visto desde el sendero, aunque ya se iba oscureciendo a medida que se acercaba el atardecer y los rayos del sol se ocultaban por completo detrás de las montañas. Despejado y límpido excepto por una única nube, una forma oscura, como de tormenta, gigantesca e hinchada, que flotaba por encima del horizonte que se enrojecía, desplazándose lentamente de norte a sur, empujada por el viento, como si los estuviera acechando.

Por un momento le pasó por la mente aquel extraño sonido que habían oído. Podía ser una galería de agua, sí, o rocas cayendo, incluso un perro asilvestrado, que no eran raros en el monte, aunque en la laurisilva era menos frecuente que en el pinar. Pero había algo extraño en aquel ruido, algo que no había oído nunca ni podía identificar, pero que, aunque no quisiera admitirlo, le daba pánico. Agradeció haber dejado el coche en un pueblo cercano, a solo unos minutos de marcha por la playa, en lugar de hacer la ruta circular. No creía que ninguno de ellos estuviera dispuesto a pisar aquel sendero en mucho tiempo.

Cuando lo tuvieron todo recogido y se disponían a partir, Antonio dio un último vistazo alrededor, por si acaso se les olvidara algo. No había nada sobre la arena negra, pero a lo lejos, en lo alto de los farallones que rodeaban la playa, le pareció ver algo que se movía, una mancha más oscura recortada contra la oscuridad del atardecer.

Khao San Road

Bangkok. 1 de Marzo de 2035. 4:36

La chica estaba destrozada, reventada por completo. La habitación apestaba a sangre fresca y a excrementos, y el calor, por encima de veinticinco grados, no ayudaba. Las aspas del ventilador zumbaban como un moscardón borracho, erráticamente, moviendo el aire de un lado a otro sin refrescar. El único fluorescente, situado sobre la cabecera de plástico rosa de la cama, parpadeaba, haciendo que las esposas de acero barato que ceñían las finas muñecas de la chica relucieran como plata nueva. Jiang Min, sentado con las piernas cruzadas en una silla de tubos herrumbrosa, acomodó la caída del pantalón sobre el zapato, y suspiró.

– ¿C… Cómo me has encontrado?

Jiang negó con la cabeza. ¿Cómo no iba a encontrarlo? Solo había que mirar el cadáver de la cama, esposado, abierto en canal como una res, una inmensa mancha roja de carne expuesta desde la entrepierna hasta el diafragma. Las sábanas acartonadas, empapadas, los chorros de fluidos oscuros, difíciles de identificar, que manchaban el suelo. No había sido la primera. Tres como ella, y unladyboy que Jiang atribuía a un error. Cada vez eran más difíciles de distinguir.

La prensa había enloquecido, claro. Todos los blogs de noticias del mundo se peleaban por informar sobre el “Jack el Destripador Thailandés”, a pesar de que éste no extraía nada a sus víctimas. El informe del forense decía que más bien era como si las aplastara, como si introdujera algo y las machacara desde dentro antes de desgarrarlas. “Algo”. Además, como ahora podía comprobar Jiang, era un farang, no un thailandés. Seguramente californiano, a juzgar por el acento.

No era muy bueno escondiéndose, y Jiang Min trabajaba con gente poderosa, gente influyente que podía obtener información de la policía casi antes que la propia policía. De hecho, le sorprendía que el lugar no estuviera lleno de agentes de la Policía Real. Y una pensión barata para mochileros en un soi próximo a Khao San Road era casi un estereotipo; su Destripador de Bangkok no podía haber elegido peor, especialmente teniendo en cuenta que las otras cuatro víctimas habían aparecido en lugares similares.

– La pregunta es- respondió Jiang, con su inglés casi sin acento-, ¿qué vamos a hacer al respecto?

El farang parpadeó lentamente, confuso; le temblaba el labio inferior y tenía lágrimas en los ojos, como un niño pequeño reprendido por sus padres. Un Buda Esmeralda holográfico sujeto a la pared proyectaba resplandores verdes sobre sus rastas rubias, haciéndole parecer algún tipo de alienígena de película. Emitió un gorgoteo ronco antes de hablar con la voz quebrada.

– Yo… no quería, no sé cómo ha… Todo empezó con la maldición, la encontré en Internet, nunca creí que funcionaría, pero tuve un sueño, un sueño horrible, como si me desgarraran y me volvieran a montar, y luego sentí como si algo me obligase a pronunciarla…

Una maldición. Solía empezar así. Un libro encontrado en la basura, una maldición en una página de Internet, o una herencia familiar contaminada. La inmensa mayoría eran timos, supuestos conjuros inventados sobre la marcha sin más poder mágico que un calcetín viejo, pero otros, otros tenían verdadero poder. Y no había manera de distinguirlos hasta que era demasiado tarde.

– ¿Hiciste un sacrificio? – preguntó Jiang, seriamente, como un profesor severo.

– N… no, no, solo lo leí, no creí que funcionara, pero luego Thomas enfermó, y yo solo quería darle un escarmiento por lo que me había hecho en Singapur, pero…

– ¿Qué le ocurrió?

El farang, el Destripador thailandés, paseó la vista por la sala, frenéticamente, como una bestia acorralada, pero finalmente se vio obligado a enfrentarse a lo que había hecho. Tragó saliva ruidosamente, haciendo que la nuez se moviera en su garganta como una boya en un puerto. Jiang sintió una mezcla de disgusto y pena recorrerle. No debía tener más de veinte años.

– Él… bueno… cáncer.

– ¿Murió?

– No. Aún no.

Jiang tamborileó con los dedos sobre la rodilla, pensativo. El calor de la habitación era agobiante, sobre todo con su traje oscuro de ejecutivo, y el olor a sudor, sangre, tabaco, marihuana y mierda le asaltaba desde todos los rincones. Del ventanuco situado junto al Buda Esmeralda subía el olor punzante de un puesto callejero de comida tradicional, abierto veinticuatro horas para los juerguistas de Khao San Road, además del bullicio y el escándalo que reinaba solo a unas calles, incluso a esas horas de la noche.

– Y después empezaste a matar.

– Yo no quería… es, es como un ataque, algo que se apodera de mí, un impulso que no puedo controlar. Me siento flotar, como si alguien que no soy yo llevara las riendas, y las busco, les pago o las intimido, a veces incluso la secuestro… luego es como un ataque de rabia, no puedo controlarme, sencillamente tengo que… y al terminar me siento tan bien, tan lleno de… vida.

Parecía muy frágil sobre la cama, junto al cadáver, desnudo y vulnerable, cubierto de sangre e iluminado de verde holográfico y blanco fluorescente. Casi se le podría confundir con una víctima más, de no ser por el arma del crimen, allí, en su regazo, hinchada como un bate, armada de espolones óseos, espinas y rebordes manchados de sangre y trozos de carne arrancada. Jiang había logrado contener las náuseas simplemente evitando mirar, pero cada vez era más difícil.

– Te alimentas de su vida. La maldición no encontró sacrificio, así que saca sus energías de tu cuerpo para alimentar el cáncer de tu amigo, y tú la repones… con eso- señaló vagamente hacia su entrepierna.

El asesino hundió la cabeza entre las manos, sollozando. Los frágiles hombros, la escuálida espalda, que sin embargo habían sido capaces de desgarrar desde dentro a cuatro mujeres y un kathoey, se estremecían mientras emitía sordos gemidos de desesperación e histeria.

– A veces, cuando me voy de la habitación… paso varios días borracho, tratando de olvidarlo, pero siempre vuelve, siempre… anoche me encadené a la cama para no salir, pero de algún modo rompí las esposas y… – volvió a sollozar con fuerza; un chorro de moco cayó de su nariz a la barbilla y el pecho, como un enorme gusano translúcido.

– No puedes evitarlo. Tu cuerpo se vacía de energías y necesita reponerlas, y hará cualquier cosa, incluso contra tu voluntad, para conseguirlo. Ningún adicto a la heroína ha sufrido jamás un mono tan grande.

– Pero… ¿qué… qué puedo hacer? ¿Y quién eres tú…?

Jiang se levantó de la silla y cruzó la diminuta habitación en dos pasos, pisoteando las botellas de cerveza rotas y los pañuelos de papel manchados de sangre y otros fluidos que cubrían la cerámica. El farang casi se encogió de miedo cuando él se acercó y se detuvo junto a la diminuta mesa de noche, donde reposaban un tab, un paquete de cigarrillos kretek indonesios, y un vaso de whisky.

– Trabajo con un grupo de personas que saben lo que eres y cómo funciona tu condición. A veces intervenimos para controlar situaciones como esta.

– ¿Se puede, se puede controlar? Cómo, dime cómo lo haces…

El chino sacó de su chaqueta la pistola. Una Durandal P-24 Walther, elegante y estilizada, similar a las viejas pistolas que le daban nombre, y la colocó sobre la mesilla de noche, junto a los kreteks. Miró fijamente a los ojos, claros y enormemente abiertos, inyectados en sangre, del farang.

– Solo hay un modo. No te detendrás, nunca. Puedo hacerlo yo, o puedes hacerlo tú. Elige.

De nuevo el temblor en el labio, las lágrimas en los ojos enrojecidos, el estremecimiento de hombros, los mocos goteando barbilla abajo, en agudo contraste con aquella monstruosidad erizada de espinas, y con el cuerpo de la pobre chica destrozada a menos de medio metro de ellos. Los ojos claros del farang se encontraron con los oscuros de Jiang, solo durante un segundo. Luego, las rastas manchadas de sangre le cubrieron la cara y extendió la mano, más rápido de lo que el ojo podía seguirlo.

Una detonación retumbó en el soi.