La Cena

El trozo de carne estaba hablando. Él asentía, con expresión seria y concentrada, clavándole los ojos en las pupilas como si quisiera mirar dentro de su alma, como si todo el universo se hubiera detenido y solo importase lo que ella estaba diciendo. Pero la verdad es que el vampiro sería incapaz de repetir la última frase de la chica, o decir sobre qué tema estaba parloteando esta vez. Después de ciento cincuenta años, la conversación de los mortales se le hacía estéril y vacía, repetitiva, como un gramófono en el que suena, una y otra vez, la misma melodía. ¿Qué le importaban a él los padres del trozo de carne, o lo envidiosas que eran las otras niñas?

Porque era una niña. ¿Qué edad tendría? ¿Dieciséis, veinte? Le costaba distinguirlo. En sus tiempos, ya eran mujeres con dieciséis; hoy las de veinticinco seguían siendo niñas, pero se vestían como adultas (adultas desvergonzadas) desde los doce. Un mundo de locos. El vampiro se sentía viejo, cansado, y por encima de todo aburrido. Y el trozo de carne seguía parloteando, a pesar de que él apenas respondía con monosílabos, o con frases hechas que apenas tenía que pensar. Su boca las entonaba por sí sola, acostumbrada a lidiar con las presas, de manera casi refleja. Tenía un buen repertorio que le permitía fingir que participaba en la conversación sin molestarse en prestar atención, y sin intervenir demasiado. La chica probablemente pensaba que él era misterioso, oscuro y taciturno, que guardaba unos pensamientos profundos y meditabundos tras sus ojos que apenas parpadeaban y su rostro pálido y austero. En realidad, tenía hambre.

Aún era solo hambre, no Hambre. Aún podía asentir de vez en cuando y fingir que le interesaba la conversación mientras examinaba, desde la atalaya que le proporcionaba el ventanal del restaurante, las obras del palacete del siglo XVIII que había justo enfrente. Había escogido el lugar de la cita expresamente por las vistas. Quería asegurarse de que no hicieran algún destrozo en la fachada, bajo la que él mismo había paseado, charlado y hablado de amor ciento cincuenta años antes. Por ahora, bajo el brillo anaranjado de las farolas y el cielo nocturno, parecía que estaban respetando la decoración original, pero el vampiro no se fiaba de los mortales. Ya había visto desaparecer (o mejor dicho, se había encontrado, al despertar, reducidos a un montón de escombros) demasiados recuerdos de su vida humana, como para permanecer impasible mientras aquél también era destrozado.

La presa le estaba tocando el brazo. Se obligó a sonreír levemente, preguntándose cómo es que ella nunca retrocedía al notar la frialdad de su piel. No la frialdad romántica, de noche de invierno en París, que describían los autores de novelas de vampiros, sino la verdadera gelidez de cadáver que emanaba, un tacto como de pescado congelado, ligeramente pastoso y húmedo. Nunca les asqueaba, y él, tras ciento cincuenta años, aún no sabía por qué. Quizás ejercía un efecto hipnótico sobre ellas. Quizás ellas mismas se sugestionaban, y sus mentes les escondían aquello que no podían reconciliar con los ojos: que el joven moreno, atractivo aunque algo soso, que tenían delante tenía el tacto de un muerto, y que su expresión no era de concentrada intensidad, sino de absoluto desinterés, y que sus comentarios no eran certeros flechazos en sus almas, sino simples frases hechas.

Ella le había preguntado algo. Sus labios respondieron sin ayuda, pero hubo un momento de vacilación. Su nombre, su nombre. Aquella frase hecha en concreto requería el nombre del trozo de carne, y él era incapaz de recordarlo. Tampoco era una novedad: nunca se acordaba de los nombres. ¿Para qué? En él mejor de los casos, ella viviría aún unas décadas, mientras que él tenía toda la eternidad por delante. En realidad, era probable que la presa no llegara a los treinta: tarde o temprano él se terminaría de aburrir, o el aburrimiento dejaría paso a la exasperación, y todo habría terminado. Ninguna de ellas, en ciento cincuenta años, había sido lo bastante interesante como para que él recordara su nombre estando vivas, mucho menos después de muertas. Pasado un tiempo todas se confundían en un borrón, una “presa” impersonal e intemporal que iba siendo interpretada sucesivamente por distintas actrices. Y en realidad, ¿qué más daba? ¿Acaso recordaba la cosecha de cada botella de vino que había tomado estando vivo, o preguntaba por el nombre de cada ternera cuyos filetes le habían puesto delante? Aunque, al menos, a las terneras no hacía falta sacarlas a cenar, o hacer que se sintieran importantes.

Solucionó lo del nombre con un quiebro rápido, casi inconsciente. Cariño, quizá, o amor mío. Alguna tontería por el estilo. Tampoco se daban cuenta nunca de que jamás pronunciaba un nombre propio, o de que en las cenas pedía ensaladas que apenas tocaba. Su mente volvió, ociosa, a la fachada del palacete. Un nombre que valía la pena descubrir, y recordar, era el del responsable de la restauración. Por su bien y el de sus hijos y familia, más valía que hiciese un buen trabajo. Los arcos de la entrada, cuando el vampiro era joven, estaban delicadamente tallados con escenas de la vida cotidiana en la ciudad, pero las tallas se habían ido erosionando con los siglos hasta casi desaparecer. Si eran sustituidas por alguna aberración moderna, alguien lo pagaría muy caro. Y las ventanas. Las ventanas de guillotina tradicionales, con sus paneles rectangulares del tamaño de un puño. En otros edificios las habían sustituido por cristales que ocupaban todo el marco de la ventana, con feas pegatinas amarillas del servicio de seguridad. Decidió que si lo hacían aquí también, las rompería todas arrojando a su través a los hijos del restaurador. Suponiendo que tuviese. Si no, ya pensaría en algo.

La presa ahora quería salir a pasear. Él asintió con la cabeza sin hacerle mucho caso y se levantó para pagar la cuenta mientras ella iba al cuarto de baño a retocarse. Por un segundo contempló la posibilidad de entrar detrás de ella, empujarla a uno de los cubículos y dejarla seca para terminar de una vez, pero ya los habían visto juntos. No valía la pena buscarse problemas sin motivo alguno, de modo que esperó casi quince minutos, apoyado en la jamba del restaurante, contemplando el palacete, hasta que ella lo distrajo introduciendo una mano bajo su brazo desde atrás, por sorpresa. Qué irritante. Se resignó a caminar a lo largo de la avenida con el trozo de carne colgado del brazo, abandonando la contemplación de su querido palacete para sumirse en aquella pesadilla moderna de asfalto y edificios de hormigón, acero y cristal, y coches ruidosos y farolas anaranjadas. Echaba de menos las estrellas. Ya nunca se veían en la ciudad.

¿Por qué hacía esto? ¿Por qué no limitarse a acechar en los callejones y arrastrar hacia las sombras a alguna víctima desprevenida, para luego tirar el cuerpo en un vertedero? ¿Por qué soportar la charla interminable, las carantoñas repulsivas y los paseos que le distraían de sus verdaderos intereses? La vida sería mucho más sencilla, mucho más placentera. Un simple tirón, un mordisco, y luego todos sus problemas se reducirían a disponer del cadáver. Tendría toda la noche, todas las noches, para él solo. Ni siquiera tendría que hablar con nadie si no quería, ni tratar de recordar nombres, ni pagar cenas con el dinero que robaba a los cadáveres de sus presas.

Pero ese era el camino de la locura, y él lo sabía muy bien. Había visto a otros hacerlo. Primero te niegas a descender al nivel de las presas, te niegas a fingir que te interesa su conversación banal y estúpida, y te limitas a engañar a algún pobre diablo, lo atraes a tu guarida y lo devoras. Luego te resulta tedioso molestarte en hablar con ellos, siquiera para engañarlos, así que empiezas a secuestrarlos. Una noche te das cuenta de que hace semanas que no hablas con nadie. Cuando te apetece, sales a la calle, matas a una persona y te bebes su sangre en el mismo sitio. Sacias el hambre y continúas con tus asuntos, sí. Pero el hambre, sin autocontrol, crece. Si puedes tener alimento cada vez que te apetezca, ¿por qué vas a esperar? Así que la presa de cada dos semanas se convierte en la semanal. Luego cada tres días.

Al final, la caza te ocupa cada vez más tiempo, y los humanos empiezan a notarlo. Dado que el Hambre ruge en tu interior a todas horas, no tienes tiempo para nada más. No hay lectura de los clásicos, ni arte, ni reflexiones filosóficas, ni música. Solo merodeas por las calles como un vagabundo, como un drogadicto buscando la próxima dosis, con los ojos enloquecidos, acechando como un lobo hambriento. Cualquier persona solitaria es tu presa, cualquier callejón oscuro tu terreno de caza. Matas, bebes, pero no te sacias. Vuelves a salir. No hay tiempo para nada más.

No hablas con nadie. No haces nada excepto cazar y matar. ¿En qué te diferencia eso de un animal? ¿Te crees mejor que los humanos, pero no eres capaz siquiera de pensar en otra cosa que no sea ceder a tus instintos más primarios? Te han elegido, te han dado un don, y tú lo has tirado por la borda porque los humanos te aburren y te agobian. Podías haber sido un ángel, un dios, y te has convertido en un monstruo, en un perro rabioso. Al final, las más de las veces, no son los humanos los que te matan, sino los tuyos. Un cazador cazado, una estaca por la espalda y una cabeza cortada, y los periódicos pueden dejar de hablar del asesino en serie, del desangrador. Así es mejor para todos. Mejor para los demás, porque no los pones en peligro. Y mejor para ti mismo, porque te liberan de la miseria de una existencia vacía que tú mismo te has buscado.

No. El único modo de mantener la mente despierta, de conservar la propia identidad, es este. Esta indignidad, porque no tiene otro nombre: soportar que una niña a la que septuplicas la edad te agarre del brazo y te llame amor, fingir que te interesan sus cotilleos de instituto, seducirla fingiendo que la desidia, la apatía y el aburrimiento son misterio, profundidad y elegancia. Y finalmente, tarde o temprano, cuando el tedio llegue a su máximo, la gota colmará el vaso y serán los colmillos, la sangre, y habrá que buscar otra, otra mascota, otra actriz que represente el papel durante algunas noches, para al menos tener algo que hacer aparte de quedarte en casa, leyendo o escuchando música. Pero eso puede ocurrir esta misma noche, o dentro de diez años, ¿quién sabe? Y el trozo de carne sigue hablando.

–          No entiendo por qué tienen que restaurar todos esos edificios viejos. Si se están cayendo, que los tiren. Que construyan algo nuevo, algo útil, no un caserón cerrado.

Esta noche. Será esta noche.

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