Ailiolai

Era el primer amanecer tras la conjunción de las dos lunas llenas y a la luz gris que empezaba a teñir el cielo apenas éramos más que sombras entre la bruma, largas hileras oscuras que ascendían en silencio la ladera siguiendo la luz mortecina de los faroles. Solo se oía el rumor lejano de la cascada y los trinos de los pájaros que empezaban a despertar entre las ramas. Lentamente fuimos reuniéndonos en aquel circo natural de piedra cubierta de musgo y hierba, rodeada de robles y hayas, donde durante generaciones había tenido lugar el Ailiolai.

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Desde allí se dominaba la totalidad del valle. Como estaba en una de las últimas filas podía ver, con solo echar un vistazo por encima del hombro, el manto de árboles que descendía la colina, las montañas que rodeaban el valle, las aldeas con sus tejados de cerámica y sus chimeneas aún sin humo, sus calles empedradas y sus graneros de madera en los márgenes de los interminables campos de cultivo. A mi derecha, la cascada se precipitaba como una cinta de plata entre saltos que movían las ruedas de los molinos antes de convertirse en un riachuelo que atravesaba el valle hasta desembocar en el gran lago que lo cerraba por el sur.

Éramos cientos, como cada año, toda la población del valle. Hombres, mujeres y niños, todos descalzos, todos con la frente ceñida de hojas de acanto y violetas, todos cubiertos con las sencillas túnicas blancas de lino, cortas y sin mangas, a través de las que el frío de la madrugada nos hacía estremecer. Cada linaje de cada clan detrás del farol que portaba su matriarca al final de una vara de ciprés, formando en círculos concéntricos en un silencio absoluto y mortal en torno al foco del rito. Solo cuando cada uno hubo ocupado su posición, cuando los últimos hubieron traído las cabras y ovejas, amordazadas de lana blanca, y las hubieron encerrado en el aprisco construido en la ladera, en una vieja cueva, solo entonces, comenzó a sonar la música.

Primero fue el tañer solitario de una cítara, desgarrado y rítmico, seguido por el pulso de los tambores y el silbar plañidero de las flautas. El rumor de pasos llenó la hondonada a medida que cada círculo giraba en la dirección del sol, de la luz a la oscuridad, de la vida a la muerte y viceversa, trazando un circuito eterno como el ciclo de las almas que durante incontables miles de años habían vivido en el valle, y al morir habían seguido al sol hasta allí para reposar un tiempo antes de regresar y habitar nuevos cuerpos para comenzar el ciclo de nuevo. Cuando la música se detuvo, cada uno estaba exactamente en el lugar que había ocupado al principio.

Las madres de los clanes se acercaron al centro al solo son de la flauta, las cabezas cubiertas por velos blancos diáfanos y ramas de ciprés en las manos. A la vista de todos, se arrodillaron ante el foco del antiguo rito de duelo y de recuerdo, la liturgia de conmemoración que, cada año, las aldeas del valle dedicaban a aquel lugar sagrado donde reposaban los muertos, el lugar en el que había ocurrido algo tan terrible, tan doloroso, que miles de generaciones después seguíamos llorando y nos negábamos a dejar que se olvidara.

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Cualquiera que no conociera la importancia del lugar lo habría pasado por alto. No eran más que unas piedras, los restos ciclópeos de un muro cubiertos de hiedra y malas hierbas, desgastados por miles de años de lluvia y viento, hasta el punto de que apenas podían leerse los caracteres que las cubrían, que de todas formas nadie sabía interpretar. Frente al muro se alzaba un monolito roto, como si un gigante lo hubiera desmochado de un golpe; quizá columna, quizá estela o simple menhir, a primera vista era solo un fuste de piedra negra, vidriosa como la obsidiana, cubierta de aquellas marcas desgastadas y medio ocultas por el musgo. Y a sus pies, medio enterrada, la cabeza de una estatua, de varias veces el tamaño natural, tallada en la misma piedra negra con una tosquedad, o quizá extrañas convenciones artísticas, que delataba su antigüedad: ojos alargados y bulbosos, dientes toscamente trazados en la boca sin labios, enormes orejas, nariz chata.

Dos niños trajeron los instrumentos del ritual: sendos calderos de bronce que depositaron a los pies de la columna. En uno pronto ardió un fuego alegre que calentó los huesos de las madres, expulsando el frío del alba; del otro una de ellas comenzó a asperjar agua sobre la columna, el muro y la estatua.

– He aquí nuestras lágrimas – decía con cada sacudida del hisopo de ciprés -. He aquí nuestro llanto. He aquí nuestras lágrimas. He aquí nuestro llanto.

Las aspersiones finales recayeron sobre los rostros cubiertos por los velos, que se pegaron a las mejillas arrugadas y a las bocas. Otra de las madres, ayudada por los niños, subió a la gran roca plana que había frente a la columna mientras las demás se arrodillaban de nuevo.

– Lloramos la gran tragedia de estas piedras, recordamos la muerte y la desolación, recordamos el dolor, lloramos a los que yacen bajo nuestros pies.

De las madres reunidas se elevó el antiguo grito ritual, un plañido ululante, “ailiolai”, que daba nombre al rito. En principio una sola voz, clara como una campana de plata, alzándose como un vencejo en el amanecer, repitiéndose una y otra vez hasta que poco a poco se le fueron uniendo las demás. Ailiolai, ailiolai. Una voz cada vez, elevándose en bandada por encima de los árboles que rodeaban la hondonada, unas limpias y potentes, otras rotas, unas decididas, otras melancólicas. Solo cuando toda la bandada estuvo en el aire se le unieron las voces de los círculos que rodeaban las ruinas. Como las ondas en la superficie de un estanque, cada círculo se iba arrodillando sucesivamente mientras unía su voz al coro. Ailiolai, ailiolai, ailiolai, ailiolai. Las flautas lloraron también, seguidas de la cítara y los tambores, dando ritmo y melodía a las lamentaciones, hasta que el silencio se extendió de nuevo desde el centro hacia los extremos, y la madre que había anunciado la lamentación se volvió hacia nosotros.

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– Durante miles de generaciones hemos venido aquí, en este día del recuerdo, para honrar a los muertos. No conocemos sus nombres, no recordamos sus caras, pero sabemos que viven en nosotros y en nuestra sangre se perpetuarán, por los siglos de los siglos.

– Ailiolai, ailiolai, ailiolai…

– Las madres de las madres de nuestras madres y los padres de los padres de nuestros padres sufrieron aquí el martirio, la gran tragedia que aún lloramos y que llorarán los hijos de los hijos de nuestros hijos por toda la eternidad.

– Ailiolai, ailiolai, ailiolai…

– Bajo nuestros pies yacen las tumbas de aquellos que quisieron desafiar al mundo con su poder. Crecieron en orgullo y vanidad, elevaron grandes ciudades y monumentos al cielo y sometieron a toda la creación con la vara y la espada, pero los dioses no iban a tolerar su orgullo. En una sola noche todas sus obras fueron deshechas, sus ciudades arrasadas, sus monumentos destruidos, y solo quedamos nosotros, sus descendientes, reducidos a vivir humildemente de la tierra. En este día recordamos el error de nuestros antepasados y lloramos su tragedia.

– Ailiolai, ailiolai, ailiolai…

La anciana se bajó de la roca y otra ocupó su lugar; una mujer algo más joven, que solo recientemente había sido nombrada madre de su clan, y entre cuyas canas aún se veían rizos castaños.

– Bajo nuestros pies yacen  las tumbas de aquellos que no se rindieron. Hace miles de miles de generaciones, cuando los invasores llegaron al valle con fuego y espada, nuestros antepasados se negaron a rendirse. Armados con hoces del campo y con piedras del camino hicieron frente a los jinetes y a sus lanzas, y en esta hondonada fueron sus cadáveres apilados e incinerados. Nosotros, descendientes de los hijos que dejaron atrás cuando partieron a la guerra, en este día recordamos su sacrificio y su valor.

– Ailiolai, ailiolai, ailiolai…

Una tercera anciana ascendió a la piedra, de la mano de los dos niños y de su predecesora. Contrastaba con ella porque era muy probable que este fuera su último Ailiolai. Sus manos nudosas se agarraban a la vara de ciprés como si fuera un bastón, y tenía ya la espalda encorvada y los ojos blanquecinos tras el velo.

– Bajo nuestros pies yacen las tumbas de los primeros pobladores de este valle. Cuando llegaron aquí por primera vez, hace miles de miles de generaciones, fue en este lugar donde el Altísimo les señaló que debían adorarlo mediante el oráculo de una cierva blanca, y bajo aquel altar construyeron sus tumbas desde entonces hasta que se les prohibió. No sabemos qué transgresión llevó al señor del cielo a prohibirnos reposar aquí y nos condenó al eterno retorno, pero en este día recordamos su devoción y pedimos perdón.

– Ailiolai, ailiolai, ailiolai…

A la tercera sustituyó una cuarta, y a esta una quinta. Cada una, al son de los instrumentos, desgranando las antiguas historias, pasadas de generación en generación, de madre a madre, en cada clan, y recordadas eternamente en el ritual del Ailiolai, ailiolai, ailiolai. Cada una distinta, a veces complementarias, casi siempre contradictorias, modificadas quién sabía cuántas veces a lo largo de quién sabía cuántas generaciones por el boca a boca, las frágiles memorias y las fértiles imaginaciones de las madres. Todas trágicas, sin excepción. Muchas sostenían que todas eran ciertas, de un modo u otro, aunque no se referían necesariamente a un mismo hecho. Otras creían que solo una de las historias era cierta, y las otras eran mitos deliberados, creados para confundir a los espíritus malignos. Fuera cual fuera la verdad, lo cierto es que bajo aquellas piedras yacían las tumbas de nuestros antepasados más remotos, y era nuestro deber recordarlos y llorarlos cada año en el primer amanecer tras la conjunción de las lunas llenas, como habíamos hecho desde el principio de los tiempos y como haríamos hasta el fin del mundo.

Ailiolai, ailiolai, ailiolai…

***

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Estaba amaneciendo cuando llegaron a la hondonada. Era el primer amanecer tras la conjunción de las dos lunas llenas, y llevaban semanas caminando por aquellos bosques interminables, atravesando la cordillera en dirección sureste. Ahora, por primera vez, se extendía ante ellos un valle virgen, que descendía suavemente, atravesado por un riachuelo, hasta un gran lago. El río nacía con una cascada en la propia cordillera, al norte de su posición, donde saltaba libre y salvaje entre grandes piedras a medida que descendía hasta el valle, cuyo fondo aparecía cubierto de bosquecillos y monte bajo.

– Al fin – dijo uno de ellos -. Después de tanto tiempo, al fin un lugar donde establecernos.

El líder del grupo asintió gravemente con la cabeza, contemplando el valle que se extendía a sus pies a la luz gris del amanecer.

– No parece que haya casas ni campos. Podemos instalarnos sin que nadie nos moleste y hay sitio de sobra para todas las familias.

– Deberíamos hacer un sacrificio para dar las gracias a los dioses – dijo el otro.

– Sí. Coge a alguien y vuelvan al campamento, díganle a…

– ¡Eh! Aquí hay algo – intervino un tercero -. No somos los primeros.

Se acercaron al centro de la hondonada, donde el más curioso del grupo estaba escarbando con las manos en lo que inicialmente les pareció un mero montículo de tierra cubierta de musgo, hiedra, ramas y raíces. Bajo sus dedos había aparecido un monolito de piedra negra y lustrosa, cubierto de extraños símbolos, y un poco más allá los restos de una pared ciclópea.

– ¿Qué es esto? – masculló el líder.

– No lo sé, pero es artificial. Esto lo construyó alguien.

Otros miembros del grupo habían empezado también a retirar tierra, raíces y piedras sueltas, desvelando las ruinas poco a poco. Entre la tierra empezaba a emerger un ojo bulboso y alargado.

– En todo caso, quien quiera que haya hecho esto debe llevar muerto miles de años. O al menos fuera del valle.

– Tienes razón. Pero, ¿quién habrá sido? Si vinimos aquí es precisamente porque no hay noticias de grandes reinos.

– Una antigua civilización, seguro – dijo el descubridor -. Mira qué dura es la piedra, nadie podría haberla tallado con cincel y martillo. Seguro que su orgullo llegó a ser tan grande que los dioses los castigaron.

– Tonterías – dijo otro -. Seguro que es una tumba. A lo mejor un monumento funerario a algún héroe o un mártir que se sacrificó por su pueblo…

Era el primer amanecer tras la conjunción de las dos lunas llenas, y el anochecer les sorprendió contándose historias sobre aquellas ruinas ancestrales, cuyo origen nadie podía conocer, mientras los clanes acampaban por primera vez en el valle.

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